Hola ¿qué tal?

Aquí un nuevo capítulo de este fic.


Capítulo 3: De Minister a la Tierra.

Acurrucada en una esquina de su celda, Serin Osman pensaba en lo sucedido hacía quince años, y la vergüenza personal de haber sido vencida por una mujer sin experiencia militar como Cortana, y si a eso le agregaba el hecho de haberse quedado con John y haber procreado un hijo, su ira crecía hasta el punto en que más de una vez tuvieron que sedarla. A pesar de aquello, la mayoría de las veces se conformaba con saber que al menos había logrado separarlos por una enorme distancia.

Sin embargo, hacía años que sabía sobre la mentira creada por Kelly; sabía, además, que el supuesto hijo no nato de John era en realidad mujer y que vivían en el mismo lugar donde una vez los hizo prisioneros. Durante quince años aguardó al no ser necesario viajar hasta Minister, sabiendo que John permanecía confinado en una pequeña academia en la Selva negra alemana sin posibilidad de salir, lo mismo sucedía con Cortana, que ante el temor de ser encontrada por ONI procuraba tener un bajo perfil.

Tal vez ONI había sido engañado, pero a ella no; tenía ojos y oídos en todas partes, y por si fuera poco, había hecho una alianza estratégica con algunos grupos insurrectos que le suministraban la inteligencia necesaria para saber cada paso dado por John y Cortana. Sin embargo, su ansiedad había comenzado a crecer cuando el tiempo de la liberación de John estaba próximo, solo unos pocos meses para que el Spartan estuviera libre, lo que le daría la oportunidad de viajar hasta el planeta donde su familia vivía.

John, esposa, hija, tres palabras que parecían no poder conjugarse, pero que no obstante, se habían juntado para amargarle la existencia. Serin pensaba que eso no podía suceder, para eso, ella sería la encargada de hacer desaparecer a Cortana y su hija de la faz del Universo. Y aunque John no la amara nunca, se encargaría de tenerlo a cualquier costo.

El ruido de varias explosiones y disparos llegaron hasta los oídos de la ex almirante, sonrió, parecía que el expreso hacia la libertad había llegado y ella estaba dispuesta a tomarlo. Dos pequeñas explosiones derribaron la puerta de su celda, por la misma, un hombre de complexión musculosa y gran estatura cruzó, la expresión en su rostro parecía de piedra. Serin lo miró, el rostro moreno del hombre le devolvió la mirada.

―Señora, es hora.

Serin se puso de pie.

―Vamos entonces.

La ex almirante y el hombre comenzaron a correr por los pasillos del hospital psiquiátrico al que había sido obligada a ir y permanecer durante quince años. Al fondo del pasillo, un grupo de soldados de UNSC disparaban contra otro grupo de soldados insurrectos, Serin sonrió, tendría acción muy pronto, justo lo que ella deseaba.

Llegaron hasta donde los efectivos de UNSC se encontraban, el hombre que había liberado a Serin saltó sobre uno de los soldados y le torció el cuello, sacó un cuchillo de entre su equipamiento y lo clavó en el pecho de otro.

Serin saltó sobre otro efectivo y lo pateó en el rostro, quería hacer sufrir a ese imbécil, se sentó sobre el pecho del soldado y comenzó a golpearlo en la cara hasta matarlo. Para cuando terminó, todo el pelotón había sido aniquilado, la mujer sonrió nuevamente ante el espectáculo.

Se unieron al grupo de insurrectos que había entrado al hospital y comenzaron su camino de salida por los pasillos, donde se armaban ocasionales escaramuzas que terminaban siempre con los soldados de UNSC muertos o sumamente heridos.

Al salir finalmente del edificio, un vehículo aéreo los esperaba en el patio, todos abordaron y se fueron.

―Saldremos del planeta antes que UNSC envíe naves interceptoras ―dijo el piloto.

―Bien ―dijo el hombre que había liberado a Serin, luego miró a la mujer― ¿Se encuentra bien?

―Mejor que nunca ―dijo Serin sonriendo.

De hecho, todo había salido a pedir de boca.


Al otro lado del planeta, John observaba a algunos de sus cadetes estudiar. Pese a que estaban en una academia militar, no podían olvidarse que la gran mayoría de ellos eran adolescentes, y como tales, tenían que asistir a clases para cultivar sus mentes tanto como sus cuerpos, además, muchos de ellos no seguirían carreras militares una vez salieran de allí. Observaba principalmente a Cadmon Lasky; ese chico tenía todo para ser un Spartan, era responsable, fuerte, ágil y listo; lo mismo sucedía con su hermana, que cursaba un grado anterior, la única diferencia entre los dos hermanos era el carácter, pues, mientras Cadmon era sumamente serio y reservado, Sandra era alegre y extrovertida, quizás demasiado, pero aún así muy capaz. Aunque pensaba que esa chica necesitaba alguien que le diera una pequeña lección de humildad, pues era común que Sandra menospreciara a sus compañeros, ya fueran hombres o mujeres, por no poderle seguir el ritmo, cosa que con Cadmon no sucedía, pues el chico siempre alentaba a sus compañeros a seguir adelante.

Su grupo de entrenamiento era una selección bastante heterogénea, cada integrante del grupo había sido seleccionado personalmente por John como candidatos al proyecto Spartan, a excepción de Márquez, al cual le habían obligado entrenar y había descartado desde un principio para dicho proyecto, además, pensaba expulsarlo en unos meses, no tenía caso tenerlo en su equipo.

Pese a Márquez, su grupo, sin el menor temor a equivocarse, y modestias a parte, era el mejor de toda la academia, incluso podría apostar con cualquiera a que podían vencer a un grupo de soldados expertos sin problemas. Se sentía orgulloso de sus muchachos. Ramos ya una vez le había comentado que se comportaba casi como si fuera el padre de esos chicos, ya que él, a pesar de ser duro con ellos, también les aconsejaba y permitía distraerse de vez en cuando.

Ramos no lo sospechaba, pero John había aprovechado todos esos años como instructor para afinar sus capacidades paternales, pues no deseaba darle una mala impresión a su verdadera hija el día en que se encontraran. Quería ser el mejor padre para ella. Solo tenía la duda de si ella lo aceptaría, aunque no podría culparla si ella lo rechazaba, a final de cuentas, él nunca estuvo con ella.

―¿Qué onda jefe? ―gritó Sandra detrás de John. El Spartan volvió su cuerpo y mirada hacia la chiquilla.

―¿Qué haces fuera de clases?

―Solo voy al baño ―dijo como niña mimada―, y como lo vi, pensé en saludarlo ―la chica le ofrecía una sonrisa llena de dientes.

―Entonces ve al baño y vuelve lo antes posible a clases, no quiero tener en mi escuadrón a una ignorante.

―¡Si, señor! ―hizo el saludo marcial agregando un saltito, luego se retiró saltando cual niña pequeña.

Una vez la chiquilla desapareció, el Spartan sonrió, Sandra Lasky estaba realmente loca, solo la soportaba porque era la segunda mejor de su grupo... y le recordaba a Catherine por las locuras. Emprendió la caminata hacia su oficina al otro lado del complejo. Estaba por salir del edificio cuando Ramos lo interceptó.

―¡Jefe! ―llamó el hombre, luego saludó militarmente, su respiración era agitada.

―¿Sucede algo? ―preguntó John al ver que su asistente respiraba muy rápido.

―La sospecha sobre los insurrectos es verdad ―Ramos se inclinó poniendo sus manos sobre sus rodillas intentando agarrar aire―... pero en vez de atacar un cuartel o alguna academia, atacaron un hospital psiquiátrico de UNSC.

Aquella información le pareció sumamente extraña a John, cualquiera podría haber esperado un ataque a un blanco más importante. Empero, a su mente acudió el recuerdo de Osman y su reclusión en un manicomio.

―¿Qué hospital fue atacado? ―preguntó el supersoldado temiendo lo peor.

―El psiquiátrico de Belfast.

Por muy valiente y controlado que fuera, John sintió un frío gélido recorrerle la espalda, pronto el temor acudió a sus sentidos y con la misma velocidad, recordó que la desquiciada mujer estaba recluida en ese manicomio.

―¿Escapó alguien?

―Si...

John temió que se tratara de Serin.

―¿Quién?

―La ex almirante Serin Osman.

El supersoldado miró hacia las montañas frente a él; aquello simplemente no podía estar pasando. Temió por su familia en Minister, estarían desprotegidas hasta que él volviera, ya que sabía perfectamente que Kelly no podía estar con ellas para siempre. Sin decir una palabra más, John se retiró hasta su oficina.


Se había pasado toda la tarde y parte de la noche llorando, y es que simplemente no entendía a su madre. Si tanto quería a su padre, ¿por qué no lo buscaba? Estaba confundida, ¿por qué de repente su madre se había vuelto tan pusilánime? Si siempre había sido alguien de cuidado, muy enérgica, con el valor suficiente para amedrentar a cuanta persona se le pusiera enfrente, incluyéndola a ella.

