Esta es una adaptación, los personajes son de la señora E. Meyer y la historia es de D. Palmer, yo sólo cambie los personajes.
Capítulo 3
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Edward estaba bebiendo en exceso y sus hermanos estaban sorprendidos porque no era propio de él. A su lado, Tanya estaba pálida y mirando rodo el rato hacia la puerta.
— ¿Esperas a alguien?
—Si, a Isabella. Me dijo que no iba a venir, pero tu cuñada Rosalie me ha dicho que Jacob Black le había comentado que iba a venir con ella.
— ¿Con Jacob Black?
Aquel joven había demostrado su valía como capataz, pero no era de las mejores familias de Jacobsville, como Isabella. Edward dudaba mucho que a su padre y a su tía les hiciera mucha gracia que saliera con él.
Bueno, tampoco era que se fuera a casar con el…
—Jacob es simpático —apunto Tanya recordando la cantidad de veces que le había dicho que no quería salir con él porque era un inmaduro. Ahora que todos comentaban que pronto tendría un racho propio, lo miraba con otros ojos, pero Jacob no la soportaba.
—Isabella no me va a perdonar nunca que haya venido contigo.
—A ver si os enteráis las dos de que no soy de nadie —contestó Edward malhumorado—. ¿A quién le importa que venga?
—A mí —suspiró Tanya.
En ese momento, entraron Isabella y Jacob. Acababan de dejar los abrigos y estaban saludando a la gente. Ella estaba preciosa, con su vestido blanco, y Edward no podía dejar de mirarla.
Recordó lo que había sentido al besarla y, de repente, sintió celos de Jacob.
Tanya no podía ni hablar.
Edward se terminó la copa y la agarró del brazo para ir a saludarlos.
—Es ridículo esconderse, ¿no?
—Supongo que sí —contestó Tanya nerviosa.
Al verlos, Isabella los miró con sorpresa y dolor. Lo que Edward había dicho de ella en la ferretería le había dolido, pero la traición de su mejor amiga era todavía peor. De repente, todas las piezas encajaron. Estaba claro lo que Tanya le había estado contando a Edward sobre ella.
—Hola… Isabella —saludó su supuesta amiga tímidamente—. Me dijiste que no ibas a venir.
—Y no iba a hacerlo, pero, en el último minuto, me lo ha pedido Jacob y aquí estamos —contesto Isabella mirando a su acompañante con agradecimiento—. Hace años que no bailo.
—Pues esta noche vas a bailar todo lo que quieras, cariño —dijo Jacob estrechándole la mano.
—No he visto a tu jefe —apunto Edward.
—No van a venir. El niño está enfermo y no querían dejarlo con nadie —contestó Jacob—. La verdad es que están felices. Viéndolos a ellos, uno piensa que el matrimonio tiene que ser algo maravilloso —añadió mirando a Isabella deliberadamente.
—Para algunos —comento Edward con frialdad.
—Vamos a bailar —propuso Jacob—. Me muero por bailar el vals contigo.
—Perdonad… —dijo Isabella mirando a su amiga con rencor.
—Isabella, déjame que te lo explique…
Pero Isabella ya se estaba alejando.
—Me alegro de verte, Tanya. A usted, también, señor Cullen —añadió con fría cortesía.
— ¿Por qué lo llamas señor Cullen? —le preguntó Jacob.
—Porque es mucho mayor que nosotros. Casi de otra generación —contestó ella lo suficientemente alto como para que Edward la oyera.
—Sí, tienes razón.
Edward se mordió los labios.
—No me va a volver a hablar —comentó Tanya apesadumbrada.
—No soy de su propiedad —la tranquilizo Edward—. No es culpa tuya que haya ido diciendo por ahí mentiras sobre mí.
Tanya hizo una mueca.
Edward volvió a mirar a Isabella, que iba hacia la pista de baile con el maldito de Jacob.
—No me gusta. ¿Qué me importa que le guste Jacob? —murmuró.
En ese momento, la orquesta comenzó a tocar un vals de Strauss e Isabella y Jacob salieron a bailar. Lo hacían tan bien que pronto se quedaron solos y todo el mundo los miraba. Edward no pudo evitar acercarse a verlos.
