Hooola mis chicas.
Espero que hayáis tenido una buena semana, y que todas estéis bien.
No puedo dejar de agradeceros todo el apoyo que le estáis dando al fic, así que muchas gracias por ello. Sé que este comienzo es duro, triste y cruel... pero cómo os he dicho en los anteriores capítulos... paciencia.
Antes de dejaros con el capi, quiero aclararos un par de cositas, ya que me supongo que son preguntas que irán apareciendo. El campo de concentración de Ravensbrück era exclusivamente femenino hasta el año 1941; recordad que nos encontramos en enero de 1940. También os quiero aclarar que aquí no hay cámara de gas; no se instaló hasta 1944.
Después de este par de cosillas, os dejo con el capi; abajo nos leemos.
Capítulo 3: El trabajo libera
Ahogando los sollozos que pugnaban por salir de su garganta, Bella se puso ese horrible atuendo que les fue asignado. Alice y sus amigas la miraban con pena y dolor, pero no sabían qué decirle para poder ofrecerle un poco de consuelo.
Esa especie de camisón a rayas que les habían proporcionado al menos era de tela gruesa, pero estaba segura de que iban a pasar un frío tremendo. Las medias, hechas de una lana tosca, le producían picores en su piel... pero al menos abrigaban; acurrucándose en la chaqueta de la misma tela, que le quedaba un poco grande, esperó a que las demás terminaran de vestirse y a que las ordenaran moverse. La joven castaña echó un vistazo a su alrededor; parecían colegialas, todas vestidas igual. Todas se habían puesto, lo primero de todo, el pañuelo en la cabeza, entre suspiros y miradas de pena, en un intento por ocultar la humillación y la vergüenza; ella nunca había sido presumida en exceso, pero su mata de cabello castaño le proporcionaba, por así decirlo, seguridad y refugio para esconder las emociones que sus expresivos gestos solían delatar... pero ahora se sentía desnuda y desprotegida.
-¿Estás bien?- le preguntó Kate en un imperceptible murmullo y poniéndose a su lado. El suspiro lastimoso que salió de su garganta le confirmó que no.
-¿Qué está haciendo él aquí?- exclamó Bella entre dientes.
-Puede que él nos haya mandado aquí aposta, o que le hayan trasladado- enumeró su amiga, hablando entre susurros.
-¿Por qué haría eso?- le reclamó ésta -está visto que a esta gente no le importamos nada, somos un estorbo para la sociedad- le rechinaron los dientes al pronunciar esas palabras... ¿por qué su pesadilla no terminaba?... ¿qué pretendía Edward, mandándola allí?; demasiadas preguntas a las que no encontraba respuesta.
-¿Crees qu...- la disimulada conversación se vio interrumpida cuándo el soldado moreno y corpulento se acercó a ellas, mirándolas fijamente con una ceja alzada. Los ojos de Emmet vagaban por el cuerpo y las facciones de Kate; alta, bien proporcionada y con rasgos angelicales... pero había algo en la otra muchacha que tampoco estaba nada mal; quizá la nariz demasiado respingona, y el labio inferior demasiado grueso, para su gusto.
-¿Cuchicheando?- les interrogó, pasando su vista de una a otra, de manera alternativa; las dos chicas agacharon la cabeza, muertas de miedo. Bella sintió un latigazo doloroso en su espalda, que le hizo soltar un pequeño grito de dolor.
-Al sargento McArthy se le responde siempre que él os haga una pregunta, ¿está claro?- la increpó la oficial Denali, con una especie de fusta de cuero en la mano, con la que había golpeado la espalda de Bella. Tanto ésta cómo Kate no podían pronunciar palabra, e Isabella sintió otro doloroso golpe sordo en el mismo lugar.
-¿Habéis entendido?- les preguntó de nuevo Tanya, mirándolas con burla y crueldad.
-S...si...- consiguió pronunciar Bella, intentando contener las lágrimas; de seguro le dolería la espalda unos cuántos días; al tener la piel tan blanca, cualquier golpe se le marcaba, por muy suave que fuera. Por suerte, ambos se alejaron de las chicas; Bella y Kate suspiraron aliviadas. Victoria y Alice corrieron a posicionarse al lado de ambas.
-¿Te ha hecho daño, Bella?- interrogó preocupada su prima, palpando la zona magullada.