A la mente de Miranda vinieron recuerdos de su niñez, cuando jugaba junto a su madre en el patio trasero de su casa, las salidas al parque, sus cumpleaños; recordó la dulzura de sus palabras y tratos, pero también lo dura que podía llegar a ser si hacía alguna travesura o cuando se llegaba a pelear en la calle, lo que era bastante a menudo. Ella amaba a su mamá, pero no podía entender cómo es que su actitud cambió tan drásticamente de la noche a la mañana.

Estaba bien que la hubiera reprendido por tratar de indagar el pasado sin permiso, pero castigarla de esa manera por algo que era su derecho le parecía absurdo. Aunque claro, un simple castigo no la disuadiría de buscar a su padre. Tenía la plena convicción de que lo encontraría, y lo convencería de volver a su hogar. Pero ¿cómo? Su madre le había prohibido salir de su casa a excepción de ir a la escuela, y en ese lugar no habría la posibilidad de investigar. Por otro lado, Tony también estaba involucrado y ese error sí podía reconocerlo, ya que desde un principio su madre y sus tías le advirtieron que nadie más debía enterarse de su pasado. Pero es que la emoción le había ganado; tanto anhelaba tener un padre que, cuando se enteró, no pudo contener su alegría y se lo había contado a sus amigos sin detenerse a pensar que tal vez los estaba poniendo en peligro. Se abofeteó mentalmente, había sido egoísta, y por ese egoísmo quizás pagaría muy caro. Solo esperaba que las consecuencias de sus actos pasados y futuros no afectaran a sus amigos.

El alba se acercaba y la jovencita casi no había dormido, se levantó y repitió la misma rutina de todos los días, con la diferencia de que esa vez, su madre andaría con un humor de los mil demonios, igual que Catherine, y posiblemente su tía Kelly, aun que de esta última, no sabía, pues nunca la había visto enojarse, ni reír, al menos no como las demás personas, que podían carcajearse hasta quedarse sin aire y les doliera el estómago. Sacó todos esos pensamientos de su mente, debía resignarse a cumplir con su castigo y hacer méritos con su madre para que esta la indultara.

Entró en el baño y se miró en el enorme espejo montado sobre la pared, un rostro de vivos ojos azules le devolvió el gesto. Se observó por varios minutos. Recordó lo que Tony le dijo el día anterior en su casa: «Sin ofender... pero estás bien buena». Sonrió, nunca, nadie, a parte de su familia, le había dicho que era bonita, aunque fuera de manera vulgar como lo dijo Tony. Se desnudó y volvió al espejo, observó todo su cuerpo, nada le pareció fuera de lugar o diferente a sus compañeras de clase ni del resto de la escuela, entonces, ¿por qué nunca había tenido novio? Todas sus compañeras, a las cuales no podía decirles amigas porque nunca habían tratado directamente con ella, ya habían tenido cuando menos uno, incluyendo a Juliette. Nuevamente se sacó de sus pensamientos; estaba divagando y se le hacía tarde para asistir a clases. Tratando de no pensar más en su situación, entró a la ducha.

Casi una hora después, bajó a la cocina, donde encontró a su madre preparándole el desayuno. Sintió algo de pena por no poder cumplir con el pedido que ella le había hecho de no revelar nada. Abrió la boca para hablarle, pero Cortana fue más rápida y le habló.

―Siéntate, ya casi está el desayuno ―sus palabras tenían un tono molesto, lo que a Miranda le dolió, pues, nunca, que ella recordara, su mamá le había hablado así.

―Mamá... por favor, perdóname. Yo no quise...

―¿Que te perdone? ¿tienes idea de lo difícil que ha sido tener que ocultarnos todos estos años? ―la molestia en la voz de Cortana se convirtió en enojo.

―¡Es que me ganó la emoción! yo no pretendía hacer ningún daño.

―Para eso deberías pensar mejor las cosas ¿dónde quedó tu raciocinio?

―Sabes bien que siempre he querido tener un padre, y al enterarme de eso yo no pude contenerme ―lágrimas brotaron de los ojos de la chiquilla.

Pese al llanto de Miranda, Cortana no disminuyó su enojo ni la dureza de sus palabras.

―Por eso es que estás castigada, para que aprendas a controlar más tus impulsos.

―Pero siento como si ya no me quisieras ―el agua seguía fluyendo por sus mejillas.

―Desayuna, y luego te vas a la escuela ―fueron las frías palabras finales de Cortana.

Las lágrimas no dejaron de fluir mientras la chica desayunaba, incluso, en más de una ocasión estuvo a punto de ahogarse debido al nudo en su garganta. Cuando hubo terminado sus alimentos se levantó en silencio, tomó sus cosas y salió de su casa. Durante todo el camino lloró.

En la cocina, Cortana no se sentía mejor que su hija, pero si quería evitarle problemas, debía actuar como lo estaba haciendo, aunque le partiera el corazón y provocara que su pequeña la odiara. Sus ojos se inundaron y rápidamente se desbordaron.

Kelly había presenciado todo sentada en la parte alta de las escaleras gracias a su desarrollado oído. También sentía pena por su sobrina, pero era lo mejor para ella. Algún día comprendería todo aquello. Se levantó y bajó con su amiga.

―No te diré que comprendo cómo te sientes, pero es lo mejor para ella ―le dijo.

―Entonces ¿por qué me siento tan mal?


Ese día Miranda llegó tarde a la escuela, no tenía humor para escuchar a sus profesores hablar, por lo que retrasó su llegada, lo que extrañó a todos, siendo que la chica había sido siempre una de las más puntuales.

―Buenos días ―saludó con desgano―. ¿Puedo pasar?

―Puedes, pero tendrás inasistencia ―contestó el profesor de matemáticas.

―No importa ―contestó sin entusiasmo―... nada tiene importancia ―murmuró.

La joven caminó hasta posicionarse en su lugar mientras el profesor seguía con sus explicaciones, pero ella no tenía ganas de saber nada, solamente se quedó mirando por la ventana hacia el vacío. Algunos compañeros notaron esa actitud, lo que les pareció sumamente raro, y fue aún peor cuando las lágrimas empezaron a correr por el rostro de la muchacha, que, aunque nunca había sido de las más populares del grupo o de la escuela, era bastante conocida por su energía y propensión a meterse en líos de golpes con frecuencia.

Las horas pasaron y la actitud de Miranda no cambiaba, cosa que el profesor de literatura notó cuando le pidió su participación y la joven no le hizo caso.

―Miranda, lee la página cincuenta ―pero la chica no contestaba―. Miranda ―llamó nuevamente el profesor, que al no obtener respuesta alguna se acercó hasta el pupitre de la chica―. Miranda, te estoy pidiendo que leas la página cincuenta.

―¿Por qué no se va a la mierda? ―fue la respuesta de Miranda.

Todos en el grupo se sorprendieron, Miranda nunca le había contestado así a ningún profesor.

―Miranda ¿por qué me hablas así? ―preguntó el profesor a punto de enojarse.

―Porque no lo tolero, no quiero que nadie me hable ¿o se lo explico con peras y manzanas?

―Levántate de tu asiento chiquilla ―dijo el profesor ya enojado―. Toma tus cosas y vete a la dirección con reporte.

―Como si eso me importara ―luego se levantó, le sacaba una cabeza completa al maestro―. Tiene suerte de ser el profesor, porque de ser alguno de estos imbéciles ―miró a toda la clase―, le rompo la cara contra el suelo.

Luego salió de allí dejando perplejos a todos. Nunca imaginaron que Miranda fuera capaz de enfrentarse a un profesor de esa forma. Y como era obvio, fue el tema de la clase el resto del día.

Contrario a lo que el profesor había ordenado, Miranda salió directamente de la escuela y vagó por el pueblo el resto de la mañana, no quería volver a su casa tan pronto, y mucho menos tener que enfrentarse a su madre. Pasó por un parque y se sentó en una de las bancas debajo de un árbol para protegerse de la radiación solar y se quedó allí inmóvil y pensativa, aunque lo que menos quería era pensar.

Pasaron los minutos; una voz sacó a la muchacha de sus pensamientos.

―Miranda ¿qué haces aquí? ―era su vecino, Barry Black― ¿no se supone que deberías estar en la escuela?

―Me echaron.

―¿Por qué? ―preguntó con sorpresa.

―Mandé a la mierda a uno de mis profesores.

―¿Tú?

―Si, yo ―había desgano en las palabras de la chica.

El hombre miró la expresión triste en la cara de la chiquilla.

―¿Te pasa algo? Te noto triste, y tú nunca andas triste.

―No es nada.

―Nadie se pone así por nada. Anda, dime lo que te sucede, quizás pueda ayudarte.

Risa triste de parte de Miranda.

―Nadie puede ayudarme con mi problema.

―Tal vez si. Prueba.

La chica lo miró a los ojos.

―Está bien ―guardó silencio unos instantes―... se supone que no debo hablar esto con nadie, pero no sé que más hacer.

