(Editado el 8/12/2013)
(Editado 18/08/2015)
CAPÍTULO 4: LA MARCA TENEBROSA
Informe diario:
Han pasado dos semanas desde el ataque. El preso sigue sin colaborar. Ayer conseguimos quitarle la máscara finalmente, pero el rostro ha quedado irreconocible. Tal y como pensábamos no es pelirrojo natural, le están creciendo las raíces de color negro. Nos resulta familiar, pero no conseguimos identificarlo.
Kakashi Hatake sigue ingresado en el hospital. No ha despertado, pero sus heridas han sanado completamente. Los médicos aseguran que no puede parar de hablar de rocas y del sharingan. Parece estar bajo un genjutsu, pero no nos ha sido posible sacarlo.
Ibiki Morino.
El partido terminó con la victoria de Irlanda por diez puntos de diferencia cuando Viktor Krum cogió la snitch dorada. Las gradas se pusieron en pie y el himno de Irlanda se escuchó por encima de los gritos de los aficionados. Los jugadores de ambos equipos fueron pasando uno a uno por la tribuna, estrechando la mano de los ministros. Cuando el capitán de Irlanda levantó la copa, el señor Malfoy decidió que podían abandonar las gradas.
Itachi se sintió terriblemente encerrado en las escaleras del estadio. En una situación así, normalmente habría saltado y salido por el tejado, pero allí no podía hacer lo mismo. Intentó hacerse paso entre la multitud y al final consiguieron salir a la fuerza.
Draco y su amigo comentaban el partido casi a gritos y el señor Malfoy se había vuelto a encontrar con el hombre de aquella tarde. Hablaban animadamente mientras Narcissa conversaba con un chico que tendría la edad de Draco. Itachi supuso que era el Theodore al que Lucius se había referido antes. Tenía un aspecto muy serio y le costaba imaginárselo junto a Draco y su pomposidad.
El grupo entero entró al pequeño castillo de los Malfoy y se sentaron todos en la enorme mesa del comedor. Lucius sacó una botella, junto a unas copas y la colocó frente a sus invitados.
—Whiskey de Fuego de la mejor calidad —dijo alegremente, vertiendo el contenido. Hizo un gesto en su dirección y los cuatro jóvenes se quedaron sin saber muy bien que hacer. Itachi no bebía y los tres magos tenían aspecto de que querían probarlo pero les daba vergüenza delante de sus padres.
Terminaron la botella con una rapidez sorprendente y entonces Draco y Crabbe se fueron a una de las salas de estar. Itachi se quedó junto a Theodore, observando como los adultos bebían, con Narcissa Malfoy recriminándolos. Más tarde llegó un nuevo grupo de gente y se sentaron a sus anchas en la mesa. Ya tenía sentido para qué querían tantas sillas. La señora Malfoy suspiró, medio indignada, y se rindió abriendo un armarito con más botellas. Es solo una noche, dijo. Una mujer que había llegado en el nuevo grupo se colocó a su lado y se animaron, sirviéndose también una copa.
—¿Y tú quién eres?
Itachi se echó hacia delante cuando notó un golpe en la espalda. Un hombre alto y rubio lo miraba con una enorme sonrisa.
—No me suena tu cara —dijo, ladeando la cabeza. Olía a whiskey, exactamente igual que el resto.
—No nos hemos visto nunca, señor.
Eso pareció contentarlo, porque dejó de prestarle atención y se sentó a hablar con un hombre mayor que el resto, con el cabello gris y gafas.
—Esos sangre sucia —decía—, están por todas partes.
—¡El muggle de la entrada! —gritó alguien junto al señor Malfoy y la mayoría puso cara de asco.
—No entiendo nada, son todos muy raros —rió una bruja a la que le costaba mantenerse en pie, poniendo una voz muy desagradable, e Itachi comprendió sin demasiada dificultad que estaba haciendo una pobre imitación— ¡Obliviate!
—¡Avada Kedavra! —gritó el padre de Theodore, con la copa en alto.
