Capítulo 2

Estaba esperando en el umbral de la puerta.

Candy había sido advertida con suficiente anticipación, por supuesto. Dos días antes, su primo Lucas había descubierto a cuatro soldados escoceses muy cerca de la frontera, cruzando el río Horton. Lucas no estaba allí por casualidad, estaba cumpliendo diligentemente con las indicaciones de su tía Maria, y después de casi un mes de matar el tiempo y pasarse las noches del temprano verano soñando despierto, había avistado a los escoceses. Se había quedado tan sorprendido al ver a los robustos Highlanders que casi se olvidó de qué debía hacer a continuación. Sin embargo, recobró la memoria con rapidez y cabalgó con gran velocidad, tanta que casi se ahoga con el polvo, hacia las lejanas tierras de Candy para decirle que debía prepararse para recibir visitas.

Candy no tenía mucho que hacer para estar lista. Desde el día en que le había llegado la noticia, a través de una intrincada red de chismes, de que Annie estaba embarazada, había tenido casi todo su equipaje preparado y todos los regalos para su amiga envueltos con bonitas cintas de encaje rosa. Por cierto, Annie podría haber escogido un momento más oportuno. Candy acababa de regresar a casa de su tío Richard para la obligatoria visita semestral cuando le llegó el mensaje. No podía hacer el equipaje y volver a casa de la tía Maria y la tia Pony como le decian cariñosamente, ya que el hacerlo podría dar pie a preguntas que no estaba dispuesta a contestar, así que escondió su equipaje y los regalos en el piso superior del establo y esperó a que su madre, que estaba en casa en una de sus infrecuentes escalas, se aburriera y volviera a marcharse. Entonces sacaría por primera vez el tema del viaje a Escocia con su tutor, el tío Richard.

El hermano mayor de su madre era un hombre de hablar suave y modales tranquilos, completamente opuesto en carácter a su hermana, Lady Cornelia, a no ser que bebiera. Entonces se volvía tan vil como una serpiente. Richard había sido un inválido durante tantos años como Candy podía recordar, y en los primeros años raramente se ponía de malhumor con ella, incluso en las noches en las que el dolor de sus piernas deformadas se volvía demasiado insoportable como para resistirlo. Candy solía darse cuenta de su malestar cuando comenzaba a frotarse las piernas y le pedía a uno de los sirvientes que le llevara una copa de vino caliente. Por experiencias pasadas, los sirvientes habían aprendido a llevarle una jarra llena. Algunas noches, Candy lograba escapar a su recámara antes de que su tío se volviera abusivo, pero otras noches le exigía que se sentara a su lado. Solía volverse bastante melancólico y deseaba sostenerle la mano a Candy mientras hablaba del pasado, de cuando había sido joven y sano, un soldado para tomar en cuenta. Cuando tenía veintidós años, un carro volcó triturándole las rodillas, y se las había dejado como granos de arena. Una vez que el vino le había amortiguado el dolor y aflojado la lengua, solía maldecir contra la injusticia de ese inesperado y extraño accidente.

También solía maldecir contra Candy.

Candy no dejaba que él supiera cuánto la trastornaba su ira. Se le formaba un nudo en el estómago que no desaparecía hasta que finalmente la excusaban por la noche.

El problema de Richard con la bebida empeoró mucho con el correr de los años. Comenzó a pedir el vino cada vez más temprano, y con cada copa que consumía su carácter cambiaba cada vez con mayor dramatismo. Cuando caía la noche, lloraba por repugnancia de sí mismo o le gritaba insultos y golpes incoherentes a Candy.

A la mañana siguiente, Richard no solía recordar nada de lo que había dicho la noche anterior. Candy recordaba cada palabra. Intentaba desesperadamente perdonarle su crueldad para con ella. Intentaba creer que el dolor era mucho más intolerable para él que para ella. El tío Richard necesitaba su comprensión y compasión.

La madre de Candy, Lady Cornelia, no tenía ninguna compasión por su hermano. Era una bendición el que nunca estuviera en casa más de un mes. Tenía muy poco que ver con Richard o con su propia hija incluso en ese entonces. Cuando Candy era más pequeña y la actitud fría y distante de su madre la hería con mayor facilidad, su tío la consolaba diciéndole que era un constante recuerdo de su padre y que su madre había amado tanto al barón que, aun después de tantos años, lloraba su muerte. Le decía que cuando su madre la miraba el dolor de su pérdida manaba dentro de sí y dejaba muy poco espacio para las demás emociones.

Como Richard no bebía tanto en aquel entonces, Candy no tenía ninguna razón para dudar de su explicación. Sin embargo, no entendía ese amor entre esposo y esposa, y en su interior anhelaba la aceptación y el amor de su madre. Candy había vivido con las tía Maria y Pony durante los primeros cuatro años de su vida. Luego, en la primera visita verdadera al tío Richard y a su madre, se había referido accidentalmente a la tia Maria como su madre, La madre de Candy se puso furiosa. Richard tampoco se mostró muy complacido. Decidió que Candy necesitaba pasar más tiempo con él, y le ordenó a Maria y a Pony que llevaran a la niña a sus tierras durante seis meses al año.

A Richard le repelía la idea de que su sobrina pudiera considerar a sus hermanas solteras como su madres. Por esa razón, todas las mañanas se reservaba una hora, cuando su mente no estaba entorpecida por el vino, para contarle historias acerca de su madre y su padre. Solía contarle que la larga espada curva que colgaba sobre la chimenea era la mismísima espada que su padre había usado para matar a los dragones que se atrevían a intentar arrebatarle Inglaterra al legítimo rey, y que su noble padre había rescatado a su madre de unos bandidos escoceses ganandose su amor y que habia muerto protegiendo la vida de su señor.

Las historias eran interminables... y llenas de fantasía. En muy poco tiempo Candy había santificado a su padre en su mente. Le habían dicho que había fallecido el primero de mayo, y todas las mañanas de cada aniversario de su muerte juntaba en la falda las primeras flores de primavera y cubría la tumba de su padre con los bonitos pimpollos. Decía una plegaria por su alma, aunque, en realidad, no creía que aquella petición fuera necesaria; seguramente su papá ya estaba en el cielo, complaciendo a su Creador ahora, en vez de al rey a quien tan valientemente había servido mientras estuvo sobre la Tierra.

Candy tenía once años e iba camino al festival de la frontera cuando averiguó la verdad acerca de su padre. No había muerto defendiendo a Inglaterra de los infieles. Ni siquiera era inglés. Su madre no lloraba a su esposo; lo odiaba con una pasión que no había disminuido a través de los años. Richard sólo le había contado una verdad a medias. Candy era un constante recuerdo para su madre, un recuerdo del horrible error que había cometido.

Las tías Maria y Pony sentaron a Candy y le contaron todo lo que sabían. Su madre se había casado con aquel jefe de clan escocés por despecho, cuando su padre y su rey consideraron que el barón inglés que se proponía conquistar como novio no era aceptable. Lady Cornelia no estaba acostumbrada a que se le negaran sus deseos. Se casó con el Highlander apenas dos semanas después de haberlo conocido en la corte en Londres. Cornelia quería vengarse de su padre. Deseaba herirlo y, por cierto, cumplió con su objetivo, pero en el convenio que tuvo que aceptar se hizo mucho más daño a sí misma. El casamiento duró cinco años. Luego, Cornelia regresó a Inglaterra. Pidió poder vivir con su hermano, Richard, y al principio se negó a explicar qué había sucedido. Más tarde, cuando se hizo obvio que estaba esperando un niño, le dijo a su hermano que su esposo la había desterrado cuando se enteró de que estaba embarazada. Ya no la quería más y tampoco quería al niño. Richard quería creer a su hermana. Se sentía solo, y la idea de criar a una sobrina o a un sobrino le agradaba. Sin embargo, después de que nació Candy, Cornelia no pudo soportar la idea de tener a la criatura en la casa. Maria y Pony consiguieron convencer a Richard para que les dejara tener a Candy. El trato que hicieron fue que nunca le hablarían a la niña de su padre.

