Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Dedicatoria especial: A Aliethz, por ser, estar y parecer. Darme un pequeño empujón de manera inconsciente siempre que lo necesito, que tengo dudas, o que simplemente la vida me pasa por encima sin preguntarme. Gracias, de todo corazón, y espero que esta pequeña historia sea de tu agrado, y que al menos, ponga una sonrisa en tu cara. Es el único modo que conozco de pagarte lo que haces por mí.

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Su vida era perfecta hasta que ella llegó. Tenía un novio estupendo, unas amigas geniales y una vida de ensueño, pero esa estudiante de intercambio llenó su vida de novedades, y de muchas cosas, que hasta ese momento, ni siquiera se había planteado.

Kagami fem x Kuroko fem.

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El beso dormido.

Capitulo extra: Un día especial.

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Mira su reflejo en el espejo. Kise a su espalda, mirándola sonriente.

La peluquera está terminando, su pelo recogido en un delicado moño, ondas perfectamente enroscadas en su nuca, dulcificando sus rasgos. Un aplique con perlas, irisadas y ligeramente rosas, en el centro de su cabeza.

El maquillaje es sencillo, tonos rosas, resaltando sus ojos con unos brillitos. Sin apenas rimel, solo brillo en sus labios. Labios sonrientes, a pesar de los nervios, que hacen que sus manos esten entrelazadas entre ellas sobre su regazo.

La peluquera termina su trabajo, está contenta con el resultado.

El vestido sobre la cama, extendido. El velo espera, hasta que se vista.

Solo cuando están solas, Kuroko suspira, aliviada.

Kise sonríe, al verla tan preocupada. Para eso está ella ahí, para ayudarla a vestirse.

Aomine espera, fuera de la habitación del hotel, como un cancerbero de lo mas eficiente.

Kise se lo ha pedido, y ha aprendido que no hay que decirle que no a la rubia... mucho mas cómodo para su existencia... y mas sano para sus genitales...

Kuroko se pierde en su propia visión en el espejo, gira su cara a un lado y a otro, le gusta el resultado.

Kise aparece sobre su hombro, besa su carita, y pega la mejilla a ella, sus ojos dorados en el espejo.

– Estás preciosa. – Aparta la bata por su hombro y la dirige a la cama, para ayudarla con el vestido.

Kuroko casi ni tuvo que elegirlo, su boda ha sido planeada por Kise hasta el último detalle, y la verdad estaba mas que encantada.

El vestido, corte imperio, hombros de encaje, largo hasta debajo de la rodilla, perfecto para su cuerpo. El lazo bajo el pecho en el mismo tono que las perlas en su pelo.

Incluso el ramo tiene un pequeño tono irisado que hace que todo armonice.

Es Kise quien cierra la cremallera, ya que sus dedos se mueven demasiado como para atinar en el pequeño saliente.

Se sienta, suspira. Los zapatos, unas sandalias altísimas de tacón de aguja, ciñen sus dedos con una diminuta fila de perlas.

– ¿Quieres que te ponga el velo, o esperamos a llegar?. – Arrodillada frente a ella, abrocha los pequeños cierres en sus tobillos, y le palmea la rodilla, dos veces.

– Mejor ahora... cuando la vea no voy a poder estarme quieta. – Kise sonríe , feliz. – Aunque no sé si llegaré con esas trampas mortales.

De pie, sigue siendo mas baja que su amiga, que también está subida en unos elevadísimos tacones con plataforma incluida. El ceñido vestido negro de la rubia no deja nada a la imaginación. Tiene un cuerpazo y adora exhibirse.

Coloca el velo en su sitio, incluso se permite pasar el tul por delante de su cara y girarla para mirarse juntas al espejo.

– ¿Llevas todo?. – Señala la hora en su teléfono. – Algo nuevo, viejo, prestado y azul. Repaso.

– Nuevo el vestido, viejo las perlas del pelo, de mi abuela, prestado tu anillo, y azul en la liga. – Se levanta la falda lo justo para enseñarla y sonreír.

– Pues venga, tus padres están abajo... y todos esperan ya en la sala. – La mira, tomando sus manos juntas, liberando su rostro del tul, colocándolo a su espalda, hasta que llegue el momento.

– Pues venga. – Abre la puerta, y casi estalla en carcajadas ante la cara de Aomine al verla.

– A- t-tu... oh, vaya... estás... – Una carraspera, promesa de dolor. – Las dos, estáis preciosas...

Le ofrece el brazo, no es necesario pero lo hace. Kise se aparta, un momento, aunque acaba tomando el otro lado como suyo, y la escolta, llena de orgullo, hasta su destino.

…...

Dentro del coche está a punto de despegar. Su muslo baila en un temblor infinito.

Mira fuera, dentro, sus uñas, de un rojo intenso. Las flores en el trasero del vestido se le clavan como puñales, suspira, aprieta la mandíbula.

– Taiga... tranquila hija. – Su madre sentada a su lado, entiende sus nervios. – Aún es pronto, faltan veinte minutos.

