DEBAJO DE MI PIEL
CAPÍTULO 4: DECEPCIÓN
Cerró la puerta del departamento, igual al resto de las ocasiones, con la pequeña diferencia de que sus dedos decidieron aferrarse a la perilla. Incluso antes de salir, no, desde el segundo donde abrió los ojos esa mañana, sintió estaba caminando por una trayectoria considerada muchas cosas menos prometedora. Un pequeño espació se hizo entre sus labios y liberó suspiro delatador de cansancio.
Estaba cansada. Muy agotada. Exhausta.
Sintió las yemas de sus dedos palpitando.
La puerta era lo único en su panorama.
La razón del agotamiento que amenazó con carcomerle desde adentro carecía de comparaciones adecuadas. Conocía a la perfección el agotamiento físico culpable de hacer que los músculos se moviesen por mera y asombrosa inercia, conocía el agotamiento mental que por poco causó colapsase su sistema nervioso, también conocía el agotamiento emocional digno de enloquecer a cualquiera. No obstante, el culpable de que se aferrase a la perilla, definitivamente calificaba entre los peores.
Por ello, a esas alturas, estuvo dispuesta a cambiar dicho agotamiento por cualquier otra sensación humana. Así fuese otro modo indirecto de consumirle el alma, necesitaba desesperadamente un cambio. Anhelaba la despedida de aquella pesadilla, y aunque quizá fuese la llegada de un demonio desconocido, tal tortura sería bienvenida con tal de descansar de su tormento.
A solo dos metros de distancia, Natsuki observaba, con el labio inferior a punto de sangrar por estarlo mordiendo inconscientemente. Salió del departamento antes, solo porque sabía la castaña necesitaba unos minutos a solas, sin embargo, se le viese por donde se le viese fue imposible evitar acudir a su novia.
-No tienes que hacerlo Shizuru-. Natsuki le abrazó por la cintura. No necesitó escuchar el suspiro para detectar su significado. No ocupó ver los rojizos ojos para saber les opacaba el cansancio. No tuvo que preguntar la razón del ligero temblor, los bajos murmullos, esas ojeras que ensombrecían el rostro de su amada; sabía Shizuru rozaba el límite, sabía Shizuru estaba harta.
-Igual lo hare-. Soltó la perilla, colocando sus manos sobre los brazos que le rodeaban.
-Lo sé-. Reforzó el abrazo. -Te cuidare-. En días como ese, dejaba de importar Natsuki fuese la menor de ambas. Se rompían las barreras impuestas por la edad o cualquier otro número. -Pase lo que pase-.
Pasaron así mucho tiempo, fingiendo demencia día a día, cuando las dos supieron perfectamente desde el inicio dicho intento de ignorancia sería inútil. Buscó aferrarse a los brazos de Natsuki, en afán de no volver a tocar la aun tibia perrilla.
Aquel punto del mapa que tanto evadió, bueno, era un punto en extremo desagradable, prácticamente un sitio toxico. No obstante, por fin regresó al camino que le condujo a aquella área clausurada; lo hizo porque comprendió tal suceso tarde o temprano debería afrontarse. Murmuró mentalmente, reafirmándose todos esos rodeos no fueron por cobardía.
Si los músculos de su rostro hubiesen sido capaces de jalar las comisuras, la sonrisa trazada con esos finos labios solo habría mostrado desdicha mesclada con ironía. Pasó saliva, saboreando algo similar a la amargura. Odió demasiado, odió con cada partícula de su ser caer bajo la influencia de un miedo como aquel: el primer terror conocido y posiblemente el peor de los que faltaba conocer.
Claro, eso tenía algo incierto, había un único miedo que siempre tendría el primer lugar: Perder a Natsuki.
Nada sonaba más terrorífico, nada le erizaba la piel ni helaba la sangre como pensar en una vida sin la chica de oscura melena.
Sin importar el número de desgracias a las cuales tuviese que hacer frente, sin importar las bestias deparadas por la vida, sin importar el ácido sentido humorístico del destino… Nada podría superar a ese miedo.
No le agradó la idea de romper el contacto, rodeada por esos brazos la voluntad no tenía permitido flaquear ni un segundo. Pero deshizo el abrazo para poder entrelazar sus dedos con los de Natsuki. Cuando ambas manos estuvieron firmemente unidas, fue capaz de ordenarle a sus pies alejarse de la puerta del departamento.
