Capítulo 4

En el fondo, Sesshômaru sabe lo muy jodidos que están los dos. Y la clase de relación (si es que lo es) demente que tienen.

También es consciente de que no puede ser de otra forma, no con todo lo que llevan tras ellos.

Esa tarde ha quedado con Miroku, con el que ya lleva más de medio año viéndose y al que le resulta relativamente fácil de soportar, en comparación a otros.

El chico es fisioterapeuta, pero trabaja dando clases de Tai Chi en un gimnasio local. No es demasiado hablador, es tranquilo y cree firmemente en que se puede saber todo sobre una persona con solo mirarla a los ojos.

Sesshômaru sabe que esto último es una patraña o de lo contrario jamás se habría involucrado con él, pero finge relativo interés cada vez que el chico le habla sobre el reflejo del alma en la pupila y cosas así.

Normalmente sus citas transcurren entre una cena amena en restaurantes de nivel medio y sexo fácil, sin complicaciones y no particularmente apasionado.

No es como cuando devora a Naraku y lo hace pedazos con sus propias manos hasta que lo escucha suplicar por más.

Sesshômaru tiene una forma retorcida para el sexo que no aplica dentro del juego, solo con su "contrincante". Nunca llega a herir en exceso físicamente, no le gusta generar dolor, pero necesita romper al hombre que está debajo de él. Necesita verlo quebrarse y quedar a su merced. Lo necesita tanto como el aire que respira y sabe que es algo que solo Naraku puede darle, porque ningún otro puede recomponerse como si no hubiera pasado nada después del orgasmo.

Así que, tras una noche de viernes insulsa con Miroku, regresa al piso el sábado por la mañana, sabiendo que su compañero no llegará hasta la noche del domingo.

Deja el maletín en el despacho blanco y se dirige a la cocina para preparase algo de desayunar.

Mientras el pan se calienta en la tostadora, ojea el correo que Naraku debe haber entrado en algún momento del viernes antes de marcharse y, de repente, sus ojos se encuentran con una carta inesperada.

Una carta desde su pasado.

TBC…