N/T: Hola a todos los que siguen esta linda historia… como saben esta es una traducción de la fic de Flora "A Sabiduría de um Tolo", espero que este nuevo cap. les guste… y lamento la demora pero la U. no me ha dejado mucho tiempo libre este semestre…
Le agradezco a Vivi por su maravilloso trabajo corrigiendo los errores gramaticales de la fic…
Y sin más preámbulos… que lo disfruten…
Capitulo 3- Negación.
21 de Diciembre
El día estaba claro, un bello día de invierno, sin nubes y sin ninguna señal de tempestad en el cielo. Hogwarts aún estaba toda cubierta de la nieve que había caído durante la noche y el frío mantenía a las personas en el interior del castillo, cerca de las chimeneas o encogidas debajo de los cobertores. La navidad llegaría pronto y, si no fuera por la Guerra, todos estarían felices, probablemente llenando los corredores de luces, cintas y canciones. Ante las circunstancias, sin embargo, nadie se sentía realmente bien para hacer las cosas típicas de esa época del año. La única excepción era para los niños del orfanato que habían establecido en una de las alas de Hogwarts. Ellos tenían alguna decoración y regalos, y tal vez hasta un poco de música que, en una mañana como esa, sería capaz de emocionar a cualquiera que pasará por ahí, por más insensible que fuera, al recordar los días antes del infierno.
El cuarto de Draco Malfoy, entre tanto, estaba en una parte muy lejana a la de los huérfanos. No le gustaban mucho los niños. Pensaba que eran inconvenientes, como mínimo, e irritantes en la mayoría de las veces. Mientras más lejos de ellos, mejor. Ignoraba que, a pesar de su comportamiento casi siempre impredecible, los niños tenían una increíble capacidad de sorprender a los adultos. De esa manera, gracias a sus propios preconceptos, en lugar de despertar con el sonido leve y dulce del canto de los pequeños en sus oídos, Draco Malfoy despertó en el silencio cortante de su cuarto. Al lado de la soledad en su cama.
El sabía que algo estaba mal con eso. No debería estar solo, al menos no esa mañana. Pero lo estaba.
Las cortinas estaban abiertas, dejando que el sol entrara y lo iluminara todo sin misericordia. Mirando al reloj en la mesa de noche, notó que ya eran las nueve de la mañana y le extrañó el hecho de que hubiera dormido hasta tan tarde. Normalmente, Draco tenía problemas para dormir y se levantaba temprano. Muy temprano. Principalmente cuando la claridad del sol invadía su cuarto de aquella manera. Pero hoy no. Hoy despertó de un sueño reconfortante y sin sueños, como no lo hacía desde hace años.
Parpadeando, se frotó los ojos hasta que estuvieron abiertos y atentos. Miró alrededor de la cama, buscando su ropa. No tenía su pijama habitual y su ropa del día anterior, al igual que el fénix de oro, sus zapatos y medias, estaban regados por el suelo. El fuego de la chimenea había muerto en algún momento durante la noche, dejando el ambiente helado. Intentando ignorar el aire frío que entró en contacto con su piel en el momento que se levantó, Draco se colocó los pantalones y las medias y le dio la vuelta a la cama para encontrar su camisa. Se la colocó lentamente pero, antes de que pudiera abotonarla, un golpe seco en la puerta llamó su atención. Parpadeando de nuevo e intentando colocar de lado el sueño aún obvio en sus ojos, se acercó a la puerta.
-Malfoy, ¿puedo hablar con usted un momento? -la inconfundible voz de Harry Potter se escuchó a través de la puerta.
Dios mío, Draco pensó, palideciendo considerablemente. Lo sabe, eran las palabras que se repetían en su cabeza. Sin embargo, intentando parecer tranquilo como siempre, preguntó firme:
-¿Sobre qué quiere hablar, Potter?
-Sobre anoche, Malfoy. ¿Qué más podría ser? -respondió, entrando en el cuarto sin esperar permiso-. ¡Dios! ¡Que frío hace aquí! ¿Qué intenta hacer? ¿Morir de hipotermia? -completó, prendiendo la chimenea con la varita.
-¡Realmente no creo que la temperatura de mi cuarto sea de su interés, Potter! -respondió, tirando la puerta con fuerza–. Mire, no se que le dijo ella, pero…-
-¿Ella? ¿Ella quién? -el otro preguntó, sin entender. El corazón de Draco latió descontroladamente–. ¿De qué habla? -Harry continuó.
-Bueno, soy yo el que tiene que hacer esa pregunta. ¿De qué está hablando?
-De la iniciación, obviamente –Draco dejó escapar un suspiro de alivio ante la respuesta-. ¿Qué pensaba que era?
-Mi conversación con Ginny –respondió rápidamente. Al final, una mentira siempre es más fácil de creer cuando se mezcla con la verdad.
-Ella no me dijo nada sobre alguna conversación entre ustedes. ¿Por qué? ¿Algo que debería saber?
-Nada que sea su problema –Draco contesto sin pensar.