– Quiero salir, desde fuera podré ver si viene. – Mira, suplicante, a la pelirroja a su lado. Su padre delante, en el lugar del conductor, un chaqué ya que es el padrino, elegante, por supuesto.

– Vendrá, es una chica estupenda, y te quiere, solo tranquilízate, haz caso a tu madre. – Una sonrisa, de alguien que ya se ha visto en esa situación.

Cruza las piernas, las descruza, el maldito vestido tiene muchas capas, quiere bajarse, otear la calle.

Toca las rosas en su pelo, sobre la oreja, dos blancas, y dos rojas. Siguen frías, frescas. Suspira, está de los nervios.

– No te toques el pelo, estropearas el peinado. – Su madre la regaña, como si fuera una niña, y eso que está a punto de casarse.

Es ella quien estira el cabello de sus sienes hasta arriba, coloca y recoloca las rosas, sigue la cascada de ondas hasta la mitad de su espalda.

El lazo de satén que ciñe el corset a su torso se le hace mas apretado según pasan los segundos.

A sucumbido al vestido corte sirena, aunque lleva unas zapatillas bajo la larga falda. Suerte que sus pies no se ven.

– No te toques, hija. – Su madre retoca el rojo de sus labios, delinea con el pañuelo y limpia sus yemas en el mismo gesto. Mira fuera, sonríe. – Ya está aquí.

El coche se detiene un poco mas adelantado que el suyo. Se inclina hacia delante, entre los asientos, mirando ilusionada por la luna delantera.

Ve a Kise, salir y rodear el coche y abrir la puerta trasera.

Se sorprende al ver los pequeños pies de Kuroko enfundados en unos tacones tan altos, y sus piernas libres de tela. Ve el velo, sus cabellos recogidos, el vestido; ella.

Tan hermosa, preciosa... Tetsu.

Ya no va a esperar mas, abre de un tirón y sale. Menos mal que su madre, conociéndola como la conoce, desplaza la cola del vestido con ella para que salga al mismo tiempo.

Tentada de correr hasta ella, se contiene, la espera en la acera.

Todos los invitados mirándolas, a la expectativa mas feliz.

– Llevas flores. – Kuroko puntualiza algo evidente.

Hay rosas, no solo en su pelo, también en su vestido. Su ramo también es de rosas, rojas y brillantes.

– Y tu tacones. – Le saca la lengua, eleva el borde de su propio vestido, enseñándole las zapatillas.

Una sonrisa compartida.

Es maravilloso que Kuroko aún se sonroje a pesar del tiempo, y de las cosas que han vivido juntas. A estas alturas, ya no debería sorprenderse, pero lo hace.

Sigue igual de adorable, de mona y preciosa que la primera vez que la vio, enfurruñada por su intrusión.

– Sí quiero, venga, vámonos . – Kagami toma su mano, y la besa en un gesto rápido, pasando parte de su pintalabios a los labios contrarios.

– No podemos hacer eso, sería muy grosero. – Tetsu la obliga a quedarse un poco mas, prolongando el beso hasta que ella decide que ha terminado.

– Bien, pero solo por que tengo hambre... y ya hemos pagado el banquete. – Kagami bromea, abrazándola con fuerza. – Y por que estás tan preciosa que quiero que todo el mundo se muera de envidia.

– Tonta... – Murmura, de nuevo roja, dándose cuenta de que todos las miran, sonrientes.

…..

La ceremonia es corta, concisa. Preguntas de rigor, firmas, anillos, el beso, por supuesto.

Nada del otro mundo, ellas se quieren, todos lo saben, tampoco hace falta recrearse.

Lo mejor es la celebración, comida, música, risas; muchas risas.

Y Kise borracha, eso también es bueno.

….

Kagami se adelanta, es tarde pero en la recepción las esperan.

Kuroko lleva el velo hecho un gurruño en el brazo, sus zapatos cuelgan del meñique, sus pies aliviados de liberarse al fin de la tortura. Gracias al cielo que el hotel tiene una mullida alfombra por todo el suelo.

La suite nupcial en la última planta.

El ascensor es solo un anticipo. Atrapada contra el cristal que muestra la ciudad a sus espaldas, Kuroko deja caer los zapatos al suelo.

Se pierde en el beso que le regalan, sabe a tarta, a champagne, a perfume, a rosas, a ella...

Alguien sube, dos plantas antes de llegar. Se separan, muy a su pesar.

Kuroko recupera sus zapatos, una sonrisita...

Por fin la planta correcta. Una fría despedida y una espera, eterna espera mientras la puerta del ascensor quiere cerrarse.

Solo hay una puerta a sus espaldas, y no esperan que nadie las invite.

Kagami la atrapa contra la puerta en cuanto dan un paso dentro de la habitación. Nada de mirar dentro, curiosear que es lo que tienen a su disposición. Tienen otra necesidad mas apremiante.

De rodillas frente a ella, ya el peinado no importa. El anillo en su dedo le dice que es suya, para siempre, y que no piensa soltarla por nada del mundo... o quizá solo es un trozo de metal, un adorno inerte en sus dedos.

Levanta las capas de tela y se pierde dentro.