Se movían perfectamente acompasados. Aquello parecía un ballet.
— ¡Qué bien bailan! —apuntó Tanya—. ¿Tú no bailas?
—No —mintió Edward. No le apetecía nada salir a hacer el ridículo con ella, que tenía dos pies izquierdos y el mismo sentido del ritmo de una zarigüeya.
—Bueno, no pasa nada —se resignó Tanya.
Isabella y Jacob se miraban a los ojos y se sonreían. Edward sintió envidia de su juventud. Al terminar, tuvo que controlarse para no saltar a la pista de baile y darle un puñetazo a Jacob.
De repente, se dio cuenta de lo que estaba pensando. Isabella no era suya. No tenía derecho a actuar así. Además, aquella chica se había dedicado a gritar a los cuatro vientos que estaban juntos.
Todo el mundo los aplaudió y Sam Uley y Emily, que también hacían una buena pareja, salieron a bailar.
—Quien iba a decir que Jacob bailaría tan bien… —comentó Tanya.
Edward la miró, se giró y la dejó allí sola. Se fue hacia la barra mientras Jacob e Isabella seguían bailando. Él la agarraba demasiado y ella se dejaba.
Recordó sus palabras en la ferretería y se sintió morir, así que se sirvió otra copa. Whisky solo. ¿Por qué se sentía tan mal? Al fin y al cabo, Isabella había estado cotilleando…
—Hola, Edward —lo saludó su cuñada Rosalie sonriente—. ¿Has venido con Tanya?
—Sí —contestó él—. Le seguía doliendo la muñeca y la he traído. Llevo haciendo de chofer desde que se hizo el esguince.
Rosalie pensó que los hombres eran de los más idiotas. ¿No se daba cuenta de que, si hubiera querido, Tanya podía conducir con una mano? Miró hacia la chica, que estaba observando a Jacob e Isabella bailar.
—Creí que era su mejor amiga —comentó—. Para que te fíes de la gente.
— ¿De qué me hablas?
Rosalie se encogió de hombros.
—La oí contarle a alguien que Isabella iba diciendo por ahí que tú y ella estabais juntos —le explicó negando con la cabeza—. Y no es cierto. Isabella es muy tímida. Le cuesta hablar con la gente. Nunca la he oído hablar mal de nadie, ni siquiera de gente que no le cae bien. No sé por qué Tanya ha ido contando mentiras sobre ella.
—Isabella le ha dicho a todo el mundo que iba a venir al baile conmigo —insistió Edward.
—Tanya le ha dicho a todo el mundo que Isabella había dicho eso —lo corrigió Rosalie—. No te has dado cuenta, ¿verdad? Tanya está loca por ti. Tenía que deshacerse de Isabella para que no te fijaras en ella y creo que lo ha conseguido.
Edward fue a decir algo, pero se calló. No podía ser.
Rosalie vio que no se lo creía y sonrió.
—No me crees, ¿verdad? No importa. Aunque no quieras, tarde o temprano, verás que es verdad. Voy a buscar a Emmet. ¡Hasta luego!
Era imposible. Edward no podía creer… no quería creer que Tanya lo hubiera engañado como a un bobo.
Dejó la copa y sintió que se le iba un poco la cabeza. Eso le pasaba por beber demasiado. Aquello era ridículo. No podía seguir comportándose como un idiota porque la hija de Charlie lo tratara como a un viejo. Intento andar recto, pero se chocó con su hermano Emmet.
—Eh, cuidado. Estás borracho —sonrió su hermano.
—Ese whisky debe de tener doscientos grados.
—No, lo que pasa es que no estás acostumbrado a beber. Cuando te vayas a ir, avisas. Dejas aquí tu coche y Rosalie y yo os llevamos a Tanya y a ti a casa. No estás como para conducir.
—Supongo que no —suspiró Edward—. Que estupidez.
— ¿Qué? ¿Beber tanto o ayudar a Tanya a apuñalar a su amiga por la espalda?
— ¿Rosalie te lo cuenta todo?
Emmet se encogió de hombros.
—Estamos casados.
—Tanya esta guapísima, ¿eh?
