Disclaimer: si leen algo y les parece familiar, no es mío.
-Qué bueno que llegas, te estaba esperando.
Audrey frenó de golpe apenas abrió la puerta de la oficina de Kingsley y lo escuchó decir eso.
La verdad era que se había apresurado en llegar y se había lanzado casi de cabeza al abrir la puerta, pero se suponía que no llegaba tarde. Mirando de reojo el reloj de piso tras el escritorio de su nuevo jefe, comprobó que, efectivamente, no llegaba tarde, sino que justo sobre la hora.
Como siempre.
Kingsley, que la miraba paciente y con expresión condescendiente, la invitó con un gesto de la mano a tomar asiento frente a él.
Mirándolo con sospecha, porque sí se estaba comportando algo raro, dejó su bolso de cuero sobre su pequeño escritorio, se quitó la capa y la tiró sobre su nueva silla de trabajo, y se sentó donde le habían indicado.
Obediencia era su segundo nombre. Jajá.
-Veo que tomaste a pecho lo que dijo Anderson sobre tu vestimenta.
Audrey se sonrojó ante ese comentario. ¡Qué poco caballero al mencionarlo!
-Em...me pareció que el color iba más acorde a mi nueva situación.
-¿Un funeral? -le resondió Kingsley con la voz llena de risa.
Maldito fuera. Audrey no pudo sino reír con él. El infeliz tenía además risa contagiosa.
-¿Es este té para mí? -le preguntó Audrey en lugar de responder a sus burlas, mirando de reojo de todas formas su ropa de aquella mañana. Los jeans negros no eran raros en su vestuario, aunque en ese momento usaba los únicos que no estaban rasgados. Cambió las botas por unos zapatos negros y había cambiado su chaleco con motas de colores del día anterior por una camisa negra y plana. Y aburrida. Y fea.
-Sí, lo es. Pero no cambies el tema. La ropa de ayer combinaba más con tu cabello.
-Pues usted, señor, parece saber mucho de moda.
-Ah, me lo dicen seguido -respondió el hombre con una sonrisa -, pero menciono tu ropa porque yo no tengo inconveniente con lo que uses encima mientras hagas bien tu trabajo. Que es el motivo del té. Discutamos algunas cosas, tienes preguntas sobre tus labores, asumo. Ayer no hablamos mucho.
Eso, era muy cierto.
-La verdad, sí. ¿Qué es lo que esperas exactamente de mí, como asistente? No te ofendas, pero eres algo famoso por despedir asistentes y no puedo quedarme sin empleo.
¿Estaría dispuesto el Sr. Anderson a recibirla de vuelta, si le rogaba? Probablemente no. ¿Quería ella hacerlo? Carajo, no.
-No me ofendo -la sonrisa no abandonaba la expresión de Kingsley, ¿cómo pudo pensar ella que era una persona poco amena?-. La verdad es que no mucho, creo. Mantener ordenado el correo y citaciones, me limitan y censuran algunas de ellas. Habrás notado ayer que fue por eso que fui a encarar a Anderson. Así que las pocas citaciones que lleguen, no pueden perderse.
-¿Por qué se pierden citaciones?
Kinsgley le dedicó una larga mirada antes de responderle. Fue por unos cinco segundos, quizá menos, pero Audrey sintió como si le estuviese leyendo la mente y no de forma muy agradable. Le recordó a los tristes momentos en que la Profesora McGonagall la descubría en algo levemente (generalmente no tan leve) ilegal.
-Debes haber notado -comenzó Kingsley luego de aclararse la garganta y cambiar su mirada de una asesina a una amable otra vez-, que el Ministerio ha...cambiado su postura general respecto a...bueno, respecto a casi todo en los últimos meses.
Bueno, aquella era una forma linda de ponerlo. El Ministro se había desquiciado, eso era lo que pensaba Audrey. Se había puesto como cabra. Todo parecía tener ahora una connotación hostil. El rumor era que cazaban gente que estuviera "demasiado a favor" de los muggle, Harry Potter encabezando la lista. Aunque a él lo perseguían supuestamente por asesinar al Profesor Dumbledore, lo que era imposible porque Dumbledore estuvo siempre muy por sobre las ligas de un chiquillo de 16 años. Harry Potter o no Harry Potter. Elegido o no Elegido.
-Lo he notado, sí. Asumo que su postura no es muy a favor de...la nueva postura.
-Exacto, no es la postura que prefiero.
Audrey no puedo evitar pensar que la postura que ella prefería era cuando ella estaba encima y se sonrojó como tomate radioactivo. ¡Maldita fuera su mente pervertida!
