- Te digo que como vuelvas a abrir la boca en pociones comerás mierda de hipogrifo hasta que te mueras – amenazaba Finnegan a Ron — ¡oh! Hola Hermione, hola Ginny.
- Hola Seamus – saludaron al unísono las leonas.
- No te preocupes – lo tranquilizó Hermione – solo tenemos que esforzarnos un poco más. No son tantos puntos.
Seamus se preguntó cuántos puntos serían demasiados para que Hermione empezara a preocuparse.
- Además, Malfoy ya no es el buscador de Slytherin, eso hará que tengamos ventaja. – añadió Ginny recordándoles a todos que el quiddtch era un gran ingreso de puntos.
- Ese es el espíritu – dijo Harry sentándose – por suerte hoy no tenemos pociones… aunque si defensa contra las artes oscuras…
Harry miró a la mesa de profesores, Snape estaba atiborrándose de galletas con chocolate, mientras que Malfoy meneaba el contenido de su taza distraído, mirándole… ¿A él? No, a la persona que tenía enfrente…A Hermione. Pareció notar que lo observaba, pues dio un respingo y fingió bostezar mientras se centraba como un rayo láser en las magdalenas que tenía frente a él. El chico que venció sonrió para sus adentros. Malfoy se comportaba casi como una persona normal, tal vez podrían relajarse un poco.
- Minerva – llamó Sprout – este fin de semana sembraré algas en el invernadero nueve. Necesitaré voluntarios.
Mcgonagall entendió perfectamente, así que dejó que el plan de la profesora de herbología se llevara a cabo. Se giró para ver al joven Malfoy.
- Profesor Malfoy – Draco la miró – Pomona plantará algas este fin de semana. – el chico la miró sin entender, así que la directora añadió – No olvides llevar traje de baño.
- Si señora. – se resignó Draco, aquel curso iba a ser muy largo.
Le consoló acordarse de que solo tendría clase con los de primer año. Serían más dóciles que los alumnos de cursos superiores, y de seguro que ponían menos caras de asco que los demás. Aunque no sabía a ciencia cierta si estaba preparado para las explosiones de calderos que eso significaba.
Los gryffindor estaban llegando al invernadero 4 cuando divisaron a la profesora Sprout. Quien les saludaba animadamente. Durante la primera clase les explicó las nuevas normas de los invernaderos y todos los conocimientos que iban a asimilar ese año.
- Lo que me recuerda que este fin semana vamos a plantar algas que usaran los alumnos de primero y segundo en pociones. Y necesito voluntarios.
- Yo me apunto – dijo Neville sin pensarlo.
- En eso caso nosotros también – levantaron Harry y Ron la mano.
- Supongo que cederé por presión – dijo Hermione al ver que sus compañeros la miraban. – dile a Ginny que venga.
- Si ella va, yo también – dijo Lavender abrazando a Ron – no pienso dejar solo a mi pichoncito.
Harry y Hermione rodaron los ojos, no es que les molestara que Ron saliera con Lavender, pero la forma empalagosa en la que demostraban su amor podía llegar a ser un tanto incomoda. La mañana transcurrió entre risas, y cuando se quisieron dar cuenta ya era hora de comer. El gran comedor era un alboroto como era costumbre.
- No quiero ir a clase con Snape – dijo Harry deprimido.
- Necesitas superar el éxtasis de defensa para poder ser auror – le recordaba Ginny – ya verás como no es tan malo.
- Snape seguirá siendo Snape hasta que se muera – dijo Ron – no cambiará, aunque sobreviva a cien guerras, y a nosotros nos toca aguantarle.
- Solo es una tarde a la semana, creo que podremos soportarlo.
La tarde pasó lenta y angustiosamente para los alumnos de Gryffindor de séptimo curso.
- Tendrán diez minutos de descanso antes de que comience la práctica – anunció Snape con saña – sus tiernos cerebros necesitaran un descanso antes de mostrarme lo decepcionantes que pueden llegar a ser.
Ron se giró sobre su asiento para hablar con sus amigos.
- Tengo una idea— susurró – vayámonos y no regresemos jamás.
- No digas tonterías – rio Hermione— todavía podemos demostrarle que se equivoca.
- ¿Tú crees? – la miró Harry con un poco de esperanza en los ojos.
Pero Hermione se equivocaba, la clase de Snape fue una continua humillación hacia los Gryffindor, por lo no decir nada de la cantidad de puntos que quitó.