—A mí me parece que lo está pasando fatal —contesto Emmet mirando a la aludida, que estaba apoyada en la pared intentando pasar inadvertida—. No me extraña… Después de contarle a todo el mundo que Isabella iba por ahí diciendo que estaba contigo…
—Isabella lo dijo, no ha sido Tanya. No tenía motivos para actuar como si estuviéramos prometidos. Sólo fue un beso.
— ¿La has besado? —dijo Emmet con las cejas enarcadas.
—Bueno, si a eso se le puede llamar besar. ¡No tiene ni idea!
—No creo que siga así mucho tiempo si sigue viendo a Jacob. No es ningún playboy, pero a las mujeres les gusta.
Edward lo miró enfadado. No le gustaba nada la idea de que Jacob besara a Isabella. Iba a tener que hacer algo al respecto.
—No te caigas dentro del ponche —le advirtió Emmet—. Y, por favor, no bailes. Podrías hacer tanto el ridículo que entonces sí que ibas a ser la comidilla de todo el mundo.
—Si quisiera, podría bailar perfectamente.
Su hermano se alejó para sacar a bailar a su mujer y Edward fue junto a Tanya.
—De repente, tengo la peste, Quil Ateara, el de la ferretería, le está contando a todo el mundo lo que dijiste de Isabella en su local y me están culpando por haberte calentado la cabeza.
— ¿Ha sido así?
Tanya se miró la punta de los zapatos. Se sentía culpable, herida y avergonzada.
—Le dije a Isabella que te gustaría más si supiera montar a caballo, hacer bizcochos y no ir siempre tan arreglada.
— ¿Le dijiste eso?
—Si —contestó mirando a Isabella, que estaba bailando con Jacob y pasándoselo en grande—. Hay más —añadió—. No era cierto que le hubiera dicho a la gente que la habías invitado al baile.
¡Tanya, por Dios! ¿Por qué me has mentido?
Es solo una chiquilla, Edward —murmuró incomoda—. No sabe nada de los hombres ni de la vida. Ha crecido muy protegida. Tiene dinero, es guapa… pero yo soy mayor que ella y más madura y me gustas mucho. Pensé que, si me la quitaba de encima, tal vez te fijaras en mí
De repente Edward entendió la cara de Isabella en la ferretería. Rosalie tenía razón sobre Tanya. Había traicionado a su mejor amiga y él la había ayudado. Se sintió morir.
—No me digas que soy una rata —dijo Tanya sin mirarlo—. No sé cómo se me ocurrió que Isabella no se iba a enterar nunca de que iba diciendo mentiras por ahí sobre ella —añadió consiguiendo mirarlo a los ojos—. Nunca ha dicho nada de ti, Edward. Se moría por que la invitaras a este baile, llevaba semanas hablando de ello, pero jamás dijo a nadie que se lo hubieras pedido. Creía que yo la estaba ayudando, convenciéndote para que se lo pidieras —se rió con amargura—. Era mi mejor amiga y la he traicionado. No me va a volver a hablar y me lo merezco. Si te sirve de algo lo siento.
Edward intento asimilar la verdad. Aunque le dijera a Isabella que no sabía nada, estaba claro que no lo iba a creer. No creía que fuera a seguir siendo bien recibido en su casa, sobre todo si Charlie se enteraba de lo que había dicho de su hija. Aquello ponía en peligro su amistad y había acabado con lo que Isabella sentía por él. Lo sabía por como lo miraba, dolida y enfadada.
— ¿Cómo le has podido hacer algo así?
—No lo sé —suspiró Tanya—. He debido de perder la cabeza. ¿Me podrías llevar a casa? No me apetece quedarme más tiempo.
—No te puedo llevar a casa.
— ¿Y eso?
—Por decirlo de manera suave, porque he bebido mucho.
—Ah… lo siento.
—Tú lo sientes y yo lo siento, pero eso no cambia las cosas —dijo mirando a Isabella con dolor.
Ahora entendía toda aquella campaña suya de cambios. Había dejado que los caballos la tiraran y se había prestado a ir cubierta de barro todo el día en un intento por ser como se suponía que él quería.
Edward hizo una mueca.
—Se podría haber matado —dijo muy serio—. No está acostumbrada a estar con el ganado ni a montar a caballo. ¿No te das cuenta?
