¿Qué tal? Ya sé ¿alguien quiere tirarme un tomate por la demora? Tienen derecho de hasta tirarme un caballo. Lo siento mucho. Lo siento de aquí hasta el fin del mundo. Es que la inspiración me vuelve y se va :/ Les juro que he intentado escribir pero no me salía nada, además he estado un poco corta de tiempo… Pero creo que el capítulo me salió bastante largo.

La canción de fondo/representativa del capítulo es "La paz de tus ojos, de La Oreja de Van Gogh"
Hay una escena que está basada en el cap. 116 del anime

LA SERIE/MANGA DE BLEACH LE PERTENECE AL GRANDITZIMO TITE KUBO Y LAS FRASES DEL PRINCIPIO Y EL FINAL, AL AUTOR DE LA CANCIÓN DE FONDO/REPRESENTATIVA DEL CAPÍTULO

"No sé ni cómo explicar que solo puedo llorar,
que necesito la paz…
Que se esconde en tus ojos,
que se anuncia en tu boca,
que te da la razón"

Capítulo 4: El poder de una sonrisa

¡Maldición!, pensó Urahara, mientras pisaba el acelerador a más no poder.

Se había quedado, como en muchas otras ocasiones, dormido.

Ururu observaba por la ventana con su calma habitual.

De pronto el auto frenó de golpe, haciendo a la pequeña inclinarse hacia delante. Si no fuera por el cinturón de seguridad, se habría golpeado en la nariz.

Kisuke se calmó un poco, aprovechando el semáforo en rojo para arreglarse la desordenada corbata. Pero a pesar de sus esfuerzos, la prenda siguió estando tan desordenada como antes.

El semáforo cambió a verde y entonces el hombre dobló a la izquierda y avanzó dos calles, encontrándose después con un semáforo amarillo. Aceleró, sonriendo inconscientemente.

Tan solo le faltaban unos cuantos metros pero fue obligado a detenerse de nuevo por la fastidiosa luz roja.

Había que admitir que el rubio tenía buenos reflejos. Había frenado detrás de la línea de cebra, en una sincronización casi perfecta con el semáforo, a pesar de estar conduciendo a 80 kilómetros por hora en una zona de 40. En comparación con las muchas ocasiones en las que se había visto obligado a conducir a 200 o más, con cargas mucho más peligrosas que su pequeña, esto era pan comido. Pero claro, su híbrido no le permitía alcanzar tal velocidad y hace ya un tiempo que había dejado de tener esa clase de "cargas".

De pronto escuchó el chirrido de ruedas contra pavimento. A su costado derecho, acababa de frenar un convertible blanco que hacía parecer a su auto una baratija.

Apenas pudo detenerse a observar el bonito coche, puesto que el conductor llamó más su atención: se trataba de la mujer del parque, la de la mirada algo triste. La morena intentaba contener una sonrisa, al parecer le gustaba la velocidad.

Al segundo los ojos dorados respondieron al miramiento de los grises, sorprendiendo al dueño de ellos.

Al principio ambos se quedaron estáticos, hasta que, en un impulso cortés, Yoruichi elevó una mano y la movió varias veces, en forma de saludo. Urahara hiso lo mismo, pestañeando un poco confundido.

El semáforo cambió a verde y el convertible dobló a la derecha, camino a la escuela media de Karakura. El híbrido hiso lo suyo, pero en sentido contrario, de camino a la escuela básica de Karakura.

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–Maldita resaca… –murmuró una pelinaranja, tomándose la frente con una mano.

No debí beber tanto anoche… No si al día siguiente debo ir a trabajar, pensó mientras tomaba asiento en una silla.

Suspiró y al llenar después sus pulmones de oxígeno, recordó lo pequeña que le quedaba la blusa que le había prestado Nanao. El tercer botón de la prenda se le incrustaba en la piel y decidió desabrocharlo, haciendo su escote aún más grande.

Contempló por unos segundos su "valle", como ella lo llamaba, y decidió que si quería evitar las típicas miradas depravadas de los alumnos mayores, se tendría que poner un delantal.

Así lo hiso y en un rato su valle estaba protegido de los pervertidos.

–Muy bien –les dijo–, así nadie los molestará.

– ¿A quién no molestarán, Matsumoto?

A la mujer le recorrió un escalofrío por la impresión.

– ¡No me asustes así, Taicho! –Dijo dirigiéndose a un peliblanco de ojos turquesa.

Desde que el último había sido nombrado Capitán del equipo de fútbol de su curso, Rangiku lo llamaba así. Hitsugaya no le reprochaba que lo hiciera, en el fondo le gustaba que lo llamara de esa forma. Y por su parte, a la mujer tampoco le enfadaba que el muchacho la llamara Matsumoto a secas y no "señorita enfermera" como acostumbraban los alumnos de primer y segundo año, (éste último el curso que Hitsugaya cursaba). Pero eso era por motivos más difíciles de explicar.

–Es que las blusas de Nanao me aprietan demasiado a estos dos… –continuó después de algunos segundos.

Toshiro ignoró el comentario y le extendió una caja.