- Como vuelva a fallar el contrahechizo serán 20 puntos menos Weasley – gritaba Snape por encima del ruido. Se giró hacia Seamus – Señor Finnegan, le agradecería que dejara algo sin explotar. Diez puntos menos.
Le tocó el turno a Hermione, quien miró a su profesor desafiante antes de realizar el contrahechizo correctamente.
- No crea que se ha librado Granger, asiéntese en el suelo para dar más fuerza o no parará ni una mosca – la miró y rodó los ojos – cinco puntos para su casa.
La chica sonrió con suficiencia, ganándose unas cuantas miradas de aprobación por parte de sus compañeros . Aquel año iban a tener problemas para conservar los pocos puntos que ganaban.
- Te juro que ha sido horrible – dijo Ron a Neville, mientras se dejaba caer en un sofá de la sala común – es más insufrible que antes, si es que eso es posible.
Neville esbozó una sonrisa compasiva, nadie mejor que él para entender lo horrible que era Snape.
El viernes hubiera pasado inadvertido si no hubiese sido por el correo matutino. Una elegante lechuza gris dejó caer una carta sobre Hermione. Era un sobre blanco con su nombre escrito en él. Le dio la vuelta, en lacra verde había sellada una D y una M. No le hizo falta pensar mucho para averiguar quién era el remitente.
"Debido a que es la única interesada en el curso de antídotos, le mando los horarios de las clases. Si tiene alguna inconveniencia hágamelo saber.
DLM "
La caligrafía de Malfoy era limpia y cuidada. Un reflejo de su persona. Miró los horarios, todos los viernes a partir de octubre.
- Vaya – dijo Ginny a su lado — ¿Ya no se arrodilla ni suplica?
Hermione enrojeció de golpe.
- ¿Por qué iba Malfoy a arrodillarse? – preguntó Harry, sabía que ahí había algo bien jugoso que no le querían contar.
- Porque es un cretino que debería pedir perdón – intentó arreglar Hermione.
Harry sabía que esa no era la verdad, pero no se precipitó, ya conseguiría la respuesta correcta a su debido tiempo. Por otro lado, su amiga se alegró porque no hubiese más preguntas.
El fin de semana llegó, y un entusiasmado Neville terminaba de revisar su mochila.
- ¿Habéis cogido traje de baño? ¿Y ropa de cambio?
- Lo hemos cogido todo – contestó Ron por enésima vez – vamos a desayunar.
El sábado llegó también a las mazmorras, Draco se levantó de mala gana, no quería ir al estúpido invernadero, a preparar los estúpidos tanques de agua para las estúpidas algas para las estúpidas pociones de los alumnos de segundo, los muy estúpidos.
Desayunó rápido y salió del gran comedor antes de que si quiera los más madrugadores llegaran. La profesora Sprout le esperaba en el invernadero nueve.
- Buenos días Malfoy, — dijo sonriente — en seguida vendrán los voluntarios, vamos a quitar todo el lodo que quedó el año pasado. Sin magia por supuesto, ya sabes que las algas no pueden tener contacto con la magia.
Claro que lo sabía, solo confiaba en que se le olvidara el asunto. Miró el tanque y suspiró. Iba a ser un día horrible, intentaría escaquearse en cuanto pudiera como buen Slytherin que era.
- Vamos a sacar el lodo – dijo la profesora – será mejor que te cambies.
Draco sabía que ese "vamos" era un "vas" y que más le valía ir preparándose mentalmente. Comenzó a desnudarse bajo la atenta mirada de su profesora de herbología. Llevaba un bañador de bermuda hasta la rodilla de color negro, personalmente él usaría algo más corto y ajustado, pero no quería que la profesora se le lanzara encima. "Ten cuidado con esas mujeres" resonaba la voz de su mentor en su cabeza. Pomona no le quitaba los ojos de encima y eso le hacía sentir incómodo. No es que él tuviera algún problema con su cuerpo, todo lo contrario, Malfoy estaba muy contento con su cuerpo, y no solo él, las mujeres solían estar muy contentas con su cuerpo también.
Se acercó al borde del tanque, aquel barro daba asco con solo mirarlo. Respiró hondo y se metió. Aquello le llegaba por las rodillas, era simplemente repugnante. La profesora sacó dos cubos. Draco los llenaba con el lodo y los dejaba en el borde, y estos gracias a un hechizo iban a vaciarse fuera. Maldijo su mala suerte. Vio a Sprout mirarle divertida desde el otro lado del cristal.
