úJuro solemnemente que mis intenciones no son buenas

Peter Pettigrew

Concentró todas sus fuerzas y capacidades en no toser por que si lo hacía lo pillaban y era ratón frito. Aunque llevara la capa de invisibilidad, si se ponía a hacer ruido iban a sospechar y podía ser que esa fuera de las únicas oportunidades que tuvieran para descubrir qué hacían los Slytherin en su Sala Común.

Peter estaba sentado encima de una de las estanterías que adornaban la sala de las serpientes. Había subido allí convertido en ratón y, en un momento en que no había nadie, se había tapado con la capa de James para dejar de ser visible. Y de eso hacía ya más de seis horas.

Sirius llegó de la cita con la pequeña de las Winsett, cosa que había sucedido una semana antes, con la noticia de que la joven podía quedar con él cada noche menos el siguiente sábado. Y no le había querido decir para qué. Tras comprobar que la chica era una de las que usualmente asistían en esas reuniones, decidieron investigar esa fecha y Peter había sido a quien le había tocado vigilarlo.

Mosqueado se abrazó a si mismo para intentar mitigar la sensación de frío. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo podía hacer tantísimo frío en esa Sala Común? Estaba en las mazmorras y las mazmorras estaban heladas la mayoría del año pero Peter había dado por sentado desde siempre que, si los Slytherins vivían allí, debía ser en mejores condiciones que las que ellos encontraban en hacer clases de Pociones con Slughorn, pero al parecer eso no era así.

Se había pasado seis horas intentando matar el tiempo encima de esa horrible estantería: había contado cuantos alumnos entraban y salían; había apuntado cotilleos y críticas que hacían las serpientes de sus compañeros de casa, y de las otras casa, para luego contárselo a los implicados; y había observado como las chicas de séptimo hacían los deberes juntas.

Quizás aquello había sido lo más interesante, por que había podido observar con tranquilidad a Alecto Carrow.

Lo hacía de normal en clase, pero siempre estaba preocupado por si alguno de sus amigos, la aludida o alguna de sus amigas lo descubrían in fraganti. No era bueno, como James, para inventarse excusas, ni tenía tanto morro como Sirius para plantarle cara a esa difícil situación si lo descubrían, y mucho menos era tan sutil y disimulado como Remus. Lo único que le quedaba era mirar de reojo a la rubia.

Quizás por eso había aceptado esa 'misión', mientras sus compañeros se lo pasaban en grande en la que iba a ser la última visita a Hogsmeade del año.

Al parecer, por motivos que Peter ni conocía ni entendía, finalmente Lily había aceptado ir con James a tomar algo. Su amigo había aparecido una noche gritando como un poseso y dando botes. Les costó mucho tranquilizarlo y, cuando lo hubieron hecho, el muchacho les contó que, finalmente, tras más de quinientos cincuenta y siete intentos (Sirius los había ido contando tras el primer rechazo) le había dicho que si. Ninguno de los cuatro se lo podía creer aún, y la pelirroja no tardó en matizar que 'No es ninguna cita, salimos como dos buenos amigos'.

Peter imaginaba qué harían, pues James lo había preparado con la ayuda de Remus todo al detalle: tras el desayuno, iría a buscarla y la esperaría todo lo que ella le pidiese (aunque Peter le había dicho mil veces que Lily no parecía una de esas chicas que se pasara media hora intentando decidir qué se pondría para ir a una cita que no era una cita).

Luego, irían adónde ella quisiera (dondequiera que ella quisiera ir implicaba, según Peter, que irían a cualquier lugar donde nadie les pudiera ver, ya que todo el mundo pensaría que aquello era una cita, y no lo era.).

James había preparado cinco o seis planes alternativos por si las cosas se torcían, porque él tenía muy claro cómo terminaría la jornada: Iba a besarla. Peter imaginaba que, si finalmente Lily había aceptado salir con él, era porque se iba a dejar besar; sino, hubiera propuesto ir todos juntos.

