Una disculpa por la tardanza. Espero que les guste ;u;
Simple, rotunda y densa oscuridad, no había nada más allá. Kagami estaba y no estaba. Se sentía ligero y se sentía pesado. No tenía la posibilidad de moverse, porque ni siquiera era materia. Sólo estaba allí, sencillamente estaba allí. No lo entendía, o no quería entenderlo. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Por qué se sentía tan tranquilo, como si nada malo estuviera pasando?
"Kagami Taiga", un muchacho habló. Era lo único entre tanta oscuridad. Tenía una voz vacía, nula. Por alguna razón, la reconocía.
» "Eres el único que puede ayudarme".
» "No tengas miedo de mí. No te haré daño. Ni a ti, ni a ninguno de tus amigos. He estado encerrado en ese lugar demasiado tiempo y, ahora, eres la única persona que es capaz de verme."
» "No huyas de mí, por favor."
.
Habían pasado tres días desde que Kagami había perdido el conocimiento dentro de aquella casa. Desde entonces, no había mencionado nada acerca de la presencia sobrenatural. La causa de su desmayo se la atribuyó a una falsa baja presión arterial y -para su suerte- sus amigos le habían creído sin cuestionarle demasiado.
Sin embargo, aunque se vio tentado a volver a la ciudad en varias ocasiones desde aquel último incidente, no lo hizo. Primeramente, porque pocas veces podía pasar tiempo con sus amigos. Y también porque la pensión estaba paga y no quería molestar a sus padres innecesariamente.
No obstante, Kagami no podía quedarse tranquilo, porque durante sus -reducidas- horas de descanso, se transportaba a un plano desconocido, donde la bruma oscura acaparaba todo su alrededor; un lugar donde esa fría voz le repetía constantemente que no tuviera miedo de él, donde esa tétrica voz le aseguraba que sólo era él quien podía ayudarle.
En un principio, cuando despertaba aterrado por la idea de que esa supuesta presencia fantasmal hubiera irrumpido en su cabeza para quedarse, quiso convencerse de que solo se trataban de pesadillas, pero algo le decía a gritos que no era así.
Inconscientemente pasaba el día observando aquella casa desde la cancha con todas sus alarmas encendidas, en busca del mínimo indicio que le permitiera justificar su huida, que le permitiera correr hasta haber reducido lo más posible la cercanía. Incluso se había expandido más allá, pues durante la noche, cuando la soledad de su pequeña habitación alquilada resultaba angustiosa, todos aquellos rincones oscuros se convertían miles de ojos cuyos potadores no tenían otras que malas intenciones; o donde los bultos de ropa desperdigada sobre una silla se convertían en asesinos agazapados en busca del momento justo para saltar sobre sí. Por eso encendía la lámpara más cercana, porque cuando despertaba agitado de su sueño, recordaba que él permanecía al mundo de la luz, y no de las sombras silenciosas y escalofriantes.
Kagami se mantenía en silencio al no querer sacrificar su orgullo aceptando ante sus amigos el irremediable miedo que sentía por ese lugar, por lo que había allí dentro. No quería ser considerado un cobarde. La sencilla idea de dejar en evidencia una de sus debilidades le resultaba mucho más terrible que enfrentarse a aquel espíritu fuese cual fuese su destino inmediato.
—Taiga —llamó el azabache, acercándose a él. Una vez más, compartía la tarde con su hermano y Kise; la única diferencia era, en realidad, la ausencia de Aomine y el comportamiento distante y distraído que había tenido durante los últimos días el pelirrojo.
Kagami despegó la mirada de la afamada casa para posarla sobre Tatsuya. Alzó sus cejas a modo de pregunta. "¿Hm?", dejó salir. El chico del flequillo se sentó a su lado, en el césped, observando a Kise practicar los tiros. Se mantuvo en silencio por unos minutos, en los que Kagami estuvo atento totalmente a sus movimientos y palabras.
—Has estado actuando muy extraño últimamente —dijo, aún sin mirarle. Kagami se tensó irremediablemente y apretó los labios, mas no dijo nada—. Y no intentes negarlo. Te conozco bien, Taiga.
El pelirrojo dejó escapar un suspiro. ¿Tan obvio era? Supuso que sí. Era malo disimulando, tanto como lo era mintiendo, especialmente cuando se trataba de aquel chico que le conocía bastante bien. Evaluó las posibilidades de decírselo. Parecería un loco, un chiflado… un fanático de la superstición y los mundos paralelos, del Bajo Astral, los signos zodiacales y la energía negativa. ¡Puras tonterías sin sentido! Kagami no era la persona más inteligente del mundo, pero tampoco caía en esas creencias tan absurdas. Bufó sin darse cuenta. Quizás estaba pensándolo demasiado, como raramente ocurría. No lo pensó más. En cuanto abrió la boca, las palabras brotaron irremediablemente.
—Te lo diré… —aceptó, casi con resignación; volviendo su mirada al frente, igual que el contrario—. Cuando estemos solos.
Tatsuya asintió con lentitud, mirándole de reojo.
—Hai. Veámonos luego de cenar, aquí mismo —propuso—. ¿Te parece bien, Taiga?
El pelirrojo asintió en silencio, arrepintiéndose interiormente casi al instante.
.
