Prunia se encontraba mezclando algunas cosas y escribiendo otras. Impa la miraba impaciente.
"Tal parece que es como me temía." Prunia parecía más seria que de costumbre.
"Las fuentes sagradas de Hyrule, y los recintos parecen absorber el poder"
"¿A que te refieres?" Le interrogó Impa preocupada.
Prunia tomó un matraz de vidrio que contenía la sangre de Zelda, diluida con un líquido transparente, después tomó un polvo dorado y lo depositó en la muestra. Sacó una roca de una cajita adornada, al parecer era una roca tomada de una de las fuentes de los peregrinos.
-"Ahora observa esto" le dijo, acercando la roca a la muestra de sangre, mientras el polvillo dorado que había depositado en la muestra empezaba a arremolinarse y a evaporarse para llegar a la roca, pegándose a las paredes del contenedor transparente.
-"La princesa debería ser capaz, al tener el poder de la trifuerza de compensar esta demanda de energía de los santuarios sagrados, la cual es poca pero constante, tal parece que está perdiendo sus poderes... esto es grave, ella podría llegar a debilitarse al grado de... perder su energía vital completamente"
Impa palideció.
"¿Que debemos hacer? ¡Dime Prunia!"
"Lo mejor será alejarle de cualquier fuente de succión de poder espiritual, al menos hasta que averigüemos cómo hacer que recupere sus poderes"
Hyrule estaba repleto de santuarios. Tal vez podrían aprovechar el pacto después de todo y hacer que la princesa permaneciera en el extranjero un tiempo.
"No me iré. Hyrule es mi vida, mi hogar" respondía Zelda exasperada mirando por la ventana de su habitación en el castillo.
"¡Debe haber alguna solución! Impa, no debo alejarme de aquí..." insistía mirando a quien había sido su confidente durante toda su vida.
"De no ser estrictamente necesario no insistiría, es una medida temporal, en lo que encontramos una solución, estará segura en Altea"
Zelda debía de admitir que cada día se sentía más débil, lo que la desmotivaba grandemente. Además estaba lo que le había dicho Marth, ella no estaba lista para darle una respuesta, y había evitado el tema durante esos días.
-"Sólo será un mes, ¿De acuerdo?" Replicó la princesa abrazando a Impa.
- "Me haré cargo del consejo, así como de los demás asuntos" le aseguró ella.
Su carruaje partió al día siguiente. Al ver la situación delicada, Marth no insistió en esperar por Roy. El aún se encontraba en el reino Zora. Parecía que sus planes se estaban acomodando, le daba tranquilidad estar al lado de la princesa.
"Será mi primer viaje a Altea" dijo ella, sentada en el carruaje frente al príncipe.
"Esperemos que sea el primero de muchos" le contestó el sonriendo. Lentamente Zelda se quedó dormida en el carruaje, Marth la observaba y sentía un impulso enorme de besarla, con este pensamiento en mente, el también se quedó dormido.
Al despertar el príncipe se alarmó de no ver a Zelda frente a él, ¿Cuanto tiempo se había dormido? Inmediatamente abrió la ventanilla para hacer que el carruaje parara, al hacerlo se llevó una sorpresa, la princesa iba cabalgando en uno de los caballos al lado del carruaje.
"Oh, ya despertaste" le dijo mirando la ventana abierta a la cara del príncipe que se veía consternado.
"El aire fresco me hizo sentir mejor, por eso insistí en cabalgar un poco"
"¿Cuánto tiempo llevo dormido? Preguntó Marth
"Como unas seis horas" le respondió ella, señalando las marcas en la cara del príncipe en donde había estado recargado.
"Me preocupé no veros a mi lado, se supone que le cuide del peligro"
"Estaré bien, soy más ruda de lo que parezco" Le contestó ella sonriendo haciendo una seña con su mano indicando fortaleza.
"Tal vez deba cabalgar en vuestro mismo caballo, para así asegurarme ¿o no? Pareceríamos la pareja fantasma cabalgante de la leyenda de Avalon" le dijo Marth con una pequeña risa.
"Para eso necesitaríamos estar casados...y muertos ¡oh! ¿Me estás tomando el pelo?" Le dijo Zelda algo sonrojada al ver que el príncipe continuaba riendo.