Y con eso, la cita que no era una cita, se convertiría oficialmente en cita.

Miró el reloj.

Seguramente, a esa hora Lily empezaría a estar harta de deambular por las frías calles de Hogsmeade, más o menos vacías, para que nadie los viera juntos, y aceptaría ir a Las Tres Escobas con James.

Y mientras, él estaba allí, en esa maldita estantería que le estaba dejando el culo cuadrado. Buscó una posición más cómoda y se quedó tumbado boca arriba. No le preocupaba dormirse; seguramente era la última cosa que haría encima de esa dura y polvorienta estantería.

James debía estar muriéndose de ganas de que llegara el fin de la cita, se fuera el sol, y tuvieran que volver casi a oscuras al castillo. Entonces sería el momento ideal e indicado. El muchacho iría aminorando el paso poco a poco, sin dejar de charlar, aunque ella se daría cuenta del detalle.

Luego se acercaría un poquito a ella. ¿Qué pasaría a continuación? Peter tenía dos posibles variantes: James se pondría rollo seductor y ella se dejaría atrapar; Lily tomaría el mando de la situación y James se moriría de emoción allí mismo.

Miró las sillas que, media hora antes, habían estado ocupando las muchachas de su mismo curso. Alecto Carrow había estado sentada de cara a él, sin saber que Peter la observaba.

Desde siempre le había gustado esa chica. En primer curso, cuando el Sombrero Seleccionador debatía qué hacer con ella, Peter pensó que parecía dos años mayor que él: era más alta y, clarísimamente, mucho más desarrollada que el resto de las chicas. Pero Peter ya la había visto unas horas antes en el Expreso: Ella había entrado en su compartimiento, vestida ya con la túnica del uniforme que se ceñía a su cuerpo, había mirado a todos los allí presentes (que se habían quedado helados) y se había ido.

Pero ella era demasiado para él, y jamás se había fijado en el pequeño y gordito Peter Pettigrew, o eso pensó él durante cinco años.

Un buen día, a medianos de quinto, decidió que no podía hacer nada para ser más alto (un compañero de curso había tomado una poción para crecer y se había alargado hasta llegar a los dos metros y medio, y Peter no quería que eso le pasara), pero si para no ser tan gordito: se unió al equipo de Quidditch de Gryffindor con James y Sirius, y empezó a entrenar.

Poquito a poquito, había ido obteniendo resultados, y ahora estaba más que orgulloso de los cambios porque, tres semanas atrás, había chocado con Alecto en uno de los pasillos, y ella había sido simpática. Todo lo simpática que podía ser una serpiente con un león tras haber colisionado por culpa del chico, que ya era mucho pedir.

Eso se lo había apuntado mental y secretamente en su listado de 'reacciones femeninas a su cambio físico'. Obviamente, no despertaba tantos suspiros como hacía Sirius, que tenía un don innato para todo aquello, pero en lo que llevaban de curso, cinco chicas le habían pedido para salir. Estaba muy orgulloso de si mismo.

Pensó en Sirius. Había quedado para no ir a Hogsmeade con la mayor de las Winsett, mientras la menor se quedaba recluida en la Sala Común todo el santo día. Se sintió algo mal por la pequeña, Natasha, porque Sirius estaba siendo realmente insensible con ella, como se lo había reprochado Remus un par de días atrás, al mantener una especie de idilio con las dos hermanas; pero peor era Tatiana, de hacerle eso a su hermana. En el fondo, Sirius sólo lo hacía porque quería putear a cierto tipo de chicas: las que le recordaban a su madre.

Desde que se había fugado de casa, Sirius guardaba un odio apenas visible a todas las chicas de Slytherin, además de añadir a la cesta a aquellas que eran sangres limpias y engreídas. Y, si encima, tenían cierto aire de snob, como Walburga Black, la pobre muchacha estaba predestinada a que Sirius le rompiera el corazón.