-Malfoy, si descubro que le hizo algo…
-Relájese, Potter. No hice nada diferente de lo usual –respondió, mintiendo de nuevo. Nada en la noche anterior había sido usual.
-Muy bien –dijo Harry finalmente, en un tono de voz que indicaba que no le había creído nada y que le pediría explicaciones a la chica–. De lo que realmente quería hablar es que… bien, aunque no me crea, estoy feliz porque haya aceptado la iniciación para la Orden. Se la merecía.
-¡Ah, pero le creo que esté feliz! -Draco dijo, con la voz cargada de veneno-. A final de cuentas, eso sirvió para calmar su conciencia, ¿no? Para sentirse un poco mejor con el hecho de que lo salvó uno de sus peores enemigos.
-¡Dios, Malfoy! ¿Por qué usted tiene que volver todo más difícil? Realmente estoy intentando…-Harry respondió furioso.
-¡Pues no lo intente! ¡No quiero nada que venga de usted! ¡Ni su piedad, ni su simpatía y mucho menos su amistad! -Bueno, tal vez su novia, Draco no pudo dejar de pensar, pero dudo que me la quiera dar.
-Realmente no entiendo –Harry dijo después de una pausa, su voz sorprendentemente tranquila.
-¿Qué no entiende? -preguntó cortante.
-Como Ginny puede pasar más de tres minutos a su lado –respondió con desprecio y, sin notar que sus últimas palabras hirieron a Draco más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir, salió del cuarto sin decir nada más.
Una vez solo de nuevo, Draco se arrojó a la cama pesadamente. Nada estaba saliendo bien esa mañana. Y, para empeorar las cosas, no creía que los recuerdos de la noche anterior lo abandonarían rápidamente. Suspirando, se llevó las manos al rostro y se giró en la cama, murmurando contra el colchón. ¡Dios! ¡¿Dónde tenía la cabeza?!. Pero no había nada que pudiera hacer al respecto. No había estado soñando, lo sabía. La mayor prueba de que todo en realidad había pasado era el perfume de ella, impregnado en la almohada, en las sábanas, en él mismo, en todo el cuarto. No entendía cómo Potter no lo había notado, después de todo, probablemente conocía muy bien ese olor. Malfoy no lograba imaginar una fragancia más dulce, y en ese momento se sentía sofocado por ella. Dios, murmuró de nuevo, ¿En qué estaba pensando? Ese era el problema, no estaba pensando, esa era la verdad. Había hecho lo que creyó era lo correcto en el momento, sin pensar en las consecuencias o en los verdaderos motivos. Todo lo que recordaba era la imagen que había visto de ella muerta y nada parecía más doloroso que perderla, que alejarse de ella…y nada parecía más divino que besarla. El aún estaba bajo el efecto de aquella maldita poción de la sabiduría que había hecho que todo pareciera tan claro, tan perfecto, tan obvio. Ahora, a la luz del día y sin la excusa de la poción, se preguntaba si no había cometido el mayor error de su vida.
Estaba confundido. Más confundido que antes, incluso. No sabía qué pensar, qué hacer. Y para empeorar la situación, Ginny probablemente estaba más confundida que él, y con más rabia también. Ella aún no le había contado nada a Potter, eso por lo menos era obvio. Lo más probable es que no había tenido tiempo, pero, como toda buena gryffindor, le contaría todo… y eso volvería la vida de Draco un infierno aún peor. Con otro suspiro cansado, se levantó. No serviría de nada quedarse acostado en la cama, intentando entender qué había pasado o imaginar lo que ella estaría pensando. Lo que necesitaba hacer era encontrarla, aunque fuera simplemente para decirle lo arrepentido que estaba.
Con esa resolución en mente, Draco se bañó rápidamente y se colocó el uniforme. No se permitió pensar mucho en ella mientras se vestía. Temía que una mirada en aquellos ojos castaños fuera suficiente para hacerle perder la cabeza nuevamente, lo cual, con seguridad, era una estupidez. Al fin y al cabo, el era Draco Malfoy y un Malfoy nunca pierde la cabeza. Una vez listo, con el fénix de oro puesto cuidadosamente, salió del cuarto, dirigiéndose a la enfermería donde Ginny debía estar.
Su corazón latía más rápido de lo normal. Estaba nervioso, era imposible negarlo, y eso lo hacía enojarse consigo mismo. Todo lo que tenía que hacer era insultarla de alguna forma, fingir que nada había pasado, ignorarla. Parecía simple y, con seguridad, no sería la primera vez que haría algo de ese género, pero sabía que si hacía alguna de esas cosas la lastimaría. Eso no debería importarle pero, por algún motivo que no deseaba averiguar, le importaba. Ella no te importa de verdad, se repetía mentalmente mientras se acercaba cada vez más a la enfermería, todo fue culpa de la maldita poción. Sin embargo, cuando giró en el corredor, al verla a algunos pasos de distancia, su corazón latió nuevamente acelerado. Cuidadosamente, empezó a caminar hacia ella pero, antes de que la alcanzara, Potter apareció por el otro lado del corredor y fue hacia ella. Escondiéndose en una armadura cerca de la pared, Malfoy los vio conversar sin lograr oír lo que decían.
