Digimon no me pertenece. Este fic es para Karyatoz por el reto en el foro Proyecto 1-8
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"Discordante"
Se parecía al inicio a las aventuras que habían tenido en el pasado y todo a su alrededor era demasiado familiar para que sea algo ajeno pero Takeru se sentía extraño por la presencia de Daisuke en el Mundo Digital, como si se tratase de un elemento discordante. Para Motomiya, todo era nuevo. Lo demostraba en cada acción, en su actitud y en sus palabras. Primero fueron los digivice, luego los Numemon, el digihuevo con el emblema del valor, después el haber hallado a su compañero y la digievolución, al final de la lista. Daisuke reflejaba todas sus emociones entusiastas en su rostro y también protestaba alto y claro cuando quería.
Encontró que era extraño, diferente. Pero eso no era lo que encontraba preocupante.
Todo era nuevo, incluso para ellos. Era algo... inquietante. Como si las cosas hubiesen cambiado mucho desde la última vez que vieron ese cielo y pisaron ese lugar. Parecía que el Mundo Digital había sufrido grandes transformaciones desde la última vez que pudieron llegar a él.
Ver a Patamon allí, vivo y bien, era lo que mayor tranquilidad le había traído. Su compañero digital era el digimon de la esperanza y parecía encender en otros esa misma luz.
—¡No te levantes! —exclamó Tailmon.
Takeru recordó lo que había sucedido y se giró en dirección a su amiga. Hikari se había torcido un poco el pie pero no había ocurrido nada peor. Tailmon la había empujado antes de que el verdadero ataque la golpease.
—Estoy bien, no ha sido nada. Tranquila.
Takeru se había acercado a ayudarla, como acto reflejo. No le gustaba la idea de haberse distraído tanto como para no notar que podría estar herida. La preocupación se adueñó de su mirada.
—¿Estás segura, Hikari-chan? —dudó, antes de tenderle una mano para ayudarla a ponerse de pie.
Hikari se apoyó en él para levantarse. Sus dedos apenas se tocaron por encima de los guantes rosados pero ella contempló sus manos unidas durante un segundo.
Las manos de Takeru eran muy cálidas.
—¿Hikari-chan?
Le sonrió, agradecida. —Sí, estoy bien. No te preocupes.
Parpadeó en dirección a Monochromon, cuando lo escuchó dar un quejido desde el suelo. Después del ataque de Fladramon —el digimon en el que había evolucionado el compañero de Daisuke— no se había movido demasiado y sus ojos, antes tan rojos como la sangre, se mostraban confusos.
Hikari sabía que sus pasos eran un poco rígidos cuando se acercó, para acariciarlo pero no se detuvo.
¿Los digimon podían ronronear? Porque eso era justo lo que parecía estar haciendo aquel digimon.
No tiene idea de lo que ha ocurrido, de lo que le ha pasado —pensó. Las acciones del Digimon Kaiser —¡un humano que quería controlar a los digimon!— eran despreciables. No podía imaginar como se sentían los digimon después, cuando descubrían que habían perdido su voluntad y fueron controlados... Era horrible.
—Ahora todo está bien —no podía decir otra cosa para consolarlo, salvo asegurarle que la pesadilla había terminado.
—Convertir a un digimon tan pacífico en una bestia fiera. —Takeru parecía tener la misma opinión porque su voz destilaba desaprobación y rabia. Por algún motivo, era reconfortante.
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—¿Por dónde vinieron ustedes? —preguntó Taichi. Agumon le había recordado que no debían quedarse allí más tiempo del necesario porque no sabían que podía ocurrir con la puerta interdimensional que conectaba los dos mundos—. Es hora de volver a casa.
—No está muy lejos —replicó Daisuke y trató de pensar el sitio al que habían llegado. V-mon trató de contener su decepción al darse cuenta de que debería separarse de su compañero.
—Vendremos en cuanto podamos —susurró Taichi, con una sonrisa. Hikari asintió, instintivamente, en acuerdo—. No vamos a dejarlos solos luchando contra el Digimon Kaiser.
—Gracias, Taichi —y la voz de Agumon reflejaba el gran afecto que tenía a su compañero.
—Esperemos que la puerta siga abierta —comentó Takeru. Ya sabía que podían quedar atrapados en ese mundo si no tenían cuidado. Y, esta vez, las cosas parecían ser muy difíciles para ellos.