Si hay un lugar perfecto para perderse es ese, bajo su falda, entre sus piernas, en el tacto del pequeño trozo de tela que cubre su intimidad.

Huele tan bien, y es tan incitante, tanto.

– Vamos a la cama. – Suplica, bajito, en un susurro.

Si Taiga la ha escuchado o no, solo lo sabe ella, por que la ignora, desliza las braguitas por sus piernas y sostiene una de sus piernas en el hombro.

No sabe si es por el alcohol que han tomado en la boda, o que, pero cuando siente los labios de su, ahora esposa, cálidos, ardientes sobre su intimidad, todo parece tener sentido.

O no.

Golpea la puerta con la cabeza, tratando de contonearse contra ella, hace equilibrio solo con una pierna, moviéndose contra ella, alejándose al mismo tiempo, encontrando la puerta como un límite que no puede traspasar, ni quiere.

Se sacude con el cuerpo entero, grita, una vez, otra. Levanta la falda con las dos manos y le agarra la cabeza con ella, trata de apartarla, salirse con la suya, ir a la cama.

Imposible.

Acaba en el suelo, la falda levantada, piernas abiertas, la vergüenza en el pasillo.

A estas alturas han hecho el amor un millar de veces, a pesar de eso, aún siente que el calor es nuevo cada una de las veces, que cada orgasmo no es si no un primer paso de un largo camino a su lado, cada beso trae una promesa enredada en el tacto.

– Te quiero. – Surge, en un suspiro. No se ha dado cuenta pero es la primera vez que lo dice.

Quizá no suene tan romántico ni bonito en la postura en la que se encuentra, piernas abiertas, vestido en las orejas, pero si consigue que su esposa pierda la concentración en lo que hace, se apoye en los codos, la mire, sonriendo.

– He tenido que llevarte al altar para arrancarte la confesión. – Se inclina, muerde en el interior del muslo, pálido y liso, feliz de oírla. – Yo también te quiero Tetsu, ya lo sabes...

Ahora es un buen momento para la cama.

La habitación está pagada y es su noche de bodas, hacerlo en el suelo es un poco tonto... la verdad.

– Lo sé, pero ahora quiero que me digas como se quita esta cosa. – Tironea de su corset hacia arriba, el vestido de Kagami se mueve con ella, pero no sale de su cuerpo como espera.

– Hay una cremallera en alguna parte. – La coge en brazos, y buscan a tientas la cama. Tetsu manosea por todas partes, pero solo da con la punta de un cordón.

– Espero que sea esto. – Se las arregla para acabar sentada sobre ella, sus dos manos recorriendo abiertas toda la tela, quitando lazos, tironeando de ellos hasta sacarlos de los ojales.

Se detiene, mira su rostro.

Está tan excitada, tanto. No lo comprende.

– ¿Qué me haces que estoy así?. – Saca las rosas de su pelo, las deja caer. Rebusca entre los mechones las horquillas, también las quita. Sigue la línea de su rostro, por el cuello y el hombro. La besa, enmarcando su cara con las dos manos, pegándose a ella todo lo que puede.

– Solo quererte... nada mas. – Responde a sus besos, con el mismo ímpetu, la misma pasión y entrega.

Acaricia sus hombros, y ahí está, de nuevo.

El anillo en su dedo.

Kagami es suya, de nadie mas. Es su esposa, su vida, su futuro... la mejor amante del mundo, o quizá la mas creativa, pero suya... simplemente eso.

Te quiero, se torna mucho mas liviano entre jadeos.

Hacer el amor con sus vestidos de novia le da un toque místico, pero ninguna quiere pararse a buscar como demonios se quitan, y tampoco es que importe.

Saben como moverse, como acariciar y buscar el lugar exacto que hace gritar a la otra, suplicar por mas, reír por la sensación de plenitud, de vida en sus entrañas.

Metros de tela son movidos, a un lado, a otro. Horquillas en la cama, perlas sueltas, besos extraviados entre miradas, entre risas, entre promesas mudas de otro mas, un poco mas, todo.

Y se duermen, riendo, las braguitas de Kuroko en la puerta, junto a sus zapatos.

El mundo despertando, el amanecer iluminando el mundo, y dos novias en la cama, enredadas, sonrientes, enamoradas... juntas.

Ellas, vivas, felices.

– Ahora solo nos hace falta un hijo. – Murmura antes de dormirse, abrazada a ella, para siempre.

– De eso nada... – Responde adormilada Kuroko. – No pienso quedarme embarazada...

Y el sueño la acogió en sus brazos... una sonrisa en sus labios... y un destino que sabe guiñar un un ojo cuando debería cerrarlos del todo.

Se escapa, un beso dormido, inconsciente, que nace en el corazón y muere en el alma.

Y solo ellas, la cama hecha un desastre y el servicio de habitaciones tras la puerta.

El inicio de un nuevo día, de muchos que faltan por llegar...

Fin

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Suspiro... bien, tendría que estar con otra cosa, pero esto me rondaba en la cabeza y tenía que sacarlo de ella o me daría algo.

Espero que os guste.

Besitos y mordiskitos

Shiga san.

Y ahora si, esto es el final.