Capítulo 4
Naruko abrió los ojos, hacía calor. Deslizó la mano sobre el colchón hasta que su mano dio con el móvil, no tenía idea de cuánto había dormido y quería saber la hora. El débil resplandor de la pantalla mostró que eran las dos de la tarde. Las dos de la tarde.
De un tirón se puso de pie y se vistió a toda prisa, saliendo atropelladamente por la puerta y dejando a Imaizumi perplejo por el comportamiento tan apresurado de Naruko. Cogió su bicicleta y a rauda velocidad se perdió en el bullicioso tráfico de la tarde.
Los pájaros cantaban a primeras horas de la mañana cuando Naruko finalmente consiguió pegar los ojos y dormir, un sueño inquieto y poblado de sobresaltos en relación a sí mismo y a Onoda. Había pasado toda la noche y madrugada pensando febrilmente en los acontecimientos del día anterior, de lo que había hecho y dicho, de las cosas que aún quedaban por aclarar. Nada le sacaba de la cabeza que Onoda guardaba un secreto que se resistía a contar y, si estaba cerca de entrar en confianza suficiente para enterarse, había perdido completamente la oportunidad en el momento en que confesó sus sentimientos. Naruko quería arrancarse los cabellos toda vez que pensaba en esa vergonzosa escena que protagonizó, en su imaginación había preparado una bonita declaración con palabras cuidadosamente escogidas y Onoda correspondía de acuerdo con el "plan", sin lugar a dudas. No contaba que ambos estarían fuera de sí por el licor ni tampoco que su declaración sonaría más como un lastimero y fracasado lamento en vez de ser la confesión que ganaría la aprobación total del chico de gafas.
En su veloz recorrido llegó al departamento de Onoda, pulsó varias veces el timbre y golpeó decididamente la puerta pero nadie le contestó. Todo intento de llamada telefónica caía directamente en el buzón de mensajes y con eso quedó más que evidente el hecho de que Onoda estaba huyendo de todo encuentro con Naruko, aunque eso sería por corto tiempo. El pelirrojo intentó imaginarse en qué rincón de Akihabara se escondía, pero eran centenares de lugares para recorrer y le llevaría horas.
Con cauteloso pedaleo llegó en el bullicioso distrito donde la gente hacía compras o regresaba presurosamente a casa. Le dio por esperar cerca del lugar de trabajo de Onoda, como si esperara verlo saliendo de algún lugar cercano. No esperó mucho hasta divisar el inconfundible abrigo naranja que solía llevar, Onoda salía a hurtadillas de una tienda da mangas y miró hacia todos lados antes de cruzar la calle; Naruko se ocultó detrás de una esquina y esperó hasta verlo caminar apresuradamente en dirección a un parque cercano.
Naruko lo siguió a prudente distancia hasta que entraron a un boscoso parque, se vio obligado a aparcar su bicicleta fuera pues el acceso de vehículos era prohibido en el lugar. Deslizándose subrepticiamente entre los arbustos vio que Onoda se detuvo en un banco bajo unos árboles, para luego meter la mano en la mochila y sacar dos mangas nuevos.
— ¡Entonces es aquí donde escapas de las responsabilidades! - exclamó Naruko, saliendo del matorral y plantándose directamente frente a Onoda.
— ¡N-Naruko! - Onoda dio un salto casi como para caer detrás del banco.
— Parece que no llevas en serio cuando dije que me esperaras en tu casa para que hablemos – mencionó el pelirrojo, levantando un dedo acusador.
— B-Bueno, es que estuve en casa toda la mañana y... pensé que por la tarde no habría problema en salir un poco...
— El asunto es que... - Naruko quedó paralizado y se sonrojó. Se percató que ahora no era tan fácil abordar el tema que debían hablar estando ambos sobrios, se sentía como si estuviera hablando de eso por primera vez. Le pasó por la cabeza que no estaría mal tomar unos tragos antes de volver a hablar de aquello, ya que en esas condiciones se hacía casi imposible – el asunto es que debemos regresar a tu departamento a hablar con calma.