Observándolos atentamente, notó que Weasley parecía bastante perturbada. Ella se llevó las manos al rostro, cubriéndose los ojos, y balanceó la cabeza en señal de negación. Por un instante, ella giró el rostro en la dirección en que Draco estaba y él pudo notar que tenía los ojos rojos de tanto llorar. Sus mejillas estaban marcadas por las lágrimas derramadas. Potter la miraba con una expresión preocupada, su mano apoyada en el hombro de ella. Malfoy no podía escucharlos, pero tenía una idea muy clara sobre el asunto. Súbitamente, una onda de rabia lo invadió. Potter no tenía el derecho de estar con ella en ese momento. Lo que fuera que pasaba, era él quien debía estar con Ginny, era él quien debía estar conversando con ella y no el maldito Niño-que-sobrevivió. Con eso en mente, Malfoy dio un paso hacia el frente, dispuesto a interrumpirlos. Fue en ese momento, sin embargo, que Potter decidió hacer algo que hirió a Draco tal como lo haría un puñal atravesando su corazón. Aparentemente, el perfecto Potter no estaba satisfecho con apoyar su mano en el hombro de ella y, dejando que sus manos bajaran por su espalda, la abrazó. Ella, a su vez, se dejó abrazar sin resistencia, apoyando la cabeza en el pecho de él, llorando aun más.
Draco se quedó estático. No entendía por qué la imagen de los dos ahí, abrazados, lo hería tanto. No eran celos, era mucho más que eso. Se sentía traicionado. En algún lugar de su mente sabía que era una estupidez. Al final de cuentas, Potter era su novio, no al contrario. Pero en ese momento no le importaba la lógica. Había olvidado que estaba allí para decirle lo mucho que se arrepentía por la noche anterior, para culpar a la poción y no a sus propios sentimientos; había olvidado que no le importaba Ginny. Las únicas cosas que parecía notar era el hecho de tenerlos a los dos en frente suyo y el de sentir ese gran hueco en su corazón.
No quería seguir presenciando ninguna otra escena de demostración de afecto entre la pareja –realmente no se creía capaz de soportar si decidían besarse-, por lo que giró y comenzó el camino de vuelta hacia su cuarto. Su cabeza latía, su corazón se contraía y sus piernas andaban solas, pues su cerebro estaba demasiado preocupado, procesando lo que acababa de ver, para dar alguna orden. Entrando en el cuarto, se arrojó a la cama nuevamente -de donde creía no debió salir nunca-, descubriendo que los elfos domésticos aún no habían organizado su cuarto y que, por lo tanto, las sábanas continuaban impregnadas con el olor de ella. Enojado y cansado, se levantó, agarró la chaqueta que estaba encima de la poltrona y salió. No soportaría quedarse dentro del castillo. No quería ver a nadie, hablar con nadie… entonces decidió salir a los jardines de Hogwarts donde, con seguridad, no habría ninguna otra alma caminando.
Luego que el aire helado golpeara su rostro, haciéndolo temblar un poco, Draco comenzó a sentirse mejor. Le gustaba el frío. Estaba acostumbrado a el. A medida que caminaba, su corazón iba volviendo a la normalidad y él se tranquilizaba. Era esencial que tratara todo de la forma más racional posible. Después de todo, aún era de Slytherin, no un maldito Gryffindor, y más que eso, era un Malfoy. Ninguna persona debía ser capaz de meterlo en esa montaña rusa emocional. Ninguna persona, y, ciertamente, menos aún una Weasley. Ella no le importaba. No quería que le importara.
Cuando finalmente volvió al castillo, ya había pasado la hora del almuerzo. Sus manos estaban casi congeladas ya que había olvidado llevar unos guantes, pero estaba satisfecho consigo mismo. Nada como una larga caminada bajo el frío para endurecer su propio corazón. Ignorando a todas las personas con las que se cruzó, fue directamente hacia su cuarto -que ya estaba limpio y organizado- y permaneció allí, sentado en una de las poltronas, terminando de convencerse de que estaba bien sacarse completamente de la cabeza a Ginny Weasley. De repente, a mitad de la tarde, escuchó golpes en la puerta. Era ella, estaba seguro, pero en lugar de abrir, continuó sentado con los ojos cerrados. Después de un tiempo, Ginny desistió y él respiró aliviado. Realmente no quería verla.
Cuando llegó la hora que Dumbledore había marcado, un poco antes del atardecer, se levantó y repitió los pasos de la noche anterior, de vuelta a la sala del consejo de la Orden. Realmente había mucho que discutir y Draco se sentía mucho más confortable hablando sobre la guerra cuando estaba en ese estado amargo de humor, con el corazón más endurecido. Al final, no sería bueno que nadie creyera que él estaba volviéndose más suave. No, con seguridad, Draco Malfoy no correría ese riesgo. Por nada.
