Los personajes no me pretenecen, son propiedad de la gran Stephenie Meyer, y la trama le pertenece a Lucy Monroe.

Capítulo 2

Edward trató de parecer inocente.

–¿Cómo? ¿Quién te lo ha dicho?

–¿Importa? La información es más lucrativa que el platino.

–¿De verdad pensabas que Pearson Property Developments podía ofrecerme una situación mejor que la que ya me ofrece tu empresa?

–El dinero no es tu única consideración, ni siquiera es la principal, o ya habrías aceptado mi oferta de empleo.

Era cierto. Habría ganado mucho más dinero trabajando para él como empleada.

–Así que ¿pensabas que podía gustarme el Medio Oeste y aceptar la oferta de empleo de Pearson? –no podía creerlo y se le notaba en la voz.

–No sólo te han ofrecido un empleo.

–No, también un contrato para varios proyectos que tienen en el oleoducto para los próximos dos años –seguiría por su cuenta, pero con la seguridad que siempre había soñado.

Si vivir tierra adentro y sin un restaurante oriental decente era lo que realmente quería. No lo era. Le gustaba demasiado la activa y cosmopolita ciudad de Seattle.

–Me he acostumbrado demasiado a la vida de la gran ciudad. El único restaurante tailandés que he visto lo llevaba un hombre llamado Eric que piensa que un buen curry va con una mazorca.

–Así que no vas a aceptar el contrato.

–Si lo hubiera hecho, habría sido imposible hacer este trabajo. No iba a rechazar la oportunidad de decorar un complejo en el paraíso por redecorar unas oficinas.

Una de las cosas en las que había disentido de Jake era en su necesidad de crear, no de recrear. Para Jake la última razón siempre era el dinero. Mientras que ella al mismo tiempo que anhelaba la seguridad necesitaba tener la oportunidad de ejercitar su vena artística.

–Me alegro.

–Bien –sonrió.

–También estoy contento de que estés aquí ahora –para alguien como Edward eso era mucho reconocer.

Eso merecía una recompensa, y la misma sinceridad.

–Ídem.

Él hizo un sonido cargado de sensualidad, casi un rugido, antes de darle un beso abrasador.

Lo había echado de menos, mucho. Ser acariciada, abrazada. Se había acostumbrado a verlo con frecuencia, así que se entregó al beso sin la menor resistencia. Adoraba cómo hacía él el amor, podría entregarse a aquello durante horas. Y por el modo en que sus labios se movían, parecía que él también.

Sintió que la levantaba y después que estaba a horcajadas sobre sus muslos con la falda en las caderas. El colchón era lo bastante firme como para sostenerlo sentado.

Después todo lo relacionado con el trabajo desapareció de su cabeza y se concentró en lo único que importaba, la sensación de ser abrazada y besada por el hombre más asombroso del mundo.

Sus bocas encajaban a la perfección. Y sabía como pensaba que sabría el cielo. Profundizó el beso, pero sin sensación de urgencia, diciéndole en silencio que tenían todo el tiempo del mundo. Era el único hombre que había conocido que trataba los besos como un fin en sí mismos.

El beso se interrumpió un momento y le acarició con los labios la mejilla y la sien. Ella sonrió satisfecha porque parecía que no sólo había echado de menos el sexo con ella, sino también la conexión que había entre ambos.

–Me sorprende que no me hayas arrancado la ropa después de seis semanas –susurró ella.

Entonces un pensamiento helador le pasó por la cabeza: igual no llevaba seis semanas sin sexo. Quizá por eso estaba tan relajado. Nunca se habían comprometido a la monogamia. Aunque parecía echarla de menos tanto como ella a él.

–Me he mantenido ocupado con el trabajo. Con Jasper trabajando menos para estar con Alice, ha habido mucho que hacer –la besó entre palabra y palabra–. Aunque hubiera estado en Seattle, apenas te habría visto en estas seis semanas.