El resto del viaje se dirigió de una manera muy tranquila, a ratos Marth bajaba a cabalgar en un caballo a su lado, se detenían a comer en el camino, y contemplaban el paisaje. Justo en ese momento la vegetación estaba cambiando por coníferas, se sentía algo más de frío en el ambiente. Zelda no había vuelto a traer el tema del cortejo, sin embargo notaba los esfuerzos del joven, quien le sorprendía con flores recogidas del camino en el carruaje, o viéndola de repente durante el camino. Tal vez esto era lo mejor.
Link regresó a Hyrule el sexto día después de haber partido en la búsqueda de Mipha.
¿¡Que se han ido a dónde!? Preguntó escandalosamente Roy a Impa habiendo regresado al castillo.
Link ingresando en la antesala del consejo se dirigió al joven.
-"Tranquilo, ¿Que os acongoja, pelirrojo Alteano?" Le preguntó imitando su acento el cual mofaba desde el viaje de regreso a Hyrule.
"El muy cabezota de Marth se ha devuelto a Altea, con la princesa"
"¡¿Qué se ha ido a dónde?!" Ahora era Link el indignado.
"Mandé a dos de mis mejores guerreras con ellos Link, era necesario" Impa entonces les contó todo lo que implicaba que Zelda permaneciera en Hyrule, y las pruebas que Prunia había hecho.
"Impa... debo ver a la princesa. Iremos a Altea" le dijo serio Link
"He de confesar que tenía la esperanza que me dijeras eso, héroe. No estoy tranquila de haberla dejado ir así" la cara de preocupación de la guardiana Sheika era auténtica.
"Al parecer deberé renunciar a ser comandante después de todo"
"Eso lo veremos cuando se resuelva este asunto, ya inventaré algo..." le dijo Impa, entregándole una bolsa con provisiones.
"Tengo motivos para creer que estas... criaturas son fabulaciones del clan Yiga remanente, pero me falta obtener más información, debes estar alerta Link, cualquier cosa puede suceder" Los Caballos estaban listos para partir. Afuera de las fronteras de Hyrule no había santuarios para poder teletransportarse mediante la tableta Sheikah, por lo que debieron iniciar el viaje a caballo.
Una vez entrando en las fronteras de Altea, empezaron a aparecer granjas y pequeñas casas rurales, la gente salía a saludarlos a su paso, llamaba la atención un carruaje Hyliano, y el característico pelo blanco de las guardiana Sheikah que lo custodiaban.
El pueblo era muy pintoresco, si bien no tenía tantos edificios como en Hyrule, los jardines de rosas y las fuentes eran bastante abundantes, había pequeños comercios, tiendas de telas, abarrotes, casas de patios amplios e hileras interminables de jardineras con arcos de rosas blancas y rojas.
Pasaron frente a un templo majestuoso, rodeado por un arroyito de agua que circulaba a una pequeña fuente.
"Mirad, ahí es donde se celebran las bodas" Le señaló Marth, tomando la mano de la joven, la cual retiró por instinto, mirando a otro lado.
"Será mejor cabalgar para verlo todo con nuestros propios ojos" y diciendo esto, Zelda bajó del carruaje, montando uno de los caballos que venían tras las jóvenes Sheikah, Marth la siguió.
La gente al darse cuenta que era el príncipe saludaban y hacían reverencias, hasta que se juntó un pequeño tumulto en la entrada del castillo. Tenía características más toscas en su arquitectura, pero no por ello dejaba de ser hermoso. Mucha gente observaba a la Princesa asombrada.
"Zelda, vuestra belleza ha cautivado a Altea" le dijo acercando su caballo al de ella.
"Creo, que están curiosos por la forma de mis orejas" la princesa estaba algo sonrojada de las mejillas, tocando el reborde de su puntiaguda oreja.
"A mi me parecen hermosas" le dijo él con una sonrisa, lo que hizo que ella le diera un pequeño empujón de broma.
"¿Nuevamente me tomas el pelo?" Le preguntó riendo.
"Son orejas como de hada de cuento, las que conceden deseos" Le afirmó el joven de pelo azul.
" Lamento decepcionarte, pero no tengo ese tipo de poder" y riendo entraron al pórtico principal del castillo. Ahí fueron recibidos por unos pajes que se llevaron los caballos y tomaron los datos de la princesa. Pronto Zelda se dio cuenta de que la ceremonia en sus discursos venía de sus costumbres, eran muy...'ceremoniosos...'
Ambos caminaron a la puerta principal, entrando en la sala del trono seguidos por ambas jóvenes Sheikah, Atala y Rom. Ahí se encontraban algunos miembros de la corte dispersos y la reina sentada en el trono hablando con una dama en un vestido bastante amplio. Una trompetilla anunció su entrada.
