Atención: No gano un duro escribiendo esto, básicamente porque no puedo reclamar los derechos, que corresponden a J.K. Rowling y a la productora que ha convertido esta saga en película.
Año: Fic situado al final del 7º. Post-batalla.
Notas del fic: ¡Slash! No leas si no gustas de las relaciones chico-chico.
Notas de la autora: Debido a la gran cantidad de reviews recibidos este fin de semana (gracias mil), actualizaré dos veces esta semana. Si veo que la historia sigue gustando, haré 2 actualizaciones en vez de 1. Ya, ya, es verano y todos tenemos más tiempo y ganas para leer. Bueno, este capítulo se lo dedico a Tom Felton por explicarle a su entrevistador qué es el Drarry como si los hubiera leído. Chico, tú sí que sabes dar a la audiencia lo que quiere.
Resumen: Tras la derrota de Voldemort, Snape, con el permiso de Aberforth, ha escondido a Draco en la taberna Cabeza de Puerco. Encapuchado, sin poder mostrarse y con su marca oscura, no puede hacer magia para no ser detectado. Ha tenido un casual encuentro con el también buscado Harry Potter y ahora Hermione Granger ofrece ayuda a Draco a través de La Orden del Fénix para ponerlo a salvo, pero el chico la rechaza.
POR AMOR A UN MORTÍFAGO
FanFiker_FanFinal
PARTE I: CABEZA DE PUERCO
CAPÍTULO 4: EL BRAZALETE H/D
Días después, mientras el chico más joven de Cabeza de Puerco cenaba, apartado en un rincón del local, sintió un tirón en su calcetín. Sin perder de vista su plato, alzó la pierna en un intento fugaz de ver qué había ocurrido. Ahí, pegado en su calcetín, había una nota.
"Si no eres un cobarde, vendrás al mismo sitio y a la misma hora, el martes. Esta nota tiene un hechizo. Si vas a venir, quémala"
"Oh, otra notita de Miss Granger. Sin duda su elfina lo habrá traído aquí apareciéndose en tiempo récord. ¿Por qué insiste?"
Sí, ¿por qué insistir?, se decía Malfoy. Sin embargo, su vida en el antro oscuro era tan patética y aburrida y su curiosidad tan grande, que el mismo martes se encontró de nuevo camino de La Casa de los Gritos. Su cita ya estaba esperándolo. Pero no era Hermione Granger. Un nudo se formó en la garganta del joven Slytherin. Unos ojos brillantes y muy claros lo miraban, expectantes y con una sonrisa.
—Hola, Malfoy.
—Te odio, Potter.
—…Créeme que el sentimiento es mutuo –fue la respuesta que recibió.
—¿Acaso crees que puedo escaparme siempre que te dé la gana para vuestro estúpido jueguecito?
El chico lo miró, aparentemente, sin entender. Se acercó y, sin mediar palabra, le agarró del brazo.
—¿Qué crees que haces? Suéltame, cara rajada.
—El tiempo de los enemigos se acabó. Vas a venir conmigo.
Nadie pareció reparar en un chico moreno de pelo despeinado arrastrando a otro de ojos claros con gorro y bufanda tapándole la cara. Minutos después, y sin apenas aliento, ambos se recuperaban sentados frente a frente en una de las mesas más próximas a la ventana de "Las Tres Escobas".
—Bien, ahora vamos a hablar como adultos –sentenció Harry—. Podrás hacerlo, ¿verdad, Malfoy?
—No estoy aquí con Harry Potter. No estoy en un bar tomando algo con el imbécil de Harry Potter.
Harry se acomodó en su silla, sonriente y despreocupado.
—Oh, sí, insúltame todo lo que quieras si eso te hace bien —y se agachó para recoger algo que había caído de su abrigo.
Harry contempló ahora mejor al chico sentado frente a él. Sus pómulos altos parecían más marcados, y sus ojos lucían decididos. Draco empezó a observar cosas que antes no había visto.
Draco alzó la mirada, e, incómodo, repuso:
—No me mires, Potter.
