Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia es una pequeña novela que he acabado de leer, me ha parecido alucinante y escrita magistralmente por una autora grandiosa. Yo lo único que he querido hacer es compartirla con todos ustedes ya que a medida que la leía no podía imaginarme a otros personajes que no fueran Edward&Bella, tiene tanto de ambos. Solo he cambiado ciertos detalles para que se adapte mejor a ellos. Al Final mencionaré quien ha sido la excepcional autora y así podamos mantener el misterio. Espero lo disfruten mucho, como yo lo hice
Y bien, me encantan las visitas y saber lo que piensan de la historia, gracias a los reviews... este cap me encanta... la primera noche en la Masion Cullen... Oh my God... que nervios! no piensen mal.. Edward es todo un caballero... creo jaja
Pd.- Por cierto voy a colar algunas fotos en mi perfil referente a esta historia, pilas para que las revisen! ahora si... adelante a leer!
Capítulo 4 "La primera noche"
—No te parece romántico ir a acostarte iluminada por la luz de una vela? —preguntó Edward inocentemente, consciente de la inquietud de Bella.
—Más que romántico me parece molesto.
Él suspiró.
—Es curioso cómo se asusta la gente en cuanto se queda sin alguna de las comodidades que hoy en día damos por sentadas.
—Yo no me asusto —Bella se dio cuenta demasiado tarde de que había mordido el anzuelo.
—Lo que sí es molesto es que no funcione la calefacción. Los dormitorios no están precisamente calientes.
—¿No hay chimenea en las habitaciones?
—Desafortunadamente, mi padre hizo clausurar la mayoría, pero la del dormitorio principal aún funciona —Edward se puso en pie y se estiró a placer.
—Voy a comprobarlo, y de paso subiré tu maleta.
Cuando salió, Bella apoyó plácidamente la cabeza contra el respaldo y contempló las llamas. Semiadormecida, pensó que aquello no se parecía en nada a cómo había imaginado que iba a pasar la Nochebuena. Pero desde su ruptura con Diego y su regreso a Forks nada había salido como lo tenía planeado.
En lo referente a su trabajo, había fracasado estrepitosamente. Y lo mismo había sucedido con su vida privada.
Dolida por lo sucedido, apenas se había relacionado y había frenado en seco los intentos de los hombres por acercarse a ella.
Pero durante los meses pasados había pensado mucho menos en Diego, cosa que le había ayudado a recuperar poco a poco el equilibrio.
Sin embargo, su encuentro con Edward Cullen había vuelto a desestabilizarla.
Cerró los ojos y suspiró. Era como si el destino estuviera jugando con ella un juego en el que no tenía ninguna oportunidad de ganar.
Un ligero ruido le hizo abrir los ojos.
Edward estaba de pie ante ella, mirándola. La expresión de su rostro hizo que el corazón de Bella latiera más deprisa. A pesar de su inexperiencia, reconoció de inmediato que era una expresión de abierto deseo.
Un instante después, el rostro de Edward solo reflejó diversión.
—Creo que… debo de haberme quedado dormida —balbuceó ella.
—¿Significa eso que estás lista para ir a la cama?
—¡No! —negó Bella con vehemencia al recordar la expresión que acababa de ver. Tratando de controlarse, miró su reloj—. Son solo las once menos cuarto. Es demasiado temprano.
—En ese caso, será mejor que me asegure de que sigamos calientes aquí.
Edward removió el fuego con el atizador y echó otro par de troncos. Luego se sentó.
—¿A qué hora sueles acostarte?
—No antes de las once —mintió Bella—. Y siempre me llevo un libro a la cama. Además, hoy es Nochebuena.
—Entonces, ¿planeas esperar a Santa Claus?
—De pequeña siempre me empeñaba en hacerlo, pero me mandaban a la cama.
—Así que creías en él.
—Oh, sí, hasta los seis o siete años. Mi madre solía dejar una copa de coñac y un trozo de tarta en la repisa y por la mañana había desaparecido.
Edward tomó su copa y comentó:
—Hablando de coñac, no has terminado el tuyo.