Las tias no estaban dispuesta a cumplir con esa promesa, pero esperaron hasta que sintieron que Candy era lo bastante grande como para entender. Entonces la sentaron y le explicaron todo lo que sabían acerca de su padre.

Candy tenía miles de preguntas. Sus tias no tenían muchas respuestas. Ni siquiera estaban seguras de que el terrateniente escocés estuviera aún con vida. Con todo, sí sabía el nombre. Era Maclean.

No lo habían conocido y por lo tanto no podía ofrecerle una descripción de su apariencia. Pero, como Candy no se parecía en nada a su madre, sólo podía suponer que su cabello rubio las pecas y los ojos verdes le venían del lado paterno.

Sencillamente era demasiado para que Candy lo asimilara. Su mente sólo podía concentrarse en todas las mentiras que le habían contado a través de los años. La traición fue desoladora.

Annie la había estado esperando en el festival. Ni bien las dos amigas se quedaron solas, Candy le contó todo lo que había aprendido. También lloró. Annie le sostuvo la mano y también lloró con ella.

Ninguna de las dos podía entender las razones que existían detrás del engaño. Después de discutirlo durante días, resolvieron que en ese momento las razones no eran importantes.

Entonces formaron su propio plan. Se resolvió que Candy no confrontaría a su madre y a su tío Richard con la verdad. Si se daban cuenta de que sus tias le habían contado la verdad acerca de su padre, era muy probable que la obligaran a mudarse con ellos de manera permanente.

Esa verdadera posibilidad era aterradora. Sus tias y Annie se habían convertido en la familia de Candy. Eran las únicas personas en las que podía confiar y no permitiría que su madre la mantuviera alejada de ellos.

Candy iba a tener que aferrarse a su paciencia, sin que importara lo difícil de la tarea. Esperaría hasta que fuera mayor. Entonces, si aun sentía la inclinación de hacerlo, iría a esas Highlands a conocer al hombre que la había procreado. Annie prometió ayudarla.

Los siguientes años pasaron con rapidez, incluso para una joven mujer que deseaba enfrentarse a la vida. Annie había sido prometida en matrimonio a un hombre de la frontera del clan de los Stewart, pero tres meses antes del día de la boda los Kirkcaldy tuvieron una disputa con el terrateniente de los Stewart. Anthony Andrew aprovechó la reciente enemistad y pidió a Annie en matrimonio apenas una semana después de que se rompiera el contrato con los Stewart.

Cuando Candy se enteró de que su amiga se había casado con un Highlander, creyó que el destino había tomado parte para ayudarla. Ya le había dado su promesa a Annie de ir a ella cuando estuviese embarazada. Candy pensó que mientras estuviera allí, encontraría una manera de conocer a su padre.

Empezaría el viaje al día siguiente. Los parientes de Annie Lorna ya estaban en camino para recogerla incluso en ese mismo momento. El único problema era cómo explicar todo ello a su tío Richard.

Por lo menos su madre se encontraba otra vez en Londres. La casa siempre estaba alborotada cuando estaba la madre de Candy, pero se había aburrido del aislamiento del campo y había partido para Londres la semana anterior. A Lady Cornelia le encantaban el caos y los chismes de la vida cortesana, el débil código moral y, principalmente, todas las intrigas y los secretos que se daban junto a las distintas relaciones amorosas. En ese momento tenía el ojo puesto en el barón Ritch, el bien parecido esposo de una de sus mejores amigas, y había madurado un plan para llevarlo hasta su cama en un plazo de quince días. Candy había oído que su madre alardeaba de ello ante Richard y luego se reía por la indignada reacción de éste.

Nada de lo que su madre hiciera podía sorprender a Candy. Daba las gracias por tener que luchar sólo contra Richard. Había esperado hasta la noche anterior a su partida para contarle sus planes. No le iba a pedir su permiso, pero sentía que no sería honrado por su parte simplemente partir sin decirle adónde iba.

Temía la confrontación. Mientras subía hacia la recámara de su tío, sintió que se le formaba el conocido nudo en el estómago. Rogó que la cerveza lo hubiera vuelto melancólico y no atrozmente ruin.

La recámara estaba cubierta por la oscuridad. Un olor húmedo y mustio impregnaba el aire. Candy siempre se sentía sofocada cada vez que estaba en aquel lugar. En ese momento se sentía de esa manera y aspiró profundamente para calmar sus nervios.

Una sola vela ardía en la cómoda junto a la cama de Richard. Candy a duras penas podía ver el rostro de su tío en las sombras. La preocupación por un incendio debido a una vela olvidada siempre estaba en su mente, ya que a menudo su tío caía en un sopor producido por la bebida antes de apagar la llama de la vela.

Lo llamó. No respondió. Candy entró justo cuando finalmente su tio reparó en ella y la llamó.

No tenía la voz muy clara. Le hizo señas de que se acercara con la mano, y cuando Candy se acercó junto a la cama, su tío se incorporó y la tomó de la mano.

Le sonrió de manera vacilante. Candy exhaló un suspiro de alivio. Esa noche estaba de humor melancólico.

—Siéntate junto a mí mientras te cuento una historia que acabo de recordar acerca de la ocasión en que cabalgué junto a tu padre en una batalla. ¿Te he contado que él solía cantar la misma balada cada vez que las trompetas llamaban al toque? Siempre seguía cantando durante todo el tiempo que peleaba. Candy se sentó en una silla que había junto a la cama.

—Tío, antes de que continúes con la historia, me gustaría hablar contigo de algo importante.

—¿Oír cosas sobre tu padre no es importante?

Candy no hizo caso de la pregunta.

—Tengo que decirte algo —dijo.

—¿Qué es?

—¿Me prometes que vas a procurar no enfadarte?

—¿Cuándo me he enfadado yo contigo? —preguntó, totalmente ajeno a los cientos de noches en que se había enfurecido con ella— Ahora dime qué te acongoja, Candy Voy a sonreír durante toda tu confesión.

Candy asintió y entrelazó las manos sobre la falda.

—Todos los veranos, tus hermanas Maria y Pony me han llevado al festival de la frontera .

—Sé que es así —comentó Richard—. Alcánzame la copa y continúa con tu explicación. Estoy deseando saber por qué no me has contado nada de esos festivales.

Candy observó cómo su tío tragaba un largo sorbo de cerveza y se servía otro trago antes de contestar su pregunta.

El dolor de estómago se le hizo más intenso.

—Mis tias pensaron que sería mejor que no te dijéramos nada a ti o a mamá... pensaron que os alteraría saber que me estaba relacionando con escoceses.

—Lo que dices es verdad —concordó Richard. Tomó otro largo sorbo de la copa—.Por lo general no apoyo tanto odio, pero te voy a decir que tu madre tiene buenas razones para sentirse de la manera en que se siente. También puedo entender por qué no dijiste nada acerca de esos festivales. Sé que habrás pasado muy buenos momentos. No soy tan viejo como para no recordarlo, sin embargo, tengo que poner fin a eso. No vas a volver a ir a la frontera.

Candy aspiró profundamente en un esfuerzo por controlar la ira.

—En el primer festival al que fui, conocí a una niña llamada Annie Lorna Brighton . Nos convertimos en buenas amigas enseguida. Hasta que Annie se casó y se mudó lejos de la frontera, renovamos nuestra amistad todos los veranos en el festival. Le hice una promesa y ahora ha llegado el momento de cumplirla. Tengo que marcharme por un tiempo —terminó con un suave susurro.

Su tío clavó la mirada en ella con ojos inyectados en sangre. Era obvio que tenía dificultades para seguir la explicación.

—¿Qué es esto? —quiso saber—¿Dónde crees que vas?

—Primero querría hablarte de la promesa que hice cuando tenía once años.—Esperó su gesto de aprobación antes de continuar— La madre de Annie murió dando a luz y su abuela murió de la misma manera.

—Eso no es tan extraordinario — musitó— Muchas mujeres mueren cumpliendo con su deber.

Intentó que aquella actitud insensible no la molestara.

