Disclameir: Los personajes no me pertenecen, son de Stephenie Meyer. Solo me adjudico la historia que sale de mi loca cabecita y problemas para dormir, facilidad para desvariar y andar creando por ahí. Me inspiré en muchas canciones de Tim McGraw (lo amo), pero especialmente la que le da el nombre al fic, "LetMe Leve You", escúchenla, es genial.

Y porque, ¿qué seríamos las escritoras sin una buena editora? Mis agradecimientos y reconocimiento a Heyvampiregirl, mi Beta, que se encarga de corregir errores que yo no veo, y hacer que cada capítulo esté mejor y más bonito para ustedes :D

Summary:¿Cuan dispuesto estás a amar? ¿Y a ser amado? Solo cierra los ojos, olvida, siente y crea algo nuevo. Esa era la promesa. Una noche años atrás ella lo salvó y él no sabía si era su ángel o su perdición.

Something 'Bout Love

Lunes. Las once menos cuarto de la noche y acabo de terminar mi turno en la cafetería. Cruzo la calle para coger el autobús a casa mientras pienso en lo que ha estado dando vueltas en mi cabeza todo el día.

«Edward… Puedes seguir soñando que mañana iré a tomar café contigo. Jódete»

.

Martes. Cinco de la tarde.

Estoy como estúpida sentada en una de los bancos del parque de enfrente al Café Vienés, esperando a que Edward llegue y entre. Porque claro, no voy a entrar sola y decirle a la chica que está de recepcionista «una mesa para dos. Espero a Edward Masen». No. Y es que cualquiera se preguntaría «¿por qué demonios simplemente no entras? Aquí fuera hace frío, en cualquier momento comenzará a llover y si entrasen el café estarás abrigada y protegida». Y mi respuesta sería simple: «orgullo». Además… siempre está la posibilidad de que caiga un rayo sobre el Café Vienés y se tenga que suspender la cita con Edward. Eso me hace sonreír.

¡Espera! Cita.

¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Por una fracción de segundo mi cerebro sale del letargo en el que ha estado sumido por culpa del frío y analiza la situación. Esto es una maldita cita. Edward me citó… A acudir una cita. ¡Maldita sea! Vamos, es obvio, si hasta quería pasar a recogerme y todo. Me envió rosas. Todo estaba a la vista. ¡Genia! Y yo que pensaba que esto era una junta de negocios.

Miro a mi alrededor tratando de calmarme. Edward no aparece. «Quizá no vendrá —susurra mi subconsciente—. Quizá se ha olvidado de la cita —sugiere mi instinto de mujer». Una punzada cruza mi estómago y revuelve todo mi almuerzo. Eso sería… decepcionante. No, no es que esté feliz y nerviosa por juntarme con Edward después de cuatro años desde su abandono, y, por supuesto, tras enterarme que ha estado vigilando mis pasos desde hace un año. Es solo que… siento curiosidad y necesito que responda muchas cosas. Esto me lo estoy tomando con calma. Así que si Edward no viene, sería solo decepcionante y quedaría intrigada. Nada más.

Sacudo la cabeza y decido que lo mejor es caminar, porque si sigo aquí sentada me congelaré igual que un cubito de hielo.

Voy hasta el semáforo de la esquina y cruzo hacia la calle del Café Vienés, un lugar muy céntrico y por lo tanto siempre está lleno de personas, sobre todo estudiantes y oficinistas. Paso frente a una tienda de zapatos y hago como si estuviese mirando, aunque en realidad solo quiero echar un vistazo a mi apariencia.

Vaqueros ajustados, un par de botas largas y planas negras, una blusa beige de temporada que compré esta mañanasolo para venir a este estúpido lugar –además de que mi busto se ve más grande– y un trench negro a juego con mi cartera del mismo color. Recogí mi cabello en un moño desordenado y me maquillé delicadamente. Me veo bien, juvenil, pero con ese toque de sofisticación que se requiere para asistir a una cita en el café más reservado y elegante de la ciudad.