Bella creía que lo había hecho, o casi, y se sorprendió al ver que aún tenía la copa casi llena. Mientras tomaba un sorbo, él dijo:
—Sin maquillaje y con el pelo suelto no pareces tener más de quince años. ¿Cuántos tienes, Bella?
—Veinticuatro.
—Háblame de ti. Aparte de que en una época creías en Santa Claus y de que ahora eres una bibliotecaria titulada, apenas sé nada de ti.
—No hay mucho que saber. Me temo que llevo una vida bastante gris.
—¿No tienes un novio con el que compartir tu habitación de alquiler?
—No. Pero es mejor así, porque tengo una cama muy pequeña.
Edward sonrió.
—Eso podría resultar estimulante para la relación.
—Con un baño de dos metros cuadrados, creo que la palabra «estimulante» no es precisamente la más adecuada —comentó Bella en tono irónico.
—Oh, no sé —Edward le dedicó una mirada teatralmente lasciva—. Se me ocurren cosas peores.
—¿Cómo pasar solo las navidades?
Él ignoró la pulla y continuó.
—Aunque no tengas un novio en casa, supongo que habrá alguien especial en tu vida.
—No —replicó Bella escuetamente, deseando que dejara el tema.
—¿Cuánto tiempo llevas en Forks?
—Casi todo el año.
Edward alzó una ceja.
—A menos que los nombres de por aquí estén ciegos, debe de haber unos cuantos dispuestos a convertirse en tu novio.
Había uno, desde luego. Aunque, habiendo cumplido los cuarenta y siendo tan serio como era, Jacob apenas encajaría en la categoría de «novio».
—Así que, ¿por qué no tienes novio? —insistió él al ver que Bella no decía nada.
—Porque resulta que no quiero uno —replicó ella.
—Ah… —murmuró Edward—. ¿Acaso te consideras una mujer cautivadora y escurridiza a la que todos los hombres desean pero que no desea a ninguno?
A Bella no le gustó aquella comparación.
—Haces que parezca una mujer fría y sin corazón.
—¿Y no lo eres?
—¡Claro que no!
A la vez que lo negaba, Bella recordó que algunos de los chicos que mantuvo a raya mientras estudiaba en la universidad habían utilizado aquellas mismas palabras para referirse a ella.
Pero mientras la mayoría de sus compañeras no paraban de enamorarse, ella nunca se había sentido realmente atraída por un hombre.
Debido a su aspecto, no le habían faltado pretendientes. Mantuvo un ligero romance con un par de ellos, hasta que empezaron a querer más.
Pero lo único que había buscado realmente en ellos era compañía, alguien con quien compartir las cosas cuando Ángela se entregó por completo a la relación con el hombre que acabaría siendo su marido.
—Ya he vuelto a conseguir que te enfades —dijo Edward con aparente remordimiento—. Pero parece un poco… extraño, diríamos, que una mujer de veinticuatro años no haya tenido nunca un novio…
—Yo no he dicho que nunca haya tenido un novio —interrumpió Bella, molesta—. De hecho, he tenido unos cuantos.
—¿Y te tomaste realmente en serio alguna de esas relaciones?
—Fundamentalmente eran amigos —admitió ella—. Apenas significaron nada hasta que…
—¿Hasta que apareció alguien especial? —sugirió Edward.
—Sí.
—Háblame de ese hombre especial —al ver que Bella permanecía en silencio, dijo en tono burlón—: Seguro que era alto, moreno y atractivo.
—Era alto, rubio y atractivo —corrigió ella.
—Cuando he entrado en tu coche después del accidente parecías bastante conmocionada y has comentado que te recordaba a alguien que conocías. ¿Era a él?
—Sí —contestó Bella, tensa.
—¿Nos parecemos mucho?
—En realidad no, pero hay momentos en que veo un fugaz parecido.
—¿Qué clase de hombre es?
—Carismático, educado y encantador.
—¿A qué se dedica?
—Trabaja para Drombies, una empresa de subastas y tasaciones, pero no le gusta nada. Siempre decía que no debía trabajar.
—¿Significa eso que su familia tiene dinero?