Poquito a poquito, el león había ido cobrando víctimas entre la población femenina de Slytherin y solo se habían salvado unas pocas. La cuestión era que, por orgullo, entre ellas no se decían nada y, por despecho, deseaban que el chico les hiciera el mismo daño a ellas; era una cosa que Peter no terminaba de entender pero que Remus se había referido a ello como 'la solidaridad femenina'.

Aunque lo que peor había hecho, hasta ese día, era enrollarse con dos hermanas, sabiendo como sabía la mayor que estaba con su hermana pequeña. Peter imaginaba que tarde o temprano saldría a la luz y todo se complicaría, pero cuando eso pasara, Sirius no tendría ni pizca de remordimiento. Como las otras veces.

Se revolvió y decidió cambiar otra vez de posición. Estaba harto de esperar en aquella sala. Seguramente ya estaba anocheciendo, y Natasha Winsett había dicho que no podía quedar en todo el día, así que si debían celebrar una reunión tenía que ser durante el día, no durante la noche. ¿Qué lógica había, entonces?

Rememoró mentalmente la jornada, y sólo había habido un tipo de reunión: la de las chicas de séptimo que hacían los deberes. Recordó algo. Le dio un vuelco el corazón. ¡La chica que estaba de espaldas a él había sido, todo el rato, Natasha Winsett!

Se había acordado ahora. No la había reconocido porque llevaba una coleta, y casi nunca la había visto de ese modo peinada; menos de espaldas. ¿Cómo podía ser tan tonto?

¿Habría sido eso la misteriosa reunión de las serpientes?

Intentó rememorar la conversación de las chicas, pero no se acordaba de nada. Espera, si. Se habían juntado a cotillear, algo sobre sexo. Y ahí terminaba lo que había entendido. Entonces, si no habían estado haciendo los deberes, ¿De qué eran todos aquellos libros y pergaminos que tenía Alecto Carrow delante de ella?

Entonces, tuvo una genial idea.

Esperaría hasta que las chicas de Slytherin se fueran a cenar y, entonces, se colaría en la habitación de las de séptimo para encontrar los pergaminos, o los libros, y así poder saber de qué habían estado hablando casi toda la mañana.

Miró su reloj por enésima vez.

Faltaban veinte minutos para la hora punta de la cena, así que todavía podía estar tranquilo. Cuando nadie estuviera a la vista, se quitaría la capa, se convertiría en ratón, e iría hacia esta habitación sin que nadie le viera. A Peter le era muchísimo más fácil moverse y colarse por los lugares convertido en ratón antes que escondido debajo de la capa.

A esas horas Remus ya estaría en el gran comedor, acompañando a Mary Macdonald. No es que Peter tuviera ningún inconveniente en aquella relación, de hecho, había sido él quien se lo propuso a su amigo, pero era una situación un tanto extraña.

Cuando Remus le pidió consejo, sabiendo que seguramente Sirius se iba a reír de él, y que si se lo decía a James corría el peligro de morir en menos de dos minutos, él le recomendó distraerse un poco, no salir con la mejor amiga de Lily. Y es que ese era el problema de Remus: La pelirroja que volvía loco a James.

No había sido nada voluntario, y le había costado mucho darse cuenta de sus sentimientos, pero un buen día lo vio todo muy claro. No le gustaba Lily por su físico, había sido algo de su personalidad. Lo que le caló hondo a Remus fue que, al lado de Lily, él no se sentía tan mal, porque estaba completamente convencido de que la pelirroja conocía su terrible secreto, y nunca se había mostrado distante con él. Eran esa discreción y confianza, lo que se le había clavado a Remus.

Lo cierto es que no se consideraba enamorado de ella; no era nada más que una fuerte amistad, pero temía que, con el tiempo, aquello terminara por convertirse en algo más. Y Remus no quería llegar a esa situación, porque Lily era de James. Y punto.

Peter le propuso buscarse algún lío. No debía salir con nadie, porque las novias empezarían a preguntar por sus ausencias. Y, como oficialmente el rollo con Mary era serio, según Remus era la coartada perfecta: ella jamás tendría derecho a preguntar demasiado, y él no debería estar rompiendo corazones continuamente para mantener a su parte salvaje tranquila.