-"Regresa el príncipe Marth de Altea acompañando a su alteza real la princesa Zelda de Hyrule" el barullo en la corte se silenció de inmediato, sólo sustituído por una ferviente curiosidad de los presentes por ver a la princesa anunciada.
Ambos caminaron hasta el frente de la reina, haciendo una reverencia formal.
"Madre, he insistido a la princesa, que después de tanta hospitalidad en Hyrule, me acompañase a conocer Altea, ¿Mi padre no está?"
"Marth, me alegra que regresaras, me temía que tomaras otra campaña de viaje largo como soliaís hacer, disculpe a mi hijo, princesa, me hubiera gustado presentaros de un modo más formal" la reina era una mujer muy hermosa, con el cabello azulado igual al de Marth, largo, acomodado en una trenza de lado, con una hermosa corona sobre su cresta.
" No es necesario su alteza, Mar.. el príncipe Marth nos ha sido de bastante ayuda en tiempos de necesidad en el reino, agradezco la invitación y me siento honrada de conocerle" le dijo ella hablando formalmente, solo interrumpida por una voz que provenía de un lado.
"¿Es que el sin vergüenza de Marth ha regresado con mi futura nuera?"
"¡Padre!" Dijo Marth haciendo una reverencia, el rey se acercó caminando de un lado para verlos de cerca,
"Os presento a mi prometida, la princesa Zelda" el rey tenía ojos azules como los de Marth, y el pelo negro oscuro, con algunas canas. Se acercó y estrechó la mano de la joven, seguido de un abrazo
"¡Bienvenida a Altea!, esto merece una celebración, ¡Mi primogénito comprometido! Es casi de no poderse creer, pero ahora veo la explicación, seguro se vio cautivado por vuestra belleza, princesa Zelda"
Zelda no sabía exactamente cómo reaccionar, actuaban muy familiares, y se sentía observada en medio de la sala, a pesar de que había mucha ceremonia, se sentía mucha más calidez a la acostumbrada en Hyrule.
"Me halaga su majestad, aunque creo que al príncipe le cautivó el reino en sí, sobretodo la comida"
El rey no pudo más que soltar una risotada, preguntando dónde estaba el haragán de Roy.
"Ya nos alcanzará, igual dejé un mensajero para que nos informe de él, fue a visitar otra área de Hyrule a mi pedido".
"¡Marth! ¡Regresaste!" Una joven de unos 10 años, de pelo azul largo en un bonito vestido blanco salió a su encuentro, corriendo a abrazarlo, él la cargó y le dio un par de vueltas.
"Princesa, conozca a mi hermana, Elice" le dirigió el, bajando a la joven
Zelda volteó a verla y le extendió la mano, la cual la joven miró de soslayo y le preguntó directamente.
-"¿Porqué tenéis orejas así?" Marth le sujetó la cabeza, despeinándola.
-"¡Elice, que os he dicho de ser educada!, no hagáis caso princesa, ella es muy franca"
Zelda únicamente sonrió, a ella le habría encantado tener una familia así de amorosa, pero habiendo fallecido su madre de pequeña, sólo conoció la dura educación que su padre le brindó en la esperanza de que despertara su poder.
La reina Liza insistió en darle un vestido como bienvenida, y Zelda aceptó. Era un vestido rojo oscuro, con bastante vuelo y algunos volantes, llevaba su pelo suelto con una trenza encima, y se había colocado su tiara la cual tenía mucho tiempo que no usaba.
Ya en el comedor, Marth fue abordado por varias damas de la corte, quienes parecían muy interesadas en sus historias del extranjero. Parecía que el príncipe era muy popular con las mujeres. Zelda ingresó en el amplio comedor, tomando la silla que le indicaron, al lado de la princesa Elice.
"Tú... ¿te vas a casar con mi hermano?" Le dijo viéndola de frente con mirada acusadora.
"Posiblemente..." Le afirmó ella con una sonrisa neutral.
"Pero mi hermano tiene a Shii..." Marth llegó por detrás y le tapó la boca a la pequeña.
"No hagáis caso princesa, a veces mi hermana tiene una imaginación muy grande, ¡anda! ve a sentarte con Nana" le dijo mientras la pequeña se safaba del abrazo y Marth tomaba su lugar en la mesa.