-La esfera de influencia de Voldemort está creciendo -dijo Lupin–, no podemos seguir ignorando sus acciones en otros países. Por toda Europa, y hasta en partes de África y Asia, es posible sentir el olor de su trabajo –el ex profesor completó. Había estado viajando en los últimos seis meses para recoger información sobre las acciones del Lord de las Tinieblas en el extranjero. Ahora estaba de vuelta en el Reino Unido para relatarles lo que había descubierto y tenía dificultades en convencer a los que estaban presentes de la gravedad de la situación.
-Pero no hemos oído ningún relato de ataques de mortifagos fuera de Gran Bretaña –interrumpió uno de los Weasley más viejos, Draco no sabía exactamente cual. Habían tantos.
-Simplemente porque Voldemort ha usado otras técnicas. No hay mortifagos suficientes para actuar por toda Europa, aún está reclutando nuevos seguidores para eso. Mientras tanto, esta asociándose con muggles.
-¿¿Muggles?? -Malfoy dijo, sorprendido. Durante todo el discurso de Lupin, había estado apenas medio oyendo. Potter estaba en frente suyo, en el lado opuesto de la mesa de media luna, y Draco estaba teniendo dificultades para quitarle los ojos de encima. La escena del abrazo en el corredor aún le dolía y era casi imposible prestarle atención a la voz monótona de su ex profesor. Sin embargo, cuando llegó a sus oídos que Lord Voldemort estaba asociándose a muggles, Draco despertó de sus divagaciones-. ¿Escuché bien? -todo el resto de la audiencia parecía igual de sorprendido.
-Si, Sr. Malfoy. Fue exactamente eso lo que dije.
-¿Cómo? -preguntó Snape fríamente–. Es casi imposible imaginar al Lord de las Tinieblas haciendo algo de ese género.
-Voldemort haría todo lo que fuera necesario para destruirnos. El quiere simplemente provocar el caos. En todo el mundo ha habido un aumento en las actividades terroristas. El Lord de las Tinieblas no se asocia directamente con los muggles, actúa por debajo de las cuerdas, instigando antiguas rivalidades, promoviendo y patrocinando grupos radicales, grupos separatistas y movimientos racistas, sin mencionar su estímulo a organizaciones terroristas. Quiere incitar el odio y, como no le gustan los muggles, no hay ningún problema en dejar que ellos mismos se maten –dijo Lupin exaltado. Por un momento no hubo respuestas afirmativas ni discordantes. Todos parecían considerar lo que acababan de escuchar hasta que Dumbledore cortó el silencio.
-Hay precedentes históricos -afirmó, su voz tranquila como siempre.
-Grindelwald en las décadas de los 20, 30 y 40 -completó el patriarca de los Weasley. Dumbledore balanceó la cabeza concordando.
-Grindelwald comprendía que, por más que nuestra existencia este escondida para los muggles, vivimos en el mismo lugar, dividimos los mismos espacios, los mismos países y, eventualmente, somos afectados por lo que les sucede y vice-versa. Por eso, él hizo una Guerra contra nosotros en dos esferas. Aún si era derrotado en el mundo mágico, si los muggles fueran vencidos en su propio mundo, nos hundiríamos todos en un grandísimo caos del cual nadie saldría bien parado –explicó Albus, sin querer mencionar su participación decisiva en la última guerra. Tomando en cuenta lo que Grindelwald hizo, los atentados de Voldemort en los años 70 eran cosas de niños.
Malfoy estaba tan acostumbrado a no interesarse por lo que le sucedía a los muggles que, en su opinión, la idea de que el mundo mágico podría ser afectado decisivamente por las tonterías que le suceden a la sociedad muggle era absurda, prácticamente una herejía. Sin embargo, cuando él verbalizó ese pensamiento, Dumbledore lo interrumpió inmediatamente:
-Es esa, Sr. Malfoy, la diferencia entre un visionario y un mediocre. Grindelwald pudo haber sido un brujo de las tinieblas, pero era inteligente. El era un visionario que miró más allá de su propio odio para intentar entender cómo funcionaba nuestro mundo y también, claro, para intentar descubrir como usar sus enemigos contra ellos mismos. Y su interpretación era correcta. Es esencial que el mundo de ellos esté estable para que nosotros podamos vivir en paz. Un mediocre, al contrario, es alguien incapaz de mirar más allá de sus alrededores y a través de las cadenas de su mente para comprender las consecuencias de sus actos –Draco miró al director sorprendido. Nunca antes lo había reprendido públicamente y ahora lo había llamado mediocre enfrente de todos. El salón entero parecía sorprendido, no estaban acostumbrados a ese tipo de reacciones del líder de la Orden. La rabia comenzó a subir en la cabeza de Draco y sintió que todos los pensamientos racionales abandonaban su mente. Pero antes de que pudiera decir alguna cosa estúpida, Potter lo interrumpió:
-¿Debemos presumir, entonces, que Grindelwald fue el responsable de la II Guerra Mundial?
-¿El único responsable? No -respondió McGonogall–. Pero él actuó como una bomba propulsora, reconociendo la rivalidad y el odio latente que existía. Y digamos que sabía colocar a las personas correctas en los lugares correctos.
-¿Hitler era un brujo? -Granger no se contuvo. Draco estaba en realidad sorprendido porque ella había logrado mantener la boca cerrada durante tanto tiempo.