Todo el mundo rompió a reír, sugiriendo hechizos y encantamientos. Itachi decidió irse cuando un mago tropezó, casi echándole encima un vaso de vino.
Salió de la tienda y se encontró con Draco y Crabbe, que volvían de dar una vuelta por el camping.
—¿Han parado? —preguntó Crabbe toscamente.
Itachi negó y Draco reprimió una sonrisa.
—Ya veréis, esta noche se va a liar.
Con eso, ambos volvieron a entrar en la tienda. Itachi se quedó en la puerta, observando los pavos reales. Eran unos animales realmente majestuosos, pero se agitaban como si tuvieran miedo y quisieran salir de allí. No entendía el sentido de tenerlos en un lugar como aquel.
Echó un vistazo a su alrededor. Todo el mundo gritaba y daba vueltas, sujetando botellas de vino, mientras los padres con niños les insistían para que entraran en las tiendas, lejos del alboroto. Itachi buscó nuevamente la fuente para quitarse el sabor de la media copa que se había bebido. Estaba asquerosa.
Se secó la cara con la manga de la chaqueta y se alejó del campamento, dando un paseo por el bosque. Quería subirse a un árbol y echar a correr, a saltar, sentir la velocidad y las ramas crujir bajo sus pies. Pero no tuvo tiempo de hacer nada de eso. El jolgorio que le llegaba del camping había cambiado. Los gritos de alegría se habían convertido en gritos de horror.
Itachi corrió al campamento y se abrió paso hasta la tienda de los Malfoy. Del grupo de pavos reales atados al poste de la entrada solo quedaba uno, muerto en el suelo. Alguien había soltado a los otros cuatro. Los pocos que quedaban celebrando gritaron y echaron a correr en dirección al bosque cuando una tienda cercana ardió en llamas.
Una multitud de magos, todos muy juntos y con las varitas en alto, avanzaba por el prado, los que no habían salido corriendo se unían a ellos, aplaudiendo, riendo y apartando cualquier cosa que se les cruzara por el camino con un movimiento de sus varitas.
A veinte metros sobre el oscuro desfile, cuatro figuras se retorcían en el aire. Una de ellas reconocible como el muggle que cuidaba el camping, el resto presumiblemente su familia. Un niño pequeño giraba sobre sí mismo como si se tratara de una peonza.
Tras un movimiento de la varita de uno de los magos que marchaban en el centro de la multitud, la mujer quedó boca abajo, enseñando unas grandes bragas. Todos rieron, ante los inútiles intentos por taparse que hacía la señora.
Aquel espectáculo no era, ni de lejos, lo peor que había visto Itachi en su vida como ninja, pero igualmente seguía siendo asqueroso. Desde pequeño estaba acostumbrado al dolor y a la muerte. Si no los aceptas, no puedes ser un ninja. Había estado en muchas misiones e interrogatorios. Pero nunca habría humillado de esa manera a ninguno de sus objetivos, ni habría permitido que ninguno de sus compañeros de equipo lo hicieran.
Podía sentir los leves pinchazos que producía su propia sangre al querer entrar en los globos oculares para activar su línea sucesoria.
Draco lo agarró del brazo e Itachi luchó por devolver a sus ojos su aspecto normal.
Corrieron a través del camping hasta internarse en el bosque, el rubio resoplando por el esfuerzo físico, el moreno agradecido por poder hacer algo de ejercicio después de más de dos semanas, lamentando tener que ir a la par del otro chico y no haberse podido quedado a enfrentar al grupo de magos.
Las farolas de colores que unas horas antes habían iluminado alegremente el camino al estadio estaban apagadas. Oscuras siluetas daban tumbos entre los árboles y se oía el llanto de niños. A su alrededor resonaban gritos de ansiedad y miedo.
—¿Quiénes son esos? —preguntó Itachi una vez que se detuvieron. Con Draco sujetándose a él, intentando recuperar el aliento.