—¿Por qué ya no sales a la calle con tu otra cara? Me gustabas más de chica.
Draco se burló de él sin mirarlo.
—Oh, ¿en serio? Yo creía que tanto tiempo soñando con Voldemort te había hecho excitarte con hombres.
—Ah, aún sabes gastar bromas. Eso significa que no estás tan mal como parece.
Draco arrojó todo el líquido de su bebida a la cara de Harry, quien apenas se inmutó.
—Oh, si no querías más cerveza podrías habérmela ofrecido. Me la hubiera tomado… de otra manera –sonrió Harry, divertido, limpiándose la cara.
¿Qué le pasaba a cara rajada? ¿Por qué estaba tan tranquilo? No parecía incomodarle su presencia, a pesar de que Draco se estaba enfadando. Harry notó algo extraño en la actitud de su Némesis: desde que se habían encontrado, evitaba mirarlo y hacía esfuerzos por estar lejos de él.
—Oye, ¿por qué no me miras? ¿Temes enamorarte de mí?
—¿Quieres morir, Potter?
El otro no respondió, sólo sonrió.
—Adelante, lánzame el hechizo y ambos tendremos a los mortífagos en un segundo delante de nosotros.
Aquella observación tenía mucho sentido. Así que el chico sabía lo de la marca oscura...
—No sé qué hago aquí contigo, imbécil, me voy –dijo Draco dirigiéndose a la puerta.
Harry lo siguió y lo empujó a la nieve, cayendo sobre él. Draco se revolvió hasta estar boca arriba mientras el chico de pelo negro lo inmovilizó con sus piernas sobre las caderas. Harry se sumergió en la mirada de su enemigo y le inmovilizó los brazos.
—Estás resentido, ¿no es eso? Pégame hasta hartarte.
—No, Potter, no te acerques –pidió Draco cerrando los ojos muy fuertemente, lo que no evitaba percibir su aroma a grosella.
—¿Acobardado ahora? –dijo él acercándose aún más.
—¡Mierda, Potter, no te acerques! –dijo el rubio, revolviéndose.
No es que Draco fuera más fuerte, aunque no parecía estar pasando más hambre que el Gryffindor, pero su deseo de evasión era tan grande en ese momento que dio la vuelta con su cuerpo y ambos rodaron ensuciándose de nieve, por el suelo.
—¡Suéltame! –gritó el rubio, desesperado.
Harry abrazaba el tronco de su enemigo para no dejarlo marchar.
—No… ah… hasta que no digas que vendrás conmigo…
—¡Contigo! ¡No sueñes, Potter!
Ambos se detuvieron en la lucha para tomar aliento. Harry, de nuevo encima de Draco, dejó caer su cuerpo en el de su rival. Ambos pechos subían y bajaban debido al esfuerzo. Harry se elevó unos centímetros con ayuda de sus brazos para mirar al otro a la cara. La pálida piel de Malfoy era tan parecida a la nieve en invierno…
—Draco… —oyó el aludido, muy cerca de su oreja.
Tan cerca, que no pudo evitar abrir los ojos al escuchar su nombre de pila. Quiso enfurecerse, empujar a Potter y darle una paliza, pero se encontró con aquellos ojos verdes mirándolo con pretensión y no pudo hacer nada; no pensó, no se movió un ápice…
"Draco, reacciona, ese estúpido héroe quiere dejarte fuera de juego con alguna artimaña suya, por eso te mira así… pero no puedo… la poción… me hace sentir cosas por Potter…"
Las manos de Draco se movían solas, hacia el cuerpo de su enemigo, y si él mismo no despertaba, si no afloraba su autocontrol Malfoy tiraría al traste todo su renombre. Vio cómo Harry acercó la mano a su cara para retirarle un mechón de pelo. Se armó de valor y cerró los ojos.
—El jueves, a la misma hora. Si no vienes, te iré a buscar a Cabeza de Puerco.
Poco a poco notó cómo el peso de su cuerpo desaparecía, y, cuando abrió los ojos, Potter ya no estaba sobre él, ni próximo a él: se había ido.
