ATENCIÓN:

-Los personajes no me pertenecen. Son creaciones de Himaruya.

-Historia basada en los videos de HetaONI originados en Nico Nico Douga

-Agradezco a especialmente a Gemini Artemis por facilitarme las traducciones al idioma ingles los scripts de HetaONI y RomaHeta y ha Ankokutenjo por traducir todos los videos en el idioma español.


CAPÍTULO IV

Pacto

[Alemania]

Contra todos sus deseos, la puerta de la mansión se abrió. No había marcha atrás, debía entrar aunque las voces de su interior le pidieran a gritos lo contrario.

Japón había ingresado primero, luego su hermano e Italia. Obligó a sus piernas que se movieran para no quedarse atrás y se aventuró hacia lo desconocido.

-Está más limpia de lo que pensaba -dijo Italia admirado.

-Oigan ¿podemos irnos ya? -preguntó impaciente.

Sus piernas temblaban y no sabía por qué. Quería salir de allí a toda costa.

-Kesesesesese! ¿Qué pasa, West? ¿Tienes miedo? -lo humilló su hermano.

Si, quiso decirle, pero su orgullo no lo dejó. Sería la burla del teutón toda su vida y, con total seguridad, se lo contaría a Francia y a España en una de sus noches de borrachera. Después esa información pasaría en país a país hasta que todo el mundo lo supiera y su reputación quedara manchada.

-¡No tengo miedo! Solo pienso que deberíamos irnos. A ver... miren... no encontramos nada y... tal vez la casa sea de alguien... no tuvimos que haber entrado desde un principio -indicó tratando de sonar lo más cuerdo posible.

Al juzgar la mirada de su hermano y Japón, no lo había logrado. Sabían que estaba poniendo excusas.

-No se preocupe, Alemania. No hay nada sobrenatural en este lugar. No sé porque estas tan asust...

Pero el japonés no había podido terminar su frase. Había sido interrumpido por un fuerte ruido ubicado en el ala este de la casa.

-¿Qué carajo fue eso?

-Ahora quien es el cobarde -pensó el germano al ver que el prusiano dirigía su mano a la empuñadura de su espada. Su ojos reflejaban miedo al igual que su palidez.

-Iré a ver cuál es el origen de ese ruido para poder terminar de una vez con todo esto -propuso un poco irritado el japonés. -Esperen aquí.

Se rio. Por nada en el mundo se iba a mover de ese lugar.

Justo cuando Japón desapareció de su vista alguien gritó su nombre. Ese alguien era Italia y corrió hacia él, empujándolo y haciéndole rodar por el piso. Justo cuando lo iba regañar por su repentina acción, oyó un estruendo que hizo temblar el suelo.

Allí, donde había estado parado, había una criatura de tez gris. Lo miraba con sus profundos ojos negros y gruñía amenazantemente. Reprimió un grito con tan solo ver esas garras que pudieron haberlo matado si no hubiera sido por el italiano que lo había salvado.

Al parecer, su objetivo había cambiado. Los ojos almendrados de la bestia se posaron en los de Italia y se arrojó hacia este.

No recordaba ni cuando había sacado su látigo, pero lo hizo y lo enrolló en el cuello de la criatura dejandola inmóvil y a escasos centímetros de su presa. La fuerza que tenia esta era aterradora. No podía mantenerla quieta mucho más tiempo.

Prusia corrió a su ayuda. Se interpuso entre el monstruo e Italia y clavó su espada en el vientre del oponente hasta que la punta de la hoja salió del otro lado. La sangre de la herida salpicó la cara del prusiano que se reía a carcajadas. No entendía cómo podía divertirse en esos momentos, era un maniático.

El albino retiró su espada, la presión del látigo aminoró y la criatura cayó. Parecía que la batalla había terminado si no fuera por Italia que grito a todo pulmón:

-¡CORRAN!

-¿Por qué, Ita? ¿No ves que está mierda está muerta?

Los agarró de la mano a los dos y los empujó hacia las escaleras.

-¡Sigue respirando! -les advirtió totalmente alterado.

Dicho esto, la criatura comenzó a gruñir de nuevo y se incorporó del piso más molesta, más hostil, más aterradora.

No daba crédito a sus ojos. La herida del vientre había desaparecido completamente por arte de magia y sin dejar rastro alguno.

De ahí en más su memoria era confusa. No sabía que había sucedido. Solo recordaba que había corrido y corrido con esa cosa pisándole los talones. Nunca percibió que se había separado de Italia y Prusia. Ni siquiera sabía con seguridad donde estaba en esos momentos. Solo una cosa sabia... nunca había tenido tanto miedo en su vida.

[…]

-Italia... hermano... ¿dónde estarán? -se preguntó melancólico.

No sabía ni donde estaba ni que había pasado con ellos dos. Lo único que lo consolaba era que Japón estaba a salvo y que se habían encontrado.

-¿Por qué tuvimos que entrar a este lugar?

Se miró las manos e intento controlarlas, pero el esfuerzo fue en vano... estas no dejaban de temblar. Se tapó la cara con ellas

-¿Esto es tener miedo? Nunca me había sentido así ¿Desde cuándo soy tan cobarde?

Sacó las manos de su rostro y tocó, con una de ellas, la Cruz de Hierro que tenía en el cuello de su traje militar. Recordó que le había dado una igual al italiano hacía muchos años. Para ser preciso fue el 22 de mayo de 1939.

