—Tengo algo para ti. —Su padre le dijo con una sonrisa.
Theon recién terminaba de limpiar y no tuvo tiempo para quitarse la sangre de la piel, esta se secaba y pegaba en ella. Se frotó los brazos mientras Ramsay Bolton se acercaba a la cama, la sangre se le encastraba en los cabellos por lo que le tironeaban y le causaban un mínimo dolor, muy insignificante al lado del dolor que el otro le pudiera dar. Se dio por vencido al notar que la sangre no se haría, sus manos dejaron de moverse y la sangre se incrustó mucho más, algún día tal vez se esfumaría y volvería a dormir tranquilo.
—Esto es un anuario escolar. Verás, aquí están los… ah, míralo por ti mismo.
Ramsay le extendió el libro, Theon lo tomó con rapidez sin hacerlo esperar por su reacción. Había muchos rostros en las páginas, todos tan distintos, él nunca podría aparecer en uno de ellos. La mayoría eran mujeres, los especímenes favoritos de su padre, unas más bellas que otras.
—Avísame cuando veas algo que te guste.
No tuvo que escuchar alguna palabra más para entender porque ese libro estaba en sus manos. Ni una mirada, ni una sola lectura, no hizo más que cerrarlo y depositarlo en el suelo, lejos de él y sus manos.
—Levántalo.
—No lo quiero. —Replicó con miedo.
Sabía que ese acto fue malo y merecía ser castigado por ello. Un niño malo debía ser castigado severamente para que aprendiera y no volviera a cometer el mismo error, él fue castigado muchas y dolorosas veces y continuaba sin aprender; era un mal hijo, muy malo, no merecía que Ramsay lo considerara como tal.
—Levántalo, Reek. —Esa orden salió con mayor dulzura, no parecía tan dura.
Y a pesar de la suavidad no obedeció, su actitud de insubordinado era latente. Ramsay se sentó en la cama, trató de alejarse pero se encontraba en la punta y derrumbarse solo sería peor para él. Se encogió ante la examinadora mirada de esos gélidos ojos.
— ¿En qué parte de la cadena alimenticia crees que estás, Reek? No lo sabes, ¿verdad? No sabes nada, Reek. Ahora mismo eres un simple perrito y un perrito ocupa el lugar más bajo de la cadena alimenticia, todas las otras criaturas lo pasan por encima, lo desprecian y lo matan. Pero si me escucharas serias un león, un león es fuerte y nadie está más alto en la cadena alimenticia que él, es una bestia sin escrúpulos que mata a todo aquel que trata de quitarle su lugar. Tienes que ser un león, Reek, un león si no quieres que nadie se aproveche de ti. La gente será mala contigo si sigues siendo un sucio perrito.
—No lo haré.
—Un hijo mío va a crecer inútilmente educado, si te estoy dando educación es para que la uses, con ella sobrevivirás en esta cadena alimenticia.
—Y-yo no soy tu hijo. —Las palabras equivocadas se escapaban otra vez de su boca.
— ¿Cómo qué no?
Ramsay le agarró la nuca, un escalofrío le corroyó la espalda. Su cabeza fue balanceada de adelante a atrás hasta que su cuerpo entero cayó al suelo. Sus rodillas se golpearon, sus palmas llegaron a tiempo para que su pecho no se lastimara. La mano presionaba su rostro al anuario, se mantuvo así un largo rato, el cuello se le entumecía y los parpados se le unían con brusquedad por las iniciantes lágrimas.
—Ve alrededor.
Su cabeza fue elevada, sus dientes chirriaron. Sus ojos se abrieron por la intervención de los dedos de Ramsay, estos sin sutileza le separaron los parpados causándole más irritación y lagrimeo.
— ¿Qué es lo que ves? Pregunté, ¿qué es lo que ves? ¿Ves algo que indique que tú no eres mi hijo? ¿Qué no somos familia? ¿Ves algo? ¡Contéstame, Reek!
Theon tembló, veía tantas cosas, sin embargo ninguna de ellas le fundaban el sentimiento de familia. Veía el sofá en el que Ramsay pasaba gran parte de los fines de semanas y la televisión en la que solía ver los programas de cocina, él tenía recuerdos allí. Cuando era bueno se le permitía verla y observar rostros diferentes al de su captor, y este le regalaba dulces allí, siempre tenía una recompensa para ese desagradecido hijo. Un chocolate golpeándole la cabeza, unos cuantos pares de caramelos en el suelo para que los recogiera antes de sentarse o una paleta encima del televisor que era recibida como una sorpresa. Y por lo que sus años le enseñaron eso era un gesto originado de un amoroso padre, a forma de premio a las buenas labores de su hijo.