—No que yo sepa. Creo que sus padres habían muerto, y no debe de tener más familia, porque nunca mencionó a nadie.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿No te habló nunca de su pasado? ¿No te preguntó por el tuyo?
—No —contestó Bella, desconcertada por la insistencia de Edward—. Las noches que quedábamos, salíamos. Supongo que no tuvimos demasiadas oportunidades de hablar, y cuando lo hacíamos siempre era sobre sus planes para el futuro, no sobre el pasado.
—¿Y qué pasó? ¿Te cansaste de él?
—No.
Edward frunció el ceño.
—Me niego a creer que él se cansara de ti.
—Preferiría no hablar de ello —dijo Bella, incómoda.
Ni siquiera le había contado todo a Ángela. Simplemente le dijo que había tenido un novio y que habían roto.
—Si aún sigues enganchada con esa relación, podría ayudarte hablar de ello.
No, no seguía enganchada. El mero hecho de pensar aquello hizo que Bella sintiera un gran alivio y que fuera capaz de liberarse del pasado.
Pero seguía siendo algo de lo que no quería hablar.
—¿Lo conocías hacía mucho? —insistió Edward—. ¿Era un compañero de universidad?
—No, lo conocí cuando ya había acabado mis estudios. Ya llevaba trabajando en Londres casi dieciocho meses.
—Entonces, ¿cómo lo conociste?
—Lo conocí en Sussex. Acudí a la subasta de la biblioteca de una mansión que estaba en venta —tal vez se debió al coñac que había tomado, o tal vez era cierto que necesitaba liberarse de aquello, pero, de pronto, Bella sintió la necesidad imperiosa de seguir hablando—. Estaba esperando a que empezara la subasta cuando él se acercó a preguntarme si tenía el catálogo. Nos pusimos a hablar y me invitó a comer. Dije que sí. Después, aunque se suponía que estaba trabajando, logró escabullirse y me llevó a comer a un pueblo cercano. Le agradó enterarse de que vivía en Londres, como él, y me pidió que cenáramos juntos esa misma tarde. Menos de una semana después me dijo que me quería. Empezó a presionarme para que me acostara con él. Dijo que eso era lo normal en esta época…
—¿Y lo hiciste?
—No.
Edward alzó ambas cejas.
—¿Por qué no? ¿No estás a favor de que una mujer madura pueda elegir en cuestiones de sexo?
—Claro que sí, pero la libertad de elegir implica poder decir tanto sí como no.
Una expresión indescifrable cruzó el rostro de Edward antes de que preguntara:
—Entonces, ¿no te atraía?
—Sí me atraía.
—¿Y por qué rechazaste su proposición? ¿Resultó que estaba casado, o algo parecido?
—No, no estaba casado. Solo tenía veintidós años, uno menos que yo por aquel entonces, pero nunca me ocultó que salía con mujeres desde los quince, y en alguna ocasión con más de una a la vez. Cosa que no me sorprendió, porque era muy atractivo y sexy.
—Supongo que sus novias anteriores no tuvieron ningún problema en meterse en la cama con él, ¿no?
—Las que no lo hicieron no duraron mucho. Las describía como «pérdidas de tiempo».
—Por lo que dices de él, parece que era un joven canalla egoísta y superficial —dijo Edward con frialdad.
Aunque no era lo que Bella pretendía, no tuvo más remedio que reconocer que aquellas palabras resumían bastante bien la personalidad de Diego, aunque a ella le había costado mucho reconocerlo. No era de extrañar que se dijera que el amor era ciego.
—¿Y qué hiciste?
—Seguí diciendo que no. No me atraen las relaciones sexuales promiscuas. No era lo que quería…
—¿Esperabas alguna clase de… compromiso?
—Sí —Bella trató de no bostezar.
—¿Y acabó comprándote un anillo de compromiso?
Bella negó enfáticamente con la cabeza y lamentó haberlo hecho en cuanto la habitación empezó a girar a su alrededor.
—¿No te compró un anillo?
—No.
—¿Dijo que iba a hacerlo?
—No.
—¿Pero no te hizo creer que a lo mejor lo haría?
