Capítulo 4

Fue la ayudante de cámara de Eir, Tiina, quien encontró la máscara al día siguiente. La chica no había estado en el baile, pero sabía que todos los invitados debían llevar una, por lo que decidió que la chica debería decidir qué hacer con ella.

La princesa, que había tenido que permanecer en el salón muchas horas más después de la partida de Astrid, había caído rendida en cuanto su cabeza tocó la almohada, y aún estaba cansada cuando Tiina irrumpió en su habitación.

—¡Buenos días, princesa! —la saludó con energía, recibiendo únicamente un gruñido por parte de ésta—. ¿Cómo lo pasó anoche?

—Estoy cansada, Tiina —se quejó Eir, metiendo la cabeza entre las mantas.

—Aún así, tienes muchas cosas que hacer. Y te traigo un regalo —la chica sonrió, una sonrisa que se le reflejaba en los ojos.

Eso último llamó la atención de Eir lo suficiente como para entreabrir un ojo por entre las mantas. Al comprobar de lo que se trataba, hizo una mueca de desagrado; después recordó de quién era la máscara y su expresión se transformó. Se incorporó entre las mantas, tendiendo los brazos hacia su ayudante de cámara.

—Déjame ver eso.

—De eso nada —Tiina la escondió en su espalda—. Primero las obligaciones y después todo lo demás.

La princesa la fulminó con la mirada, pero Tiina ni se inmutó; a fin de cuentas, era ella la que se encargaba de despertarla a diario, los cabreos de la chica no eran nada que no supiera controlar.

—¿Y qué obligaciones se supone que son esas?

—Adecentarse, para empezar —colocó la máscara en el tocador, de forma que la princesa pudiera llegar a ella sin problema mientras le trenzaba el cabello—. Bajar a desayunar con la Reina, que la espera para saber cómo fue todo anoche; alguna que otra clase, si no recuerdo mal.

Eir rodó los ojos, cansada solo de pensar en la lista de cosas por hacer. Le pidió a Tiina un peinado de lo más complicado, solo para poder admirar la máscara ante ella.

—Estaba en las escaleras —explicó aunque estaba más concentrada en el peinado que en la propia conversación —. A alguno de los chicos debió de caerse.

—Ya, claro —Eir la estudió. Estaba segura de que era de la chica con la que había bailado. La que desapareció sin más a mitad de su baile (esperaba que tuviera una muy buena justificación para ello), la que le había salvado de todos los babosos y con la única con la que realmente había disfrutado el bailar.

La mañana fue tediosa, le dolían los pies y, después de hablar con su madre, el dolor de cabeza no le iba a la zaga. Además, no dejaba de pensar en la misteriosa chica de la noche anterior; ni siquiera sabía su nombre ni qué demonios hacía en su baile, pero eso solo aumentaba la intriga que sentía hacia ella.

—¿Se puede saber en qué piensas? —la reprendió Arthur, que notaba que llevaba cerca de quince minutos hablando con el banco en el que ambos estaban sentados.

—En cosas importantes.

—¿Un pretendiente, tal vez? —sonrió.

—Claro. En ti, lo hago a todas horas ¿sabes? —se burló Eir, siendo su turno de sonreír al ver que las mejillas del otro se tornaban rojas.

—No parecías pensar en mi cuando bailabas con aquella chica anoche.

—¿Celoso? —Eir alzó una ceja, estudiando a su amigo con la mirada.

—No lo sé ¿debería?

La chica apartó la mirada, dejando de mirar a los verdes ojos de su amigo.

—Se le cayó la máscara anoche, Tiina me la ha traído a mis aposentos.

Arthur la miró ahora con mayor seriedad. La rubia paseaba la mirada por los jardines, sin pararse a mirarle a él; cuando habló, lo hizo con cautela.

—Eir sabes que solo fue un baile ¿cierto? Ni siquiera terminaste la canción, si no recuerdo mal.

—No he dicho que no lo fuera —se cruzó de brazos, volviendo a encararle—. Solo te lo he dicho porque venía a cuento.

—Ya, pero me veo en la obligación de recordártelo. Igual que recordarte que esos amores instantáneos que surgen en las novelas no son reales; nunca.

—¡Nadie aquí está hablando de amor! —la chica se puso en pie, fulminando al chico con la mirada.

—¿Atracción?

—Llevaba esa estúpida máscara, no pude verle la cara —bufó Eir con fastidio.

Arthur se rio y la tensión que había aparecido hacía unos segundos, se disipó tan rápido como había llegado.

La conversación quedó desterrada en lo más profundo de la mente de la chica hasta que llegó a sus aposentos por la noche; ahí sobre el tocador, se encontraba la máscara de la chica. Obviamente no se había enamorado de ella, no era una niña idealista que creía en el amor a primera vista y esas sandeces, pero sí que había sentido algo; incluso le había dado pena que se fuera tan pronto del baile. Además que no sabía su nombre y, según las propias palabras de su madre, ninguna joven había sido invitada. No le quedaba otra que asumir que jamás volvería a saber de ella; es más, debería tirar la máscara. Quizás a la mañana siguiente lo haría.

Sin embargo, las semanas pasaron, la máscara seguía en el mismo sitio y el cerebro de Eir parecía que iba a explotar en cualquier momento. Todo empeoró cuando, una noche, soñó con esa maldita chica: volvía a salvarla, esta vez de una panda de rufianes que intentaban obligarla a casarse a la fuerza con todos ellos. A partir de esa noche, lo que hasta ese momento había sido no más que un recuerdo que a veces la asaltaba, pasó a ocupar su mente en todo momento. ¿Recordaba todo tal y como había pasado? ¿De dónde había salido esa chica? Creía recordar que olía a flores, no esos perfumes que las imitaban, sino de las naturales ¿era verdad? Comenzó a dar vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. Recordaba lo que sucedió en el baile a la vez que escuchaba las palabras de Arthur una y otra vez, pero ella no estaba enamorada de esa extraña a la que había visto unos minutos hacía semanas, por mucha conexión o escalofríos que hubiera creído notar.

—Estás idealizando la imagen que tienes de ella, es normal —intentó tranquilizarla Arthur cuando consiguió por fin que se abriera—. Pero tú misma sabes que sería imposible enamorarse de una persona a la que no conoces. Porque por no saber, no sabes ni cuál es su nombre.

—Lo sé. —se llevó una mano a la cara, sin poderse creer que hubiera compartido eso con Arthur. Y lo peor es que su amigo no parecía sorprendido en lo más mínimo—. Pero ahora no puedo pensar en otra cosa. Y borra esa estúpida sonrisa de la cara.

—Es que jamás pensé que me admitirías algo así.

—Lo he hecho porque llevabas días insistiendo, y porque me tienes que ayudar de alguna forma.

—Esto es algo que tienes que hacer tú sola; te olvidas de ella y ya. Lo primero, quita la maldita máscara de tu tocador.

Eir hizo caso a su amigo, pero una semana después seguía igual. Había llegado a un punto en el que iba bostezando desde el mismo momento en el que se levantaba hasta que conseguía conciliar el sueño, y Tiina ya no sabía qué hacer para ocultar las ojeras de la princesa.

Fue cuando Arthur vio que su amiga casi ni podía mantenerse despierta a la hora del almuerzo que decidió que era hora de tomar cartas en el asunto en todo eso de ayudar a Eir.