Una horrible maravilla humana de Dios
Capítulo tercero
Will desdobla el papel cuadriculado que le ha dado Charly en el Instituto, y relee las tres direcciones, en tinta azul y letra separada e irregular, que Charly ha escrito en él.
"Refréscame la memoria", le dice a Jessamine, que flota a su lado. "¿Qué nos pilla más cerca, East Road o St. James Street? La tercera opción es ir hasta Kensington, así que queda descartada.
En otro momento de su vida, le habría escandalizado que un muchacho de sólo 13 años conociera la dirección de tres afamados clubes en los que se apuesta con juegos de naipes, pero resulta que en la actualidad existe algo llamado internet, una red de información virtual a la que todo aquel que disponga de cable telefónico y un aparatito llamado computadora puede acceder; es como el archivo de los Hermanos Silenciosos multiplicado por un millón (o un millón de millones). Maravillas de la tecnología; aunque no hay lugar para la sorpresa, con todas las cosas raras que suceden últimamente.
"Will, ya te he dicho que es la segunda vez que salgo del Instituto en más de un siglo. No recuerdo en millas el plano de Londres. Además, las ciudades cambian. Y por cierto, si continuas hablando conmigo en público te tomarán por idiota, o peor, por esquizofrénico paranoide, y puede que en lugar de a Nueva York en donde acabes sea en un psiquiátrico".
Will va a responder algo a las palabras de Jessamine, cuando escucha como un transeúnte murmura al pasar por su lado algo que suena a: "Ese está como un cencerro", y procede a cerrar el pico. Hace una nota mental para no olvidar que si él Charla con Jessamine tranquilamente mientras caminan, lo que el mundo ve es a un tipo hablando sólo.
Finalmente decide que la caminata será menos larga si se dirigen al Equal Chance, el club de juego ubicado en St. James Street. Continúan su ruta por el Strand, que a pesar del tiempo y la modernidad, conserva su sobria belleza y sigue flanqueada por hermosos y emblemáticos edificios, para llegar a Trafalgar Square. Después suben por Haymarket hasta Picadilly Circus, centro comercial por excelencia de los londinenses en el pasado que, al parecer, todavía conserva su función. Una vez allí se dejan impresionar, tanto Jessamine como él, por las grandes pantallas refulgentes que anuncian bebidas carbonatadas y logotipos de otras marcas que desconoce.
Aún no ha anochecido del todo en Londres, pero el cielo ya es de un plomizo gris mercurio y las chispeantes luces de marquesinas y teatros lo inundan todo. Jessamine parece encantada con el espectáculo de color, y ondea de un lado a otro de forma fugaz, sin parar quieta más de dos segundos en cada sitio: del escaparate de una tienda de ropa, a observar a un hombre oscuro con la melena formada por apretadas trenzas, tocar un ritmo tribal en un bongo o un tambor, luego a otro artista callejero que hace pompas gigantes de jabón y entra dentro de ellas y a una pareja de contorsionistas adoptando posturas imposibles.
Antes ya lo era, pero ahora Londres hace honor a su apelativo de Capital del mundo con más ahínco que antaño, se pueden ver gentes de todas las etnias, tamaños y formas; con rasgos asiáticos como los de Jem, o piel oscura como el betún procedente del sur del Sahara, o de pequeño tamaño y colorido poncho al estilo de los atuendos tradicionales de los habitantes de las altas cordilleras sudamericanas, o con facciones hindúes; hay lo que parecen millares de éstos últimos. En las escaleras de la fuente central de la plaza, bajo la atenta mirada del Eros que la culmina, se halla un grupo de muchachos jóvenes, con acento claramente español, tomando bebidas enlatadas, probablemente alcohólicas, por la forma en la que se comunican y ríen, a grito pelado.
Will tiene que agarrar a Jessamine del codo, arriesgándose a que le vean sujetando el aire, porque no hay manera de que su espíritu se mueva de allí. La chica se encuentra fascinada por todo ese bullicio y ajetreo, Y Will desea que a partir de ahora ella pueda entrar y salir del Instituto cuando le venga en gana, y formar parte de la apabullante vida de la ciudad.
"Vamos Jessie, no tenemos toda la noche para estar mirando. Hay un trabajo esperándonos", susurra a su amiga cuando ésta se niega a avanzar.
Jessamine pone cara de estar a punto de mandarlo a tomar viento, y de decirle que así se las apañe él solo con las cartas, pero acaba acompañándolo.
