Cuatro: Raras nuevas.
Durante los días que le siguieron al cumpleaños de Hally, la niña no vio a su padre por mucho tiempo. Tal parecía que lo necesitaban a todas horas, pues en cuanto estaba en casa, intentando descansar, le llegaba alguna lechuza o una cabeza envuelta en llamas verdes aparecía en la chimenea y ambas cosas eran para lo mismo: reclamar su presencia en los cuarteles. A Hally empezaba a enfadarla la situación hasta que le preguntó a su madre cómo la soportaba.
—¿Cómo le haces, mamá? —le preguntó el viernes tras su cumpleaños —¿Cómo es que puedes aguantar que papá tenga que ir y venir todo el tiempo?
—Bueno, lo que hago cada vez que tu padre debe irse —respondió la señora Potter, con lentitud y tranquilidad —es pensar en algo que me dijo una vez, justo el día que nos casamos. Me dijo que aunque arriesgara la vida, pensaría en mí siempre, para salir con vida de lo que fuera y volver conmigo. Y cuando tú naciste, dijo algo parecido —añadió, sonriendo tiernamente —Digamos que cuando tu padre se va, me calma el hecho de que piense en nosotras. Y que por nosotras, siempre volverá.
Hally meditó esas palabras mucho tiempo en los días que siguieron, pues su padre siguió con su carga de trabajo. Lo que no se imaginaba era el porqué.
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El señor Potter hubiera querido que su amigo Ron no estuviera incluido en esa investigación en particular, pero era su compañero de planta en casi todas sus misiones. Ron Weasley estaba cada vez más furioso por no poder llevar a buen término aquel trabajo en especial, pero lo que lo hacía más peligroso es que esa furia era contenida.
Todo había comenzado el día del cumpleaños de Hally, cuando el señor Potter recibió por la mañana aquella lechuza que lo hizo renegar de su mala suerte. Al leer el contenido, supo que era algo más grave de lo que parecía, puesto que la aurora Holmes lo estaba enviando a Azkaban con urgencia. Y cuando llegó allí y se encontró con más de una docena de colegas, entre ellos el señor Ron, supo que el asunto era serio.
Se había registrado una fuga de la prisión mágica, la primera desde que los dementores ya no la custodiaban con sus fríos poderes. Los Sinodales, sin poder creerlo, hicieron su labor de rastreo por el área al tiempo que solicitaban refuerzos, pero era por completo inútil. Para cuando el señor Potter llegó, llevaban más de una hora buscando en toda la isla. Y por si fuera poco, hubo un asalto al depósito de efectos personales de los presos, entre los que se encontraban las varitas, y habían tomado tres de ellas. Y era porque no se había fugado sólo un recluso, sino tres.
Uno de ellos era Draco Malfoy. Eso ya era extraño para el señor Potter, pues como bien decía su amigo Ron, Malfoy no era exactamente la mente más brillante que hubieran conocido en su vida. Por otra parte, Pansy Malfoy no había huido y no sabía nada acerca del plan de su marido. Lo habían comprobado los Sinodales antes que cualquier otra cosa, al darle unas gotas de Veritaserum e interrogarla. Y para concluir, los Sinodales no hallaron algún motivo claro para que hubiera escapado.
El segundo fugitivo también fue una total sorpresa, pues se trataba de Acab Nicté. Su condena, tras las investigaciones adecuadas, se había condonado mucho y se vería libre para la próxima Navidad. De él sí podía esperarse algún plan inteligente para salir de una prisión mágica como esa, pero considerando su verdadero historial, resultaba inexplicable porqué querría irse sin cumplir su sentencia.
Y por último, la más extraña de las fugas era la de Wendy Drake. Esta señora mayor había estado tranquila desde que la habían encerrado y todo porque la mayor parte de los prisioneros la evitaban: dañar niños, aunque fueran muggles, era demasiado, incluso para ellos. A la mujer no parecía importarle y de hecho, ignoraba los insultos que le dirigían. Su condena era larga, pero no tanto como la del señor Malfoy, y parecía estarla sobrellevando bien. Pero de ella, al igual que de los otros dos, no se sabía el motivo de su fuga.