"¿De qué hablaba Elice?" Le preguntó Zelda, mientras él se acomodaba el mantel.
"Ella siempre ha fantaseado que me caso con una amiga de la infancia, llamada Shiida, pero es algo sin sentido, ella es como otra hermana para mi, por cierto, hay algo que quiero mostraros después de cenar"
Zelda asintió. Después de todo era la primera vez que se encontraba tan lejos de su hogar, en un reino extranjero, y sin nadie en quien confiara plenamente, más que el trato que había tenido con Marth. Viendo al techo del gran comedor, escuchando a todos hablar en un acento poco familiar, se sintió más sola que nunca.
La cena se llevó a cabo tranquilamente. Después de concluída la cena, Marth, quien hablaba con su madre, le llevó a unas fuentes que se encontraban cerca del laberinto de rosas en el jardín del castillo, afuera del comedor. Ingresaron al laberinto, Marth guiando el camino y llegaron a una bonita explanada. El aroma de las rosas blancas inundaba el ambiente nocturno.
"Tienen bastantes rosas... tal vez deberé llevar algunas a Hyrule..." le comentó casualmente Zelda al príncipe que se encontraba mirando hacia las plantas.
"Princesa... tal vez esto sea lo más difícil que he hecho en mis 19 años, debo informaros que mañana es mi cumpleaños número 20" le dijo serio.
"Oh... yo, debería haber traído algo... no sabía" Le respondió ella mirándolo, sin saber exactamente a qué se refería por difícil. "¿Es difícil cumplir años en Altea?"
" No, veréis... a lo que yo me refiero es... antes de nuestro primer encuentro en Hyrule, Roy y yo llevábamos unos 10 días instalados, creo que destacábamos menos cuando Roy se cubría también sus orejas..." el sonrió, luego continuó "En ese entonces, yo le observaba desde lejos princesa, le veía vigilar que las personas sin hogar tuvieran comida y acomodamiento, encargarse directamente de supervisar que se llevaran a cabo las obras, conocer a todos sus súbditos y ser admirada por cada uno de ellos por haberlos salvado... entonces fue cuando me di cuenta que mi vida había sido muy vaga, que como futuro rey, no me he involucrado lo suficiente con mi pueblo, a pesar de tener mayor edad que la princesa de Hyrule, eso me llevó a admiraros como gobernante... y como mujer"
Zelda lo miraba expectante con sorpresa, nadie antes le había reconocido ese tipo de acciones, había pasado mucho tiempo teniendo un mal auto concepto, y éste príncipe le estaba dando mucho crédito por sus acciones...
-" Así que inventamos una historia para acercarme y poder hablar aunque sea una vez..., viéndome sorprendido por vuestra inteligencia para descubrirnos..., desde entonces, me habéis hechizado, en cuerpo y alma, así que quisiera profesaros que mi corazón es y siempre será vuestro." El príncipe se hincó frente a la nerviosa Zelda, sacando un anillo de uno de sus bolsillos, era un hermoso anillo de oro blanco con líneas entrelazadas y un diamante en el centro.
-"Cómo regalo de cumpleaños, me haría muy feliz que acepteis este anillo, era de mi abuela, ha sido pasado a mi madre, y ahora a mi prometida... y mañana en mi cumpleaños me digáis que serás mía, que os casarás conmigo"
Zelda estaba en shock. Por primera vez en la vida no sabía que hacer o decir. Su cuerpo actuó por sí solo, sentía que le zumbaban los oídos, y podían haber asado un huevo sobre su sonrojado rostro. Le acercó la mano a Marth, quien aguardaba en silencio.
"Marth... ya estamos comprometidos... no tenías que..."
"Es algo que quiero hacer, os lo había dicho ya..." le dijo él mirándola, sus ojos brillaban bajo la gran luna
"Esto... es un honor para mí aceptarlo, Marth... yo..."
El joven colocó el anillo en su dedo, y se levantó, tomándola en sus brazos, y acercándose a ella le dió directamente un beso cerrando los ojos. Ella no pudo hacer mucho, era real, era su primer beso, y no había sido tal como lo hubiera imaginado, sentía los cálidos labios del príncipe sobre los de ella, en un abrazo. Algo que ella sólo había visto suceder en bodas, en general el contacto físico no se acostumbraba en Hyrule, eso parecía no ser del conocimiento de Marth. Una vez se hubieron separado, él la miraba a los ojos sin dejar de abrazarla, viendo cómo lentamente los ojos de la princesa se inundaron de lágrimas y una de ellas bajó por su mejilla. Él limpió la lágrima con el dorso de su mano.