Llevaba ya un rato quitando fango cuando se resbaló y cayó sobre el barro manchándose el cuerpo entero. Quiso gritar, maldecir y romperlo todo, pero las voces de los voluntarios le hicieron parar en seco. No quería que nadie le viese así, sucio, en el barro… Se levantó todo lo dignamente posible y siguió con su tarea como si no pasara nada. No se dejaría pisar por nada ni por nadie, él era un Malfoy.
Ginny pasó primero, seguida por Hermione y Lavender. La profesora Sprout las saludó desde el otro lado del invernadero.
- Los chicos vendrán ahora – informó Lavender – Neville se olvidó de coger su mochila.
Ginny miró el tanque para evaluar el trabajo cuando vio a un ligero de ropa Malfoy manchado de barro. La imagen era más que satisfactoria.
- Por Morgana – dejó escapar la pelirroja.
Hermione se giró para averiguar qué era lo que hacía clamar al cielo a su amiga. Dentro del tanque estaba Malfoy, parecía lejano a través del cristal. Como si estuviera siendo conservado en la vitrina de un museo. Ella nunca se había parado a mirar con detalle al slytherin, si bien sabía que era alto, y mentiría si dijera que nunca había observado el color acerado de sus ojos. Pero había algo nuevo, su espalda, los músculos de sus brazos trabajando, y ese trasero que tantas chicas habían idolatrado en sus años escolares. Y había algo más, debajo del barro, era la elegancia con la que parecía haber nacido, como si en vez de amontonar barro, estuviera en un baile de salón.
Los chicos llegaron sacándola de sus pensamientos, todos miraron dentro del tanque sorprendidos. Malfoy se incorporó y volvió a caer, esta vez de espaldas.
- Ahora si tiene un puesto acorde con sus aptitudes – rio Ron.
Draco lo miró con veneno, pero no dijo nada.
- A qué esperan – interrumpió la profesora – pónganse a trabajar.
En unos pocos minutos estaban entrando en el tanque con más cubos. Draco agradeció mentalmente que las chicas llevaran unas camisetas demasiado largas para tapar su desnudez, cosa que los demás chicos maldijeron. La tarea se dificultó ya que siempre había alguien en el suelo.
- Esto es asqueroso – dijo Lavender levantándose.
- Deberías acostumbrarte si vas a ser una Weasley – dijo Draco con veneno sin mirarla.
Ron se disponía a contestarle, pero se vio interrumpido por el grito de Hermione, quien caía de culo al suelo rompiendo la tensión del ambiente. Draco comenzó a reírse, y no podía parar de hacerlo, ella no se había reído cuando se habían caído los demás, así que cogió lodo del suelo se lo lanzó haciendo blanco en el pecho del rubio.
- Cállate Malfoy.
Draco sonrió maliciosamente agarrando el cubo prácticamente lleno y andando hacia ella. Hermione le miró con terror.
- No te atrevas – advirtió la chica.
- ¿No? – dijo el rubio fingiendo inocencia – pero tu sí que lo has hecho… No sería justo que tú no te mancharas y los demás sí.
Malfoy vertió el cubo sobre la chica, y mientras lo hacía se dio cuenta del gran error que acababa de cometer. Allí estaba, sentada ante él, la chica que no podía sacar de su cabeza, en una situación demasiado erótica para que su cuerpo lo soportase. Por eso dio gracias al cielo cuando la profesora intervino.
- Salid ya y daros un lavado con la manguera – ordenó – ahora llenaremos el tanque.
Los chicos obedecieron y salieron. Se ayudaron a limpiarse, hasta que fue el turno de Malfoy. Ron dejó caer la manguera al suelo. Draco se agachó a cogerla, pero Hermione se adelantó, la sostuvo lo más alto que pudo, aunque claramente no era suficiente.
- No se preocupe Granger, puedo yo solo – dijo el chico en tono seco.
- Agáchate, te sacaré el barro del pelo – contestó Hermione ignorando por completo el comentario del slytherin.