—Hemos revisado a fondo los lugares donde se les vio por última vez y no encontramos gran cosa —les informaba el Sinodal en jefe del turno, un hombre moreno y de cabello castaño dorado entrecano, a los aurores a su alrededor, a los cuales se había dirigido el señor Potter en cuanto llegó —Tal como nos indicaron, dejamos las celdas intactas, para que ustedes se encarguen de ellas. Además…
—Disculpe, señor Whitehead —llamó en tono impaciente una mujer con rostro en forma de corazón y el cabello de un extravagante color rosa: la aurora Tonks —¿Podría dejar de darnos detalles y permitirnos el paso a las celdas?
El hombre de cabello castaño dorado entrecano dio un respingo y asintió, dejándoles el paso libre a los aurores para que revisaran todo lo que creyeran conveniente. Lo primero que hicieron fue examinar cada objeto de las celdas de los fugados, por si en ellos encontraban pistas. Fue Jim Black, un tanto desconcertado, quien localizó el primer rastro.
—¡Señor Potter, señor Weasley! —exclamó —Creo que hallé algo.
El señor Potter y el señor Ron acudieron a donde estaba Jim Black, la celda de Malfoy. Ambos amigos vieron a su colega de cabello negro sostener algo con ambas manos y observándolo fijamente, y al acercarse más a él, pudieron ver sus ojos violetas moverse ligeramente de izquierda a derecha varias veces.
—Esto podría ayudar —comentó el señor Black, tendiéndoles lo que sostenía: un recorte de periódico —Estaba debajo de la almohada.
El señor Potter lo tomó y lo observó. El recorte era del diario mágico El Profeta y por sus bordes, pudo darse cuenta que había sido arrancado sin tijeras o algo por el estilo y en la parte superior izquierda, podía verse la fecha. Era de hacía tres días. Pero fue al ver ciertos nombres que se atrevió a leerlo completo, lo que no le llevó mucho tiempo pues eran unos cuantos renglones.
La Oficina del Registro Civil Mágico hace constar por medio del presente que el señor Patrick Lionel Malfoy, de diecisiete años, ha solicitado desposarse con la señorita Frida Geraldine Weasley, de diecisiete años. Han firmado su convenio prenupcial el día cinco de mayo del año en curso, para efectuar el trámite el día quince de julio del año en curso y se solicita a la comunidad mágica que de haber un impedimento para realizar este matrimonio, que se comunique con la Oficina lo más pronto posible o calle para siempre.
El señor Potter leyó dos veces el recorte antes que se diera cuenta de que el señor Ron lo imitaba por encima de su hombro.
—Ahora sí lo he visto todo —musitó el pelirrojo, sobresaltando ligeramente a su mejor amigo —Harry¿estás pensando lo mismo que Jim y yo?
El señor Potter miró a su amigo a los ojos, luego a Jim Black y asintió. Fue de inmediato con la aurora Tonks y le expuso su teoría.
—Creemos que Malfoy huyó para evitar la boda de su hijo —informó, al tiempo que enseñaba el trozo de periódico —Quizá iba a intentar escaparse de todas formas, es imposible que en tres días haya hecho un plan efectivo, pero esto —blandió el recorte en su mano —debió apresurar sus planes.
Tonks asintió muy a su pesar, guardó el pedazo de periódico en una pequeña bolsa especial y continuó con su tarea. Diez minutos después, un auror robusto y de cabello castaño dijo haber encontrado otra cosa en la celda de Wendy Drake, a una decenas de celdas de distancia. La aurora fue a verificar y su sorpresa fue grande al ver que la pista que había encontrado su otro colega era otro recorte de periódico. El hombre castaño se lo entregó y a la vez que lo ponía en otra bolsa especial, cierta presencia interrumpió el trabajo de varios de los aurores. La aurora Holmes recién había llegado.
—¿Qué han hallado hasta el momento? —preguntó a los tres subordinados que seguían en la celda de Malfoy.
El señor Potter se adelantó y le explicó la conclusión a la que había llegado tras el hallazgo de Jim Black. La aurora lo escuchó atentamente, le dijo que en cuanto pudiera, verificaría la posibilidad y luego se dirigió hacia la aurora Tonks, quien sellaba con su varita la bolsa especial con el recorte encontrado en la celda de Wendy Drake.