–El portero me ha dicho que te entregue esto. –Rangiku miró el objeto, curiosa, y se lo arrebató de un tirón, abriéndolo de inmediato y encontrándose con el suministro mensual de jarabe para el dolor de estómago–. Y Obaa-san me dijo que te diera esto.

El chico extendió otro paquete, envuelto en una bolsa de papel.

Una sonrisa torcida se formó en la boca de la mujer.

Esta vez cogió la entrega con cuidado y abrió la bolsa con cautela, encontrándose con dos bollos de canela. Sus favoritos.

– ¡Gracias! –Vociferó antes de hundir al joven en un abrazo bien apretado.

Toshiro sintió que se le iba el aire. Tan efusiva que era esta mujer… Cuando Rangiku lo dejó libre, el muchacho la miraba con el ceño fruncido.

–Deberías darle las gracias a Obaa-san no a mí. –Se arregló el cuello de la camisa con fastidio–. Eso era todo, nos vemos.

Y salió de la enfermería sin más.

– ¡Saluda a Obaa-san de mí parte! –Le gritó Rangiku desde la puerta.

El peliblanco le hiso una señal con la mano, en asentimiento, antes de meterse ambas extremidades en los bolsillos, pensando que con un par de bollos no alcanzaba a pagar la deuda que tenía con aquella mujer.

Sonrió sin querer.

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Orihime caminaba alegre por los pasillos de la escuela, tarareando una canción. Su destino era el salón del club de artesanías, donde hacían una pequeña junta una vez al mes antes de las clases con el objetivo de hacer un conteo de los materiales, ver lo que hacía falta y comprarlo con el presupuesto del club.

–Buenos días –dijo al entrar.

No prestó atención a las compañeras que le devolvieron el saludo, puesto que sus ojos se quedaron fijos en un pelinaranjo que jamás se pasaba por el lugar.

– ¡No seas cabrón, Ishida!

–No grites. Ya te dije que no es mi problema.

Ichigo frunció con más ímpetu el ceño, antes de cruzarse de brazos y observar al de lentes de forma altanera y burlona.

– Oh, ya entiendo… ¿No puedes verdad? –El entrecejo de Uryu se frunció con fuerza–. Sí, no puedes. Claro, claro… Con razón Urahara-san me llamó a mí y no a ti, de seguro que no eres capaz de hacer ninguna de las cosas que se requieren ¿no?

– ¡Cállate! –Ishida se puso de pie, encolerizado por aquellas palabras–. ¡Me verás allí, Kurosaki!

El muchacho, conforme al haber cumplido con su propósito, se fue del lugar, pasando cerca de la chica que lo contemplaba desde el umbral.

–Buenos días, Kurosaki-kun.

Ichigo ya había repasado la puerta cuando Orihime lo saludó, se giro un poco y la contempló por sobre su hombro.

–Oh, eras tú, Inoue. Buenos días –le dijo con indiferencia.

Y se marchó sin más.

Orihime intentó sonreír, pero sus ojos la delataron.

Se encaminó rápidamente a un pupitre puesto frente al de Uryu, intentando no pensar en lo que tanto la entristecía.

–Buenos días, Ishida-kun –saludó a su compañero.

–Buenos días.

La voz del joven sonó fría, lo que provocó que la expresión de tristeza de Orihime se agudizara al ser ya la segunda vez en el día que le hablaban con voz gélida.

Pero en contraste con Ichigo, Uryu si se percató del cambio en el semblante de la joven. Se arregló las gafas y se apresuró a decir:

–Lo siento, Inoue-san. Es solo que Kurosaki me puso de mal humor.

Orihime observó un tanto sorprendida a su compañero.

–Descuida, Ishida-kun –continuó después de algunos segundos, mientras tomaba asiento frente al joven–. ¿Ocurrió algo con Kurosaki-kun?

Volvió a sonreír, como siempre lo hacía. Uryu se alegró por eso.

–Urahara-san le encargó la decoración para el baile de primavera y ha venido a pedirme ayuda. –El chico dio un suspiro amargo–. Si no lo ayudo, probablemente el decorado de este año será un fracaso.

Una sonrisa sorna se formó en los labios de la muchacha, mientras veía como su compañero contemplaba el lugar por donde se había marchado Ichigo. Cuando Ishida se volvió hacia la chica, se sorprendió al ver su expresión.

– ¿Ocurre algo? –Le preguntó por su alegre miramiento.

Inoue se encogió de hombros.

–Es solo que pienso que eso es algo muy propio de ti, Ishida-kun.

Y sacó de su bolso el cuaderno con los registros de las juntas anteriores, que como secretaria, tenía que revisar y actualizar ahora, junto al presidente del club.

Ishida quedó un poco confundido por su comentario, pero decidió comenzar con la labor antes de que el timbre de entrada los interrumpiera.

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El profesor Aizen bajó de su auto como lo hubiera hecho cualquier otro día. Sin embargo, había algo en su rostro, apenas perceptible, que reflejaba que hoy era un día especial.

Entró rápidamente a la escuela y se encaminó a la sala de maestros.

–Buenos días, Aizen-sensei –lo saludaban alumnos, colegas y personal de limpieza.