Para su sorpresa obedeció, dejando que la chica le ayudara a sacar el barro de su cabeza. El pelo de Draco era suave, y largo, más largo de lo que recordaba haberle visto en sus años escolares. El cabello de Malfoy era rubio, un rubio tan claro que costaba creer que fuese natural, daba igual con cuánta gente lo comparara, nunca nadie tendría ese tono tan claro. La hacía recordar a los seres fantásticos que llenaban de dibujos sus libros infantiles.
Draco por su parte dejaba que Granger masajeara su pelo, no recordaba haber dejado a alguien hacer aquello, tal vez su madre, cuando él era pequeño. Pero los dedos de Hermione se sentían diferentes, cálidos y tranquilizadores. Deseó poder dejar que lo hiciera cada vez que a ella se le antojase. Malfoy sonrió de repente nadie le vio, pues seguía mirando al suelo. Se había dado cuenta de que era uno más en esa larga lista de hombres que suplicarían por un poco de atención de la Gryffindor, ojalá ella le dejara arrodillarse, estaba más que seguro que no se arrepentiría.
Hermione ajena a los pensamientos de su nuevo profesor de pociones, paró de masajear su cabeza. Malfoy al notar la ausencia de su contacto levantó la vista, para encontrarse con los castaños ojos de Hermione. No dijo nada, pero la intensidad con la que le estaba mirando hizo que un agradable sentimiento recorriera su espalda.
—Gracias Granger – dijo Draco con un tono mucho más ronco de lo que hubiera deseado – ya puedo seguir solo.
— Claro — dijo Hermione retirándose.
Hermione se acercó a Ginny, quien miraba la escena frustrada por lo tonta y obvia que era su amiga. Ambas siguieron mirando como Malfoy terminaba de asearse.
- ¿Qué ha sido eso? – dijo Ginny mirando a su amiga con picardía.
- ¿Qué ha sido qué?
- Le has lavado la cabeza a Malfoy – contestó la pelirroja perdiendo la paciencia – y parecías disfrutarlo.
- Yo solo ayudaba – dijo Hermione enrojeciendo.
- Claro, tal vez vaya yo ahora a ayudarle a frotarse la espalda.
- Ni se te ocurra – se escandalizó Hermione.
- ¿Por qué? ¿Quieres ir tú? – contestó Ginny con una sonrisa.
- Si – la traicionó el subconsciente – digo no, por supuesto que no. Ginny, es un profesor.
Hermione dio por zanjada la conversación. ¿Por qué todos insistían en ver a Malfoy cómo un objeto de deseo? Giró para mirarlo disimuladamente, estaba frotándose el pecho sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Dios, como deseaba frotar esa piel tan fina… Hermione se giró bruscamente de nuevo para apartar la mirada, esos pensamientos no eran para ser dirigidos a un profesor.
- Cuando termine de llenarse de agua podremos empezar a plantar. – dijo Neville emocionado.
- Y después podremos ir al gran comedor a repetir postre – dijo Ron con aire soñador.
- Las veces que quieras —prometió Harry.
La profesora Sprout llamó a Draco para que le ayudara a cargar unas cajas con las semillas. El slytherin obedeció sin rechistar, dejando la caja a los pies de los leones. No los miró, no tenía ganas de volver a discutir con el idiota de Weasley.
Snape irrumpió en el invernadero, todos se quedaron mirándolo. El hombre se recompuso y con su habitual tono profundo dijo:
- Vengo a llevarme a Malfoy, Poppy lo necesita – se quedó mirando a su ahijado — ¿Por qué estás desnudo?
- No estoy desnudo – dijo Draco molesto – es un bañador, se usa cuando vas a tener contacto con el agua.
- No seas imbécil, vístete – ordenó Snape – hay que preparar un antídoto decente.
Malfoy obedeció, todos le miraron vestirse, se empezó a sentir incomodo con eso de las miraditas a cada momento. Era demasiado público para su gusto. Se despidió de la profesora de herbología, quien agradeció sus servicios, y se fue con Snape dirección al castillo.
- ¿Es qué no escuchas cuando te hablo? – dijo Snape furioso – Qué parte de aléjate de esas mujeres no entendiste.
- No pensé que fuera a ser tan grave – se excusó Malfoy – solo iba a ser un rato. No ha pasado nada peligroso.
- Y sin embargo ahí estabas, desnudo delante de una profesora y seis alumnos.
- No estaba desnudo – repitió Draco – era un bañador.
- Lo que sea – renegó Snape – te dije que tuvieras cuidado y me desobedeciste.