—Déjeme ver eso —pidió la aurora y Tonks le pasó la bolsa recién sellada. Gracias al material transparente de la misma (muy parecido al plástico), no tuvo que retirar el sello mágico y mucho menos abrir la bolsa. Arqueó las cejas al ver de qué hablaba el recorte y se giró hacia Tonks —¿Dónde encontraron este recorte?
—En la celda de Wendy Drake, señorita Holmes —respondió la aurora de cabello rosa distraídamente, pues tenía puesta su atención en los aurores que entraban y salían de una celda al final del pasillo —Disculpe, veré si hay novedad en la celda de Nicté.
La aurora se retiró, pero Holmes se quedó en su sitio un segundo antes de reaccionar de forma un tanto inesperada. Buscó al Sinodal en jefe del turno, el señor Whitehead, y le preguntó si tenían en la prisión alguna chimenea conectada a la red Flu.
—No —respondió el Sinodal, extrañado por semejante pregunta —Usted sabe, señorita Holmes, que tenemos eso absolutamente prohibido. ¿Porqué…?
Pero no pudo continuar porque la mujer salió de la prisión y al estar en la costa de la isla, se desapareció. Reapareció una sala bastante simple, un tanto oscura para la hora del día que era (más o menos las dos de la tarde) y con las cortinas de las ventanas corridas. Hizo una mueca y miró a su alrededor.
—Di con el lugar, pero no hay nadie —musitó con enojo —Y ahora que lo pienso¿para qué me molesto? Como si luego fuera a…
—¿Qué rayos haces aquí?
La voz la sorprendió y dio media vuelta. En el pasillo que conducía al fondo de la casa donde estaba, un hombre con ropa oscura la veía con cara de pocos amigos.
—Pues no vengo precisamente por placer —aseguró Holmes.
—¿Entonces? —quiso saber el hombre.
Holmes le informó al hombre de la fuga de Wendy Drake de Azkaban. El hombre, al oír aquello, frunció sus negras cejas y le preguntó a la aurora qué relación tenía él con eso.
—Ésta —señaló Holmes y se sacó algo del bolsillo.
Era la bolsa especial con el recorte de diario hallado en la celda de Drake. El hombre lo tomó, lo leyó y frunció el entrecejo de tal forma, que su rostro parecía más siniestro de lo que ya era. Le regresó la bolsa a Holmes.
—¿Y qué propones que haga? —le preguntó por fin a la aurora.
—Vigílala —indicó la señorita Holmes con tal brío, que más que respuesta, sonaba como una orden —Estoy casi segura que va tras ella. Y aunque no lo admitas, estoy segura que te afectaría si le pasara algo¿no?
El hombre le dirigió una mirada sombría y la vio desaparecerse. Negó con la cabeza justo cuando una cabeza infantil de largo cabello castaño y ondulado se asomaba desde lo alto de las escaleras.
—¿Con quién habla? —preguntó la niña, mirando al hombre —No hay nadie allí.
—Había —indicó Severus Snape de mal humor y regresó a su despacho sin decir más.
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El señor Potter y el señor Ron habían llegado por la tarde a casa del primero el día del cumpleaños de Hally sólo para avisarle a la señora Potter las últimas noticias, lo que sabían de los posibles motivos de las fugas y discreción en el asunto, así como su ayuda, en caso de que se le ocurriera algo. La señora Potter aceptó con un gesto de cabeza, pensando que en esas situaciones, las cosas entre ella y los dos aurores seguían muy parecidas a cuando estaba en el colegio. Por lo tanto, en cuanto la fiesta de Hally quedó atrás, la señora Potter trataba en sus ratos libres a meditar cómo tres presos fugados no habían sido vistos por nadie aún y cuáles podrían ser sus motivos para haber hecho lo que hicieron. Supuso que para eso habían robado sus varitas del depósito de efectos personales, para realizar hechizos que les permitieran pasar desapercibidos, pero fiel a lo que le pidieron su esposo y su mejor amigo, no comentó nada con nadie. Pero El Profeta no tardó en informar de eso a la comunidad mágica, más para prevenir a la población que otra cosa, y Anom Nicté, un día a principios de julio, llegó a la pequeña oficina de la señora Potter y le preguntó qué sabía.