—Hace muchos años, me enteré por Annie de que en realidad su abuela había muerto en algún momento en la semana posterior al alumbramiento, y eso era muy esperanzador, por supuesto.

—¿Por qué era esperanzador?

—Porque su muerte no pudo deberse a que tuviera las caderas estrechas.

Candy sabía que estaba enmarañando su explicación, pero el ceño fruncido de su tio la desconcentraba.

Richard se encogió de hombros.

—Aun así, fue el parto lo que la mató —dijo— Y no deberías interesarte personalmente en temas tan íntimos.

—Annie cree que va a morir —dijo Candy—. Por esa razón, me intereso personalmente.

—Continúa hablándome de esa promesa —ordenó— Pero mientras me lo explicas, sírveme un poco más de esa dulce cerveza.

Candy vació lo último que quedaba de la segunda jarra.

—Annie me pidió que le prometiera que acudiría junto a ella cuando estuviese esperando un niño. Deseaba que yo estuviera a su lado cuando muriera. Pedía muy poco, y yo acepté de inmediato. Hice esa promesa hace mucho tiempo, pero todos los veranos le decía que no había cambiado de opinión. No quiero que mi amiga muera —añadió—. Y por ese motivo, me he encargado de aprender todo lo que he podido acerca de los métodos más nuevos de alumbramiento. Le he dedicado mucho tiempo a este proyecto. La tía Pony ha sido una maravillosa ayuda. Durante los últimos dos años, ha encontrado un número considerable de respetables parteras para que yo las entrevistase.

Richard estaba consternado ante las aspiraciones de Candy.

—¿Te ves a ti misma como la salvadora de esa mujer? Si Dios quiere a tu amiga, tu interferencia podría hacer caer el pecado sobre tu alma. Tú no eres nada, lo sabes, y sin embargo ¿te atreves a creer que eres lo suficientemente importante como para marcar una diferencia? —añadió con un ademán despectivo.

Candy se negó a discutir con él. Se había acostumbrado tanto a sus insultos que ya casi no la herían. Estaba orgullosa de lo que había logrado, pero deseaba poder encontrar una manera de detener el dolor que sentía en el estómago. Cerró los ojos, otra vez aspiró profundamente y luego se lanzó hacia adelante.

—Se acerca la hora de Annie y sus parientes están en camino para venir a buscarme. Estaré perfectamente a salvo. Estoy segura de que por lo menos habrá dos mujeres para acompañarme y un número adecuado de hombres para cuidar de mi seguridad.

La cabeza de su tio cayó sobre las almohadas.

—Buen Dios, ¿me estás pidiendo permiso para ir a la frontera? ¿Y qué se supone que le voy a decir a tu madre cuando regrese y encuentre que no estás?

Candy no le había pedido permiso, pero decidió no señalárselo. Su tío cerró los ojos. Parecía que vacilaba al borde del sueño. Candy sabía que iba a tener que apresurarse si deseaba decir el resto antes de que cayera en un sopor.

—No voy a la zona de la frontera —comenzó— Voy a ir a un lugar llamado Highlands, hacia el norte, en una zona aislada cerca del estuario Moray.

Los párpados de su tío se abrieron de golpe.

—No lo voy a permitir —rugió.

—Tío...

Se incorporó para abofetearla. Candy ya había movido su silla fuera de su alcance.

—Ya he terminado esta conversación —rugió. Estaba tan irritado que le sobresalían las venas del cuello.

Candy se preparó para enfrentarse a la ira de su tío.

—Pero yo no he terminado con esta conversación —insistió.

Richard estaba pasmado. Candy siempre había sido una muchacha tímida y callada. Nunca había discutido con él. ¿Qué le había sucedido?

—¿Tus tias te han estado llenando la cabeza con ideas extrañas? —preguntó.

—Sé lo de mi padre.

La miró de soslayo durante unos instantes antes de estirarse para alcanzar la cerveza. Candy observó que le temblaba la mano.

—Por supuesto que sabes lo de tu padre. Te he contado todo acerca del maravilloso barón. Era...

—Su nombre es Maclean y vive en algún lugar de las Highlands. No es un barón inglés. Es un terrateniente escocés.

—¿Quién te ha dicho esas tonterías?

—Mis tias me lo han contado hace mucho tiempo.

—Es mentira —gritó—. ¿Por qué habrías de escuchar a Pony y Maria? Mis hermanas...

—Si no es verdad, ¿por qué te opones a que vaya a las Highlands?

Estaba demasiado confundido por la cerveza como para pensar en una respuesta convincente.

—No vas a ir y ése es el final del asunto. ¿Me oyes?

—Ni el mismísimo diablo va a evitar que acuda junto a Annie — contrarrestó con voz tranquila. —Si te marchas, no volverás a ser bienvenida aquí.

Candy asintió.

—Entonces no regresaré aquí.

—Maldita desagradecida —gritó— He intentado ser justo contigo. Las historias que inventé acerca de tu padre...

No continuó. Candy movió la cabeza en un gesto negativo.

—¿Por qué inventaste esas historias?

—Deseaba darte algo a lo que pudieras aferrarte, especialmente ya que tu madre ni siquiera podía soportar mirarte. Tú sabías eso. Te tuve lástima e intenté mejorar en algo tu situación.

El estómago de Candy se retorció y se tensó con tanta intensidad que casi se dobló en dos. La habitación parecía estar cerrándose sobre ella.

—Oí que mamá decía que el primo Lucas era inferior porque tenía sangre mestiza corriéndole por las venas. Siente lo mismo con respecto a mí, ¿verdad?

—No tengo respuestas fáciles —replicó. Su voz era cansada y derrotada— Lo único que yo podía hacer era intentar suavizar su influencia sobre ti.

—La espada que cuelga de la chimenea... ¿a quién pertenece en realidad?

—Es mía.

—¿Y el anillo de rubí que llevo en una cadena alrededor del cuello?—preguntó. Levantó el anillo desde el lugar en el que descansaba entre sus senos—¿También es tuyo?

Richard lanzó un bufido.

—El anillo pertenece al maldito Maclean. El intrincado diseño alrededor de la piedra tiene algún tipo de significado para la familia. Tu madre se lo llevó por despecho cuando lo abandono.

Candy dejó de sostener con fuerza el anillo.

—¿Y qué pasa con la tumba?

—Está vacía.

No tenía más preguntas. Permaneció allí sentada durante uno o dos minutos, con las manos como puños sobre su regazo. Cuando volvió a mirar a su tío, éste estaba profundamente dormido. Pocos segundos después estaba roncando. Tomó la copa vacía de entre las manos de su tío, le quitó la bandeja del otro lado de la cama, apagó la llama de la vela y salió de la habitación.

De pronto, supo lo que quería hacer. Podía destruir una mentira.

El sol se estaba poniendo cuando corrió por el puente levadizo y subió la colina hacia el cementerio. No aminoró el paso hasta que llegó a la tumba vacía. Apartó con los pies las marchitas flores hacia un costado y luego se inclinó sobre la decorativamente tallada piedra sepulcral en la parte superior del montículo de tierra. Le llevó mucho tiempo arrancar la lápida de la dura tierra, y aún más tiempo destruirla por completo.

A la mañana siguiente estaba lista para partir. No regresó a la recámara de su tío para decirle adiós.

Todos los criados corrían alrededor de Candy, luchando por una oportunidad de ayudar. Hasta ese momento Candy no se había dado cuenta de que eran más leales a ella que a su tío. Se sintió humilde ante la muestra unida de apoyo. Paul, el administrador del establo, ya le había preparado la yegua de lomo hundido con los fardos. Estaba ensillando el corcel preferido de Candy, una yegua de patas moteadas llamada Glory, cuando Jane llegó corriendo con otra mochila llena de comida que prometió que duraría todo el viaje. Por el peso del equipaje y la manera en que Jane se esforzaba para llevarla hasta los establos, Candy llegó a la conclusión de que dentro había suficiente comida como para alimentar a un ejército.

