Capítulo IV

Camus se bajó del taxi lentamente. Frente a él estaba el gran parque de la ciudad. Desde donde se encontraba podía ver bastante gente caminando por el parque o podía ver también a las personas agrupadas alrededor de un lugar en donde se vendía comida. El murmullo de la gente, la música, las luces, todo, era nuevo para Camus. Generalmente el parque casi siempre estaba despoblado y sin ningún tipo de actividad; es más, antes solía ser un bosque, pero con el paso del tiempo los árboles fueron desapareciendo, y el antiguo bosque se había convertido en un parque. Esta zona de la ciudad no se utilizaba para nada en específico, era más que nada la unión entre el norte y el sur.

Camus cruzó la calle y dio sus primeros pasos por el parque. Miró alrededor y un largo suspiro abandonó sus labios. En dónde iba a encontrar a Milo con tanta gente? Nunca había visto a ninguna de las personas que pasaban alrededor de él en su vida, porque obviamente todas estas personas eran de la zona norte; no reconocía ninguna cara de la zona sur.

Camus decidió entonces buscar en la parte derecha del parque, donde estaban los imponentes juegos mecánicos que podía ver desde donde estaba parado.

Camus recorrió todos los juegos, todos y cada uno de ellos, pero no encontró rastro de Milo. Lo que más había visto en esa zona del parque eran niños, que emitían risas contagiosas y que les suplicaban a sus padres que los subieran al siguiente juego. Los juegos en sí no eran tan sencillos, unos se veían bastante peligrosos y otros seguramente te provocaban mareos.

Camus dudó querer subirse a alguno.

Camus observó los alimentos que se vendían y decidió que si probaba alguno de ellos, subiría al menos dos kilos en una noche.

Camus había recorrido toda la parte derecha sin encontrar a Milo, así que decidió buscar en la parte izquierda del parque.

Camus se dio cuenta que estaba haciendo lo que no exactamente no quería hacer: caminar y caminar.

Camus se recargó en un árbol, en uno de los pocos que quedaban. Estaba exhausto, había caminado por más de veinticinco minutos sin parar y no había visto por ningún lado a Milo. Ahora estaba en la parte izquierda del parque, donde había un poco menos de personas.

Camus no sabía qué hacer. Había demasiada gente, y probablemente mientras él estaba buscando en un lado, Milo estaba en el lado opuesto, y viceversa; podía suceder también que se hubieran cruzado en algún momento pero con la cantidad de personas en el lugar, ninguno de los dos se hubiera podido reconocer.

Camus estaba preocupado. Qué iba a pensar Milo de él? Que tal si Milo pensaba que Camus no había ido? Camus se empezaba a sentir mal, tenía un nudo en el estómago de los nervios de no encontrarlo y de los nervios de cuando por fin lo encontrara.

Qué le diría a Milo cuando lo encontrara? Algo así como, 'te estuve buscando sin parar?' Camus no sabía si ese comentario era el más adecuado. Era demasiado directo y demasiado revelador, así que Camus tendría que pretender un poco y decirle a Milo algo como, 'Qué casualidad que te encontré.'

Después de otros veinte minutos de búsqueda, Camus empezó a considerar la idea de no ver a Milo en toda la noche. A lo mejor Milo no había decidido ir después de todo, cuando Camus le había preguntado, Milo no había sonado tan seguro al decirle que sí asistiría. O tal vez Milo había tenido un contratiempo… tal vez algo malo le había pasado, tal vez había sufrido un accidente.

El corazón de Camus empezó a latir más rápido. Y si algo grave había sucedido? Y si Milo necesitaba ayuda o estaba en peligro? Camus sintió que una capa de ansiedad rodeó su corazón al instante, si algo le pasaba a Milo, Camus iba a…

Milo.

Camus dejó de respirar.

A sólo unos metros de distancia estaba Milo.

Milo… quien reía y platicaba con un grupo de personas. Milo, al que no le había pasado nada en absoluto, al contrario, estaba de lo más feliz hablando con sus amigos. Milo, al que la luz de la luna lo hacía lucir etéreo y horrorosamente hermoso. Milo, al que, al parecer, nada le preocupaba.

…Milo, el que no mostraba ninguna indicación de estar buscando a Camus.

Camus miró la escena frente a él por algunos minutos.

Milo no había estado buscando sin parar a Camus, como Camus lo había hecho. Camus incluso dudo que Milo hubiera pensado en él en algún momento.

Camus negó ligeramente con su cabeza y tomó una gran bocanada de aire. Él se escabulló entre la gente, procurando que Milo no notara su presencia, y buscó un taxi para regresar a su departamento. Quería salir de ahí lo más pronto posible.

"Estás bien, muchacho?" El portero del edificio le dijo a Camus cuando bajó del taxi.

