Advertencia: Los personajes de Twilight no me pertenecen.

Un saludo a todos y muchas gracias a Caem, Helen Maribel y Crhistti por los reviews que enviaron. Muchas gracias también a los que, con vuestros favoritos, con vuestras alertas o con vuestra mera lectura demostráis interés por la historia.

También quería decirlos que tengo un nuevo relato. Se llama "Siete días" y lo he presentado a un contest que se llama "Mi amado BFF contest", sobre historias en las que Bella y Edward son amigos y nada más (al menos, al comienzo de la historia). Si queréis leerlo y luego votar (por esta u otra historia, las hay muy buenas en el contest), en el relato tenéis la forma.

Un abrazo y basta de rollos. Os dejo con Edward y Bella. Ah, mi pequeño duende travieso, Alice.


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-¡Será… ¡-poned aquí lo que se os pase por la cabeza, con la condición que sea una cualidad insufrible, y adivinaréis. Entonces, oigo la voz de Alice desde abajo que grita con retintín:

-¡Edward, Bella está aquí!


Capítulo 3.-De la amistad y el amor

Bajo los escalones de dos en dos (o quizás de tres en tres, no importa). Cuando me falta más o menos la mitad, veo a mi chica. Bella está muy guapa: lleva unos vaqueros que resaltan su bonita figura y una camiseta azul, que parece a juego con la mía.

Bella me sonríe desde el mismo instante en que me ve. La sonrisa le cambia la cara. Yo me siento inundado por la felicidad, por la belleza de la vida y por… los nervios. Y, en consecuencia, salto los últimos cuatro escalones de una tacada aterrizando justo en frente a ella. Freno a tiempo para no atropellarla. Ella retrocede un poco y aún así nuestras bocas quedan casi una junto a la otra. Respiro hondo y me quedo quieto.

-Hola –le digo en voz baja. Es casi un murmullo. El corazón me late a cien por hora. Me peino el pelo hacia atrás con la mano.

-Hola –responde ella, sin dejar de sonreírme. Yo esbozo la sonrisa que sé que le gusta.

-¡Edward, no te da vergüenza, casi matas a Bella! –grita mi hermana que, como siempre, exagera.

-Lo siento, Bella. No quería asustarte.

Ella ríe.

-No me asustas, tonto. Ya sé cómo eres –sigue riendo.

Como era de esperar, mi madre sale a recibir a Bella. La quiere más que si fuera su propia hija. Alice aprovecha el momento para cogerme de las solapas.

-Dos cosas, tío bueno. La primera, cuidado con lo que miras. La segunda, cuidado con lo que tocas. ¿Queda claro? Si te sobrepasas, aunque sea un milímetro, se lo contaré todo. –Alice me suelta y se cruza de brazos-. Ah, se me olvidaba. Vas a enseñarle matemáticas, que no se te olvide. Nada de lánguidas charlas en ese sofá de tu habitación.

Uff. Con esta hermana, no hay quien viva.

Rescato a Bella de los cuidados de mi madre y los dos nos dirigimos hacia mi dormitorio. Mi familia es bastante acomodada y, tanto mis hermanos como yo, tenemos buenas habitaciones. La mía no está nada mal. Tiene una gran estantería para libros, una televisión que me sirve para jugar a la playstation, un equipo de música, un sofá, y, por supuesto, el piano. Bella deja la carpeta y el libro encima de mi mesa de trabajo y lo observa todo con una mirada envolvente. Yo la contemplo en silencio durante medio minuto sin decir nada, mientras se sienta en el sofá, luego en mi cama, acaricia el piano y, finalmente, se dirige a mi biblioteca. Parece deslizarse como un hada entre mis cosas, hasta el punto de que creo que las está hechizando a ellas tanto como a mí. ¿He dicho que estaba muy guapa? En realidad, está más que guapa: siempre, pero hoy más que nunca, Bella es bella.

-¿Puedo? –Me pregunta, mientras desliza el dedo por el lomo de los libros-. ¿Te has comprado ya Romeo y Julieta para la clase de literatura?

-Sí –respondo. Recuerdo que, además, le he pedido prestados a Alice algunos libros, y estoy bajando de internet el "Romeo y Julieta" de Franco Zeffirelli. Quizás ya haya terminado la descarga.

-También me estoy bajando la película. Ya sabes, para ambientar.

-¿Ah, sí? ¿Cuál? –Me mira y me sonríe. Lleva dos libros en la mano, el de Shakespeare y otro, que ahora mismo no sé cuál es.