-Me duele un poco- contestó, conteniendo una mueca de dolor al sentir la mano fría de su prima -pero estoy bien- la tranquilizó.
-Malditos sean- refunfuñó Victoria, mirando a la mujer rubia con rabia. Justo en ese momento, la mismísima sargento Hale entró por la puerta, portando unas hojas. Emmet le sonrió, gesto que ella devolvió.
-¿Ya tienes la distribución de los barracones?- le preguntó Tanya, poniéndose a su lado y echando un vistazo a las hojas.
-Alec acaba de pasármelos- dijo ella, con un suspiro -en cuánto las distribuyamos podremos irnos a cenar- les recordó a ambos.
El estómago de Bella rugió furioso a la simple mención de la palabra cena; llevaban varios días sin comer de manera decente, y siempre cosas frías. Apenas ninguna de ellas tenía fuerzas para nada, estaban hambrientas y agotadas. Sus ojos, sin querer, buscaron a ese hombre de pelo cobrizo, lo que le hizo auto reprenderse a si misma... si quería sacarlo cuánto antes de su mente, no debía pensar en él... ¿pero cómo hacerlo, si se lo cruzaría a cada momento?
La voz de la sargento Hale resonó en el cuarto; todas sus compañeras estaban ya vestidas, esperando lo siguiente que vendría.
-A partir de este instante, cada vez que oigáis vuestro número de identificación, responderéis cómo procede, ¿está claro?- les explicó de manera seria. Las jóvenes asintieron en silencio; Bella meneó la cabeza, negando con tristeza; ya no eran nadie, más que unas prisioneras numeradas. Ya ni en la categoría de animales encajaban, no encontraba en su mente palabras para describirlo -ahora vamos a distribuiros en los barracones; mañana os mostraremos vuestros puestos de trabajo- siguió relatando Rosalie.
-¿Puestos de trabajo?- murmuró Alice, frunciendo el ceño. La morena se esperaba, cómo el resto, otra cosa... pero dios o quién quiera que fuese no quería que ellas dejaran de sufrir.
Bella apenas prestó atención a lo que la sargento Hale estaba diciendo, hasta que Alice llamó su atención con un codazo.
-Nos han llamado, han dicho nuestro grupo- le susurró Victoria. Unas diez chicas, aparte de ellas cuatro, siguieron a un oficial muy joven, con los ojos azul oscuro cómo la noche y pelo castaño claro, casi rubio, que respondía al nombre de Alec.
Salieron al exterior, y pudo darse cuenta de que ya debía ser entrada la madrugada; apenas se oía un alma, con excepción de las respiraciones pesadas de los perros que sujetaban algunos de los oficiales; potentes focos iluminaban las enormes alambradas que delimitaban el perímetro. Las casas de los oficiales, situadas al lado derecho de la entrada, denotaban tranquilidad; había luces encendidas en algunas, pero no se escuchaba jaleo alguno.
Nada más salir al exterior, un frío intenso inundó el cuerpo de la joven, y aunque las medias le llegaban casi a la mitad de los muslos, ya que le quedaban grandes y le sobraba mucho de pie para poder estirarlas, la humedad helada que imperaba en el ambiente se colaba por cada hueco de la horrible ropa que llevaba. La nieve que había caído en esos días, medio derretida, hacía que sus pies se mojaran, ya que la madera de los zuecos absorbía la humedad, calando las medias.
Con pasos dificultosos, debido a las irregularidades del suelo y a que se escapaban los zuecos de los pies, pasaron a través de unas estructuras de madera, alargadas y de un sólo piso; por lo que pudo distinguir Bella eran de color blanco, y con muy pocas ventanas. Eran mucho más grandes que los barracones que vieron en Szczecin. Los edificios estaban alineados unos detrás de otros, pero no pudo precisar a ciencia cierta el número exacto.
¿Dónde nos llevan?- suspiró Victoria, mirando a la nada. La respuesta para su amiga, y todas ella, llegó en tan sólo varios minutos.
-Entrad aquí- les ordenó el joven; sus ojos azules las miraban con repugnancia y odio, y con una mueca de desagrado dibujada en sus finos labios -mañana os mostraremos vuestros lugares de trabajo; habrá siempre dos oficiales vigilando las entradas y salidas del barracón por la noche; debéis dirigiros a ellos si pasa algo dentro o si necesitáis salir por necesidad extrema- con estas palabras se alejó de las chicas, que con paso lento atravesaron la enorme puerta de madera.