―Cuéntame.

Miranda comenzó a relatar a grandes rasgos la revelación hecha por su madre días antes y el problema en el que se había metido por andar divulgando eso con sus amigos.

―... por eso es que mi mamá me castigó.

Después de escuchar el relato, Barry se quedó pensativo, lo dicho por la chica parecía algo inverosímil.

―¿Entonces tu padre sigue con vida, pero tu mamá no quería que lo supieras?

―Eso.

―Bueno, según lo que me has contado, ella tiene razón, pero tampoco me parece correcto que te prohíba ver a tu papá.

―Es lo que yo pienso, pero ella y mis tías son muy tercas y se niegan rotundamente a que salga a buscarlo.

―Bueno, ellas se preocupan por ti.

―Pero quiero conocer a mi padre.

―Si tanto quieres conocerlo, quizás yo pueda ayudarte.

Miranda miró al hombre con incredulidad ¿era cierto lo que le decía?

―¿De verdad?

―Conozco algunas personas en la aduana, quizás ellos puedan ayudarte. Solo dame unos días y tendré una respuesta. Aunque no te garantizo que lograrás salir del planeta. Pero nada se pierde con intentar ¿no crees?

―Supongo que no ―la joven sonrió por primera vez en el día―... gracias.

―Oye ¿para qué estamos los vecinos? ―Miranda no contestó, solo se quedó viendo al hombre―. Para ayudarnos ―se respondió a sí mismo―. Aunque... tal vez podrías echarme una mano con tu tía Kelly.

Los dos se vieron unos momentos, luego dijeron al unísono...

―¡Nah!

―Kelly es muy especial ―comentó Barry.

―Si, ella no confía mucho en las personas ―secundó Miranda.

―En fin. Tengo que volver al trabajo, estoy en mi receso y debo volver pronto o mi jefe se va a enojar.

―De acuerdo.

Barry se levantó del asiento.

―En todo caso, veré que puedo hacer con tu problema. Nos vemos.

―Adiós y gracias.

El sujeto se fue.

Miranda se quedó un rato más en el asiento, tenía la sensación de que las cosas iban a cambiar para mejor.


―Ya te digo, man, esa chica está que se cae de buena ―decía Raúl García a su compañero Paul Romney, mientras espiaban a un grupo de cadetes mujeres pasar la tarde en el lago dentro de la instalación de la academia.

―Y las otras no se quedan atrás ―comentó el otro chico.

―¿Ya viste? ¡Sandra Lasky está allá tomando el sol! ―dijo García con especial entusiasmo.

―¡Eres un degenerado, apenas tiene trece! ―reclamó Romney sonriendo con lujuria.

―¿Y qué? Ya está bastante bien hechecita ―dijo el chico observando detenidamente a Sandra, cuyo cuerpo no correspondía con el de una niña de esa edad, cortesía de sus genes Spartan.

―Los que van a quedar bien hechecitos, pero papilla, van a ser ustedes, par de degenerados ―dijo Cadmon Lasky a sus espaldas golpeando su puño derecho contra su palma izquierda―. Y más si siguen espiando a mi hermana.

Los otros dos voltearon a ver a Cadmon.

―¡Cadmon, solo estábamos bromeando, nosotros nunca le pondríamos una mano encima a tu hermana! ―las piernas le temblaban a García.

―No, claro que no. Ella se las arrancaría antes de poderla tocar. Y si no quieren que yo mismo se las arranque en este momento, váyanse.

―¡Si!

Los dos chicos salieron corriendo del lugar.

―Par de pervertidos ―se retiró del lugar a seguir vigilando.

Desde que Romney y García llegaron a la escuela, Cadmon se había convertido en el vigilante designado por las amigas de Sandra para evitar que ojos indecentes las espiaran cuando ellas iban a bañarse al lago, cosa que a Cadmon no le agradó mucho, pues él prefería estudiar o entrenar de vez de hacer eso. Se sentó en una roca a leer un libro. Estaba agarrando el ritmo nuevamente cuando unos pasos lo sacaron de concentración poniéndolo alerta; quizás García y Romney estaban de vuelta. Se escondió detrás de un árbol para saltarles encima cuando pasaran por ahí y darles una lección.

Los pasos se acercaban más y más, Cadmon se preparó. Cuando calculó que el sonido de los pasos estaba frente al árbol, saltó sobre ellos, pero para su mala suerte, en el aire reconoció al autor del sonido de las pisadas. No tuvo tiempo de reaccionar, cuando las dos manos del jefe maestro lo tenían suspendido en el aire y lo estrellaban contra el suelo.

―Tu emboscada no fue efectiva ―comentó John.

―¡Jefe, lo siento! ―se disculpó bastante asustado el adolescente.

―Aunque tu proceder fue el correcto; nunca debes confiarte de tu entorno ―John se puso de pie y le tendió la mano al hijo mayor del almirante Lasky.

―¿Qué hace por aquí, jefe?

―Lo mismo pregunto.

―Vigilo que nadie espíe a mi hermana y sus amigas.

―Ya veo.

―Jefe ¿puedo preguntarle algo?

―Si está dentro de mis posibilidades trataré de hacerlo.

―¿Usted tiene hijos?

La pregunta tomó por sorpresa al hombre; creyó que se trataría sobre el entrenamiento, o algo relacionado a la academia. ¿Qué debía responderle? No podía revelarle así como así su secreto, al menos no durante los próximos meses.

―¿Qué te hace preguntar eso? ―dijo sin modificar su gesto.

―Bueno... anoche, mientras conversábamos, usted me habló sobre disfrutar la vida y no desperdiciar mi juventud, lo que me pareció algo extraño viniendo de usted, ya que siempre se nos ha enseñado que los Spartan son fríos y carentes de sentimientos...

―Y te extraña que yo te haya hablado así.

―La verdad, si.

―Y crees que podría estar ocultando la existencia de un hijo... o quizás... una familia.

―Si ―no sabía por qué, pero comenzaba a arrepentirse de haber interrogado a su instructor.

John miró fijamente al chico, por su parte, Cadmon había comenzado a ponerse nervioso, jamás, desde que entró a la academia, el jefe maestro lo había visto fijamente. La mirada de ese hombre era tranquila, podría decirse que fría, tal como la de alguien que ha visto los más terribles horrores y ha sufrido lo indecible; alguien que ha ido al infierno y ha regresado; se puso nervioso, tal vez se había sobrepasado y el jefe estaba pensando en una manera de asesinarlo y hacerlo parecer un accidente, o algo peor. Pero contrario a lo que pensó, John le tendió la mano para que se levantara.

―Cuando despejes la incógnita, me lo dices ―el supersoldado comenzó a caminar hacia el interior del bosque. Cadmon sintió de repente que sus piernas se convertían en gelatina―. Solo te diré que sea cual sea el resultado, te sorprenderás ―se alejó perdiéndose entre la vegetación.

Una vez solo, el joven cayó sentado en el suelo, por un momento creyó que su vida terminaría en manos de aquel hombre, cuya mirada parecía la de un demonio.


La hora de salir de clases se acercaba, Miranda se estaba poniendo cada vez más nerviosa, seguramente ya le habían avisado a su madre de su altercado con el profesor en la mañana, lo que le añadiría días, quizás meses, a su castigo, y por si fuera poco, el cabreo de su madre subiría a un nivel que ella jamás había visto. Si con sus ocasionales rabietas podía llegar a temerle, no quería pensar en la que se armaría cuando llegara a su casa. Pero en alguna ocasión había escuchado que «al mal tiempo buena cara»; quizás era mejor enfrentar el problema lo antes posible para evitar que este creciera hasta ser insoportable.

Se levantó de la silla en la que había estado sentada todo el día y con más miedo que ganas emprendió su andar de regreso a su casa. Sabía sin dudarlo que el regaño futuro sería aún peor que el anterior.

Por su parte, Cortana estaba sentada en la sala de su casa a la espera de Miranda. Tenía que hablar muy seriamente con ella, es más, tenía que avisarle que su castigo sería aún más severo que antes. No le gustaba la idea de castigar a su hija, pero en vista de su reciente «rebeldía», era mejor cortar por lo sano; prefería mil veces parecer un ogro ante su retoño que verla en manos de ONI por culpa de su terquedad de buscar a su padre.

Los minutos pasaron y se convirtieron en horas, y de Miranda ni sus luces; Cortana pensó que tal vez la jovencita estaba retrasando su llegada para evitar el regaño, lo que en realidad tendría el efecto contrario, ya que su paciencia estaba llegando a su límite. Más tiempo transcurrió y la chiquilla no volvía. Finalmente Cortana decidió que saldría a buscarla para traerla de regreso. Tomó las llaves de su automóvil y abrió la puerta para salir, mas no tuvo que cruzar el umbral para encontrar a su hija, ella sola había regresado y estaba sentada en los escalones del corredor.