No sé por qué demonios me importa cómo estoy. Debí haberme puesto vaqueros, mis converse, una chaqueta, ¡y ya está! Pero no, estuve como tonta buscando algo adecuado. ¡Tengo solo veintidós años, por Dios! Además, no es como si me importe lo que Edward diga o piense de mí. Ha pasado mucho tiempo.

Avanzo, pero me detengo media calle antes, justo cuando un coche negro aparca en el único lugar libre que queda en el aparcamiento de al lado del café, justo donde yo estoy. ¡Lotería! Es el mismo coche de la otra noche, el que conducía el chófer de Edward. Me quedo allí esperando para ver quién baja y, por supuesto, quien lo hace es Edward. Esta vez viene solo. Cierra el coche y camina rápidamente en dirección hacia donde estoy mientras mira su reloj. Instantáneamente también miro el mío: las cinco y veintinueve. Tanta puntualidad…

Retrocedo unos dos metros y retomo mi paso normal, no quiero parecer muy puntual. Eso se vería desesperado.

Edward va como tres metros más adelante que yo. Aprovecho para mirarlo: lleva traje otra vez, solo que ahora se ha puesto un abrigo largo por encima. Inconscientemente camino más rápido y cuando me doy cuenta voy casi a su lado. Él se da vuelta cuando está a punto de abrir la puerta del café y se choca conmigo.

—¡Auch! —me quejo y él sonríe, alegre.

«Nunca camines encima de una persona, Bella —solía decirme mi madre».

—Que puntual, señorita —dice de lo más caballero—. Por un momento pensé que no vendrías.

Lo miro directo a los ojos, que a diferencia de la otra noche parecen más sinceros y alegres. ¡Hasta brillan! Edward aprovecha el momento y me mira de pies a cabeza.

—Y debo agregar que estás muy guapa. —Sonrío levemente en agradecimiento. No quiero parecer una quinceañera, y tampoco tengo por qué hacerlo. Solo ha dicho algo que es cierto—. Como siempre —agrega al final y me da una amplia sonrisa.

Tiempo de reaccionar.

—Hola, Edward —digo en forma de saludo—. ¿Por qué no iba a venir?

—La otra noche parecía que quisieras lanzarte sobre mí y matarme a golpes —dice sin quitar la sonrisita estúpida de la cara.

Claro, él lo notó.

—Estaba sorprendida, fue solo eso —trato de sonar convincente.

Extiende su brazo y lo ofrece en mi dirección. Enarco una ceja y después de mirar a ambos lados y suspirar en forma de derrota, lo acepto y envuelvo el mío alrededor del suyo. Está siendo caballero, nada más, y no pretendo discutir con él por un gesto de amabilidad en la vía pública.

Abre la puerta y atravesamos el umbral. De inmediato una ola de calor nos recibe y suspiro gustosa; creo que finalmente no sufriré hipotermia. Nos acercamos hasta donde está la recepcionista y Edward le dice que tiene una reserva para dos. La chica es muy amable con él, al parecer no es primera vez que viene.

—Acompáñenme, señor Cullen y señorita Swan—dice la chica dulcemente.

Miro discretamente el lugar y es más bonito en vivo que en las fotografías en revistas. La verdad es que es normal: suelo alfombrado, mesas redondas con largos manteles blancos, algunas sillas convencionales y otras empotradas a la pared que parecen largos sillones, lámparas colgantes que parecen cientos de gotitas, grandes mamparas de cristal, llantas decorativas que adornan el lugar y chimeneas que lo hacen todavía más acogedor. Nada extravagante. Pero hay algo que me molesta, aunque no sé qué es.

Llegamos a una mesa que está casi al final del lugar, pegada a la pared.

—Enseguida tomarán su pedido, señor Cullen—dice la muchacha antes de irse.

Eso era. Cullen. El apellido de Edward es Masen, ¿por qué ella lo ha llamado Cullen?

—¿Cullen? —pregunto, confusa.

—¿Tu abrigo? —Suelta mi brazo y me sonríe mientras espera que responda a lo que ha pedido.

Me está ignorando olímpicamente.

Desato el cinturón que envuelve mi cintura y él saca el trench por mis hombros y luego lo cuelga junto al suyo en unperchero que hay detrás de la mesa. Ambos nos sentamos en los cómodos asientos. Dejo mi cartera en el espacio que queda entre la mesa y la pared.