-Así que -continuó Kingsley, GRACIAS A DIOS, sin hacer comentario sobre su nuevo tono de piel -, ver la correspondencia, tomar nota en mis reuniones, evitar de forma elegante las discusiones, ignorar de forma digna los insultos mal disimulados -okay... -, trabajar en los proyectos que surjan, que surgirán, estoy seguro; sobretodo con el Ministro y su asistente. Y todo eso, hoy mismo. Tenemos reunión con el Ministro a las diez y quince, justo a tiempo para que vayas a casa, te pongas ropa cómoda y vuelvas.
-Estupendo.
El día prometía ser de lo más interesante.
El día prometía ser de lo más aburrido. O más de lo que era habitualmente, pensó Percy.
Llevaba cuatro minutos sentado en su asiento habitual en la gran mesa rectangular en la oficina de reuniones del Ministro. Qué extraño era que, hace unos años, no existía momento más emocionante que ese, donde se sentaba a esperar que comenzara alguna reunión, en la que podría demostrar lo brillante que era destacando los puntos relevantes, las ideas importantes, los detalles precisos. No había llegado a ser la mano derecha del Ministro sólo porque sí. Se había hecho notar, se había esforzado.
Emocionado había comenzado, meses y meses atrás con su nuevo trabajo.
Ahora no podía sino pensar que era aburridísimo. Cómo se reirían sus hermanos, si supieran lo que estaba pensando. Siempre lo habían tachado de ser de lo más aburrido. Él, en un total. Ahora, si él pensaba que algo era aburrido era que debía ser realmente aburrido, más allá de toda salvación.
Quizá debía buscarse un pasatiempo. No podía ser saludable el llegar a trabajar deseando sólo que se acabe el día. O el tener que forzarse a llegar a trabajar.
Quizá era el proceso natural de alguien que envejece. No que él fuera viejo, no. Se sentía a veces como si tuviera 70 años, pero sabía que aún era muy joven. Pero llevaba casi cuatro años trabajando en el Ministerio y quizá la rutina le estaba pasando la cuenta.
Levantó la vista y repasó en menos de tres segundos a los otros cinco integrantes de la reunión programada para aquella mañana. El Ministro Thicknesse estaba sentado a la cabecera de la mesa y se veía tal como era habitual desde que había asumido como cabeza del Ministerio. Serio. Pálido. Indiferente.
A su izquierda, se encontraba Galladen Travers, jefe del Departamento de aplicación de la Ley Mágica y su segunda en mando, Mafalda Hopkirk, justo a su lado, entre Percy y Travers.
Travers le causaba a Percy la misma confianza que una pluma ajena al momento de escribir sobre algún pergamino oficial: es decir, absolutamente ninguna confianza. Había estado en Azkaban por crímenes durante la Primera Guerra Mágica, pero a comienzos del mes habían anunciado que aquellos habían sido crímenes por los que había sido culpado injustamente, habían "limpiado su nombre" y puesto a la cabeza de ese Departamento. Mafalda no se veía particularmente bien aquella mañana. Se veía ojerosa y cansada, pero sonreía a cada cosa que comentaba su jefe, ex-convicto.
Percy pensada que sabía más o menos por lo que pasaba Mafalda. Ella, como él, tenía un gran respeto por las autoridades y por el cumplimiento de sus deberes, pero también por el cumplimiento de las leyes y el orden. E, incluso si era su jefe directo y no le correspondía a ella poner en duda lo que Travers solicitara, su pasado de criminal era todo aquello que Mafalda repudiaba. La falta de compromiso con las leyes. Percy sentía que estaban en la misma página de aquel capítulo de Sentimientos Encontrados y Confusos.
Frente a Mafalda, al otro lado de la mesa, estaba sentado Corban Yaxley, que había sido compañero de celda de Travers hace años. Había pasado brevemente por Azkaban, otra vez, después de la muerte de Albus Dumbledore, donde se le acusó de ser parte de un grupo seguidor del Señor Tenebroso que había ingresado aquella noche a Hogwarts para asesinar a Dumbledore; cargos que fueron desmentidos después.
Percy le hubiese creído al parte que decía que Yaxley era inocente, sino hubiesen acusado a Harry Potter de asesinar al Director de la escuela. Era ridículo. Sí, Potter no era muy fanático de las reglas y solía dejarse llevar por las locuras de Dumbledore, pero Harry le tenía demasiado cariño al anciano director. Era simplemente improbable. Sino imposible.