—Ni siquiera eso. Nunca podré decir que no fuera sincero. Me dijo que si lo que buscaba era casarme me había enamorado del hombre equivocado. Según él, los hombres son polígamos por naturaleza, y la idea de atarse a una mujer para toda la vida le horrorizaba. Para él, el matrimonio es una institución pasada de moda.
—¿Y tú no estás de acuerdo?
—No.
A diferencia de Diego, y tal vez por el ejemplo recibido de sus amorosos padres, Bella siempre había creído en el matrimonio y en sus votos.
—¿Qué sucedió?
Bella tuvo que reprimir un bostezo antes de continuar.
—Le irritó mucho lo que él llamaba mi actitud anticuada, pero seguía deseándome…
—De manera que, en lugar de dejarte como a las otras, siguió intentando hacerte cambiar de opinión.
—Sí.
—¿Y lo consiguió?
—Sí y no.
Bella vio que los labios de Edward se tensaban.
—Tal vez convendría que me explicaras eso.
Bella cada vez tenía más dificultades para pensar y expresarse con claridad.
—Un viernes por la noche, mientras tomábamos un café en su casa después de haber ido al cine, trató de convencerme de nuevo para que me quedara a dormir con él. Cuando me negué, él me dijo que, para demostrarme que estaba realmente loco por mí, quería que me trasladara a vivir a su casa. Al ver que dudaba, me juró que yo era la única mujer de su vida y que lo sería para siempre. Parecía muy sincero, y yo pensé que tal vez hubiera cambiado…
—No esperarías en serio que alguien como Diego cambiara, ¿no?
—¿Cómo sabes que se llamaba Diego? —preguntó Bella al instante.
—Supongo que lo habrás mencionado en algún momento.
Bella no recordaba haber mencionado a Diego por su nombre, pero debía haberlo hecho. Sin duda, el alcohol la había afectado más de lo que creía.
El antiguo reloj que había en el vestíbulo comenzó a dar las campanadas de medianoche. Al ver que a Bella se le estaban entrecerrando los ojos, Edward se puso en pie.
—Si no nos vamos ya a la cama, te vas a quedar dormida en el sillón.
Ella lo miró, adormecida.
—Estoy esperando a Santa Claus.
—¿No te dijo nunca tu madre que Santa Claus nunca viene mientras estás despierta? Pero si eres buena y vas a acostarte, es posible que oigas las campanillas de su trineo —Edward tomó el candelabro y encendió la vela en el fuego antes de preguntar—: ¿Estás lista?
Bella se levantó, se tambaleó ligeramente y volvió a caer en el sillón.
—Vaya —dijo él, divertido—. Parece que nos hemos excedido un poco con el coñac. Pero da lo mismo; creo que nos las arreglaremos.
Apagó la vela, dejó el candelabro en la mesa, se agachó y tomó a Bella en brazos.
Los rescoldos del fuego iluminaron su camino hasta el vestíbulo. Una vez en este, la escasa luz que entraba por las ventanas mitigó la oscuridad y bastó para que subiera las escaleras.
Bella sentía la cabeza especialmente ligera y flotante. La sensación, bastante agradable, iba acompañada de un sentimiento de irrealidad. Miró atentamente el cercano rostro de Edward y dijo:
—Deberíamos haber venido con una vela.
—¿No te parece que nos las estamos arreglando bastante bien sin ella?
—Has dicho que irse a la cama iluminado por la luz de una vela era muy romántico.
Él sonrió.
—¿No te parece que ser llevada en brazos a la cama es igualmente romántico?
—Eso solo pasa en los cuentos.
—Está pasando ahora.
—Pero esto no es real, ¿no?
—Para que no te sientas decepcionada, encenderé unas velas en el dormitorio.
—Sí, eso me gustará —dijo Bella solemnemente.
Edward entró en un gran dormitorio en el que la chimenea estaba encendida. Aunque el fuego lo había caldeado un poco, aún seguía haciendo bastante frío. Dejó a Bella en una silla acolchada de respaldo alto y procedió a encender dos candelabros de tres brazos.
Alzando una ceja, preguntó:
—¿Estás contenta?
—Sí, gracias —contestó Bella educadamente.