—¿Cómo... ? ¿No lo sabes? —dijo bastante sorprendido.
—Te recuerdo que soy del otro lado del planeta —de otro mundo más bien. Uno en el que la gente podía correr unos pocos metros sin que les diera un ataque.
—Son Mortífagos, los seguidores del Señor Oscuro.
Hugin había mencionado algo sobre Lord Voldemort, a quien llamaban El Innombrable, Señor Oscuro o Quien tú sabes debido al miedo que inspiraba aún a trece años de su muerte en circunstancias sospechosas. Aunque muchos de sus seguidores habían sido apresados y encarcelados, otros tantos negaron tener relación alguna con el Señor Tenebroso y alegaron que se habían unido a su causa contra su propia voluntad.
Y el Ministerio les creyó.
Idiotas.
—Draco, ¿crees que tú padre estará bien? —preguntó Itachi, que empezaba a atar cabos en su mente.
—¿Mi padre? —Draco frunció el ceño—. Sí, claro, ¿por qué iba a estar mal? Va con sus amigos, sabrá protegerse, además, los Mortífagos solo atacan a muggles y a sus hijos.
A pesar de sus palabras, Draco se movía nervioso.
Un cuervo negro se posó en una de las ramas de los altos árboles del bosque. Miró a Itachi, como esperando algo. El muchacho le devolvió la mirada y el cuervo alzó el vuelo por segunda vez en esa noche. Mensaje recibido.
—No se qué pasa hoy con los cuervos —dijo Malfoy, mirando la rama vacía—, ¿será el de antes?
Itachi se sentó en un tronco caído. Draco lo imitó.
—Quién sabe.
Hermione se detuvo de golpe cuando escuchó el grito de Ron.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó preocupada, sacando la varita—. ¡Lumos!
La varita se iluminó y un haz de luz inundó unos pocos de metros de bosque, localizando a Ron, tirado en el suelo.
—Estoy bien, solo he tropezado con la raíz de un árbol —dijo avergonzado, sacudiéndose la suciedad del pijama.
—Bueno, con pies de ese tamaño, lo difícil sería no tropezar —Hermione volvió la varita rápidamente hacia el sitio del que había salido la voz y se encontró cara a cara con Draco Malfoy, en pijama, apoyado contra el tronco de un árbol con los brazos cruzados. A pocos pasos de él, sentado en el suelo todavía con la ropa que había llevado esa mañana, se encontraba el chico que acompañaba a los Malfoy durante el partido. El de los ojos rojos.
En medio del baile de las veelas, molesta por el comportamiento de sus amigos, se había dedicado a escuchar la conversación de los otros dos adolescentes. Draco se empanó igual que habían hecho Ron y Harry. El chico de la coleta no. Se encontraba inclinado hacia delante, con el pelo cubriéndole el rostro y los ojos resplandeciendo como el fuego. Los había visto reflejados en la barandilla. Un escalofrío le había recorrido el cuerpo y apartó la vista lo más rápido que pudo. Más tarde intentó contárselo a sus amigos, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando rememoró el momento.
Allí, con los ojos negros, sentado en el suelo y los brazos apoyados sobre las piernas, más allá del halo de luz que producía su varita, parecía un depredador nocturno a punto de saltar sobre su presa.
—¿Por qué no te vas a la mierda, Malfoy? —respondió Ron apretando los puños, furioso.
—Cuida esa lengua, Weasley —replicó el aludido, haciendo un gesto de superioridad—. ¿No sería mejor que echarais a correr? No os gustaría que la vieran, supongo —terminó, apuntando con la mano a Hermione.
Itachi, que había empezado a arrancar hierba del suelo miró a la chica con curiosidad.
En ese momento se escuchó una explosión y un destello verde iluminó los árboles a su alrededor por unos instantes.
—¿Qué quieres decir? —dijo Hermione, desafiante. Ya le había dado un puñetazo a Draco Malfoy en una ocasión, y no dudaría en volver a hacerlo.
