IV

Cuerpo a cuerpo

Su aparición fue sorprendente, dirigiéndose como una furia hacia donde Ren y Momoka estaban. A ésta última apenas le dio tiempo a reaccionar, sacando de su estuche unos cuantos shuriken que lanzó a discreción y que el enemigo misterioso esquivó sin problemas. Iba armado con un machete largo y afilado, y estaba dispuesto a usarlo en los cuellos de las dos chicas sin pensarlo. Su apariencia era más bien normalucha, quitándole lo de asesino: pelo rubio cobrizo, pinchoso y despeinado, dientes afilados y mirada asesina. Tenía un pendiente en la oreja izquierda que lo hacía parecer un rebelde sin causa, y estaba un poco musculado.

Ren desenvainó su espada y bloqueó el ataque del chico con facilidad, sin darle oportunidad de contraataque. Atacó a la velocidad del rayo con una patada lateral alta dirigida a la cabeza con el objetivo de noquear a su rival…

–¡Ryōken maekyaku!

¡Plaf! Una patada peliaguda frustró los intentos del enemigo y Ren salió victoriosa. Controló la fuerza de la patada alta para que no fuera demasiado potente, pero al parecer se había equivocado… Un poco. El chico fue lanzado con fuerza hacia abajo. Por suerte, tenía algunas habilidades y se recompuso enseguida. Su espalda no dio de bruces en el suelo ya que dio media voltereta hacia atrás en el aire y recuperó el equilibrio. Momoka miró a Ren con terror, como si esperara recibir alguna instrucción. Lo único que se limitó a hacer la espadachina en ciernes fue calmarla con la mirada, como si le dijera "sígueme y tranquilízate", y la chica fúngica así pareció entenderlo. Se acercaba un breve lapso de parlamento.

Ren, seguida de Momoka, se acercaron con cautela hacia el chico, que había alzado su espada, amenazándolas pero sin moverse de su sitio, como esperando una reacción. Quizá se sabía inferior en esas condiciones, y por ello había decidido aprovechar cualquier error en la estrategia de Ren o de su compañera. Como muestra de paz, Ren envainó la Jurojin y comenzó a alzar los brazos en gesto de sosiego, indicando que no había por qué luchar.

–¿Quién eres y por qué nos has atacado de esa manera?

El chico, por lo pronto, no supo qué decir. Se mostraba balbuciente, su mirada estaba en otra parte, y su mente parecía estar traicionándolo. Estaba nervioso, casi al borde del colapso mental.

–¿Al menos nos puedes decir tu nombre? –dijo Ren–. Estamos en mitad de una prueba para saber si somos aptas para el grado de genin, y nos gustaría saber quién nos ha interrumpido.

De inmediato, el chaval reaccionó.

–Vaya, chica –dijo–, tienes un carácter muy fuerte, como Akuma-sensei, ¡ajajajaja! Como que no me esperaba que esta vez me jodiera de esta manera… La última vez que me presenté a su examen casi muero por su culpa, y esta vez casi me mata uno de sus juguetitos…

–¿E-eh? –susurró Momoka–. Ren-san… ¿sabes a qué se refiere?

–Ni idea. A ver qué se cuenta.

–¡Bah, sin más rodeos, monadas! –farfulló el imberbe rubiales–. Me llamo Seki Hōzuki. Como ya habéis visto, estaba de caza cuando de pronto habéis aparecido vosotras. Pensaba que erais un puñado de arañas gigantes y no me lo he pensado, he ido directamente a matar. Pero, vaya que me habéis sorprendido, sobre todo tú –no lo he dicho, pero Ren era una chica muy guapa, de pelo blanco cenizo como la nieve sucia tras una tormenta lluviosa del nacimiento primaveral, y ojos felinos de color amarillos, salvajes como miel pura. Era un dechado de belleza e inocencia a la vez. Su mirada derretiría témpanos y su sonrisa alegraría hasta al más nihilista de los filósofos-. ¡Hermosa chica que portas una espada como yo, dime tu nombre, que lo guardaré con recelo para que ningún hombre me lo quite!

-¿Eres un aspirante a shinobigatana como yo, acaso? –preguntó Ren con un tono de ironía-. Sé mucho de la historia de los Hōzuki y de su habilidad con las espadas, pero nunca había conocido un espadachín tan malo como tú la verdad.

Seki cambió su tono, mostrándose indignado, pero aún como ese tilín que le había producido Ren.

-¡Y tú que sabes! Tienes una espada, ¡y usas una patada para humillarme! No luchas como un hombre…

-Por supuesto, porque soy una mujer, y porque ese es mi estilo de combate.

–¿Así luchan las mujeres?

-No, así lucha el clan Miuhai…

Seki calló, Momoka no supo por qué. Tan aislada había vivido y sus años en la academia los había pasado tan ocupada estudiando, casi sin socializar con nadie, que no sabía nada de ninguna historia relacionada con el clan Hōzuki o el clan Miuhai, quizá tan solo el nombre. ¿A qué se debería tal asombro?

–Vaya, ¿así que tú eres del clan de Nirin y de Fuyuha? –dijo con tono de reto el Hōzuki-. Me gusta, tienes agallas. Quizá esta prueba sí que nos salga en condiciones.

Nirin era una prima de Ren, al igual que Fuyuha. Hacía tiempo que no los había visto, así que no sabía cómo estaban ni qué posición ocupaban en la aldea, y Hinoki nunca le había contado nada. Sabía que Nirin era hábil con las espadas y tenía una amplia colección de estas armas en su casa, y que aparte era cariñosa con ella. Siempre le traía leones de madera para que jugara en el barro. De Fuyuha no tenía buenos recuerdos, era un hombre arrogante, seco y autoritario, y sólo pensaba en aumentar su masa muscular golpeando troncos con los puños. Hacía tiempo que Ren los había perdido de vista. Pensó por un momento en ir a visitarlos y comunicarles que por fin era genin, si es que superaba la prueba…

–¿Y la otra chica que tienes a tu espalda, la que parece un cadáver? –preguntó Seki-. ¿Cómo has dicho que te llamabas?