El metal de la perilla regresó a su frialdad de siempre.
-No tienes que bajar conmigo-. Dijo firme, aunque una voz interior gritaba lo contrario. Segundos antes, Kuga había estacionado el auto. Las llaves giraban en su palma de modo que en cualquier momento podría encender el coche y acelerar pese los portones estuviesen cerrados.
-Mírame a los ojos Shizuru-. Aguardó un minuto. -Por favor Shizuru-. Era una petición pronunciada con tono cariñoso. Si ella se lo pedía, negarlo era imposible; despegó la mirada del parabrisas y le enfocó en el par de esmeraldas. -¿De verdad quieres ir sola?-. Estuvo muy tentada a decir la respuesta que ensayo tantas veces frente al espejo, desde antes, pensaba Natsuki le haría esa pregunta. Sabía cuál era la respuesta más adecuada, pero aunque fuese lo correcto no le agradaba. Su mente gritaba un "Si", su corazón vociferaba un "NO". No quería ir sola, por supuesto que no. Se mordió los labios, metida en una pésima encrucijada. Era un martirio, de cualquiera de esas dos sencillas palabras se desencadenaría un mundo de diferencia.
Tranquilamente, o al menos en apariencia, la oji-verde esperó, dispuesta a seguir sus propias corazonadas sin importar la respuesta de la otra.
No tenía caso decirle un sí, cuando ambas sabían la verdad. Pero a veces las pequeñas cosas carentes de sentido llevaban las de ganar. Dejó de morderse los labios. -No-. De ese modo, un enorme peso se quitó de sus hombros. -No quiero ir sola-. Los brillantes rubís se sinceraron, evidenciando miedo e incertidumbre. -Por favor, acompáñame Natsuki-.
-De acuerdo-. Natsuki bajó del auto para luego abrirle la puerta, detalle que agradeció a su princesa de hielo. Acciones como esa cobraban mayor importancia viniendo de alguien frio y roto.
Frente a ellas se mostró una gran estructura arquitectónica; poseía un amplio jardín que seguramente era cuidado por maestrales manos y un sendero hecho para autos cuyas llantas costaban más que un carro promedio. Era indidable, ahí habitaban personas que no conocían la palabra carencia. Kuga no se dejó impresionar por tal despilfarre de dinero, conocía a cierto hombre que vivía en condiciones iguales a esas.
Caminaron a través de la distancia que aún les separaba de la puerta principal, eran solo unos cuantos metros que para la oji-verde fueron cm y para ella km. -Estoy contigo Shizuru-. Esa frase le dio el valor necesario para tocar el timbre. Un leve escalofrío le recorrió, ellos sabían de su visita, prácticamente le amenazaron para que asistiese, por lo cual ellos mismos le abrirían la puerta. Temió no estar lista para plantearles frente, temió sentirse pequeña y vulnerable.
Volteó de reojo al costado izquierdo, encontrándose con la sonrisa que solo ella conocía. "Te amo" Leía fácilmente en los transparentes ojos de su novia. Pero aquella cálida mirada se tornó en un par de gélidas esmeraldas al escuchar pasos cerca de la puerta. Contuvo el aliento, así era mejor, enfrentaban tantas críticas y prejuicios que el permanecer con una fachada de dureza era la opción más favorable. Era triste que la realidad siempre les golpease, pero estaba acostumbrada, estaban acostumbradas a ser guerreras en lugar de princesas.
"Así es mejor" Se auto convenció, el actuar cual damisela en apuros le asqueaba, no iba con ella, y si dicho papel no cuadraba consigo misma, mucho menos le quedaba a Natsuki.
La puerta se abrió, lentamente, porque quienes estaban dentro tampoco tenían grandes deseos de abrirle. Cuando la entrada finalmente permitió su desafortunado encuentro, expuso a dos imponentes figuras pulcramente vestidas. El hombre mostraba semblante seco, duro y levemente enojado; con las manos detrás de la espalda como si se estuviese conteniendo de arrastrarles dentro, lo cual causó se activasen sus alarmas y de manera desapercibida se acercase a Natsuki; además poseía un aire de desaprobación impregnado hasta en las suelas de los zapatos, como si le diese bofetadas mentales. La mujer poseía facciones de desconcierto, pero rápidamente adopto gestos similares a los de su marido; aun así los ojos mostraban duda y esta no pudo ocultarse a las recién llegadas.
