LÁRGATE DE AQUÍ
—Si vas a decir algo, turco, dilo, y no te quedes mirándome como el gilipollas que eres —le espetó Grecia a Turquía de malos modos. Sadiq estaba saboreando el momento, había quedado segundo mientras que Grecia era octavo, y no había podido resistir la tentación de ir a vanagloriarse un poquito delante de él.
—¿Yo? Pero si sólo vengo a decirte que ha sido una pena lo tuyo...si tu cantante hubiera sido un poquito menos muermo, habrías conseguido algo... —sonrió Turquía, condescendiente.
—Mi grupo ha cantado bien y la puesta en escena ha sido inmejorable, además la música ha sido como siempre, con cierto toque árabe, como yo suelo hacerla. ¿Y tú? Una panda de cerdos punkis rockeros que lo único que han hecho ha sido meter ruido y dar gritos. A eso no se le puede llamar canción. Has quedado segundo porque habrás comprado al jurado o algo así.
Heracles plantó en su cara la sonrisa más hiriente que se le ocurría, mientras por dentro temblaba de furia. ¿Quién en su sano juicio podría darle tantos puntos a Sadiq? El aludido torció el gesto en una mueca.
—La envidia y los celos son malos, Heraclito...¿será que todavía no has madurado?
Heracles fue hacia él, colérico, y puso su cara a dos centímetros de la de Turquía.
—Lárgate de aquí ahora mismo —le susurró con suavidad, pero con voz envenenada—. O te quedas sin Estambul para el resto de tu jodida vida.
Sadiq retrocedió un poco. El griego siempre cumplía sus promesas, era bien conocido por eso.
—Bueno, bueno...dejaré que mastiques bien esa envidia y que te la tragues antes de que explotes, pequeño Heraclito —le dijo en tono de burla, y salió corriendo antes de que el griego sacara su cruz.
—Turco de mierda... —rezongó Grecia, sentándose en un escalón de las ruinas que acababa de excavar—. Veremos quién se ríe el último.