Momoka palideció, así que Ren intercedió por ella.

–Yo me llamo Ren Miuhai, ella es Momoka Shinkin. Es un gusto el conocerte, Seki-kun.

Seki se sonrojó.

-Ah, vaya, ya con apelativos cariñosos después de darme tu nombre, y encima viene con una amante de regalo… ¡pues sí que estoy de suerte hoy!

Ren soltó una suspiro de asco y pena, a partes iguales.

Poco le iba a durar la suerte al Hōzuki rubio, pues una araña gigante, acompañada de otras más pequeñas, correteaban en la distancia, removiendo hojas y partiendo ramas. Chillaban furiosas como si les hubieran robado a sus hijos, y en efecto, así era.

-¡Vamos, dejemos las presentaciones! –dijo Ren-. Dinos qué has hecho, Seki-payaso-kun, e intentaremos ayudarte. Por lo pronto, subamos a la copa de aquel árbol, el que parece una torre, y ya pensaremos en un plan.

-¿Me permites? –preguntó en voz baja Momoka, la cual aún sentía miedo del asesino Seki-. Creo que es mala idea, Ren-san. Las arañas poseen un fuerte instinto de protección y trepan más rápido que ningún otro animal de estos bosques. Lo mejor sería que siguiéramos con la prueba y dejáramos solo a…

-¡De ninguna manera, Momoka! –gritó Ren con orgullo.

Se acercó a Seki y miró su espada. En ella llevaba un colgajo de telaraña con un montón de huevos.

–Es uno de los ingredientes para la poción de virilidad del Mizukage, ¿no?

–¿QUÉ? N-no puede ser… ¿Qué te dijo la zorra de Akuma? ¡Menuda cabrona está esa? ¡A nosotras nos dijo que teníamos que coger tan sólo un trozo de telaraña!

–Suerte que hemos tenido los tres –aseguró Seki–. Akuma-sensei suele ser muy hija de puta, más con los nuevos. Quiere gente de fiar en su equipo, así que los maltrata para ver qué tan preparados están. Yo ya la he sufrido en tres ocasiones. Por suerte, sé que esta será la última vez que la vea joderme.

–¿A-acaso vamos a morir? –se atrevió a preguntar con más inconsciencia que miedo Momoka.

–Eso parece, si no hacemos algo –aseguró Ren, al tiempo que se preparaba para ejecutar unos sellos de ninjutsu–. Tenemos suerte de que tenga algunos recursos, técnicas que me enseñó mi tío para cazar bestias muchísimo más grandes y fieras que éstas arañas de nada.

Estaban cada vez más cerca. Sus bocas sibilaban, emitían un sonido agudo a la vez que molesto, sus ojos brillaban como un alfiletero bajo la luz del sol y sus patas se clavaban en la madera como el hacha tras ser afilada. Eran máquinas orgánicas evolucionadas para matar sin miramientos a su presa.

–¡Doton, Dorotsubame no jutsu!

Un montón de agujas de barro con forma de golondrina salieron despedidas de la boca de Ren hacia las arañas. El impacto no fue sorprendente, fue como si niños jugaran con bolas de barro y se ensuciaran.

–¡Y ahora mirad, Kai!

Las bolas de barro crecieron y se centuplicaron su tamaño convirtiéndose en una amplia red de barro pegajoso y uniforme. Las arañas se agitaban, atrapadas en un tipo de trampa que debieran conocer bastante bien, pues funcionaba de forma parecida a una telaraña.

–Es una técnica engañosa, parece que mil agujas te atacan, pero no es más que para engañarte. En realidad es un barro especial formado de chakra que te inmoviliza cada vez más y más si haces movimientos bruscos. Mi habilidad no es muy buena que digamos porque es una técnica que no he dominado del todo, y creo que he utilizado demasiado chakra al moldearla y lanzarla, por lo que casi me he quedado vacía. Lo mejor será que Momoka meta la telaraña que ha conseguido Seki, huevos incluídos, en la vasija de sangre, y nos marchemos lo antes que podamos de aquí.

–¡Cómo molas, Ren-chan! –aseguró Seki-. Quiero una novia como tú, eso lo tengo claro –añadió, guiñando un ojo y alzando el dedo pulgar en signo de victoria–. ¡Ya tenemos un ingrediente gracias a tu habilidad con el elemento tierra!

Ren se sonrojó. Momoka rió entre dientes. Fu-fu-fu.

–Vamos, no es para tanto –se defendió la peliblanca, levemente ruborizada–. Yo sólo quiero hacer lo mejor para todos, ¡jeje!

Fu-fu-fu. Ren-san, no seas tan humilde –susurró Momoka–. Te mereces que te lo digamos.

Ya no se entretuvieron más. Momoka guardó con diligencia la telaraña en la vasija y los tres se alejaron, con dirección a un lugar más tranquilo, dispuestos a pensar un plan de acción para conseguir el segundo ingrediente de la lista.

«Aquí hay algo que me escama», pensó Ren. «Este Seki esconde algo, es raro… La patada que le he dado, ¿por qué no se ha defendido? He notado claramente cómo se había dado cuenta de mi siguiente movimiento. No puede ser que no lo pudiera haber bloqueado, pues sus miembros han reaccionado instintivamente…»