-¿Hitler? No, ni Mussolini. Pero otros lo eran.
-¿Será que podemos volver a discutir la cuestión principal aquí? -Ronald Weasley interrumpió-. ¡Estamos perdiendo tiempo hablando de un brujo de las tinieblas que ya esta más que muerto, mientras otro continúa vivo y causándonos serios problemas!
-Si Voldemort –comenzó Malfoy aún con rabia por haber sido insultado antes, pero momentáneamente satisfecho por poder descargar su irritación con la estupidez de otra persona, especialmente cuando era Ron Weasley– está usando la misma estrategia que Grindelwald utilizó hace más de cincuenta años, entonces no estamos perdiendo tiempo mientras discutimos sobre eso, Weasley. Estamos estudiando aquello contra lo que debemos luchar –completó con una sonrisa superior, controlándose para no agregar algo del tipo "No es que esperara que lo entendiera. Al final, la falta de proteína en su dieta cuando era niño debió haber impedido que sus neuronas se desarrollaran. No es su culpa, en realidad. Sus padres nunca tuvieron dinero suficiente para comprar carne. Aparte, con tantas bocas que alimentar…"
-Malfoy… -comenzó Weasley, como si hubiera adivinado los insultos no dichos, pero Lupin lo interrumpió a tiempo:
-¡Señores! -dijo en un tono firme–. Independientemente de cualquier cosa, necesitamos decidir que hacer. Voldemort está sembrando el caos por toda Europa, eso ya lo sabemos, es un hecho. Y aunque todavía no se pueden ver todos los síntomas de eso, luego será demasiado tarde para que hagamos algo. Grindelwald podría haber sido impedido anteriormente si las señales hubieran sido interpretadas correctamente. Al contrario, nadie lo tomó en serio y las cosas se salieron de control, asumiendo proporciones gigantescas. Para eso se creó la Orden del Fénix: para vigilar e impedir que todo sucediera de nuevo. Pero, adivinen. ¡Ya está pasando! Desde que Harry derrotó a Voldemort la primera vez, muchos creyeron que nunca tendríamos que luchar contra una amenaza nuevamente. Así, nuestras defensas se debilitaron. ¡Nosotros no estamos preparados para esto! ¿Qué pueden hacer los pocos miembros de la Orden que están en el exterior y que nunca tuvieron que enfrentar otro brujo de las tinieblas de esas proporciones desde que Grindelwald murió? Eso sin mencionar a los muggles que ni siquiera tienen idea de los que están enfrentando. ¡Todos ellos necesitan nuestra ayuda!
-Casi no tenemos personas suficientes para mantenernos, Lupin, ¿y usted sugiere que mandemos gente para afuera? -dijo Snape, sin esconder su desprecio por la propuesta.
-No es una cuestión de elección, Severus. Es una necesidad -respondió calmadamente.
-¡Así como es una necesidad que podamos mantener nuestras propias defensas! ¡La Fortaleza Negra cayó, pero eso sólo significa que en poco tiempo Voldemort estará en nuestros talones aun más furioso! ¡Necesitamos a todas las personas que tenemos y todos los refuerzos que podamos conseguir!
-Lo sé, Severus, pero aun así pienso que es vital que mandemos personas para el exterior. ¡No importa que podamos mantenernos si todo el mundo a nuestro alrededor se desmorona!
-Remus tiene razón, Snape –concordó Black, inclinándose en la silla–. No tenemos ninguna oportunidad de derrotar a Voldemort si nos preocupamos solamente por nuestras fronteras.
-Y claro, como su opinión sobre ese asunto es tan imparcial, Black -le contestó el profesor de pociones con desprecio-. ¡Seamos honestos! ¡Estaría de acuerdo con su amigo hombre lobo aunque dijera que todos nos debemos vestir de bailarines turcos para derrotar a los mortífagos!
-Su… -comenzó Sirius en un tono muy parecido al que había usado Ron anteriormente al dirigirse a Malfoy. Sin embargo, esa vez, fue Dumbledore quien intervino:
-Señores, por favor -dijo como si hablará con dos alumnos de primer año–. No estamos aquí para pelear. Remus tiene razón, no podemos ignorar lo que pasa en el exterior. Snape, sin embargo, también la tiene. No podemos simplemente olvidarnos de nuestro propio ejército, nuestros propios esfuerzos. ¿Qué debemos hacer, entonces? –preguntó, recorriendo con la mirada la gran mesa–. Considero esencial que enviemos ayuda a los miembros de la Orden que están fuera del Reino Unido, pero no debo y no voy a obligar a nadie a que vaya. Una cosa es luchar aquí, cerca de casa, defendiendo directamente nuestros hogares. Otra cosa es ir a defender los hogares ajenos en otros países. Esa debe ser una misión voluntaria y, probablemente, va a colocarlos en situaciones difíciles e inesperadas. Será necesario también lidiar con muggles ya que Voldemort los involucró en la Guerra y por eso no quiero que se ofrezcan si tienen dudas. Como dije, considero que es una tarea de un valor inestimable, mas es necesario que hayan voluntarios. ¿Quiénes se disponen a ir? -preguntó, por fin, en una voz tranquila. Dumbledore tenía una manera de hablar que, aunque recalcaba la importancia de la misión, no llegaba a obligar a nadie a realizarla. Estaba claro que la elección sería personal y que nadie sería reprimido, cualquiera que fuera su decisión.