-Buenos días, padre, madre-. Y si la bienvenida de ellos fue fría, su saludo fue una ventisca de invierno con glaciar incluido. ¿Por qué? Porque no le causó nada de gracia la mirada de repudio dedicada a cierta oji-verde. -Mi acompañante es Natsuki Kuga-.
-Buenos días señor Fujino, un gusto conocerle-. La última parte de la frase poseía acides bien camuflada, que quizá no se notó, pero si le dejo a ella un pésimo sabor de boca. No obstante, procuró mantener un rostro neutro, ocultando el desagrado para con el hombre. Extendió la mano en un formal saludo que de buenas a primeras fue olímpicamente ignorado. Con dignidad, bajó la mano, para nada sentida con la falta de respeto hacia su persona. Ya se lo esperaba, no era idiota, la mirada de segundos atrás le brindo un rápido panorama de como sería tratada en esa casa.
-Buenos días señora Fujino, me alegra conocerle-. Sin que su confianza mermase, volvió a alzar la mano, esta vez ofreciéndosela a la dama. De hecho, esperaba ser ignorada por segunda vez consecutiva ese día. Sin embargo, aunque originalmente así lo planease la señora Fujino, está vio la seguridad ostentada y decidió estrecharle la mano. -Buenos días, señorita Kuga-. Un acto inesperado para todos.
Ahí lo supo, ella y Natsuki comenzarían a lanzar los dados y todo sería capricho del destino. No tenía sentido intentar predecir las acciones de sus padres.
Observó a los mayores, procurando no apuñalarles con la mirada. El miedo que estuvo sintiendo desde la mañana se disputaba su cuerpo con el enojo. -¿Nos permiten pasar?-. Que cosas. Siendo su antiguo hogar, necesitaba pedir permiso para entrar. Pensó la ridiculez del asunto para simplemente aceptar dejó de ser su casa hace mucho tiempo.
-Adelante-. Recio, el hombre les cedió el paso hacia la mansión.
Se dirigieron a la sala principal. Los muebles a primera vista resaltaban ser caros y sentarse en ellos resultaba incómodo para Natsuki. Por su parte, se sentó cruzando elegantemente las piernas, a la espera del primer cañonazo. Ella mejor que nadie conocía la habilidad para crear y ganar conflictos de sus padres.
-Por fin te has dignado a venir-. Cual golpe, las palabras de su progenitor desconocieron la delicadeza. Los insultos o palabras vulgares eran innecesarias para hacer una guerra verbal en aquella casa. Tomó un poco de aire, debatiéndose entre dos posibles respuestas, aunque el debate duro apenas 10 segundos.
Los trabajadores decidieron refugiarse en la cocina al sentir la tensión proveniente de la sala.
-No es como si las invitaciones para venir hubiesen rebosado amabilidad-. Si no eran amables con ella, tampoco tenía la obligación de serlo.
-Cuide ese lenguaje señorita-. Estuvo orillada a contener una sonrisa irónica. A esas alturas de la vida le daban órdenes. ¿Acaso no entendían dejo de ser una niña mucho tiempo atrás? ¿No comprendían el carnaval hime asesino a su hijita? O cierto…
-No he dicho ninguna injuria padre-. Solo dijo la verdad sin tapujo alguno.
-Querido-. La señora Fujino, con una sola palabra, freno el desagradable encuentro visual de padre e hija.
Al inicio opuso cierta resistencia, sin embargo, pocos segundos después tomó asiento en el extremo contrario de la sala, como si Natsuki, como si ella misma, fuesen toxicas. -Cuéntanos Shizuru. ¿Cuál es el progreso de tus estudios? -. Así dio inicio una conversación muy detallada sobre la trayectoria académica que llevaba, a fin de cuentas, les interesaba de sobremanera tener una heredera digna. Una heredera, no una hija. Fríamente, contestó cada una de las preguntas que fueron surgiendo, conocía la rutina y sabía a la perfección las palabras con las cuales ellos querían endulzarse los oídos.