Dentro había cómo una especie de literas, hechas con listones de madera. Llegaban a tener tres pisos de altura; en el centro unos bancos de madera, para poder sentarse, y en una esquina tres cubos de metal, que Bella supuso que sería para hacer la necesidades de tuviera cada uno... se le revolvió el estómago al pensar en eso. El pequeño grupo miraba en todas las direcciones, estudiando el peculiar aposento que les habían dado. Victoria se acercó a una de las camas, asomándose; cómo colchón tenían una tela gris que cubría el relleno de paja, por lo que pudo deducir al pasar la mano por él; no había ni almohada ni mantas.
Bella y Alice se sentaron en el banco del centro, mirando cómo Kate y la propia Victoria cogían dos literas de la fila de en medio para ellas cuatro. No conocían al resto de las muchachas, y supusieron que las que eran de Landeck habían ido a parar a otro barracón.
-¿Estás bien?- le preguntó Alice; Bella se encogió de hombros, sin saber qué responder.
-Podría haber sido peor- una chica contestó acercándose a ellas; tanto Bella cómo su prima levantaron la vista; la chica era morena de piel, no muy alta y algo rellenita -me llamo Lisell- se presentó.
-Yo soy Bella, y ellas son mi prima Alice, Kate y Victoria- las presentó con una pequeña sonrisa; todas se saludaron a modo de presentación y hablaron, por supuesto en voz baja, unos minutos. La joven Isabella apenas captó más que Lisell tenía veintitrés años, y era de un pueblo que lindaba con la frontera polaca, llamado Schwedt. Hablaron durante varios minutos, hasta que uno de los guardias aporreó el portón de madera, ordenando que guardaran silencio.
Decidieron que Kate y Victoria dormirían juntas en una de las estrechas e incómodas camas, y Bella y Alice en otra; así se darían calor las unas a las otras; cuándo todas ya estaban acostadas y en silencio, Bella se quitó el pañuelo de la cabeza, ya que el nudo se le clavaba en la nuca. Pasó su mano lentamente, sintiendo las cosquillas de los cortos pelitos en la palma de su mano. No pudo evitar dejar escapar una lágrima traicionera... ¿su madre también estaría allí?... ¿y su padre y su tío Alfred, dónde les habrían mandado?... añoraba las palabras de consuelo de su progenitor, seguro que dónde quiera que estuviese, estaría ayudando y consolando a su pueblo, cómo el rabino tolerante y amable con la gente que era, diciéndoles que ésto sólo era otra prueba que Dios ponía en su camino.
Durante toda la noche apenas pudo pegar ojo... y lloró; lloró por su amorosa madre, por su padre, por el tío Alfred... los padres de Kate, la madre de Victoria; por todas sus compañeras de Landeck, las que estaban allí con ellas y las que, probablemente, no volvería a ver... lloró de rabia y humillación, por querer el destino que Edward y ella se volvieran a encontrar, y permitir que la viera rota y desmadejada.
Pero también lloró de frustración, ya que por más que quisiera, en su mente no hacía otra cosa que ver un rostro cincelado y unos ojos verdes que por más que intentaba desechar de su mente y corazón, no podía hacerlo. Por fin, después de que su mente trabajara a pleno rendimiento, consiguió que la venciera el sueño... pero parecían haber pasado sólo minutos cuándo una infernal y estridente sirena hizo que todas despertaran sobresaltadas.
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Completamente vestido y sosteniendo una taza de café en su manos, Edward contemplaba el paisaje que se extendía ante sus ojos. Se imaginaba Ravensbrück cómo un lugar oscuro y sin apenas vida... y aunque en primavera estaba seguro de que el paisaje cambiaría, volviéndose verde y delicado cómo el de su Landeck natal, ahora parecía un sitio oscuro y sombrío, perdido en mitad del bosque; el pueblo más próximo, Fürstenberg, estaba tan sólo a siete kilómetros. Siempre había escuchado que el sitio, en primavera y en verano, era precioso, con el lago del mismo nombre cómo principal atracción.