-Yo iré, claro -respondió Lupin, casi inmediatamente.
-Si, lógico -concordó Dumbledore–. No creo que alguien se oponga a que tú lideres esta misión, Remus –y como realmente nadie en el salón protesto, el continúo- ¿Alguien más?
Draco podía sentir la atmósfera pesada que se formó entre los presentes. Todos se movían incómodos en sus sillas, los corazones latían aceleradamente mientras el silencio lleno de expectativas aún reinaba. No era una decisión fácil para nadie. Hasta él estaba convencido de que era algo necesario, pero de ahí a realmente abandonar el lugar que siempre había conocido como casa en medio de la Guerra… no, ese era un paso muy grande para dar sin pensarlo bien.
Por un instante, parecía que nadie iba abrir la boca, mas súbitamente un hombre pelirrojo -tenía que ser un Weasley- habló:
-Yo iré -todos parecían sorprendidos y sus padres, en particular, parecían aterrorizados-. Viví en Egipto durante un tiempo y también en Alemania antes de que empezara la Guerra. Conozco muchos brujos en el extranjero y estoy acostumbrado a convivir con ellos -Dumbledore balanceó la cabeza en una señal de aprobación mientras Lupin sonreía. Después miraron nuevamente a los otros, esperando más manifestaciones.
Malfoy observó al Weasley que había hablado con más sorpresa que los otros. No esperaba que alguno de ellos fuera a abandonar a su familia. En realidad, no estaba seguro que eso significara "abandonar" alguna cosa. Era apenas otra forma de participar en la Guerra. Y bien lejos de aquí, completó mentalmente. Fue entonces que algo en su cabeza estalló. Bien lejos de aquí, repitió, comenzando a entender el significado de esas palabras. Si había algo que necesitaba era salir de allí lo más rápido posible. Necesitaba estar lejos. De hecho, mientras más lejos de ella estuviera, mejor se sentiría.
-Yo también voy -dijo una voz tímida perteneciente a una pequeña mujer que, en la época de Hogwarts, había pertenecido a Ravenclaw. Draco no recordaba su nombre–. Pasé muchos veranos en Francia con mis padres, también estoy acostumbrada a lidiar con brujos extranjeros –completó con voz más firme.
Olvidando por un momento las miradas de sorpresa que la chica también había recibido, Malfoy volvió a sus propios pensamientos. Necesitaba irse. Necesitaba irse a un lugar donde ella no pudiera encontrarlo, necesitaba tiempo para pensar y, obviamente, no lograba hacerlo con ella cerca. Si pudiera hacerlo, la habría sacado de su cuarto antes de besarla porque, después de eso, no creía que lo hubiera logrado aunque quisiera. La misión en sí parecía un poco absurda. Necesaria, pero absurda. Ya era malo luchar en el propio país, salir de su camino para seguir luchando parecía cosa de locos. Y sólo la idea de tener que estar rodeado de muggles era suficiente para dejarlo con ganas de vomitar, pero, por otro lado, tendría la excusa perfecta para irse sin levantar sospechas.
-Yo voy -otra voz lo sacó de sus pensamientos. Esa vez era una mujer un poco más vieja. La recordaba de alguna forma. Había pertenecido a Gryffindor.
-¿Estás loca, Angelina? -susurró uno de los gemelos, lo suficientemente alto para que casi todos lo escucharan.
-¡No lo estoy! -la mujer respondió indignada-. ¿Quieres que me quede aquí mientras Voldemort intenta voltear nuestro mundo patas arriba? ¡No pienso hacer eso!
-¡Muy bien! ¡Pero si tú vas, yo también voy!
La conversación habría arrancado risas de un público menos preocupado. Sin embargo, en esa situación, sólo algunas personas dejaron escapar una leve sonrisa. Los padres del Weasley parecían desconsolados, pero no dijeron nada.
-¿Estás loco, Fred? -el otro gemelo le preguntó, serio.
-Ni un poco.
-Muy bien. La decisión es tuya –fue su respuesta. Malfoy no recordaba haber visto a los gemelos tomar caminos diferentes en ninguna otra ocasión, ni en la escuela, ni en la Guerra. Creo que hay una primera vez para todo, pensó.
-Bueno- dijo Dumbledore. -¿Alguien más?
Draco podía notar a los miembros más viejos de la Orden moviéndose en sus sillas. Algunos de ellos querían ir, pero eran más valiosos donde estaban. Aquella era una tarea para los más jóvenes, ya bastaba con que Lupin estuviera entre ellos. Por algunos instantes, Dumbledore buscó con su mirada alguna manifestación, y durante esos instantes, Draco entabló una batalla consigo mismo. Su corazón latía acelerado. La misión en sí no poseía atributos, pero la posibilidad de alejarse de toda esa locura era demasiado tentadora. Por fin, dejó que el miedo ganará. Dejó que su miedo de sentir, su miedo de arriesgarse, su miedo de envolverse, guiará sus acciones. Necesita irse lejos de ella o entonces no respondería por sus actos.