-La de Zeffirelli.

-Es la que más me gusta.

Hay entusiasmo en su voz. Se me ocurre una idea.

- Si terminamos pronto con las matemáticas, conecto el ordenador a la tele y nos sentamos en el sofá a verla.

-De acuerdo –me responde. Luego frunce el ceño y me señala el otro libro que lleva en la mano-. Oye, ¿estás leyendo "Orgullo y prejuicio"?

Ahora reconozco, en efecto, el libro. Es uno de los que le pedí prestado ayer a Alice, el de Jane Austen. Pero no he comenzado a leerlo. Decido ser sincero.

-Aún no lo he cogido, pero pienso ponerme esta noche.

Bella deja el libro sobre el piano y desliza sus dedos por las teclas.

-A mí me encanta el señor Darcy. Es el caballero perfecto. Me enamoré de él tanto como Elisabeth.

Interesante. Cuando lea el libro, tomaré notas sobre el perfecto caballero Darcy.

En el piano, Bella pulsa tres o cuatro letras al azar. Me acerco e improviso unas cuantas notas. Hace tiempo que no toco, quizás debería recomenzar.

-¿Te gusta la música?

-Sí –me dice y me señala con un gesto el ipod, que está al lado de su carpeta. No me había fijado. Imperdonable.

-Y ¿qué es lo que guardas allí?

-Un poco de todo. Luego si quieres te lo paso y le echas un vistazo.

-De acuerdo, lo haré.¿Cuándo haya un concierto en Seattle, quieres venir conmigo?

Bella me mira.

-¿De quién?

De quien sea. Con tal de estar contigo…

-Da igual, cuando te apetezca ir, me lo dices, y yo te llevo. Después de todo, somos amigos, ¿no?

-Podemos decírselo a Jacob.

Hum, eso no me gusta nada, pero si no acepto, resultará extraño.

-Claro.

-Y a Ángela, Jessica, Ben, Michael…

-A quién tú quieras.

Mi gozo en un pozo. Yo quería una cita con la chica que me gusta, y en lugar del volvo, voy a necesitar un autobús.

-¿Quieres que nos pongamos con las mates? –digo, para salir del apuro.

Nos sentamos en mi mesa de trabajo, abrimos el libro y comienzo a explicarle. Cojo papel y lápiz, y dibujo gráficas, pinto signos y escribo ecuaciones, hablando sin parar durante treinta minutos. Luego me detengo y la miro. No le he preguntado si me entiende o no. Ella se da cuenta y sonríe.

-Sigue, sigue. Explicas mucho mejor que Simpson.

-No. Mejor dime cuáles son tus dudas. Si has sacado un cuatro será porque hay muchas cosas que si entiendes, lo cual teniendo el profesor que tienes, es una gran hazaña.

Se muerde los labios y pasa cuatro páginas. Me señalas ecuaciones diferenciales de segundo grado. Hago un gesto de comprensión y empiezo a explicarle de nuevo. Cuando los dos creemos que ya lo ha entendido, le pongo unos cuantos ejercicios. Comienza a hacerlos. El primero es fácil y lo resuelve enseguida. El segundo le cuesta un poco más, pero también lo resuelve sin problemas. Miro el reloj: caramba, se nos han hecho las seis de la tarde casi sin darnos cuenta.

-¿Quieres que prepare algo para merendar y lo suba? –le pregunto, mientras la veo morder el lápiz.

-Bien, de acuerdo.

Bajo a la cocina. Allí está Esme.

-¿Qué tal va todo?

-Muy bien, mamá –respondo en plan telegráfico.

Saco una bandeja y abro el refrigerador. A ver, qué tenemos… Dos coca-colas, una botella de leche, jamón, queso... Cierro la puerta de la nevera y voy al armario. A ver, cojo papas, aceitunas, magdalenas, tostadas, pan de molde cereales, chocolate…

-¿Edward?

-¿Sí, mamá?

Esme es pesada de vez en cuando.

-¿Eso es para ti y para Bella o vas a invitar a todo el colegio?

-Tengo hambre, mamá.

-Bella tendría que tener hambre como tú multiplicado por cinco para comeros todo eso…

-Pero es que no sé que le gusta o que le apetece.

-Pues pregúntale.

-Esa sería una buena idea. Pero mejor lo subo todo y ella elige.

Mi madre reprime una sonrisa y mueve la cabeza.

-Este chico -susurra en voz baja-. ¿Por qué no le dices a Bella que baje a merendar aquí contigo?