Llegó al punto en el cual quiso lanzar todo por la ventana más cercana, ni siquiera la policía hacía interrogatorios como esos y su madre no se dignaba a poner un alto cuando era la única capaz de ello. De reojo observó el reloj de su muñeca, había transcurrido una hora, 60 minutos asfixiantes. Giró el rostro en dirección a Natsuki, está mantuvo los labios cerrados, creando la impresión de ser muda; sin embargo bastaba con mirarle dos segundos para entender se contenía de decir una sarta de palabrotas contra el señor Fujino.
La peli-azul tenía el entrecejo levemente fruncido, en clara señal de que algo le causaba molestia, por su puesto, siendo Natsuki Kuga no se preocupó por disimularlo. Era jodidamente irritante sentir la mirada de sus suegros sobre si prácticamente todo el tiempo.
Le recorrieron con un descarado análisis, juzgando desde los pies calzados con elegantes zapatos hasta la cabeza con cabellos pulcramente peinados; para la ocasión, por Shizuru, había tomado la molestia de variar su usual look. Aunque ellos si disimulaban, jamás conseguirían engañar a una mujer paranoica; le criticaban silenciosamente. Desvió la mirada, como si la ventana de la derecha fuese la octava maravilla.
Y bueno, es que por más que vistiese de modo fino, con ropajes que resaltaban su figura y favorecían sus rasgos, desprendía un fuerte aire de rebeldía entremezclada con rudeza. Así estuviese desnuda, seguramente hubiese dado esa impresión nada alentadora.
-Joder, dejen de verme-. Susurró, harta de ser el blanco de las miradas. 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10. Contó mentalmente en un nulo intento de obtener calma, pero jamás fue paciente, por lo cual era inútil.
-Shizuru. No nos has dicho de donde conoces a esta… mujer-. La oji-verde regresó su dura mirada a los mayores, decidida a mostrar su desagrado con total esplendor y porque no decirlo, con altanería. Porque se sentía superior a ese hombre por el simple hecho de estar más arriba que él en la lista de prioridades de Shizuru. Sentía la tensión, y sabía era la manzana de la discordia en esa casa donde claramente no era bienvenida.
La castaña hubo de enfadarse ante el trato despectivo para con su amada. -La conocí en Fukka, cuando Natsuki asistía a secundaria y yo a preparatoria-. Reafirmando esto, Kuga asintió con la cabeza. -Fue antes de que entrase al consejo estudiantil-. Agregó antes de que su padre lanzara indirectas sobre la mala influencia de la menor.
-Así que la susodicha estudiaba, no pensé que alguien de su tipo lo hiciese-. Cerró los dedos fuertemente entorno la copa que sostenía, era eso o arrojarle contra la pared. Él se había tardado en soltar ponzoña.
-Le pido respete a Natsuki, ella no le ha dicho o hecho nada, padre-. En cualquier instante el cristal en su mano pudo romperse. Desde el primer momento, desde que estudiaba en Fukka y decidió hacerse amiga de Natsuki, supo esta sería la alucinación de sus padres, sencillamente por representar todo lo que detestaban. Si no le toleraban como persona, mucho menos le habrían aceptado como pareja de su hija.
Por fin, su padre mostro los colmillos, sacando a relucir esa irritación que sentía desde hace años. Se puso de pie y con descaro apunto a Kuga. -Habla de una vez y dime, ¿Por qué has traído a este intento de persona a MI CASA?-.
La gota que derramo el vaso.
Natsuki podría decir vio los ojos carmines oscurecerse.
La siguiente que se puso de pie fue Kuga, era notablemente inferior en estatura y de complexión mucho más delgada, pero con su simple naturaleza lograba imponerse. Si en el bajo mundo "Natsuki" equivalía a problemas, no era por ser una dama. Lo dejaría bien claro al imbécil que Shizuru tenía como padre.
Casi a la par, la castaña se levantó de su asiento mientras expiraba molestia a través de todos sus poros. Dejó caer su copa y el vino se esparció sobre la alfombra cual preludio de sangre.
Tomó la mano de Natsuki, debía deshacer el puño que formaban los dedos de esta, un puño listo para hacerle bailar los dientes a cierto hombre bastante imprudente. -No te aconsejo molestar a Natsuki-. "No al menos que desees visitar la sala de urgencias" -Te dije le respetases-. "Porque ella está mordiéndose la lengua para no llenarte de insultos" -Y ella me ha acompañado porque sabía yo ni siquiera quería venir a esta casa-.
