Era noche cerrada en el distrito cuatro. En el aire reinaba el más puro de los silencios, sólo roto por el sonido de una o dos olas solitarias chocando contra las rocas. Envuelto en sus coloridas sábanas de dibujos marineros, un niño pequeño de rizos dorados dormía plácidamente aferrado a su osito de peluche. Su madre, sentada a los pies de la cama, entonaba las últimas notas de una canción infantil mientras su padre, apoyado en el marco de la puerta, les observaba a ambos cruzado de brazos. Habían pasado ya cinco años desde el final de la guerra, y durante cinco años los padres del pequeño habían dedicado sus noches a arroparle y cuidarle hasta que se dormía, y aún entonces vacilaban en el marco de la puerta sin querer abandonar la habitación. Ambos velaban los sueños del pequeño, aunque sabían muy bien que no había nada que temer. Claro que no siempre fue así.

La vuelta al distrito cuatro no había sido fácil para Finnick y Annie. Tuvo que pasar una semana antes de que los médicos del Capitolio juzgaran que Finnick se encontraba en condiciones de emprender un viaje tan largo, y otras dos más para asegurarse de que podía moverse con suficiente autonomía. Ambos pasaron todo el viaje en aerodeslizador cogidos de la mano, y así permanecieron durante todo el camino hasta su casa en la entonces solitaria Aldea de los Vencedores. Durante el recorrido tuvieron que hacer frente a la destrucción que las bombas y las revueltas habían causado en el que fuera su hogar todos aquellos años, pero ninguno de los dos fue capaz de expresar emoción alguna. El shock era demasiado grande, no sólo por la desaparición de edificios tan importantes como el colegio o el hospital, sino por sentir de nuevo el sonido y la brisa del mar después de tantos meses de aislamiento. Tampoco fueron capaces de procesar lo que su vuelta a casa suponía para los habitantes del distrito, lo queridos y esperados que eran ambos. Sed amables, había dicho Plutarch en el aerodeslizador, toda esa gente ha seguido vuestra historia prácticamente desde el comienzo, y no me refiero a la historia retransmitida en televisión. Os quieren, y en cierto modo os necesitan, de modo que intentad mostraros agradables. Pero cuando el aerodeslizador desapareció y se vieron rodeados por la multitud, ninguno supo cómo actuar. Se limitaron a soportar lo mejor que pudieron los abrazos y las amplias sonrisas, abrumados ante tanta felicidad, aunque no pudieron evitar fijarse en cómo la gente miraba con recelo las cicatrices de Finnick y la curva del vientre de Annie. Tan pronto como llegaron a su casa y despidieron a todos con promesas de visitas que no iban a cumplir, cerraron puertas y ventanas y asumieron inconscientemente los papeles de paciente y enfermera. Cada día, Annie limpiaba y trataba los cortes de Finnick y cambiaba las vendas de aquellas heridas que aún no habían cicatrizado mientras él, por su parte, realizaba los ejercicios para fortalecer los músculos que le habían mandado en el Capitolio. Apenas comían y, aunque seguían profesándose un amor incondicional, no llegaban a intercambiar más de dos palabras al día. Se limitaban a yacer el uno junto al otro, cada uno sumergido en sus propios pensamientos pero sin llegar siquiera a rozar sus labios. El teléfono sonaba todos los días pero ninguno de los dos quería cogerlo. Las cartas comenzaron a amontonarse en el buzón y la gente del distrito, preocupada al principio por su aislamiento, acabó por dejar que la pareja empezara a su ritmo su nueva vida. Pasaron semanas metidos en casa antes de lograr salir de la pequeña burbuja en la que se habían encerrado. Una mañana al despertar, Finnick encontró a Annie junto a la puerta cristalera que comunicaba la parte trasera de su casa con su pequeña playa privada. Medio dormida, despeinada y aún con el camisón puesto, miraba el mar mientras acariciaba con una mano su hinchado vientre. Hace buen día, dijo dedicándole la primera sonrisa verdadera que recordaba en meses; y así era. El sol entraba a raudales por el ventanal, las gaviotas sobrevolaban en pequeños grupos la costa y, aunque soplaba algo de viento, apenas había olas en el mar. Sí que lo hace, respondió Finnick con voz ronca situándose detrás de ella. Era el típico día de principios de primavera en el que los pescadores salían a fondear tras meses de inactividad por culpa del invierno, el día en el que los mercados ofrecían sus productos al aire libre y los niños jugaban por las calles hasta altas horas de la noche. Un día de sol y mar como los que habían pasado antaño. Lentamente Finnick rodeó la cintura de Annie con ambas manos y la atrajo hacia sí. Annie apoyó la cabeza en su pecho y ambos cerraron los ojos dejándose envolver por el sonido del mar y el calor. Pasaron horas sin cambiar de postura, notando cómo la luz del sol iba apartando poco a poco la oscuridad en la que habían estado inmersos todos aquellos días y sustituyéndola por una chispa de esperanza que pronto incendiaría sus corazones. El reloj del comedor tocó la una, las dos y hasta las tres antes de que decidieran moverse de nuevo. Tengo hambre, susurró Annie con un ligero tono de disculpa en la voz. Finnick sonrió y, tras darle un breve beso en la mejilla, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar la primera comida en condiciones que habían probado en semanas. Mientras tanto, Annie abrió de par en par las ventanas del comedor para que entrara la brisa del mar, y puso la mesa con los mejores cubiertos y el mejor mantel que encontró. Incluso descorchó una botella de vino para la ocasión. Se sentaron uno frente al otro y comieron sin prisa, saboreando cada bocado y lanzándose miradas por encima de sus platos. Después de comer y tratar las ya curadas heridas de Finnick, se dedicaron a limpiar y ventilar todas las habitaciones de la casa, incluso aquellas en las que apenas habían entrado. Barrieron, fregaron y quitaron el polvo de cada rincón hasta que la casa volvió a quedar limpia y reluciente y ellos acabaron cansados y sudorosos. Una vez guardados los utensilios de limpieza y todavía en pijama, salieron por la puerta cristalera a la playa y dedicaron las últimas horas de la tarde a disfrutar del sol y la arena, charlando sobre todo y nada en particular: el tiempo, los cambios y planes que harían a partir de aquel momento, el nombre del bebé que no tardaría en llegar... Cuando la luna brilló en el cielo ambos se sintieron más despiertos y vivos que nunca. Como un par de tortugas marinas recién salidas del cascarón, se quitaron la ropa, se sumergieron en el mar y antes de que pudieran darse cuenta se arrojaron uno en brazos del otro desatando su pasión entre las olas. El día siguiente lo dedicaron a recuperar el contacto con todas las personas que habían dejado atrás durante aquellas semanas de aislamiento. Leyeron y respondieron cartas, pagaron facturas atrasadas y, agenda en mano, llamaron a todos sus amigos y conocidos, empezando por Beete y acabando con un viaje relámpago al distrito siete para abrazar a Johanna. Durante los días siguientes y bajo la atónita mirada de sus vecinos, fueron visitando casa por casa a todas las personas del distrito que habían jurado visitar, para acabar organizando junto con todos ellos la mayor fiesta en la playa que se recordaba en el distrito. Con el paso del tiempo fueron integrándose de nuevo en la vida laboral, Finnick entre los pescadores que suministraban marisco y Annie como enfermera en el ala de psiquiatría del recién abierto hospital. La llegada del bebé supuso una alegría muy grande para el matrimonio y les empujó a donar su casa y casi todas sus pertenencias para uso del distrito y comprar una pequeña casita más próxima al centro, desde la que se podía llegar a una pequeña cala solitaria. Allí vivieron tranquilos y felices, criando y cuidando a su hijo como siempre habían deseado, hasta que los Juegos y la guerra no fueron más que un mal recuerdo en su memoria.