—No gran cosa —mintió ella.
—Por favor, señora Potter —Anom se oía claramente preocupado —Mire, tal vez no me crea, pero mi papá no hubiera hecho eso si no fuera por una buena razón. Tal vez, si supiera cómo va la investigación…
—Lo siento, Anom, pero no sé más que tú —la señora Potter se encogió de hombros, abandonando su escritorio —Y ahora, si me disculpas, tengo que subir un momento.
La señora Potter salió de su oficina y Anom la siguió a prudente distancia. La mujer abordó uno de los ascensores y Anom, cinco segundos después, abordó otro. Llegó hasta el nivel donde se encontraba el Cuartel General de Aurores y buscó con la mirada a quien pudiera ayudarle, cuando sin querer chocó con alguien.
—¡Perdón! —se disculpó enseguida y estaba por seguir su camino cuando la persona a la que dejaba atrás la saludó.
—¡Hola, señor Nicté¿Qué hace por aquí arriba?
Anom se volvió y se halló con el cabello rosa chicle de la aurora Tonks. Le dedicó una vaga sonrisa y un gesto de mano.
—¿Ha visto por aquí a la señora Potter? —le preguntó —La vi subir.
—No, para nada —Tonks miró a ambos lados y negó con la cabeza —¿Porqué?
—No, por nada en especial —Anom hizo una mueca de disgusto, miró su reloj y notó que era hora del almuerzo —Bueno, mejor voy a comer, tengo hambre —de pronto, se le ocurrió una idea —Señorita Tonks¿no me acompaña?
—¿A dónde? —inquirió ella a su vez.
—A almorzar, claro. ¿O qué, los aurores no se alimentan?
Eso hizo que la aurora soltara una carcajada.
—Sí, sí nos alimentamos, sólo déjeme llevarle esto a la señorita Holmes.
Blandió unos cuantos rollos de pergamino que llevaba en una mano. Anom le dijo que la esperaría junto a la fuente del Atrio y se retiró. Mientras tanto, Tonks fue al cubículo de su superiora, le entregó los pergaminos (tirando el tintero de Holmes en el proceso, para disgusto de su superiora) y salió apresuradamente del cuartel hacia los ascensores, casi chocando con Jim Black.
—¡Oye, más cuidado, prima! —soltó el hombre, sonriendo alegremente. Desde que su madre le aclaró que aquella despistada aurora y él eran parientes, la embromaba con el tema —¿Qué, tienes una cita?
Tonks le hizo un gesto de mano para que supiera que no toleraba ese tipo de chistes y se escurrió al interior del elevador. Cinco minutos después, ya estaba a unos pasos de la Fuente de la Nueva Era (la fuente del Atrio) y por lo tanto, de Anom Nicté.
—Tenemos una hora, así que salgamos de aquí —sugirió Anom, yendo hacia el acceso de visitantes —Encontré un buen lugar de comida mexicana a dos cuadras, en el Londres muggle, y como hace mucho que no como comida de mi tierra… ¿le importa?
Tonks negó con la cabeza y ambos, luego de cambiar sus ropas con un toque de varita, se fueron a la calle muggle y caminaron bajo el brillante sol de julio. Llegaron pronto al lugar, un local pequeño con mucho movimiento y mesas tanto en el interior como en el exterior del mismo. Anom eligió una de las mesas del exterior y le retiró la silla.
—Gracias —dijo ella, halagada.
—Bueno, si no está muy acostumbrada a esta comida, le recomiendo comenzar con algo sin chile —Anom sonreía al decir eso, pero ocultaba la cara tras el menú —La comida mexicana picante es bastante fuerte.
Tonks hizo caso omiso de eso y al llegar la camarera a tomar su orden, eligió una orden de enchiladas rojas. Por su parte, Anom prefirió una orden de tacos dorados.
—Mire, antes de que venga la comida, debo preguntarle una cosa —Anom estaba totalmente serio —Ya supe acerca de la fuga de mi papá y quisiera…
—No puedo decirle nada —se apresuró a cortarlo ella, no sin sentirse inexplicablemente decepcionada —Es una investigación oficial y…
—Eso lo sé —rebatió de inmediato Anom —Y lo que quisiera es informarle que voy a encontrar a mi papá antes que ustedes.