Su sonrisa hipnotizaba a cualquiera y siempre estaba de buen humor. Eso lo había convertido en el más querido entre los maestros. Tanto así, que incluso había sido sugerido por los alumnos para ser el profesor asesor del Comité de Estudiantes. Pero, por alguna extraña razón, el director Kyoraku no lo permitió y había puesto en su lugar al profesor Urahara.

El castaño atravesó la puerta de la sala de maestros y encontró a algunos de sus colegas: el profesor de música, Rose, acababa de tomar su guitarra y se encaminaba hacia afuera. Neliel, maestra de deportes, tomaba de una taza de café mientras leía unos apuntes. Los demás no se hallaban. De seguro que ya estaban de camino a los salones donde tenían clases.

Se preguntó en dónde estaría Gin.

– ¿Buscas a alguien, Aizen-sensei? –Le preguntó amable la peliverde, por sana curiosidad.

–Sí –dijo con tono cordial–. ¿Por casualidad no has visto al maestro de Artes? Un alumno me acaba de preguntar por él.

Antes de que la mujer le respondiera, al salón entró el profesor Nnoitra, también de deportes, a buscar a su compañera de trabajo.

–Está con Kyoraku –aprovechó de decirle a Aizen. Luego se dirigió a Neliel–: ¿Cuánto más tardarás en beberte ese café? Vámonos de una buena vez.

Ambos tenían que dirigirse juntos al gimnasio, para hacerles él clases a los varones y ella a las damas.

La mujer lo ignoró y siguió bebiendo con calma.

El castaño prefirió saltarse la posible discusión entre ellos y salió de la sala, encaminándose a la oficina del director, que para suerte suya quedaba cerca de la escalera de maestros.

Llegó hasta el lugar y aguzó el oído.

–Supongo que esas son buenas noticias –escuchó que decía el director.

–Al contario. Eso ocasiona que no tenga idea sobre su plan de acción. No sé por qué está tardando tanto.

Se produjo un silencio, pero con lo que había oído era suficiente.

Aizen sonrió, satisfecho, y se dirigió con una sonrisa sorna hacia las escaleras. Sí, hoy sin duda sería un día especial.

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–Muy bien. Llegamos.

Rukia soltó el aire que había estado conteniendo todo el viaje y sintió como su corazón comenzaba a latir con normalidad.

Desabrochó su cinturón y estaba a punto de bajarse del auto cuando decidió informarle a Yoruichi sobre lo del baile.

–Yoruichi-dono –comenzó.

La aludida la observó un poco confundida, por lo serio de su miramiento.

– ¿Qué pasa?

La pelinegra tragó saliva.

–Me han pedido que preste la casa para que sea la sede del baile de primavera.

Yoruichi abrió grande los ojos, sorprendida pero no preocupada.

–Vaya… ¿Y se lo has preguntado a Byakuya?

Rukia se aclaró la garganta, incómoda.

–La verdad es que ya acepté.

Ahora Yoruichi se preocupó. ¿Rukia siendo así de impertinente con Byakuya? Nunca se le había pasado por la cabeza.

–No te preocupes –le dijo para tranquilizarla–. No sería la primera vez que Byakuya presta su casa para este tipo de cosas.

Rukia no comprendió a qué se refería, pero decidió no preguntar nada.

–Hai… Nos vemos, Yoruichi-dono.

Y se bajó del auto sin más.

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Como se había hecho habitual últimamente, Gin Ichimaru y el director Kyoraku tardaban más de lo habitual.

Ise Nanao tomó asiento en uno de los sillones dispuestos afuera de la oficina del director, pero sus nervios la obligaron a ponerse de pie y prepararse un café.

Se dirigió a la sala de maestros, se preparó uno y regresó enseguida con una taza en las manos.

Estaba observando distraída el brebaje caliente, cuando el profesor de pintura al fin salió del despacho de su jefe. El ojiazul le dirigió una mirada rápida a la mujer, que hiso que a la última le recorriera un escalofrío.

–Buenos días –le dijo con una sonrisa.

Nanao no le respondió y le dedicó una mirada gélida. El docente no borró la sonrisa de su rostro y se fue sin más.

Ise contempló la espalda del profesor marchándose y no notó cuando Kyoraku salió también de su oficina, parándose a ver la expresión inquisidora de la mujer para con el maestro.

– ¿Por qué tienes esa cara, Nanao-chan? –Le dijo.

La mujer se giró al acto.

–No me asustes así –se limitó a responder, antes de entrar a la oficina, seguida por su jefe.

El último cerró la puerta y contempló como la pelinegra abría unos cajones, sacando informes que luego iba depositando en su escritorio.

– ¿Qué opinas del profesor Ichimaru, Nanao-chan? –Le preguntó de pronto.

Ise dejó de hacer lo que hacía y se detuvo a mirar a Kyoraku.

–No me fío completamente de él. Aunque no es que en estos momentos nos podamos fiar de alguien.

Eso fue el fin de su conversación.

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Soi Fong contempló su rostro en el gran espejo.

La noche del día anterior había sido tranquila, había dormido bien y se había despertado temprano hoy. Su piel se notaba fresca y sus ojos opacos.

Bajó la mirada y vio su esbelta figura. Nadie podría imaginar que tenía una hija.