—Voy a dejar un candelabro en tu baño para que puedas ver algo.
—¿Tengo un baño para mí sola?
—Este es el dormitorio principal de la mansión y hay un baño a cada lado. Uno para él y otro para ella.
Por algún motivo aquello hizo gracia a Bella, que dejó escapar una risita tonta. Se sentía feliz, casi eufórica.
—Será mejor que te quedes con el más cercano —dijo Edward. Cuando volvió, preguntó—. Si saco tus cosas para dormir de la maleta, ¿crees que podrás arreglártelas sola?
—Claro que podré —dijo Bella, indignada—. Cualquiera pensaría que estoy borracha.
—Cualquiera podría tener razón.
Por supuesto que no estaba borracha, se dijo ella. De hecho, no bebía. Pero estaba tan cansada, que no le apetecía discutir.
Su maleta estaba esperando en un tocador de roble. Bostezó aparatosamente mientras veía a Edward sacando su camisón, una bata y el neceser.
Tras dejarlo todo en el baño, volvió por ella, pasó una mano por su cintura y la acompañó hasta la puerta.
Cuando la soltó, Bella tuvo que sujetarse al toallero para mantener el equilibrio.
—¿Seguro que vas a poder arreglártelas sola? —preguntó Edward, que no parecía nada convencido.
—Totalmente —contestó ella con dignidad.
—Llámame si me necesitas —dijo él, y se fue dejando la puerta entreabierta.
Apoyada contra el lavabo, Bella se limpió los dientes y se lavó la cara y las manos.
El candelabro, colocado en un estante a sus espaldas, se reflejaba en el espejo, y su propio rostro, pálido como el de un fantasma, se reflejaba brumosamente ante ella.
Sujetándose frecuentemente, y sentada en la banqueta cuando le era posible, se quitó la ropa. Resultó más fácil ponerse el camisón y la bata.
Una vez logrado aquel objetivo, pensó con nostalgia en la cama. Decidió ir en cuanto el suelo dejara de moverse.
Oyó unos golpecitos en la puerta y a continuación la voz de Edward.
—¿Estás lista para acostarte?
—Sí.
Él pasó al interior.
—En ese caso, será mejor que dejes que te eche una mano.
Llevaba un camisón de seda blanco que nunca se atrevía a usar sin la bata a juego ya que sin ser revelador del todo, las finas tiras le daban un aire bastante sexy (*perfil). Sus piernas y pies estaban desnudos.
Bella parpadeó.
—¿Tú también vas a la cama?
Edward la tomó en brazos y salió al dormitorio.
—Sí.
—¿Dónde vas a dormir?
—Pensaba compartir este cuarto contigo. Así podremos mantenernos calientes.
Ella se acurrucó contra él y asintió.
—Sí, por favor, eso me gustaría.
Bella se desperezó lentamente. Permaneció un rato semidormida, mientras se aclaraba la bruma de su mente y los pensamientos y las preguntas empezaban a filtrarse en su conciencia.
Aquella no parecía su cama. El colchón era mucho más cómodo, las almohadas más suaves y el edredón más ligero. ¿Dónde estaba?
Tras un breve esfuerzo, obtuvo la respuesta. Era Navidad y debía de estar en casa de Ángela.
Pero no tenía ni idea de cómo había pasado la noche, ni recordaba haberse cambiado para ir a la cama.
Ni siquiera recordaba haber bebido el ponche de Ángela, como el año anterior. Aunque, juzgando por el dolor de cabeza que tenía, debía haberlo hecho.
Lo único que recordaba con claridad era el momento en que se había ido de la librería.
Nevaba y los adoquines estaban resbaladizos. Había caminado por el aparcamiento con cuidado…
De pronto, los recuerdos pasaron por su mente como si estuviera viendo un vídeo.
El accidente… Ver a Edward Cullen por primera vez… Llevarlo a casa en coche… La ventisca… Su oferta de trabajo… El coche que no arrancaba… La inquietante tarde que habían pasado juntos… Cómo la había presionado para que le hablara de Diego…
¿Y luego qué? El vídeo se detuvo allí y se negó a mostrarle nada más. No recordaba lo que había pasado después ni cómo había llegado a la cama.