El toque final al grupo reunido aquella mañana, lo daba la Subsecretaria del Ministro, Dolores Umbridge, sentada a la derecha del Ministro, entre él y Yaxley. El tono rosa brillante que llevaba aquel día encima era, por lo bajo, un insulto para la vista. Aunque no muy distinto a lo que vestía habitualmente. Percy había aprendido con el tiempo, que aquella era una mujer a la que no debía desagradarle. Dolores era conocida por hacer que las cosas vayan exactamente como ella quiera. Y solía deshacerse también de la gente a la que no quería ver más.
No convenía estar en su lista negra, y era por eso que Percy se esforzaba en llevar una relación cordial con ella. Lo que había resultado ser más difícil de pensar que de hacer, y no por falta de ganas de su parte. La mujer parecía no tener muy buena opinión de él, incluso sin conocerlo mucho. Percy en un comienzo pensó que tenía que ver con él siendo Weasley, y lo conocidos que eran sus nexos de su familia con familias muggle y con asociaciones como La Orden del Fénix, pero con el paso de los meses, había llegado a la conclusión de que era personal con él, por ser hermano de Ronald, más que por ser un Weasley. Al parecer no habían congeniado mucho ella y Ron, cuando compartieron en el Castillo en el quinto año de su hermano en Hogwarts.
Percy había vuelto a mirar hacia el pergamino casi vacío que tenía en frente, sobre la mesa. "Casi", porque un 9 de agosto de 1997 adornaba la orilla superior izquierda del papel.
Acababa de subrayar con su pluma preferida aquella fecha, cuando la puerta de la oficina se abrió. Llegaba el último de los integrantes de la reunión y quien podría ser la única salvación para la que prometía ser una mañana aburrida más, entre muchas.
Porque en general, las pocas reuniones que incluían a Kingsley Shacklebolt solían ser bastante animadas. Habitualmente porque estaba en desacuerdo en como se estaban llevando algunas cosas y no era famoso por callarse ante algún desacuerdo.
Alzó la vista cuando sintió que Kingsley tomaba asiento a su izquierda, a la cabeza del otro lado de la mesa. Y entonces la vio.
Percy se demoró alrededor de cinco segundos en analizar cuándo había sido la última vez en que una palabrota había abandonado su boca.
El resultado del análisis: dos años y nueve meses.
Aunque, más bien, aquella había sido la penúltima vez. La última vez había ocurrido hace, más o menos, cinco segundos, al momento de comenzar su pequeño análisis de tiempo.
Percy, sinceramente, consideraba que poca culpa podía caer sobre sus hombros. Incluso si el resto de los presentes en la habitación lo estaban mirando con cara de estar evaluando si estaba o no bajo los efectos de un hechizo aturdidor.
Hace cinco segundos, aunque probablemente ya fueran diez segundos, había levantado la vista para encontrar a otra persona sentada justo frente a él, sobresaltándolo. Pero la presencia de una persona extra no era el motivo de su exabrupto, no.
Kingsley Shacklebolt acaba de entrar, con toda la majestuosidad que le permitía su brillante capa azul marino y púrpura y se había sentado a su lado. Tampoco motivo para sorprenderse, no.
Junto a él, se había unido al grupo la que, por el cuadernillo que tenía abierto frente a ella, debía ser la nueva asistente del mago, jefe de la Oficina de Aurores. Nada nuevo ahí tampoco, Kingskey era conocido por variar en sus asistentes.
La nueva asistente tenía cabello azul brillante.
Azul.
Y ese sí, al menos para Percy, era un motivo de peso para permitirle el uso de una palabra que no había utilizado nunca en su vida. Una palabrota que ni siquiera sabía que conocía, pero que al parecer su subconsciente sí había registrado de las veces que, seguramente, la había escuchado de la boca de sus hermanos.
Su subconsciente, al parecer, era sensible a mujeres con cabello de colores estrafalarios. Y de apariencia estrafalaria.
Y él apoyaba en un cien por ciento a su pobre subconsciente. Cabello azul y amarrado en un moño desordenado en lo alto de su cabeza, vestido negro de manga corta con trozos de encaje, capa azul oscuro sobre los hombros y tatuaje de rosas en el brazo...no. La mujer parecía pertenecer a los bajos suburbios de Londres, no a la oficina del Ministro de Magia.
Si todo eso era una broma, era una muy, muy mala.
Cabello azul, dulce Merlín. Cabello azul.