Samuel, el guardián, gritó ante la llegada del grupo escocés. Se bajó de inmediato el puente levadizo. Candy permaneció de pie en el escalón más alto del torreón, con los brazos a lo largo del cuerpo y una sonrisa de bienvenida en el rostro aunque forzada, ya que de pronto se sintió sumamente nerviosa.

Cuando los soldados llegaron hasta las tablas de madera del puente levadizo y los caballos lo cruzaron con estruendo, la sonrisa vaciló.

Un estremecimiento de preocupación le recorrió la espalda. No había ninguna mujer en el grupo. Sólo había soldados, cuatro en total, y todos le parecieron gigantes salvajes. La sensación de preocupación se trasladó hacia su estómago cuando se acercaron y pudo verles bien la cara. Ninguno de ellos estaba sonriendo. A decir verdad, le parecieron claramente hostiles.

Todos vestían el tartán de caza. Candy sabía que cada clan utilizaba dos tartanes diferentes. Los apagados colores dorado, castaño y verde se preferían para la caza de animales salvajes... y para los hombres, ya que esos colores se fundían con mayor facilidad en el bosque y los escondían de la presa. Los tartanes más coloridos se utilizaban en todas las demás ocasiones.

Las rodillas desnudas no tomaron a Candy por sorpresa. Estaba acostumbrada a aquella vestimenta inusual, ya que todos los hombres que asistían a los juegos de la frontera llevaban el tartán a la altura de la rodilla. En Inglaterra, el estandarte del barón era el que llevaba los colores, pero en Escocia, tal como le había explicado Annie, el jefe del clan y sus seguidores se reconocían por los colores de la vestimenta.

Lo que sí sorprendió a Candy fueron las expresiones de ira. No podía entender por qué estaban tan obviamente malhumorados. Luego decidió que el viaje habría agotado a los hombres. Era una excusa muy débil, pero era lo mejor que podía pensar.

Ningún soldado desmontó cuando alcanzaron a Candy. Tres de ellos formaron una hilera detrás del hombre que Candy supuso era el líder. Nadie dijo una palabra durante un largo, largo momento. Todos clavaban la mirada en Candy de manera grosera. Candy no pudo evitar devolverles la penetrante mirada, aunque centró toda su atención en el líder. No creía haber visto una visión tan magnífica en toda su vida. Aquel hombre la fascinaba. Era indudable el más grande del grupo. Los anchos hombros casi tapaban al sol que brillaba detrás de él; sólo lo rodeaban los rayos de luz y le daban un aspecto mágico e invencible.

Con todo, no era mágico. Era sólo un hombre, y un hombre arisco y bien parecido, y seguramente el soldado más musculoso del grupo. El tartán que llevaba se había abierto hacia el costado del muslo izquierdo. El bulto de puro músculo que allí había parecía tan fuerte como una ristra de acero. Debido a que no era propio de una dama fijar la mirada en una zona tan íntima, volvió la mirada de nuevo hacia el rostro. La expresión del soldado no indicaba que hubiera notado que Candy había estado escudriñando sus muslos y Candy soltó un suspiro por esa bendición.

Dios, pensó, estaría contenta de mirarlo por el resto de sus días. Tenía el cabello rubio, de un profundo color dorado, con sólo una pequeña sugerencia de rizos. Los brazos desnudos estaban tan bronceados como el rostro. Tenía un perfil atractivo. Ah, sí, tenía un buen estado físico, sin dudas, pero en realidad lo que más atrajo su interés fue el color de los ojos. Eran de un hermoso y brillante azul celeste.

La penetrante mirada del guerrero era intensa y desconcertante. Había tal aura de poder radiando de él que casi le cortó el aliento a Candy. La intensidad de la manera en que la estaba mirando hizo que deseara sonrojarse, pero no podía imaginarse el porqué. Dios querido, esperaba que no fuera el esposo de Annie. Parecía ser un hombre terriblemente controlado y rígido. Candy no creía que fuera un hombre muy dado a la risa.

Sin embargo, decididamente había algo en él que le llegaba al corazón, algo que hacía que deseara llegar a él. Era una extraña reacción ante un escocés; sin embargo, indudablemente no era más extraña que el hecho de que, cuanto más lo miraba, más se disipaban sus preocupaciones.

Iba a tener una aventura maravillosa. Esa idea asaltó su mente de improviso. No tenía ningún sentido para ella, pero estaba demasiado confundida por su reacción ante el soldado como para intentar entenderla en ese momento. Sólo sabía que de pronto se sentía completamente libre de todas sus preocupaciones. También segura. El aspecto del rostro del soldado indicaba que no le agradaba mucho la tarea que había emprendido, pero estaba segura de que la protegería en el viaje hasta su casa.

Ni siquiera se preocupó porque no hubiera ninguna dama para escoltarla en el viaje por motivos de decencia. Al demonio con las convenciones. No podía esperar a emprender el viaje. Iba a dejar las mentiras, el dolor, el rechazo, todas las traiciones detrás suyo. Se hizo una promesa a sí misma en ese mismo momento. No regresaría nunca. Nunca. Ni siquiera aceptaría visitarlos, por corta que fuera la visita. Se quedaría con sus tias, y por Dios que, si así lo deseaba, también las llamaria mama y nadie iba a detenerla.

Candy sintió un abrumador y urgente deseo de gritar y reír sólo para darle sonido a la felicidad que sentía. Reprimió ese deseo porque sabía perfectamente bien que los escoceses no lo entenderían. ¿Cómo podrían? Apenas se entendía ella misma.

Parecía que el silencio se había extendido durante horas; sin embargo, sabía que en realidad habían pasado sólo algunos minutos. Luego Paul abrió las puertas del establo de un empujón. El ruido de los viejos goznes que chirriaron y gimieron, pidiendo aceite nuevo, atrajo la inmediata atención de los soldados. Todos menos el líder se volvieron para mirar en esa dirección.

Candy notó que dos hicieron un gesto de alcanzar las espadas. En ese momento se le ocurrió que los soldados se consideraban en territorio hostil y que naturalmente estarían en guardia contra un posible ataque.

No era de extrañar que estuvieran tan malhumorados. Los ceños fruncidos tenían sentido ahora. Candy volvió a prestarle atención al líder.

—¿Sois el esposo de Annie ?

No le contestó. Iba a repetir la pregunta en idioma gaélico cuando el soldado que estaba inmediatamente detrás del líder le respondió.

—Anthony está con su esposa. Somos sus parientes.

Su acento era tan fuerte que a Candy le resultó difícil entenderle. El soldado dio un empujón hacia adelante a su corcel. Cuando alcanzó el costado del líder, volvió a hablar.

—¿Sois vos Lady Candice Isabella?

Sonrió. Nadie excepto Annie añadía jamás el Isabella a su nombre. Era un dulce recuerdo de los días pasados.

—Lo soy —respondió—. Aunque podéis llamarme Candy. Por favor, decidme, señor, ¿cómo está Annie ?

—Gorda.

Se rió ante la seca respuesta.

—Se supone que debe estar gorda —dijo—. ¿Pero también se siente bien?

El guerrero asintió.

—Señora, hemos venido de muy lejos para oíros decir que no vais a regresar con nosotros. Sed amable y dadnos ahora vuestra negativa, y nos marcharemos.

Los ojos de Candy se abrieron como platos por la sorpresa. El que la había

insultado tan fortuitamente tenía el cabello de un oscuro color castaño y agradables ojos cafe.

Candy se volvió para mirar a los demás.

—¿Todos vosotros creéis que no voy a ir? —preguntó con voz incrédula. Todos y cada uno de ellos asintieron. Candy estaba muy asombrada.

—¿Habéis hecho todo el viaje sólo para oírme deciros que no?

De nuevo todos asintieron al unísono. Candy no pudo contener su diversión. Se echó a reír.

—¿Os reís de nuestra Annie porque creyó inocentemente que vos cumpliríais vuestra palabra?—preguntó uno de los soldados.

—No —dijo Candy apresuradamente—. Me río de vosotros.

Decidió que no debió haber sido tan sincera con el escocés. Parecía querer

estrangularla en ese momento.

Se obligó a dejar de sonreír.