—Que van detrás de los muggles, Granger —explicó Malfoy—. ¿Quieres ir por el aire enseñando las bragas? No tienes más que darte una vuelta... Vienen hacia aquí, y les divertiría muchísimo.
—Draco, ya basta —dijo Itachi, en voz baja. Se había puesto de pie y tenía una mano en el hombro del rubio. Nadie le hizo caso.
—¡Hermione es una bruja! —exclamó Harry.
—Sigue tu camino Potter —dijo Malfoy—, pero si crees que no son capaces de distinguir a un sangre sucia, quédate aquí.
—¡Te voy a lavar la boca! —saltó Ron.
—No importa, déjalo —dijo Hermione sujetando a su amigo con la mano libre. Déjalo y empieza a preocuparte por el que está sentado detrás suya, quería añadir.
—Qué fácil es asustarlos, ¿verdad? —interrumpió Malfoy, cuando una explosión más fuerte que las anteriores resonó en el lugar. La gente volvió a gritar a su alrededor—. Supongo que papá os dijo que os escondierais. ¿Qué pretende? ¿Rescatar a los muggles?
—¿Dónde está el tuyo? Supongo que llevará una máscara puesta, ¿no es así? —contraatacó Harry, a quien le hervía la sangre.
—Bueno, si así fuera, me temo que no te lo diría, Potter —respondió Draco, que no dejaba de sonreír.
—Venga, vámonos —los apremió Hermione, cogiendo del brazo a Ron y Harry—. Tenemos que buscar a los otros.
Antes de que estuvieran demasiado lejos, la chica miró hacia atrás y vio a Draco hablando solo. Después de parpadear dos veces, el chico de los ojos rojos volvía a estar sentado junto al árbol.
—¡Agacha bien esa cabezota, Granger! —gritó Malfoy.
Imbécil.
—Espero que los demás estén bien —dijo Hermione cuando entraron en un claro vacío del bosque. Después de media hora de búsqueda, al único al que habían encontrado era a Ludovic Bagman, que iba un poco perdido por el bosque y parecía que no se había enterado de lo que ocurría.
—Estarán bien —afirmó Ron, sentándose en el suelo a observar como caminaba su nueva y desgarbada figurita de Viktor Krum.
—¿Tú crees? —Hermione no estaba tan segura.
—¿Te imaginas que tu padre atrapa a Lucius Malfoy? —dijo Harry—. Siempre ha dicho que le gustaría atraparlo con las manos en la masa.
—Seguramente eso callaría a Draco de una vez —respondió el pelirrojo, cogiendo una hoja seca del suelo.
—Pero esos pobres muggles... —dijo Hermione con nerviosismo—, ¿y si no pueden bajarlos?
—Podrán —aseguró Ron—. Hallarán la manera.
—¿Quién creéis que podría ser el que iba con él? —dijo la chica, cambiando de tema.
—¿Quién? ¿El de los ojos achinados? —interrogó Ron.
—No, Ronald, el del vestido rosa, ¿de quién crees que puedo estar hablando? Iban solo ellos dos —Hermione se llevó dos dedos al puente de la nariz. A veces simplemente no podía con ellos.
—Ni idea, será uno de sus amiguitos insoportables —dijo Harry.
—Sí, seguro... —empezó Ron, que se giró de repente, con la varita en alto. Parecía que alguien se acercaba pegando tumbos.
—¿Quién es? —llamó Harry, intentando ver algo en medio de la oscuridad—. ¿Quién anda ahí?
—¡MORSMORDRE!
Apretado en medio de la multitud, con el fuego de las tiendas que habían quedado reducidas a hogueras y la máscara pegada a la cara, no podía evitar sudar. Y si además le añadíamos la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo, no podía evitar trastabillar y tropezar de vez en cuando.
Si no fuera por la increíble cantidad de cervezas, vino y whisky que había consumido esa noche, jamás habría aceptado hacer semejante espectáculo. Había venido con su familia a ver la final y a la salida se había encontrado con unos cuantos que un su día habían sido Mortífagos. Alecto y Amycus pensaron en ir a tomar algo todos juntos y el resto había dicho: Oye, no es mala idea.