Hacía horas que Miranda había vuelto, pero no se había atrevido a entrar, le temía como nunca a su madre, por lo que contra su determinación inicial, había decidido sentarse en la entrada del corredor. Fue realmente una enorme sorpresa escuchar la puerta abrirse, pues aquello solo indicaba que su madre saldría para buscarla al notar que ella no volvía, lo que era lógico ¿qué chica decente de quince años pasa la noche en la calle? Pese al susto inicial, Miranda no volteó a mirar a su madre, no tenía cara para hacerlo.

Cortana desde el quicio de la puerta la observaba, esperando que la chiquilla volteara a verla, pero eso nunca sucedió, por lo que decidió acercarse a ella y hablarle primero.

―Miranda ―La chica no contestó, solo se quedó mirando hacia la calle, temía hablar―... Miranda ―pero la jovencita seguía sin contestar―... contéstame, Miranda ―la voz de Cortana sonaba severa, tal como Miranda la había escuchado en la mañana.

El sonido de los pasos de su madre llegó hasta sus oídos, entonces la joven supo que su progenitora se acercaba. Los pasos sonaban más cerca, hasta que se detuvieron a sus espaldas. Fue cuando ella se levantó y volteó a mirarla.

―Mamá...

¡Zas! el rostro de Miranda fue hecho a un lado; Cortana le había dado una bofetada, lo que nunca había sucedido, hasta ese momento.

―¡¿Tienes idea de lo preocupada que he estado toda la maldita tarde por tu culpa?! ―preguntó la mujer casi gritando, en ese momento Catherine y Kelly se presentaron en la entrada de la casa.

―Lo siento ―dijo la joven sobándose la mejilla; no tenía idea de que su madre golpeara tan fuerte.

―Miranda, ya no te reconozco ―la voz de Cortana temblaba; era evidente que estaba aguantando el llanto. Miranda bajó su mirada, no quería ver a los ojos a su madre―. ¿Qué hicimos para que esto se deteriorara tan pronto? ―le preguntó.

―Tal vez ocultarme la verdad sobre mi padre ―dijo la chica con una actitud que Cortana reconoció como rencor.

―Ya te dimos las razones para ocultarte eso.

―¡Pero no es suficiente! ―contraatacó.

―¡¿Entonces qué es lo que quieres?! ―casi gritó la madre.

―¡Quiero conocer a mi padre! ¿es que acaso no entiendes cómo me siento? ―dijo la chica al borde de las lágrimas.

―¿Y tú te has puesto a pensar en cómo me he sentido durante estos quince años? ―preguntó también la ex IA― Miranda, no eres la única que desea ver a tu padre. Todos estos años han sido muy difíciles sin él. He vivido con la incertidumbre de saber si está bien o no, si aún vive o no. Si no fuera por Kelly, que me ha dicho cada año que tu padre sigue con vida, me habría vuelto loca hace mucho tiempo.

―¿Y por qué no lo has ido a buscar si tanto lo necesitas?

Cortana cerró sus ojos a la vez que suspiraba con fuerza y levantaba el rostro hacia el cielo.

―Mira... no quiero seguir discutiendo, mejor entra a la casa, tu castigo se amplía desde este momento, y ya no irás sola a la escuela, yo misma te llevaré y te traeré, y si no puedo, Catherine lo hará. Ahora, entra y vete a tu cuarto, hoy no vas a cenar.

La adolescente dio un paso al frente, pero se detuvo, luego dio media vuelta y salió corriendo.

―¡Te odio! ―le gritó, segundos después desapareció entre las casas.

Las últimas dos palabras que Cortana escuchó eran las únicas dos que jamás deseó escuchar de su hija. Ya no soportando el nudo en su garganta, le dio rienda suelta a su llanto. En ese momento Catherine se acercó a ella y la abrazó.

―Tranquila ―le decía a la vez que le acariciaba la espalda.

―¿Qué nos ha pasado? ―preguntó Cortana apenas pudiendo articular sus palabras para que fueran entendibles.

―Debes tener en cuenta que es una adolescente, y como tal, es inestable emocionalmente ―trató de tranquilizar la joven doctora―. Ya se le pasará.

―Voy a buscarla ―dijo Kelly, luego salió corriendo en la misma dirección que su sobrina.

―¿Qué voy a hacer? ―se preguntó Cortana.

―Por el momento entremos a la casa y esperemos que Kelly la encuentre.

Las dos entraron.

Minutos después de haber salido corriendo de su casa, Miranda llegó a la de Barry, ya que, si se refugiaba en la de cualquiera de sus amigos, estos se verían obligados por sus padres para decirle de su presencia, en cambio, con Barry era menos probable que la encontraran.

Tocó el timbre de la casa. Algunos segundos después apareció Barry, vestido con pijama, parecía que estaba a punto de irse a la cama.

―Miranda ¿qué haces aquí? ―preguntó el hombre con sorpresa.

―Antes de contestarte déjame entrar ―sin esperar respuesta alguna, la chica se metió.

Una vez en el interior, ella se sentó en uno de los sofás de la sala.

―¿Ahora me dirás que sucede? ―preguntó nuevamente el hombre.

―Me peleé con mi mamá.

―¿Por qué? ―preguntó sorprendido.

―En parte yo tengo la culpa, no llegué a casa hasta hace poco y mi mamá estaba esperándome muy enojada; al principio traté de disculparme, pero ella me abofeteó, luego discutimos, yo le reclamé sobre su negativa de buscar a mi padre y, heme aquí.

―Ay, Miranda. No deberías discutir así con tu mamá. Ten en cuenta que ella se preocupa por ti.

―Pero es que...

―Es que nada. Ella te quiere, por eso es que se enojó contigo. Ven conmigo a la cocina para que te de algo de hielo, parece que tu mejilla se va a inflamar.

―Barry, si alguien viene a buscarme, por favor, dile que no me has visto.

―Oye ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

―Por favor ―miranda lo vio con sus ojos enrojecidos.

Barry la miró unos segundos, como pensando en qué debía hacer.

―Está bien, pero ya me debes dos.

―¿Dos?

―Bueno, te alegrará saber que conseguí hablar con mis conocidos en la aduana, y ellos aceptaron enviarte a la Tierra.

―¿De verdad? ―preguntó la chica un poco más repuesta.

―Si.

La puerta de la casa fue golpeada.

―¡Oh no! ―dijo alarmada la chica―. Debe ser alguien de mi casa.

―No te muevas de aquí, veré que puedo hacer.

Barry se dirigió a la puerta, abrió y se encontró frente a frente con Kelly, quien, al verlo, frunció el ceño con desagrado.

―Buenas noches ―saludó Barry, fingiendo no tener idea de nada.

―¿Está Miranda aquí? ―Kelly fue directamente al grano, quería estar el menor tiempo posible frente a ese hombre.

―¿Miranda? No, no la he visto hace días ¿por qué? ―preguntó Barry. Contra su voluntad, Kelly tuvo que explicarle el problema―. Pues no, no tengo idea, pero si llego a verla, enseguida les avisaré.

―Gracias ―dijo la Spartan y se fue.

Barry volvió a la cocina.

―Era Kelly, pero ya me encargué de ella.

―Entonces ¿me puedo quedar esta noche?

―Por su puesto... ah, por cierto ―se dirigió a la sala, tomó unos documentos y volvió a la cocina―. Me tomé la libertad de conseguir estos documentos; imaginé que al salir del planeta clandestinamente necesitarías documentos falsos.

Miranda tomó los papeles en sus manos.

―¿Cómo te podré agradecer esto?

―Solo encuentra a tu padre ¿de acuerdo?

―Pero...

―No hace falta que me agradezcas. Ahora debes dormir, te prometo que mañana todo será mejor.

―¿Dónde dormiré?

―Pues... solo está el sofá.

―Bien, no importa, dormiré en él.

Minutos después las luces fueron apagadas, Miranda vio hacia el enorme reloj de pared que Barry tenía en su sala, eran las once con cuarenta y tres minutos.


La puerta de la casa se abrió dándole el paso a Kelly, cuya expresión no era para nada prometedora.

―¿Qué pasó? ―preguntó Catherine.

―No la encontré.

Catherine suspiró fuerte, nunca esperó que Miranda fuera capaz de un berrinche así.

―Yo tengo la culpa de todo ―se reclamó Cortana con su voz desanimada.

―No, para nada ―corrigió Catherine―. Todas tenemos la culpa por lo que está pasando; si desde pequeña le hubiésemos revelado la verdad a Miranda, nada de esto habría pasado, pero en este momento eso es lo de menos, primero debemos preocuparnos por dónde está ella.

―Seguiré buscando toda la noche si es necesario ―comentó Kelly.

―Yo voy contigo ―dijo Cortana levantándose del sillón en el que estaba.

―Deberías relajarte, estás muy tensa y nerviosa ―le recomendó Catherine―. Yo iré con Kelly.

―No, yo ocasioné este problema y yo lo resolveré.

A pesar de las protestas, Cortana salió junto a Kelly, Catherine las acompañó. Las tres se repartieron el pueblo para buscarla durante toda la noche, pero no la encontraron.