La primera calle que encuentran tras torcer por Regent Street, es St. James. Will vuelve a sacar el papel cuadriculado para asegurarse de que el número que tiene en la cabeza es el correcto, y una vez que lo comprueba, avanza con inquietud contenido hacia el lugar indicado. Siente un raro cosquilleo en la boca del estómago, mezcla de nervios y excitación. Hace mucho que no practica con juegos de cartas, y el Bridge siempre resultó mucho más apropiado para un gentleman inglés que el póker; aunque él siempre prefirió éste último, ¿y a quién quiere engañar?, él nunca fue un gentleman inglés, en todo caso lo habría sido galés, y no más de medio gentleman. Sólo espera que no se le vea el plumero con la estratagema de usar la condición de Jessamine, y que no haya nadie entre los jugadores que también pueda verla u oírla.
Por suerte, no parece haberlo.
Y por suerte, tampoco exigen etiqueta para permitir el acceso al local, ese habría sido un obstáculo insalvable. En la entrada del edificio se enteran de que el sitio es un club privado, sólo para socios, pero el portero, tras unas palabras con alguien del interior, decide que puede hacer la vista gorda en su caso, probablemente persuadido por el hecho de que Will se haya presentado como:
"Vladímirr Smirrnov. Segurramente le suene mi nombre; mi familia es dueña de todas las destilerrías de Vodka de mi país. Tenemos tanto dinerro, que podríamos recomprrar Alaska a los Estados Unidos, por diez veces más rublos de los que les conbrramos nosotrros".
Todo esto con el enrevesado acento ruso que aprendió a poner porque su hijo James se partía de la risa cada vez que lo escuchaba hablar con alguna entonación que no fuera británica, e inspirado por un cartel publicitario que acababa de ver en las pantallas de Picadilly.
Por dentro el club no parece un lugar exclusivamente elitista o esnob, y no tiene nada que ver con los clubs para caballeros que él llegó a conocer, en los que se fumaban puros, se bebía brandi o ginebra y se echaban unas manos de cartas mientras se hablaba de negocios o se arreglaba el mundo, es decir, el Imperio Británico. Allí dentro la gente no viste gala, nadie fuma, y hay unas cuantas mujeres, sin pinta de ser cortesanas o camareras, sentadas en las mesas, como un jugador más. Las mesas son redondas y no admiten más de seis jugadores, cubiertas por un tapete azul zafiro, a juego con la tapicería de las sillas. Después de haber cambiado el reloj de Charly por fichas de juego, no necesita esperar demasiado para que le abran hueco en una.
Will piensa que es preferible empezar suave en la primera mano, para no alarmar al personal, pero en cuanto advierte que sus otros cinco contrincantes se han tragado que él sólo es un patán extranjero, excéntrico y forrado de pasta, que no dará pie con bola jugando al póker, comienza el contrataque. Y resulta que Will no está para nada oxidado en el juego. Casi cree que puede ganarles sin recurrir a la ayuda de Jessamine… Pero con Jessamine, aquello es coser y cantar; se lleva todas las manos de calle, y empieza a acumular montones de fichas de colores frente a él.
Una retirada a tiempo es una victoria, se dice tras anunciar con su inefable acento moscovita, que es hora de largarse. Ha ganado una buena suma de libras, o al menos espera que sean suficientes para pagar un billete de ida a Nueva York.
"Les hemos desplumado del todo", afirma Jessamine entusiasmada mientras caminan de nuevo por el Strand. Parece satisfecha, casi eufórica de haber formado parte de la embustera victoria de Will. No la había visto tan contenta desde que Nathaniel Gray llegó medio moribundo al Instituto, y ella vio la posibilidad de pescar un marido mundano. Al final la cosa acabó como el rosario de aurora para ambos dos, porque Nate, el hermano de Tessa, era un malnacido de cuidado.
Will despliega su sonrisa como la vela de un barco, con la intención de darle la razón a su amiga, pero el gruñido de su estómago interrumpe el gesto de júbilo.
"Maldito infierno", masculla entre dientes. "Muero del hambre. Si no como algo creo que en cualquier momento va a darme un síncope".
"¿Desde cuando llevas sin comer?", pregunta su sinuosa amiga.
Will permanece pensativo un instante. "Creo que un par de mañanas antes de palmar me administraron unas gachas con miel para el desayuno. Lo que no logro recordar es si esa vez conseguí que permanecieran en mi estómago".
"No recuerdo que murieras por una gripe intestinal, Will".