Apenas había pegado ojo en toda la noche; la que sería su casa en ese sitio todavía no estaba acondicionada del todo, pero al menos las estufas de gas conseguían un ambiente más o menos acogedor. La pequeña casita apenas tenía un dormitorio, un baño y una pequeña sala de estar; todas esas habitaciones daban a la parte trasera de la casa. En la parte delantera se ubicaba el despacho, desde dónde gestionaría su trabajo.
Todas las casas para los superiores eran individuales; los oficiales dormían en la residencia, lugar en dónde se ubicaba el espacioso comedor, dónde todos desayunaban comían, cenaban y disfrutaban de sus ratos libres. Justo al lado había una gran sala, que hacía las veces de biblioteca y de centro de reunión.
Hizo una mueca de desagrado al tomar un sorbo de café; estaba muy amargo y cargado... pero se obligó a si mismo a tomarlo, necesitaba despejar su mente. Aunque él no tenía cocina, al igual que el resto de las casas, había pedido que instalaran un sencillo hornillo para poder hacerse café cuándo él quisiera, y no tener que ir a las cocinas sólo para eso. El sargento McArthy le avisó hacía apenas media hora para que acudiera a desayunar, pero desechó el ofrecimiento, poniendo cómo excusa que tomaría allí mismo el café mientras esperaba una llamada de Berlín.
Al ver que las reclusas empezaban a formar fila, para recoger el desayuno, su vista, de manera inconsciente, buscó a Bella. No podía apartar su silueta de su cabeza, y su imagen le había impactado mucho más de lo que había imaginado, y no podía negar que algo se le había removido dentro de él. Por suerte para él, una voz femenina, incluso un poco chillona, le sacó de la burbuja en la que se encontraba.
-Buenos días, Edward- al girarse se encontró con la sonrisa de Tanya. El joven la recorrió con los ojos; hacía años que se conocían, y era atractiva, no lo podía negar. Incluso recordaba los flirteos descarados que habían tenido cuándo él todavía estaba en la Academia militar.
-Tanya- le devolvió el saludo, con un movimiento de cabeza. La joven se acercó hasta su posición, asomándose también por la ventana. Ambos observaron en silencio cómo las prisioneras hacían cola para tomar su ración de desayuno.
-No sé por qué tenemos que alimentarlos también- siseó sarcástica. El joven rodó los ojos para sus adentros.
-Se supone que tienen que tener fuerzas para trabajar, Tanya- le recordó -y ni tú ni yo debemos poner en entredicho las normas aprobadas en Berlín para los campos- le explicó serio, usando su autoridad que le daba su grado de teniente.
-Míralas, son escuálidas y están en los huesos- siguió relatando ella -no entiendo por qué han instalado fábricas, deberíamos deshacernos de toda esa escoria-.
-Te recuerdo que esa no es tu decisión, ni siquiera es la mía ni la de ningún otro que estamos aquí- le explicó de vuelta Edward, ya visiblemente molesto -aquí no se va a ejecutar a nadie; y si un día eso se llegara a hacer aquí, las sentencias vendrían firmadas desde Berlín-.
-Lo sé, Edward- rodó los ojos ella, mirándole con fastidio -no hace falta que me des un discurso-.
-Entonces limítate a hacer tu trabajo- le devolvió la puya, cruzándose de brazos y sonriendo con malicia.
-Vamos Eddie, no te enfades conmigo- su tono cambió a uno meloso a la vez que se acercaba lentamente a él -tú y yo podríamos pasarlo muy bien- susurró de manera insinuante.
-¿Ah, sí?- preguntó el joven, alzando una ceja.
-¿Por qué no?- se encogió la joven oficial de hombros -siempre me has gustado- le guiñó un ojo.
-¿Y qué pasa con tu prometido?- le preguntó -no es que James sea santo de mi devoción... pero siempre ha estado loco por ti- James y él habían coincidido en la Academia militar, y nunca se llevaron especialmente bien; sus caracteres chocaban demasiado.
-Mi prometido está demasiado ocupado en Berlín, haciendo méritos en el ministerio; de modo que apenas tiene tiempo para acordarse de su prometida- le explicó ella, con un deje de fastidio -sólo piénsalo- le ofreció, antes de dejar un suave beso en la comisura de sus labios y salir de allí.