Malfoy paro en seco, ¿Qué era lo que le daba tanto miedo a Snape? Estaban en un lugar seguro, ¿Qué podría pasarles?
- Hablas de esas mujeres como si fuesen el señor tenebroso.
- Créeme, son más retorcidas que esa horrible serpiente. Estas en su punto de mira y no van a parar hasta que hayan conseguido lo que quiera que sea que quieran conseguir.
No tardaron en llegar a las mazmorras. Draco agradeció que le dejara ser el que pasase primero y desbloqueara las puertas. Por fin parecía el dueño del lugar. Todo para darse cuenta de que en el laboratorio ya había un caldero enfriándose.
- Embotéllalo. Hay que llevarlo a la enfermería – ordenó Snape.
- Pero se supone que iba a prepararlo yo – dijo Draco indignado — ¿Para qué me has traído?
- Para que lo lleves a la enfermería y te lleves los halagos – dijo obviamente Snape – te hubiera dejado prepararlo a ti, no me malinterpretes, pero no lograba dar contigo.
Draco suspiró, parecía que su padrino no iba a dejarle ir nunca, en parte lo entendía, pero por otro lado le gustaría ser más independiente. Y estaba dispuesto a demostrar que podía con todo aquello. Puede que formar mentes no estuviera en su lista de futuro, pero ahora le parecía que tal vez pudiese ser feliz allí, en el castillo del que tantas veces quiso escapar. En un lugar que parecía ajeno al mundo, simplemente allí perenne, para todo aquel que lo necesitase.
Para cuando salió de la enfermería ya era la hora de comer, a pesar de ser fin de semana los alumnos llegaban puntuales a su cita con la comida. Se sentó al lado de Hagrid, quien le saludó con cordialidad. Posó su mirada en la mesa de Gryffindor, buscando a Granger con la mirada. Una parte de él le decía que no debía jugar con fuego. Pero otra, que últimamente parecía tener más fuerza que nunca, le decía que ya estaba suficientemente quemado como para preocuparse. Tras un largo debate interno decidió hacer caso a la parte sensata y separar la mirada de Hermione y escuchar lo que Hagrid decía sobre los gnomos del jardín oeste.
Mientras tanto en la mesa de Gryffindor Ron se disponía a repetir postre por primera vez.
- Ha sido horrible – le decía Lavender a su novio – no pienso presentarme voluntaria para nada más este año.
- No ha sido para tanto – rebatía Neville – además la profesora Sprout ha sido muy generosa con los puntos, sabía que los necesitábamos.
- Ese es el espíritu Neville – animaba Harry – sacaremos puntos de debajo de las piedras si es necesario.
Ginny, Luna y Hermione, habían quedado para dar un paseo por el borde del lago. Las gryffindor esperaban en la puerta principal. Luna caminaba con esa aura tan especial que la caracterizaba. Cuando llegó a su altura iba a saludarlas, pero la rubia paró en seco cuando Malfoy pasó por su lado. Llevaba algo oculto en una caja debidamente envuelta, y llevaba demasiada prisa como para que pareciera que estaba tramando algo…
- ¿A dónde irá con tanta prisa? – dijo Luna para seguir con la mirada los pasos del slytherin.
- No parece que sea nada bueno – sentención Ginny – tal vez deberíamos avisar a alguien.
- No hay tiempo – dijo Hermione comenzando a andar – será mejor que lo averigüemos nosotras.
- Como en los viejos tiempos —canturreo la pelirroja tras ella.
Siguieron a Malfoy por los pasillos durante un rato. Parecía tener un destino fijado, porque sabía perfectamente a donde iba. Las chicas se movían con cautela para no ser descubiertas.
Hacía cinco minutos que Draco había notado que alguien le seguía, tres personas de echo. Aceleró el paso, no quería que nadie le viese haciendo algo tan humillante como aquello. Tenía que ir al despacho de la profesora Trelawney, pero dio un gran rodeo para despistar a sus seguidores. Cosa que no funcionó. Así que se dio por vencido y puso rumbo directo a su destino.
Llamó a la puerta, la profesora asomó la cabeza enseguida.
- Oh, Malfoy. – dijo con sorpresa.
- Traigo su pedido – dijo en tono serio, repitiéndose que eso era solo un trabajo.
Las chicas observaban escondidas la entrega.