Lo único que recordaba aparte de eso, lo que había evitado recordar, era la atracción que había surgido entre ellos.
No, no entre ellos. Había sido solo cosa de ella. La aspereza de Edward, su calculada actitud burlona, su intentó de asustarla, demostraban que no sentía nada por ella.
Sin embargo, por motivos que no comprendía, se había empeñado en que se quedara.
Y ella no había sabido qué hacer.
El sentido común había insistido en que debería irse cuanto antes, pero la poderosa fascinación que había despertado en ella aquel hombre la había instado a hacer lo contrario.
Pero, en el fondo de su corazón, Bella sabía que sería peligroso quedarse allí. Si dejaba que aquella fascinación se apoderara de ella, acabaría sufriendo. Edward no la deseaba…
No, eso no era así. La deseaba; podía intuirlo. Pero si se sentía atraído por ella, era en contra de su propia voluntad.
Decidió irse esa misma mañana. De hecho, se iría en cuanto hubiera desayunado…
¿Pero cómo iba a hacerlo si su coche no quería arrancar? Y no podía pedir un taxi por teléfono, incluso suponiendo que hubiera alguno trabajando el día de Navidad. La única posibilidad que le quedaba era regresar andando.
Pero eso dependía de las condiciones climatológicas. Si había seguido nevando toda la noche…
Cuando se animó a abrir los ojos, un brillo casi cegador le hizo cerrarlos de inmediato y tuvo que llevarse una mano a su dolorida cabeza.
Una cosa estaba clara: no podía culpar al ponche de Ángela por su dolor de cabeza. El culpable tenía que ser el coñac.
Tras unos momentos, abrió cautelosamente los ojos y vio el dormitorio lleno de sol y de luz reflejada por la nieve.
A través de los ventanales que había a su derecha vio que la ventisca había remitido y que el cielo estaba despejado y azul.
Se irguió para ver mejor. Un inmenso manto de nieve lo cubría todo hasta donde se perdía la vista. Sus posibilidades de irse parecían cada vez más remotas.
Al parecer, quisiera o no, no le iba a quedar más remedio que pasar el día de Navidad con Edward Cullen.
A no ser que se produjera un deshielo repentino, pensó, aferrándose desesperadamente a aquella esperanza. El sol brillaba con intensidad… y también estaba muy alto en el cielo. ¿Qué hora sería?
Cuando volvió la cabeza para mirar su reloj se fijó en el espacio que había junto a ella en la cama y se quedó paralizada. A pesar de que en aquellos momentos estaba sola, no había duda de que alguien más había dormido allí.
Trató de decirse que eran imaginaciones suyas, pero la almohada que había a su lado tenía la huella inconfundible de otra cabeza…
De pronto, el resto de los recuerdos de la noche anterior pasaron en rápida sucesión por su cabeza.
Se vio llevada en brazos por las escaleras. Sentada junto al fuego. Acompañada al baño. Edward preguntándole si estaba lista para acostarse…
Aunque no podía ir más allá, el resto era evidente.
Mientras se esforzaba por asimilar todo aquello, oyó unos golpecitos en la puerta. Edward pasó al interior con una gran tetera en la mano.
Vestía unos pantalones oscuros y un jersey de cuello vuelto. Estaba recién afeitado y su pelo cobrizo parecía húmedo. (*perfil)
—Buenos días —saludó animadamente mientras dejaba la tetera en el fuego—. O tal vez debería decir buenas tardes, porque son más de las doce.
Tomó un par de troncos de la pila que había junto al fuego y los arrojó a este antes de acercarse a la cama a mirar a Bella.
Con su no tan recatado camisón y el pelo suelto y revuelto en torno a sus hombros parecía absurdamente joven e inocente.
Ella lo miró con frialdad.
—¿Sucede algo malo? —preguntó Edward al ver su expresión.
—Has dormido en mi cama.
—No. Tú has dormido en mi cama.
—Eres un… bastardo —replicó Bella, trémula.
Él chasqueó la lengua reprobatoriamente.
—Esa no es una palabra adecuada en labios de una señorita bien educada.