Ese era el segundo problema de Remus: su gran secreto peludo. Porque por mucho que no fuera luna llena, muchas veces le costaba sobremanera poder dominar sus instintos animales. Y esos inconvenientes, a menudo, eran un grave problema.

Dos años atrás habían ido a pasar el verano en la casa que tenían los Pettigrew en alguna playa del sur del país. Allí, Remus conoció a una muchacha, quizás poco pudorosa, por llamarlo de una forma fina, y sus amigos lo animaron a estrenarse con aquella desconocida ('No te va a pedir que te cases con ella, tras una larga noche de pasión: nos vamos pasado mañana y ella lo sabe', había dicho Sirius, emocionado ante esa perspectiva).

La cosa terminó mal. A Remus se le fue la olla, según recordaba Peter, y le arañó la espalda a la chica. Como había sido en forma humana, no le pasó nada a la muchacha, pero su amigo llegó a sentirse realmente mal. James lo atribuyó a la inexperiencia, y Sirius al hecho de haberse aguantado tantos años sin intentar nada con una fémina. El caso, es que Remus se sintió mal durante mucho tiempo.

Peter ya había llegado delante de la habitación de las chicas de séptimo. Había escondido la capa en un lugar seguro (dentro de la boca de una gran serpiente de pierda que decoraba un pasillo) y se había deslizado entre las sombras sin que nadie lo viera, y en ese momento aguardaba a que salieran las últimas ocupantes de la habitación, antes de entrar él.

La última en salir fue una muchacha regordeta cuyo nombre Peter no conseguía recordar. Se coló por la puerta antes de que esta se cerrara y, tras estar seguro de que nadie volvería entrar, recuperó su forma humana.

Por suerte, aquel era un dormitorio muy ordenado y, tal y como había supuesto, Alecto Carrow no habría escondido de sus amigas los pergaminos que habían estado utilizando.

Dos libros antiguos, de cubiertas malogradas, y varios retales de pergamino se apilaban encima de una de las camas. Desenroscó uno y empezó a leer. Le resultó algo conocido, hasta que se percató de que la lista de nombres y fechas que estaba leyendo era exactamente la misma que ellos habían estado elaborando durante los últimos meses.

No entendía nada.

Ahora tenía más claro que aquello que él había creído una mañana de trabajo estudiantil era más bien una extraña reunión de lo más disimulada, pero ¿Qué andaban buscando? ¿Por qué habían hecho también una lista?

—No sé cómo has entrado, pero es mejor que sueltes estos papeles –dijo una voz femenina a sus espaldas.

Peter se quedó helado. La puerta no se había abierto en ningún momento tras su llegada. ¿Cómo no había podido ver a alguien en esa habitación?

Se volteó y quedó cara a cara con Alecto Carrow, que lo apuntaba con una varita, sentada en el escritorio que estaba enfrente de su propia cama. Peter se percató, aparte del peligro que esa situación representaba, de que, al tener la muchacha las piernas cruzadas, la túnica le dejaba entrever unas esbeltas piernas. Tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas por no perder la compostura.

—¿Cómo has entrado en nuestra Sala Común? –amenazó ella, con la varita.

Peter no repuso. Estaba intentando buscar una coartada para que la rubia no sospechara que ellos los estaban vigilando. Debía salirle por otro lugar, ya que, si no lo hacía, muy probablemente las serpientes irían con más cuidado y les sería imposible descubrir qué tramaban.

—¿Por qué has entrado en nuestra habitación? ¿Qué buscabas? –continuó ella, siseando peligrosamente.

—Buscaba tu ropa interior.

Peter había respondido lo primero que le había pasado por la cabeza, pero parecía dar resultado: Alecto Carrow lo miraba totalmente desconcertada, con la mandíbula desencajada.

—¿Mi… mi ropa interior? –inquirió ella, con un hilo de voz y la varita abandonada a un lado. Claramente, no sospechaba nada.