La mañana llegaba nuevamente, Miranda despertaba después de haberse dormido casi a las cuatro de la madrugada, parecía que el insomnio se había convertido en algo común para ella las últimas noches, lo que sin duda, a cualquier persona común le habría afectado de sobremanera, pero no así a la chica, quien sólo necesitaba unas pocas horas para recargar sus pilas.

Se levantó del sofá y miró a todos lados, no reconocía el lugar, y estuvo confundida varios segundos más hasta que recordó que había pasado la noche en casa de Barry. La joven estiró sus brazos y piernas, se sentía entumida después de dormir encogida. Bostezó.

En ese mismo momento Barry bajaba de su habitación.

―Veo que ya despertaste ¿Cómo te sientes?

―No lo sé ―contestó la muchacha con algo de desgano.

―OK, en ese caso, prepárate para desayunar.

―De acuerdo ―se levantó, y al hacerlo, notó que aún vestía el uniforme de su escuela―. Creo que debo cambiarme.

―Definitivamente ―concordó Barry.

―Creo que deberé ir a mi casa para hacerlo.

―Si, creo que si. Pero primero come algo y ya luego vas.

El desayuno transcurrió tranquilo, no hubo intento alguno de Barry para saber más sobre el problema de Miranda, quien comía en silencio. Después de desayunar, la joven salió con su mochila directo hacia su casa, no quería, pero debía hacerlo.

Al llegar, notó que todo estaba muy callado, como si no hubiera nadie, lo que le extrañó, ya que a esa hora del día, todo era muy ruidoso. Tomó la perilla de la puerta y se extrañó al notar que no estaba asegurada. Entró notando inmediatamente que no había nadie; sin hacer ruido subió al segundo piso, donde con cuidado entró a su habitación. Ya adentro, abrió su armario y comenzó a vaciarlo para luego meter lo que pudo en una valija. Escribió algo en una hoja de papel y salió de la casa sin hacer ruido para volver a la casa de Barry.

Pocos minutos después volvieron Cortana, Catherine y Kelly, las tres desanimadas por no haber podido encontrar a la adolescente por ninguna parte.

―Es como si se la hubiera tragado la tierra ―comentó Catherine.

―Tal vez haya salido del pueblo ―argumentó Kelly.

―¿Pero a dónde? ―preguntó Cortana―. No tiene dinero, por lo que no creo que haya tomado un transporte público; las únicas dos posibilidades de eso es que se haya ido a pie o con algún conductor nocturno.

Mientras discutían las posibilidades, la puerta fue golpeada ligeramente. Cortana y las otras dos mujeres voltearon a ver de inmediato, pensando que tal vez Miranda había vuelto; las tres se aprontaron a abrir la puerta, mas no era Miranda quien había tocado.

―¿Cortana? ―dijo Sarah Lasky con enorme sorpresa al ver a quien creía muerta hacía quince años.


El hecho de que Serin Osman escapara de su confinamiento en el hospital psiquiátrico era problemático para John, quien desde que se enteró no había dejado de pensar en ello. Sin embargo, se tranquilizaba al saber que Kelly estaba con su familia, y además, no creía que la ex almirante fuera tan tonta como para atacar a Cortana tan pronto; seguramente se prepararía físicamente, pues ya en el pasado su mujer le había vencido en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Pese a eso, seguía sintiéndose intranquilo, pues sabía de sobra que no solo Serin era un peligro para su familia, sino la mismísima UNSC, y estaba seguro que más de un oficial sospechaba que el encubrimiento de Kelly era una farsa.

Miró hacia el horizonte, presentía que se venían tiempos difíciles, y él debía estar preparado, sobre todo, debía estar preparado para conocer a su hija y cualquiera de las posibles reacciones que podría tener.

De su ropa sacó la vieja fotografía de su hija cuando tenía dos años, la miró unos instantes y volvió a mirar hacia el horizonte; si Serin se atrevía a lastimarla a ella o a Cortana, no tendría reparo en convertirse en el monstruo despiadado que todo el mundo creía que era. Guardó la imagen, sus cadetes se acercaban para iniciar el entrenamiento de ese día.


―¡Me lleva el diablo! ―dijo Catherine al ver al matrimonio Lasky frente a ella, su hermana y Kelly.

―¿Qué es lo que está sucediendo? ―preguntó extremadamente confundida Sarah.

―¡Puedo explicarlo! ―atajó Catherine.

―Espero que puedas ―dijo Thomas, su expresión parecía tan sorprendida como la de las mujeres.

Minutos después, todos estaban sentados en la sala. Para Cortana aquello era lo peor que podía haberles sucedido después de la desaparición de Miranda; si ya todo era malo, con aquella repentina visita se había puesto peor, y encima tenía que atenderlos.

―Entonces ¿nos explicarán por qué nos mintieron? ―Sarah estaba seria, y algo molesta.

―Creo que eso no necesita explicación ―espetó Cortana, quien no tenía humor de discutir aquello sabiendo que su hija podría estar en cualquier parte de Minister en ese momento.

―Concuerdo con Cortana ―secundó Kelly.

―Lo que considero que sí necesita explicación es el por qué está usted aquí ―comentó Thomas a la veterana Spartan.

―Bueno, considerando que ya no tiene caso mentir, le diré ―la mujer se aclaró la garganta―. Vine al cumpleaños de Miranda.

―¿Miranda? ―preguntó Sarah.

―Mi hija ―contestó Cortana antes que Kelly diera esa información―, quien en este momento está perdida.

―¿Qué? ―dijo el matrimonio al mismo tiempo.

―¿Cómo que perdida? ―Sarah miró a Cortana.

―Anoche huyó de aquí después de discutir conmigo ―los ojos de Cortana comenzaron a llenarse de lágrimas―. La buscamos toda la noche, pero no encontramos rastro de ella.

―¡Pero es una niña! ―expresó Sarah.

―Y también hija de un Spartan ―completó Catherine―. Además, Kelly le ha enseñado muchas cosas, y por si fuera poco, es propensa a meterse en problemas.

―¿Qué piensan hacer? ―preguntó Thomas.

―Tenemos que encontrarla lo más pronto posible; si no lo hacemos, estoy segura que abandonará el planeta a la menor oportunidad que encuentre.

―¿Por qué lo dices? ―preguntó Thomas.

―Hace unos días le revelamos parte del secreto que hemos estado guardando todos estos años, desde entonces ha estado obsesionada con conocer a su padre, por eso es que discutimos anoche; no quiero que se involucre en una búsqueda que podría traerle más problemas que soluciones, especialmente quiero evitar que se tope con ONI.

―Pero ella tiene derecho a saber sobre su padre ―comentó Sarah.

―Lo sabemos, pero quiero recordarles que fue gracias a ustedes que todo esto está pasando ―intervino Catherine.

Ninguno del matrimonio podía protestar, ellos eran conscientes de que su participación en el incidente de hacía quince años había provocado la separación de John y Cortana.

―En ese caso, les ayudaremos a buscarla ―ofreció Thomas―. Puedo ordenar a las fuerzas navales de este planeta la búsqueda de tu hija.

―No, no quiero que UNSC se involucre en algo que es meramente familiar, ya he visto la eficiencia de UNSC en el pasado y no quiero arriesgarme a un nuevo juicio, esta vez por fingir mi propia muerte y la de mi hija ―para Cortana era mejor cortar por lo sano con ese asunto.

―Entonces ¿qué piensas hacer? ―preguntó Sarah.

―Buscarla personalmente, no tengo otra opción.

―¿Tienen alguna fotografía reciente de ella? Podemos ayudarlas a encontrarla.

Por raro que a Cortana la pareciera, sentía que podía confiar en esos dos.

―Si, ya vuelvo ―dijo Catherine, enseguida subió al segundo piso para entrar en la habitación de Miranda. Poco después volvió con la fotografía en una mano―. La foto aquí está, pero tengo malas noticias ―todos la vieron expectantes― Parece que Miranda estuvo aquí esta mañana; su armario está casi vacío y su valija no está, creo que se va del planeta ―levantó su mano derecha, en donde tenía la hoja de papel con la nota que Miranda había escrito poco tiempo antes de partir.

Me voy de Minister, no quiero que me sigan. Voy a buscar a mi papá y ninguna de ustedes me lo va a impedir.

―Esa niña es demasiado testaruda ―comentó Kelly.

―Tal como su padre ―completó Catherine.

―No puedo dejar que se vaya así como así ―dijo Cortana.

―Entonces vamos al puerto espacial, tal vez podamos detenerla ―ofreció Sarah.


El vehículo que Barry conducía era la peor chatarra en la que Miranda se había subido en su vida, especialmente porque la peste del humo le inundaba las fosas nasales y le hacía querer salir de allí lo antes posible.

―Oye, Barry ¿sabías que existen los mecánicos desde hace más de 500 años? ―preguntó Miranda tapándose la nariz.