Onoda miró hacia los lados como si tuviera alternativa para escapar, suspiró y acordó con la cabeza. Salieron del parque y Naruko cogió su bicicleta.
— Oye, ¿dónde está tu bicicleta? - preguntó Naruko.
— No la tengo más – replicó Onoda, encogiéndose de hombros.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Onoda señaló la entrada del tren subterráneo. Naruko rodó los ojos, sería un largo trayecto. No pretendía dejar que Onoda fuera de tren y, dada la desventaja, Naruko prefirió andar al lado de Onoda arrastrando la bicicleta.
El camino era terriblemente largo, tanto por los desvíos que tenían que tomar para sortear los concurridos viaductos, como por el hecho de que ambos rumiaban intensamente lo que hablarían al llegar. En el fondo ninguno de los dos quería llegar pronto, sus cabezas estaban tan ocupadas en escoger palabras y adivinar preguntas y posiciones anticipadamente que ni siquiera abrieron la boca en todo el trayecto. En más de una ocasión los ojos de Naruko pasearon por las tiendas que vendían bebidas alcohólicas y estuvo a punto de decirle a Onoda que compraría algo, aunque luego desistía por miedo a que las cosas salieran más de control que antes. Onoda estaba simplemente exhausto, le dolían las piernas y su mochila parecía pesar una tonelada con tanto andar. Ambos chicos llegaron al departamento más reanimados, cosa que sería imposible si no fuera porque se detuvieron antes en un restaurante de ramen y comer con la vista fija al plato sin moverse casi.
— Bien, aquí estamos – murmuró Naruko, con un tono de voz que denotaba el cuidadoso ensayo de lo que pretendía decir. Se sentaron en sofás opuestos, la idea inicial era mirarse a la cara pero ahora no conseguían levantar los ojos del suelo.
— Sí, aquí estamos... - replicó Onoda, más bien ausente.
— Ah... bueno, yo... quiero comenzar pidiendo disculpas por lo de ayer, realmente no podía haber hecho algo como... como eso que ha pasado – balbuceó Naruko, rojo como un pimiento – e-espero que esto no haya afectado seriamente nuestra... nuestra proximidad – remató. Pensaba decir amistad pero el día anterior había dicho a Onoda que no podían ser amigos.
— T-Todo eso que pasó ayer fue culpa del alcohol y nada más – dijo Onoda atropelladamente, como si hubiera encontrado la excusa perfecta para justificar las acciones de ambos – estábamos alterados y las tonterías pasan cuando uno está embriagado. De modo que lo mejor que debemos hacer es olvidar completamente lo que sucedió y no dar más importancia a eso.
— P-pero yo... - Naruko sintió un sudor frío en la espalda, podría simplemente estar de acuerdo con Onoda y terminar el asunto quitándole importancia, pero esa seria su última oportunidad de intentarlo – las cosas que dije ayer son reales, Onoda. Lo que yo siento es... en serio.
El chico de gafas apoyó la cabeza sobre los puños, en silencio. No había pensado que Naruko persistiría con testarudez en eso, creía que él también diría para olvidar todo y pondrían tierra sobre el asunto. Todo eso apenas dificultaba las cosas.
— Ya he dicho que nosotros somos amigos, ¿entiendes? - mencionó Onoda pausadamente – y los amigos no pueden ser... otra cosa más que apenas amigos.
— Sé que piensas así, Onoda, pero yo también ya he dicho que no podemos ser sólo amigos. Quiero... ser algo más – a esos momentos Naruko sentía que estallaría de vergüenza pura a cualquier momento.
— Quieres que seamos... ¿novios? - espetó Onoda con un énfasis especial en la última palabra.
— Puedes darle el nombre que quieras, Onoda, pero lo que importa es si permites o no – replicó Naruko, comenzaba a irritarse con todo ese rodeo – ten en cuenta que no haría nada para lastimarte o perjudicar tu vida. Así que... si tu respuesta es "no", entonces no te molestaré más.