-Si Weasley terminó de mirar fijamente a mi nueva asistente, podemos comenzar con esta reunión cuando le parezca conveniente, Ministro.
Audrey se mordió el interior de la boca para no sonreír al escuchar a Kingsley decir eso. Al parecer, había espantado un poco al asistente del Ministro con su presencia en esa reunión. Para ser justos, Audrey tampoco le había quitado ojo de encima, aunque no había logrado que la mirara a los ojos.
Había mirado primero su cabello azul, que había amarrado en lo alto de la cabeza y, para su sorpresa, y la del resto, había soltado una palabrota, una que sólo le había escuchado decir a Ric cuando se había roto una uña intentando restaurar una mesa antigua que había conseguido en una venta de garage. Luego había bajado la vista hasta su vestido negro, había reparado luego en su capa azul y luego en el tatuaje en su antebrazo, que había quedado a la vista al apoyar los brazos sobre la mesa.
Audrey entonces se apoyó en el respaldo de la silla y enderezó la espalda, logrando llamar la atención del hombre, Weasley, pero no de la forma que pretendía. Ella quería que la mirara a los ojos. No a los pechos.
Finalmente, aclararse la garganta ruidosamente, logró que Weasley la mirara a los ojos, avergonzado y sonrojado hasta lo imposible. Tenía ojos lindos. No era un color habitual, y ella tenía debilidad por los colores poco habituales. Y si eso no fuera suficiente, su cabello era dolorosamente cercano a su tono favorito de rojo, aquel que prefería por sobre todos los otros tonos y colores.
Sintió los ojos de Kingsley sobre ella y se giró a él para enviar en su dirección una sonrisa. Ya sabía que iba a molestarla hasta el casancio, luego.
-Bueno, empiezo entonces - dijo el Ministro, con voz aburrida -. Te he citado hoy, Shacklebolt, porque siendo cabeza de una de las Oficinas más grandes, es esencial que seas informado de las decisiones en temas tan importantes como la Seguridad Mágica y la educación de nuestros jóvenes magos.
Audrey alzó las cejas en sorpresa y no se atrevió a mirar a Kingsley. Eran palabras dichas sin mucha connotación ni tono, pero había amenaza tras ellas. O intención de aclarar quien estaba al mando, por lo bajo. Se le citaba porque él quería, y se le citaba para "ser informado", no para participar en aquellas decisiones de temas importantes que mencionaba.
-Agradezco la consideración, Señor Ministro -respondió Kingsley en su habitual voz de trueno.
-Se me ha presentado diversos estudios y documentos -siguió el Ministro, al parecer no notando el tono amargo en la voz de Kingsley -, que amablemente reunió Dolores durante esta semana, donde se destaca una problemática que permaneció por muchos años olvidada y que ahora ha crecido como musgo sobre tierra fértil, y tiene relación con el origen mismo de la magia y de cómo ha resultado que surjan muggles que dicen poseerla espontáneamente, sin haberla heredado de sus padres. Los documentos apuntan a que aquellos muggles que poseen magia estarían quebrantando algunos de los estatutos más antiguos de nuestras leyes en lo que a Seguridad Mágica respecta.
Audrey no podría creer lo que estaba escuchando. ¿"Muggles que dicen poseer magia" era la nueva forma de referirse a magos y brujas con origen muggle? ¿Quebrantadores de leyes? ¿Ellos? ¿Ella? Qué carajo.
-Me gustaría revisar aquellos documentos, Señor Ministro. Comprendo que mi presencia aquí es en lo que respecta a la colaboración para poner bajo custodia a quienes rompan estatutos de la ley de Seguridad, y comprenderá, estoy seguro, que no puedo comprometer a la gente que está a mi cargo y bajo mi responsabilidad, con una causa que podría estar equivocada o, efectivamente, en lo cierto, como dice usted que respaldan estos estudios.
Maldición, su nuevo jefecito sí que sabía como manejar las situaciones difíciles. A menos que él también pensara que aquella idiotez que había dicho el Ministro podría tener real sustento.
Algo en lo profundo de las tripas le decía a Audrey que no era el caso. Ese era Kingsley siendo la representación en vida de la Diplomacia.
-Pues debo estar de acuerdo contigo entonces, Shacklebolt. Te haré llegar aquellos documentos.
Diplomático y altamente efectivo, pensó Audrey. El resto de la audiencia, sobre todo la bruja-pastelito-rosa a su izquierda, quien ella ya sabía que era Dolores Umbridge, no se veía muy contenta con la idea de no dejar zanjado ese tema en ese preciso momento, pero ya nada importaba. El Ministro había hablado.