-Es obvio no querías venir, descaradamente nos has estado ignorando, a nosotros, tus padres-. Clavó la mirada en su madre, en la búsqueda de una respuesta menos negativa, quizá un poco de apoyo, lo que sea, pero fuerte fue su decepción al darse cuenta no obtendría nada de la mujer que le trajo al mundo. -Cometes la insensatez de desafiarnos al evitar encontrarte con nosotros. Bien pudiste traer a Haruka, o al honorable Reito-. ¿Reito honorable? Bufó, completamente indignada ante tal locura, al parecer de verdad ignoraron todo lo referente al carnaval. Se auto llamo estúpida por haber tenido miedo al qué dirán de sus padres. -Pero en su lugar trajiste a esta cosa-.
Natsuki gruño, gruño para expresar su molestia sin tener que hacer uso de un lenguaje demasiado fuerte ante Shizuru. -Mírale, gruñe cual bestia-.
-¡BASTA!-. Tanto su padre como su madre abrieron los ojos con asombro, el impacto fue demasiado grande, pues por más hostiles que fueron sus discusiones en el pasado, su hija nunca había alzado la voz contra ellos. Una razón más para dirigir miradas asesinas a cierta chica rebelde.
-Una palabra más contra MI NATSUKI, y juro que no responderé por mis acciones-. La frialdad con la cual les saludó al inicio, no fue nada comparada a esa.
Quizá estaba enferma, quizá algo estaba mal en su cabeza, pero así fuesen quienes le dieron la vida, bien podría regalarles la muerte si continuaban de aquella manera. No necesitaba de su naginata para igualar el color del ambiente con el de su mirada.
De niña ellos eran su mayor temor. Porque para un infante ser rechazado por sus padres era horrible, impensable, doloroso.
Pero…
La Shizuru que temía a las palabras de sus progenitores estaba muriendo en aquel instante. Estaba siendo masacrada por miradas enfurecidas y oraciones descorazonadas.
Jamás volvería a temerles.
Nunca más.
-Como…¿Cómo que tu Natsuki?-. Tras mucho tiempo callada, su madre recuperó la voz, con un tono que deseaba no fuese lo que pensaba. La mueca de asco se dibujó en su rostro desde antes de escuchar la respuesta, y lo que antes fue desconcierto relució en sus ojos como repudio. -¡Responde Shizuru!-.
-¡No! ¡Ni de chiste! -. Vociferó su padre. Sin decirlo ya era claro, la razón tras "Mi Natsuki". -¡Es una barbaridad! ¡Una inmoralidad! -.
Curveó los labios con dejes de amargura. -¿Una inmoralidad dices?-. A esas alturas, dejo de emplear el usted. -¿Y cómo llamas a lo que tú has hecho?-. El rostro de su padre mostro muecas de furia ante el tuteo. -¿Cómo le llamas? Dímelo, porque si yo soy inmoral ¿Tu qué eres?-.
-No sé de qué hablas-. Destilaba odio en casa silaba. Desde ese segundo sintió la balanza no se inclinaba a su favor, por lo cual debía atacar a las dos muchachas para sentirse en ventaja de nuevo. No obstante, fingir demencia ante ellas era pésima idea.
-Un Fujino de todo se entera, tú mismo lo dijiste-. Dio dos pasos, encarando de lleno al hombre que en cualquier instante gritaría iracundo. -¿Acaso creíste no sabía nos estabas espiando?-.
-… -. Palideció tras verse descubierto.
-Losé desde hace meses. Mandaste investigar a Natsuki-.
Por eso la conducta tan desagradable para con la peli-azul.
Pero así como se enteraba de todas las habladurías que sus vecinos decían de ambas, también llego a sus oídos que su padre estaba intentando recolectar información de Natsuki.
Lo que la cabeza Fujino jamás imaginó, fue que cuando los informes dejaron de llegar, se debió a la fuerte intimidación ejercida por ellas sobre el detective. El pobre habría necesitado estar loco para continuar trabajando después de aquel escalofriante encuentro.
-¡Como te atreves! ¡TU…-. Les interrumpió.
-Me exigieron una respuesta, aunque ya la sabían de antemano sin que fuese de mi boca. Pero aquí la tienen, de la fuente directa: Natsuki Kuga es la mujer que amo, y salimos desde hace tres años-.