"Fueron las fiebres que agarré en mi último viaje al Sahara con Tessa. La dama quería regresar al desierto y yo andaba mayor para esos trotes. Demasiado picante en el cous cous y los pinchos morunos. Supongo que eso ayudó a que me subiera la temperatura. Pero por Dios, Jessamine, para ya de hablar de comida, que estoy a punto de perder el conocimiento, y tus palabras sólo lo empeoran".
"Podemos buscar algún lugar en el que vendan comida", sugiere Jessamine. "O volver al Instituto. Puede que aún no hayan vuelto los Fairchild. Las aguas están tan revueltas últimamente que apenas pisan por allí".
Will asiente a la segunda propuesta. La comida casera le parece más de fiar. Cuando están frente a la puerta exterior de la antigua iglesia, Jessie le pide que espere fuera hasta que ella haya comprobado quién se encuentra en el interior. Al poco aparece acompañada por Charly. Son altas horas de la madrugada y la criatura tiene los ojos nublados por el sueño.
"Siento despertarte a estas horas", se disculpa Will al verlo.
"No estaba durmiendo", responde el chaval.
"¿Qué hacías entonces?", inquiere Jessamine, poniendo una curiosa cara de madre insatisfecha.
"Intentaba resolver un Cubo de Rubik en menos de veinte movimientos. He leído que puede hacerse. No pararé hasta conseguirlo".
"Cubo de Rubik…" repite Will memorizando las palabras, como si éstas fueran a ser importantes en un momento dado. Luego sacude la cabeza igual que si estuviera sacudiéndose el polvo y se centra otra vez en su necesidad de comer. "¿Tú niñera?".
"Ella sí que duerme", asegura Charly. "Se despertó brevemente a eso de las diez, emitió un sonido incompresible, y volvió a quedarse frita como una marmota". Vuelve la cabeza hacia el edificio y eleva los grandes ojos verdes a la luz encendida de uno de los ventanales del segundo piso. "Los que sí que están despiertos son Mary Jane y su novio mundano". Mira a Jessamine elevando las cejas. "En su cuarto. A solas. Probablemente dándose el lote".
En ese mismo instante se escuchan pies pateando las escaleras de mármol del Instituto, rápidos e imposibles de detener, y Will siente el extraño impulso de pedir a Charly que corra por el jardín al grito de ¡fuego, fuego!, con el objeto de distraer la atención de su persona.
Cuando una joven y hermosa muchacha, de larga melena rizada y roja, el mismo tono que Charly, y un chico larguirucho y desgreñado, con la mirada chispeante de felicidad, aparecen en la puerta y preguntan a Charly quién es él, Will se adelanta y responde con lo mismo que dijo en el club de póker, ligeramente adaptado para la ocasión.
"Vladímirr Smirrnov. Para servir al Ángel y a usted, señorrita".
Agarra la mano de la joven pelirroja, que lo mira fijamente, con la boca entreabierta, y besa suavemente el dorso. El chico que ella tiene al lado no parece tan complacido con el gesto.
"Es un cazador de sombras. Llegado de la mismísima Rusia", se apresura a mentir Charly. Will piensa que el chaval es bastante rápido, lo cual le gusta. "Llegó esta tarde solicitando alojamiento, y dijo que volvería por la noche. Y bueno, aquí esta. Vladimir, ésta es mi hermana Mary Jane". Luego Charly mira al chico de cabellos alborotados con un nada disimulado desdén, y agrega: "Este otro no tengo ni idea de quién puede ser?"
"Benjamine Parker" habla el supuesto affaire de Mary Jane, extendiendo la mano, a la espera de que alguien se la estreche.
"Smirnov no es un apellido nefilim", observa ésta, sin haber apartado sus bellos ojos de Will. Éste se da cuenta de que, si bien son idénticos a los de Charly bajo la luz de la luna, quedan mucho mejor en la cara de una chica.
Aunque eso no le impide maldecir mentalmente las muchas clases de onomástica nefilim que han debido de recibir esos dos muchachos. Claro, que si alguno de sus padres tiene la sangre de Charlotte, y es sólo la mitad de persistente de lo que lo era ella…
"¿Conoces a muchos cazadores de sombras de la Estepa rusa, Mary Jane?", dice Charly, claramente molesto por el escepticismo de su hermana.
Al final no son necesarias muchas más explicaciones. Mary Jane acepta a Vladimir en el Instituto, y todos van a la cocina en busca de algo que llene el vacío estomacal de Will, que se esfuerza por mantener el acento eslavo durante un rato más.
"Entonces, Vladimir", dice Benjamin, "¿de que ciudad has dicho que vienes?".