Edward se quedó mirando en dirección a la puerta por dónde había salido Tanya... nunca cambiaría, a pesar de que la rechazó una y mil veces en el pasado; bien es cierto que él había permitido ese flirteo entre ambos; pero eso fue hace mucho tiempo... y jamás llegaron a nada más.
-Acabo de cruzarme con Tanya, ¿ya te está acosando?- la figura de Rosalie apareció por la puerta.
-No me lo recuerdes- rodó los ojos éste -apenas llevo aquí cuarenta y ocho horas- resopló con paciencia. Rose rió divertida.
-Te traigo los periódicos- le dijo ésta, dejando una pila de diarios encima de la mesa.
-Gracias, los dejaré para después de comer- le agradeció -¿ya está todo el mundo en su puesto?-.
-Sí- confirmó la joven rubia -me gustaría que echaras un vistazo a la distribución de los oficiales- le tendió el papel, el cual Edward leyó minuciosamente.
-Bien, lo firmaré después- le explicó, después de leerlo y de dejarlo en la mesa; su vista se dirigió a una de las portadas de los periódicos que tenía encima de la mesa. A pesar de la neutralidad de Noruega, Hitler se estaba planteando seriamente invadir los países escandinavos, en su afán por expandir el imperio.
¿Era posible que un hombre quisiera proclamarse el dueño del mundo?... tres meses habían pasado desde la invasión de Polonia, y el pacto de no agresión al que llegaron la URSS y Alemania para repartirse el territorio polaco parecía que funcionaba. También estaba la cuestión de Francia y de los Países Bajos.
-¿En qué piensas?- le preguntó Rose con suavidad y cautela.
-A veces me gustaría estar en el frente, con mis compañeros- le respondió -los soldados somos educados para eso- exclamó, mirando hacia la ventana, por dónde pasaban las filas de reclusas a sus respectivos lugares de trabajo... si él hubiera imaginado que ella iba a estar ahí, gustoso se alistaría para librarse de esta tortura.
-¿Y qué te detiene?- espetó ella, con verdadera curiosidad.
-No quiero estar lejos de mi madre- fue su esquiva respuesta... pero a veces, para sus adentros, se preguntaba si esta guerra tenía sentido.
-Pobre tía Esme- murmuró ella; sentía por ella un cariño enorme, la había tratado cómo una hija -en dos semanas tengo tres días de permiso, tengo muchas ganas de verla- también quería a su tío Carlisle, no en vano era el hermano mayor de su madre... pero también era consciente de todo el dolor que su tía guardaba para su adentros, causado por él.
Rose no dijo nada más, y sentándose ambos en el despacho, se dispusieron a hacer el trabajo que les habían encomendado.
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Bella y las demás miraban la sala dónde les habían llevado con verdadera curiosidad. Después de que esa sirena las despertara sobresaltadas, apenas tuvieron cinco minutos para lavarse la cara en una de las fuentes que estaban al lado de los barracones y de desayunar un gélido vaso de leche con un mendrugo de pan seco, las habían llamado número por número, para después distribuirlas.
En su paseo a la inmensa nave que estaba al final del campo, Bella vio cómo chicas jóvenes tiraban ellas mismas de un carro lleno de cajas, bajo la mirada inquisidora de los oficiales. Otras cargaban cajas en camiones, y al juzgar las caras de esfuerzo de éstas, apenas podían levantarlas. A Kate se la habían llevado en otro grupo, junto con Lisell, de modo que Alice, Victoria y ella estaban solas. Había otras chicas del barracón, pero apenas habían hablado con ellas.
Llegaron a una espaciosa habitación, con unos ventanales enormes y varias mesas cuadradas en el centro, llenas de patrones. En las paredes, llenas de estanterías, descansaban carretes de hilo y rollos de telas, la mayoría eran del mismo uniforme que ellas llevaban, pero también había ricos paños negros y verdes. Tres máquinas de coser y utensilios de costura de todo tipo estaban esparcidos por todo el habitáculo.
-¿Vamos a coser?.- susurró Alice, embutiéndose más en la chaqueta de lana.
