Muchísimas gracias a Snape's Snake, DrakeMalfoy, Sayuri Hasekura, dulceySnape, Shev666, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, Brenkis, GabrielleRickmanSnape, samantha20, AnHi, Bladre MKT, natuky95, Sely Kat y lisbeth snape por sus amables comentariospor sus amables comentarios. Realmente, sabéis cómo animarme :)

Y muchas gracias también a todos aquellos que me leéis sin comentar, porque sé que a veces las palabras simplemente no quieren salir.

Disclaimer:

Severus, lamentablemente, no me pertenece, y los demás personajes de la saga HP, tampoco, ya que son de J. K. Rowling. Julia y el resto de personajes nuevos son mis criaturitas y las quiero mucho :)

Nota de autora:

Sé que tenéis curiosidad por saber qué más pasó en casa de Charlie, y tranquilos, que lo sabréis, pero tengo que avisar de que será un poquito más adelante, porque en este capítulo voy a explicaros otra cosita… ;)


Capítulo 4 – Una decisión difícil

Decirle a Eliza Greengrass que la prueba de que su marido la quiere son sus dos hijos y medio ha sido un error de cálculo por mi parte. Al fin y al cabo, ella también es una Slytherin, y viendo lo bien que te llevas con sus niños, ha decidido utilizar esto para torturarte durante la cena.

-Nosotros decidimos ya desde muy pronto tener hijos –dice, enlazando su mano con la de su marido y dejándolas descansar sobre la mesa–. ¿Y vosotros qué? ¿No vais a intentarlo?

Clava su mirada azul en ti y una pequeñísima sonrisa de satisfacción aborda sus labios cuando un leve brillo afligido cruza tus ojos.

-A Severus no le gustan los niños –dices con sencillez, bajando la vista.

-Oh, es una pena –exclama Eliza con fingida tristeza–, los críos le dan mucha alegría a nuestro hogar. Lo cierto es que son lo mejor que me ha pasado en la vida, ya no sabría estar sin ellos.

Sonríes por compromiso y ella, habiendo descubierto tu debilidad, se anima a seguir con tu tormento.

-Después de todo, ellos son la prueba viviente de nuestro amor… como muy bien me ha señalado Severus mientras charlábamos antes en el campo.

¡Ah, mala puta! Me vengaré por esto. Utilizar mis propias palabras contra mí… eso me pasa por ceder a los buenos sentimientos e intentar consolarla anteriormente.

Con preocupación, me doy cuenta de que te has quedado lívida, no te ha sentado nada bien que precisamente yo le haya dicho una cosa así, cuando siempre me he mostrado muy claro con respecto al tema.

-Cuando nació Max creí que moriría de felicidad –prosigue la harpía, envalentonada por su éxito– ¿Te has fijado en cómo se parece a su padre? Tiene sus mismos ojos y hace gestos idénticos a él –y bajando la voz hasta un susurro que pretende ser de complicidad–. ¿No te parece maravilloso tener un hijo en el que poder encontrar los mismos gestos y expresiones de la persona a la que amas? –Miro a Greengrass en busca de ayuda para controlar a su mujer, después de todo, él también se preocupa por ti, pero el hombre de la casa parece ajeno a la conversación, absorto en sus propios pensamientos; luego te miro a ti, y veo tu rostro algo alicaído, sin embargo, Eliza prosigue sin piedad– Yo creo que una pareja no está completa si no tiene descendencia. Si tu compañero no está dispuesto a tener hijos contigo, quizá es que no te quiere lo suficiente.

Ahora sí que se ha pasado de la raya. Rodeo tus hombros con mi brazo en gesto protector y digo con voz acerada.

-Te equivocas del todo, Eliza –al oírme, nuestra amable anfitriona pega un respingo y parece recordar que no estáis solas en la estancia–. Con niños o sin ellos, Julia es lo más importante en mi vida, y mis sentimientos por ella no podrían ser más fuertes.

Mi pequeña confesión hace que una sonrisa ilumine tu cara, pero, a pesar de todo, puedo apreciar un fondo de melancolía en tus ojos. El daño ya está hecho. ¡Maldita víbora parlanchina!

-Claro, claro, no pretendía insinuar otra cosa… –murmura, haciéndose la inocente.

Deja estar el tema, sabiéndose vencedora de la batalla, y empieza a charlar animadamente de todo tipo de banalidades. Es la única que habla. He escuchado más su voz durante esta cena que a lo largo de todo el día y medio que llevamos aquí.

Sentado en la cama, te observo mientras te quitas los pendientes frente al espejo del tocador que hay en la habitación. Apenas has dicho nada desde que la víbora ha descargado todo su veneno sobre ti.