Y así es como había acabado allí en medio, junto a sus antiguos compañeros, rodeado por la multitud y acribillado por los magos del Ministerio.
Se lo estaba pasando bien, pero no era como cuando tenía veinticinco años, ni mucho menos. Por no hablar de que hacía trece años no tenía miedo de que el Señor Oscuro los castigara por hacer algo así. El día de la caída del Señor Oscuro los agentes del Ministerio los pillaron por sorpresa. Jamás habrían esperado que Lord Voldemort fuera derrotado así como así, que una noche podría desaparecer sin más.
El pilar que los había unido e instado a luchar por su causa, a llegar al punto de crear una verdadera guerra, se había ido. Había desaparecido para siempre.
El día del juicio, la mayoría se defendió alegando que estaban bajo la maldición Imperius. Más de cien magos con la misma excusa. Para algunos funcionó –él y Lucius eran dos pruebas de ello- y otros acabaron encarcelados o siendo condenados al beso del dementor de igual manera.
Cuando dijo que le habían obligado a unirse al bando oscuro, frente al tribunal, bajo las miradas del Ministerio, le había parecido una buena idea. Más tarde les llegó el turno a los Lestrange: con Bellatrix gritando a pleno pulmón su pequeño discurso, proclamando que el Señor Oscuro regresaría, Avery tuvo la seguridad de que era cierto. Había metido la pata. Habría sido mejor pasar una eternidad en Azkaban antes que enfrentarse a la ira de su señor cuando este volviera y descubriera que lo habían traicionado.
Esa noche, cuando la Marca Tenebrosa se alzó en el cielo, tuvo la impresión de que su peor pesadilla se había hecho realidad. El Señor Oscuro estaba de vuelta y los mataría a todos por su traición. Avery guardó la varita y corrió sin saber a adonde. Simplemente lejos de ese infierno.
Los oficiales del Ministerio se recuperaron de la sorpresa de ver la Marca Tenebrosa flotando por encima de sus cabezas cuando vieron que los Mortífagos desaparecían, dejando a los cuatro muggles que flotaban a treinta metros de altura completamente a su suerte.
Arthur Weasley corrió hacia el grupo, sabiendo que no llegaría a tiempo de recogerlos, menos aún si nadie iba detrás de él. Alzó la varita y consiguió detener la caída de los dos niños, dejándolos suavemente en el suelo. Esperaba escuchar a los dos adultos —al señor Roberts y su esposa— chocar contra la hierba que recubría el suelo del camping, pero nada más lejos de la realidad. Cuando se dio la vuelta todo lo que pudo ver era a los dos muggles tendidos plácidamente en el suelo, durmiendo.
Buscó a la persona que había salvado a la pareja, pero solo encontró a Bill y Charlie, que corrían hacia él.
—¡Papá! —gritó Charlie— ¿Qué ha ocurrido? ¿Están bien? Hemos visto que alguien los ha cogido y...
—¡Pensábamos que era un Mortífago!
El señor Weasley miró a la familia y a los dos niños que se habían acercado a sus padres.
—¡Allí, Charlie! ¡Se nos escapan!
Levantó la vista y vio a un pequeño grupo de Mortífagos corriendo hacia los límites del bosque. Daba igual que corrieran, no iban a llegar a tiempo. Tenían que ocuparse de los muggles y...
—¡Bill! ¡Charlie! ¡Volved aquí!
Pensó en ir detrás de sus hijos, pero de repente Bill volvió, sonriente.
—¡Papá, los tenemos! ¡Alguien los ha atrapado!
El señor Weasley parpadeó, sorprendido y sin saber qué decir ante su hijo. Un poco después llegó Charlie, con los tres Mortífagos flotando inconscientes, unidos por una cuerda tan fina que bien podría haber sido hilo de coser.