Llega un chico y nos pasa una carta a cada uno.

La verdad es que se me han quitado las ganas de beber o comer algo. ¿Cullen? Recuerdo claramente que es Masen. Estoy más confusa que cuando llegué. Si pensé que venía por un par de respuestas, ahora veo que serán muchas más de las que tenía planeadas.

—¿Qué vas a pedir? —Está tan… calmado. Nada le afecta.

Miro nuevamente la carta y respondo.

—Un café vienés y un pastel de chocolate. —Mucha azúcar, lo sé.

Edward me mira por un momento y se da vuelta hacia el chico que toma nota diligentemente a nuestro lado.

—Un capuchino —le dice Edward al muchacho y le entrega ambas cartas.

El chico se va y dejo que pase a lo menos un minuto para hablar. No quiero testigos. Edward también abre la boca para decir algo, pero no lo dejo.

—¿Edward Cullen? —es lo único que pregunto.

No sé si tengo los ojos entrecerrados, pero veo a Edward más pequeño. Él me mira con frustración, pero no se da más vueltas para responder.

—Era el apellido de soltera de mi madre.

—¿Por qué cambiaste tu apellido ahora? —pregunto enseguida.

Vale, es el apellido de su madre, hay gente que se cambia los apellidos, pero Edward vivió dieciocho años siendo Masen, ¿para qué cambiárselo ahora?

—Lo cambié cuando cumplí la mayoría de edad,no es un capricho reciente —comenta sin darle mayor importancia—. Y fue más por mis tíos que por decisión propia.

¿Tíos? ¿Edward tiene familia? Estoy desconcertada y tengo muchas preguntas que hacer, hay muchas cosas que deseo saber, pero siento que si me detengo a analizar algo tan banal como, por qué ahora es Cullen y no Masen sería casi tan estúpido como preguntarle a una chica «por qué ahora te depilas con cera fría y no con caliente?». Además,he venido hasta aquí para obtener otro tipo de respuestas, porque después de todo, ¿qué importancia puede tener su apellido?

Edward aprovecha mis minutos de distracción y habla. Claro, quiere desviar la atención de su persona.

—¿Qué has hecho estos años, Isabella?

Me entran ganas de rodar los ojos, como si no lo supiera.

—Vine a estudiar Publicidad, y después de descubrir que no era lo mío, entré a una academia de artes y estudio Música. Me especializo en canto. —Hago una pausa—. Ya sabes dónde vivo, y aún tengo a Roxie. Fin de la historia.

Cuando menciono a Roxie sonríe abiertamente. Va a decir algo, pero justo llega el chico con nuestro pedido. Se toma algo de tiempo en servir las cosas y luego se va con una sonrisa amable, recordándonos que estará cerca por si necesitamos algo.

—¿Y qué me cuentas de ti, Edward? —pregunto mientras él bebe de su café—. ¿Estudias, trabajas, estás casado, tienes hijos?

Mejor me callo. ¿De dónde salieron esas preguntas tan de… ex celosa? Él se atora un poco, pero finalmente sonríe divertido.

—Mmm… —Hace una pausa, siempre mirándome. Me está poniendo nerviosa. Este es el momento en el que me arrepiento de haberme puesto esta blusa tan ajustada—. Estoy terminando la carrera de Arquitectura, y trabajo a media jornada en la empresa constructora de mi tío.

Así que su tío tiene una empresa constructora. Ahora me replanteo si el hecho del apellido es algo tan trivial o no.

—No estoy casado ni tengo hijos—añade, más divertido aún.

¿Se está burlando de mí? ¿En serio?

—No lo preguntaba por lo que crees —digo inmediatamente—. Es solo que… Quería saber. Y no es que me importe. Son las preguntas que haces cuando te dejas de ver durante años.

Corto casi la cuarta parte de mi pastel y la meto en mi boca. Eso me mantendrá unos minutos a salvo. Siento la espontánea risa de Edward. Parece feliz, incluso parece más joven. ¡Pero qué demonios! Vine hasta aquí para resolver dudas, no para reírme con él como si fuésemos mejores amigos.