Te cepillas el pelo lentamente, sumida en tus pensamientos, y decido que ha llegado la hora de tener esa conversación que tenemos pendiente, de modo que me levanto, me pongo a tu espalda y rodeo tu cintura con mis brazos, hundiendo mi cara en tu pelo.

-¿Estás bien? –Murmuro, besando tu nuca suavemente.

-Sí, yo… sí.

Miro nuestro reflejo en la superficie de cristal y veo cómo el último resto de tristeza de tu rostro desaparece al dedicarme una pequeña sonrisa. Te sujeto de los brazos y hago que te des la vuelta.

-Hay algo de lo que tenemos que hablar –digo con seriedad.

-¿De qué se trata?

-Lo que ha dicho Eliza antes no es cierto. Que no desee tener hijos no significa que te quiera menos.

Tu sonrisa tiembla brevemente y te veo tragar saliva.

-Lo sé.

-Lo sabes, pero…

-Yo… a mí…

Espero que sigas hablando, pero no lo haces. Conoces demasiado bien mi postura sobre este tema y no quieres siquiera decir lo que piensas.

-Julia, esto es cosa de dos, tú también tienes derecho a expresar lo que opinas, yo no soy el único con poder de decisión aquí.

Te muerdes el labio levemente y dices:

-A mí me gustaría tener un hijo contigo, Severus.

Inspiro profundamente. No es que me haya cogido por sorpresa, por supuesto, pero hubiera deseado que dijeses que no y tener que evitar lo que vendrá a continuación.

-Yo nunca he querido ser padre –argumento con suavidad–. De hecho, sabes que odio a los niños.

-Sí –musitas–, es una tontería, no me hagas caso…

Intentas darme la espalda pero te sujeto para impedírtelo; quiero darte mis razones, quiero que me entiendas, porque sé que si no hablamos sobre ello, siempre tendrás esa espina clavada en el corazón.

-No sabría ni por dónde empezar –insisto–. No he tenido lo que se dice un gran ejemplo a seguir, ¿sabes?

-Pero conoces de primera mano lo que no hay que hacer para ser un buen padre, porque eso sí te lo enseñó el tuyo de sobras. Y eso ya es mucho.

-No es suficiente, ¿no lo entiendes? No soy capaz de cuidar de un niño, yo nunca podría ser un buen padre.

-Te equivocas, serías un padre fantástico, lo sé de buena tinta –aseguras con tanta contundencia que me dejas boquiabierto–. Por si no lo recuerdas, tú me educaste y cuidaste de mí cuando era pequeña, y aún siendo tan joven y teniendo que apañártelas tú solo hiciste un excelente trabajo. En esta ocasión, además, si quisieras que tuviéramos un hijo me tendrías a mí para ayudarte.

-No, no, no… yo soy incapaz de darle el amor necesario a una criatura. Nunca fui afectuoso ni tierno contigo cuando eras pequeña, y los hijos necesitan el cariño de sus padres… ¿cómo crees… –vacilo, intentando que mi voz no suene demasiado nerviosa– cómo crees que podría hacerle feliz?

-¡Claro que podrías hacerle feliz! Yo lo fui a tu lado. Hubo momentos muy duros, como cuando volvías a casa ensangrentado, o presa de los nervios tras alguna reunión con el Lord, o cuando fuiste llevado a Azkaban; pero todo eso ya ha quedado atrás, si tuviéramos un hijo él no tendría que vivirlo –me acaricias la mejilla y me inclino más sobre tu mano, agradeciendo el contacto–. Es cierto que eras estricto, pero también fuiste cariñoso conmigo a tu manera, incluso a pesar de que yo era una desconocida y que mi presencia te fue impuesta por las circunstancias –sujetas el cuello de mi túnica con ambas manos, mirándome con una intensidad que me perturba–. Me acogiste, me diste un hogar y cubriste todas mis necesidades, ¿qué no serías capaz de hacer por un hijo tuyo, sangre de tu sangre?

De pronto me doy cuenta de que he estado aguantando la respiración mientras hablabas y exhalo el aire de mis pulmones en un prolongado suspiro que me brinda unos segundos para pensar. Llevo mis manos a tu cintura, sintiendo la tela de tu vestido deslizándose ligeramente sobre tu piel con mis caricias.

-¿De verdad fuiste feliz conmigo de pequeña? ¿Aún a pesar de todas mis reglas y mi mal humor? Me cuesta creerlo…

Pareces asombrada por mi pregunta.

-Sí, lo fui –aseguras con solemnidad–. Incluso a pesar de las heridas que arrastraba por lo sucedido con mis padres, incluso a pesar de tus heridas y de todas las pesadillas contra las que ambos luchábamos cada noche.

-De todos modos, no me parece que eso pueda considerarse mérito mío; más bien se debe a tu carácter positivo y optimista.