La explosión de gritos fue ensordecedora, y con cada uno se acercaron más a ellas. El asco dibujado en sus facciones parecía exagerado, sin embargo, era totalmente verdadero. Les repudiaba que su hija saliese con otra mujer. Subieron el nivel de las vociferaciones, dispuestos a gritar hasta que "le devolviesen la razón" a Shizuru.
Cuando las esmeraldas se percataron de la cercanía, cubrió con su cuerpo a la castaña, actuando cual barrera humana. El aire apestaba a malas intenciones. -Aléjate de Shizuru-. Pronunció como advertencia. Odiaba le levantasen la voz a la oji-rubi.
-¡Maldita aberración! ¿¡Qué le has hecho a mi hija!?-. Los ojos del hombre tomaron mayor furia. Pero esa furia nunca se compararía con la viviente en Natsuki Kuga.
-¿Ahora si soy tu hija? Minutos atrás querías quitarme el apellido-. Que se quedase su apellido si quería, con mucho gusto habría adoptado el de Natsuki.
-¡MALDITA DESAGRADECIDA!-. Sin pensarlo, soltó un fuerte puñetazo contra la castaña. Por supuesto, el golpe no llegó a tocarle ni un solo cabello. El puño quedo atrapado en la mano de la oji-verde.
-¡Malditas enfermas!-. Ansiaba destrozarle los huesos al imbécil por atreverse a si quiera pensar en golpear a Shizuru. Pocas veces enfureció como hizo ese día. Comenzó a ejercer presión sobre el puño que sostenía, a la espera de escuchar un crujido.
-Vámonos de aquí Natsuki-. Y en realidad si quería le diesen una golpiza a su padre. Pero no lo permitió, pues eso habría equivalido a una demanda segura. -No lo vale Nat, marchémonos-. Antes de que cambiase de opinión. -No quiero volver a saber nada de este hombre-.
Gruño, como el lobo de Fukka que alguna vez representó. -Si le tocas un pelo a Shizuru o intentas hablarle de nuevo sin su consentimiento, te juro que lamentaras haber nacido-. La mirada llena de amenaza evidenció sed de sangre. -Y yo cumplo mi palabra-. Apretó la mano, a punto de hacer crujir el puño que cubría. -Aléjate de Shizuru-. Le soltó antes de romperle la mano, lo empujo provocando cayese al suelo y luego escupió sobre el costoso traje para terminar de humillarle. Sabía no llegaría una demanda por tales acciones, porque, aunque Fujino jamás lo admitiese, ella veía el miedo calado hasta el fondo de sus pupilas. Había intimidado al padre de Shizuru, algo que nadie logró antes ni llegaría a lograrse de nuevo.
La señora Fujino lo ayudó a levantarse, impidiendo su esposo iniciase una pelea de la cual sería quien perdiese; era una mujer perspicaz, supo desde el inicio Kuga era capaz de matar a sangre fría, y si era por defender a cierta castaña, no se lo pensaría dos veces.
Fríamente, dirigió la mirada a su humillado padre. -Te quejaste de que los ignore al evitar sus invitaciones para venir a esta casa-. Eran unas de las últimas palabras que le dirigió. -Pero tú decidiste ignorar el carnaval hime-.
Tomó la mano de su princesa de hielo, para salir de la mansión antes de ser ella misma quien manchase el suelo con sangre.
-¡SE IRAN AL INFIERNO!-. Ya lo habían vivido, al participar en aquella danza de la muerte por nacer con la marca hime en sus cuerpos. Había pisado el infierno mismo y a ellos no les importó ni un poco.
No tenían derecho sobre ella.
Pero estaban cegados por el orgullo e ira.
No entendían que le estaban perdiendo por segunda ocasión y ya no habría forma de arreglarlo.
-Me parece perfecto-. Sus labios lo dijeron ácidamente, pero sus carmines ojos mostraron un extraño reflejo que le robo el aliento a sus padres.
Y antes de que surgieran más palabras, salió de la mansión, con un fuerte sabor de decepción impregnándole la boca.
Una sensación que Natsuki borraría a cualquier costo. Porque si ya había sido la manzana de la discordia, también sería la calma, la cura para los males que se presentasen.
Shizuru subió al auto, siendo libre del miedo que horas atrás le torturó sin misericordia alguna.
Ese día hizo la elección definitiva.
Y supo fue la correcta.
Aunque le hubiesen decepcionado sus padres, sabía Natsuki nunca lo haría.