- ¿Las pociones anticonceptivas? – dijo sonriente. Draco quería morirse allí mismo. – que a tiempo.
Le arrebató el paquete de las manos y se metió de nuevo en su despacho, dejando el pasillo en absoluto silencio. Malfoy prácticamente voló por los pastillos. Quería sacar de su mente aquel momento de inmediato. Con tanta prisa se olvidó de que tres personas le estaban siguiendo. Y de que aún lo hacían.
- Maldita sea, — se quejó Ginny — ¿Por qué anda tan rápido?
- Shhss…, nos va a oír – regañó Luna.
Draco iba caminando absorto en sus pensamientos cuando un golpe hizo que parara en seco. Unas risas se escucharon después. Sabía perfectamente lo que estaba pasando, pero se acercó con sigilo para asegurarse de que sus sospechas eran ciertas. Las chicas actuaron de igual modo.
En el pasillo, había una chica de Gryffindor en el suelo, rodeada de tres chicos slytherin. Sabía muy bien quienes eran. Sophie O'Connor, John Bagman, Samuel Jorkins, y Andrew Snowyol.
- Puedes llorar todo lo que quieras. Asquerosa sangresucia. – dijo Snowyol – nadie va a escucharte.
Los otros dos chicos rieron. Draco apareció detrás de ellos como una sombra.
- 30 puntos menos para cada uno. – dijo asustándolos – id al despacho de Snape inmediatamente. Ya me encargaré de que se entere de que tiene que poneros el castigo más cruel y asqueroso que se le ocurra.
- Si señor.
Los tres chicos salieron corriendo como alma que busca el diablo, a pesar de que lo que les esperaba era peor que el diablo. Las chicas se asomaron por la esquina. Draco se había arrodillado ante la chica de tercer año que lo miraba con lágrimas en los ojos.
- ¿Por qué es así conmigo? – dijo llena de rabia — ¿Por qué no puede dejarme en paz?
- Porque te quiere – dijo Draco llanamente.
- Él no me quiere. – sentenció O'Connor – no dañas a la persona que quieres.
- A veces sí – contestó el slytherin con la voz llena de tristeza – Él viene de una familia donde la conservación de la pureza de sangre es primordial a cualquier otra cosa. – explicaba pausadamente, como si contara una historia – Seguramente él ya esté prometido. Pero un día te vio, tal vez en la ceremonia de selección, mientras te ponían en otra casa, alejándote de él. Y quiere ser tu amigo, pero no puede. Y se muere por conocerte, pero los principios que le han inculcado no se lo permiten. Y siente que nada tiene sentido. Y que nunca vas a poder ser suya, que nunca le miraras con dulzura, que nunca le acariciaras con amor, que nunca le sonreirás directamente… Él no tiene ese privilegio. Por eso no quiere que seas de nadie, y paga todas sus frustraciones en ti.
- ¿Y qué va a hacer? – dijo la chica, ya había dejado de llorar mientras escuchaba la grave voz de Malfoy, diciendo algunas verdades, tal vez las suyas.
- Él va a verte crecer, — dijo levantándose – va a ver como cada día que pasa eres más fuerte, más inteligente y más bella que el anterior. Que llegará el día en el que ya no te dará miedo, y que no te importará. Y tendrá que consolarse con verte ser feliz desde lejos.
Malfoy ayudó a la chica a levantarse, se veía horrible, así que con un movimiento de manos hizo que se viera bien de nuevo. La chica lo miró sorprendida.
- Pensé que no podía hacer magia —señaló.
- Ya, bueno… me quitaron la varita… — dijo Malfoy algo nervioso – que sea nuestro secreto ¿eh?
La chica sonrió y caminó por donde Draco había aparecido, no vio a las chicas escondidas tras un arco ya que prácticamente corría. Hermione, Ginny y Luna estaban impactadas ante la confesión del rubio. Si bien Malfoy no lo sabía, eso había sido una declaración en toda regla. Pero no tuvieron tiempo de pensar en ello, pues era hora de irse.
Las tres espías empezaron a retroceder sus pasos, ya que el pasillo donde se encontraba Malfoy era un callejón sin salida, por lo que tendría que volver a pasar por allí. Ya estaban escuchando los pasos doblar la esquina cuando Luna de repente se paró, haciendo que Ginny y Hermione se giraran.