Aquella noche tuvo una sesión forzada frente al espejo. Lanzó todos los insultos y amenazas que creyó posible, tratando de evitar que la poción hiciera sus efectos. La hermosa cara de Potter se le aparecía frente a él, y por cada vez que lo hacía, Draco escribía una cruz sobre el cristal usando su dedo.
"No sólo ha tenido el descaro de decirme que me fuera con él, sino que me ha citado otra vez… maldito…"
Sería muy fácil no ir a la cita, pero si a Potter se le ocurría entrar en Cabeza de Puerco preguntando por él, había peligro de que algún indeseable se enterara. Un momento… Harry no haría algo así… no le pondría en peligro…
—Uh, ya le estoy llamando por el nombre. ¡Reacciona, maldita sea! ¡Quiero el antídoto, viejo asqueroso!
O quizá sí lo haría. En sexto estuvo a punto de matarlo con un hechizo de magia oscura. Draco decidió ir nuevamente al sitio de la cita, pero tuvo clara una cosa: ese gordo seboso pagaría por haberle puesto un filtro en su bebida.
Harry sonrió triunfante cuando vio la figura de Draco Malfoy apostada frente a la alambrada de La Casa de los Gritos.
—Si no fueras el Niño de Oro, diría que te alegras de verme, idiota.
—Eres un poco descortés, Malfoy, ¿no te han enseñado cómo se saluda a la gente? –dijo, mientras se acercaba a él.
—Claro que sí, he tenido padres que me han educado…
Draco vio cómo Harry intentaba controlar su ira. Él tenía una misión y ni el más bajo insulto Malfoy le iba a impedir cumplirla.
"Ignoraré todo insulto que Malfoy dirija hacia Harry", se prometió el de pelo azabache, y cambió su cara disgustada por otra más amable. Cogió a Draco del brazo y lo llevó de vuelta a Hogsmeade.
—¡Eh, idiota, no te acerques! ¡Sé caminar solo!
—Tengo miedo de que huyas, maldito cobarde.
—Voy a pegarte, Potter.
—Hazlo ya, estoy esperando –dijo el joven con mirada amenazante.
El revuelo de la gente yendo y viniendo entre la villa hizo olvidar a Draco su siguiente respuesta. Los locales de Hogsmeade ya estaban adornados con borlas y motivos navideños, y la gente iba de un lado a otro con evidente espíritu navideño.
Harry llevó a Draco hasta otro lado de la villa, tras Dervis&Banges. Harry se agachó para desenterrar del suelo un objeto muggle llamado altavoz, viejo y medio roto, y se agarró a él.
—Pon tu mano aquí, Malfoy.
—¿Qué dices?
Harry cogió la mano del chico y la puso sobre la fría superficie.
—¿Es un traslador?
La respuesta la tuvo cuando alrededor suyo ya no había espacio entre locales, sino un sucio callejón oscuro. Draco miró alrededor mientras Harry se peleaba sacando algo de su túnica.
Malfoy reconoció inmediatamente la entrada al Caldero Chorreante.
—¡No voy a ir a ese antro de mala muerte! –se quejó, volviendo sobre sus pasos.
—Es irónico que digas eso cuando trabajas en uno.
Draco se encontró con la arrebatadora sonrisa de Potter, y se sonrojó.
—¿Para qué me has traído aquí?
—Fácil –dijo Harry comenzando a andar—. Tengo que comprar los regalos de Navidad y tú vas a ayudarme.
—¿De qué hablas? –escupió Draco siguiéndole, mientras ambos atravesaban la pared de ladrillos rojos—. ¡No soy ningún alma compasiva que quiera hacerte compañía para comprar regalos a tus sucios amigos!
Harry se volvió.
—¿En serio? Volvamos entonces a Cabeza de Puerco. Por tu actitud, veo que prefieres mezclarte con gente como esa.
—¿Cómo sabes lo de Cabeza de Puerco? ¿Te dedicas a observarme clandestinamente, Potter? Ya sabía yo que no podías olvidarme fácilmente…
—Idiota –dijo él caminando—. Te vio el Profesor Lupin trabajando allí. Y me contó muchos detalles, como tu máscara negra, y tus ruines compañeros…
—Oh, y ahora sientes lástima, ¿no es eso? No necesito tu compasión, estúpido cara cortada.