Miro a mamá. Se está tomando su café con leche de media tarde. No, ni hablar, yo quiero a Bella para mí solo. Quiero estar con ella sin nadie más. ¿Para hablar de qué? No importa. De algo que no sean las dichosas matemáticas, y eso que me gustan. O para no hablar y, simplemente, sentarme a su lado en el sofá y mirarla (Hum, si es posible, besarla también).

Subo con la bandeja llena y entro en la habitación.

-Aquí viene el chef. A su servicio, madame.

-Espera que termine -me dice toda seria.

Pongo la bandeja sobre la mesita de noche (casi se cae la lámpara, así que la quito y la dejo sobre la cama) y la pongo delante del sofá. Me siento allí y espero a Bella. Resisto como puedo el hambre que me aguijonea cada vez que miro la bandeja.

-Ve comiendo, Edward –Esta chica parece que me comprende mejor que nadie.

-No, te espero.

A los diez minutos, Bella alza el papel, triunfante.

-He terminado –Se vuelve y me mira.

Doy un par de golpecitos a mi lado en el sofá.

-Ven. Te los corrijo aquí, así vas alimentando tus neuronas. Deben estar famélicas.

Bella sonríe.

-Famélicas creo que están las tuyas. Vale, empieza de una vez.

-¿Te preparo un sándwich?

-No, corrige mis ejercicios. Yo preparo los sándwiches. ¿De qué lo quieres?

Me sumerjo en la lectura de los ejercicios de Bella y ni siquiera respondo. Ella prepara el sándwich –de reojo, veo que está haciendo mi favorito ¿Tan bien me conoce? Miro otra vez el examen-. Caray. Si tiene todos los ejercicios bien, incluso el más difícil, el que creí que no lograría resolver.

-Bella Swan, tiene usted un diez.

-¿En serio?

Me mira. Tiene ya los sándwiches listos. Pero ahora mismo, la comida me da igual; lo que me importa son esos ojos marrones llenos de asombro, felicidad y agradecimiento

-Los tienes todos bien –le digo. Dejo el papel a un lado, en el sofá, y la miro yo también. Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada. Sólo nos miramos.

-Muchas gracias, Edward, no sé qué haría sin ti -me dice.

-No hay de qué.

Sonrío con la sonrisa que sé que le gusta. Trato de poner una mirada interesante pero, en realidad, no me sale. De seguro, pongo una cara de bobo increíble porque ella me está mirando y yo estoy loco perdido por ella sin remedio. Acerco mis labios a los suyos. Ella no rompe el contacto visual ¿Quiere que la bese? ¡Oh, Dios, que sea que sí! Me inclino hacia ella unos centímetros más. Nuestros labios casi se rozan y entonces… La puerta se abre repentinamente y Bella salta hacia atrás y yo me pego un susto de muerte. En una centésima de segundo veré al culpable y juro que lo mato. Si es Alice, no me comprará jamás una camiseta. Pero, no, es peor que Alice. Es Jacob.

-¡Hola, tío! Pasaba por aquí y he pensado que… ¿Bella? ¿Aún estás aquí? Caray, sí que es larga esa clase de matemáticas.

¿Quién fue el que dijo "quién tiene un amigo tiene un tesoro"? Enterrado bien hondo debería estar... Sobre todo si el amigo se convierte en una mina mata-personas o, peor, en un campo minado entero.

-Ya hemos terminado con las matemáticas –dice Bella. Se ha puesto roja como un tomate-. Íbamos a empezar a merendar, ¿te apuntas?

-Ahora mismo. Tengo un hambre de lobo.

Jacob se acerca y me levanto para saludarle. Nos damos la mano y él añade un par de golpes en mi espalda. Pero por supuesto, no se sienta a mi lado, sino que corre al otro lado del sofá, a sentarse junto a Bella, que enrojece aún más y le sonríe. ¡Oh, Dios, a mí no me sonríe así! ¿A que le prepara también un sándwich a él? No, si ya lo sabía.

-¿Sabes? Vamos a ver la película de Romeo y Julieta –dice Bella-. Así preparamos el examen de literatura. ¿Te apuntas?

-Por supuesto –responde Jacob, que ha agarrado su sándwich-. Primero merendamos, ¿no?

Y aquí estamos, los tres. Jacob riéndose, Bella riéndose con él y yo, riendo también. No voy a llorar, ¿no? Aunque mi plan A no haya salido todo lo bien que yo esperaba, habrá otras oportunidades y no pienso desperdiciarlas.


Espero con ilusión vuestros reviews.