El tema que le siguió tenía que ver con el refuerzo de la seguridad en los puntos de ingreso a las dependencias del Ministerio, pero Audrey no puso mucha atención, se debía ser sincera.
Sus ojos había vuelvo al análisis que había comenzado minutos atrás y que había interrumpido el Ministro, al hablar por primera vez. Weasley, aún no sabía su nombre, anotaba casi despreocupadamente en un medio pliego de pergamino que tenía frente a la mesa. Era obvio que acostumbraba hacer aquello. Anotar todo a la velocidad de la luz.
Incluso si tenía la cabeza gacha, con la vista fija en el pergamino, mantenía una postura recta, casi tensa, en su silla. Debía ser alto, pensó Audrey. Quizá una cabeza más alta que ella, aunque no podría estar segura hasta verlo de pie. Tenía una nariz larga, levemente redondeada en la punta, con algunas pecas sobre el puente de la nariz y los pómulos, y facciones angulosas. Era guapo, en el sentido clásico de la palabra. Quizá si sonriera, podría decir ella que lo era en todo sentido de la palabra. La línea tensa que era su boca en ese momento, le quitaba muchos puntos.
Tenía cabello rizado, que caía en ondas cortas sobre sus orejas. Era una forma bastante despreocupada de llevar el cabello, para alguien que le dio la primera impresión de ser tan severo y riguroso. Y ahí estaba aquel color. Era un rojizo distinto al que era su "favorito", pero robaba su atención de forma indiscutible. Quizá en la tarde, ya en casa, lograra llegar a ese tono en algún lienzo vacío.
-Ofrecería mi ayuda en ese tema, pero sospecho que ya lo tienen resuelto.
La voz de Kingsley la sacó de golpe de sus pensamientos de colores y la trajo de vuelta a la habitación. ¿De qué hablaba? Qué buena asistente estaba resultando ser.
-Pues aciertas, otra vez. Aquel tema ya fue revisado en una reunión a la que fuiste citado, pero de la que finalmente no participaste. La seguridad de los alumnos camino a Hogwarts ya fue resuelta. Nos queda el tema de asegurarnos de que todos los estudiantes lleguen a subir al tren. Tengo la idea de declarar, si no había quedado implícito anteriormente, que la asistencia a Hogwarts es absoluta e irreversiblemente obligatoria, aunque la forma en que llevar a cabo aquello aún no ha sido discutida. ¿Ideas?
-Bueno -alzó la voz Weasley y Audrey sonrió al escucharlo. La voz combinaba a la perfección con el resto de él. Seria, indiscutible, segura, elegante -, podemos enviar misivas vía carta a los domicilios de todos, exigiendo acuse recibo, ya sea para aclarar que asistirán o no los estudiantes. Aquellos que no, pueden ser revisados más de cerca. Al igual que aquellos que no respondan.
-¡Brillante, Weasley! Es buena idea, muy buena idea. Quedas a cargo de aquello.
Quizá Audrey se lo imaginó, pero Weasley, por un momento, no se vio muy contento con la idea.
-El tiempo juega en nuestra contra entonces, Señor Ministro -decidió agregar Kingsley en ese momento-. ¿Cuántos alumnos aproximadamente deberían asistir este año? ¿Cuatrocientos? ¿Cuatrocientos cincuenta?
-Alrededor de cuatrocientos ochenta - respondió Weasley.
-Pues definitivamente el tiempo juega en contra. Quedan tres semanas para que inicien las clases y cientos de cartas que enviar, responder y revisar.
-¿Propones una mejor idea, Shacklebolt? -la voz del Ministro dejaba en claro que comenzaba a perder la paciencia.
-¿Una mejor idea? No. Pero sí voy a sumar a la tarea a Audrey Collingwood, mi nueva asistente. Dos personas tienen más esperanza de lograrlo que una sola, ¿no cree?
¡Hola a todos! Un gusto volver por estos lados. Espero que este nuevo capítulo y el encuentro entre Audrey y Percy les haya gustado. ¡Se vienen chispas entre ellos! Su relación y su historia no irá a tan lento paso como lo hizo (y lo sigue haciendo) Cassandra y Sirius, sino más bien a la velocidad de Iggy y Charlie.
Y a propósito de Iggy y Charlie, me voy a retocar el capítulo que viene de Entre Líneas, aunque podría adelantar en él un poco lo que se viene en el futuro de Audrey.
Gracias por leer, si pueden cuéntenme qué les parece hasta el momento!
Nicola.-