Ambos se encontraban ya dentro del Callejón Diagón. Había más actividad que la última vez.
—Oh, mira, a Ron le encantará esto –dijo el chico observando una túnica de gala azul con reflejos.
Draco observó la prenda y lo encontró divertido.
—Si le regalas eso, tendrá un shock y habrá que llevarlo a San Mungo. Sus padres nunca han podido permitirse algo así.
Harry apretó los dientes, pero se contuvo. Abrió la puerta de la tienda de Madame Malkin cerrándola en las narices de Malfoy, compró la prenda y salió.
—¡Y tus modales, Potter! Me has dejado aquí como si fuera un perro –se quejó el chico rubio.
—Me dijiste que podías caminar solo, deduje que también sabrías abrir una puerta y entrar a una tienda –se burló el otro, dando grandes zancadas para ir a la siguiente estación: Flourish and Bloots.
—¿Qué crees que le gustará a Hermione de aquí? –dijo Harry casualmente.
Draco estaba más ocupado en ocultarse de los mirones que de otra cosa.
—¡Oye! Te estoy hablando –dijo Harry enfadado.
—Ah, ¿y a mí qué me cuentas? No tardes mucho en elegir, a esa rata de biblioteca le irá bien cualquier cosa.
Harry lo miró con desprecio.
—Bueno, tú que eres tan culto, ¿por qué no eliges algo? ¿O acaso no has leído lo suficiente?
—Claro que he leído. Pero no conozco a la sangre sucia.
—Dijiste que cualquier cosa iría bien –habló Harry enfadado.
—La culpa es tuya por traerme aquí de compras. Te estoy aguantando y tú me pides que te dé consejo para los regalitos de tus amigos. ¡Vas listo! –y desapareció tras una estantería para curiosear algunos libros.
Draco gustaba de leer, y hacía tanto que no salía de Cabeza de Puerco, que la tentación de mirar los últimos libros editados pudo con él. No era un obseso de la lectura como podría serlo Hermione, pero leía para agudizar su inteligencia. Arañó varios volúmenes para echarles un vistazo. Una voz que lo contemplaba, asomando la cabeza por su hombro, dijo:
—¿Esos son buenos, Draco?
Malfoy tuvo un buen sobresalto.
—¡Por Merlín, Potter! No te acerques tanto.
—¿Y por qué no? –dijo el otro sin moverse.
—No me gusta –indicó Draco sin volverse.
—¿Me tienes miedo? –susurró Harry aún más cerca.
Por el aspecto de los nudillos de su archienemigo adivinó que no había sido bueno provocarlo. Harry fue estampado contra una de las estanterías con fuerza, mientras el rubio salía por la puerta de la tienda sin decir nada.
¿Qué le ocurría? ¿Por qué se le veía nervioso al ponerse tan cerca? Ocurrió lo mismo en Hogsmeade cuando se tiró sobre él.
Rápidamente, Harry hizo las compras en la librería y siguió a Draco, que caminaba hacia el Apothecary, un sitio bastante viejo y con olor a huevo podrido, donde se podía comprar cualquier ingrediente para pociones.
—¡Eh! ¿Dónde vas?
—Yo también necesito hacer compras –fue la respuesta de Malfoy.
—¡Espera!
Los muchachos entraron en la tienda y estuvieron mirando en derredor hasta que la tendera, una mujer anciana, se les acercó.
—¿Qué desean?
—Um, necesito un antídoto contra la Amortentia y los ingredientes necesarios para una poción de euphoria –dijo Draco recordando los nombres de cada una de sus deseadas pociones.
Una, para la cura; otra, para una dulce venganza. Casi se le salieron las lágrimas de los ojos sólo de pensar en cómo urdiría su trampa y cómo ese capullo que había intentado hechizarle debía ser castigado.
—Pagará él —dijo Draco arrimando a su rival hacia el mostrador.
