-Pero Meimi, ¿que estas diciendo?- exclamó Seira empezando a perder la calma. -tu uy yo juramos ayudar a las personas en desgracia de esta ciudad cuando lo necesitasen...- No puedes fallarme ahora!- la novicia tomó la mano de su amiga , que la retiró de la mesa.
-Perdí a un amigo, ¿lo entiendes? No pude salvarlo!- gritó la pelirroja sin poder contenerse más, Seira se echó hacia atrás, horrorizada. Meimi se veía realmente trastornada. Las lágrimas le brotaban de los ojos azules mientras se ponía cada vez mas roja e hinchada. - ¡A tí te parece muy fácil, solo estás como rata de iglesia rezando todo el tiempo! Yo soy quien arriesga el pellejo por ambas! Y aún así, fracasé!Soy una inútil, no pude salvar a una persona que quería de un destino injusto!- chilló, soltando un sollozo como de ratón herido.- Los labios de la novicia temblaban, sin saber que decir.-
Meimi, por Dios, tienes que calmarte.- farfulló la monja- He hablado contigo bastante respecto de Jack...pero creo que no me has escuchado...- terminó con tono de reproche, lo cual enfureció aún más a la pelirroja.
- Y que! Son solo palabras vacías! Eso no regresará a la vida a Jack ni a su hija!- La gente comenzaba a mirarlas. Tomando las copas de helado, Seira pidió la cuenta mientras la airada Meimi salía velozmente por la puerta balbuceando entre sollozos y respingos.
Dos monjes caminaban por la vereda en un día soleado de verano. Una caravana de caballeros, enfundados en sus relucientes corazas de acero, avanzaban por el camino de lodo. Los religiosos parecían inmersos en una acalorada discusión.
-...Erasmus, no puedes decir que la Iglesia no te ha dado ya bastantes oportunidades? A los frailes nos preocupa esa obsesión tuya...- Erasmus hizo un gesto de molestia y hartazgo.
-¿Y qué? ¿Acaso no quieren conocer la verdadera naturaleza de Dios? ¿No quieres ver Sú rostro y degustar su dicha? ¿Por qué temerle a Él, si puedo hacer que el Paraíso llegue a esta tierra? ¿No es lo que todos nosotros, pobre almas en este valle de lágrimas buscamos? El fin del sufrimiento y la vida eterna... Me ofenden, de verdad que me ofenden. Ustedes son unos pobres remedos de religiosos. Ya te he dicho que el Papa me ha dado permiso para continuar con mis investigaciones...-
Seira se secaba las lágrimas dentro del confesionario. Estaba anocheciendo. La pelea con Meimi también la había alterado bastante. Se reprochaba lo tonta que había sido al minimizar el luto y el dolor de su mejor amiga. Aquel libro bastardo estaba trastocando su vida e interfiriendo con su amistad. Quizás ya era hora de deshacerse de él para siempre, quizás quemarlo. Sacar fotocopias como había hecho de la vida de Jack y su familia y lo demás, sería para la hoguera. Un regalo perfecto para reconciliarse con su temperamental cómplice y amiga. Marchó a su dormitorio sin que nadie la viera. Tenía que deshacerse del libro cuanto antes.
En la penumbra del jardín que separaba el convento de la capilla, la luz de las farolas no dejó ver a la joven novicia como alguien arrastraba un cadáver desde la vereda hacia la oscuridad del pasto en los jardines. Un viento nocturno sacudió sus hábitos, mientras caminaba lo más rápido que podía hacia el edificio del dormitorio.
Tha thudzi, rbi , dor bebesh drabra thadra drutha drirbi terter beshthurbidzi tha dor drabeshdzi bra szi drathathabeshrbithu tha ll rbidzi
La monja escuchó aquella voz grave, en un susurro casi imperceptible, aquellas palabras que no entendió. Al llegar al edificio y caminar unos pasos hacia la escalera que conducia hacia las alcobas, las luces se apagaron. No había nadie a la vista en el vestíbulo ni en los pasillos. El miedo de la novicia iba en aumento. Solo pudo comenzar a rezar, mientras la ansiedad y nervios iban tensando sus músculos y provocándole un terrible dolor en la nuca y las sienes. Escuchó un ruido como de algo crujiendo detrás de ella, pero no dejó de avanzar mientras los rezos se iban haciendo cada vez más audibles
-Padre nuestro que estas en el cielo...de nuestros enemigos...líbranos Señor...- Esta a punto de darle una jacqueca. El estrés hacía que sus párpados palpitaran. Casi se tropieza en varias ocasiones con los adornos del pasillo que conducía a su cuarto. Y tras unos minutos donde solo se escuchaban sus gemidos, jadeos y suspiros mezclados con sus ruegos y oraciones, llegó a su habitación. Solamente pudo ver oscuridad. Las farolas de la calle también estaban apagadas. La negrura más profunda inundaba la habitación, mientras ella se movía con suma cautela para tomar su lámpara de aceite. El tacto era su única guía, mientras tomaba el respaldo de la silla de caoba.
Segundos después, un olor nauseabundo surgió de la nada. Como el olor de un cádaver haber dejado cerrada la ventana. Seira se dió la vuelta hacia la ventana, no sólo al percibir el olor sino al notar el frío viento nocturno. Conforme se acercaba a la ventana, el olor era más persistente. Quizás un pájaro había muerto en la cornisa de su ventana, y era el olor del cuerpo lo que percibía. Apenas podía ver destellos y reflejos débiles de los autos que pasaban. Y por fin, sus manos llegaron al baúl donde descansaba el libro de los Lancaster...
Keiji Asuka llegaba al domicilio de los Haneoka. Había tormenta eléctrica y el viento seguía soplando provocando aullidos entre los edificios de la ciudad. Eran las once de la noche.
-En que lo puedo ayudar detective?- abrió amistosamente la puerta Genichiro, el padre de Meimi.-
-Nada grave señor Haneoka. Es solo que sabemos que su hija Meimi tiene amistad con la novicia Seira Mimori de la Orden Paulina y también alumna del colegio Santa Paula. Queríamos saber si la joven Mimori esta aquí. Ha sido reportada como desparecida por las monjas del dormitorio después de un apagón que solo afectó a los dormitorios de las religiosas hace unas horas. - Genichiro hizo una mueca de extrañeza mientras se rascaba la cabeza. Keiji le devolvió un gesto serio. Arriba, Meimi dormía, sin saber lo que había sucedido con su amiga...