—Tú no cambias, Isabella—dice más calmado y toma nuevamente su café.

Sé lo que está pensando. Está recordando cuando teníamos diez años. Salí corriendo de clase cuando sonó el timbre del recreo y me fui directamente al patio trasero, donde Edward solía estar. Y, como siempre, estaba sentado en una de las ramas del árbol con la copa más grande. Dejé mis libros tirados en el césped y me subí como pude, evitando que mi vestido se levantara. Recuerdo que le di un golpe tan fuerte en el hombro que casi se cae del árbol, y en seguida vino mi pregunta: «¿Por qué vas a hacer el trabajo con Tanya y no conmigo? Y no me preguntes que qué trabajo, sabes que es el de cuidar al huevo como si fuese nuestro hijo. ¿Por qué ella y no yo, Edward Masen?». Ésa fue la primera vez que lo escuché reír tan fuerte y sin parar. Yo también me uní a sus risas y estuvimos juntos todo el descanso. Pero no me conformé. Busqué a Tanya en los baños y le fui con el cuento de que Edward tenía piojos. Por supuesto, después de eso no quiso hacer el trabajo con él y me asignaron con Edward en su lugar.

—No sé a qué te refieres, Edward —digo lo más tranquila que puedo para no reírme.

Mi actitud fue tan estúpida e infantil. Después todos juraban que Edward tenía piojos. Él obviamente no me cree. Sigo comiendo mi pastel y dejo que Edward pregunte. Después de lo de la otra noche no sé cómo empezar a hablar. Al parecer me comieron la lengua los ratones.

—¿Y tú no tienes novio? ¿Ese chico moreno, quizá, el del grupo? —Su tono es bastante insinuante.

Se me había olvidado que me espiaba.

—Jake es solo mi amigo —respondo tajante.

Ambos terminamos nuestro café, el pastel también se me acaba, por lo que el tiempo es poco. Me armo de valor y comienzo a hablar.

—¿Por qué te fuiste sin ninguna explicación? Digo —lo pienso un poco—, era yo, Edward. Me dejas tu perra y tu coche, que, por cierto, ya lo vendí, ni se te ocurra pedirlo… Y aun así solo me dejas una nota. Te salvo la vida y me gano tu indiferencia.

—Mi indiferencia te la habías ganado mucho antes, Bella —responde, girando su taza sin mirarme.

Bella. Solo una vez me había llamado Bella.

—No estás respondiendo —exijo en tono bajo y calmado. Porque la verdad es que no siento rabia, solo hay tristeza, recuerdos, vacío e incertidumbre.

—Quiero que sepas que lo que pasó esa noche solo adelantó mi decisión de dejar Forks. Ya me habían aceptado aquí en Nueva York y mis tíos estaban preparando todo para mi llegada. —Hace una pausa—. Y no te di explicaciones porque eso hubiese significado tener que hablar contigo y no sé si hubiese podido irme.

—Esa no es excusa, Edward —digo testarudamente mientras evito mirarlo—. De todas formas nada te ataba a Forks, te irías tarde o temprano, tú mismo lo has dicho y fuiste egoísta en dejarme sola con la incertidumbre. Esa noche habíamos vuelto a hablar.

—Sé que rompí mi promesa, pero…

—Cállate —le pido.

No quiero que se ponga a recordar cosas viejas y sin sentido de niños pequeños.

—Y tú sabes qué me ataba a Forks —dice resentido.

No, no lo sé. No lo quiero saber.

—Tú me atabas a Forks, Bella. —Que se calle, por favor, que lo haga—. ¿Recuerdas la conversación que tuvimos antes de que te enfadaras?

Tengo mi rostro tapado con ambas manos. Me levanto rápidamente y busco dónde está el baño de chicas. Lo encuentro y miro a Edward.

—Voy al baño, ahora vuelvo.

Cruzo la estancia en tiempo récord y me encierro en el primer cubículo vacío que encuentro. Bajo la tapa y me siento ahí. Tengo ganas de vomitar y sostengo mi estómago como si así fuese a evitarlo.

Mis pies se mueven arriba y abajo, arriba y abajo. Espero que no haya nadie en los otros cubículos, no quiero poner nerviosa a ninguna otra chica.