—¿Perdón? —Harry lo miró, alucinando y susurró—. Malfoy, no se debe ir a comprar sin dinero.
—Si me hubieras avisado de que vendríamos aquí, lo habría traído. Así que tú pagas —estableció el rubio, y Harry puso las monedas sin dejar de mirar con odio a su acompañante.
Al salir, la cara de Draco había cambiado totalmente. Ahora lucía determinada y con signos de satisfacción.
—¿Qué es tan divertido? ¿Y por qué necesitas un antídoto contra una poción de amor? –preguntó el de pelo negro, curioso.
Entonces los hechos le vinieron a la mente como azotado por un salvaje viento.
—¿No será que…
Su garganta fue inmediatamente presionada por una mano enguantada.
—Ni una palabra, Potter, ni una palabra.
—¿Te habías enamorado de mí? –dijo, mientras recobraba la respiración cuando fue soltado— ¿Fuiste lo suficientemente imbécil como para tomarte eso?
Draco se encaró con él.
—Por si no lo sabes, soy tan atractivo que algunas tienen que utilizar métodos como ese —porque bajo ninguna circunstancia iba a decirle a Potter que su enamorado era un gordo seboso con la marca oscura que probablemente le doblaba la edad.
—¿Cómo han hecho una poción para que te enamores de mí? Quien te la diera sería más torpe que yo en pociones…
—No hay nadie más torpe que tú en pociones, cara rajada. Estaba hecha para enamorarse de lo primero que uno viera. Cuando me la tomé sin saberlo, leía la prensa. Es vomitivo que tengan que poner fotos tuyas todos los días.
Harry estaba fascinado. Nunca se había tomado una poción de amor, y le pareció curioso saber qué sentiría la otra persona. Sin pensar, lo agarró de la mano.
—¿Qué crees que haces, imbécil? –dijo Draco soltándose.
—¿Puedes resistirte? –quiso saber el chico, mirándolo con ojos de experimento.
Draco guardó los ingredientes de las pociones a salvo en un bolsillo y una burbuja malévola explotó en su interior.
—Yo sí, pero, ¿y tú?
Los ojos verdes se movieron de un lado a otro, temerosos. El rubio se echó a reír ruidosamente.
—Parece que de pronto te ha entrado miedo, Potty.
—Cla… claro que no.
El joven se midió con el moreno, hasta estar a apenas centímetros.
—¿No me encuentras atractivo?
—Eres… un imbécil, Malfoy.
Draco elevó el mentón de Harry, quien estaba como paralizado por la mirada de mercurio, y susurró:
—Ahora dilo otra vez pero con gemidos…
Harry empujó a Malfoy fuera de su espacio, con la respiración entrecortada.
—Eres… un enfermo.
Ahora los ojos grises se clavaban en él como puñales de deseo.
—Hay… muchas cosas que no sabes de mí.
Harry se agachó y le lanzó una bola de nieve, que fue a golpear de lleno en su rostro pálido.
—¡Despierta, Malfoy!
Los rasgos del Príncipe de Slytherin se retorcieron, y apretó los labios, ávidos de rabia.
¡PUM!
Había hecho caer al suelo nevado a Harry con un empujón. No parecía que se hubiese resistido.
"¿Qué me está pasando? Siento que quiero poseerlo…"
Draco se lanzó sobre él y, como si no hubiera sido suficiente con la pelea de la vez anterior, ambos cuerpos volvieron a rodar por la nieve, en desesperado combate uno contra otro. Harry se sentía mareado, y su rival no parecía estar en control de la situación precisamente. Parecía como si alguien lo estuviese poseyendo de forma salvaje. Cuando al moreno se le agotaron las fuerzas, bajó la guardia para recuperarse, algo que jamás debió hacer. La cara de Draco Malfoy, ahora sobre la suya, parecía sugerir un mal final para él, y su mente parecía tramar algo espeluznante. Con una mueca de total superioridad y a la vez disgusto en su rostro, Draco inmovilizó al chico y sentenció:
— Ahora dilo otra vez, Potter.