Y esa vacía esquina de la cocina, en navidad ese era el lugar del árbol torpemente decorado. Él podía colocar la estrella en la punta y los adornos por el contorno, Ramsay cada año le tomaba una foto junto al árbol para recordar cuantos centímetros crecía, cuan poco le faltaba para sobrepasar el árbol y tal vez para guardar esa feliz expresión en su rostro o el registro de los dientes que había perdido, no por causa natural sino porque Ramsay se los arrebató. Todos los años recibía un regalo, un rompecabezas nuevo, un libro para colorear, un dulce. Una única vez obtuvo un regalo superior, fue a sus trece años, Ramsay le dio un oso de peluche tan grande como su torso y se lo quitó a los pocos meses. Él tardó doce segundos en abrir los cerrojos por lo que su castigo fue ver la destrucción del oso que lo ayudaba a dormir.
La mesa también conllevaba un recuerdo, en esa mesa Ramsay lo tomó por vez primera. Fue a modo de castigo, por supuesto. Tenía quince años y la casa no estaba limpia. Ramsay le acorraló los brazos por detrás de la espalda y le jaló el pecho a la madera. No importó cuantas disculpas lanzara, Ramsay de todas formas le deslizó el pantalón y el calzón, y depositó la polla en su trasero. Gritó mucho, su garganta se quebró y su voz salió despacio y chillona durante toda una semana. Y por primera vez tuvo que limpiar sangre que no fuera de una mujer, aunque después de ello él podría ser considerado como una.
— ¿Y, Reek? ¿No me contestaras? ¿Qué es lo que ves?
—Somos familia. Te veo a ti, Padre, y a mí, juntos como una familia. —El sollozo hacia que su voz se expulsara pausada. —L-lo siento, Padre, lo siento tanto. Somos familia, estaba equivocado, Padre. Perdóname, por favor, perdóname.
Al terminar de hablar Ramsay lo empujó desde las costillas, su cuerpo cayó y al instante sus piernas se doblaron uniéndose con sus brazos en su vientre. Su rostro se hundió en el suelo, las lágrimas mojaban la madera.
—Bien, te perdonare. Pero no quiero oírte el resto de la noche. No quiero saber nada de ti. ¡No quiero saber que existes!
Ramsay se desplomó en el sofá, no encendió el televisor y se frotó las sienes mirándole, tenía esa expresión tan dulce y acometedora a la vez. Lo hizo enojar sin razón alguna, no deseaba eso, no le gustaba verle enojado pero su boca no se detuvo. Regresó a la cama sin hacer ningún ruido, levantó las cadenas para que estas no tintinearan, sus piernas, una por una, y el anuario, a Ramsay no le gustaría que descuidara los regalos que le daba.
Ramsay se puso en pie, estaba volviendo a él y tenía mucho miedo por ello. Sus ojos trataron de perderse en la pared, las lágrimas estaban a punto de dar una nueva aparición. El calor corporal de Ramsay estaba cada vez más y más cerca.
Su pierna derecha fue agarrada, un chillido se expresó. Ramsay acomodó el sostén de la cadena en su tobillo. Un click fue lo siguiente que escuchó y el hierro se dividió, se despegó de su carne y yació en el colchón. Un contorno violáceo oscuro detallaba la zona en que la cadena lo aferró, era un color creado por la suciedad, la sangre seca y la opresión.
Sus ojos se abrieron con grandeza, ¿por qué su padre haría eso? ¿Por qué después de tan mal comportamiento? ¿Por qué? Él no merecía tanta compasión. Se frotó el tobillo, era suave y se sentía muy vacío sin la cadena. Su piel se enfriaba sin tener la cadena encima.
—G-gracias, Padre. —Su voz salió lacrimosa.
Ramsay no le dijo nada, había rotó una regla, no le obedeció y creó ruido con su voz, aun cuando le dijo que no quería oírle por el resto de la noche. Con su padre en el sofá el valor lo abordó y se encaminó a él, no como una persona lo haría, fue arrodillado como si fuera un pequeño perro con las orejas caídas porque sabía que fue malo.
—Lo siento, Padre. Por favor, perdóname.
Se posicionó enfrente de Ramsay, su cabeza recayó hasta los desnudos pies de este y sus labios los besaron. Uno a uno, lento, sus labios se humedecieron. Su padre no se alejó, tal vez el enojo que poseía no era tan grave como él que Theon creía.
—Lo siento tanto, Padre. No lo volveré a hacer, seré un buen niño, por favor. Castígame si lo deseas, haré cualquier cosa para que me perdones, Padre.