Se apoyó en uno de los lavamanos, observando a través del espejo los camarines que se extendían a su espalda. A pesar de que los baños de su trabajo estaban en excelentes condiciones, le desagradaban de sobremanera.

Los recuerdos pasaban por su mente de forma borrosa, haciendo que una punzada en la cabeza la obligara a cortar el hilo de sus pensamientos.

Sus manos estaban hechas un puño y recordó de pronto la voz de aquel hombre al que tanto detestaba.

Gruñó y se sintió impotente.

Te odio, Urahara Kisuke, pensó antes de escapar del lugar a grandes zancadas.

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Llegaron justo cuando el timbre de entrada estaba en su punto.

Urahara soltó la mano de Ururu y esta se fue corriendo.

Se quedó mirando a su niña hasta que se perdió entre la multitud de pequeños.

Sonrió y se fue caminando despacio hasta su automóvil, sin tomar mucho en consideración lo atrasado que estaba ni tampoco a quien lo observaba desde la lejanía.

Una mujer, con abrigo y gafas de sol, sonrió satisfecha.

–Pensaba que habías perdido la fe en la humanidad, Urahara Kisuke –murmuró para sí misma.

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(Aproximadamente 25 minutos después del toque de entrada)

El grupo 3° medio C, era un bullicio.

El profesor de ciencias estaba retrasado y los alumnos habían aprovechado la oportunidad para conversar y hacer todo el desorden que quisieran.

Keigo contaba a Mizuirio y a Chad una de sus muchas anécdotas, Ishida leía, Inoue y Tatsuki hablaban tranquilamente con un grupo de amigas… En fin, al parecer todos estaban ocupados con algo.

Excepto cierto pelinaranjo.

Ichigo miraba distraído por la ventana, pensativo.

¿Rukia habrá hablado con su hermano? El baile de primavera es en dos semanas… debemos empezar con las preparaciones pronto. No deseo en lo más mínimo estar retrasado con este asunto en que Urahara-san me metió

De pronto, el sonido de la puerta abriéndose rompió el hilo de sus pensamientos. El profesor Urahara había llegado, con el libro de clases debajo de su brazo y con la corbata desordena.

–Are… Disculpen la tardanza –dijo mientras entraba, rascándose la nuca y acomodando sus cosas en el escritorio.

–Saluden –anunció un alumno y todos acataron la orden, colocándose de pie y saludando al maestro.

La clase comenzó como cualquier otra. Kisuke explicó algunos temas en el pizarrón, aclaró dudas y por último entregó una guía de trabajo.

Fue cuando todos estaban desarrollando la susodicha guía, que hubo un pequeño cambio en la clase:

–Kurosaki-san –dijo de pronto–, ¿podrías venir un momento?

Ichigo lo miró de manera inquisidora antes de ponerse de pie y situarse junto a él.

– ¿Qué ocurre? –Fue lo único que atinó a decir, preocupado por las miradas poco recelosas que le dedicaban algunos de sus compañeros.

–Ve a buscar a Kuchiki-san a su salón. Necesito hablar con ambos un momento.

Ichigo tragó saliva. ¿Traer a Rukia? ¿En medio de la clase? ¿Para que los chismes que hace tiempo habían quedado en el olvido volvieran a resurgir?

–Apresúrate, Kurosaki-san –continuó el rubio, entes de que el muchacho pudiera recriminarle algo.

Frustrado y un poco avergonzado, Ichigo salió del salón, con demasiadas miradas puestas en él. ¿Qué le habrá encargado el profesor? Sería lo que la mayoría de sus compañeros, y especialmente los más chismosos, se estarían preguntando en esos momentos.

A tres salones del suyo, se encontraba la sala del grupo 3° medio A.

El pelinaranjo tocó la puerta y el profesor Ichimaru salió a su encuentro.

Gin se lo quedó mirando por unos segundos, antes de preguntarle:

– ¿En qué puedo ayudarte?

–Urahara-sensei me ha pedido que viniera a buscar a Kuchiki Rukia. Desea hablar con ella.

El profesor se dirigió al interior de la sala y llamó a la muchacha.

Llegó enseguida, extrañada por la irrupción. Pero cuando vio a Ichigo en el umbral, quedó claro el motivo de la intervención.

–Ichigo… –murmuró sin querer.

–Rukia –le respondió, en forma de saludo.

El profesor cerró la puerta, dejando a los jóvenes a solas en medio del pasillo de la escuela.

Al interior de la sala, Renji contempló la escena con curiosidad.

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Yoruichi caminaba por los pasillos de la editorial, con un vaso de café en la mano y seguida por su inseparable secretaria Soi Fong.

Contempló a la última y pudo distinguir que su ceño estaba más fruncido que de costumbre y además acompañado por cierto aire de tristeza.

– ¿Ocurre algo, Soi Fong?

La aludida levantó la mirada, asustada por la pregunta.

–No, Yoruichi-sama. ¿Por qué lo pregunta?

La morena la contempló por algunos segundos. ¿Dónde estaba el tono serio y frío que ocupaba con su ex marido? Le era casi imposible asimilar que Soi Fong, a quien consideraba como una hermana pequeña, había estado casada y que tenía una hija. Además, ¿por qué nunca lo mencionaba? Quizás era algo de lo que no se enorgullecía.

