Familia

Pese a que había pasado mucho tiempo desde aquella época de su infancia, Romano aún seguía viviendo en casa del español. Podía haberse ido, pero se sentía a gusto ahí. Prácticamente esa había sido su casa, donde lo habían criado.

España se había vuelto su casa. Y aunque la actitud del italiano no fuera la mejor, en el fondo le gustaba estar ahí. Le gustaba estar al lado de Antonio.

Su abuelo había desaparecido ya hace mucho tiempo y su hermano menor se la pasaba siempre con el macho patatas. Así que Antonio era como su segunda familia. Su padre y madre a la vez, quien le había enseñado casi todo lo que sabía.

Cuando era pequeño creía totalmente correcto querer a Antonio, después de todo vivían juntos y eran como familia. Pero ahora había crecido y ese cariño que sentía por el español dejaba de ser fraternal. Su sentimiento había cambiado y tenía miedo.

No quería dejar la idea de ser una familia.

Se miro al espejo, de verdad que había pasado ya mucho tiempo. No era más un niño, no había forma de regresar a aquella época en donde su cariño por el español tan sólo era familiar. Golpeó el espejo con el puño y tras un par de maldiciones decidió salir al patio a despejarse.

¿Por qué ahora tenia que ocurrirle esto?

Ya afuera se sentó sobre el húmedo pasto y miro hacia el cielo, eso que le molestaba no acababa de ocurrir. Ya desde hacia tiempo sus sentimientos habían cambiado.

No quería, no quería que sucediera. Pero en algún momento del tiempo la ingenua sonrisa del español se volvió algo preciado para él. Cada palabra la atesoraba y en algún momento se enamoro.

Había sido todo un error.

El español seguramente sólo lo miraba como familia, como su pequeño ahijado. No podía pedirle cambiar eso y no quería abandonarlo.

Entonces sólo había una solución. Callaría todo aquello que sentía, se intentaría convencer a si mismo que no estaba enamorado de Antonio. Seria la única forma de permanecer a su lado.

Pero no seria tarea fácil y más cuando se presento el español frente a él.

¿Qué haces aquí, Lovi? Ya esta lista la comida, vamos.

No podía hacerlo, tan sólo el corazón se le aceleraba cerca del muchacho de los ojos verdes. Todo era su culpa, su preciada idea de familia se desmoronaba frente a sus sentimientos.

Ignoro el llamado a comer, excusándose de que no tenía hambre.

El español se sentó al lado suyo, preguntándole insistentemente si algo le ocurría. No podía más, las palabras reclamaban salir de su garganta. No podía tener control sobre sus pensamientos.

¿Qué le diría Antonio?

Con un movimiento rápido se paro y alejo lo más rápido posible del español. Si no podía controlar lo que decía seria mejor alejarse. Pero no conto con que el muchacho de los ojos verdes lo seguiría.

Lovi…Lovi…Lovino.

No pretendía dejarlo sólo. Así que en un último intento desesperado le grito que se largara, que no deseaba verlo. Ni así se lo quito de encima, todo lo contrario, el español le rodeo por la espalda con sus brazos. La calidez de aquel cuerpo lo hacia pensar que de un momento a otro se desplomaría, que todo terminaría por que no había forma de que volviera a pensar en Antonio como una familia.

Te quiero.

Y las palabras que creía salir de su boca no lo eran, esa voz no era la suya. Esa voz la conocía bien, la voz de su persona amada. Pero poco le duro el entusiasmo.Sí, Antonio lo quería, pero como una familia.

¿Pero tú me odias, cierto?

No, estaba dándole una idea equivocada. ¿Que podía hacer? En su intento de evitar que Antonio supiese de sus sentimientos había hecho lo peor, lo había hecho creer que lo odiaba. Ya no podía perder más.

Se volteo hasta que su rostro estuvo muy cerca del español y lo beso. Un beso tímido y lleno de miedo, que no tardo en combinarse con las lágrimas que recorrían sus mejillas. Había perdido a Antonio, había perdido a su familia.

O al menos eso pensó hasta que sintió que aquellos labios le correspondían.

Lo que había estado soñando, lo que se había vuelto su pesadilla al creer que Antonio nunca correspondería sus sentimientos. Estaba sucediendo lo contrario.

Y en aquella nube de sueño extendió los brazos para abrazarse del cuello del español. Su miedo se había roto. Por que Antonio seguía ahí y le correspondía.

La falta de aire provoco que ambos rostros se separaran y par de manos grandes y cálidas le tomaban por las mejillas limpiando los restos de lágrimas a su paso,devolviendole la paz con una bella sonrisa.

Tal vez había perdido su ideal de familia, pero no a Antonio. No a su amado español.

Yo también te quiero, idiota de los tomates.