Después de todo, salvo Daisuke y V-mon, estaban total y completamente indefensos.
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—Daisuke, un niño elegido —dijo Taichi cuando vio desaparecer a Motomiya, pero parecía hablarle al aire. El entusiasmo del joven era tan palpable que parecía haberse quedado impregnado en el aire a pesar de que Daisuke ya no estaba. Las protestas de Miyako y la serenidad de Iori también se habían evaporado en el aire.
Hikari lo miró, preocupada.
No le gustaba que pareciera tan melancólico. Pensaba que su hermano no estaba hecho para sentirse abatido, no, Taichi siempre tenía que sonreír. Había algo particular que le estaba molestando, supuso. Debía averiguarlo pronto: no tenía dudas que tenía que ver con lo sucedido en las últimas horas.
Onii-chan...
Tampoco podía definir exactamente como era que ella se sentía respecto a eso. Impotente era la palabra más adecuada, quizá. Porque había visto que Tailmon había perdido su anillo sagrado, había sido atacada y ella, ella, no había podido hacer nada para ayudar a su compañera digital. Se suponía que tenía que estar allí y ayudarla, pero había sido incapaz.
Y pensar que aquel primer día del semestre había empezado como uno común y corriente... Todo se veía diferente después de la visita al Mundo de los digimon.
—También Hida Iori-kun e Inoue Miyako-san —agregó Koushiro. Se veía más serio que de costumbre, con los ojos negros y curiosos reflejando la mirada de su mejor amigo.
—Y el Digimon Kaiser es el nuevo enemigo —agregó Taichi. Apretó el digivice entre sus dedos, antes de guardarlo en su bolsillo. Una sensación amarga arrastrándose por su garganta. Luego miró al pelirrojo, —¿Tienes algo que hacer ahora, Kou?
El joven Izumi sonrió —No.
Taichi se volvió hacia el hermano de Yamato, con una expresión más amable. —¿Takeru-kun?
—No, tampoco —Takaishi aseguró, encogiéndose de hombros. Ese había sido, después de todo, el primer día de clases. Aún no terminaba de desempacar pero eso podía esperar, había temas más urgentes—. A mamá no le importará que me retrase un poco, si le aviso.
—Vamos a mi casa —sugirió Hikari, mirando a Taichi primero y luego a su compañero—. Así podrás llamar a Takaishi-san y avisarle que llegarás más tarde. Papá puede llevarte después.
El mayor asintió a las palabras de su hermana.
Takeru sonrió a los dos, agradecido. —Puedo enviarle un mensaje con el D-Terminal. Creo que será más rápido para que lo lea.
Natsuko, después de todo, solía pasar muchas horas frente al computador. Sino, seguramente llegaría tarde y, por supuesto, no notaría su ausencia.
Taichi esbozó una sonrisa. —Y envíale un mensaje a Yamato. Dile que nos alcance en la plaza que está cerca de la primaria. Creo que tenía un ensayo hoy pero...
—Lo haré.
—¿Le aviso a Jou-san? —Koushiro preguntó, aunque ya había escrito el mensaje breve que le pedía que se reuniese con ellos cuando Taichi dijo que sí.
Hikari sonrió. Nunca iba a dejar de sorprenderse de lo buenos amigos eran esos dos.
—Llamaré a Sora. Tenemos que hablar sobre esto.
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—Has crecido mucho desde la última vez que te vimos, Takeru-kun —comentó Koushiro, cuando el silencio entre los cuatro se había instalado nuevamente.
Takeru sonrió, otra vez. Había tenido un estirón en su estatura y eso le había permitido sumarse al club de baloncesto con mayor convicción. Siempre le habían gustado los deportes pero de pequeño había tenido más desventajas.
Lo que más le sorprendía, y hasta lo veía como un triunfo, era haber superado a Hikari.
Habían sido unos minutos extraños los que habían pasado desde que finalmente pudieron comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. El Mundo Digital estaba en peligro, otra vez.
Taichi giró el rostro, para mirar al joven Takaishi y pareció salir por primera vez de su mutismo obligado —Oye, es cierto. ¿Cuándo llegaste a Odaiba?
Confíen en Taichi para retomar un tema que se creía olvidado.