–Por nada –se limitó a contestarle.

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–Urahara-san quiere hablar con nosotros –comenzó a explicarle a Rukia, mientras se dirigían al salón de Ichigo.

–Ya veo…

El muchacho miró a la chica de reojo, sabiendo que no estaría dispuesta a hacer ningún otro comentario.

–Ishida nos va a ayudar en todo esto. Lo convencí para que viniera a mi casa el sábado. ¿Tú… –unos extraños nervios comenzaron a apoderarse de él–…puedes ir?

Rukia abrió grande los ojos.

–N-No lo sé, Ichigo.

El muchacho le echó otro vistazo a la pelinegra y se frustró al pensar que el culpable de esa respuesta no era sino otro que el hermano de Rukia. Nunca entendió cómo se había ganado el odio de un hombre que apenas lo conocía.

Llegaron al salón e Ichigo abrió la puerta.

Las miradas se posaron pronto en ambos jóvenes, mientras se acercaban al escritorio del profesor.

– ¿Esa no es Kuchiki-san? –murmuró alguien.

–Se ha cortado el cabello –le siguió otro.

Rukia hiso en lo posible no prestar atención a los comentarios.

–No tenía idea de que había vuelto a la escuela. ¿Seguirá siendo novia de Kurosaki?

Eso fue el detonante.

Un calor inundó las mejillas de ambos jóvenes, hundiéndolos en un sonrojo demasiado evidente. Kisuke no pudo evitar encontrarle gracia al asunto y no hiso más que sonreír de forma burlona.

– ¡Lo sabía! Así que siguen juntos…

Ichigo le dedicó una mirada asesina a sus compañeros, buscando al autor de esas palabras. No pudo dar con él.

–Silencio, chicos –dijo Urahara.

Rukia lo miraba conteniendo su ira ¡Todos esos comentarios eran por su culpa!

– ¿Para qué nos has llamado? –Se limitó a decirle.

Kisuke le sonrió y decidió ir directo al grano:

–Necesito que hagan una lista con los materiales que necesitan para la decoración, además de cuánto valen. –Sacó de su maletín un par de hojas–. Aquí les apunté algunas cosas que siempre se requieren. Pero necesito que averigüen el precio y que en lo posible no se salgan del presupuesto.

Urahara le extendió los papeles a Rukia. Ella los leyó rápidamente.

– ¿No podías habernos llamado después de clases? –Le preguntó Ichigo, sospechando del profesor.

– ¿Are? Pero si me dijiste que el colegio era una jauría después de clases, Kurosaki-san. –El aludido desvió la vista con frustración. Urahara le dedicó una de sus típicas sonrisas–. ¿Podrían tenerla terminada para el viernes?

Ambos jóvenes lo observaron sorprendidos.

–Hoy es miércoles –le dijo Rukia.

–El baile es en apenas dos semanas. Además, solo es pasarse por unas cuantas papelerías…

–Hay cientos de papelerías –le espetó Ichigo.

–Quizás deberían comenzar hoy mismo. –Los jóvenes no cambiaron su expresión de fastidio–. Vamos, entre dos el trabajo es más sencillo. Además, si es que no alcanzaran a tener la decoración a la fecha, yo mismo me aseguraré de hacer un tiempo durante las clases. No se preocupen. –Kisuke les dedicó una mirada rápida, no se veían muy convencidos–. ¿Entonces el viernes?

– ¿Tenemos otra opción? –dijo Rukia, resignada y suspirando.

El docente sacó otro par de papeles, pero esta vez se los entregó al pelinaranjo.

–Entonces, el viernes será. –Les sonrió, pero su gesto no fue correspondido–. Eso era todo. Puedes volver a tu salón, Kuchiki-san.

Rukia asintió con la cabeza y no pudo evitar sonreír al ver la expresión de fastidio que tenía Ichigo en el rostro. El último tomó asiento con desgana y se puso a realizar la bendita guía de trabajo.

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En el siguiente periodo al grupo de Ichigo le tocaba Artes.

El profesor, siempre con los dedos llenos de pintura, llegó poco después del toque de timbre.

–Buenos días –dijo al entrar.

Los alumnos le respondieron al saludo y tomaron asiento rápidamente.

–Saquen todos sus cuadernos. –El docente comenzó a hacer rechinar la tiza en la pizarra–. Hoy veremos la técnica del retrato y comenzaremos a hacer los primeros trazos.

Apenas terminó de dar la explicación de la técnica, ordenó sacar los blocs de dibujo y se sentó en el escritorio.

En este curso todo parece marchar bien, pensó mientras observaba a todos los miembros del salón.

Estos últimos meses se había dedicado a analizar a cada alumno, maestro y funcionario de la escuela, pero al parecer no había ningún sospechoso. O por lo menos no todavía. Aizen no había hecho ningún movimiento.

Se detuvo a observar a una chica pelinaranja que tenía una expresión extraña en el rostro. Después de analizarla por unos momentos, dedujo que podría ser tristeza o que quizás se sentía mal.