Siempre supe que Edward había estado enamorado de mí. Solo una vez me lo dijo, pero eso era suficiente. Y aquella noche en la que intentó lanzarse al vacío supe que seguía sintiendo lo mismo.

Igual que yo.

Quince de noviembre, ése fue el día de nuestra conversación. No fue nada particular, a Edward no le gustaba hablar mucho y aquel día me escribió una nota cuando estábamos jugando en el parque.

«¿Te casarías conmigo?». La leí y de inmediato me reí, nerviosa.

Yo le hablaba, no me daba miedo conversar con él. «Tenemos doce años, pero si quieres, cuando seamos grandes, me casaré contigo. —Y de inmediato agregué—: Pero debes prometer que me llevarás a vivir a una granja y que me harás feliz, siempre. Y que nunca habrá otra chica».

Edward asintió feliz y me regaló una tímida sonrisa. Respiró hondo y habló con voz dulce: «Entonces, ahora eres mi novia». Me fijé en que mi madre no estuviese cerca y planté un beso en la rosada mejilla de Edward. «Somos novios, Edward».

Ese mismo día por la noche me quedé viendo una película con mis padres. En ella, los protagonistas eran novios y, además, se daban un beso. Antes de ir a dormir le pregunté a mi madre si eso era adecuado, y ella me dijo que sí, siempre y cuando se quisieran, fuesen novios y tuviesen la edad suficiente.

Edward y yo reuníamos los tres requisitos.

Al día siguiente fui a buscar a Edward al árbol donde solíamos juntarnos, y, para mi sorpresa, Tanya estaba con él. No escuché muy bien la conversación, pero fui muy consciente cuando los dos se dieron un beso. Pequeño, pero beso al fin y al cabo. Me sentí traicionada.

Esperé a que Tanya se fuera y fui hasta Edward.

«Te odio, Edward Masen. Eres cruel, no tienes sentimientos. ¡Ya no quiero ser tu novia, nunca más!». Él se me quedó mirando y sus ojos estaban llenos de lágrimas. «¿Qué he hecho?». No le respondí, solo me di media vuelta y escuché lo último que me dijo: «Sabes dónde estoy, y yo te quiero».

La próxima vez que volvimos a hablar fue durante la fiesta, en su fallido intento suicida.

Desde aquel momento me hice más amiga de Tanya. Alice también, aunque ninguna sabía nada sobre mi relación con Edward en el pasado. Y a modo de chantaje le conté a Tanya que la había visto besando a Edward, y ella me pidió que por favor no se lo dijera a nadie. Y, como yo era buena, jamás lo conté. Pero seguro que ella se le dijo a Edward, porque dejaron de verse hasta que la asignaron como su maestra de apoyo y Edward me mandó una nota diciendo que «todo fue un mal entendido». Cómo no.

Quizá si no hubiese sido tan infantil y tan mala, si hubiese escuchado a Edward…

No. No hay que pensar en lo que hubiese sido.

Ya no sé lo que siento. Cuando tenía quince años y era novia de James, no fue culpa de su borrachera que no haya querido perder mi virginidad con él, fue el hecho de que él no era Edward. Yo había planeado una vida con Edward. Era su amiga, confidente, la única que lo trataba bien. Y yo era especial para él. Siempre estuve enamorada de Edward y él de mí. Pero cuando lo vi con Tanya me llené de miedo. Si lo hacía en ese entonces, lo podía hacer después. Y fui rencorosa, estúpida, malvada e infantil en hacerle la vida imposible. Eso me fue llenando de un odio irracional en su contra, un odio sin ningún fundamento en el que todo de él me molestaba. Hasta aquella noche, cuando lo vi casi lanzándose y me imaginé que Edward ya no existía. Entonces comprendí que jamás lo había odiado.

Saco mis manos de mi cara y me levanto. Ya no tengo ganas de vomitar, pero mi rostro está caliente. Salgo del baño y me dirijo hasta la mesa en donde Edward está preocupado y se nota nervioso.

Me siento y coloco mi cartera en mi regazo.