—Puede que no sea adecuada, pero está justificada. A pesar de saber lo que pienso sobre las relaciones sexuales promiscuas, te empeñaste en seducirme…
—Qué melodramática —se burló Edward, sin hacer ningún esfuerzo por negar la acusación.
—Me diste coñac sabiendo que no estaba acostumbrada a beber y luego te aprovechaste de mí.
—Eso parece una frase extraída de una novela victoriana —dijo él, divertido.
—¿Cómo puedes permanecer ahí tan tranquilo sabiendo que es verdad? —preguntó Bella con amargura.
Edward movió la cabeza.
—Me declaro culpable de la primera parte, pero no de la segunda.
—No trates de negar que has dormido en la misma cama.
—No voy a negarlo. Pero eso no significa que me haya aprovechado de ti. Ni siquiera que tuviera intención de hacerlo.
—Entonces, ¿por qué te has acostado conmigo?
—Porque era lo más razonable. El resto de las habitaciones están como neveras. Incluso esta se ha enfriado al amanecer, cuando el fuego ha perdido intensidad. Pero durmiendo juntos nos hemos mantenido calientes. Nada más, nada menos.
Aunque Bella quería creerlo, el recuerdo de la mirada de abierto deseo que Edward le había dirigido el día anterior se lo impidió.
—¡Estás mintiendo! —exclamó con voz ronca.
—Puedo asegurarte que, aparte de haberte llevado a la cama en brazos y haberte arropado, no te he puesto un dedo encima —sonriendo, añadió—. Aunque debo decir que tenías en una actitud muy receptiva…
—No te creo.
—Es la verdad.
Bella se ruborizó intensamente.
—Fue el coñac. Si no planeabas seducirme, ¿por qué me diste tanto? —suponiendo lo que iba a decir Edward, añadió rápidamente—: Y no me vengas con que lo hiciste con propósitos medicinales.
—Estabas muy tensa. Llevabas así toda la tarde. Un poco de alcohol es útil para relajarse.
—Lo que quieres decir es que resulta útil para liberarse de las inhibiciones.
Edward asintió sin mostrar arrepentimiento.
—También ayuda a eso, sin duda. Pero al parecer era cierto que no estás acostumbrada a beber…
Repentinamente inquieta, preguntándose qué habría dicho o hecho, Bella preguntó:
—¿A qué te referías con lo de mi actitud «receptiva»?
—Me preguntaste dónde iba a dormir, y cuando te dije que pensaba compartir la cama contigo para que pudiéramos mantenernos calientes, te acurrucaste contra mí y dijiste: «sí, por favor, eso me gustaría».
—¡Eso no es cierto!
—Desde luego que lo es —con una sonrisa, Edward añadió—: No sé qué habría pasado si hubieras seguido despierta, pero no tardaste ni un segundo en quedarte como un tronco.
—Claro, y supongo que eso te facilitó las cosas.
Edward dejó de sonreír.
—No disfruto haciendo el amor a mujeres inconscientes. Me gusta que mis compañeras estén bien despiertas y receptivas.
—Lo siento —susurró Bella al cabo de un momento—. No debería haber dicho eso. Ha sido imperdonable…
De pronto, todo aquello fue demasiado. Se mordió el labio inferior y bajó la mirada.
Edward se sentó en el borde de la cama y le hizo alzar el rostro tomándola por la barbilla. Cuando vio las lágrimas que brillaban en los ojos de Bella, su dura expresión se ablandó.
—Deja de preocuparte por eso. ¡Y no llores! De lo contrario, voy a tener que besarte.
Ella respiró temblorosamente.
—Eso ha sonado como una amenaza.
—Eso pretendía ser —Edward se fijó en las ojeras de Bella—. ¿Te duele la cabeza?
—Sí.
—Te daré algo para que se te pase. Y ahora, ¿prefieres comer en la cama, o frente al fuego de la cocina?
Ella trató de no parpadear para que no se derramaran las lágrimas.
—Frente al fuego de la cocina.
Al parecer, a Edward no se le pasaba nunca nada por alto. Tomó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se lo entregó.