—En verdad me disculpo si os he ofendido señor —dijo— Me reía de vos pero sólo un poco. Vuestro comentario me ha tomado de sorpresa.

No parecía estar aplacado ante la disculpa. Candy dejó escapar un suspiro ante el penoso comienzo de la conversación y decidió empezar todo de nuevo.

—¿Cuál es vuestro nombre, señor?

—Tomas

—Encantada de conoceros, Tomas —dijo con una pequeña reverenda. Tom elevó los ojos al cielo con exasperación.

—Señora —replicó—. Sí sólo nos dierais vuestra negativa nos marcharíamos. No tenéis que empezar a enumerar las razones por las que os negáis. Bastará con un simple no.

De inmediato todos asintieron de nuevo. Candy pensó que se ahogaría de risa.

—Me temo que no os voy a poder dar lo que tan obviamente estáis esperando —comenzó—. Tengo toda la intención de cumplir con la promesa que le hice a mi amiga. Estoy muy ansiosa por ver de nuevo a Annie . Cuanto antes partamos, mejor, para mi manera de pensar. Por supuesto. Entenderé que deseéis refrescaros antes de partir.

Los había dejado pasmados con su pequeño discurso decidió. Tom parecía aturdido. Los demás, excepto el líder, que todavía no había demostrado ninguna reacción externa, parecían estar levemente indispuestos. Candy no se rió, pero sí sonrío. Deliberadamente había hablado en gaélico, sólo para impresionarlos y por la manera en que la miraban con fijeza supuso que había alcanzado su objetivo.

Candy resolvió que debía estar segura de recordar las expresiones de todas aquellas caras para poder contarle todos los detalles de esa reunión inicial a Annie. Seguro que su amiga lo iba a encontrar tan divertido como ella.

—¿De verdad tienes la intención de venir con nosotros, muchacha?—preguntó Tom.

¿No acababa de decirles exactamente eso? Candy ocultó su exasperación.

—Sí, de verdad tengo la intención de ir con vosotros —respondió con un tono de voz enérgico y serio. Volvió a mirar al líder— Es mejor que entendáis que no importa si deseáis mi compañía o no. Nada va a impedir que cumpla con mi promesa. Si tengo que caminar hasta la casa de Annie, entonces por Dios santo que lo haré. Y bien —añadió con voz mucho más suave— ¿He hablado con suficiente claridad para vos?

El líder no asintió ni habló, pero sí levantó una ceja. Candy decidió tomar aquella reacción como un sí.

Paul atrajo su atención con un largo silbido. Candy le hizo un gesto para que le llevara los caballos. Levantó el borde de su vestido verdad y bajó corriendo los escalones. Estaba pasando justamente la hilera de soldados cuando oyó murmurar:

—Me parece que va a ser una mujer difícil, Albert.

Ni siquiera fingió no haber oído ese comentario.

—La verdad es que probablemente sea difícil —dijo mientras continuaba hacia los establos. Su propia risa venía detrás de ella.

Como no se volvió, no pudo captar las sonrisas de los soldados ante su jactancia.

Albert parecía no poder apartar la mirada de la mujer. Era indudable que estaba muy sorprendido de que fuera a cumplir con su palabra, por supuesto, pero maldición, no había esperado sentirse atraído hacia ella. Aquella sorprendente reacción lo tomó por sorpresa y no estaba del todo seguro de qué podía hacer al respecto.

La brisa le levantó el largo cabello de color del trigo cuando Candy se apresuró en dirección al encargado de los establos. Albert no pudo evitar el notarlo... y apreciar el suave balanceo de sus caderas. Tenía gracia en cada uno de sus movimientos. Sí, era hermosa, sin duda. Sus ojos eran del color verde más bonito que hubiera visto jamás, pero fue el hermoso sonido de su risa lo que verdaderamente lo había impresionado. Estaba llena de alegría.

Albert ya había tomado la decisión de obligar a la mujer a ir a casa con él, una decisión que no había compartido con sus compañeros. Cuando llegara el momento, harían lo que él les ordenara. Sin embargo, Lady Candice ciertamente lo había sorprendido. Era una mujer de palabra. Y sin embargo era inglesa. Movió la cabeza negativamente ante aquella contradicción.

—¿Qué opinas de ella?

El primo segundo de Albert, Gowrie , hizo esa pregunta. Tenía la mirada fija en la inglesa mientras se rascaba la oscura barba con un rítmico movimiento, como si esa acción repetida lo pudiera ayudar a llegar a alguna conclusión importante.

—Es una cosita bonita, ¿no es así? Creo que estoy empezando a simpatizar con la muchacha.

—Y yo creo que hablas demasiado —musitó Tom— Diablos, Gowrie, le tomas simpatía a cualquier cosa que lleve faldas.

Gowrie sonrió. No estaba ni minimamente ofendido por las palabras insultantes de su amigo.

—Va a cumplir con la promesa que le hizo a nuestra Annie . Y ésa es la única razón por la que yo le tendría simpatía a una mujer inglesa.

Albert ya había oído suficiente charla inútil. Tenía prisa por empezar el viaje.

—Salgamos de aquí, demonios —ordenó—. No puedo respirar cuando estoy en Inglaterra.

Los demás soldados estaban totalmente de acuerdo con él. Albert giró en su montura para mirar a Archie.

—Va a cabalgar contigo —le dijo— Ata su bolsa detrás de tu montura.

El soldado primo de Albert de cabellera castaño claro negó con la cabeza.

—Pides demasiado, Albert.

—No te lo estoy pidiendo —replicó Albert, con la voz tan dura como el acero—. Te lo estoy ordenando. Ahora intenta decirme que no.

Arvhie se alejó retrocediendo ante esa amenaza.

—Diablos —musitó—. Como desees.

—Puede cabalgar conmigo —sugirió Gowrie— No me molesta.

Albert se volvió para lanzar una mirada furiosa al soldado.

—Si, no te molesta. Tampoco la vas a tocar, Gowrie. Ni ahora ni nunca. ¿Entendido?

No esperó el consentimiento de Gowrie, sino que se volvió para mirar a Archie.

—Muévete —le ordeno.

Candy acababa de montar en su corcel cuando el guerrero la alcanzó a su lado.

—Vais a cabalgar conmigo —le anunció. Se detuvo cuando vio el número de bultos atados a la montura. Luego movió la cabeza en un gesto negativo—Vais a tener que dejar...

No pudo terminar la explicación.

—Muchas gracias por ofreceros, señor, pero realmente no hay necesidad de que cabalgue con vos. Mi yegua es bastante fuerte. Está en perfectas condiciones físicas para hacer este viaje.

Archie no estaba acostumbrado a que una mujer lo contradijera. No sabia cómo actuar. Comenzó a estirarse hacia ella y luego se detuvo a mitad de camino.

Albert notó que el soldado vacilaba. Archie se volvió para mirarlo y vio la confusión en su expresión.

—Está siendo difícil —murmuró Tom

—Sí, así es —concordó Gowrie con una risita ahogada— Estaba equivocado, Tom. No es bonita. Es increíblemente hermosa.

Tom asintió.

—Sí, lo es —admitió.

—¿Quieres mirar a Archie? —dijo entonces Gowrie— Si no supiera que no es así, diría que está a punto de desmayarse.

A Tom aquel comentario le pareció muy divertido. Albert sacudió la cabeza y dio un pequeño empujón hacia adelante a su caballo. Candy no se había dado cuenta de la incomodidad de Archie. Estaba ocupada alisándose las faldas a la altura de los talones. Se colocó la pesada capa en los hombros, se anudó el lazo negro y por último se inclinó para tomar las riendas que Paul le estaba sosteniendo con paciencia.

Albert le hizo un gesto a Archie para que se apartara y luego se abrió paso con su montura y la colocó más cerca de Candy.

—Sólo puedes llevar un bulto contigo, muchacha.

La voz no invitaba a la discusión.

—Voy a llevarlos todos —replicó Candy— La mayoría son regalos para Annie y el bebé, y no voy a dejarlos atrás.