A pesar de ello, aún había días en los que el miedo volvía a instalarse en sus corazones. Días en los que ambos quedaban paralizados al escuchar el timbre de la puerta o el insistente sonido del teléfono, temerosos de que la mala suerte se cerniera de nuevo sobre ellos y el pequeño oasis de paz que habían construído. Noches en las que Finnick despertaba gritando por culpa de las pesadillas sobre mutos y escaleras, noches en las que Annie lloraba tapándose los oídos con las manos, noches en las que ninguno de los dos dormía, demasiado asustados de lo que la oscuridad les reservaba. Y noches como aquella, viendo a su hijo dormir plácidamente, sin ser consciente de todo el mal que había existido en el mundo. Finnick recorrió la habitación en dos pasos y se sentó en la cama al lado de Annie.

- Algun día tendremos que contárselo- dijo posando una mano sobre su rodilla. Por supuesto tenía razón. El niño contaba con cinco años de edad y una curiosidad digna de su madre. Ya había preguntado varias veces por la causa de las cicatrices de su padre y por qué nunca le llevaban a visitar aquella ciudad tan grande y bonita llamada Capitolio a la que todos sus amigos habían ido. Además acababa de empezar la escuela, y no pasaría mucho tiempo antes de conocer las guerras por las que había pasado su país y el papel que jugaron sus padres en ellas. Pero cada vez que intentaban abordar el tema, se contenían. Annie veía en el niño un reflejo casi perfecto de Finnick, con la belleza y frescura tan características de su juventud y la lealtad incondicional por las personas que le rodeaban. Finnick veía en él la inocencia y el candor que Annie tenía de niña, no sólo en los pequeños gestos y detalles cotidianos sino también en sus profundos ojos verde mar. Ninguno quería que aquella criatura tan sana y llena de vida viera empañada su felicidad por el recuerdo de algo que tantos años había costado enterrar.

- Aún no- respondió Annie apoyando la cabeza sobre su hombro. Llegaría el día en el que su hijo tuviera que aprender de su mano todo el mal que habían pasado sus padres para poder llegar a aquel momento, pero ese día podía esperar una noche más.

- Aún no- repitió Finnick estrechándola entre sus brazos, y juntos se fundieron en un abrazo tan largo que hasta las olas parecieron enmudecer.

FIN