Will no recuerda es estos momentos más ciudades rusas que San Petersburgo y Moscú, y parte de él siente de nuevo el impulso de salir pitando al grito de ¡Fuego!
"Mos… Kovonov", contesta titubeando. Todos le miran contrariados. "Cerca del Cáucaso", añade por aportar algún dato adicional.
"Pero el Cáucaso no es la Estepa", señala Benjamin, muy resabido, él.
"Serás zopenco", interviene Charly otra vez. "Vladimir, obviamente, se está refiriendo al otro Cáucaso. Al Cáucaso estepario, de la Estepa rusa. Asunto zanjado".
Will envía una mirada de profunda gratitud a Charly, que esboza una micro sonrisa de satisfacción, y continúa. "Y tú, Benjamin Parker, ¿de dónde sales? ¿y cómo es posible que estés dentro del Instituto?".
"Mary Jane me lo ha contado todo; puedo ver a través del glamour. Somos novios", farfulla el chico con la boca llena del sándwich que se acaba de preparar, sin darle mayor importancia a la cuestión.
Charly lanza una mirada acusadora a su hermana. "Mamá y papá…".
"Mamá y papá no vienen a dormir esta noche. Tienen que pasarla reunidos con el Consejo. Y si tú te chivas de Benji, yo me chivo de Vlad - imir".
"Pero Vladimir es cazador de sombras", escupe Charly, agarrando la mano de Will, que ya va por el segundo bocadillo de la noche, y mostrando su runa de la visión. "Mientras que tu amigo es un mundano; uno que se pinta la raya del ojo, Mary Jane, por si no lo has notado".
Will busca con la mirada a Jessamine, que se evapora y reaparece a su gusto y en ese momento se encuentra levitando sobre la encimera, haciéndose una trenza de lado con su rubia y larga melena. Ella afirma con la cabeza ante la pregunta silenciosa de Will sobre si entre Charly y Mary Jane siempre es así tumultuoso, y Will arruga la nariz en respuesta.
Durante el segundo que la cocina queda invadida por una especie de mutismo general, Will cree que aún puede escuchar las tétricas baladas de Bridget (su antigua cocinera irlandesa); su voz vibrando contra los muros de la pared, como si hubiera quedado atrapada en una caja de música, igual que energía demoniaca encerrada en una pyxis.
Pero Benjamin es un tipo bastante dicharachero que no se da por aludido con lo de la raya del ojo, y en seguida rompe el silencio, y comienza a preguntarle todo tipo de cosas a Will, lo que hace que a éste se le atragante el último bocado de la cena.
"¿Y, cuanto tiempo piensas quedarte, Vlad? ¿Piensas hacer turismo por Londres? Porque si es así, no puedes dejar de subir al London Eye. ¿Trabajas cómo explorador de tierras remotas para la Clave? ¿Eres Arqueólogo aficionado?, porque los mejores yacimientos de Inglaterra están por la zona de Salisbury. O: "¿Cuál es la razón para tu raro atuendo? ¿Necesitas tal vez que te preste algo de ropa? Es posible que usemos la misma talla…
Pesado, el chaval, piensa Will, sin molestarse en contestar una sola pregunta. Pero Charly se apresura a sacarle las castañas del fuego otra vez, aclarando que a Vladimir le perdieron la maleta en el aeropuerto, documentación incluida, y por eso va vestido de esa guisa. También les cuenta que su intención es volar a Nueva York lo antes posible, pero al no disponer de sus tarjetas de crédito, no puede comparar un billete por internet.
"¿No has pensado en usar un portal?", pregunta Mary Jane, que se debate entre escuchar a su chico parlotear o contemplar a Will poniendo ojitos.
"Preferiría usar el método más tradicional y mundano posible", dice él.
"Pues entonces tendrías que ir en barco", declara Benjamin. Queda claro que al mundano le gusta hablar por los codos, además de opinar sobre cualquier cosa. Will tampoco puede culparlo. "¿Tienes el dinero en efectivo?".
"Si".
"Entonces puedes usar mi tarjeta. Yo pago tu viaje, y tú me das la pasta en metálico… Sí te parece bien".
A Will le parece una idea estupenda y al poco se encuentra otra vez frente a una computadora, en éste caso la de Mary Jane, más pequeña que la de Charly y con la forma de un libro abierto. Ella se sienta en la silla de su escritorio, con Will a un lado y Benjamin al otro; mientras Jessie danza a su aire por el cuarto, y Charly está tirado en la cama, con un cubo de múltiples colores entre las manos, girando sus caras con extenuante concentración, y contando en voz baja cada movimiento.