—Exacto. Más concretamente algunas bragas o sujetadores. Limpios, a poder ser –aclaró él, en tono bromista, mientras se sentaba en la cama, encima de los papeles. Eso no pareció importarle a ella, ¿Acaso no eran importantes?

La Slytherin había perdido toda la actitud amenazante ante aquella situación y parecía una alumna cualquiera. Quizás no había raras reuniones, quizás sólo hacían clases de repaso juntos con alumnos más pequeños para sacar mejores notas y ser la mejor casa de todas. Quizás eso último era demasiado normal para lo Slytherins. Peter no los veía ayudándose los unos a los otros.

Debía engañarla para poder llevarse uno de los libros que había allí. No los había podido examinar, quizás guardaban la clave para descifrar todo el enigma.

—¿Y por qué querías tú mi ropa interior? –continuó ella, todavía desde el asombro.

A Peter empezó a gustarle el camino que había tomado aquella situación. A lo mejor, interpretando el papel de seductor, lograría indagar si tenía posibilidades con la rubia, y eso era una cosa que le daba menos vergüenza que intentar descubrirlo adrede.

Peter sacó la varita y, con un movimiento muy rápido, la desarmó. Era mejor que ella estuviera desarmada antes de que pudiera delatarlo.

—¿Qué haces? –se alarmó la rubia, ahora más desconfiada al verse en inferioridad ante él.

—Quiero hablar contigo tranquilamente –le repuso él, sentándose a su lado en el escritorio y, con cuidado, pasándole una mano por encima del hombro. En realidad estaba completamente aterrado, pero había decidido actuar como Sirius: si lo hacía, también pensaba como su amigo, y su nerviosismo y miedo desaparecían casi por completo. No era mala técnica.

La Slytherin empezó a relajarse y, ante el asombro de Peter, le pasó una pierna por encima de la suya, levantándose más el borde de la túnica. Y lo que vino a continuación iba a traerle a Peter y a sus amigos muchos más problemas de los que jamás lograrían imaginar.

Peter llegó a la Sala Común pasada la media noche. Unos minutos antes de que llegaran sus compañeras de habitación tuvieron que vestirse e irse sin que nadie los viera. Peter se aseguró de que la capa seguía escondida en su sitio y decidió volver luego, convertido en rata, a buscarla.

Habían ido directamente hacia una habitación donde Filch guardaba distintos productos de limpieza a terminar con lo empezado. Una vez. Dos veces. Y tres veces.

Peter, en toda su vida, había hecho nada semejante con ninguna mujer. Alecto se había convertido en una serpiente a su alrededor, y él en una pequeña rata incapaz de escaparse del peligro, absorto por la belleza de la muchacha.

¡Alecto era perfecta!

Tenía unos ojos azules helados, envueltos por cientos de pestañas oscuras y largas, y su cabello era sedoso y tan rubio… Peter se estaba volviendo loco de tenerla tan cerca, de poder tocarla entera sin ningún disimulo, desde las mejillas sonrosadas por el calor del momento hasta sus delicados tobillos.

Era como un sueño hecho realidad, y se moría de ganas de llegar a su dormitorio, donde le esperarían sus amigos, y contarles lo sucedido.

Obviamente, no se había olvidado del plan. Cuando se despidió de Alecto, nada más ella se hubo volteado, él se convirtió en un ratón y se coló por entre sus piernas aprovechando la oscuridad de la Sala Común. Corrió hasta el dormitorio y, escondido debajo de la cama de la rubia, de su adorada rubia, espero a que todas las serpientes de durmieran. Luego se convirtió en un ser humano de nuevo y cogió todos los pergaminos y libros. Los guardó en una bolsa que Remus había embrujado para él, para que pudiera meter en ella incluso un elefante si así lo quería, y salió en búsqueda de la capa de su amigo James.

Luego corrió hacia la torre de Gryffindor, deseoso de contarles todo a sus compañeros.