El aludido se rió ante el comentario de su pasajera.

―Lo siento, el sueldo no me alcanza para llevarlo a reparar.

―En ese caso tíralo a la basura y cómprate una bicicleta, es más ecológico.

―Lo tendría en cuenta si no fuera porque perdería la oportunidad de ayudar a bellezas como tú.

Miranda se sonrojó ante el comentario de Barry.

Poco tiempo después llegaban a lo que Miranda inmediatamente identificó como un puerto espacial.

―¿Es aquí? ―preguntó la adolescente.

―Supongo que sí; el letrero allí dice que lo es ―detuvo el vehículo y salió de él, Miranda lo siguió segundos después, en su mano derecha llevaba su valija.

Después de pasar por varias salas de espera, y almacenes, Barry y Miranda llegaron a donde estaba un grupo de diez personas, ocho hombres y dos mujeres, según pudo contar la adolescente, y todos parecían malhechores.

―Buenos días ―saludó Barry. Los diez en el lugar lo miraron.

―Ya era hora que llegaras, estamos a punto de irnos ―señaló uno de ellos con cara de pocos amigos.

―Bien, pues... ella es la pasajera de este viaje.

―¿Ella? ―dijo una de las mujeres mientras veía a Miranda de pies a cabeza―. No está mal; me gusta ―Miranda notó cierto tono de lujuria en la voz de aquella mujer―. Soy Lucía, puedes llamarme Lucy. Esos de allí son Marco, Peter, Joe, Larry, el doctor, Chung y su hermano Li-Xue, Tango y Marina, nuestra capitana. Por cierto, espero que te gusten las mujeres, ya puedes imaginarte por qué ―le guiñó un ojo.

Por primera vez desde que había huido, Miranda sintió que era el momento de arrepentirse y volver a las faldas de su madre, aunque esta la regañara y castigara por el resto de su vida, mas la determinación de encontrar a su padre fue más fuerte y decidió seguir adelante.

―Bien, ya basta de presentaciones, abordemos y larguémonos de este lugar, tenemos mercancía que entregar ―dijo la capitana. Todos comenzaron a moverse.

―Bueno, Miranda, hasta aquí llego ―dijo Barry―. Buena suerte.

―Gracias ―lo abrazó.

―Cuando llegues allá te recomiendo que busques una oficina de reclutamiento y te enlistes lo más pronto que puedas.

―Lo tendré en cuenta.

―Es tu única opción, ahora aborda, o esta gente te dejará atrás.

Miranda corrió al interior de la nave, cuyo aspecto le insinuó muchos años de servicio, aunque ella no sabía nada de naves espaciales.

Las compuertas se cerraron.

―Ahora, lindura, toma asiento si no quieres quebrarte un hueso, porque esta chatarra se sacude en serio cuando asciende ―dijo Chung con claro acento asiático.

Miranda buscó un asiento sin ocupar para asegurarse.

Un tono se escuchó en la cabina...

Buen día señoritas ―voces de protesta de parte de los hombres―... estamos por dejar Minister, ajusten sus cinturones, preparen sus bolsas para vómito y récenle al dios en el que crean, porque vamos a ascender a velocidad de escape ―la comunicación cesó.

Miranda estaba más nerviosa que en toda su vida, jamás había viajado en un aparato volador, mucho menos en una nave espacial, y aún menos en una tan deteriorada como esa.

En la cabina del piloto, la capitana hablaba con la torre de control.

―Torre de control, aquí chatarra tres cinco nueve, solicitamos permiso para despegar.

Chatarra tres cinco nueve, tiene permiso para despegar, buen viaje.

―Gracias, torre de control.

La nave despegó y pronto se remontó en el cielo, alcanzando la velocidad de escape en menos de cinco minutos. En diez minutos había salido al espacio exterior, y otros diez minutos después, un portal desliespacial se abría ante ellos.

―Bien, muchachos, desabrochen sus cinturones y preparémonos para la criogenización ―ordenó la capitana.

Lucy se acercó a Miranda, cuyo estómago aún no se recuperaba de la velocidad.

―¿Primera vez que viajas en el espacio, lindura? ―la mujer sonreía con sorna. Miranda asintió―. Ya te acostumbrarás. Ahora, sígueme, no puedes quedarte allí durante el viaje en el desliespacio.

Miranda se levantó de su asiento y siguió a Lucy.

―¿Cuánto tardaremos en llegar a la Tierra? ―preguntó.

―¿En esta cafetera? Mmh... dos meses.

―¿Dos meses? ―la chica nunca pensó que el viaje tardaría tanto.

―Si... ya te habrás dado cuenta que este armatoste no es precisamente la mejor nave.

―Bueno... si.

Llegaron a las cámaras criogénicas.

―En fin, entra allí y tranquilízate ―Lucy sacó una jeringa. Miranda se puso nerviosa, y la mujer se dio cuenta―. Tranquila, es citopretalina, te ayudará a soportar el viaje ―acto seguido le inyectó la sustancia.

La compuerta de la cámara se cerró lentamente, y cuando estuvo cerrada, el proceso de congelación comenzó, Miranda sintió cómo el frío la rodeaba progresivamente, sintió miedo, pero ya estaba allí y no podía regresar. Pronto quedó rodeada por el hielo y sus funciones se detuvieron casi por completo sumiéndola en la aparente muerte de la congelación.


Cuando el grupo de Cortana llegó al puerto espacial, la nave ya había despegado hacía media hora, pero ante la ignorancia de ese hecho, comenzaron a recorrer el lugar preguntando a la gente si habían visto a la chica de la fotografía que les mostraban, recibiendo respuestas negativas en cada intento. El mismo resultado se repitió hasta que se toparon con un trabajador de la limpieza, quien les dijo que la chica había abordado una nave de carga hacía casi una hora.

―No puede ser ―dijo Cortana al borde de las lágrimas.

―Esa niña testaruda se salió con la suya ―comentó Catherine―. ¿Ahora que haremos?

―Tengo una idea ―dijo Kelly. Todos voltearon a mirarla― Miranda se dirige a la Tierra, es mejor que alertemos a John de esto; no podremos protegerla desde aquí, pero cuando Miranda llegue allá, John podrá protegerla.

―Pero... ―trató de objetar Cortana, pero pensó bien lo dicho por Kelly―. Está bien. ¿pero cómo nos comunicamos con él?

―Yo puedo arreglar eso ―intervino Thomas―. Dos de nuestros hijos estudian en el lugar donde el jefe se encuentra, puedo solicitar su presencia y prevenirlo.

―¿Qué seguridad tenemos de que le autoricen a John presentarse? ―preguntó Cortana.

―Total. Soy almirante, Cortana; nadie en ese lugar tiene mayor autoridad que yo ―afirmó Thomas.

―Solo necesitamos una terminal desde donde comunicarnos ―espetó Sarah.

―En casa tenemos todo lo necesario ―informó Catherine.

―Vamos allá enseguida ―dijo Cortana mientras empezaba a caminar rápidamente. Frente a su coche se detuvo, miró a Kelly―. Por favor, conduce tú, yo no me siento en condiciones de hacerlo.

―Todo va a salir bien, Cortana. Ya verás que John sabrá cuidar de ella.

―Temo que Miranda se desilusione cuando lo conozca.

―Yo creo todo lo contrario ―Kelly sonrió.

Una vez estuvieron en la casa, Cortana guió al matrimonio Lasky al sótano, donde tenían todo el equipo necesario para llevar a cabo la comunicación que debían hacer; le cedió el lugar al almirante.

Thomas inició el proceso de comunicación con UNSC, Pero no lo logró.

―No lo entiendo, el proceso debería ser muy simple.

Catherine se acercó.

―Perdón, se me olvidó mencionarles que bloqueé esa característica... ya saben, la seguridad ante todo ―tecleó algo―. A ver, prueba de nuevo.

Thomas repitió el proceso, lo logró.

―Bien, ahora llamaremos a la Tierra, aunque esto tardará un poco y no podremos comunicarnos en tiempo real, por lo que es mejor grabar un mensaje y enviarlo codificado para que solo el jefe lo reciba.

―De acuerdo ―dijo Cortana―. Yo lo haré.


...el paquete está en la nave; tardará un poco en llegar, pero es seguro que lo hará. Y ya que estoy informando eso, creo que mi servicio se merece una recompensa ―dijo la imagen sonriente de Barry Black―. Ya sabe, uno tiene necesidades. Por lo que, después de esto, considero que entregarme a la chiquilla será la mejor recompensa.

Serin cerró el vídeo, miró a su lado por la ventana de su habitación. Quizás una visita a Minister sería buena idea.


John y su grupo de cadetes volvían a la base después de haber pasado todo el día en prácticas de combate, la mayoría de ellos con manchas de pintura en sus uniformes; azul o rojo era lo único que podía distinguirse en algunos de ellos, los únicos sin una sola mancha eran Cadmon y Sandra, los mejores del grupo y los más perfectos candidatos para el proyecto Spartan.