Pensó que estaba actuando de manera muy valiente, si consideraba el hecho de que aquel enorme soldado la estaba mirando con tal furia que parecía intentar quitarle el alma del cuerpo. Estaba claro que le gustaba salirse con la suya. Candy respiró con rapidez.

—Tampoco deseo cabalgar con ese joven —añadió— Mi caballo me puede llevar con igual facilidad.

Albert no dijo nada durante unos instantes. Candy también se estaba enfrentando a él cara a cara, hasta que Albert sacó la espada de la funda que llevaba a un costado. Entonces Candy soltó un pequeño jadeo. Antes de que pudiera apartarse de su camino, Albert había levantado la espada, cambiado de posición sobre la montura y usado la hoja para cortar las sogas que sujetaban la preciosa carga.

El corazón de Candy le latía con violencia dentro del pecho. Se calmó cuando Albert guardó la espada. Él hizo un gesto a sus amigos para que se acercaran y luego les ordenó que cada uno tomara una de las bolsas de Candy. Candy no dijo ni una palabra mientras los malhumorados soldados aseguraban el equipaje detrás de la montura, pero soltó otro asustado resuello cuando el líder intentó arrancarla de su propia montura. Le dio pequeños golpes en las manos para apartarlo.

Era una débil defensa ante un hombre tan grande, y era obvio para Candy que Albert también estaba muy divertido ante aquella acción. El brillo de sus ojos lo delataba.

—Va a ser un camino duro por las montañas, muchacha, y sería mejor que montaras con uno de nosotros. Candy negó con la cabeza. La idea de estar tan cerca de aquel hombre bien parecido no era en realidad desagradable, pero no quería que la considerara inferior. Ya había tenido suficiente de ello en el pasado como para que le durara toda una vida.

—Estoy en buen estado físico para hacer este viaje —alardeó— No necesitáis preocuparos porque os vaya a retrasar.

Albert ocultó su exasperación.

—También va a haber ocasiones en que tendremos que cabalgar por territorios hostiles —explicó pacientemente— Nuestras monturas están entrenadas para estar en silencio...

—Mi caballo estará igualmente silencioso —interrumpió Candy

Albert le sonrió súbitamente.

—¿Tan callado como tú?

Candy asintió de inmediato

Albert dejó escapar un suspiro.

—Lo sospechaba.

Ella no se dio cuenta de que la había insultado hasta que él se inclinó sobre ella de nuevo. Tampoco le dio tiempo para que le apartara las manos con un empujón. El hombre estaba decidido, sin dudas. No fue precisamente suave cuando la levantó de la silla y la puso sobre su regazo. No había considerado lo indecente de la posición. Las piernas de Candy estaban a horcajadas sobre la silla exactamente de la misma manera que las de un hombre y, si eso no era suficiente vergüenza, si lo era el hecho de que la parte posterior de sus muslos estaba aplastada contra la parte superior de los de Albert Pudo sentir que se le sonrojaba el rostro.

Albert no le iba a permitir corregir aquella vergonzosa postura. Rodeaba estrechamente la cintura de Candy con el brazo izquierdo. Candy no se podía mover en absoluto, pero podía respirar y adivinó que eso tendría que ser suficiente. Candy se despidió con un gesto de los criados que observaban el espectáculo.

Estaba un poco irritada con el soldado por utilizar tácticas tan despóticas para salirse con la suya. Sin embargo, notó cuán cómoda se sentía entre sus brazos.

También notó su olor y encontró que aquel débil aroma masculino era sumamente agradable. Candy se recostó contra el pecho de Albert. La cabeza le llegaba justo debajo del mentón. No intentó levantar la mirada cuando le pidió que le dijera su nombre.

—Albert.

Se golpeó contra el mentón de él cuando asintió para hacerle saber que había oído la respuesta ásperamente susurrada.

—¿Cuál es vuestra relación con Annie?

—Su esposo es mi hermano.

Ya habían cruzado el puente levadizo y estaban subiendo por la colina que bordeaba el cementerio familiar.

—¿Y su nombre es Anthony?

—Sí.

Era obvio que no estaba de humor para hablar. Candy se apartó de él y se volvió para mirarlo. Tenía la mirada fija delante de él y no le prestaba atención.

—Sólo tengo una pregunta más que hacerte, Albert —dijo— Luego prometo dejarte a solas con tus pensamientos.

Por fin bajó la mirada hacia ella. Candy se quedó sin respiración. Dios mío, sus ojos eran preciosos. Fue un error pedirle toda su atención porque aquella mirada penetrante le quitaba concentración.

Resolvió que no había nada malo en encontrarlo atractivo. Por supuesto, nada resultaría de ello. Estaba yendo hacia su casa, si, pero ella iba a ser una extraña, una invitada. Una vez allí, probablemente no tendría nada que ver con ella, ni ella con él.

Además, era inglesa. No, nada podría resultar jamás de aquella inofensiva atracción.

—¿Estás casado? —Hizo la pregunta impulsivamente. Parecía estar más sorprendida que él.

—No, no estoy casado. —Candy sonrió.

Albert no sabía qué pensar de eso. Le había hecho una pregunta y ahora la ignoraría. Por desgracia, el problema era que no podía apartar la mirada de ella.

—Tengo otra pregunta más para ti —susurro— Luego te voy a dejar sumido en tus pensamientos.

Se miraron fijamente a los ojos durante un largo minuto.

—¿Cuál es esa pregunta que deseas hacerme?

La voz de Albert era un suave susurro. Candy lo sintió como una caricia. Esa reacción la confundió y tuvo que apartar la mirada del bien parecido pillo para poder entender esa extravagante reacción.

Albert notó que Candy vacilaba.

—Esta pregunta tuya no debe de ser muy importante.

—Ah, sí, es importante —contrarrestó.

Hizo una pausa durante otro minuto mientras intentaba recordar cuál era la pregunta. Fijó la mirada en el mentón de Albert para poder concentrarse.

—Ahora lo recuerdo —anunció con una sonrisa—. ¿Anthony es amable con Annie? ¿La trata bien?

—Imagino que es gentil con ella —le contestó encogiéndose de hombros. Añadió casi como una nueva ocurrencia—. Nunca la golpearía.

Candy lo miró a los ojos para que Albert pudiera ver su diversión ante ese comentario.

—Ya sé que nunca la golpearía.

—¿Cómo podrías saberlo?

—Si alguna vez Anthony le levantara la mano, ella huiría de él.

Había dicho una cosa tan fantástica, que Albert no supo cómo responder. Recobró el ingenio con rapidez.

—¿Y a dónde huiría?

—A mí.

Ya que parecía tan sincera, Albert supo que creía en lo que acababa de decirle. Nunca había oído nada tan ridículo. Una esposa sencillamente no dejaba a su esposo, sin que importara la razón.

—Ningún Andrew tocaría jamás a una mujer estando furioso.

—Albert, ¿qué piensas de esto?

Tom gritó la pregunta e interrumpió la conversación. Candy se dio la vuelta a tiempo para ver que el guerrero señalaba en dirección de la tumba que había destruido la noche anterior. De inmediato regresó la mirada hacia la hilera de árboles que había sobre la parte superior del risco. Albert sintió que se ponía tensa entre sus brazos.

—¿Sabes quién hizo eso?

—Sí —contestó, con la voz en un suave susurro.

—La tumba, ¿a quién... —No le permitió terminar.

—Era la tumba de mi padre.

Habían alcanzado a Tom cuando hizo ese comentario. El guerrero de ojos cafe miró rápidamente a Albert y luego de nuevo a Candy.

—¿Querrías que colocáramos la piedra sepulcral de nuevo en su lugar antes de seguir, muchacha?

Sacudió la cabeza.

—Sólo tendría que derruirla de nuevo si lo hicieras, pero te agradezco que te ofrecieras.

Tom no pudo ocultar su asombro.

—¿Nos estás diciendo que tú hiciste esto?

No hubo ni un trazo de vergüenza en el rostro de Candy cuando le contestó.

—Sí, yo hice eso. Me llevó una hora entera. El suelo era duro como la roca.