Cuando llegó allí, descubrió en la Sala Común a distintos alumnos de cursos inferiores terminando los deberes que tenían para el lunes o jugando alguna partida de ajedrez. Le extrañó que hubiera tanto ruido y faltara Lily Evans gritando castigos a diestro y siniestro.

Subió las escaleras hasta su habitación y, cuando llegó allí, no encontró a nadie.

Sintió una extraña opresión en su corazón. ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Todavía no habían llegado? ¿Estaban todos ellos con sus respectivos ligues? ¿Y el plan?

Se sentó en la cama a esperar, mientras rememoraba exhausto lo que había sucedido aquella tarde con el ángel de Slytherin.

Se había dormido, pero lo despertó una risa que sonaba como un ladrido de perro. Sirius acababa de entrar, acompañado de Remus y James. Peter se levantó, haciendo memoria de qué cosa debía contarles, pero tardó varios segundos en acordarse.

—¡Vaya con Winsett! –exclamó James, cuando Sirius terminó de contarles el montón de guarradas que había hecho ese día con la mala hermana mayor.

Eran ya las cuatro de la madrugada y sus amigos parecían haberse olvidado completamente de plan. Cuando vieron que Peter los fulminaba con la mirada, se callaron.

—¿Qué sucede? –preguntó Sirius, en un tono de lo más natural, mientras se tumbaba en su cama y empezaba a desnudarse para ponerse un pijama.— ¿Te mordieron las serpientes? –se rió por lo bajo, mirando a James, quien no pudo aguantarse la risa.

Peter les lanzó los distintos pergaminos y libros que había robado del dormitorio de Alecto. Ella sospecharía de él, desde luego, pero no podría demostrar nada porque se había quedado fuera de la Sala Común. Se lo iba a reprochar y allí terminaría la cosa.

—Lo saqué del dormitorio de Alecto Carrow –explicó, pronunciando el nombre sin respirar por culpa de una opresión espontánea en el pecho—. Lo he estado revisando. Hay las mismas listas que hicimos nosotros, menos en los libros, que están en blanco.

Sus tres amigos empezaron a comprobarlo por ellos mismos, desconcertados. James estaba más despeinado de lo normal, y llevaba la camisa negra que se había puesto para la ocasión mal abrochada; Remus parecía agotado de todo un día demasiado ocupado con Mary; y Sirius tenía una amplia sonrisa de oreja a oreja. Hubiera sentido envidia si no hubiera gozado él de su misma suerte.

—¿Y no viste nada? –preguntó Remus, extrañado. Peter procedió a relatarles toda su mañana, poniendo énfasis en aquella mesa donde habían estado las chicas haciendo lo que él pensaba que eran deberes.

—Entonces, debe ser alguna cosa que, aparentemente, no parezca muy ilegal –continuó James—. Estás seguro de que no hacían deberes, ¿no?

Peter asintió con la cabeza.

—Quizás deberíamos hablarlo con Lily –apuntó Remus—. A lo mejor lo deduce, y deja de enfadarse contigo por no decírselo –le comentó a James.

El aludido hizo una mueca. Desde luego, no le hacía mucha gracia que Lily se metiera en embrollos.

—¿Qué tal fue con Lily? –preguntó Peter, buscando una manera de conseguir sacar su tema. El tema que había estado esperando poder contar a sus amigos desde hacía horas.

El rostro de James cambió por completo y a Peter le pareció una colegiala enamorada. Dio un largo suspiro y empezó a relatarle la primera cita con Lily.

—Al final nos besamos –murmuró, realmente emocionado. Sus tres compañeros se rieron ante la emoción del chico, quien hizo caso omiso. Estaba demasiado feliz como para dejar que eso le afectara. ¡Tras siete años de espera James Potter lo había conseguido!

Sirius se levantó de su cama y se dirigió hacia Peter.

—Ahora sólo quedas tú, pichoncito –le susurró sentándose a su lado—. Si quieres puedo ayudarte –bromeó.

—No va a ser necesario –repuso Peter, ante el asombro de sus amigos—. Tengo algo espectacular que contaros… —James, Remus y Sirius se miraron los unos a los otros extrañados y expectantes a la vez.