Camus caminó hacia la entrada del edificio, donde el portero estaba, y murmuró un discreto, "Estoy bien, gracias. Buenas noches." Lo único que Camus quería hacer era llegar a su departamento.

Cuando pasó a lado del portero, el señor de edad avanzada tomó el brazo de Camus con gentileza, "Seguro que estás bien?" El señor preguntó con suavidad y examinó el rostro de Camus con su mirada. "Parece como si quisieras llorar." Comentó un segundo después con absoluta preocupación.

Camus bajó la mirada para evitar que todos los sentimientos en su pecho no estallaran en forma de lágrimas. "Estoy un poco cansado, es todo." Él aseguró y sutilmente se desprendió de la mano del señor sobre su brazo. Camus agradecía que el señor se preocupara por él, pero cómo podía explicarle que sentía su corazón roto en grandes pedazos? "Buenas noches." Camus volvió a repetir en un susurro.

"Voy a prepararte un té y en unos minutos te lo subo." El señor concluyó. Y Camus le ofreció una diminuta sonrisa; siempre que Camus se sentía mal, el señor le preparaba 'el té maravilloso', como los dos lo habían bautizado, y el señor se lo subía a su departamento. El té no contenía ninguna sustancia especial o ingrediente mágico, era simplemente té, pero siempre hacía sentir mejor a Camus por alguna extraña razón.

Camus emitió un suave, "Gracias." Y después siguió su camino.

Camus entró a su departamento y no cerró la puerta con llave para que cuando el portero subiera con su té, no tuviera ningún problema en entrar. Camus tampoco encendió ninguna luz y lo que hizo fue caminar directamente al sillón y encender la televisión. Se sentó en los grandes cojines y observó la pantalla fijamente. Su departamento estaba en completo silencio porque la televisión tenía el volumen demasiado bajo.

Camus miró la pantalla sin poner atención al programa que estaban transmitiendo, sus ojos sólo enfocaban las imágenes pero su mente no las registraba.

Su cuerpo se sentía pesado, sentía que el tiempo se movía lentamente, sentía como si todo hubiera perdido su color.

Tocaron la puerta dos veces.

"Adelante." Camus dijo. Le vendría muy bien en ese momento ese té que el portero le había preparado.

"Hola."

Camus volteó a la voz emitida desde la puerta. "Milo." Camus dijo en voz baja pero lleno de sorpresa.

"Puedo pasar?" Milo preguntó suavemente.

Camus se quedó en silencio. No podía creer que Milo estuviera en la puerta de su departamento. Después de unos segundos, Camus simplemente afirmó con la cabeza.

Milo entonces caminó con cautela hacia el sillón. Lo único que alumbraba el departamento era la luz de la televisión, así que tuvo que esquivar algunos objetos que no estaban muy bien alumbrados para poder llegar al sillón con espacio para tres personas.

Milo se sentó en un extremo y Camus estaba en el otro extremo.

Camus observó todo el recorrido que Milo hizo desde la puerta hasta el sillón, y cuando Milo se sentó, Camus no pudo apartar sus ojos de él.

Milo observó la televisión por unos segundos y después miró a Camus, "Te gustan los cisnes?" La pregunta tomó por sorpresa a Camus. Cisnes? Camus miró la televisión también y se dio cuenta de que el programa en la televisión era un programa sobre cisnes. Camus estaba a punto de responder cuando Milo dijo suavemente mientras observaba también la televisión, "No te vi en el parque." Camus despegó sus ojos de la pantalla y miró a Milo. "Te estuve buscando por todos lados." Milo dijo lentamente, y Camus percibió algo de decepción en su voz. Milo entonces también miró a Camus. Sus miradas se encontraron un segundo que pareció dudar horas. Milo fue el primero en romper el contacto visual y dijo mirando sus manos, "Sólo vine para ver si estabas bien, para ver si no te había pasado nada."

Camus no entendía nada así que dijo, "Te vi con tus amigos." Y no pudo evitar que sus palabras tuvieran un matiz de enojo y reclamo.

"Mis amigos?" Milo preguntó desconcertado. "Entonces sí fuiste?" Milo ahora era el que no entendía. "Yo creí que no habías ido."

"Te busqué también y cuando te encontré, estabas con ellos…" Camus no agregó más.

Milo se quedó callado pensando, "Sí, mientras te buscaba los encontré de casualidad, pero sólo estuve con ellos menos de diez minutos y después seguí buscándote." Milo explicó.

Los dos se quedaron callados por unos minutos. Los dos uniendo las piezas del rompecabezas con lentitud…

Camus sintió un gran alivio en su pecho cuando comprendió que todo había sido un mal entendido, estuvo a punto de suspirar.