-Si te encuentras en peligro, yo te protegeré sin falta. Si yo me encuentro en peligro, tú tienes que venir a rescatarme -se recordó a si mismo su pacto, el Pacto de Acero que los unía a través de ese símbolo: la Cruz de Hierro.

La cólera lo superó y golpeo con su puño la pared.

TOC, TOC

Los pensamientos del alemán fuero interrumpido por un ruido proveniente de la puerta.

¡TOC, TOC!

Se puso en posición fetal. Tenía miedo, estaba aterrado. Esa cosa lo había encontrado y él ni siquiera contaba con su látigo para luchar o, por lo menos, defenderse.

-¡Mierda! ¡Todavía no quiero morir y menos en este lugar y esta forma!

[Japón]

"ÁTICO. CUARTO PISO" rezaba la llave. No vio otra opción. Debía investigar ese lugar.

Salió de la Biblioteca y, sin detenerse, subió las escaleras hasta el cuarto piso de la mansión. Ya allí, divisó dos puertas enfrentadas. La primera no abrió, la segunda sí. El ático era muy espacioso, pero, para su tamaño, había pocos muebles y objetos abandonados. El polvo que reinaba en este hizo que tosiera descontroladamente y le lloraran los ojos.

Mientras recorría el lugar percibió que el mueble más grande estaba ligeramente inclinado.

-¿Un escondite? -se dijo.

Se acercó a este y los llamó:

-¿Prusia? ¿Italia?

Algo se movía allí. Se acercó aun más y lo vio.

-¡Hola! -saludó al mochi. No pudo evitar ruborizarse, era demasiado tierno y él adoraba las cosas tiernas. Siempre había tenido una dura debilidad por la cosas suaves y esponjosas. -¿Estas atrapado? -le preguntó aunque sabía que no habría respuesta, ya que los mochis no hablaban, pero él siempre había tenido la costumbre de hablarles a las mascotas como si fueran humanos o, mejor dicho, niños pequeños.

Trató de mover el mueble, pero era increíblemente pesado. Después trató de jalarlo, pero el pequeño se quejó y temió lastimarlo. Aparte, este parecía aterrado, ya que temblaba y gemía descontroladamente.

-¿Qué haré? Pobrecito...

¿Y si le pedía ayuda a Alemania? Era una buena idea ya que su compañero era fuerte. Tal vez juntos podrían mover el mueble, pero recordó el pánico que dominaba a su compañero ¿Saldría de su escondite para ayudarlo o se negaría? No quería presionarlo, pero no encontraba otra opción y no perdía nada con preguntarle.

Se dirigió hacia, como él lo había denominado, Dormitorio Rosa. Llamó dos veces a la puerta vestidor golpeándola con sus nudillos, pero nadie le respondió.

-Qué raro...

Llamó dos veces más, pero esta vez golpeo mucho más fuerte.

-¿Alemania? ¿Estás ahí?

Escuchó ruidos provenientes de adentro del vestidor y, luego, el alemán le abrió la puerta de este.

Su aspecto lo sorprendió. Sus ojos se mostraban cansados, pero alerta. Seguía temblando y se veía desorientado y fuera de sí.

-¿Lo habré asustado? -se pregunto.

-¿Qué... qué te sucedió? -lo interrogó horrorizado al ver sus heridas.

Japón, con voz tranquilizadora, le contó lo sucedido en la biblioteca, la pelea con el extraño ser, la nueva llave que había encontrado del ático y del mochi que estaba atrapado.

-¿Un qué?

-Un mochi. Es chiquito, blanco, redondito, esponjoso y tenía lentes - le respondió sin poder evitar ruborizarse. -Está atrapado y el mueble es muy grande y pesado. No logró moverlo para sacarlo y me da mucha pena. Tú eres muy fuerte, así que me preguntaba si podrías salir y darme una mano.

-Lo siento.

-¿Cómo?

-No puedo. No lo haré. Lo siento mucho, en serio -le dijo el alemán taciturno.

Parte de Japón quiso sacarlo a rastras y obligarlo a que recuperara un poco su decencia y cordura, pero, el ardor de sus heridas, le recordaban que no a cualquiera le gustaría pasear y aventurarse en un sitio con esa criatura acechando. Tal vez, Alemania era más racional al esconderse y apartándose del peligro, pero él no podía quedarse quieto y esperar un milagro.

-Tal vez necesita tiempo para asimilar la situación -se convenció a sí mismo.

Aparte, ¿no había sido él quien había arrastrado al germánico a la mansión? Desde un primer momento, su amigo se había mostrado reacio en entrar, pero él junto a los demás lo lograron convencer de lo contrario. Se sentía responsable del pánico de su compañero. Si tan solo se hubiera tomado en serio la Conferencia Mundial y no hubiera seguido el juego de América tal vez no estarían en esa situación tan peligrosa en esos momentos.

-No te preocupes, Alemania. Espera aquí. Juró que traeré a los demás.

Recordó el látigo, lo desenrolló de su cinturón y se lo tendió al alemán. Esperó, que en un futuro, ese objeto le influyera valor.

-Hace rato lo encontré

-¿Dónde estaba? -inquirió.

-En la habitación de al lado. Estaba sobre la cama.

-Gracias -le agradeció tomando el arma y una pequeña sonrisa se asomó por sus labios.

-No me agradezcas. Lo encontré por casualidad, después de todo -se excusó.

A continuación, salió del Dormitorio Rosa. Su misión de encontrar a los demás aguardaba. El mochi tendría que esperar.