Naruko cerró los ojos y bajó la cabeza, se sentía casi a pecho descubierto, esperando el retumbante "no" del chico de gafas que acabaría con sus esperanzas para siempre. Se pasaron interminables diez segundos en los cuales nadie dijo nada, en un silencio casi palpable. Al abrir los ojos se sobresaltó a ver a Onoda contemplándolo con fijeza, no parecía enojado, aunque sí perdido en profundas divagaciones.
— Yo realmente... no pensaba que las cosas fueran así – dijo Onoda, con una media sonrisa en la cara – siempre había creído que la gente se enamoraba y se declaraba como en los mangas, todo tan bonito y perfecto... y no que un chico se declararía a otro chico en una noche regada a alcohol.
— ¡Pido perdón por no haber sido bonito y perfecto así como en los mangas! - gritó Naruko, agachando de nuevo la cabeza – la vida real... no es como en los mangas. Las cosas así le tocan a una cantidad mínima de personas, puede que no haya sido bonito o de ensueño, pero... pero te garantizo que es sincero. La verdad es que yo pensaba esperar más para decírtelo, no contarlo ahora.
— Pensabas decirlo después que te mudaras aquí, ¿no es así? - cuestionó Onoda, como si de repente se percatara de todo el plan.
— A-Algo así – murmuró el pelirrojo más avergonzado aún, como si no fuera suficiente lo que estaba pasando – supongo que después de todo esto no querrás tenerme cerca, de modo que aquél asunto de la mudanza...
— Todavía somos amigos, Naruko-kun – le había llamado nuevamente de aquel modo tan intimista que sintió su corazón funcionando de nuevo – y la propuesta aún sigue en pie, de veras. Yo confío en que no harás nada malo o equivocado.
— P-pues me alegra que sea así – contestó el pelirrojo, poniéndose de pie con expresión seria – ahora que estamos en confianza, quisiera que me explicaras esto – añadió, propinando una patada a las piernas de Onoda, las cuales sonaron vacías e inertes.
Onoda se acomodó mejor en el sofá y miró hacia la puerta, no se sentía tan a gusto hablar de ese asunto. Sabía que tarde o temprano debería hablar de eso, el asunto anterior parecía más espinoso que este.
— Ehm... no hacía mucho tiempo que me había trasladado a Kyoto, pretendía seguir el ciclismo y competir en torneos cuando pasó lo de mi madre... fueron tiempos difíciles para mí. Poco a poco fui retomando los entrenamientos, el accidente sucedió al atardecer, no estaba viendo muy bien la pista así que me dispuse a volver a casa, me detuve en un cruce de trenes... y realmente no sé qué pasó, no estaba siquiera montado en la bicicleta, la iba empujando cuando tropecé y quedé con el pie atascado en alguna parte de los rieles. Traté desesperadamente salir de allí cuando vi otro tren aproximándose, antes de hacer nada se vino encima y... - Onoda tragó en seco – desmayé al mismo instante, no vi más nada. Desperté en la cama de un hospital lleno de vendajes y tubos, no tenía idea de dónde estaba. Pregunté a alguien qué había pasado y me contaron sobre el accidente, y que había estado inconsciente durante una semana. Tan pronto recuperé la consciencia vi que mis dos piernas no estaban más. Estaba tan exhausto que no conseguía siquiera llorar.
— ¿Por qué no... no has contactado a nadie? - preguntó Naruko, pasmado con la historia – se supone que éramos amigos tuyos mismo después de haberte mudado de ciudad.
— No quería cargarles con mis problemas... - Onoda sonrió tristemente.
— ¿Hasta cuándo pretendes preocuparte más por los otros que por tú mismo? - regañó Naruko – siempre estás pensando en las molestias que puedes crearle a los otros, en lo que pueden pensar, ¡y sufres con eso! Es inaceptable que sigas con ese comportamiento hasta hoy.
— Bueno, no me fue tan mal al final, hubieron personas que me ayudaron... tardé tres meses en aprender a andar de nuevo y entonces decidí no continuar más con el ciclismo – repuso Onoda, ignorando el semblante enojado de Naruko – sigue gustándome pero no tengo ánimos para empezar otra vez.