—No lo había pensado. Menos mal que no le ha pasado nada.
—Eso es lo que tú te crees.
Tanya se encogió de hombros y se fue corriendo al baño de señoras para ocultar las lágrimas.
En ese momento, Jacob dejó de bailar y fue también al baño.
Sin pensárselo dos veces, Edward fue hacia Isabella, la agarró de la mano y se la llevó.
— ¿Qué haces? ¡Suéltame!
Edward no le hizo caso. Abrió la puerta que daba al patio, la hizo pasar y cerró la puerta, que era de cristal.
—Quiero hablar contigo.
— ¡Pero yo no quiero hablar contigo! ¡Vuelve con tu cita, Edward Cullen! ¡Has venido con Tanya, no conmigo!
—Quiero decirte…
Isabella intentó darle una patada en la espinilla.
Edward perdió el equilibrio y se fue contra ella. Qué bien se sentía teniéndola entre sus brazos.
—Jacob… se estará preguntando donde estoy —dijo Isabella sorprendida por su contacto.
—A la porra Jacob —murmuró Edward besándola con pasión.
La abrazó con fuerza y la apretó contra sí, para que viera lo excitado que estaba por ella.
Isabella intentó forcejear, pero la debilidad pudo con ella. ¿Cómo podía hacerle aquello? ¿Cómo estaba permitiendo ella que se lo hiciera? Lo estaba haciendo para demostrarle que no se podía resistir a él, no porque le importara lo más mínimo. ¡Pero si había ido con su amiga al baile donde iba todo el mundo!
— ¡Suéltame! —insistió ella, apartando la boca—. ¡Te odio!
—No me odias —contestó él—. Me deseas. Cuando me tienes cerca, tiemblas. Hasta un ciego se daría cuenta —añadió volviéndola a abrazar con fuerza—. La pasión de una mujer excita a un hombre y tú me excitas.
—Dijiste que te ponía enfermo —le recordó.
—Y así es… Cuando estás tan excitado como yo y no puedes aplacar la sed, te pones enfermo —contestó con insolencia agarrándola de las caderas—. ¿Lo sientes? ¡Me excitas tanto que no puedo ni pensar…! —se interrumpió al sentir el tremendo pisotón.
— ¡A ver si esto te ayuda! —exclamó Isabella clavándole bien el tacón.
Se apartó de él enfadada consigo misma por desearlo tanto. Edward se agarró el pie y maldijo a gusto.
— ¡Eso por decir cosas groseras! ¡Tú no me deseas! ¡Ya me lo dejaste bien clarito! Prefieres a Tanya. Por eso, la paseas por ahí contigo. ¿Lo recuerdas? Yo soy la pesadita cotilla que te persigue sin cesar. ¡No te preocupes, porque no lo voy a volver a hacer en mi vida! ¡No te quiero ver ni en pintura!
—No me lo creo —sonrió Edward—. Si quisiera, podría tomarte ahora mismo, aquí mismo. Tú harías lo que yo dijera.
Tenía razón y eso era lo que más la enfurecía.
—Ya no —dijo apartándose un mechón de pelo de la cara—. Ahora que sé lo que piensas de mí, no.
—Has venido con Jacob —apunto Edward con frialdad—. Que sepas que es un ligón.
— ¡Pero tiene mi edad, señor Cullen! No soy más que una niña, eso dijiste, ¿no? —le recordó al borde de las lágrimas—. Solo una niña enamorada, la hija pesadita de tu socio.
Si lo había dicho, pero debía de haber estado loco. Mirándola ahora no se podía creer que hubiera dicho algo así de ella. Era toda una mujer y estaba con Jacob. ¡Maldito Jacob!
—No te preocupes. No le voy a contar a mi padre que has intentado seducirme delante de todos con tu novia a pocos metros. ¡Pero, como me vuelvas a tocar, te mato!
Se dio vuelta y se fue dentro.
Mientras la observaba ir hacia la mesa de la comida, Edward se preguntó por qué no habría mantenido la boca cerrada.
No había hecho más que empeorar las cosas.
Quiero darles las gracias por sus comentarios y me gusta que les guste:
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Niky
Conejo azul
Valro
Y a las que leen y no dejan comentarios tambien, gracias por leer.