-¿De qué me servía mi carácter positivo y optimista cuando estaba con mis padres? –Preguntas con impaciencia– ¿Crees que era feliz con ellos?

-No, sé que no lo eras –reconozco.

-Serías un gran padre, lo sé –insistes–. Dentro de ti hay muchísimo más amor de lo que imaginas, y también tienes mucho por ofrecer, muchas cosas por enseñar. Eres un hombre bueno… –no puedo evitar soltar un resoplido sarcástico al oír esto– ¡no te rías, es verdad! Eres bueno, honesto, culto y sumamante inteligente. Podrías transmitirle a tu hijo todas tus mejores cualidades y conocimientos, podrías hacer de él un gran hombre… o una gran mujer, claro –añades con una minúscula sonrisa.

Niego con la cabeza, asombrado por tu inquebrantable fe en mí. Estoy tan perplejo como cuando me confesaste que lo que más amabas de mí era mi pasión, una pasión que yo nunca hubiera sospechado que tenía, pero de la que tú estabas tan convencida que me hiciste creer que quizá tuvieras razón.

Me decido a confesar uno de mis mayores temores:

-También podría ser al revés, ¿no te has parado a pensarlo? ¿Y si el niño hereda lo peor de mí? Y no me refiero sólo al aspecto físico –aclaro con una sonrisa amarga–. ¿Y si hereda toda la oscuridad que habita en mi interior, toda mi capacidad para odiar, mi espíritu vengativo y rencoroso, mi crueldad…? ¿Qué pasará si… si se convierte en un ser mezquino y despreciable? ¿Y si…? ¿Y si traigo al mundo un monstruo?

-¿Un monstruo? –Sujetas mi cara con tus manos y me sonríes con una dulzura infinita– Severus, tienes tan poco aprecio por ti mismo… –me das un suave beso antes de proseguir– no hay nada de monstruoso en ti. Absolutamente nada. Tú no eres Tobias, ni tampoco mi padre. Además, si tenemos un hijo, haremos por él lo que nuestros padres nunca hicieron por nosotros: le daremos nuestro amor, le enseñaremos todo lo que sabemos, e intentaremos inculcar en él los valores que consideramos correctos.

Cierro los ojos unos segundos y encuentro una nueva razón.

-Pero, ¿y si el niño sale squib?

Te tensas de repente y comprendo que no se te había ocurrido pensar en eso. Bajas las manos y de pronto tu rostro se tuerce en una mueca de dolor.

-¿Lo dices por mis padres?

Oh, Merlín, no pretendía culparte a ti, maldito sea mi poco tacto. Te sujeto de los brazos con firmeza.

-No, no, Julia, claro que no es por eso. ¿Acaso no recuerdas que mi padre era un muggle? Lo digo porque es algo que podría ocurrir y tenemos que considerar esa posibilidad. Tú nunca te has llevado bien con los squibs, y yo… no sé qué podría ocurrir si mi hijo fuera… si no tuviera magia. Quizá no sería... capaz de quererle.

Pareces dudar un momento, pero enseguida sacudes la cabeza con vehemencia.

-Eso no me importaría, le querría igual, ya que sería hijo nuestro; y sé que tú también, porque sabes tanto como yo lo que es sufrir injustamente por no ser lo que nuestros padres esperaban de nosotros.

Desearía poder confiar en mí mismo tanto como lo haces tú.

-Pero, ¿y si no sale bien? –Insisto débilmente, sintiendo que mis hombros se hunden bajo el peso del temor y la incertidumbre– ¿Y si no puedo hacerlo?

-Es normal que estés un poco asustado –me dices con dulzura–, pero sé que todo irá bien, no me cabe la menor duda. Tu capacidad de amar es mayor de lo que sospechas, y un hijo te daría mucho más de lo que puedas imaginar, cambiaría tu vida, te haría ver el mundo de otra manera.

Tu seguridad es tan apabullante que aunque intento rebatirte he agotado mis argumentos y no sé cómo proseguir. Observo tus ojos atentamente, están llenos de esperanza, de anhelo, y de una confianza infinita en mí. Ojalá no te equivoques conmigo, Julia. Por Merlín, espero que no te equivoques.

-Está bien –murmuro, y te veo parpadear con una incredulidad que me arranca una pequeña sonrisa. Ahora estoy seguro de estar haciendo lo correcto, lo único que deseo es que seas completamente feliz, y no hay mejor manera que esta. De pronto, tras haberme decidido por fin, todo parece más claro, y el peso que me agobiaba ha desaparecido como por arte de magia–. Está bien, Julia. Tengamos un hijo.

Tardas unos segundos en reaccionar, tratando de asimilar mis palabras.

-¿Lo… lo dices en serio?

-No haría broma con algo tan importante –afirmo con gravedad.