―¡Ganamos, ganamos, ganamos! ―gritaba Sandra al lado de su hermano.

El rostro de Cadmon era de hastío al haber tenido que soportar a su hermana todo el día en su equipo y se preguntaba por qué el jefe había decidido ponerlos juntos en primer lugar.

Miró al supersoldado al frente del grupo, se admiró por el porte de ese hombre, su forma de andar era la de alguien con infinidad de batallas a sus espaldas, un verdadero guerrero; la fuerza de su caminar era inequívocamente orgullosa, desafiante, capaz de retar a cualquiera; definitivamente admiraba a ese hombre, y lo consideraba como su segundo padre, pero lo asaltaba la duda sobre lo comentado días antes, cuando le preguntó sin rodeos si tenía algún hijo perdido; se preguntaba si alguna vez el jefe habría sabido lo que era una familia.

Las puertas de los dormitorios de la academia estaban cerca, muchos de los compañeros de Cadmon lanzaron suspiros y expresiones de alivio, por fin tendrían oportunidad de ducharse, comer y descansar. El adolescente sonrió, sus compañeros a veces pecaban de perezosos. Miró hacia atrás, al final del grupo, el instructor Ramos procuraba que los cadetes más rezagados llegaran a los dormitorios, lo que no era una tarea muy difícil, puesto que lo mas anhelado por los muchachos era precisamente eso, llegar a los dormitorios, a excepción de Márquez, ese chico era un problema, ciertamente a Cadmon no le caía bien, es más, creía que a nadie de su equipo le caía bien.

Un warthog se aproximaba rápidamente hasta donde ellos se encontraban, al llegar, un soldado bajó del vehículo y se acercó al jefe maestro, hizo el saludo correspondiente y le entregó una nota, se puso en posición de descanso. Observó al Spartan leer la nota, levantar la mirada, decirle algo al soldado y correr al warthog para luego sacar al conductor de él y retirarse inmediatamente, Cadmon temió que algo relacionado con los insurrectos estuviera pasando cerca de allí.


John llegó rápidamente a su oficina, la nota venía directamente del almirante Lasky, por lo que temía lo peor. Abrió el documento, era un archivo de vídeo y varios adjuntos.

John...

Los ojos del hombre se abrieron con enorme sorpresa al ver a Cortana.

...no sé como iniciar; esto es tan raro para mi como lo puede ser para ti. Y aunque conozco el peligro de esto, necesito que escuches atentamente lo que tengo que decirte...

La observó, cada parte de su rostro era tal como lo recordaba: su cabello, su nariz, sus ojos... sus labios. Ciertamente había envejecido, pero no de la manera en que las demás mujeres lo hacían, no parecía tener más de treinta, cuando en términos humanos debería tener alrededor de cuarenta; estaba más bella que nunca, pero en su mirada podía notar que algo le agobiaba.

Como ya sabes, tengo ―calló para corregirse―... tenemos una hija, su nombre es Miranda, pero eso ya debes saberlo por parte de Kelly ―John se preguntó qué tenía que ver Miranda con aquello ¿algo le habría pasado?―. En todo caso, esto se trata de ella.

John, Miranda sabe de ti, y esta mañana ha partido hacia la Tierra con la convicción de encontrarte y hacerte volver a Minister ―volvió a guardar silencio―; te juro que intenté detenerla, pero anoche ella y yo discutimos; escapó de nuestra casa y esta mañana descubrimos que vació su armario y salió de Minister aprovechando que no estábamos al pasar toda la noche buscándola.

John, te suplico que la encuentres y la cuides; desgraciadamente no sabemos cuánto tiempo tardará en llegar a la Tierra, pero de lo que sí estamos seguros es que se fue en una nave de carga y que tratará de enlistarse en UNSC, quizás bajo una identidad falsa; hace dos días Catherine la descubrió tratando de falsificar documentos, por lo que es nuestra mejor conjetura.

Adjunto a este mensaje te envío la foto más reciente de nuestra hija.

Algo más... ella no sabe que eres un Spartan ni tu rango, así que te pido no le reveles eso, al menos durante un tiempo, quiero protegerla de UNSC lo más que pueda... lo más que tú puedas.

Por otro lado, no te preocupes por nosotras, Catherine y yo hemos vivido bien, no nos hace falta nada y pese a lo grave que pueda parecer que este mensaje te llegue de parte de Thomas Lasky, no hay problema con él. Y ha sido grato, dentro de lo malos que han sido estos días, saber que Sarah Palmer me hizo caso y unió su vida con él y me sorprendió saber que tienen seis hijos, y no pude evitar imaginarme si no nos hubiésemos tenido que separar, ¿cuántos hijos tendríamos ya?

En fin, no quiería terminar este mensaje con pesar, aunque esta sea una crisis, así que, espero que estés bien, y me gustaría verte. Y por favor, cuida de nuestra hija, estoy segura de que le agradarás y ella te agradará.

Por cierto, Miranda tiene la mala costumbre de meterse en problemas de peleas a menudo, así que te pido, la calmes cuando alguien la provoque, porque no tienes idea de lo hábil que es con los puños y las piernas.

Otra cosa más, ya que estamos en un canal seguro, me gustaría verte nuevamente, aunque sea por este medio y hablar sobre lo que ha pasado con nuestras vidas los últimos quince años. Y me gustaría aún más que volvieras con nosotras y viviéramos nuevamente bajo el mismo techo. Pero al menos me conformaré con alguna foto tuya. Quisiera ver lo viejo que te has puesto ―Cortana sonrió―.

Por último quiero decir que te amo, y espero algún día estemos nuevamente juntos.

Las últimas palabras de Cortana le removieron el corazón como hacía mucho nada lo hacía, sintió, por primera vez, después de quince años, que algo bueno estaba por pasarle. Se apresuró a abrir el archivo adjunto donde estaba la imagen de su hija; al abrir el archivo, no solo estaba su hija, sino también Cortana, una chica a la que reconoció como Catherine y Kelly, todas ellas sonriendo, cada una con un pedazo de pastel en sus manos, menos Catherine, cuyos cachetes estaban inflados al haberse llevado toda la rebanada del postre a la boca. Sonrió levemente.

Observó el rostro de Miranda, al mirarla no pudo evitar que sus ojos se humedecieran, había querido saber cómo era su hija solo una semana atrás, y en ese momento se le daba la oportunidad de saberlo. También notó lo parecidas que eran ella y Cortana, la misma sonrisa, los mismos ojos azul intenso, el cabello negro, aunque Miranda lo usaba un poco más largo; casi la misma estatura, aunque por la edad de su hija, consideró que en unos años sería más alta que su madre. Ciertamente Miranda no parecía una chica de quince años; se veía mucho más desarrollada, lo que era lógico al tener ella todas las características de un Spartan en sus genes. Pero sobre todo, era hermosa como Cortana.

Observó más detenidamente a Cortana, sin duda, su mujer se había sabido conservar, la notó más bella que antes, y sobre todo, notó que su sonrisa seguía tan llena de luz como siempre. En ese momento, John sintió la enorme necesidad, mayor que nunca, de estar junto a su familia. Pero su hija iba en camino a encontrarse con él. Sin duda, aquello era más de lo que había esperado.

Reparó en el pedido que Cortana le hizo de al menos recibir una foto suya, a lo que habría estado muy dispuesto si no estuvieran en esa situación. Además, él no era alguien que se tomara fotos a menudo y no tenía cámara alguna con la cual sacarse una imagen. Y aunque lo hiciera, era mejor mantener el silencio, no quería arriesgarse a que su mensaje fuera interceptado, aunque estuviera encriptado en un canal seguro. Por otra parte, el aumento de tráfico entre él y Lasky levantaría sospechas. Simplemente, y aunque le doliera admitirlo, tendría que negarle ese «alivio» a Cortana.

A pesar de aquello, se levantó de su asiento con una sonrisa en los labios, había visto a su familia y conocido el rostro de su hija, quien en ese momento viajaba hacia él ¿qué mas podía pedir? Ah, si, estar nuevamente con Cortana, abrazarla, besarla y hacerle el amor.


En el comedor había una completa algarabía, el equipo del jefe maestro celebraba su «buen desempeño» de la mañana, en la cual, casi todos fueron masacrados por las balas con pintura; los otros grupos los observaban, la mayoría de ellos con cierta envidia, pues no habían sido seleccionados por el supersoldado para formar parte de ese selecto y mixto grupo de cadetes, pues en él había cadetes desde el grado más bajo hasta el más alto, lo que constituía una formación bastante irregular y peculiar. El más joven de los cadetes en el equipo de los «superhombres», como los demás los llamaban despectivamente, tenía trece años, y era precisamente Sandra Lasky; el mayor era Márquez con diecinueve, el más inútil de todos, que, si no fuera por las influencias de su padre, el almirante José Márquez, no estaría allí, pues era bien sabido por todos el poco entusiasmo que ese chico le ponía a todo; aunque corrían rumores de que el jefe maestro estaba por expulsarlo.