El sonido del balón rebotando en el pavimento de la cancha se escuchaba como un eco. El cielo había adoptado tonalidades violáceas y la luz naranja que alumbraba el lugar la brindaba un alto poste. Kagami esperaba a Himuro apenas haciendo un esfuerzo para encestar. No podía dejar de darle vueltas al asunto, se mortificaba. No estaba seguro de si contárselo. Era probable que ni siquiera le creyese… Es decir, ¿seres sobrenaturales? ¿Fantasmas? ¿Espíritus? Lo que fuera, no tenía demasiada lógica.
Chasqueó su lengua cuando la pelota rebotó en el aro y tuvo que correr un poco más allá para recogerla. Estar allí, solo, en la oscuridad no se le antojaba muy agradable. Tomó el balón y lo hizo girar sobre su dedo, advirtiendo que alguien más se acercaba. Le reconoció cuando alzó la mano en su dirección, en forma de saludo. Entonces avanzó él también y se sentaron, uno a un lado del otro, en el suelo.
El azabache retiró de una bolsa un recipiente con dangos de colores dentro. Muchos. Conocía el buen apetito de su amigo, que los aceptó con gusto.
—Entonces… —comenzó Tatsuya, para mala suerte de Kagami, que pretendía llevarse uno de los dulces redondos a la boca y que tuvo que esperar para saborear. Suspiró, mirando al suelo.
—No vas a creerme —dijo, casi con demasiada convicción.
—Sólo habla, Taiga. Creerte o no, lo decidiré después.
Kagami volvió a respirar, se apretó el puente de la nariz e intentó llenarse de valor.
—Es complicado de explicar… —empezó—. Sólo quiero que tengas en mente que no se trata de ninguna paranoia… o lo que sea. Ni me lo estoy imaginando. Es… real. Tsk. No tengo una forma de comprobarlo, no puedo demostrártelo. Sólo es algo que está pasando… y que no puedo detener, porque no lo entiendo… maldición.
El azabache se mantuvo callado y Kagami interpretó aquello como una señal para cotinuar:
» Cuando entramos por primera vez a esa casa, algo me decía que… había una cosa que no cuadraba allí. Tuve una sensación extraña. Más allá del miedo… sabes que nunca fui bueno con la ficción de terror, ni nada de eso. Fue una corazonada. Y… tenía razón. ¿Sabes? Nunca debí haber bajado al sótano. Si no me hubiese dejado llevar por el imbécil de Aomine…
Gruñó, exasperado.
» Hay algo allí. Lo vi, vi su rostro, vi su ¿cuerpo?… yo… le oí. Y fui el único. Ustedes estaban allí y no lo notaron. No lo hicieron la primera vez cuando bajaron al sótano, ni hace unos días, cuando fui a buscar el anillo. Estoy aterrado, Tatsuya… ¿Me estoy volviendo loco? ¿Imagino cosas? Escucho la voz de ese chico, casi todas las noches. Hace dos días que no logro dormir… Me dice que sólo yo puedo ayudarle, Tatsuya. ¿Qué… debería hacer?
Y sólo entonces logró levantar su rostro, chocándose con la indescriptible mirada de sorpresa del azabache. Deseó que un agujero se abriera en el pavimento y el cayese dentro, para desaparecer. Porque él le había confesado y Himuro sólo estaba allí, sin decir nada. Apretó sus labios en una línea recta, esperando una respuesta. Cualquier respuesta, pero una al fin.
—No les dije toda la verdad sobre la casa —confesó, de pronto, tomando desprevenido a Kagami, el muchacho a su lado. Le observó, con curiosidad, esperando a que prosiguiera—. Siempre hubo rumores sobre el hijo de la familia y el porqué de que Akashi Masaomi no quiso remover sus bienes del edificio. Muchas personas que entraron allí dijeron sentir una presencia. Otras, incluso afirmaron ver a un chico rondando. Pero… siempre pensé que eran eso: rumores —dijo, casi apretando la mandíbula—. Las personas dicen que el muchacho era el hijo de los caseros. Un chico de quince años… que por alguna razón, no pudo descansar en paz. Taiga… lo que sea que viste… ¿crees que sea ese chico?
Y, entonces, Kagami asintió, lentamente, como si incluso él temiese la verdad de todo aquello. Tatsuya rio, de forma suave pero nerviosamente.
» Taiga… tienes que ayudarlo. Si en verdad es cierto que eres el único que puede hacerlo…
—No. Mierda… No puedo, Tatsuya… Soy un cobarde. Ni siquiera entiendo por qué estás creyendo en esto… —hizo una pausa—. Preferiría haber oído que estaba imaginando cosas y que con unas píldoras se solucionaría, pero…
—Eres la persona más amable que he conocido jamás, Taiga —le interrumpió, de pronto—. Estoy seguro de que en el fondo, sea lo que sea lo que esté allí adentro, tienes la necesidad de ayudarle. Pero… Si te concentras en ese miedo, no serás capaz de reconocer ese impulso —Se puso de pie, sin apuros, y le tendió la mano. Kagami la miró, confuso—. Si no te hizo daño antes, cuando tuvo la oportunidad, no tendría sentido que lo hiciera ahora, ¿no crees? Te acompañaré, sólo tienes que intentarlo…
El pelirrojo continuó mirándole, las manos que sostenían el recipiente de plástico se aferraron a él con más fuerza. "No puedo", se repetía mentalmente. "No puedo, pero… ¿y si en verdad soy la única persona que puede ayudar?". Al diablo todo, se dijo. Apretó su mandíbula y tomó la mano del azabache para ponerse de pie.
—Lo haré… pero mantente cerca.
.
Continuará... (?)