Y sus labios cruzaron el poco espacio que les separaba tan rápido, que Harry no pudo cerrar los ojos como acto reflejo. Para cuando se dio cuenta de que Malfoy comía de su boca con una fiereza absoluta, se le paró el corazón.
—¿Qué pasa, Potty? No es la primera vez que nos besamos. Aunque entiendo que esta vez te haya gustado más. Es evidente, cuando quien lo hace soy yo.
Harry lo miró desconcertado. Si Malfoy no le hubiera contado el rollo de la poción, por Merlín que habría pensado que estaba poseído por el Señor Oscuro.
Nadie sabía qué le ocurría a Prat: cada vez que su boca se abría, era para hilar una y otra palabra sin sentido alguno.
—Iremos… mortífagos, venta barril, trasfondo de Hogsmeade.
Aberforth tuvo que viajar esa semana para traer una mercancía, y estaba siendo un infierno trabajar en Cabeza de Puerco con Ross al mando. Draco contempló desde la barra, cómo el cojo Prat decía tonterías a cualquier visitante del bar, causando el hazmerreír en la clientela, y, cómo un feliz Anthony Ross se desternillaba desde su posición al otro lado de la barra. Draco jamás había entablado amistad en Cabeza de Puerco, con nadie, ni siquiera con el jefe, pero en alguna ocasión, Prat le había ayudado con las tareas y de hecho, fue el único que no se burló de su apellido. Como en Hogwarts, Draco no tenía realmente amigos porque cada individuo Slytherin podría destruir la amistad si eso significaba un obstáculo a su meta. Sin embargo, sí se protegían entre ellos si se daba la ocasión o se hacían favores. Y Draco estaba cansado de ver balbucear cosas sin sentido a Prat y, sobre todo, al mesero Ross disfrutando de lo lindo con algo que parecía sospechosamente firmado por él.
—Sickles… con escobas y una snitch. Fue whiskey con manzana…
Encapuchado y con su delantal, Draco se deslizó con la misma elegancia y ligereza que una serpiente hasta donde el mesero estaba, y, contemplando desde allí a Prat, dijo, con su característica forma de hablar:
—¿Te parece divertido jugar con las pociones?
A Ross se le acabó la risa de un golpe.
—¡Tú ve a hacer lo tuyo!
Draco lo miró con tal repulsión que si las miradas matasen, Ross estaría muerto y enterrado.
—Aberforth no querrá saber que usted se ha estado divirtiendo a costa de nosotros… —lo intentó Malfoy, de forma irónica.
—No creerá nada de lo que un mortífago le diga –repuso el otro, altivo.
—Bien –sonrió Draco, pero su sonrisa iba cargada de sarcasmo venenoso—. Si hemos de jugar, juguemos. Sólo recordarte que me gané una mención de honor en la materia de pociones cuando estudiaba… no hace mucho de eso.
—Y dime, ¿de dónde sacarás los ingredientes? –se mofó el otro—. Oh, olvidaba que no puedes salir a comprar… y sin Aberforth aquí nadie te dará salida si yo soy el jefe. Claro que –se pasó la lengua por los labios—… podría considerarlo a cambio de algún favor por tu parte…
—Un Malfoy no se arrastraría tan bajo.
—Ahora tu papá no puede ayudarte, así que tendrás que aguantar lo que te echen, princesa.
—Eso ya lo veremos, gordo asqueroso –insultó Draco con una amplia sonrisa.
Prat llevaba horas haciendo el ridículo, y cada vez más clientes entraban a verlo para reírse. Draco maldijo no tener su varita, no poder lanzar un Crucio por tener que depender de esa mala calaña. Prat lo miraba, parecía pedir ayuda a gritos, con sus incoherentes conversaciones.
Como hubiera tantos a quienes atender, Draco aprovechó una ocasión en la que Ross tomaba nota a unos clientes en la mesa más lejana para acercarse con su porte arrogante hacia Prat y tirarle de la manga.
—Yo atenderé. Tú ve a la barra.
En los ojos de Prat brilló la salvación de hacer el ridículo y se esforzó para decir:
—Agh… agra… sola y la.. chico.