-Eso parece- respondió Bella; recordó cómo su madre le enseñó a defenderse; no era una modista ni mucho menos, pero al menos sabía cómo coser un botón. Justo en ese momento, la sargento Hale entró en compañía de la oficial que ayer estuvo con ellas a su llegada, y de otras dos que no conocía en absoluto; parecía que todas ellas habían sido cortadas por el mismo patrón; altas, rubias, de ojos claros y facciones delicadas.
-Os encontráis en la fábrica de uniformes de Ravensbrück- empezó su discurso la sargento Hale -aquí se fabrican tanto uniformes para oficiales cómo para gente recluida, que después son distribuidos a todas nuestras instalaciones- explicó, en alusión a los campos de concentración -ese será vuestro trabajó aquí-.
Los temores de Bella se hicieron realidad; empleadas y esclavizadas; porque si de algo estaba segura, es que no sería una ufana jornada laboral. Vio cómo entraban tres chicas, que se pusieron a trabajar sin apenas mirarlas, por lo que dedujo que ya llevaban tiempo allí.
-Las oficiales Tanya Denali, Jane Herbst e Irina Schmidt se turnarán para vigilar y supervisar el trabajo- les siguió explicando, mientras señalaba a las tres jóvenes soldados, vestidas de manera impecable con sus uniformes y gorras de pico ladeadas, con las manos a la espalda y la fusta de cuero asomándose por detrás de ellas -si algún material se agota, o cualquier cosa que ocurra, se lo comunicáis a cualquiera de ellas, ¿está claro?- todas las reclusas asintieron con la cabeza, sin decir una sola palabra. Después de un par de indicaciones más, Rosalie Hale abandonó la estancia.
-Vosotras tres- señaló Irina a Alice y dos chicas más -venid conmigo- Bella y su prima se miraron con miedo, pero a la joven morena no le quedó más remedio que seguir lo que le habían mandado; pero para su alivio, Bella vio que paraban en la sala contigua, dónde se encontraban instalados cuatro telares inmensos.
-Tú- Jane llamó la atención de Bella -ahí- la agarró del brazo con tal fuerza que la joven tuvo que apretar los dientes para contener la mueca de dolor. La llevó hasta una silla al lado de la ventana, dónde había pilas inmensas de uniformes, y justo a su derecha una mesita auxiliar, con botes llenos de botones... de modo que la joven adivinó cuál sería su trabajo. Victoria fue llevada a una de la mesas centrales, dónde tendría que dibujar y recortar patrones.
Poco a poco todas fueron acomodadas en sus puestos de trabajo. Una de las chicas que ya debía llevar tiempo ahí, se acercó a ella, ya que la vio perdida entre tanta marea de ropa.
-Debes poner tres botones a los uniformes cómo los nuestros; en los de los chicos, seis en la chaqueta- le indicó, tomando la versión masculina de ese horrendo pijama de rayas -en los de los oficiales, aquí tienes todo apuntado, y los botones que debes usar- le señaló un papel, con un dibujo y varias indicaciones.
-Gracias- le dedicó una pequeña e imperceptible sonrisa -¿cómo te llamas?- la joven que tan amablemente le había ayudado iba responderle, pero no pudo hacerlo, ya que Tanya se acercó a ellas.
-¿Quieres ganarte otro golpe, al igual que anoche, 3658?- Bella todavía pudo sentir el dolor en su espalda, y negó con la cabeza de manera frenética -¡pues a trabajar, judía estúpida!- gritó.
Por fortuna para Bella, la tediosa oficial se alejó; Bella tomó una profunda respiración, mirando las más de veinte pilas de ropa, cuidadosamente doblada a su alrededor, todas ellas para coserles los botones. Dándose fuerza así misma, enhebró una de las agujas, cogió un puñado de botones y los puso en su regazo; afuera el sol apenas estaba saliendo, asomando de manera tímida entre las montañas. Para sus adentros, empezó a recitar la oración de la mañana, o el "Mode Aní", la plegaria judía en la cual se agradece a Dios el levantarse un día más con vida.
-Ojalá papá y nuestros seres queridos puedan recitarla todavía- pensó, quitando con disimulo una lágrima que danzaba libre pos su mejilla.
Gracias mis chicas, por acompañarme en esta aventura; a las que presionáis el botón de alertas y favoritos, a las lectoras silenciosas... a las que dejáis vuestras impresiones:
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Un besazo enorme, y nos vemos la próxima semana ;)