"Desde Gatwick al JFK, 489 libras", lee Mary Jane. "Sale mañana a las 16: 00".
Will se palpa el bolsillo intentando deducir el dinero que ha ganado con el póker. En los años treinta Gatwick ya era un aeródromo (anteriormente había sido una finca de cabras, y luego un hipódromo), así que reconoce el nombre.
"Seguro que hay algo más barato", murmura Charly, y su hermana comienza una nueva búsqueda.
"Lo hay", exclama la muchacha al poco. "Heathrow – JFK, 299, sólo ida. Oferta last minute, sale en 6 horas".
A Will sigue pareciéndole un dineral pero dice: "Cómpralo", con el corazón un poco acelerado de los nervios. "Necesito llegar allí cuanto antes".
"Hace escala en París, Roma y Madrid. Son 36 horas de vuelo", informa Mary Jane. Pero a Will eso no le importa lo más mínimo
Benjamin saca la cartera del bolsillo trasero de su pantalón y rebusca entre los compartimientos, hasta encontrar un plástico rectangular y verde, lleno de letras y números en relieve. Will saca el fajo de billetes que lleva en el bolsillo, y comienza a contarlos.
Una hora y algo más tarde, todos están subidos en el coche del noviete de Mary Jane, y Mirta, en su enésimo sueño, se queda inconscientemente a cargo del Instituto. Según explica el mundano, el vehículo es un auténtico escarabajo de los años sesenta, una antigualla familiar que ha llegado a sus manos tras pasar por muchas otras. Craso error, piensa Will, con el estómago casi en la boca; dado lo mal que conduce el chico, jamás debería de haber llegado a sus manos. Y por el Ángel, están pillando cuantos baches hay en Londres, ir en carruaje resultaba bastante menos agitado que aquello; y montar a Balios era un paseo por las nubes en comparación.
La residencia Parker se encuentra en el Victoria Embarkment, entre los puentes de Waterloo y Blackfriars, a escasa distancia del Instituto en realidad, por lo que podrían haber ido perfectamente caminando, pero Will sospecha que Benjamin quería alardear delante de Mary Jane de sus – escasas – destrezas al volante, con toda la vuelta que han dado. Cuando bajan del vehículo Will percibe mucho mejor de lo que lo hizo durante el día los delicados aromas del Támesis: lodo, podredumbre y agua estancada, para variar. No importa en qué vida se encuentre, nunca dejará de añorar Gales.
La casa es una vivienda unifamiliar, pintada de un blanco turbio, como desgastado, aunque deja claro que antaño debió de pertenecer a la rancia burguesía londinense. Tiene grandes balcones y una entrada bastante monumental, con escaleras similares a las del Instituto. Dentro no parece haber ni un alma a tenor del silencio y la oscuridad – Will maldice no haber añadido una piedra de luz mágica a sus demandas cuando todavía estaba a tiempo. No permanecen allí metidos mucho rato, sólo el suficiente para que Benjamin deje una nota a su familia avisando de que va a llevar a un amigo a Headthrow, que no aparecerá hasta el mediodía, y para que preste a Will algo de su ropa: pantalón vaquero negro, camiseta negra estampada con la leyenda "Nirvana", que al parecer era una banda musical, nada relacionado con la liberación espiritual sobre la que Will había leído alguna vez, y una chaqueta de tela gruesa, con capucha y cremallera.
Will tiene que reconocer que se siente más cómodo con su nuevo atuendo, más parecido al uniforme negro de combate de los cazadores de sombras que el traje de explorador.
Montan de nuevo en el coche de Benji para hacer un trayecto corto, porque éste lo detiene y lo aparca de mala manera en Belvedere Road, argumentando que ni Vladimir ni nadie deberían de abandonar Londres sin haber subido en el London Eye, la gran noria que Will vio por la mañana a orillas de Támesis. Al parecer el aparato se mantiene en funcionamiento durante toda la noche.
"Invita la casa", anuncia Benjamin cuando están frente a la taquilla. Mary Jane sonríe y Will acepta que el mundano es bastante generoso y bienintencionado.
Desde arriba la ciudad se rinde a sus pies, inmensa, majestuosa y eterna, como siempre ha sido Londres, con esa neblina brumosa siempre flotando por encima de la ciudad, incluso en las noches más claras del verano.
"Y contemplad Londres. Una horrible maravilla humana de Dios", no puede evitar citar Will.
Benjamin se le queda mirando y en seguida sentencia: "Blake".
"Blake", asiente Will, y en el acto el mundano comienza a caerle incluso bien.