El escocés parecía estar consternado. Luego Albert atrajo su atención. Le levantó el rostro ligeramente con el reverso del pulgar.

—¿Por qué habrías de hacer una cosa así?

Candy se encogió de hombros en un gesto delicado.

—Parecía adecuado en su momento.

Albert movió la cabeza en un gesto negativo. La atrocidad que acababa de admitir parecía estar completamente fuera de lugar con lo que ya había conjeturado acerca de ella. Había adivinado que era una mujer inocente y de carácter dulce. Empecinada también. La manera en que había discutido respecto de montar su propio caballo indicaba ese defecto. Con todo, no parecía ser el tipo de mujer que profanaría terreno sagrado.

—¿Esta es la tumba de tu padre? —preguntó de nuevo, decidido a llegar al fondo de aquel curioso misterio.

—Sí —contestó. Dejó escapar un pequeño suspiro—. No necesitas preocuparte por ello. La tumba está vacía.

—Vacía.

—Sí.

No iba a explicarle más. Decidió no aguijonearla. Se había quedado completamente rígida entre sus brazos. Era obvio que el tema la angustiaba.

Albert le hizo un gesto a Tom para que otra vez tomara la delantera y luego le dio un ligero golpe a su montura para formar una línea detrás de él. Una vez que el cementerio quedó bien atrás de ellos, Candy se relajó visiblemente.

No volvieron a hablar hasta el atardecer, cuando fue hora de acampar para pasar la noche. Habían cabalgado durante largas horas. Los hombres estaban de un humor mucho más jovial ahora que habían cruzado la frontera y estaban de nuevo en Escocia.

Cuando finalmente se detuvieron, Candy estaba exhausta. Albert se dio cuenta de ello cuando la ayudó a desmontar. Apenas podía mantenerse en pie por sí misma. Las manos de Albert rodearon con rapidez la cintura de Candy para sostenerla firmemente hasta que recuperara la fuerza de las piernas.

Podía sentir que temblaba. Fijó la mirada en la parte superior de la cabeza de Candy mientras ella la fijaba en el suelo. Ya que Candy no mencionó su obvio problema, él tampoco lo hizo. Candy se estaba sosteniendo de sus brazos, pero en cuanto lo soltó, él le liberó la cintura.

Regresó de inmediato a su semental. Candy se movió con lentitud alrededor del caballo y se dirigió hacia el arroyo que había avistado medio escondido detrás de una hilera de árboles junto a un pequeño claro. Albert observó cómo caminaba y otra vez lo impresionó su majestuoso porte. Se movía como una princesa, pensó para sí mismo.

Señor, realmente era una belleza. Malditamente inocente, también. La manera en que se sonrojaba ante cada pequeña cosa era muy significativa. También era encantadora.

Esta mujer podría llegarle al corazón. Albert se quedó tan consternado ante esa súbita idea que casi palideció. Siguió con la mirada fija en los árboles en los que había desaparecido Candy, pero ahora fruncía el entrecejo.

—¿Qué te tiene tan enfadado? —preguntó Tom desde atrás.

Albert apoyó el brazo contra la silla de su montura.

—Pensamientos estúpidos —replicó.

Su amigo echó una rápida mirada hacia los árboles a los que había ido Candy y luego se volvió hacia Albert.

—¿Pensamientos estúpidos acerca de una hermosa mujer inglesa, por casualidad?

Albert se encogió de hombros.

—Quizás —admitió.

Tom sabía que era mejor no seguir con el tema. Su jefe no parecía muy contento con aquella confesión.

—Va a ser un largo viaje de regreso a casa —predijo con un suspiro antes de volverse para ocuparse de su propio caballo.

Candy había sido capaz de continuar andando con dignidad hasta que se sintió segura oculta por los árboles. Entonces casi se dobló en dos y se agarró la parte inferior de la espalda. Dios, le dolía. Sentía las nalgas y los muslos tan doloridos como si alguien la hubiera azotado.

Caminó en círculos hasta que desapareció el entumecimiento de las piernas. Luego se lavó la cara y las manos en el agua fría. Se sintió mejor y también hambrienta. Se apresuró a regresar al claro. Podía oír que los hombres estaban hablando, pero en cuanto la vieron, todos cerraron la boca.

Notó enseguida que Albert no estaba allí. Sintió un instante de puro pánico. La sensación cayó sobre ella con tanta rapidez que hizo que el estómago le diera un vuelco. Luego divisó al semental, y su temor se alivió de inmediato. El guerrero escocés bien podría dejarla a ella, pero nunca abandonaría a su fiel corcel. ¿Verdad?

Estaba sola en el bosque con cuatro hombres que eran prácticamente extraños para ella. Si alguna palabra de esa circunstancia llegaba alguna vez a Inglaterra, su reputación quedaría destrozada. Su madre probablemente querría matarla, también. Era extraño, pero ese último pensamiento no molestó mucho a Candy. Parecía no poder sentir nada hacia su madre en esos momentos. El tío Richard había disculpado la fría actitud de su hermana para con su única hija con la mentira de que Candy era un recuerdo constante del hombre que había amado y perdido.

Mentiras, tantas mentiras.

—Será mejor que descanses un poco, muchacha.

Candy dio un respingo cuando la grave voz de Tom sonó detrás de ella, y la mano le voló hasta el pecho. Respiró varias veces antes de contestarle.

—Debemos cenar antes de descansar. ¿Qué habéis hecho con el equipaje?

Tom hizo un gesto hacia el lado opuesto del claro. De inmediato, Candy se dirigió hacia esa zona para sacar la comida. Candy había incluido un bonito mantel blanco en la parte superior del bolso. Primero lo extendió sobre el duro suelo y luego lo cubrió con sus ofrendas. Había pan negro, grueso y crujiente, triángulos de queso rojo y amarillo, gordas tajadas de cerdo salado y frescas y ácidas manzanas verdes.

Cuando estuvo todo listo invitó a los hombres a que se unieran a ella. Luego esperó. Después de un largo momento se dio cuenta de que no tenían ninguna intención de comer con ella. Sintió que se ponía colorada de vergüenza. Estaba sentada en el suelo, las piernas dobladas debajo de las faldas, las manos entrelazadas sobre el regazo. Mantuvo la cabeza baja para que ninguno pudiera ver su humillación.

Había sido un estúpido error, el ofrecerse a compartir la comida con ellos. Después de todo, era inglesa y probablemente no podían soportar la idea de comer con ella.

Se dijo a sí misma que no tenía nada de qué sentirse avergonzada. No estaba actuando como una salvaje incivilizada. Ellos sí.

Albert regresó caminando al claro y se detuvo rápidamente. Una sola mirada a Candy le dijo que algo andaba mal. Tenía el rostro rojo y muy encendido. A continuación se volvió para mirar a sus hombres. Tom y Gowrie estaban sentados en el suelo en el lado opuesto del claro con la espalda descansando contra los troncos de unos árboles. Tom estaba bien despierto, pero Gowrie parecía haberse quedado dormido. Archie, tan callado como siempre, ya estaba profundamente dormido. Estaba tan completamente envuelto en su tartán que sólo era visible la parte superior de su cabello castaño claro.

Albert vio la montaña de comida frente a Candy y adivinó lo que había sucedido. Dejó escapar un suspiro, se tomó las manos por detrás de la espalda y luego caminó hacia ella para quedarse de pie a su lado. Candy no deseaba levantar la mirada hacia él. Apenas lo vio acercarse a ella, dedicó su atención a volver a guardar la comida. Estaba colocando los paquetes en la bolsa cuando Albert se sentó frente a ella.

Albert tomó una de las manzanas. Candy se la arrancó de las manos. Albert se la arrancó a su vez. Candy se quedó tan sorprendida ante aquella osadía que lo miró. Los ojos de Albert echaban chispas de alegría. No podía imaginar qué encontraba tan divertido. Siguió con la mirada fija en él mientras Albert mordía la manzana. Luego se inclinó hacia adelante y le ofreció la manzana a Candy. Candy la mordió antes de darse cuenta de lo que había hecho.