"Yo... Zelda... perdonadme... no quise haceros llorar... se que quizá no podáis darme vuestro corazón aún, pero el tiempo cura todo, y yo estaré a vuestro lado, de ser posible hasta que seamos ambos ancianos".
Zelda permaneció callada, ¿Podía amar a este hombre? Se había imaginado muy a futuro en una relación diplomática con un esposo más grande que ella, con una relación cordial e incluso hasta política, pero jamás pensó que esto llegaría a suceder. Su respuesta fué abrazarlo. El abrazo era muy diferente al que recordaba haberle dado a Link, y con el cual soñaba hasta la fecha. Era un abrazo cálido, amistoso, confortante. Pero dentro de ella había algo que le molestaba. No lo amaba. No aún. Podía hacer la unión a sabiendas de que tendría un excelente esposo, pero no podía ofrecerle más, no lo que él quería.
"Puedo intentar ser buena esposa... yo acepté este compromiso para llevar prosperidad a mi gente, aunque me temo... que sabes que no es tan fácil para mi..."
"No digáis más, prometí ayudaros. Yo lucharé por vuestro afecto, mi señora"
Zelda se separó del abrazo y limpió sus lágrimas.
"Haré mi mejor esfuerzo" Le dijo ella, forzando en sí misma una sonrisa.
"Eso basta para mi. Venid, que ya deben estarnos esperando" respondió el príncipe con una sonrisa, guiándola hacia las afueras del laberinto de rosas, en donde habían montado varías mesas con copas de una bebida desconocida para ella, un tipo de vino que jamás había visto, el rey, la reina y la corte se encontraban ahí cada uno con una copa, al verlos salir les dirigieron un aplauso. Zelda vislumbró brevemente entre la gente a una joven muy bonita que no había visto en la cena, llevaba el pelo suelto, largo y azulado, a diferencia de los demás miembros elegantes, portaba más bien una ropa militar. Dicha joven le miró a los ojos un momento, dejó su copa y se dio la vuelta.
"Felícitaciones ¡Hijo! ¡ Jamás pensé que este poco romántico se casaría antes de mi muerte!" Le dijo el rey a Marth tomando de su copa, y dirigiendo el brindis por el compromiso de ambos.
"Ahora podéis llamarme padre adoptivo si queréis, princesa, no me hagáis esperar tanto por la boda" le dijo con una sonrisa. La reina se acercó después.
"¡Oh! ¡Como anhelo niños corriendo en el castillo! ¡Muchos niños! Espero supervisar el Beilagen yo misma un día" Le dijo directamente la reina.
"¡Madre! Deja de bromear." Marth parecía escandalizado, su rostro se había tornado rojo.
"¿Beilagen?" Preguntó la princesa, solo para sorprenderse cuando de manera casual la reina le respondió que se trataba del ritual donde supervisaba la consumación del matrimonio en la primer noche de bodas, entonces se sonrojó nuevamente. Eso era algo que ni siquiera había venido a su mente jamás.
"No os preocupéis princesa Zelda, mi hijo debió leer bastante literatura al respecto, es parte de su educación, confío en que sepa cómo complaceros cuando llegue el momento" le dirigió la reina con una gran sonrisa. Marth bebió el resto de su copa, tosiendo de ahogamiento después de las palabras de su madre.
"¿Eran todos tan abiertos de mente en Altea?" Pensó para sí la princesa, sonriendo nerviosamente sin saber que decir, Marth con la palma de su mano sobre su propia cara le tomó del brazo disculpándose con la reina para ir por más vino.
"Disculpad a mi madre, ella suele ser igual de franca que mi hermana" le dijo el príncipe apenado, tomando una copa para ella y una para él, de repente la corte insistió en que hicieran el brindis cruzado, gritando en coro "¡Cruz! ¡Cruz!" Marth entrecruzó su brazo con el de ella, indicándole que debían beber de sus copas de esa manera.
Todo finalizó y Zelda al fin pudo ir a descansar. Sentía que su fuerza estaba regresando, sin embargo le parecía ver un poco menos la marca de la trifuerza en el dorso de su mano. Muchas cosas circulaban en su mente después de ese día. Tal vez era sólo su imaginación.
Desconocido para ambos, alguien había presenciado la escena en el laberinto, una presencia que permanecía oculta, vigilante, pendiente a sus movimientos