La última opción era la más peligrosa. Podría significar que Aizen ya estaba moviendo sus hilos. Además, el perfil de la muchacha era perfecto para la clase de planes que tenían personas como Aizen.

– ¿Se siente bien, señorita? –Preguntó serio. Orihime levantó la mirada, extrañada, preguntándose si era a ella a quien le hablaba el maestro–. Sí, a usted le hablo –le dijo para alentarla–. Se ve un poco pálida.

– ¿Uh? M-Me siento bien, profesor. No se preocupe.

–Vaya a enfermería –le ordenó.

Por el tono de voz que ocupó, la muchacha no tuvo otra opción que ponerse de pie y dirigirse a enfermería, a pesar de que se sentía perfectamente bien. Físicamente al menos. La verdad es que se sentía horriblemente triste.

Los murmullos que se habían producido en el salón la clase anterior la habían destrozado por completo, recordándole lo mal que se sintió ayer. Remarcándoselo de manera cruel.

Siempre habían rumores de Kuchiki-san y Kurosaki-kun. Sin embargo la misma Kuchiki-san dijo que no eran ciertos. Pero aún así…

Antes de que se diera cuenta, estaba frente a la enfermería.

Tocó a la puerta sin muchas ganas.

Poco después Matsumoto salió a su encuentro.

–Oh, Orihime –la saludó al verla–. ¿Qué te trae por aquí?

La aludida le sonrió cordial.

–Esto… el profesor de Artes me ha enviado. –A la mujer le dio una punzada en el pecho–. Me dijo que estaba algo pálida, aunque no me siento mal ni nada de eso –terminó de decir Orihime, acariciándose la nuca.

Rangiku la hiso pasar y tomar asiento en una camilla. Las dos se conocían por las muchas veces en que Inoue terminaba en la enfermería por haber comido alguna preparación demasiado rara. Aunque al final, siempre terminaban dándose las recetas de esos extraños platillos.

– ¿No te duele el estómago? –Le preguntó a la joven, mientras sacaba una paleta de un vasito.

–No.

Matsumoto le presionó la lengua con el objeto y observó. No veía nada anormal. Le bajó ambos parpados inferiores y tampoco notó algo extraño.

Cuando terminó de hacer todas las revisiones, Orihime le dedicó una de sus típicas sonrisas. Rangiku se la quedó mirando por unos momentos, percatándose de la raíz del problema.

– ¿Por qué estás tan triste?

Orihime abrió los ojos como platos.

– ¿E-Eh? No estoy triste…

La mujer acercó una silla a la camilla. Se sentó y tomó una mano de la muchacha.

–Cuéntamelo. Yo te escucharé.

–Es que en verdad no estoy triste…

Matsumoto entrecerró los ojos, dándole a entender a Orihime que no le creía lo que le estaba diciendo.

Inoue dejó escapar una risa nerviosa.

–Es solo que… –continuó–. Hace tiempo que Kuchiki-san no se pasaba por el salón… también hace tiempo que no hablaba con Kurosaki-kun. Y a pesar de eso… yo siento… siento que no he hecho nada. Pero ella… Kuchiki-san… –la mano de la muchacha se aferró sin querer a la de la mujer–. Kuchiki-san hace que Kurosaki-kun cambie con solo una palabra. No, no que cambie. Lo hace ser el mismo Kurosaki-kun de antes… –Pequeñas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas–. Kurosaki-kun conmigo… conmigo nada. Debería sentirme bien por Kurosaki-kun… pero no puedo… Y no entiendo por qué… Debo ser en verdad una mala persona… Quiero hacer algo pero… lo intento y no sucede nada. Todo sigue igual. Y me siento tan… inútil. No quiero sentirme así… Debo ser patética…

La mujer la contempló fijamente por un segundo, antes de ponerse de pie y abrazarla con fuerza.

–No eres patética, Orihime. Tampoco inútil. Eres valiente. No cualquiera afronta la vida como tú. Aprende lo que más puedas de esto y sigue caminando con valor… Sonríe y llora si lo deseas, pero sigue afrontándote al enemigo como lo haces. Sin salir corriendo. Eres una persona increíble Orihime.

Inoue no pudo contenerse más y comenzó a llorar sin freno, despacio pero sin reprimirse.

–Tranquila, pequeña –le dijo Rangiku mientras le acariciaba el cabello–. Llora todas tus penas.

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El timbre sonó, avisando la hora del almuerzo.

–Hasta la próxima clase –anunció el profesor Aizen, mientras los alumnos se retiraban del salón.

Hinamori ordenaba sus cosas despacio, con un ligero tono rosado en sus mejillas. Podía sentir la mirada del docente sobre ella.

Aizen-sensei…, pensaba para sus adentros.

–Apresúrate –le urgió Toshiro, posándose a su lado.

–Hinamori-kun –interrumpió de pronto el maestro–, ¿puedo hablar contigo un momento?

Hitsugaya observó al profesor de manera inquisidora. Tan solo quedaban ellos tres en la sala, y no hacía falta mencionar que él debía retirarse.

Miró a Momo por unos segundos.

–Te espero en el patio –se limitó a decirle, antes de irse del lugar.