-Pero… ¿estás seguro? Quiero decir… tú tienes que quererlo también, porque si no…

-¿Estás tratando de disuadirme después de haberte esforzado tanto en convencerme? –Pregunto, con una pequeña sonrisa burlona.

-No, claro que no, pero es que…

-Julia, con todas estas visitas a tus amigos, llevas unos días rodeada de críos, y tendría que estar completamente ciego para no darme cuenta de cuánto necesitas ser madre. En casa de Weasley te aferraste a Teddy Lupin como si quisieras llevártelo a vivir contigo; y después, con el bebé de Evelyn en brazos, sonriendo embelesada y acariciando su carita con un dedo… en fin, es evidente que sientes un vacío que necesitas llenar y, por si me quedaba alguna duda, esta noche se ha disipado por completo viendo a Eliza hacerte sufrir con su incesante charla sobre sus hijos. No puedo negarte algo que significa tanto para ti; no, después de todo lo que has hecho para salvarme.

-¡No puedes decidir tener hijos sólo porque crees que me lo debes! –Protestas acaloradamente.

-Siento no ser capaz de hacerte una oferta mejor –respondo encogiéndome de hombros con una sonrisa insegura, y ahora eres tú quién resoplas, frustrada–. Sabes que no es algo que escogería por propia voluntad, pero estoy dispuesto a intentarlo. Lo he estado desde que Eliza ha sacado el tema y he visto la tristeza en tus ojos. La conversación que acabamos de mantener… mi deseo de exponerte mis motivos, ha sido el último intento de hacerte cambiar de opinión, de convencerte de que no es una buena idea, pero ya sabía que sería en vano.

Me miras con una expresión indescifrable, cosa rara en ti, que normalmente eres tan transparente. Eso sólo puede significar que tú misma estás confusa y no sabes lo que decir a continuación; posiblemente estés preguntándote cómo puedo ser tan capullo, pero tengo que ser sincero con esto, porque es demasiado importante.

-Merlín, lo haces sonar tan poco romántico y tan… fatalista –susurras tras unos segundos, negando levemente–. Casi parece que estés aceptando con resignación un destino cruel.

No puedo evitar que se me escape una pequeña risa ante tu comentario.

-Tienes toda la razón –acepto–, y lo lamento de veras, sabes que nunca se me han dado demasiado bien la ternura y la delicadeza. Pero no se trata de resignación ni de fatalismo. Realmente quiero hacerlo. Por ti. Quiero hacerlo por ti.

-Siguen sin parecerme los motivos adecuados –murmuras con aflicción, agachando la cabeza. Sujeto tu barbilla para alzarla de nuevo y te beso con suavidad–, es como si me pasaras toda la responsabilidad a mí, como si esto no fuera contigo y yo fuera la única que tiene que decidirlo… en cierto modo es como si… como si me dejaras sola.

-No te voy a dejar sola, ni en esto ni en nada. Si quieres que tengamos un hijo, lo tendremos, y estaré a tu lado a cada paso del camino.

Me miras unos instantes sin decir nada, sólo mordiéndote el labio, debatiéndote entre las dudas y tus enormes deseos de tirar adelante con esto.

-¿Estás completamente seguro, Severus? –Dices al fin– Es una decisión para toda una vida…

-Sí –respondo con rotundidad–. Completamente.

Haces un breve gesto de asentimiento y te cuelgas de mi cuello con todas tus fuerzas, temblando. Correspondo a tu abrazo acariciando tu espalda con ternura. Es obvio que estás asustada, pero cuando cierro los ojos, me doy cuenta de que yo también lo estoy, y mucho, de modo que beso tu cuello y tu cara para disolver nuestros temores hasta hacerlos desaparecer.

En fin, al menos ahora nadie podrá herirte de nuevo insinuando que no te quiero lo suficiente para no tener hijos contigo; lo que me trae a la mente a nuestra querida anfitriona y una venganza que tengo pendiente con ella, para la que se me acaba de ocurrir una maravillosa manera de cobrármela. Te levanto en brazos y me miras a la cara, sorprendida.

-¿Qué tal si empezamos a encargar nuestro niño ahora? – Te digo en tono sensual, y acto seguido te llevo a la cama, con la intención de tumbarte en ella y hacerte el amor de manera desenfrenada.

Una vez estirados sobre el colchón, olvidados mis temores y mis inseguridades, ya sólo tengo un objetivo en mente: quiero hacerte gritar de placer como nunca antes para saborear por partida triple este momento. Primero, por hacer mío tu apetitoso cuerpo una vez más; segundo, por haber tomado por fin una importante pero difícil decisión; y tercero, por cobrarme mi justa venganza contra la Amante Esposa. Y la venganza resulta siempre exquisita.