En ese momento John entró al comedor, todo quedó en silencio y cada uno de los cadetes y soldados presentes se puso de pie para presentar sus respetos al famoso héroe. John era incluso más respetado que el cuerpo directivo de la academia, lo que le confería, al menos de manera extraoficial, más autoridad.

―Descansen ―dijo John. Al instante todos los presentes regresaron a sus lugares. Recordó el primer día que llegó a esa pequeña academia perdida en la Selva Negra alemana; nadie en ese lugar tenía entusiasmo en lo que hacía, por algo había sido conocida como la peor academia militar de UNSC. Para buena suerte de ese lugar, había llegado él y la convirtió en una de las mejores, aunque seguía siendo una de las más pequeñas.

Se acercó a la cocina y tomó una charola en la cual comenzó a servirse su alimento. Los cocineros notaron la leve curvatura en los labios del jefe, lo que los sorprendió de sobremanera, pues en todos sus años de servicio nunca lo habían visto sonreír; debía haberle pasado algo realmente bueno, quizás, exageradamente bueno para que estuviera tan ¿radiante?

Una vez con su cena en la charola, John se dirigió hasta su grupo de cadetes, quienes de inmediato abrieron espacio para que su instructor se sentara, como hacía cada día, después de todo, y pese a lo extraño que pudiera parecerle a los demás, había inculcado en sus cadetes que su unidad era una familia y como tal, es que todos desayunaban, comían y cenaban juntos.

Todos al instante notaron la inusual expresión en John, lo que les hizo pensar que tal vez no recibirían un regaño de parte del hombre.

―¿Por qué tan sonriente jefe? ―preguntó Sandra, haciendo gala de su extroversión.

―Por un motivo muy diferente a su deficiente desempeño de hoy ―respondió con sus ojos fijos en ella, y sin dejar de sonreír.

Todos los cadetes se desilusionaron a ser reprendidos de esa forma por el jefe maestro.


Dos meses en el espacio, congelada y sin nadie conocido alrededor que le tendiera la mano, era para Miranda algo que no habría creído posible precisamente dos meses atrás. Pero allí estaba, en una nave a punto de desarmarse, con una tripulación de lo más vulgar, con una mujer que trataba de seducirla y con un mareo como nunca había sentido, de hecho, era el primer mareo que sentía en muchos años, eso sin olvidar las terribles nauseas que no se le habían quitado desde que despertó, aunque no vomitó como la mayoría de los integrantes de la tripulación de la chatarra voladora.

―Disculpen ¿cómo se llama esta nave? ―preguntó Miranda a cualquiera que estuviera dispuesto a contestarle, ya que se encontraban en lo que, a su parecer, era el comedor.

―Chatarra tres cinco nueve ―contestó la capitana.

Miranda la miró con más detenimiento, la mujer vestía como lo haría cualquier capitán de una nave en ese estado: informal; solo una playera color lavanda con motivos de un famoso grupo de rock, un pantalón estilo militar y tenis, su cabello era corto casi a rape, con excepción del copete en el lado izquierdo, que le tapaba la mitad del rostro, lo que le hizo pensar que quizás escondía alguna herida o la pérdida del ojo de ese lado, tal como su tía Kelly lo hacía con sus cicatrices. La capitana se percató de tanta observación y alzó su cabello destapando la parte escondida de su cara, lo que le revelo a Miranda que nada de lo pensado era cierto; la piel y ojo de la capitana no tenía ninguna señal de haber sido heridos alguna vez.

―¿Te sorprende que el rostro de la capitana está tan sano? ―preguntó Lucy.

―Si ―contestó Miranda apenada por haber sido descubierta.

―A todos nos pasó alguna vez ―habló nuevamente la mujer como si fuera cualquier cosa.

―Es mi carta de presentación ―dijo la capitana―. Impresiona a los que me ven y aleja la mayoría de las veces a los asaltantes.

Diez minutos para entrar en la órbita de la Tierra ―se escuchó en los altavoces del comedor.

―Muy bien, señoritas, se acabó la hora de la comida.

Todos, incluyendo a Miranda corrieron a sentarse en sus lugares y abrocharse sus cinturones; la capitana corrió hacia la cabina de mando.

Al cabo de los diez minutos, el ruido ensordecedor de la reentrada invadió los oídos de Miranda; todo empezó a estremecerse y el metal a chirriar como si estuviera a punto de desprenderse.

―¿Asustada? ―preguntó Lucy a Miranda.

―Bastante ―contestó la muchacha, aferrándose con todas sus fuerzas a los posabrazos de su asiento.

―No te preocupes, la capitana es muy buena piloto; no hay de qué preocuparse ―luego le puso una mano en la pierna derecha y comenzó a frotársela cada vez más cerca del pubis.

―¿Qué haces? ―preguntó la adolescente sorprendida ante la acción de la otra mujer.

―Solo intento calmarte ―dijo Lucy con voz seductora.

―Oye, no deberías hacer esto, es peligroso ―objetó la chica.

―Tranquila, todo está bien ―metió su mano entre las piernas de la muchacha para acariciarla más íntimamente.

El sonido de un puñetazo se escuchó a pesar del ruido del plasma supercalentado; Lucy quedó inconsciente y Miranda con su puño derecho enrojecido y expresión de indignación más que evidente.

Al aterrizar en el puerto espacial, Miranda bajó antes que todos con su valija a un lado y cara de enojo, ni siquiera se dignó en dar las gracias por el transporte.

―Lucy se pasó esta vez ―dijo Choi a su capitana.

―Bueno, al menos no terminó en una orgía, como la vez anterior ―espetó la mujer sonriendo.


Después de haber entrado clandestinamente, la terminal del puerto espacial le pareció enorme a Miranda, y la cantidad de personas que transitaban no se quedaba atrás, se notaba que los viajes fuera del planeta eran muy demandados, lo que explicaba lo lujoso de las naves de pasajeros, pues, con las ganancias que debían obtener, les habría de alcanzar para todo eso y más.

Pensando en dinero, la chica recordó que llevaba muy poco en su bolsillo, lo que a la vez la llevó a pensar en cómo haría para conseguir transporte, y más importante ¿cómo haría para encontrar una oficina de reclutamiento?

Deambuló por la terminal durante varios minutos en busca de algún taxi que le cobrara barato, lo que fue imposible, así que su mejor opción fue caminar, lo que a final de cuentas le ahorraría el poco dinero disponible.

Caminó durante horas, la noche estaba por caer y ella comenzaba a pensar que jamás encontraría una oficina de reclutamiento. Además, la ciudad a la que había llegado ni siquiera sabía cómo se llamaba y era realmente enorme, sin comparación con Rose Valley, lo que sí supo es que casi toda la gente allí era asiática, lo que le llevó a pensar que estaría en algún país de esa zona de la Tierra, el problema era saber dónde exactamente.

Se acercó a un grupo de jóvenes que la miraron extraño.

―Disculpen ―dijo, ignorando si podrían entenderla. Los chicos la miraron―. ¿Hay alguna oficina de reclutamiento de UNSC cerca de aquí? ―Unos de ellos levantó su mano y señaló a su izquierda, Miranda volvió su rostro hacia la dirección indicada y la vio―. Gracias... por cierto ¿qué país es este?

Los chicos la vieron con expresión rara.

―China ―dijo el mismo de antes con acento característico.

―Gracias.

Luego se alejó.

―Que chica más rara ―comentó otro en chino.

Miranda entró en la oficina, percatándose que todo estaba tranquilo, parecía que no habían tenido actividad en todo el día, lo que les había llevado por inercia a holgazanear.

―Buenas noches ―saludó Miranda. Todos en el lugar la miraron―. Vengo a enlistarme.

―¿De verdad? ―preguntó uno de los presentes, como si aquello fuera algo sin importancia.

―Pasa por acá ―dijo otro de los funcionarios mirando de mala gana al anterior.

Miranda de inmediato se movió. Al cabo de unos minutos su trámite estaba listo, gracias a los documentos falsos que Barry le había conseguido. Lo único verdadero en esos papeles era su nombre.

―Bienvenida a UNSC soldado ―el sujeto, un oficial de la armada, le tendió la mano.

―Gracias, señor... eh... ¿hay un lugar donde pueda quedarme? Acabo de llegar a la ciudad y no tengo suficiente dinero para hospedarme en un hotel.

―Hay un albergue a dos calles de aquí, puedes quedarte allí esta noche. Pero debes venir mañana a las ocho para enviarte al campo de entrenamiento.

―De acuerdo, gracias y buenas noches ―salió de allí.

Poco después llegó al albergue, aunque le costó reconocerlo, pues no le era posible leer aquellos símbolos extraños con los que los anuncios estaban rotulados.

Finalmente, cuando estuvo acostada en una cama, la emoción invadió su mente; por fin estaba en la Tierra, lo que le haría más fácil encontrar a su padre perdido. Con ese pensamiento se quedó dormida. Una sonrisa se dibujó en sus labios.