De pronto Tom apareció a su lado. Sin decir una palabra se sentó y se estiró para mirar dentro de la bolsa. Sacó todos los paquetes que Candy acababa de meter. Después de arrojarle un trozo de pan a Albert, Tom se introdujo un triángulo de queso en la boca.

Luego Gowrie se unió a ellos. Candy colocó una de las manzanas en su regazo y les explicó con timidez que la guardaría para el guerrero dormido para que la comiera por la mañana.

—Archie debe de estar terriblemente cansado, para perderse la cena—comentó Candy.

Tom lanzó un bufido de diversión.

—Archie no está cansado, sólo es cabezota. Tampoco comerá tu manzana mañana, porque eres inglesa y todo eso. No, él...

El entrecejo fruncido de Candy le cortó la explicación. Se volvió para mirar a Archie, calculó la distancia mentalmente y luego tomó la manzana que estaba sobre su regazo.

—Si de verdad estás seguro de que no la va a comer mañana, debe de querer comerla ahora.

Tenía toda la intención de lanzar la manzana al hosco escocés, pero justo cuando se inclinó hacia atrás para tomar puntería, Albert le agarró la mano.

—No querrás hacer eso, muchacha —dijo.

No quería soltarle la mano. Candy luchó contra él durante uno o dos segundos antes de darse por vencida.

—Tienes razón —dijo— Sería desperdiciar una manzana estupenda, una manzana inglesa superior, diría yo, en un escocés de odioso humor. —Hizo una pausa y sacudió la cabeza—. No puedo creer que sea pariente de Annie. Ya puedes soltarme la mano, Albert.

Obviamente, Albert no confiaba en ella. Si le soltó la mano, pero se quedó con la manzana. Candy se quedó demasiado sorprendida ante su súbita sonrisa para discutir con él.

—No quieras tener a Archie por enemigo, Candy —dijo Tom.

—Pero él ya es mi enemigo —replicó. Le costaba apartar la mirada de Albert cuando contestaba al amigo de éste—Archie ya tomó la decisión de que yo no le gustaría antes de conocerme, ¿verdad?

Nadie le contestó. Luego Gowrie cambió de tema.

—Si te vas a desquitar cada vez que pienses que no le agradas a alguien, vas a estar tirando manzanas todo el día cuando lleguemos a las Highlands.

—Superiores manzanas escocesas —bromeó Tom.

Candy se volvió para fruncirle el entrecejo al soldado.

—No me interesa si agrado a las personas o no —dijo—. Annie me necesita. Eso es todo lo que en realidad importa. Mis sentimientos no importan.

—¿Por qué te necesita?

Archie había hecho esa pregunta.

Candy se quedó tan sorprendida de que el hombre le hubiera hablado que se volvió y le sonrió.

Archie habló antes de que Candy pudiera darle una respuesta.

—Ya tiene a Antony —dijo.

—Y a todos nosotros —dijo Tom— Somos sus parientes.

Candy se volvió otra vez.

—Estoy segura de que la consuela tener tal lealtad, pero, después de todo, vosotros sois hombres.

Albert levantó una ceja ante aquel comentario. Obviamente no entendía de qué estaba hablando. Tampoco estaba solo en su confusión. Gowrie y Tom parecían estar igualmente perplejos.

—Annie también tiene parientes mujeres —dijo Gowrie.

—Supongo que sí —concordó Candy.

—Entonces, ¿por qué te necesita a ti? —preguntó Gowrie. Se estiró para alcanzar una tercera porción de tiras de cerdo, pero mantuvo la mirada en ella mientras esperaba la respuesta.

—Para el parto —adivinó Albert en voz alta.

—¿Entonces piensa que va a tener problemas? —preguntó Gowrie a su jefe.

Albert asintió.

—Parece que sí.

Tom lanzó un bufido.

Candy se opuso a esa contestación.

—Annie tiene todo el derecho a estar preocupada. No es cobarde, si eso es lo que estáis pensando. Es una de las mujeres más valientes que he conocido. Es fuerte y...

—Bueno, no te excites —Interrumpió Tom con una sonrisa— Todos somos conscientes de las muchas y magníficas cualidades de Annie. No tienes que defenderla ante nosotros.

—¿Ella cree que va a morir? —preguntó Gowrie. Parecía sorprendido, como si se le acabara de ocurrir esa posibilidad.

Antes de que Candy pudiera contestarle, Archie gritó algo.

—Si la mujer de Anthony cree que va a morir, ¿por qué te mandó llamar, inglesa?

Candy se volvió para mirar furiosa a aquella crisálida vestida de tartán. Luego se volvió otra vez. Decidió no hacer caso de aquel hombre tan grosero. Podría gritarle cientos de preguntas, pero no iba a contestar ninguna de ellas.

Todos esperaron a que Candy les explicara. Estaba ocupada una vez más recogiendo todos los paquetes de comida para guardarlos.

La curiosidad de Archie resultó ser mayor que el desagrado hacia ella. No se limitó a unirse al grupo. No, se hizo un hueco junto a ella a base de codazos y empujó a Tom de su sitio. Candy se movió para dejar sitio al gigante, pero el brazo de Archie aún rozaba el de Candy después de que éste por fin se acomodara. No se hizo atrás. Candy miró a Albert para juzgar su reacción. Sin embargo, la expresión de Albert no le decía nada. Albert levantó la manzana y la arrojó a Archie. Candy aún se negaba a mirar al soldado, ya que adivinaba que todavía estaba frunciendo el entrecejo, pero si oyó que mordía ruidosamente la fruta.

Luego Albert le guiñó un ojo. Candy le contestó con una sonrisa.

—¿Vas a hacer que te pregunte otra vez, inglesa? —musitó Archie mientras tenía la manzana en la boca.

Candy decidió que sí iba a hacerlo.

—¿Preguntarme qué, Archie? —preguntó, tratando de parecer sincera.

Su gruñido fue tan feroz que casi derribó los paquetes. Candy se mordió el labio inferior para evitar reírse.

—¿Me estás haciendo enfadar a propósito? —le preguntó.

Candy asintió.

Tanto Tom como Gowrie rieron. Archie la miró con furia.

—Sólo responde mi pregunta —le ordenó— Si Annie cree que va a morir, ¿por qué demonios te mandó llamar?

—No lo entenderías.

—¿Porque soy escocés?

Candy permitió que viera que estaba exasperada.

—Sabes, siempre me dijeron que los escoceses podían ser tercos como una mula. Nunca creí en esas tonterías, pero creo que voy a tener que volver a pensar mi postura al respecto.

—No lo hagas enfurecer —le advirtió Tom con una risita.

—Sí, Archie se pone francamente arisco cuando no está de buen humor —le dijo Gowrie.

Los ojos de Candy se abrieron mucho.

—¿Quieres decir que ahora está contento?

Tanto Gowrie como Tom asintieron al mismo tiempo.

Candy empezó a reír. Estaba segura de que estaban bromeando con ella.

—Todos tenemos curiosidad por saber por qué te mandó llamar Annie —dijo Tom una vez que Candy se hubo controlado.

Candy asintió.

—Ya que vosotros no me conocéis bien, voy a tener que confesaros algunos de mis defectos importantes para que comprendáis. Soy muy obstinada y también arrogante, aunque en realidad no tengo absolutamente nada que me dé motivos para ser arrogante. Soy perversamente posesiva... ¿os he mencionado ese defecto?

Todos menos Albert negaron con la cabeza. Sin embargo, Candy fijó la mirada en el líder. Los ojos de Albert habían cobrado un brillo cálido. Era algo desconcertante que un hombre tan bien parecido le prestara toda su atención. Tuvo que obligarse a apartar la mirada de él para poder concentrarse en lo que estaba diciendo. Candy fijó la mirada en su regazo.

—Bueno, soy posesiva —susurró— Annie también conoce bien mis muchas imperfecciones. La verdad es que cuenta con ellas.

—¿Por qué? —preguntó Archie.

—Porque piensa que va a morir —explicó Candy. Dejó escapar un suspiro antes de añadir— Y yo soy demasiado obstinada para dejarla hacerlo.

Continuara...