-Yo iré -finalmente habló, colocando en el rostro una sonrisa superior. Inmediatamente, todas las miradas alrededor de la mesa se fijaron en él. Nadie esperaba que Draco Malfoy fuese a disponerse para ejecutar una tarea de esas. Potter lo miraba con aire interrogante, como alguien que se perdió en la mitad de la conversación. Granger le lanzó una mirada enigmática, esa de quien sabe más de lo que aparenta, e hizo que Malfoy se imaginará lo que Ginny le había contado. Weasley parecía en estado de choque. Dumbledore era el único que no parecía desconfiado, chocado o sorprendido. El apenas balanceó la cabeza como había hecho anteriormente y entonces se dirigió a los otros:
-Bueno, ya tenemos seis voluntarios. No es mucho, mas es lo que podemos enviar. Esta sesión está, por lo tanto, cerrada. Les pido a los voluntarios que se queden un momento, Lupin tiene algunas cosas que discutir con ustedes.
En pocos minutos, el resto de la Orden dejó el salón, quedando sentados en la gran mesa los dos Weasleys, la chica de Ravenclaw -de la cual aún no recordaba el nombre-, Jonson -que había jugado en el equipo de quidditch en Gryffindor-, Lupin, Dumbledore y él.
-Bueno, estoy feliz de poder contar con ustedes -comenzó el hombre lobo, entregándole a cada uno un pergamino enrollado–. Los pergaminos contienen buena parte de la información que logré recoger. No vamos a actuar todos juntos, separados podemos hacer más. Por eso, voy a dividirlos. Susan –se dirigió a la chica de Ranvenclaw-, como acostumbrabas pasar el verano en Francia, es para allá que irás. Nuestro contacto en ese país se llama Fleur Delacour.
-Ella estuvo aquí en le época del Torneo De Los Tres Magos.
-Exactamente. Bill –continúo, girándose hacia uno de los Weasley-, dijiste que viviste en Alemania.
-Si.
-Entonces, es para allá que irás. Angelina, Fred… Bueno -Lupin vaciló-, necesito mandar a alguien para Rusia. Ustedes pueden ir juntos, pero tal vez sea necesario que viajen, no sólo porque el país es grande, sino porque también puede ser necesario visitar otros países. ¿Está bien?
-Okay -los dos respondieron, visiblemente aliviados porque no los habían separado.
-Y en cuanto a usted, Sr. Malfoy –dijo Lupin por fin, girándose hacia Draco y evaluándolo con la mirada–, viene conmigo para España -él esperó alguna protesta pero como Draco mantuvo una expresión ilegible y no dijo nada, continúo-. Partiremos esta noche, por eso no les daré más detalles en este momento. Deben ir a sus cuartos y arreglar sus cosas. Estaré esperándolos dentro de una hora, en frente de la escuela, con los carruajes que nos llevaran a la estación de Hogsmeade. En el tren les daré todos los detalles –después de una pausa, completó- Pueden irse.
Los cinco se levantaron pero la voz de Dumbledore impidió que Draco siguiera a los otros por la puerta.
-Un momento, Sr. Malfoy -dijo-. Remus, puedes irte. No te preocupes, si él tiene que ir, no lo atrasaré -Draco se paró cerca de la puerta, esperando, hasta que Dumbledore se levantó de su silla y paró frente a él. Los dos ya estaban solos.
-¿Usted no quiere que vaya? -Malfoy preguntó insolentemente.
-No quiero que haga nada que no quiera, Sr. Malfoy -el director respondió, siempre con ese brillo en la mirada como si supiera más de lo que debería.
-¿Y qué sabe usted sobre lo que quiero? -Draco preguntó con rabia.
-Más de lo que usted cree.
-¿Más de lo que creo? ¿Qué es esto? ¿Otra manera de jugar con mi mente, como anoche en esa maldita iniciación?
-No jugamos con su mente. Nada de lo que dije fue mentira.
-¡Pues yo creo que lo fue! ¡Creo que la visión que tuve era lo que ustedes querían que viera y no lo que necesitaba ver, y creo que aquella poción, la tal poción de la sabiduría, sólo sirvió para confundirme aun más y para llevarme a hacer cosas que realmente no quería hacer! -gritó furioso.
-¿Está seguro que no quería hacer esas cosas, Sr. Malfoy? -Dumbledore preguntó, sin levantar la voz. Su tranquilidad solamente aumentaba la rabia de Draco aún más.
-¡Claro que estoy seguro! -respondió, mintiendo. En aquel momento no estaba seguro de absolutamente nada.
-Me gustaría que reconsiderará su decisión de ir –Dumbledore dijo después de una pausa, dejando claro que no había creído lo que Draco le había dicho.
-¿Por qué?
-Porque creo que su decisión no fue tomada por los motivos correctos.
