Gracias a mis excelentes dotes como gimnasta logré que me dieran una beca y en menos tiempo del que creí que gradúe como psiquiatra y logre obtener un buen trabajo en el Asilo Arkham.
Allí, en mi primer día—en el que estaba tan firme en mi propósito de desentrañar los misterios detrás de los más peligrosos criminales de la ciudad—, conocí al amor apasionado de mi vida: el Joker.
Comencé mi terapia con él y en poco tiempo me di cuenta de que él, detrás de esa fachada del psicópata más temido de Gotham, no era más que un niño incomprendido buscando la atención y el amor que siempre le fue negado.
Sin embargo, como podrán notar, caí enamorada de él y tire por la borda todos mis planes. Lo que al principio inicio como simples terapias, comenzaron a convertirse en charlas entre bromas y risas.
Claro, intenté—juro que si—ignorar mis sentimientos, pero él sabia exactamente que decirme para que yo cayera a sus pies. Sabía que se suponía que estaba mal enamorarse de un paciente, que era muy poco profesional, pero ¿como podría estar mal un sentimiento como el amor?
Yo me enamoré de él sabiendo que era como jugar con fuego, pero ya era muy tarde, porque ya me había quemado. Se había robado mi corazón completamente.
Todo el mundo creía conocerle, solían decirme que alguien como el Joker, un cruel asesino, no tenia sentimientos por nadie, pero era un ángel. Nadie veía el llanto detrás de las risas.
Por eso me cansé de vivir reprimiendo el amor que sentía por él, de la presión de vivir bajo el prototipo que la sociedad llamaba "normal".
Me prometió una nueva vida y renací como Harley Quinn. Eramos los reyes de Gotham y pobre del que no me respetara, porque dijo que haría cualquier cosa por mi, pero nosotros solo estábamos dando vueltas y vueltas como un caballo en un carrusel.
En un momento él tomaba mi mano y luego, desaparecía.