Lo que implicaba que tampoco había estado con otra. Debería haberlo sabido, porque si algo caracterizaba a Edward era su brutal sinceridad. Se lo había advertido cuando habían firmado su acuerdo de trabajo y le había dicho que esperaba de ella que supiera manejar la franqueza. Se refería a los negocios, pero tenía la sensación de que era igual en lo personal.

Después, cuando se habían hecho amigos, había tenido pruebas de ello. Así que ¿por qué seguía buscando pruebas de lo contrario ahora que tenían una relación más íntima?

Edward echó la cabeza hacia atrás y la miró con expresión sarcástica.

–Jasper es una fuerza de la naturaleza. Hemos tenido que reestructurar la oficina central por completo, ascendido a varias personas a posiciones de mayor autoridad y contratar a otros y entrenarlos para que ocupen las vacantes.

–Y a ti te ha tocado la mayor parte.

Los signos del cansancio estaban a la vista y le sorprendió que le hubiera llevado tanto tiempo darse cuenta. La delicia de estar en su compañía era la única excusa.

–Vale la pena por verlo tan feliz –había algo en su tono entre la envidia y la tristeza.

–No me puedo imaginar a Jasper enamorado –fue lo único que pudo decir ella.

–Sólo lo has visto unas pocas veces.

–Y siempre ha sido igual. Intenso, concentrado, casi adusto –no había ningún casi, pero no quería ofenderlo llamando a su mejor amigo robot emocional.

–Alice le hace reír.

–Realmente tiene que estar enamorado –no se podía imaginar a Jasper riendo.

–Sí.

Lo dijo en un tono que no supo interpretar, pero le preocupó. Se deslizó por su regazo hasta hacer que las bragas de seda que llevaba se colocaran sobre el duro bulto que había bajo su cremallera.

Fuera lo que fuera lo que él tenía en la cabeza, no aplacaba en absoluto su deseo por ella.

Necesitaba relajarse y olvidarse de Withlock & Cullen por un momento. Sabía cómo ayudarle en eso. Se inclinó hacia delante y, rozándole los labios, dijo:

–Se acabó la charla, Edward.

–¿Tienes algo mejor que hacer con mis labios?

–Absolutamente –silabeó sobre sus labios haciendo de cada sílaba una caricia.

Edward tomó el control del beso durante unos torturadores minutos que ella sabía que no se alargarían mucho. Se meció sobre él haciendo gemir a los dos.

Una de las cosas que más le gustaba de hacer el amor con ese hombre era lo totalmente que se entregaba a ello. Y lo mucho que disfrutaba cuando ella hacía lo mismo. Nunca le había hecho sentirse extraña por disfrutar del sexo. Jake con frecuencia había hecho comentarios sobre su conducta en la cama, poniendo riendas a su entrega. Y después había tenido el valor de decir que todos los hombres eran infieles porque no podían conseguir lo que necesitaban de una sola mujer. Especialmente de sus esposas. Jake no había estado preparado para recibir lo que ella podía darle. Edward, por el contrario, jamás la hacía sentirse sucia por entregarse a lo físico. Su pasión ni le intimidaba ni le disgustaba, a ningún nivel.

Porque la pasión de él era igual de abrasadora. No fingía. No era un hombre preocupado por las apariencias, como su ex marido. A Edward no le preocupaba arrugar o manchar la ropa cuando se entregaba a la pasión. Como en ese momento. Era evidente por el modo en que acariciaba y respondía que no pensaba en nada más que en el placer mutuo, el modo en que sus cuerpos se movían con una necesidad primaria. No estaba en su naturaleza de depredador permanecer pasivo mucho tiempo. Y esperaba llena de adrenalina que hiciera su siguiente movimiento.

No la decepcionó. Se dio la vuelta y la tumbó en la cama bocarriba. Se colocó sobre ella. Un escalofrío de atávico placer recorrió su espalda y terminó en el centro de su feminidad.

Jamás se lo diría, pero adoraba que su sofisticado amante se volviera un troglodita. Su gran cuerpo se frotaba contra el de ella, sus manos estaban en todas partes, pero también lo estaban las de ella. La tocó por encima de la ropa, después le levantó la blusa con un rugido contenido en el pecho. Sus masculinos dedos recorrieron su vientre antes de desplazarse hasta sus pechos y caer sobres los pezones.

Su cuerpo se meció en contra de su voluntad mientras punzadas de deseo la atravesaban tensando sus músculos. Si no la penetraba pronto iba a perder la cabeza. O tomar las riendas.

Entonces una de sus manos se deslizó entre sus piernas y el dedo pulgar se detuvo exactamente donde tenía que detenerse y empezó a acariciar su hinchado clítoris a través de la seda.

El placer creció a la velocidad de la luz y sintió que el orgasmo tomaba posesión de ella antes de haber tenido tiempo siquiera de anhelarlo. Había sentido el deseo de ese momento desde la última noche que habían pasado juntos seis semanas antes.

Sus voraces besos se tragaron su grito de placer. Un placer que siguió y siguió hasta que secó toda su capacidad de pensamiento. Entonces el dedo se apartó y ella quedó flotando en una neblina de saciedad. Temporal, porque sabía que no había terminado, ni de lejos.

El ruido de la funda de un preservativo al rasgarse se filtró en su conciencia, pero no miró. Todo estaba borroso por el placer. Fue sentir que le quitaba las bragas lo que consiguió que recuperara la atención. Sintió que los músculos del interior de su cuerpo se tensaban fruto del deseo. Edward presionó y la abrió con su miembro cubierto de látex.

Ya estaba dentro de ella, su largo y erecto sexo la llenaba como el de ningún otro hombre.

La miró desde arriba con los ojos negros de deseo.

–¿Bien?

Ella respondió alzando la pelvis para recibirlo más profundamente. La sensación de la punta presionando desató otro orgasmo, ése más interno que el anterior, una intensa contracción de su vientre que se movió entre el dolor y el placer.

Aunque creía que no había hecho nada que mostrase su placer, un brillo de delicia llenó los ojos de él. Y entonces empezó a moverse con un ritmo que demandaba la participación de los dos y hacía que una y otra vez recibiera descargas de un intenso y eléctrico placer.

Se movían juntos con una urgencia que no se podía negar. En pocos minutos separó sus labios de los de ella y rugió de placer mientras los músculos de ella se contraían sobre él en un tercer orgasmo provocado por la presión de su erecto sexo contra el punto G.

Edward dijo una palabra de cinco letras.

–Prefiero la expresión «hacer el amor» –dijo ella agotada sintiendo su cuerpo sin fuerza por el abrumador cataclismo que había sido su acoplamiento.

–Ha sido increíble –dijo él después de una carcajada.

–Ésa es otra palabra para describirlo –miró sus cuerpos. Estaban prácticamente vestidos, la ropa apartada sólo lo estrictamente necesario para hacer posible el acoplamiento–. Y también como si hubiera sido un temblor de tierra.

–Ésas son más palabras.

–Y dos más para ti: aún vestido.

Su vista recorrió el camino que había seguido la de ella y dijo con los ojos muy abiertos:

–Increíble.

Pareció tan conmocionado como lo estaba ella, lo que le pareció muy divertido y se echó a reír. Pronto la risa de él se unió a la suya y tuvo que quitarse el preservativo antes de salir de encima de ella. Se puso de pie y tiró el preservativo antes de quitarse los pantalones completamente arrugados.

–Me preguntó qué pensarán de esto en la lavandería.

–¿De verdad te importa?

–No –terminó de desnudarse y empezó con la ropa de ella–. Las bragas están para tirarlas, pero creo que en la lavandería podrán salvar la falda.

–Podrías tener la decencia de hacer que parece que lo sientes.

–¿Por qué? ¿Qué son unas bragas en comparación con el placer de que hemos disfrutado?

–Eran mis bragas favoritas.

–¿De verdad? –la miró con gesto de incredulidad–. No recuerdo habértelas visto antes. Nunca. Y creo que tengo un buen conocimiento de los deliciosos trozos de tela que eliges para cubrir el más excitante espacio de tu cuerpo.

–Embaucador –fingió un gesto de disgusto–. Las compré ayer.

–Entonces ¿cómo podían ser las favoritas?

–Eran mis nuevas favoritas.

–Bueno, ahora son basura –dijo sin parecer preocupado en absoluto.

Lo que le gustó, mucho. Aunque aún no estaba dispuesta a dejar el juego.

–Pensaba que te gustaban.

–Así era. ¿No te has dado cuenta?

Se echó a reír y dijo:

–Sólo voy a perdonarte porque he tenido varios orgasmos.

–Por lo menos tres. Y en poco tiempo. Eso me hace preguntarme qué puedo hacer con toda la noche.

Lo que hizo fue hacer el amor con ella hasta que quedaron exhaustos casi al amanecer... y no antes de tres orgasmos más.

Durmieron hasta bastante avanzada la mañana cuando se entregaron a un decadente desayuno almuerzo. Después se fueron a la Acrópolis. Había visto un vídeo sobre las ruinas, pero nada la había preparado para cómo se sintió en el centro de lo que muchos decían eran los cimientos de la cultura occidental. Quizá no todo el mundo reaccionaba como lo hizo ella, pero experimentó una sensación de plenitud. No podía dejar de contemplar el Partenón completamente asombrada. Cuando le habló a Edward de ello, no se echó a reír como habría hecho Jake. Sólo asintió serio.

–Esto no es sólo un montón de piedras bien colocadas. Estamos en medio de la historia. No puedes pasar de largo ante algo así.

–Por eso tus proyectos son tan especiales, ¿no?

–¿Por qué reconozco la historia cuando la veo? –preguntó divertido.

–Porque reconoces el sabor único de cada sitio y en ligar de cambiarlo, lo realzas.

Muy pocos promotores sabían hacer eso y ninguno con más éxito que Withlock & Cullen.

–Jasper y yo aprendimos a reconocer lo bueno en donde lo hay –enlazó los dedos con los de ella y le dedicó una mirada que decía que no sólo hablaba de proyectos empresariales.

–¿Incluso en el orfanato? –preguntó con suavidad.

–Admito que yo allí vi más cosas buenas que Jasper.

–No me sorprende.

Él se encogió de hombros.

–Ése es todo un talento. Me gustaría haberlo tenido a mí de niña –así habría llevado mejor mudarse tanto como lo había hecho su familia–. Diablos, no me importaría tenerlo ahora.

–No desprecies tu fortaleza. Es una de las primeras cosas que admiré de ti.

–¿De verdad?

–Completamente. Cuando miras una propiedad, no ves lo que es, sino lo que podría ser.

–Eso no es lo mismo.

–No, pero surge de la misma actitud.

–Entonces, ¿por qué fui una niña tan triste? –se sintió idiota preguntando eso. Ya era mayor, la niña que encontraba traumatizante cambiar de casas y de colegio cada dos años ya no existía.

–No fue la incapacidad de encontrar lo bueno en cada nueva situación a la que os llevaba la carrera militar de tu padre lo que te hizo infeliz. Fue el encontrar tanto que amar y de lo que disfrutar en cada sitio nuevo del que luego te arrancaban con cada cambio de destino.

Bella notó que de pronto se le quedaba la garganta seca. Edward había acertado completamente. Cada vez que habían encontrado su lugar en el mundo, era arrancada de él.

–Muchos niños han crecido así –dijo sin ceder.

–Eso no lo hace más fácil para cada uno de ellos. Había más de dos docenas de niños en el orfanato en el que me abandonó mi madre. Eso no hizo mi situación más fácil de aceptar.

–¿Tu madre te abandonó en el orfanato?

Edward caminó hasta un punto desde el que se veían el Arco de Adriano. Aún la llevaba de la mano. Era como si la única conexión que tenía con el presente fueran los dedos de ella. No podía creer que le hubiera contado eso. Jamás se lo había dicho a Jasper. Aun así, sabía que en ese momento iba a contarle la verdad a Bella. Quizá no toda, pero sí una parte. Y no sabía por qué.

–¿Cuántos años tenías? –preguntó tras un sombrío silencio.

–Cuatro, casi cinco –la miró para medir su reacción de tierna amante.

Ella no lo decepcionó. En sus ojos azules se reflejó el impacto.

–Pensaba que serías un bebé o algo así.

–No. Mi madre era prostituta –de nuevo una sensación de extraña irrealidad lo llenó–. Uno de sus clientes se enamoró de ella y quería casarse, pero no quería una vida que le recordara lo que era antes de que se conocieran.

Como adulto, casi podía entender esa conducta. No perdonarla, pero sí entenderla. Como niño que había adorado a su madre, lo único brillante en su corta vida, la única persona en la que había encontrado aceptación y amor, no había sido capaz. Ni su mente de niño ni su corazón, que había convertido en roca impenetrable, habían sido capaces de comprender lo que su madre había hecho, tampoco la actitud de su marido.

El hombre había sido bastante amable con él las pocas veces que lo había visto antes de comprarle la libertad de Esme a su proxeneta, su padre.

–¡Pero eras su hijo! –casi se soltó de la mano por la impresión, pero él no la soltó.

–Mi madre venía a verme. Una vez al mes, pero aprendí a desear que no viniera.

–Porque nunca te llevaba con ella cuando se marchaba.

–No –daba lo mismo lo que lo hubiera deseado al principio.

–¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu madre?

–El mes pasado –pero no la había visto desde que se había escapado del orfanato con Jasper.

Bella lo miró fijamente con los ojos brillantes por la emoción y sin poder decir nada.

–Contacté con ella después de ganar mi primer millón. Se alegró de oírme.

–Parece como si eso te sorprendiera.

–Así fue. Aunque ahora era rico, no había ninguna garantía de que quisiera algo que le recordara su pasado.

–Pensaste que dinero era todo lo que podías darle.

Claro. Nunca había conocido a ninguna mujer que no apreciara los regalos en metálico.

–¿Por qué iba a pensar otra cosa?

–Se alegró de que estuvieras bien, ¿verdad? Seguro que lloró la primera vez que llamaste.

Esa vez y casi todas las demás.

–Tienes razón –aunque no entendía por qué.

Si su desaparición hubiera sido tan dura para su madre, seguro que no lo habría dejado en el orfanato. Aun así, no lo había abandonado por completo.

–Pagaba el orfanato para que me cuidaran –había averiguado eso cuando él había hecho su primer donativo mucho antes de amasar su primer millón.

Ésa había sido la razón por la que había contactado después con ella. Si no hubiera sabido que ella había intentado que tuviera los mejores cuidados, creía que jamás la habría buscado. Pero nada podría alterar el derrotero que habían tomado las cosas con su padre.

–¿Vas a ir a verla mientras estemos aquí? –preguntó

Bella con voz estrangulada.

–No.

–Claro, perdona –pasó de estar al borde de las lágrimas a la vergüenza–. No hay ninguna razón para que lleves a tu amiga a ver a tu madre.

–No es eso. Le gustarías –¿cómo no? Bella era una mujer encantadora–. Es que no tengo intención de verla.

–¿Qué? ¿Por qué no? Seguro que tenemos tiempo. Incluso si vive en otra isla. Podemos saltarnos lo de hacer turismo.

–Vive en Atenas. Le compré una casa en Kifissia –la distancia entre ese barrio y el que había nacido él era de varios kilómetros.

–Según lo que he leído en la guía, ésa es la zona de élite de la ciudad.

–¿Es eso lo que dice?

–Bueno, algo así.

–Es cierto, los ricos han vivido en Kifissia durante generaciones.

–Y le compraste una casa a tu madre allí.

Se encogió de hombros. ¿Qué quería ella que le dijera? Había querido regalarle a su madre una ruptura física con su pasado.

–Y aun así no vas a ir a visitarla.

–No –confirmó.

–Pero...

–Hace más de veinte años que no la veo, Bella.

–Pero has dicho que has hablado con ella el mes pasado –dijo confusa.

La besó. No apasionadamente, pero no pudo resistirse a la inocente incomprensión de su rostro.

–Era su cumpleaños, así que hablé con ella.

–¿La llamas una vez al año, por su cumpleaños?

–Sí –el primer año después de recuperar el contacto había cometido el error de preguntarle qué quería para su cumpleaños.

Se había hecho a las costumbres de Estados Unidos. Y había querido tener una excusa para regalarle algo bonito, algo que le demostrara a ella y al hombre con quien se había casado que él no era un bala perdida después de todo. Ni el cachorrillo débil al que habían abandonado.

Pero su madre no le había pedido un bolso de diseño, ni una televisión nueva. Sólo le había pedido una cosa: que la llamase una vez al año por su cumpleaños para así poder saber que estaba bien. Podía seguir sus éxitos en los periódicos, pero seguía llamando. Una vez al año.

–¿Te llama ella?

–Le he pedido que no lo haga a menos que haya un problema con alguno de mis hermanos.

–¿Tienes hermanos?

–Un hermano y una hermana. No lo son del todo, pero me siento algo responsable.

–¿Qué edad tienen?

–Rose veintinueve. Está casada con un buen hombre y tiene tres críos.

Tenía seis años menos que él y había nacido año y medio después de que lo mandaran al hogar infantil.

Su madre se había saltado visitarlo ese mes y el siguiente. Él había pensado que se habría cansado de ir a verlo, pero había vuelto con una hermosa niña.

–¿Conoces a los niños?

–Sí, Rose insistió.

–Lo dices como si no entendieras el porqué.

–Soy el hijo bastardo que su madre dio a luz cuando vivía de un modo que querría olvidar. Mi hermana ni siquiera se acuerda de mí. Era demasiado pequeña la última vez que la vi.

–¿Tu madre la llevó a las visitas?

–Sí.

–Eso fue cruel.

Se encogió de hombros. Desde su punto de vista había sido mucho más cruel cuando había dejado de llevarla. Habría podido pensarse que tendría celos de la niña, pero él la había adorado desde el principio. Le había dolido mucho cuando el marido de Esme le había dicho que no la llevara.

Pero del mismo modo que su madre había sido sorda a sus ruegos de que lo llevara con ella, lo había sido a sus peticiones de que llevara a su hermana.

–Pensaba que ella era lo más asombroso que había visto nunca. Estaba sobrecogido con ella.

–¿Qué pensaba ella de ti?

–No lo sé. Su padre no quería que preguntase por mí, así que mi madre dejó de traerla a las visitas. A mi hermano lo trajo también sólo de muy pequeño para que no preguntara tampoco.

–Claramente no quieren olvidarte. No si tu hermana insistió en que conocieras a sus hijos.

–Me ocupo de ellos –incluso su corazón de piedra se conmovía con esos pequeños que le llamaban «tío Eddie».

–¿Crees que ésa es la única razón por la que quieres relacionarse contigo?

–¿Por qué si no?

–Quizá por la misma que yo lo quiero incluso aunque no trabajara para ti –¿cómo podía ser tan poco consciente de lo que valía él?

–¿Querrías?

–Sí.

No la creyó, pero apreció el sentimiento.

–¿Tu cuñado trabaja para ti? –preguntó Bella.

–¿Cómo lo sabes?

–Has dicho que te ocupabas de ellos. ¿Tu hermano también trabaja para ti?

–No. Es brillante a nivel académico. Acaba de terminar el doctorado en Física.

–Déjame adivinar... le has pagado los estudios.

–Naturalmente.

Lo rodeó con los brazos y lo besó con más ímpetu que lo había hecho él un momento antes.

–Eres un hombre impresionante, Edward Cullen.

Negó con la cabeza, pero no era idiota. Le devolvió el beso y disfrutó del momento mientras duró, preguntándose qué tenía mal en la cabeza para haberle contado todo eso. Quizá una amiga con sexo no era tan buena idea después de todo. No podía amarla y esa apertura podía darle a ella una impresión equivocada.

Lamento no haber podido actualizar, antes, la verdad es que el colegio no me da tiempo para nada.

Bueno, espero que les gute el capi

besos

PD: Recuerden que sus comentarios me hacen muy feliz. XD