- Y entonces me dijo que en la vida saldría con alguien tan horrible como yo – dijo Luna llorando, ante la sorpresa de las otras dos.
Ginny vio como Malfoy, quien estaba doblando la esquina, retrocedió a esconderse. Y miró a Luna con una sonrisa, la rubia había sido seleccionada en Ravenclaw por algún motivo. Y ahí estaba. Hermione abrazó a Luna, dándose cuenta de la estratagema también. Quién sospecharía de tres amigas que hablaban de mal de amores en un pasillo apartado.
- Dime como se llama y mañana sus pelotas estarán colgadas en el gran comedor – dijo Ginny, fingiendo enfado.
- No hace falta – dijo Luna – Goldstein le pegó un puñetazo.
- ¿Goldstein, el prefecto de revenclaw? – dijo Hermione extrañada.
- ¿El golpeador? – preguntó Ginny de nuevo, Luna asintió. Draco se preguntaba cuántos jodidos Goldstein había en el colegio, que él recordara solo uno. – ¿Anthony —espalda—de—acero—Goldstein?
Así que era eso…
- Ginny – regaño Hermione – los chicos no son cachos de carne.
- Oh vamos – contestó indignada la pelirroja – no te hagas la santa, todas vimos cómo le sonreías en el tren. – y con gestos exagerados, y voz fina imitó – "Hola Anthony, ¿Qué tal el verano? ¿Has estado entrenando? Porque se te ve más fuerte"
Malfoy se aguantó una carcajada.
- Yo no hablo así – dijo Hermione enfadada – y eso nunca pasó.
- No claro, tu estilo es esperar a que te regalen lencería. – rebatió Ginny.
Draco abrió los ojos, y se maldijo por ser tan jodidamente idiota. ¿En qué pensaba ese día? Estaba claro que quería burlarse de la inocencia de Granger, pero… ¿en qué diablos pensaba?
- Eso es algo que no estaba a mi alcance, ni siquiera lo provoqué – dijo Hermione enfadada por la insinuación de su amiga.
- Venga ya, — dijo la pelirroja haciendo un gesto con la mano – Seguro que ya las has estrenado.
Hermione guardó silencio, y miró a cualquier lado menos a los ojos de su amiga. ¿Qué clase de pregunta era esa? Malfoy estaba a menos de diez metros escuchándolo todo. Draco se había quedado sin respiración.
- Las has estrenado – dijo leyendo a su amiga como un libro abierto.
- Claro que sí, son bonitas, caras y suaves. Y ese estúpido rubio oxigenado tenía razón, me quedan muy bien. – Draco se sintió bien, al saber que no se había equivocado – y ahora deja de decir tonterías y ayuda a tu amiga, que lo está pasando mal.
- Y no lo estoy pasando mal – dijo Luna – he quedado con Tony a dar un paseo por el lago el jueves.
Ginny y Hermione la miraron bocabiertas. Con miedo de preguntar de si era en serio. Por su parte Draco se había cansado de escuchar tonterías, así que retrocedió unos cuantos pasos he hizo un ruido exagerado al andar, y había tenido éxito porque las chicas disimulaban no estar haciendo nada. Las saludó con una leve reverencia y continuó su camino. Cuando ya no le veían Ginny suspiró.
- Joder, pensé que no iba a irse nunca.
"Mierda, mierda, mierda" se repetía Draco otra vez en su cabeza. Iba como una bala a su dormitorio. ¿Cómo se supone que había llegado a eso? Se supone que nadie debía enterarse de sus sentimientos. Es algo que pidió en el juicio. Aceptaría cualquier cosa, cualquier castigo o condición que le pusiesen, legremancia, verisaterum… lo que fuera. Pero que los motivos a la traición de su bando se mantuvieran en secreto. Y ahora iba a ser él quien iba a echar todo a perder. Por el amor de Morgana, había guardado el secreto durante siete años, ¿Por qué no podía hacerlo un año más? ¿A caso la lencería no era una clara declaración de sus intenciones? Se maldijo de nuevo por ser tan estúpido y dejar que algunas cosas pasaran. ¿Y qué se supone que pensaba ella de él? Es decir, hasta la fecha lo único que había parecido ser era un maldito pervertido que le regalaba lencería a sus alumnas, y que aceptaba medias como regalo de bienvenida.