"Realmente quería estar contigo esta noche en el parque." Y Camus no había dicho las palabras, habían salido de los labios de Milo.

El pulso de Camus aumentó repentinamente. Esta noche había sido una montaña rusa de emociones: primero la expectación, después el nerviosismo, después la frustración y desesperación, después la tristeza y decepción, y ahora, Camus no sabía cómo describirlo. Tenía a Milo a un lado diciéndole que le hubiera gustado estar con él, y lo único que Camus sabía era que había una ola cálida refrescando su corazón. "Yo también quería estar contigo." Camus dijo con unas pinceladas de rubor sobre sus mejillas.

Milo sonrió y los dos volvieron a mirarse a los ojos extensamente.

Los dos comprendieron que habían dicho algo sumamente importante.

"Todavía quieres ir al parque?" Milo dijo finalmente.

Camus miró el reloj que estaba encima de su televisión. Eran cerca de las once de la noche, era un poco tarde ya y estaba cansado, pero aún así Camus contestó, "Sí."

"Hay algo que quiero enseñarte." Milo dijo, y con eso, los dos se levantaron y salieron del departamento.

Se encontraron al portero cerca de la salida del edificio. Camus le agradeció el té, diciéndole que mejor se lo tomara él, y después salió con Milo.

El portero se quedó mirándolos partir con una sonrisa en su rostro… porque era una de las pocas veces en que había visto tan feliz a Camus.

Al llegar, Camus notó inmediatamente que había menos personas en el parque; se había reducido el porcentaje al cincuenta por cierto, y era lo normal, considerando que se acercaba la media noche con rapidez.

Caminaron a la parte izquierda del inmenso parque-antes-bosque y empezaron a subir una pequeña colina, que Camus no había notado horas atrás cuando había estado buscando a Milo.

La conversación entre los dos no había sido mucha. En el viaje en el taxi, que por cierto Milo había insistido en pagar, los dos no intercambiaron muchas palabras; sin embargo, el ambiente entre ambos era muy agradable, los dos estaban en paz.

Habían llegado a la cima de la colina, y Camus observó los troncos encajados de forma horizontal en el pasto, como también observó a las pocas personas que había en ese lugar; todos estaban sentados en los troncos.

Cerca de un frondoso y viejo árbol, había un tronco solitario, al cual se acercaron y se sentaron sobre él.

Camus se sentó de lado derecho de Milo, sólo a unos centímetros de distancia, no lo suficiente para tener contacto entre sus cuerpos pero sí lo suficiente para que el corazón de Camus acelerara su curso.

"Quería enseñarte esto." Milo dijo casi inaudiblemente.

Camus fue entonces cuando notó dónde se encontraban y lo que todos estaban observando. Frente a él, la ciudad entera se mostraba de forma pacífica. Al estar en la cima de la colina, tenían una vista hermosa de la ciudad. Eran cientos de luces iluminando las diminutas casas a lo lejos; la visión te quitaba el aliento por completo.

"Es… hermoso." Fue lo único que Camus pudo decir, aunque sabía que la palabra no le hacía justicia a la descripción.

"Como para hacer una pintura de la escena, no?" Milo dijo con una sonrisa. "Sabía que te gustaría." Milo agregó.

Camus lo miró divertido, "Ah sí? Y cómo lo sabías?"

"A los escritores les gustan este tipo de cosas." Milo contestó como si, en verdad, conociera los gustos de todos los escritores del mundo entero.

"Y no me digas que a los pintores no les gusta una escena así." Camus le reclamó.

"Pero yo no soy como todos los pintores, recuérdalo. Yo soy diferente, rompo con los estereotipos, voy en contra del clásico concepto de un pintor. Es como si… fuera un pianista que no tiene las manos adecuadas para tocar pero, aún así, insiste en crear su música." Milo miró su mano derecha y la extendió frente a él. "Soy, en pocas palabras, un pianista que tiene dedos anormales, pero no le importa y sigue tocando."

"No tienes dedos anormales." Camus aseguró y también extendió su mano izquierda. "Los dos tenemos manos y dedos normales."

"Tu mano es más blanca, eres más blanco que yo." Milo comentó.

"Claro que no." Camus protestó. "Somos del mismo color."

Milo tomó con su mano derecha la mano izquierda de Camus y la volteó para que los dos estuvieran viendo las palmas. "Ves, eres más blanco." Milo dijo gentilmente.

Camus ya no contestó porque era cierto: Camus era un poco más blanco que Milo. Pero sólo un poco.

Como tampoco dijo nada cuando Milo ya no separó su mano derecha de su mano izquierda, y mucho menos reclamó cuando Milo entrelazó sus dedos con los suyos y los dos siguieron platicando amenamente tomados de la mano.