Ramsay le tomó la mandíbula y le elevó el rostro, tenía una larga sonrisa en la boca. —Ya te lo he dicho, Reek, te he perdonado. Y también recuerdo haberte dicho que no quería oírte, que no quería saber nada de ti y me has vuelto a desobedecer, ¿qué es lo que pasa contigo hoy, niño malo?
—No lo sé, Padre, lo siento no quiero ser un niño malo.
—No importa, Reek, no tienes que seguir preocupando por esto. Es demasiado para un tonto pequeño perrito como tú, ahora debes preocuparte por el castigo, ¿por qué debo castigarte, no es así?
—S-sí, Padre. —Susurró.
—Dame tu mano, Reek.
— ¿Mi mano? —Preguntó crédulo.
—No estás en posición para cuestionarme, Reek. Vamos, dame tu mano, la que tú prefieras.
Le cedió su mano derecha. La alzaba con lentitud, temblaba, Ramsay aferrándosele a la muñeca hizo que la mano llegara con mayor rapidez. Y el cuchillo se dio a conocer, Theon tragó saliva, un espasmo lo paralizó.
— ¿Qué dedo debería cortar, Reek?
«Ninguno.» Hubiese dicho, se mordisqueó el labio inferior. —El que tú prefieras, Padre.
—Entonces, ¿qué tal el meñique? Sí, el meñique será perfecto.
El cuchillo se posó en su dedo, quiso apartarlo y Ramsay lo apretujó más fuerte, era una advertencia. La punta del cuchillo se deslizó de un extremo a otro, deteniéndose en la separación de las falanges y apenas dándole una probada de lo que realmente en breve vendría.
Inhaló profundo al momento en que el cuchillo se clavó en la última falange, trató de no gritar y un adolorido gemido salió a cambio. Sus dientes se unieron en torno a su labio inferior, chirriando y cortándolo como si ellos fueron el filo del cuchillo. La sangre vislumbró con una gruesa y oscura gota, con el proseguir del corte se convirtió en una línea sin conclusión.
Su carne era frágil por lo que al mínimo toque del cuchillo se quebrantaba. Fue rápido, una inclinación tras otra y la piel junto a la carne se enrojecían por la sangre y formaban dos partes distintas. Él no pudo conservar la vista en aquello, la fragmentación de la carne le provocaba nauseas. El dolor y el tiempo aumentaron al tiempo en que el cuchillo se estancó en su hueso.
La fuerza de sus dientes sobre su labio no fue suficiente para esconder los incesantes y estruendosos alaridos. Suplicó varias veces y todas ellas fueron acalladas por el corte que se volvía más brutal.
El tiempo pareció eterno, especuló que estaría muerto para cuando el dedo se saliera de su lugar de origen. El vigor de su resistencia no pudo sobrellevar el acrecentado padecimiento que se le imponía. Recibió latigazos, de todos los modos que podía conocer, algunos puñetazos en el rostro, ahorcamientos, tantos golpes, pero ningún dolor que estos le indujeron superaba al actual.
Ramsay lo soltó, no a su dedo. Allí donde antes estuvo su dedo se le propagaba un cosquilleo, no se atrevió a ver el resultado de la amputación. Su padre le sonreía, por las lágrimas que le nublaban la vista no captaba lo blanco de los dientes.
—No llores, Reek, has sido un buen niño. Tan valiente. —Ramsay pasó las yemas de los dedos por debajo de sus parpados, limpiándole las lágrimas que estos proferían. Y le besó la frente, una señal de ánimo seguramente. Theon le sonrió en consecuencia, devolviéndole la gratitud. —Seca esas lágrimas, te vendare ese dedo más tarde. Ahora tenemos algo que hacer con él y te necesito atento, Reek, ¿podrás estarlo?
—Sí, lo podré hacer, Padre.
—Bien. Entonces, ve a la cama y trae el anuario, Reek.
Theon obedeció, sabía que Ramsay lo obligaría a ver esos rostros una vez más y elegir uno de ellos. Tomó el anuario con su mano ilesa, la otra le palpitaba y la sangre aun prorrumpía. Ramsay se la apoyó en el regazo y lo abrió eligiendo paginas al azar.
—Como tú no has querido elegir dejaremos que tu dedo lo haga, ¿estás de acuerdo, Reek?
Asintió, no era una pregunta que necesitara responder, la respuesta que Ramsay esperaría o tendría no sería la que saldría con honestidad de su boca. Ramsay lanzó el dedo ensangrentado y pálido al aire, una corta distancia que aseguraría que caería en uno de esos rostros en blanco y negro. Descendió casi en el final de la página, Theon no observó el rostro de la víctima hasta que el dedo fue quitado.
—Oh, una niña bonita, Jeyne Poole, buena elección, Reek.