Llegó casi sin aliento, y cerró la puerta con seguros mágicos. Estaba en estado paranoico, nadie podría descubrir sus pensamientos o recibiría una tortura por parte del señor… Draco se interrumpió, tenía la respiración agitada y sudor frio. Respiró hondo, nadie iba a torturarle, nadie iba a meterse en su mente, ya estaba a salvo… Se sentó en su mesa, a analizar los hechos. ¿Qué demonios acababa de pasar? ¿Por qué Granger no había tirado la ropa que le regaló? ¿Y por qué la había estrenado? Y lo que más le angustiaba ¿Desde cuándo Goldstein era tan jodidamente popular y nadie le había avisado?
Escribió una carta a la directora para poder ausentarse en la cena, alegando un molesto dolor de cabeza. Necesitaba hablar con alguien, pero no tenía quien, y eso iba a volverle loco. Sus amigos no habían vuelto a terminar sus estudios. Y si Snape se enteraba de que le había regalado ropa interior a una alumna le castraría en el acto. Y Draco amaba demasiado sus pelotas como para separarse de ellas. Necesitaba alguien con quien desahogarse, que no le juzgara, y que le guardara el secreto… Se levantó como un rayo. Cogió su capa y prácticamente voló por los pasillos. Salió del castillo y caminó dirección a la cabaña del guardabosques. Era lo más loco que le había pasado en la semana que llevaba dando clase. Había tratado mal a ese hombre desde que puso un pie en el castillo, por no hablar de lo mal que se portó en sus clases. Hubo un par de veces que estuvo tentado a dar media vuelta. Pero algo le decía que aquel hombre le recibiría.
Miró la gran puerta de la cabaña. Tomó aire y llamó a la puerta. Hagrid no tardó en abrir, aunque en su cara de desconcierto estaba bastante claro que no esperaba visitas a esas horas de la noche.
- ¿Tienes un momento? – dijo con tono neutro.
- Claro señor Malfoy – dijo Hagrid apartándose para que pudiera pasar.
- No me llames señor Malfoy – dijo con amargura — El señor Malfoy era el bastardo de mi padre.
El semigigante sonrió.
- Bueno, como yo lo veo puedes ser un mejor Señor Malfoy de lo que lo fue tu padre.
Draco agradeció el comentario. La verdad es que no iba a ser una tarea difícil.
- Estaba a punto de tomar un poco de Wiski – dijo poniendo dos vasos en la mesa. Bueno, lo eran para las manos del semigigante, porque para Malfoy era bastante más grande que un simple vaso de wiski. – Así que soy todo oídos.
- Yo… No sé muy bien por dónde empezar – dijo Draco un poco acobardado.
- Acostumbrarse a la vida castillo es complicado – intentó adivinar Hagrid. No hacía falta ser muy listo para ver que el rubio tenía la cabeza llena de problemas.
- ¿Y tú como lo haces?
- Bueno, yo no vivo en el castillo. – contestó levantando las cejas.
Ambos rieron y brindaron. Si no salía de allí con una solución, al menos pasaría un buen rato. Lo que Malfoy no se esperaba es que Hagrid fuese tan certero como para acertar a la segunda.
- ¿Y cómo es ella?
Malfoy se atragantó con su bebida. ¿Cómo sabía que había una chica?
- Bueno, siempre hay una chica – dijo Hagrid nostálgico, adivinando los pensamientos del slytherin.
- Si, hay una. Pero no debería, ese es el problema. – contestó Draco apenado.
- Bueno, no creo que nadie pueda culparte por enamorarte de una alumna, — explicó Hagrid – al fin y al cabo, tienen tu edad. No te preocupes, no durará mucho. Aún eres joven.
- Cuando me enamoré de ella aún era mi compañera de clase y no mi alumna. Sinceramente no pensé que fuese a retomar sus estudios…
Cinco vasos después del mencionado wiski Hagrid se dio cuenta de que el cuerpo de Malfoy era mucho más pequeño que el suyo, y que por mucha tolerancia al alcohol que este tuviera, nunca iba a poder igualar a la suya propia. Por eso no se sorprendió cuando Draco cayó inconsciente en el sofá. Sonrió, la mañana siguiente iba a ser muy dura, al menos para él.
-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-
Y por hoy termino aquí.
Gracias a todxs por leer, espero que os esté gustando.
Agradecimientos especiales para Ana, Andrea, Almudena y Sandra.
Buenas noches, besos y abrazos para todos.