—¡Por dios, Peter! –exclamó Sirius horrorizado. ¿Sirius horrorizado? Sí. Él se acostaba con Slytherins, pero jamás se iba a enamorar de una de ellas. ¿Cómo había podido Peter caer así entre los colmillos de una serpiente?

James parecía estar procesando todavía la información: miraba al vacío y tenía la boca levemente desencajada. A Peter le recordó el mismo rostro que había puesto Alecto cuando él le había pedido sus bragas.

—Vale, chicos, calma –dijo Remus. Peter se alegró de que hubiera alguien a quien aquella noticia no le pareciera una tragedia—. Independientemente de los motivos que puedan haberle llevado a hacerlo, —¿Por qué Remus hablaba como si él no estuviera?— el resultado ha sido que no lo han descubierto. Buena estrategia.

Finalmente, Peter se mosqueó.

—No veo qué hay de trágico, si la chica me gusta –saltó el pequeño—. ¿No me alegro yo por vosotros? ¿No estoy contento de que James haya conseguido salir con Lily, de que Remus sea feliz y de que Sirius… bueno, siga a lo suyo?

Sus tres amigos se quedaron callados un momento, sin saber qué decir. Peter no entendía el porqué de tanto dramatismo. Alecto era una chica como podía serlo Natasha o Tatiana Winsett, y no había visto una reacción así en los actos de Sirius. Y lo que él hacía era todavía peor.

—Bueno, verás… —empezó James— Es que Alecto… bueno, es Alecto Carrow. No parece de fiar –a sus espaldas, Sirius y Remus asintieron levemente con la cabeza—. ¿No te parece sospechoso que se crea que has entrado en su dormitorio sólo para coger sus bragas y que termine acostándose contigo?

Peter lo examinó unos instantes.

—¿Qué insinúas? –preguntó a la defensiva, aunque ya sabía la respuesta: James no creía que Alecto Carrow, la divina de Slytherin, pudiera fijarse en él sin que hubiera algo detrás, algún interés que la hiciera acostarse con él. Y tanto Remus como Sirius parecían opinar lo mismo.

Peter se levantó de la cama y, sin decirles nada más a sus amigos, se fue de la habitación.

Entonces, era eso. No creían que él pudiera ser suficientemente bueno para una chica de la talla de Carrow. Ella no podía estar interesada en él solamente por ser Peter Pettigrew; estaba interesada en él porque se había colado a escondidas en su habitación, había deducido que tramaba algo, y quería aprovecharse de él.

Ellos podían jugar con las mujeres sin que se les juzgara, pero él no podía. ¿Acaso ellos eran mejores que él? ¿Ellos tenían algún tipo de don del que él carecía? Peter lo dudaba. No eran tan distintos, pero parecían empeñados en demostrárselo.

¡Qué grandes amigos!

(Capítulo editado. Gracias por los nuevos reviews. Pronto encontraréis un adelanto del próximo capítulo en mi blog: h t t p : / / e f f f i e s . b l o g s p o t . c o m)

¡Tachán!

Sé que queda un poco como cortado, pero creo que es la gracia. Lo que quería en este capítulo era buscar un inicio, un porqué, para 'justificar' la traición de Peter. No sé si lo he podido captar muy bien; si me decís que la causa es Alecto, será que lo he hecho mal. Dependo de vuestras críticas para saber si este capítulo necesita algún retoque.

Ahora, darles las gracias a: mikymiky, Sweet Ashie, .isa, siesna, Diana Prenze, criss92, Ginebra216, Unviciomas, elvilde, mrs mary black, The..oonz y Kira Dumont. Os agradezco muchísimo que emplearais vuestro tiempo en dejarme un comentario, de verdad de la buena.

Bueno, para el siguiente capítulo… ¡Tatiana Winsett! Creo que el POV de una Slytherin puede dar mucho de si, ¿Os lo vais a perder?

Un besazo,

Eri.