Draco lo miró como si fuera tonto.
—La próxima vez vigila bien lo que bebes y comes. A cambio deberás hacer mi ronda el siguiente jueves. ¿Entendido?
Prat no pareció molesto por eso. En lugar de reprenderle al joven Malfoy su caradura pidiendo algo a cambio, añadió, en un sinfín de palabras sin sentido:
—Puerta cerrar… yo… agravio.
—Tío, no entiendo nada. Escríbelo –ordenó Malfoy sacando una pequeña servilleta de papel.
Prat sonrió de oreja a oreja y escribió "Gracias, chico. Yo cerraré hoy por la noche"
Draco sonrió también cuando vio la nota. Sería el cielo ver cómo Prat cerraba el bar cuando Ross había ordenado que lo hiciera Draco para humillarlo.
—Vaya, me emocionas.
"Espera a ver su cara", garabateó el hombre, y Draco hizo una mueca de superioridad.
—Espe… jajaja… sucio viejo, en la barra –rió Prat, y levitó las jarras de la mesa dos y tres.
El efecto de la poción se pasó a lo largo de la noche, pero Ross estuvo riéndose del hombre y su estómago hasta dolía. Malfoy no podía alegrarse, aunque reconociera que Prat fuese tonto. Nada había en el mundo en ese momento que odiara más que a ese estúpido gordo mesero. Incluso Potter había ocupado otro sitio en su memoria. Pensándolo bien, los efectos de la amortentia le daban una ventaja para tratar con Potter. Podría hacer lo que le diera la gana con Potter siempre que estuviera bajo esa poción. Cuando lo besaba no sentía náuseas, sino unas tremendas ganas de volverlo a hacer, y al mirarlo ya no se le antojaba despreciable, sino atractivo. Y Potter parecía asustado cuando eso ocurría. Ninguna de las formas en las que Malfoy lo molestó en el pasado había hecho mella en el joven de la cicatriz, pero bastaba que el joven lo acorralase y le hiciera algún comentario sexual, que Potter no sabía por dónde salir.
—Será divertido, lo utilizaré como venganza por haber encerrado a mi padre.
Esa misma semana, antes de que Aberforth viniera, Draco se largó otra vez con Potter. Como los efectos de la poción seguían haciendo mella en Malfoy, le sugirió al moreno verse porque en su mente no dejaba de aparecer su imagen. El héroe, que, según Draco, tiene la obligación instintiva de ayudar a todo el mundo, se ofreció para que ambos se vieran durante ese mes con un ingenioso sistema.
—Cuando quieras verme, dale la vuelta a este brazalete. Está hechizado y me lo comunicará en el momento.
Draco había contemplado con cierto asombro e indecisión la placa de plata de siete centímetros de ancho, y cuando observó que iba marcada con la inscripción H/D, le devolvió el objeto.
—Cómo pretendes que me ponga esto. Es exagerado, tienes muy mal gusto. Además es muy cursi.
Harry lo miró casi enfadado.
—Está bien. Seguiré enviándote a Dikki, como gustes. Sólo pretendía hacer más llevadero tu rollo de la poción.
—¿Es necesario poner las iniciales, como si tú y yo fuéramos una pareja de tórtolos? –dijo, irritado.
—No seas idiota, claro que es necesario. Es el vínculo para comunicarnos. Si pongo cualquier otra letra, el objeto no reaccionará. Hay que poner las iniciales o los nombres de las personas. Creía que tenías conocimientos sobre estos objetos.
—Mi materia es pociones, ¿recuerdas? –dijo él en su característico y enfermizo tono ególatra.
—Um, hablando de pociones, ¿qué hiciste con el antídoto que compraste? ¿Acaso te gusta estar enamorado de mí y por eso no lo tomaste?
Draco rió con ganas.
—En tus sueños, Potter. No es asunto tuyo lo que hice con él. Ahora me voy.
En su apresurado marchar, le arrebató a Harry el brazalete y, más tarde, se lo colocó en el brazo. Ahora tenía un modo de comunicarse con él que nunca hubiera pensado.
CONTINUARÁ.