—Podemos ir a un médico si no estás bien —propone algo tenso—. Disculpa, no debí haberte puesto incómoda. Sé que me rechazas, hace años que lo haces. Fui un estúpido.

Niego.

—Creo que ya he escuchado lo que necesitaba, por lo que vine. ¿Me puedes llevar a casa?

Y, en cierta forma,es verdad. Yo solo quería saber por qué se había ido, y con todas las cosas que había dicho ya ha respondido y otras las puedo sacar por conclusión. Pero aun así no lo justifica.

Edward paga la cuenta y corremos bajo la lluvia que ya cae. Nos subimos a su coche y hacemos el recorrido hasta mi casa en silencio.

Todo este rato me ha servido para pensar y he llegado a la magnífica conclusión de que todo lo que ha pasado en la relación que tengo con Edward es mi culpa. No estoy segura de cuánto lo amo aún y de qué forma lo hago, pero sí sé que lo quiero mucho. Y quiero recuperarlo, y la única forma de hacerlo es parar de preguntarle por qué se fue. Más bien debo pensar en un futuro. No sé qué tipo de futuro, pero enfocarme en algo mejor, no en algo que ya no puedo solucionar.

Bajamos de su coche en cuanto aparca fuera de mi casa. Me acompaña hasta la reja y abro el bolso para sacar las llaves. Miro a Edward algo incómoda porque estoy tardando mucho y nos estamos mojando. ¡No están!

—He perdido mis llaves —digo al fin, desesperada.

Pienso en Roxie. Menos mal que la dejé con mi vecina.

—Ven —dice Edward y me arrastra hasta su coche.

Nos ponemos en marcha otra vez.

—¿Adónde me llevas? —pregunto incómoda.

Si hay algo bueno que tiene Edward es que no te presiona. La conversación fue cortada bruscamente, pero ambos sabemos que es mejor dejarla para otro día.

—Vamos a mi casa, te quedarás conmigo esta noche y ya mañana vemos cómo entras en tu casa. —Su voz es dulce y su sonrisa amable.

Poco a poco logramos conversar fluidamente. Al principio no me gusta mucho la idea, pero no tengo más opción. Los chicos no son una opción.

Entramos en un sector residencial pero no lo suficientemente exclusivo. Es una villa que parece hecha para familias.

—La diseñó mi tío —comenta Edward—. Aquí vivimos los tres, Carlisle, que era hermano de mi madre, su esposa Esme y yo.

—¿Por qué vives con ellos?

—No tienen hijos, ése fue uno de los motivos por los que cambié mi apellido. —Aparcamos fuera de una linda casita de dos pisos—. Yo tampoco tengo padres y ellos… Es solo como si lo fuesen. Además siempre han estado preocupados de mí.

—Pero estabas solo en Forks. —Mi voz suena algo dura.

Edward piensa un rato y luego se gira para verme mejor.

—No quise venirme con ellos antes, Isabella. Aquella casa era lo único que me quedaba de mis padres. Ahí tenía recuerdos.

—¿Qué pasó con ellos? —Ahora intento de sonar más suave.

—Eran médicos y viajaban a lugares muy alejados y pobres para ayudar a personas sin recursos. Un día venían por la carretera y volcaron. Eso fue todo. —Se queda mirando mi expresión de asombro y empieza a reír—. ¿Qué? No me digas que esperabas tiroteos o mafiosos en medio de la historia.

—No —digo—. Es solo que lo cuentas como si no fuese tu historia, tu dolor.

—Ellos eran buenos y me amaban mucho. Además tenía cinco años, he tenido algo de tiempo para hacerme a la idea.

Me señala que bajemos y me lleva hasta la puerta. Entramos y enciende la luz en uno de los interruptores. La casa es grande y bonita. A simple vista no se ven grandes lujos, pero sí está bien distribuida y da el ambiente de un hogar feliz.

—Mis tíos están de vacaciones, así que no te preocupes.

Cierro la puerta tras de mí y sigo a Edward, que me va señalando dónde está la cocina por si me da hambre a medianoche y me dice que lo siga hasta el segundo piso.

La situación se vuelve un poco incómoda cuando entramos en lo que parece ser su habitación. Es amplia, juvenil… y desordenada. Hay una cama doble en el centro y una puerta que debe de ser el baño.