—Tú también has crecido mucho, Koushiro-san —aprovechó para decir, antes de volverse hacia el elegido del valor—. Mi mamá y yo nos mudamos aquí la semana pasada. El viernes. Aún no he terminado de ordenarlo todo en la casa.
El viernes por la mañana, para ser más precisos. Muy, muy temprano.
—Vamos mismo salón, onii-chan —Hikari comentó, con una sonrisa. Aún podía recordar la sorpresa que sintió cuando lo vio entrar al aula. Le lanzó una mirada divertida a su amigo rubio.
—Yamato no dijo que iban a mudarse.
Takeru se encogió de hombros. Su hermano no podía saber todo lo que decidía Natsuko sobre sus mudanzas, seguro que se había desentendido del tema. No le sorprendía.
—Mamá no planeaba hacerlo. Pero no pudo decir que no a su nuevo trabajo.
Desde que podía recordar, se habían mudado varias veces. Itinerantes viajeros que arribaban un minuto y al siguiente ya no estaban. Vivir con Natsuko Takaishi era un poco como vivir en ninguna parte, a estar en movimiento. No es que le molestase, se había acostumbrado a no crear lazos profundos con sus conocidos, a llevarse bien con todos y a poder vivir en cierta armonía... Era mejor así. ¿Por qué hacerlo de otro modo? No sabía bien si alguna vez se quedarían en un lugar permanente...
Por eso no había querido avisarle a nadie de que se mudaría. ¿Y si al final su madre cambiaba de opinión y rechazaba el empleo? ¿Y si solo se quedaba por poco tiempo?
Era mejor acostumbrarse a no permanecer que sufrir al marcharse, algo que ya le había pasado.
Por supuesto, Odaiba era diferente. Su hermano y su padre vivían allí, sus más atesorados amigos también. Porque no se trataba de niños al azar que conoció en algunas ciudades y con los que no pudo convivir... Allí estaban Hikari y los demás, los niños que... vivieron muchas cosas con él. Los que le permitieron pertenecer a algún lugar, en una forma singular. Un sitio que podía llamar suyo.
Takeru no quería hacerse ilusiones, ya había tenido que perder muchas desde que vio a su padre salir de su vida de la mano de su hermano.
Por ahora, su vida en Odaiba se trataba de quedarse solo un semestre. Y, bueno, los digimon. Pero ellos no habían estado en la ecuación hasta el momento. Lo cambiaban ¿todo...?
Al menos, muchas cosas.
—¡Allí viene Jou-san! —señaló Hikari, agitando uno de sus brazos en reconocimiento.
Takeru puso una sonrisa en su cara, sacudiendo la cabeza. No era momento para pensar en nada de eso.
Divisó una cabellera cuasi roja en la noche, un uniforme de color verde y unos pasos agitados. —Y esa es Sora-san —susurró, para sí mismo.
Mimi estaba al otro lado del mundo, en los Estados Unidos, y no podían contactarla tan tarde... Pero era la primera vez, en mucho tiempo, que estarían reunidos casi todos.
—Hola —Sora saludó, con una dulce sonrisa. A Takeru siempre le había gustado el tono de su voz. Cariñoso, amable. Se acomodó rápidamente sobre uno de los juegos, esperando que Jou tomase un poco de aire—, ¿te encuentras bien, Jou-san?
—Salí de casa en cuanto recibí el mensaje de Koushiro, tenía que pasar a comprar algunas cosas y se me hizo tarde —les explicó el joven Kido. Sus ojos se posaron en Taichi, ardiendo en preocupación—, ¿qué es lo que ha pasado?
—¿Tiene que ver con lo que pasó en la clase de hoy? —Sora preguntó, mirando a Taichi—, ¿cuándo tu digivice empezó a sonar? ¿Se trataba de Agumon?
El mayor de los Yagami suspiró. Miró la hora en la pantalla de su digivice, antes de buscar al elegido ausente en las cercanías.
—Esperemos a que venga Yamato... Es importante lo que tengo que contarles.
—Onii-chan —Takeru se levantó de su asiento en cuanto vio la figura de su hermano mayor atravesar el parque varios minutos después. Yamato les dio una media sonrisa y una disculpa por llegar tarde.
Sora sonrió y las palabras brotaron de sus labios de forma inesperada. —Hacia mucho que no estábamos todos juntos.
Takeru no quería recordales que les faltaba uno cuando intercambiaron miradas. Fue Hikari quién lo hizo.