Profesor y alumna se quedaron completamente a solas en el salón. Las mariposas en el estómago de la muchacha revolotearon como nunca.

– ¿Ocurre algo, Aizen-sensei? –Apenas pudo decir.

El castaño la miró con dulzura. Fingida sin embargo.

–Hinamori-kun –comenzó–, hoy estuviste muy atenta a la clase. Te he puesto una observación positiva por eso.

–Gracias… Aunque no era necesario.

–Claro que sí –la interrumpió con cordialidad–. Participas más que el resto y siempre cumples con lo que te pido. Eres una alumna ejemplar, Hinamori-kun. Estoy muy feliz de hacerte clases. –Posó una mano en la cabeza de la muchacha, haciendo que las mejillas de ésta se sonrojaran–. No cualquier alumno es como tú. Es por eso…

De pronto Aizen se interrumpió, alejándose de ella y moviendo la cabeza de forma negativa. Hinamori no comprendía el comportamiento del docente, pero empezó a compadecerlo. A sus ojos el profesor se veía frágil y preocupado.

– ¿Es por eso que qué, profesor? Se ve intranquilo. –Al segundo la muchacha se mordió la lengua. Aizen la miró expectante–. Lo siento. No quiero ser impertinente…

–No te inquietes. Aprecio tu preocupación. Es solo que… –El castaño la contempló y repentinamente tomó ambas manos de la muchacha. El corazón de Hinamori latía tan fuerte que por un momento pensó que se le saldría del pecho–. ¿Puedo confiar en ti, Hinamori-kun? No, eso sé que puedo hacerlo… Desde el primer momento en que te vi sentí eso. Pero ¿tú estarías dispuesta a escucharme, Hinamori-kun?

La aludida se sentía extrañamente apreciada.

–Por supuesto que sí, Aizen-sensei. Puede confiarme lo que sea. Solo… solo si usted quiere, claro.

–Claro que quiero. –El maestro se acercó lentamente a ella, para de pronto abrazarla y acomodar su cabeza en el cuello de la joven–. Hace mucho tiempo que quiero…

La muchacha creía que se iba a desmayar allí mismo. Podía sentir los brazos protectores del hombre rodearla, llenándola con su calor.

–No podemos hablar aquí –continuó el docente–. Ven a mi casa, por favor. Te lo suplico.

Hinamori sintió un placentero golpe en el estómago. Respiraba con dificultad y no encontró palabras para responder a semejante solicitud. En el fondo, tenía miedo. Pero el deseo y la plenitud fueron más grandes.

– ¿Qué me respondes? –Siguió Aizen, separándose de ella para contemplarla a los ojos.

–S-Sí. Iré.

x-x-x-x-x-x-x-x-x-x

Matsumoto estaba a punto de irse a almorzar. Comería bollos de canela, así que estaba un poco más contenta.

Abrió la puerta y se encontró con el causante de sus últimas tristezas. La sonrisa que se le había formado en el rostro se desvaneció de golpe.

–Rangiku.

Se quedó muda por unos segundos, pero luego, con el ceño fruncido y sin mirarlo, salió de la enfermería y cerró la puerta.

– ¿Qué quieres, Gin? –Le dijo de forma descortés.

El hombre frunció un poco el ceño y decidió ir directamente al grano:

–Hoy envié a una alumna a enfermería. ¿Qué tenía?

Rangiku no comprendió la preocupación del hombre en algo tan casual como eso. Además, los asuntos de la enfermería no le correspondían al profesor de Artes.

Matsumoto comenzó a caminar por los pasillos sin prestarle mucha atención. Gin la siguió, preocupado, lo que menos quería era que alguien los viera juntos. Sería muy peligroso para Rangiku si era sabido que ellos dos se conocían desde antes.

–Eso no es de tu interés. El único que tiene acceso a los registros de enfermería es el Director Kyoraku y yo.

–Te sorprendería saber cuánto de mi interés es.

La mujer se detuvo de pronto, haciendo que el hombre a su espalda también se detuviera.

– ¿Por qué?

Gin contempló sus anaranjados cabellos, sintiendo nostalgia. Aprovechó que Rangiku no lo miraba a la cara para borrar por unos segundos su típica sonrisa. No quiso contestar a su pregunta así que se decidió por guardar silencio.

– ¿Tiene que ver con-?

–No puedo responderte a eso –la interrumpió antes de que continuara.

Las manos de Matsumoto se hicieron un puño. Este hombre la hacía sentirse impotente.

– ¿Entonces qué es a lo que me puedes responder? –Le reprochó mirándolo a los ojos.

Gin no se inmutó. Entre ambos se formó un largo silencio. Rangiku fruncía el ceño, pero en el fondo el hombre podía comprender que no era rabia lo que la mujer sentía, sino cansancio. Él también estaba cansado de todo esto, pero simplemente no podía rendirse.

Los pasos de alguien acercándose alarmaron a Gin.

Había seguido tanto a su enemigo que el sonido de su caminar se le había grabado en la memoria.

No podía permitir que Aizen lo viera junto con Matsumoto.

Tomó a Rangiku de la muñeca y la arrastró hasta la puerta más cercana.

– ¿¡Pero qué haces!? ¡Déjame! –Le reclamó al hombre.