—Mmm… Bueno. —Rebusca en un armario—. Aquí tienes toallas limpias, y ése es el baño. —Me señala la puerta que ya había visto—. Estás en tu casa y… Pu-puedes ducharte tranquila. Iré a sacar ropa de Esme y te la dejaré en la cama.

Edward sale hecho una flecha de la habitación. ¿Qué le pone tan nervioso? Solo soy… Bella.

Entro en el baño y enciendo el agua caliente. Me deshago de toda la ropa mojada y entro en la ducha. Es realmente relajante. Suelto un suspiro de satisfacción por lo genial que es estar bajo el agua y escucho cómo fuera Edward se golpea con algo. No estoy más de diez minutos en la ducha y salgo. Me hubiese quedado toda una vida, pero no estoy en mi casa.

Me seco con las toallas y me envuelvo en una de ellas. Luego me pongo a husmear las cosas de Edward. Abro cajones, rebusco en ellos y huelo sus perfumes. Mientras busco, encuentro una barra de labios rosa. Lo tomo entre mis manos y miro al espejo que está frente a mí.

«Seguro que es de Edward —pienso, tratando de calmarme cuando siento que la rabia se apodera de mí y mi cara se pone roja—. Claro, ahora es un travesti, ¿no? — piensa mi lado racional».

No, debe de ser de su tía, que un día se quedó sin usar su baño y la dejó aquí tirada. Claro. ¿Pero qué estoy pensando? Esto no debería importarme. Dejo el la barra de labios donde lo encontré y salgo a la habitación.

Tal y como dijo Edward, encima de la cama hay unas bragas negras que aún están con la etiqueta puesta y un pijama que más bien parece lo que te pones en tu noche de bodas. Es un vestidito pequeño negro, mitad seda mitad encaje, que con suerte me llega al muslo. ¡No me pondré esto! ¡Exijo mi pijama de algodón!

Me coloco la ropa, sabiendo que no puedo exigir nada más. Es muy ajustado. En verdad, Esme es muy sexy para vestirse.

Edward llama tres veces a la puerta y doy un grito. Salto a la cama y me tapo hasta el cuello con las sábanas.

—¡Entra! —grito.

Edward entra con un vaso de leche caliente entre sus manos y evita mirarme hasta que se cerciora de que estoy completamente tapada. Esto es tan incómodo…

—Lo siento, Esme compra ropa muy pequeña —se disculpa—. Aquí te traje esto.

Señala el vaso y lo deja encima de su velador.

—Bella —dice enseguida—. Sé que lo de hoy fue muy raro, y te pido disculpas por haberte recordado esas cosas. —Asiento—. Sé que tienes más preguntas y puedes hacerlas otro día, responderé a lo que quieras. Sé que no tengo derecho a alterar tu vida en la forma en la que lo he estado haciendo los últimos años, pero te pido que me des otra oportunidad.

Me mira a los ojos y mi corazón da un salto. Jamás he sido de ponerme colorada de vergüenza, pero me pongo muy nerviosa, mi corazón late más rápido y suelo morderme las mejillas por dentro, lo que produce que se resalte mi hoyuelo en la mejilla derecha. Eso da vergüenza.

Otra oportunidad.

—¿Qué quieres… decir?

—¿Podemos volver a ser amigos, al menos? —pregunta.

Amigos. Por supuesto, ¿qué más esperabas, Isabella? Después de todo lo que he hecho… Y tampoco es como si esperase algo más.

—Claro —respondo sonriendo.

Edward me sonríe de vuelta y deja un beso en mi mejilla. Es una extraña pero exquisita sensación volver a sentir su tacto, su roce tan cercanoy sus labios una vez más, aunque sea en la mejilla. El calor de su beso no abandona mi piel y sé que estoy sonriendo estúpidamente. Edward se levanta y se acerca a la puerta.

—Estaré aquí al lado. Buenas noches, Bella.

Me tomo la leche y me recuesto a dormir. Hoy me ha llamado Bella al menos unas tres veces. Eso es bueno, se siente genial.

Esa noche me quedo dormida un poco más tranquila, tocando mi mejilla y sonriendo como una idiota. No sé por qué.