—Puede que te resulte útil.
—Gracias —Bella se frotó delicadamente los ojos y luego se sonó la nariz.
—No te recomiendo una ducha —continuó él en tono irónico—. El agua está helada. Pero hay un poco de agua caliente en la tetera para que puedas lavarte.
—Qué agradable.
—¿Quieres antes una taza de té o de café?
—De té, por favor.
—Ya tengo preparada la tetera. Enseguida te traigo una taza.
Bella contempló sus anchas espaldas mientras salía del dormitorio.
Aún trataba de recuperar la compostura cuando Edward regresó con el té y dos pastillas blancas.
—Esto se aliviará tu dolor de cabeza. Ahora, mientras tu te vistes yo voy a preparar la comida. Haré sonar el gong cuando esté lista.
Estaba a punto ve volver a salir cuando Bella dijo:
—Edward…
Él se volvió con la mano en el pomo de la puerta.
—Gracias —añadió ella.
Ambos sabían que le estaba dando las gracias por mucho más que la taza de té. Edward sonrió cálidamente y un instante después la puerta se cerró con suavidad tras él.
Aún conmocionada, Bella se irguió y tomó las pastillas con un trago de té. Había compartido por primera vez en su vida la cama con un hombre. Como Ángela había dicho en una ocasión, bromeando, aquel era un momento trascendental en la vida de toda mujer.
El problema era que ella no recordaba nada.
Y era mejor así, se dijo severamente. Si no se hubiera quedado «dormida como un tronco», las cosas podrían haber acabado de otro modo.
Aunque él no lo había admitido, no dudaba que Edward había planeado seducirla, y si ella hubiera estado despierta a pesar del alcohol, no habría tenido mucha dificultad en hacerlo.
Se ruborizó al recordar que, según Edward, antes de acostarse le había dicho que le gustaría compartir la cama con él.
Aunque no quería creerlo, sospechaba que era la verdad.
In vino veritas.
¡Menos mal que se había quedado dormida! Había demostrado ser la mejor defensa, no solo contra él, sino contra su propia debilidad. Porque ella lo deseaba. Lo había deseado desde el momento que lo había visto. Había sido amor a primera vista…
«Oh, no seas idiota», se reconvino. Por supuesto que no lo amaba. Lo que sentía por Edward Cullen podía llamarse atracción física, fascinación, puro deseo… pero no amor.
Aunque lo que sentía se parecía mucho.
Ya se había creído enamorada una vez de Diego, pero lo que había sentido antes no era más que una pálida imitación de lo que sentía en aquellos momentos.
La única similitud residía en que ambos hombres, aunque encantadores, habían pretendido utilizarla. Al parecer, en cuestiones de amor estaba destinada a ser una perdedora.
Aunque hacerlo le dejó una sensación de profunda desolación, decidió que en cuanto saliera de aquella mansión se ocuparía de no volver a tener nada que ver con su dueño.
Pero, al menos de momento, no iba a poder irse. El destino le había concedido la posibilidad de pasar unas horas preciosas más con Edward.
Nunca más volverían a estar juntos, de manera que, en lugar de lamentarlo, debía aprovecharlo al máximo.
Apartó el edredón, salió de la cama, tomó el recipiente de agua caliente y fue al baño. Tras lavarse de arriba a abajo fue a vestirse junto a la chimenea. Acababa de terminar cuando oyó el sonido del gong.
Diganme que no ha sido emocionante... asi quien no se toma unas copitas... yo quiero que me lleve en brazos a dormir tambien... jajajajajaja soy una romantica extremista pero no puedo negar como me encanta lo atrevido que suele ser Edward con sus comentario, tan arrogante a veces aaaahhhhhh... esto cada vez se pone mejor!
Gracias por las alertas, favoritos y a sus reviews... Crosero, sunmile, Belewyn, , sabrina2010 y Joli Cullen... me fascina saber lo que piensan de la historia, que aunque no es mia es super agradable compartir emociones jejeje
Espero sus nuevos comentarios del capitulo! sigan refiriendola, mas visitas y reviews mas rapido se actualiza jeje
Un abrazo,
Vivitace