— Entonces está decidido – replicó Naruko, poniéndose de pie de un salto y señalándole con el dedo índice – te haré regresar al ciclismo.
— ¿Q-Qué? - Onoda quedó estupefacto – ¡p-pero eso es totalmente imposible ahora!
— Entrenaremos duramente para llegar al punto que puedas competir de nuevo. No te preocupes, tengo el plan ideal.
— ¡Naruko-kun, yo realmente no puedo...!
— Onoda-kun, presta atención – dicho esto el pelirrojo se acercó tan peligrosamente del rostro de Onoda que éste retrocedió la cabeza – volverás a andar en bicicleta, te lo aseguro. Quiero ayudarte. Déjame ayudarte.
Onoda suspiró, resignado.
— Está bien, hagamos un intento.
Naruko lo abrazó con fuerza, Onoda hizo lo mismo, sus brazos rodearon la cintura del pelirrojo de modo reconfortante. Sintió sus ojos empañándosele cuando Naruko sujetó con ambas manos su cabeza, mirándolo profundamente. Su corazón golpeteaba en sus oídos cuando se aproximó, cerró con fuerza los ojos, esperaba algo como el día anterior pero Naruko besó su frente con delicadeza, acariciándole los azabaches cabellos. Onoda agachó la cabeza, escondiéndolo entre los hombros de Naruko.
— Hasta que me des una respuesta, no haré nada que pueda enfadarte después – murmuró Naruko al oído de Onoda. El chico de gafas sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
— ¿Oye, por que no salimos a dar un paseo por ahí? - repuso Onoda, sintiendo que si continuaban así las cosas tomarían un rumbo inesperado.
Ambos salieron del departamento en dirección al centro de la ciudad. Comenzaron a hablar de trivialidades apartadas de los asuntos que habían tocado momentos antes, Naruko estaba esforzándose por asimilar la nueva realidad de Onoda, las incontables dificultades que había pasado y que aún estaban por venir, y cómo podría ayudarlo de modo a ser parte inseparable de su vida. Por su parte, Onoda estaba simplemente aterrado con la idea de subir en una bicicleta de nuevo.
Sus pasos los llevaron a una cafetería concurrida del centro. Entraron en el establecimiento y estaban por acercarse a la barra cuando un muchacho delgado y de azules cabellos se acercó con paso grácil y decidido.
— Tanto tiempo de no verte, Sakamichi – saludó con una sonrisa abierta.
Manami había crecido un palmo más de altura que Onoda, el chico de lentes retrocedió dos pasos y miró hacia arriba para encontrarse de frente con el antiguo escalador de Hakogaku. El ángel de Hakone. El chico a quien había amado en secreto en aquél interminable verano del torneo y nunca pudo decirlo.
Por el modo como Onoda reaccionó ante la inesperada presencia de Manami, Naruko sintió algo desagradable recorriéndole el cuerpo, como si miles de agujas le punzaran por todas partes. Sentía la terrible convicción de que Manami era el chico que Onoda refirió en aquel día en que ambos estaban entorpecidos por el alcohol. Quería sujetar por el brazo a Onoda y llevarlo de ahí a la fuerza, pero se contuvo.
La única cosa que Naruko pudo hacer fue mirar a ambos en silencio, mientras Manami parecía más que embelesado por Onoda, y éste, en vez de ignorar o actuar con normalidad, parecía comportarse como un colegial enamorado y avergonzado.
— Has crecido mucho, Manami-kun, estás más alto ahora – dijo Onoda, todo sonrisas.
— Ah, apenas un poco más... en cambio, te veo más atractivo, Sakamichi – replicó Manami, sin cortapisas.
— ¿E-En serio crees? - preguntó Onoda, pasándose la mano por la cabeza.
— Ajá... espero que aún estés sin compromiso con nadie.
— ¡Jaja! No podría decir que estoy comprometido, en realidad.
— Pues eso me alegra – respondió Manami, tomándole de la mano a Onoda y sorprendiendo tanto a él como a Naruko – porque creo que estoy enamorado de ti... Sakamichi.
El pasmado pelirrojo quedó sin reacción ante la revelación de Manami.