.

Me despierta el insistente sonido del timbre. Pero… Yo no tengo timbre. Me reincorporo en la cama, que es un poco más espaciosa que de costumbre, y todo mi cuerpo suena y duele. Me siento en la orilla y abro los ojos lentamente. Al principio me cuesta un poco adaptarme a la luz, pero cuando lo hago me quedo de piedra. ¿Dónde demonio estoy?

Tardo al menos cinco segundos en recordar todo lo que pasó ayer, y cuando lo hago me lanzo contra las almohadas de la cama de Edward y hundo mi rostro allí para ahogar un grito. Estas cosas solo pueden pasarme a mí.

Una vez más me reincorporo y cruzo el dormitorio lo más rápido que puedo hasta llegar a la puerta. ¿Es que Edward no ha escuchado el timbre? Voy hasta la habitación de al lado y cuando la abro no hay señales de él. Voy hasta la puerta del baño y puedo escuchar la ducha.

Ni hablar… Tendré que abrir yo la puerta.

Bajo la escalera, que no es muy larga, y maldigo cuando llego a la sala de estar, porque no tienen mirilla para poder ver quién llama a la puerta tan temprano.

Abro la puerta de golpe y una chica rubia se queda mirándome. Es por lo menos una cabeza más alta que yo y tiene físico de modelo. Sus ojos azules me miran furiosos y su larga cabellera está envuelta en un moño improvisado. Viste vaqueros oscuros, zapatos bajos, una camiseta de tirantes blanca y encima una blusa a cuadros. Arregla su bolso y abre la boca unas cuantas veces antes de que salga una palabra.

—¿Quién demonios eres tú? —Su voz es suave.

¡Dios! Yo debería preguntar eso.

—No, ¿quién eres tú?—le devuelvo la pregunta.

—Soy Rose, ¿dónde está Edward? Necesito hablar con él, ve y búscalo.

¿Quién se cree que es ésta?

Me cruzo de brazos y sonrío, la situación es realmente extraña. La chica, Rose, sigue mirándome raro. Miro mi cuerpo y me doy cuenta de cómo estoy vestida. ¡Dios mío! A saber qué está pensando. Cruzo mis abrazos alrededor de mi cintura intentando taparme un poco, sin éxito.

—Edward se está duchando, si quieres entra, puedes esperarlo aquí —digo molesta—. Por cierto, soy Isabella.

Le tiendo una mamo en forma de saludo y ella la mira como si tuviese la peste. Sus ojos se llenan de lágrimas y comienza a retroceder.

—Bella —repite—. Creo que mejor me voy.

—¿Quieres que le diga algo a Edward? ¿Por qué no vienes luego? —pregunto, algo arrepentida por la forma en la que la he tratado.

Ella niega.

—No, creo que no debo volver.

Sale casi corriendo hasta el inicio de la calle y se va caminando lentamente. Muevo la cabeza. Seguro que es una loca. Cierro la puerta y cuando comienzo a subir las escaleras, el timbre suena una vez más. «Quizá se ha arrepentido», pienso. Vuelvo hacia la puerta, cansada.

—¿Qué quieres ahora? —pregunto con tono aburrido al abrir la puerta.

Otra vez una chica se que me queda mirando, pero esta vez no es Rose. Esta chica tiene cabellera rojiza y unas facciones muy conocidas para mí.

—¿Tanya? —pregunto en cuanto reacciono y escucho la voz de Edward también.

Me giro y lo encuentro al pie de la escalera, vistiendo apenas un pantalón de pijama. Vuelvo mi rostro hacia Tanya, que nos mira con una sonrisa boba en la cara.

—Bella —dice mientras entra y me abraza.

¿Qué demonios le ha picado? ¿Qué hace aquí, en la casa de Edward? Respondo a su abrazo y la giro lentamente para quedar mirando hacia Edward y matarlo con mi mirada.

.

N/A: ¡Hola chicas! Muchas gracias por los RR del otro capítulo :D ¿Qué creen que pase? ¿Qué ocurrencias hay en sus cabecitas? Espero disfruten y les guste, nos leemos. Xo.