Gin le tapo la boca y a la fuerza se encerró con ella en un armario, abrazándola por el dorso.

La mujer forcejeaba pero él la apretaba con rudeza, obligándola a mantenerse quieta. La habitación era pequeña y estaba completamente a oscuras. Gin podía sentir a su espalda una repisa y se imaginó que en ella había útiles de limpieza.

Agudizó el oído y pudo escuchar con aún más fuerza los pasos de Aizen. Matsumoto no dejaba de moverse, lo que complicaba más la situación en la que se hallaba. No quería ser más rudo de lo que estaba siendo, pero Rangiku no le estaba dejando opción.

Con una mano le afirmó ambas muñecas, mientras con su extremidad libre le tapaba los labios y empujaba hacia atrás su cabeza, de modo que quedó recostada en el cuello de él. Lo único que podía mover eran sus piernas y no dudó un instante en comenzar a darle puntapiés en los tobillos, intentando en vano que la liberara.

Entonces Gin la empujó a un costado de la pared, aplastándola con todo su cuerpo y extendiéndole los brazos hacia arriba.

Rangiku respiraba con dificultad y no podía mover ningún músculo. En tan solo cinco segundos la había reprimido por completo.

Al fin Gin pudo concentrarse en los pasos que se escuchaban. Estaban justo frente al armario y por un momento dejaron de escucharse. Un escalofrío recorrió la espina del hombre al pensar que Aizen podría descubrirlos en esa situación.

Pero luego volvieron a escucharse, siendo más débiles cada vez hasta que dejaron de oírse por completo.

Flaqueó su agarre de Matsumoto y ésta de inmediato se zafó con rudeza de él.

– ¡No vuelvas a tocarme! –Le gritó la mujer.

A pesar de la oscuridad, Gin sabía que de lágrimas estaba surcado el rostro de Rangiku. Pudo sentirlas en su mano.

Matsumoto intentaba respirar con normalidad. Y cuando lo hubo logrado, apretó los puños y bajó aún más la mirada.

–No tenía nada. La alumna que enviaste… no tenía nada.

Se formó un largo silencio.

–Gracias, Rangiku –le dijo mientras posaba sus dedos en el picaporte–. Lo siento.

Y se marchó sin más.

Matsumoto tragó saliva con dificultad. Aunque Gin no se lo hubiera dicho, una parte de su cerebro le gritaba la verdad. Una verdad que se negaba a aceptar por el miedo que le provocaba.

Y sin embargo, eso no era lo más importante para ella en esos momentos.

Acarició sus muñecas, atisbando los últimos vestigios del calor de Gin. A pesar de todo, sentirlo tan cerca la hiso reconfortarse.

–Soy patética…

De pronto recordó lo que le había dicho a Orihime.

Se secó las lágrimas con rudeza, levantó la cabeza y salió del armario. Sus piernas temblaban un poco pero siguió caminando.

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Nada todavía

Gin caminaba lento y con su sonrisa habitual, pero en el fondo, estaba completamente frustrado.

Tanteó su mano, donde antes reposaban las lágrimas de Matsumoto, y se sintió el peor hombre del mundo.

Te he hecho llorar otra vez, Rangiku

CONTINUARÁ…

"Quiero oírte llorar y que me parta el corazón,
quiero darte un beso sin pensar…"

¡Gracias por leer!

Respondiendo Reviews:

anlu20: Hola c: Gracias por comentar :'D Lo sé, soy muy mala :3 pero no más que Tite, aunque ya nos dio un poquitito de IchiRuki en el último cap. del manga *-* Fue hermoso cuando Rukia fue la primera en notar el reiatsu de Ichigo. Quizás sea por la falta de IchiRuki que me pareció tan hermoso el momento, pero bueno, algo es algo ._. Nunca pensé que me sería tan fácil escribir a Urahara siendo un padre amoroso, pensé que no le quedaría bien pero por lo que me dices parece que si le queda xD y Soi Fong… ya pronto sabremos porqué se comporta así ;D Lamento la demora en actualizar :c pero esta inspiración es como las #$&% ¡Se va y viene cuando quiere! ¬¬ inspiración tonta… Ejem. Saludos para ti también y de nuevo gracias por comentar :D

Shaolin17: Holu :3 Gracias por comentar :D ¿Enserio crees que escribo bien? Ay, creo que me sonrojo… Muchas gracias ^-^ comentarios así hacen que mi hermana me quiera tirar un zapato para que deje de chillar de felicidad o.O En serio lamento mucho la demora en actualizar :c y pronto sabremos un poco de lo que sucedió entre Kisuke y Soi Fong ;D Tú también cuídate mucho y nos leemos c:

Espero que les haya gustado el capítulo y adelantando un poquito ;D, ya en el próximo capi sabremos un poco de pasado (para no dejarlos tan en ascuas digo yo ._.) Espero tenerlo listo lo más pronto posible y aprovecho de avisar que si aquí hay un lector de mis otros fics (Sensational week, Rukia en el país de las maravillas y Come with me, habibi) Pues me falta poquito para subir los nuevos capítulos.

De nuevo, gracias por leer y espero que nos leamos muy pronto c: