"La Familia del Oeste"

CAPITULO IV "ROSTROS NUEVOS, PLANES NUEVOS"

-¡No son más que unos miserables inútiles! –gritó furiosa lanzando una copa de vidrio en contra de un tembloroso youkai murciélago.

-Lady…Lady Yasura, por favor…permítame explicarle…

-¡Cállate de una vez!... ¡Tanta incompetencia me enferma! –la hermosa Tori youkai caminaba de un lado a otro del salón, destilando veneno con su mirada.

-Le ruego me disculpe, mi Señora…pero si tan sólo usted me escuchara

-¡¿Y qué me vas a decir, imbécil?!... ¡Es muy obvio lo que ha sucedido! –Yasura volvió a exaltarse, acorralando contra la puerta al pobre demonio que no hacía más que sudar frío, se mantenía arrodillado desde que, totalmente agotado arribó al palacio del Norte, y hasta ese momento no era capaz si quiera de mantener la vista levantada por mucho tiempo.

-¡Todo sucedió demasiado rápido, mi Lady! –dijo en un intento desesperado por justificarse -¡Nosotros…nosotros no teníamos idea de que Lord Sesshoumaru se daría cuenta de nuestra presencia con tanta facilidad!

-¡Oh por favor, no me vengas con idioteces!... ¡Hasta el más inepto sabría la clase de olfato y oído que tiene un inu youkai! –exclamó aún más colérica. En verdad era increíble lo que estaba escuchando, mandaba a tres de sus sirvientes a realizar una tarea tan sencilla como vigilar al enemigo ¿y qué hacían ellos?, dejarse matar de la manera más ridícula y estúpida posible. Unos buenos para nada, eso era lo que tenía por subordinados.

-Pe…pero…,

-¡Se los advertí, se los dije a los tres antes de que partieran!

-Lo sé Lady Yasura...fue un grave descuido de nuestra parte…tanto que, Kima y Sato pagaron con sus vidas –el murciélago habló con pesar al nombrar a sus ahora difuntos compañeros, y más al recordar la bestial manera en la que el Lord del Oeste les había arrancado el aliento.

-Se lo tuvieron bien merecido…de cualquier forma, ya me resultaban inservibles –respondió con indiferencia, al parecer ya más calmada. Respiró profundo, levantó una ceja arrogante, tomó asiento detrás de su fino y amplio escritorio, y volvió a mirar a los ojos a su maltrecho sirviente cuando él retomó la palabra.

-Sato fue el primero en morir, gracias a él fue que nos descubrieron –continuó titubeando inconscientemente –Después, Kima fue capturado y…

-¿Capturado? –Yasura frunció el ceño, sobresaltada por la última parte del informe.

-B-Bueno…Lord Sesshoumaru lo atrapó con una especie de látigo que brotó de una de sus manos…

-¡¿Qué ocurrió entonces?! –volvió a gritar ella dando un manotazo sobre la mesa. Sintió una punzada en sus adentros y la sangre le comenzó a hervir –¡¿Kima fue capaz de abrir la boca?!...¡¿Ese traidor le dijo algo importante a Sesshoumaru sobre mis planes?!...¡Responde!

-N-No tengo idea, mi señora –el murciélago respondió, viendo con miedo la reacción que había mostrado la monarca del Norte. Temía por su vida, las palabras se le atoraban en la garganta formando un gran nudo que a duras penas le permitía continuar hablando –S-Sólo los dioses saben si ellos intercambiaron palabras…yo…yo únicamente huí de ese lugar…regresé allá cuando lo consideré prudente y fue cuando encontré los cadáveres de Kima y Sato sobre un charco de sangre…justo después retomé el vuelo hasta aquí.

La youkai no dijo nada inmediatamente, simplemente lo miraba con una increíble rabia contenida, como si estuviese asechándolo para lanzarse al ataque en cualquier instante; sus finas manos estaban apretadas en dos puños y su aura alrededor era tan roja como sus propios ojos.

-Quiero que te largues ahora mismo –musitó sin parpadear, comprimiendo aún más sus nudillos.

-¿Mi lady?...

-¡Lárgate de mi vista en este mismo instante o te juro que desearás haber muerto también en garras del maldito de Sesshoumaru! –y como si de un volcán se tratara, Yasura explotó. Se levantó violentamente de su asiento y le pegó una fuerte bofetada al youkai que tenía enfrente, mandándolo a estrellarse directamente contra el suelo. El demonio, como pudo se puso de pie, rápidamente se limpió la sangre que salió de una de sus fosas nasales debido al golpe y corrió hasta la salida de la habitación antes de que la furiosa mujer decidiera desquitar toda su furia sobre su pobre vida.

Una vez que estuvo a solas de nuevo, la Tori youkai resopló varias veces tratando de serenarse, se pasaba las manos una y otra vez por su rubia cabellera y rodeaba de allá para acá su despacho. Tenía que calmarse o no podría pensar claramente las cosas. Gracias a sus inútiles espías, ahora el Lord del Oeste seguramente estaría alerta ante cualquier ataque, eso sin contar con que quizás ya supiera algo de lo que planeaba realizar, no estaba completamente segura de eso, pero aunque así fuera, a esas alturas, ya nada ni nadie la haría retractarse ni echarse para atrás.

-Qué mas dá si te has enterado de algo, Sesshoumaru –mencionó para ella misma mientras se acercaba con pasos lentos hacia el enorme ventanal –Aún así, no podrás hacer nada por detenerme…pagarás muy caro por el dolor que me causaste, te lo juro

Suspiró una vez más, fijó su vista en la luna llena que se alzaba en el oscuro cielo nocturno, y una mordaz sonrisa se formó en sus delicados labios al recordar el rumbo que llevaba su cuidadosamente planeada estrategia.

FLASHBACK

La humedad de la cueva era latente, y a pesar de que afuera el sol de la mañana resplandecía en lo alto, aquel sucio lugar era tan oscuro y tan lúgubre como la misma noche. El recinto estaba inundando en telarañas y musgo, había varias mesas pequeñas de madera con algunas hierbas extrañas, frascos y morteros encima, velas largas y antorchas incrustadas en las paredes de piedra, pergaminos arrugados y amarillentos regados por el suelo, y justo al centro, sobre candentes llamaradas de fuego, un caldero gigantesco y humeante que despedía un hedor nauseabundo.

-Vaya, es un verdadero honor recibir a la mismísima Señora del Norte en mi humilde morada, sea usted bienvenida –una voz femenina, áspera y seca, resonó de repente. La monarca entrecerró los ojos, buscando discretamente el origen de aquel sonido.

En seguida, la encorvada figura de una mujer youkai decrépita y demacrada, apareció desde una esquina. Yasura al verla, no pudo sentir nada más que asco; aquella anciana era muy baja, la gran joroba de su espalda la hacía inclinarse más de lo necesario, su piel, magullada y marchita, era de un color gris enfermizo, casi del mismo tono que su largo y crespo cabello, tan enredado que seguramente más de un bicho y alimaña lo utilizaba de hogar, sus ropas estaban apolilladas, y sus ojos amarillos y saltones, parecían observarlo todo de manera perturbadora.

-Tú debes ser…Konoye, la vieja hechicera –la Tori youkai, aunque sintiendo un desagradable escalofrío recorriendo su espina, no dejó de hablar con su pronunciada superioridad.

-Así es –la bruja colocó una desdentada y siniestra mueca –¿En qué le puedo servir, Lady Yasura?

La aludida levantó el mentón y enarcó una ceja, recorriendo a la vieja mujer de pies a cabeza con su mirada, luego resopló y le dedicó una diminuta sonrisa torcida.

-Los rumores dicen que tus poderes son grandes…que puedes realizar cualquier clase hechizo y conjuro de forma efectiva… ¿Es eso verdad?

-Por supuesto que sí, su alteza –Konoye realizó una reverencia y después hizo un ademán con sus huesudos brazos, invitando a la demonesa a tomar asiento en una de las maltrechas sillas que había junto al caldero –Tan sólo dígame qué es lo que desea conseguir, y yo haré que llegue a sus manos.

Lady Yasura se mantuvo inmutable, con sus orbes color rubí clavados en la vieja bruja. Chasqueó los dedos, llamando así la atención de los dos soldados que la acompañaban; ellos entendieron la orden y de forma inmediata, colocaron un elegante y suave almohadón de seda en el taburete donde su Señora se sentaría en aquel momento.

-Seguramente Konoye, estarás enterada de las controversias políticas en las que los cuatro reinos nos encontramos inmersos –la anciana youkai asintió –Bien…lo que quiero es muy simple

-Ha venido entonces, porque desea que yo le haga conocer alguna manera fácil de salir vencedora en la guerra…supongo.

-Supones mal, apoderarme de inútiles tierras y derrocar ejércitos débiles, no me interesa en lo absoluto….lo que realmente quiero, es la agonía de un solo enemigo.

-¿Uno solo?... ¿De quién se trata?

-Sesshoumaru del Oeste –Yasura habló firme, elevando su tono de voz al pronunciar aquel nombre. Konoye parpadeó con extrañeza, reconoció en su mente al susodicho y puso mayor atención a lo que la Tori youkai continuaba explicando –Tengo en cuenta su enorme fuerza, pero también sé que su punto más vulnerable es su repugnante familia, su mujer humana en especial.

-Una humana... –susurró la bruja pensativa, mientras caminaba alrededor de las mesas, tomando uno que otro frasco y examinando su contenido –Los hechizos me sobran para acabar con una vida terrenal como esa de la manera en que a usted mejor le parezca.

-Es por eso que estoy aquí –mencionó la elegante dama sin hacer ningún gesto, como si lo que estuviera diciendo fuese la cosa más obvia y natural del mundo –Mi plan no es simplemente asesinarla, sino hacer que viva sufriendo…que su aliento se agote poco a poco, y que Sesshoumaru lo observe todo en primera fila.

-¿Y no cree usted que Lord Sesshoumaru hará algo por detener todo eso? –dudó la anciana sin dejar de rebuscar entre pergaminos, hierbas y recipientes –No sólo en el Oeste es bien conocido su extraordinario poder y posesividad, le aseguro que acabará con todo aquel que intente desafiarlo a él o a los suyos…más aún si se trata de su esposa.

-Para eso necesitaré tu ayuda también –Yasura se puso de pie con elegancia, se acercó a Konoye, y resistiendo la repugnancia que le causaba la vieja youkai, colocó delicadamente una de sus blancas manos en el escuálido hombro de la bruja – Escúchame con cuidado, quiero que encuentres la manera de debilitarlo, sin llegar a matarlo…todavía –le advirtió –Únicamente evaporarás sus fuerzas de forma lenta, sólo lo suficiente para que sea capaz de resistir hasta ver la vida de su frágil mujercita escapando de sus manos.

La hechicera youkai dejó escapar una sonora carcajada, movió la cabeza en forma afirmativa mientras la Señora del Norte la observaba con insistencia, tratando de infringirle presión. Konoye no sabía el motivo que tenía Yasura para querer causar todo ese daño a Lord Sesshoumaru…pero tampoco preguntaría, el distinguir tanto odio en la mirada rojiza y el escuchar todas esas palabras cargadas de resentimiento, le advirtieron que no debía indagar más de la cuenta en ciertos asuntos, o todo acabaría mal para ella; además, francamente no le interesaba mucho aquello, por lo único que se preocuparía, era por sacar algo de provecho de esa valiosa situación que se le estaba presentando; después de todo, tener a la poderosa Tori youkai buscando la ayuda de una vieja bruja, era una oportunidad que no podía dejar pasar.

-Una vez finalizado lo anterior, mis tropas, junto con las de Lord Satoshi, se encargarán de acabar con Sesshoumaru y con el débil ejército del Lord del Sur de manera fácil –finalizó la joven monarca y agitó su rubio cabello con arrogancia. Ya todo comenzaba a encajar perfectamente, nada tenía por qué salir mal, Satoshi obtendría las tierras y el poder que tanto deseaba y ella…su tan ansiada venganza.

-Muy bien Lady Yasura, sé exactamente cómo lograr lo que quiere –Konoye sonrió de forma arisca, luego se tocó la barbilla y le dedicó a su invitada una mirada extraña, combinando un deje de falsa inocencia con codicia evidente mientras se encogía de hombros –Pero también espero que comprenda mi posición, yo soy una pobre anciana que ya no puede valerse por sí misma, y entenderá que al comprometerme con usted, pongo mi propia seguridad en un grave riesgo.

-¿Qué es lo que quieres a cambio, entonces?, ¿Oro, joyas?–respondió Yasura con impaciencia. Claro, ya se lo esperaba, aquella youkai decrépita tenía un precio, pero fuese el que fuese, ella estaba dispuesta a pagarlo con tal de que Konoye hiciera lo que pedía –Habla de una vez

-Como a usted, la riqueza material es algo que no llama mi atención…lo que una vieja como yo desea, es consumir juventud, adquirir fuerza, vida eterna.

-Hmmph –alzó una ceja –¿Y qué puedo hacer yo?

-Traerme dichas vidas, mi Señora…para usted debe ser muy fácil hacerlo, y yo me daré por bien servida al realizar el trabajo que me pide.

-Muy bien –accedió, en efecto eso le resultaba muy sencillo –¿Cuántas víctimas deseas?

-No menos de tres me serán suficientes…no importa la especie, youkai, humano o hanyou… simplemente deben tener una alma joven.

-Cuenta con ellas –Yasura sonrió amplia y perversamente, sabía exactamente dónde conseguiría el pago para Konoye –Y para demostrarte lo generosa que puedo ser con los que me muestran su lealtad, no sólo te traeré almas jóvenes, sino nobles y fuertes también, almas con sangre de la realeza.

-El trato está hecho entonces, mi Lady –la bruja rió de vuelva, contorsionando su rostro en un siniestro gesto. Inconscientemente se relamió la boca pensando en las suculentas presas que Yasura le brindaría y suspiró al imaginar toda la juventud y longevidad que les robaría.

FIN DEL FLASHBACK

La bella Tori youkai volvió a curvear sus labios al finalizar su reciente recuerdo. Aquella visita a Konoye había resultado muy satisfactoria; no sólo acabaría con la voluntad de Sesshoumaru al divertirse con la vida de su mujer, además había encontrado una vía productiva para deshacerse igualmente de sus cachorros. Sólo tenía que jugar bien sus cartas y todo saldría a pedir de boca.

La anciana hechicera le había dicho, que para hacer que el inu daiyoukai perdiera su fuerza, se necesitaba crear una especie de veneno que se debía introducir en el cuerpo del enemigo y éste se debilitaría con lentitud a medida que utilizara su energía; con eso no había mayor problema, tal vez aquella poción tardaría en realizarse, pero Konoye le había prometido tenerla lista para cuando Yasura se la solicitara. Y para incrustarlo en el organismo de Sesshoumaru, ya tenía pensada otra maniobra, pero se encargaría de eso en su momento.

En cuanto a lo otro, antes de atacar a "Lady Rin" de lleno, necesitaban saber, tanto Konoye como Yasura, las específicas debilidades que tenía la humana, sus más grandes miedos, la historia de su pasado, su presente y todo lo que albergaba en su débil corazón. La bruja había mencionado que para eso, llevaría a cabo un antiguo conjuro que les daría a conocer dicha información, desenvolviendo así la esencia de la joven dama del Oeste por completo; y lo mejor era que únicamente se requería de un ingrediente para logarlo, una gota de sangre fresca.

Yasura obviamente aceptó sin preguntar nada más, de esa forma tendría acceso a la humana sin siquiera acercarse a ella. Así que en cuanto estuvo de vuelta en su palacio, no esperó para mandar un pergamino explicando todo a Satoshi, quien después de razonar con cuidado las palabras de su aliada, estuvo de acuerdo en seguir cada uno de los pasos de aquella estrategia; al fin y al cabo, él sería uno de los más beneficiados sin tener que hacer gran cosa, además no tuvo que pensarlo dos veces cuando se le encomendó la misión de "visitar" a la preciosa e inocente mujer de Sesshoumaru. Para el "Dragón del Este", resultó una delicia esa tarea.

-Más vale que ese imbécil haga las cosas bien –murmuró Yasura viendo la luna, desconfiando de la eficiencia de su cómplice. No toleraría otro fallo semejante al que esos ineptos murciélagos recién habían cometido –No debe ser tan difícil obtener una mísera gota de sangre de esa asquerosa humana.

Hacían unos días de que el demonio reptil había salido rumbo al Oeste aprovechando la bien sabida ausencia de Sesshoumaru, no por nada habían estado vigilando su palacio desde lejos durante las últimas semanas, y ella esperaba que eso pudiera facilitarle el trabajo. En ese momento, todo dependía de Satoshi y de sus habilidades de manipulación; él debía hallar la forma de llevarle aquel suplemento vital. Tenía que conseguir la sangre de Rin a cualquier costo.

La demonesa suspiró una vez más dejando escapar su estrés y cerró la cortina del ventanal, ya no quería darle más vueltas a un asunto del cual tendría noticias pronto. Entonces, con un temple más relajado, caminó con parsimonia hacia su escritorio y abrió un pequeño cajón que se encontraba casi escondido, perfectamente camuflado por el color de la madera; imposible de ver para todos aquellos que no poseían la desarrollada vista de un demonio ave.

Yasura lo fue descubriendo poco a poco, haciendo que una delicada capa de polvo volara en el aire; una vez abierto, sacó varios pergaminos pequeños y rotos, podían distinguirse como cartas por los dos tipos de detalladas caligrafías que se encontraban plasmadas en el papel. Además de eso, extrajo también de la gaveta, una especie de retrato rectangular, se trataba de una pintura de tamaño mediano; la extendió sobre la mesa con impresionante cuidado, desarrugó las puntas amarillentas del papiro, y colocó una nostálgica expresión en su rostro.

-Ya estoy muy cerca de logarlo, mi amor –habló Yasura viendo la imagen del cuadro, pasando con ternura sus dedos por encima de las hermosas facciones masculinas que estaban exquisitamente plasmadas con tinta en el viejo lienzo. Una lágrima resbaló por su pálida mejilla; siempre le ocurría lo mismo cuando contemplaba el solo recuerdo que tenía del único hombre al que alguna vez había amado –Tu muerte no quedará impune, te lo prometí y voy a cumplirlo….Sesshoumaru se va a arrepentir de haberte arrancado la vida…no le perdonaré jamás el que por su culpa, tú ya no estés a mi lado…y así como él no tuvo piedad contigo, yo tampoco no la tendré con él, lo haré pagar con la misma moneda.

OOOOOOOOOO

Kagome suspiró con tranquilidad por tercera vez en ese día, se arrodilló despacio sobre el césped y con una sonrisa triste, acomodó un pequeño ramo de flores blancas sobre la lápida de piedra, después cerró los ojos, juntó sus manos y elevó mentalmente una oración hacia el cielo. Hacían ya varios años en que la querida anciana Kaede había sucumbido ante el ciclo natural de la vida, y la joven sacerdotisa no podía dejar de visitar su tumba una vez cada dos o tres semanas honrando así su memoria.

La joven mujer al terminar de rezar, realizó una reverencia a modo de despedida, enseguida se puso de pie y comenzó a caminar de regreso hacia la aldea, tenía muchas cosas por hacer aún y no quería que la mañana se le agotara tan pronto. Entonces justo cuando empezó a dar los primeros pasos, escuchó un claro y rápido aleteo que se acercaba cada vez más. Kagome levantó la mirada hacia el cielo y sonrió al ver al cuervo Saris volando deprisa hacia ella.

-¡Señora Kagome! –gritó el amable youkai al ver que la humana lo saludaba ondeando un brazo.

-Saris, pero qué gusto verte por aquí –respondió cuando el mensajero del Oeste aterrizó enfrente.

-El gusto es mío Kagome-san… dígame ¿cómo se encuentran todos?

-Muy bien, ya sabes, Taki y Unmei haciendo travesuras y mi torpe marido holgazaneando como siempre –la sacerdotisa se encogió de hombros retomando el camino hacia el pueblo mientras hablaba. Saris la siguió y soltó una que otra risa –¿Qué te trae por aquí?

-Pues, en realidad…son dos asuntos –continuó volando a la altura de ella –El príncipe Teishi me envía con una carta para el joven Taki…y además, si no es molestia, me gustaría hablar con usted y con el Señor Inuyasha sobre una cuestión que me tiene francamente preocupado.

-Por supuesto Saris…ven conmigo entonces –Kagome frunció el ceño instintivamente en claro desconcierto al escuchar la última frase, aunque después de unos segundos, volvió a acelerar sus pies a un ritmo constante.

La pequeña aldea se podía visualizar perfectamente desde lo alto de la colina por la cual descendían, y en menos de un minuto, la joven sacerdotisa y el youkai, ya se encontraban a pocos metros una pintoresca cabaña.

-¡Anda, préstamela sólo un momento! –una voz infantil e insistente fue lo primero que Saris escuchó al acercarse, y a juzgar por ese tono agudo, supo inmediatamente de quién se trataba.

-¡Ya te dije que no! –esta vez fue Inuyasha quien gritó y salió de la casa, seguido por una pequeña sombra que no paraba de rodearlo y jalarlo del haori. Kagome suspiró con resignación al ver aquella típica escena, esa mujer realmente merecía el premio a la paciencia.

-¡Oh vamos papá, prometo que la cuidaré! –volvió a insistir el chiquillo y colocó sus manos en la vaina de Tessaiga, tratando de arrebatársela a su querido padre.

-¡Con un carajo, que no Taki! –respondió sujetando su espada y alzándola en alto en un intento por apartarla del alcance del cachorro.

-¡Pero si ya me has enseñado a usarla!

-¡Aún no estás listo!... ¡Entiende!

-¡Arrggg sí lo estoy! –el pequeño era testarudo igual que su madre, y no iba a aceptar un no por respuesta tan fácilmente. Jugar con "Colmillo de Acero" por un rato no era mucho pedir ¿o sí? Así que, sin resignarse a perder esa discusión, dio un brinco alto y se lanzó hacia su papá haciéndolo caer al suelo con él encima.

-¡Enano… del demonio! –mencionó el pobre hanyou siendo aplastado por su hijo, quien a toda costa quería alcanzar el arma por más que Inuyasha estirara su brazo.

-¡Inuyasha, Taki, ya basta! –fue todo, el temple de Kagome había llegado al límite, y con una mirada mortífera, avanzó hacia los dos "niños" y colocó sus manos en las caderas -¡¿Es que acaso no se pueden comportar como personas decentes?!...¡Tan sólo salgo un momento y ustedes ya han comenzado una nueva guerra civil!

-¡Mamá, dile a papá que me preste a Tessaiga!

-¡No te voy a prestar nada, eres un cachorro todavía!

-¡He dicho que ya fue suficiente! –un grito más de la sacerdotisa hizo que ambos se mantuvieran quietos, como estatuas tumbados en el suelo.

-Lo siento mamá…es que, bueno yo… –el chiquillo se puso de pie, observó la expresión de su madre y prefirió quedarse callado mirando el césped como si éste fuese la cosa más interesante del mundo.

-¡Feh!... Es este niño mujer, es igual de necio y escandaloso que tú –resopló cruzándose de brazos.

-¡Inuyasha, SIÉNTATE! –sí, definitivamente el medio demonio aún tenía la mala costumbre de hablar antes de pensar, y como consecuencia terminaba siempre estampado en el suelo -¡Es el colmo, tú eres el adulto aquí, pero en lugar de poner orden, haces todo lo contrario!

-Vaya…parece que papá nunca aprenderá ¿verdad? –una jovencita salió de la cabaña cuando escuchó todo el alboroto que había afuera; y al ver la cara de susto de su hermano, la pose exasperada de su madre y a su progenitor enterrado en la tierra, no pudo más que emitir una risita burlona e irse a sentar sobre unos troncos para leña junto a la casa y así poder observar el espectáculo en primera fila.

-Buen día, señorita Unmei –saludó Saris a la chica, al parecer la señora Kagome estaba muy ocupada tratando de que su marido traspasara hasta el otro lado de la superficie, para recordar que el youkai cuervo se encontraba ahí.

-¿Qué tal, Saris? –Unmei le devolvió el gesto y se encogió de hombros –Disculpa todo esto, pero ya sabes que mis padres a veces son algo…bueno, tú me entiendes.

El amable demonio asintió con la cabeza a la vez que sonreía divertido viendo la escena. Aquello era algo muy típico de la familia del "Príncipe" Inuyasha, tanto, que al youkai volador no le parecía raro en lo absoluto, no por nada Saris llevaba ya muchos años yendo y viniendo de la aldea al castillo y del castillo a la aldea, trayendo mensajes, cartas, saludos y distintos paquetes. Y no importaban las cientos de veces que había viajado de allá para acá, nunca dejaba de sorprenderse del contraste que se vivía en los dos hogares. Aunque había algo que Saris afirmaba, algo que se percibía a primera vista en ambos sitios; Sesshoumaru e Inuyasha, a pesar de sus enormes diferencias en todos los sentidos, coincidían en una sola cosa. Para los dos hermanos, sus respectivas familias eran lo más importante, y cada uno la protegía y orientaba a su propia manera.

Sin decir nada más, se colocó junto a Unmei y aguardó, al fin y al cabo esas graciosas discusiones nunca duraban demasiado. Kagome continuaba amenazando a Inuyasha mientras él refunfuñaba cosas inentendibles; esa pareja era la misma de siempre, parecía que discutir todo el tiempo era para ellos, una forma extraña de demostrarse todo ese amor que se tenían. Él, seguía viéndose casi exactamente igual, quizá sus facciones se habían endurecido un poco por el paso de los años pero nada exagerado; lo mismo sucedía con ella, la adolescencia había quedado atrás para dar paso a una hermosa adulta joven. Kagome al igual que Rin, había pasado por un proceso de "transfusión" similar, cosa que le permitía envejecer con su marido de una manera más lenta que el resto de los humanos comunes, claro que su situación era diferente a la de la señora del Oeste, puesto que la sangre de un hanyou como Inuyasha, no podía tener el mismo efecto que la de un demonio completo como Sesshoumaru.

Saris continuó riendo y observando. Ésta vez se enfocó en el par de cachorros, los sobrinos del amo Sesshoumaru. Vaya que esos niños habían crecido desde la última vez que los vió, pero al igual que sus primos, tenían ese destello en la mirada que los identificaba como miembros de una misma familia.

La mayor era la linda y ocurrente jovencita Unmei, quien tenía un año más que el príncipe Yorumaru, si mal no recordaba. La chiquilla era delgada y alta, su lisa tez era bronceada, combinando a la perfección con el color castaño de sus ojos, idénticos a los de Kagome; su largo cabello siempre sujeto en una cola de caballo, tenía un color grisáceo, tal vez uno o dos tonos más oscuro que el de Inuyasha, además de portar por supuesto, las distintivas orejas perrunas sobre su cabeza.

Enseguida se encontraba el ruidoso y testarudo Taki, quien con sus escasos 11 años, ya sacaba a relucir todo el distintivo carácter de su padre. Aquel chiquillo era un caso algo extraño; su piel apiñonada, su cabello corto y completamente negro, su nariz respingada e incluso sus orejas, pequeñas y redondeadas, a primera vista lo hacían parecer como cualquier otro niño humano ordinario. Taki seguía siendo un hanyou, sí, pero su sangre youkai había sido diluida por los genes humanos, siendo éstos los más predominantes en su organismo. Y aun así, sus notables ojos dorados y sus pequeños colmillos, eran suficientes muestras de su gran linaje demoniaco.

-Disculpe…señora Kagome –el cuervo se acercó al aquelarre y trató de llamar la atención nuevamente.

-Oh Saris, lo siento mucho –la sacerdotisa lo miró con vergüenza y después le dedicó un fugaz vistazo de reproche a Inuyasha.

-No había podido saludarlo, príncipe Inuyasha

-Demonios, ¿Cuántas veces te he dicho que no me llames de esa manera, Saris? –Inuyasha resopló y frunció el ceño. Era cierto, su padre fue un poderoso Lord, técnicamente eso lo hacía a él un príncipe también, aunque nunca lo había querido reconocer, y dudaba que lo hiciera algún día. Simplemente porque no quería, no lo hacía sentir él mismo… pero ese molesto cuervo no parecía querer entenderlo.

-No las suficientes, señor –le guiñó un ojo.

-¡Feh!...A todo esto ¿Qué estás haciendo aquí, pajarraco?

-Tengo un mensaje para el joven Taki

-¿Para mí? –el aludido dio un salto y recibió con emoción la carta que Saris le ofrecía, enseguida la abrió y comenzó a leerla junto con su hermana.

Mientras tanto, el mensajero se acercó a la pareja, los miró insistentemente y comenzó a hablar con volumen bajo.

-Señores, me gustaría hablarles de algo muy serio… Seguramente ya estarán enterados de los problemas que existen entre los cuatro reinos.

-Sí, se habla mucho de eso por aquí, Miroku me envió una carta hace poco –contestó Inuyasha pensativo. Miroku, Sango y sus tres ya no tan pequeños hijos, ahora se dedicaban a exorcizar poblados como solían hacerlo en los días de antaño, y hacía un par de semanas en que la familia de "monjes exterminadores" había salido por una nueva misión –Dice que varias aldeas humanas temen que una guerra entre youkais pueda afectarles a ellos también.

-¿Sesshoumaru tiene algún plan? –preguntó Kagome, aunque era obvia la respuesta.

-El Lord del Sur le ha ofrecido una alianza pero mi amo ha ido a rechazarla

-¡Feh! Ese idiota...oye espera un segundo, ¿eso quiere decir que ha dejado a Rin sola en estos momentos?

-Eso es otro asunto que me inquieta –Saris asintió –Ví con mis propios ojos que Satoshi del Este, se acercaba camino al palacio.

-Escuché que el Norte y el Este trabajan juntos –mencionó la sacerdotisa una notable angustia –Rin puede estar en peligro

-Yo confío en mi Señora, sé que estará bien, todos la protegeremos y además el amo regresará en pocos días –dijo acercándose a Inuyasha –Aún así, sé que eso no será suficiente…nuestro ejército es fuerte, pero me temo que no podremos vencer solos, se vienen grandes batallas y el enemigo es poderoso, por eso… me atrevo a pedirle a usted que vaya y le brinde su apoyo al señor Sesshoumaru.

-¿Ayudarlo yo a él?...debes estar bromeando, es obvio que el tarado de Sesshoumaru nunca aceptaría apoyo de nadie.

-De nadie externo no, pero usted es su hermano…juntos vencerán sin dudas –Saris insistió, pero el hanyou sólo se cruzó de brazos y desvió la mirada.

-JA, como si fuera tan fácil…conozco a ese sujeto, primero moriría antes que acceder a trabajar conmigo en equipo, y yo no pienso involucrarme…no es asunto mío.

-Inuyasha, Rin-chan y los niños también son nuestra familia, no permitiré que no los tomes en cuenta sólo por tus inmaduras peleas con Sesshoumaru…debemos estar ahí también, debemos ayudarlos en lo que podamos.

-¡Feh! ni siquiera conozco a fondo la situación Kagome…además esos territorios no me perte…

-Las tierras del Oeste no sólo corresponden al señor Sesshoumaru, usted Inuyasha-sama, también tiene derecho a defender lo que una vez le perteneció a Lord Inu No Taisho, él así lo hubiese querido… ambos son sus hijos, ambos deben luchar –Saris lo interrumpió y lo vio apretar los puños.

-Inuyasha… –Kagome colocó una mano en el hombro de su marido y le dedicó una mirada suplicante. Ese último comentario la había tocado muy a fondo, y si no se equivocaba, a Inuyasha también. El tema de su madre y su padre siempre lograba afectarlo de cierto modo.

-Está bien, iré –contestó de mala gana después de unos minutos de pensarlo, pero enseguida apuntó con su dedo índice hacia el youkai, señalándolo mientras gritaba –¡Pero que quede bien claro, que no pelearé por el malnacido de Sesshoumaru, sino por!...por mi padre.

Saris sonrió y Kagome abrazó a su esposo, quien a regañadientes se dejaba besar por su mujer. Sí, ayudaría en esa estúpida guerra, pero sólo porque no estaba dispuesto a arriesgarse a que el idiota de su hermano permitiera que unos inmundos intrusos pisaran territorios que su progenitor tanto había construido y hecho crecer. Únicamente por eso.

-¡Mamá, papá ¿Qué creen?! –la voz de Taki rompió el silencio que se había formado, y antes de que se dieran cuenta, ya estaba saltando una y otra vez frente todos -¿Recuerdan que el cumpleaños de Teishi será en unos días?...pues me ha invitado, bueno, a todos nosotros, al palacio para celebrarlo… iremos ¡¿verdad? ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad?!

Kagome se adelantó a contestar inmediatamente, provocando en el chiquillo un torbellino de emoción ante la afirmativa, por supuesto que Inuyasha comenzó a refunfuñar una vez más; pero ya qué más daba, de cualquier forma terminarían asistiendo como de costumbre, además así podría cerciorarse con sus propios ojos de lo que estaba sucediendo en el Oeste…el único problema sería ver nuevamente la detestable cara de su odioso hermano mayor.

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Era obvio que el Palacio Imperial del Sur era muy grande, gigantesco en verdad, elevado en la cima de la montaña más alta de la región, con gruesas murallas de piedra rodeándolo, verdes jardines, un vistoso portón con relieves plateados en medio de dos columnas unidas a dos pilares, y con un interior en mármol tan elegante, que cualquiera quedaría verdaderamente sorprendido por la belleza de ese recinto…claro, cualquiera menos Jaken, quien no se había dejado impresionar argumentando mentalmente que ese castillo no era ni la mitad de majestuoso como lo era el de su querido amo Sesshoumaru.

El Lord del Oeste junto con sus acompañantes, habían arribado por fin a tierras sureñas. Y es que después de aquel desagradable encuentro con esos miserables murciélagos la noche anterior, el daiyoukai no podía demorarse más tiempo en regresar con Rin y con sus dos cachorros; tenía que darse prisa y arreglar sus asuntos lo más pronto posible, todo lo que había escuchado del sirviente de Yasura le daba mala espina, y por nada del mundo iba a arriesgarse a que ese mal presentimiento que sentía, se convirtiera en una realidad. Así que con eso en mente, no tuvo más opción que reducir los tiempos de descanso y acelerar el paso, o más bien, el vuelo. Viajaron durante toda la madrugada y parte de la mañana siguiente, llegando al palacio de Lord Kentaro unas horas antes del atardecer.

-Sesshoumaru, Príncipe Yorumaru, sean bienvenidos –saludó el monarca del Sur haciendo una sutil inclinación mientras los invitaba a pasar.

El Inu youkai se mantuvo estoico ante el recibimiento, no así su joven hijo y Jaken, quienes respondieron a la reverencia con una igual. Pocas habían sido las veces en que Yorumaru había visto a aquel imponente monarca, por lo que no pudo evitar observarlo con discreción mientras los seguía a él y a su padre hacia la amplia e iluminada estancia del palacio.

Lord Kentaro era un kitsune, mejor conocido como "El zorro blanco del Sur". Su porte era sublime, tal vez no era tan poderoso como otros daiyoukais, pero sí transmitía un aire de sabiduría y astucia que muchos demonios no podían si quiera pensar en comparar; su piel era clara, demasiado, y sus ojos rasgados eran de un pronunciado azul eléctrico, combinación que constrastaba a la perfección con su canosa cabellera corta. Sus finas ropas, un elegantísimo haori carente de armadura, reflejaban que era un hombre maduro, mucho mayor que Sesshoumaru.

-Me complace mucho verte una vez más, amigo mío…y me complace aún más recibirte a ti y a los tuyos en mis dominios.

-Si hemos venido Kentaro, es para dar una respuesta a la petición de tus cartas -el Lord del Oeste habló con tono grave y cortante; no quería perder más el tiempo con formalidades, entre más rápido resolvieran la cuestión, mejor.

-Lo sé Sesshoumaru, pero no puedo conocer tu veredicto, sin antes presentarles a una persona…no querrás adelantar cualquier expectativa que puedas tener ¿o sí? –respondió con serenidad y emitió una diminuta sonrisa enigmática. Enseguida caminó con parsimonia hacia uno de sus sirvientes, indicándole algo en voz baja; el pequeño subordinado asintió y salió de la habitación con prisa.

Sesshoumaru frunció el ceño, a él poco le importaba conocer a alguien. Ya se imaginaba cierta artimaña, pero si Kentaro creía que podría influir de alguna manera en una decisión que estaba ya tomada, se equivocaba. Además, algo que detestaba el Inu youkai, era dar importancia a pequeñeces cuando existían otras prioridades por atender, y lo que más le molestaba, era que no podía hacer mucho al respecto, no estaba en sus territorios, ahí él no era el Lord, así que no le quedaba más que tranquilizarse y sacar a relucir toda esa paciencia que no tenía. Jaken igualmente estaba a punto de abrir su imprudente boca para protestar, pero una mirada de su amo bastó para que se mantuviera bien calladito.

-Señor, la princesa está aquí –el sirviente regresó después de unos instantes y se acercó a Kentaro, quien inmediatamente se incorporó y miró a sus invitados insistentemente, en especial al joven hanyou, quien se mantenía al lado de su progenitor sin decir nada.

-Príncipe Yorumaru –lo llamó el Lord del Sur y luego hizo un ademán con su mano indicándole hacia dónde mirar –Ella es mi hija, la Princesa Yukina.

Una delgada figura envuelta en un delicado y fino kimono rosado apreció entre dos prominentes columnas, dejándose ver completamente al avanzar de lleno en la amplia estancia. Yorumaru mantuvo su mirada fija en la joven youkai que caminaba lentamente hacia ellos, con su cabeza gacha y la vista clavada en el piso.

Tal vez el príncipe estaba subestimando su buen sentido del olfato, pero podía jurar que el aura, la esencia de esa chica, tenía un aroma extraño, un mismo aroma que sólo había identificado en su travieso hermano Teishi cuando su padre estaba a punto de reprenderlo por algo…sí, era miedo. El muchacho juntó apenas las cejas, ¿miedo?, ¿de qué?.

-Es un honor conocerlos –mencionó ella con un volumen de voz tan bajo, que apenas y pudieron identificar las palabras. Justo después, inclinó aún más su cuerpo y realizó una pronunciada reverencia –Lord Sesshoumaru…Príncipe Yorumaru

Entonces, en el momento en que la princesa pronunció su nombre, Yorumaru sintió su corazón latir rápido, su expresión no cambió en absoluto pero cierta calidez comenzó a incrementarse en su pecho, tanto, que fue incapaz de dejar de observarla detenidamente mientras ella continuaba con el ritual de saludo.

Yukina era la menor de los ocho hijos del Lord del Sur. Kentaro era conocido por ser viudo y tener una descendencia numerosa, cinco varones y tres jovencitas, todos hijos de una misma dama, todos kitsunes de sangre pura. Y debido a que ella parecía tener la misma edad del primogénito del monarca del Oeste, fue elegida como la mejor opción para entablar un compromiso matrimonial y a su vez una alianza entre ambos dominios.

-Princesa Yukina –dijo Yorumaru inclinándose de igual manera. Sesshoumaru únicamente asintió con la cabeza cerrando los ojos y Jaken clavó una rodilla al suelo.

El gran demonio zorro sonrió satisfecho ante la presentación, con un sentimiento de plena seguridad dejándose ver a través de sus ojos. Su hija era preciosa sin duda, y eso había que aprovecharlo; parecía tener piel de porcelana, su cabello era lacio, oscuro como la noche, y sus ojos azules eran tan cristalinos como el mismo mar. Todo aquello, junto con esa pose de sumisión, tenían que ser suficientes elementos para despertar el interés en el joven hanyou.

Sesshoumaru igualmente observó a la chica de pies a cabeza con un fugaz vistazo, y luego alzó ligeramente su mentón con arrogancia. Esa joven youkai no lo había impresionado ni un poco. Su princesa Mayumi era un millón de veces más hermosa.

-Adelante Sesshoumaru, tenemos mucho de qué hablar –Kentaro ensanchó su orgullosa expresión y comenzó a guiar a los presentes rumbo a su despacho.

-Jaken, ve afuera y espéranos con Ah-Un –ordenó el daiyoukai antes de seguir al gran kitsune.

-Si amo bonito.

-No es ninguna molestia alojar a su dragón en los establos durante su estancia –el Lord del Sur habló con cordialidad y luego se dirigió a la joven –Yukina hija mía, ¿por qué no vas con el Príncipe Yorumaru y le muestras el camino a las caballerizas?, seguro que encontrará interesante un recorrido por nuestro palacio.

La princesa asintió y le dedicó una tímida mirada al medio demonio, quien después de ver a su padre y asegurarse de tener su autorización, se encaminó junto con Jaken tras la jovencita.

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-¿Y por qué Lord Satoshi vendrá aquí, madre? –preguntó Teishi con una sencillez digna de su edad. Rin suspiró y le acarició la mejilla.

-Viene para tratar unos asuntos importantes con su padre

-Pero él no se encuentra en este momento –esta vez Mayumi fue la que habló mientras jugaba una y otra vez con la trenza de su blanco cabello.

-Es por eso que yo lo atenderé en su lugar –sonrió tratando de parecer calmada. Sus niños no tenían porqué compartir su angustia –Ahora, tienen que prometerme que en cuanto Lord Satoshi llegue, ustedes se comportarán muy, muy bien…nada de travesuras ni malas conductas, ¿entendido?

-¿Por qué?

-Pues porque su padre así lo hubiese querido de estar aquí –le respondió a su hijo menor, provocando que una graciosa mueca de insatisfacción se plantara en el rostro infantil –Además, deseo mostrarle a Lord Satoshi lo encantadores y bien educados que son mis niños…necesito que me ayuden con eso ¿de acuerdo?

-Sí, madre –Mayumi movió su cabeza afirmativamente.

-¿De acuerdo, Teishi? –mencionó Rin acercándosele con una mirada de advertencia y una sonrisa pícara.

-Sí, madre –contestó él torciendo los labios y mirándola inocentemente –¿Y cuándo va a llegar?

-Pronto –mencionó mientras caminaban por uno de los pasillos del palacio –Es mejor que estemos preparados…anden, vayan a sus habitaciones, díganle a Sora que los ayude a asearse, yo los llamaré cuando sea el momento.

Los cachorros obedecieron y cada uno entro a su respectivo cuarto. Rin también se dirigió a su propia alcoba, esa que ahora que no estaba su señor, le parecía gigantesca; se acercó al enorme ventanal y miró preocupada el exterior, pronto anochecería. Según lo que Saris le dijo el día anterior, se suponía que el Lord del Este ya debería de haber arribado al palacio, pero en las últimas horas, nadie le había informado nada sobre su acercamiento… y aquello no hacía más que aumentar su angustia. ¿Vendría o no, Lord Satoshi?, su tardanza únicamente servía para incrementar su esperanza de que todo ese alboroto no hubiese sido más que una falsa alarma. Y eso no era bueno, no podía bajar la guardia.

Pasó una mano por su frente y luego se abrazó a sí misma pensando en su querido Sesshoumaru, anhelando que regresara pronto. Se sentía tan desprotegida, tan indefensa sin él.

Entonces, justo cuando se dirigía a su tocador, alguien llamó a su puerta, sobresaltándola tanto que pegó un brinquito.

-Con su permiso, mi Señora –era Sora, quien en compañía del general Kenshi, entraba lentamente a la habitación. Rin se incorporó de inmediato, tratando de no perder la serenidad, pero al ver los ojos de ambos youkais, supo que lo peor había comenzado.

-Lady Rin…Lord Satoshi ha llegado –Kenshi pudo notar perfectamente cómo el color se iba del rostro de la joven humana y casi pudo escuchar los acelerados latidos de su corazón –Mantenga la clama por favor, y no se preocupe por nada.

Ella asintió; confiaba en el general, él le había dicho que tenía todo bajo control y que ante cualquier sospecha de peligro o intento de amenaza, tomaría cartas en el asunto de manera inmediata.

-Todo saldrá bien –pronunció Sora tomando la mano de su Señora.

Rin respiró hondo, y con la frente en alto comenzó a caminar, dispuesta a recibir al "enemigo" con la mayor fortaleza posible. Y aunque por dentro, un abismo de temor la devoraba, por fuera mostraba una seguridad que solo el propio Sesshoumaru había visto. Iba a demostrar el porqué ella era la única Lady de las Tierras del Oeste.

FIN DEL CAPÍTULO IV

¡Por Dios, pero qué trabajo me ha costado éste capítulo!, lo digo en serio, lo reescribí varias veces porque nada me convencía, hasta que por fin estuve satisfecha…espero que igual ustedes lo estén. Fue un episodio largo, cinco hojas más extenso que los anteriores, ojalá y no les haya resultado muy pesado.

En fin, pasando a la historia, ahora las situaciones ya se están aclarando más, ya salieron a la luz algunos de los malvados planes de Yasura así como el porqué odia tanto a Sesshoumaru…apuesto a que pensaron que se debía a que ella estaba enamorada de él pero ¡NOO!…Igualmente Inuyasha ya salió a escena, estén pendientes por que él y Kagome también formarán parte de la sangrienta guerra XD. También ya por fin Sesshoumaru llegó al Sur, y al parecer a Yorumaru le gustó la tímida princesa Yukina, aunque aún no sé qué hacer con ellos…tal vez, no, mejor no. ¿Y qué me dicen de Lord Satoshi?, ya ha llegado con Rin, no se imaginan lo que le espera a la pobre chica.

Finalmente, antes de despedirme, me gustaría aclarar cierta cuestión. Si se han dado cuenta, cada Lord pertenece a una especie específica de demonio, ésta idea la tomé a partir de que leí la antigua leyenda japonesa del "Árbol Sagrado", mito en el que Rumiko Takahashi se inspiró para crear a Inuyasha, si no la reconocen igualmente pueden ver el video en Youtube mediante canal de Naza Medina…les dejo el Link watch?v=SoN4xSl6KrI ...Bien, tal vez me dirán que según ésta leyenda, él único que aún siguió con vida fue el Perro Sagrado, o sea Inu No Taisho…pero yo supuse que así como él tuvo su descendencia, los demás guardianes también tuvieron la suya, es por eso que se me ocurrió incluirlos en éste fic, llámenme loca si quieren XD.

No me queda más que agradecer sus valiosísimos comentarios y por favor, si tienen alguna sugerencia, duda, opinión o crítica constructiva, háganmelo saber de inmediato.

Saludos, Nabiki-san.