-Mis motivos no le interesan –Malfoy respondió con desprecio–. Voy a ir, está decidido –completó girándose hacia la puerta, listo para salir sin escuchar nada más.
-Si yo estuviera en su lugar -la voz de Dumbledore lo interrumpió–, no ignoraría tan rápidamente todo lo que la poción de la sabiduría me hace hacer o pensar. Es verdad que puede producir ciertos efectos sorprendentes pero, en mi experiencia, eso sucede con más frecuencia en aquellas personas que insisten en no creer, en aquellas personas que no quieren que todo lo que la poción les hace notar sea verdad. La poción no provoca ilusiones, Sr. Malfoy, por lo tanto, lo más probable es que todo lo que sintió sea real y usted no este listo para aceptarlo.
Draco cerró los ojos, controlándose para no explotar. No quería parar para considerar lo que Dumbledore había dicho. No podía hacerlo porque si lo hacía, cambiaría de idea. Entonces hizo la única cosa que creyó segura: continúo caminando. Pasó por la puerta, atravesó la antesala y siguió por los corredores hasta llegar a su cuarto. Allí perdió algún tiempo recogiendo y organizando sus cosas. No eran muchas. El viajaba con poco por si tenía que moverse rápidamente, como en ese momento. Cuando terminó, miró el reloj y vio que aun le sobraban quince minutos. Temiendo quedarse parado en el mismo lugar, pensando y dándole la oportunidad a las palabras de Dumbledore para finalmente entrar en su mente, decidió ir hacia el lugar de encuentro. Si caminaba despacio llegaría a la hora exacta.
Salió, entonces, cerrando la puerta del cuarto y luchando consigo mismo para no dejar que los pensamientos sobre la noche anterior cambiaran la trayectoria de sus pasos y lo llevaran a la enfermería. El iba muy bien durante cinco minutos en dirección a las puertas del colegio cuando la última voz que le gustaría escuchar en ese momento interrumpió su marcha.
-¡Draco! -la escuchó llamarlo. Ella venía corriendo por el corredor para alcanzarlo-. ¡Draco! -exclamó nuevamente cuando se había acercado- ¿Entonces es verdad? -preguntó, ansiedad visible en su rostro. Malfoy intentó ignorarla. Sabía que eso era lo correcto: girar e irse. Pero de alguna forma sus pies parecían pegados al suelo.
-¿Cómo lo supiste? -preguntó.
-Harry -la simple mención de ese nombre fue suficiente para que Draco recordara la escena en el corredor y recobrará el control sobre su cuerpo.
-¿Por qué no me sorprende? -preguntó con sarcasmo, girándose para continuar su camino.
-Draco -ella lo llamó nuevamente, esa vez halándolo por un hombro.
-¿No deberías estar despidiéndote de tus hermanos, Weasley? -preguntó sarcástico.
-Por favor, no cambies de tema -Ginny dijo con suavidad, levantando las manos para tocarle el rostro, pero antes de que lo hiciera, Malfoy la interrumpió:
-¡No me toques! -dijo con rabia-. ¡No me toques! –y viendo la expresión absolutamente herida en el rostro de ella, los ojos castaños llenos de lágrimas, la boca temblando, el continúo, esa vez dejando que ella viera la dimensión del desespero en su alma- ¡Necesito irme, Weasley! ¡Necesito irme! -repitió-. ¿No lo entiendes?
Draco no sabía si ella era capaz de entender. El no creía que Ginevra Weasley algún día entendería su necesidad de irse. Ni él lo comprendía completamente. Sólo sabía que debía salir de ahí antes de que enloqueciera. Su mundo ya estaba lo suficientemente torcido sin que se enamorara de una Weasley –que encima de todo estaba comprometida con el precioso Potter-, lo que sólo empeoraba las cosas. Tal vez alguna parte de ella, entre tanto, entendió su drama –Draco nunca lo supo con seguridad- porque Ginny bajo su mirada por un instante y eso fue todo lo que Malfoy necesito para irse.
Después de que ya había dado unos doce pasos, escuchó nuevamente la voz de ella llamándolo, pero no paró. Si paraba de nuevo, dudaba que lograra retomar el camino. No pudo dejar, sin embargo, de escuchar aquella melodiosa voz una última vez.
-Draco… –dijo y, sin importarle el hecho de que el parará o no para prestarle atención, continuó–. Buena Suerte.
De todas las cosas que podía haber dicho, esa era la peor. Hubiera preferido que lo insultara, maldijera. Draco sabía que la había herido profundamente y aun así ella no le había deseado mal. Debió haber parado, dado media vuelta, haberla abrazado y decirle que nunca más se iría, que pasarían el resto de su vida juntos. Debió. Pero, siendo Draco Malfoy, no lo hizo. Al contrario, continúo caminando decidido, cada paso más cerca de su destino y más lejos de ella, cada paso más fácil a medida que la distancia aumentaba y el endurecía su corazón. No sería difícil olvidarla. La noche anterior había sido apenas un momento en el infinito de una vida y, además, sólo necesitaría recordar que era un Malfoy y ella una Weasley, y que los dos son como agua y aceite: no se mezclan nunca.