—¿Cómo? —la aurora creyó haber oído mal.
—Ustedes no tienen idea de porqué se escapó¿verdad? —aventuró Anom, a lo que Tonks no pudo más que asentir —Pues bien, yo con leer lo poco que El Profeta publicó (entre líneas, claro) tengo una vaga idea. Bueno, leyendo ése y algunos ejemplares viejos.
—Y si tan seguro está¿porqué no se lo dice a la señorita Holmes?
Anom sonrió levemente y se inclinó un poco hacia el frente para susurrar.
—Porque si lo hago, mi papá correría peligro¿no? Y no quiero que le hagan nada.
A la aurora le sorprendió la respuesta, pero no pudo decir nada porque llegó la comida. Mientras disfrutaba sus tacos, Anom no pudo evitar reírse al ver a su acompañante atragantarse y no precisamente por el tamaño del bocado que se había echado a la boca.
—Le dije que podía resultarle demasiado picante —comentó, cuando la aurora bebió un gran sorbo de agua de jamaica —Pero en fin, disfrute su comida. Cuando terminemos podremos seguir con nuestra charla.
Comieron entre un par de comentarios ligeros acerca del clima y el ambiente de trabajo del Ministerio y al acabar sus alimentos, Anom pidió dos vasos de té helado. Cuando la camarera se retiró con la nueva orden y los platos vacíos, Tonks se apresuró a decir.
—¿Ahora sí vamos a continuar con la charla?
—De acuerdo —aceptó Anom —Mire, le seré franco. Mi papá no es un santo, eso lo sabemos usted y yo, pero básicamente no es mala persona. Y de verdad quería cumplir su sentencia, lo noté el día de su cumpleaños¿recuerda que fui a verlo?
Tonks asintió, recordando que la noche del veintiocho de febrero, Anom Nicté se había tomado unos minutos para ir a Azkaban a desearle feliz cumpleaños a su padre.
—Me dijo que lo único bueno que le dio estar encerrado era volver a vernos a Abil y a mí —afirmó con convicción —Y que para demostrarnos que no era como todos decían, cumpliría su sentencia. ¡Vaya, hasta habló de querer conocer a Henry!
—¿Y la cuestión es…? —comenzó la aurora Tonks.
—Creo que mi papá no escapó por gusto —sentenció Anom de improviso.
—¿Y entonces? —la aurora se veía cada vez más desconcertada.
—Lo hizo por esto.
Al decir esa frase, sacó algo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa, deslizándolo hacia la aurora. Tonks lo tomó y lo revisó con la vista un par de veces. Acto seguido, observó a Anom con una expresión interrogante.
—¿Qué quiere decirme con esto? —quiso saber.
Anom volvió a sonreír y se enderezó, justo antes de que llegara el té helado. Tonks se sorprendió, pues Anom estaba de espaldas al camarero que llevó la orden y no había forma de que supiera que se acercara. Frunció el entrecejo, como si sospechara algo.
—Lo que quiero decirle —dijo Anom, como si no lo hubieran interrumpido en ningún sentido —es lo que ya le afirmé: voy a encontrar a mi papá antes que ustedes. Y por lo que he notado en usted, no tiene caso que sigamos hablando de lo mismo.
Anom le dio un sorbo a su té y dejó que su acompañante asimilara lo que recién le había dicho, estando casi seguro de que su idea inicial no había servido de nada. Tonks también bebió su té, intentando poner sus ideas en orden, y cuando Anom se terminaba su bebida, lo vio alzar ligeramente la cabeza y ver hacia su derecha, hacia la calle. Frunció levemente el entrecejo.
—¿Qué diantres hace aquí? —musitó y se puso de pie apresuradamente.
—¿Ahora qué? —Tonks se veía todavía más contrariada que antes.
Anom revolvió el contenido de su bolsillo, sacó algo de dinero muggle y lo depositó en la mesa, recogiendo lo que le había mostrado a Tonks en el proceso.
—Tengo que irme, gracias por acompañarme —Anom se veía nervioso al retirarse —¿Pero qué diablos está haciendo por aquí? —susurró de nueva cuenta.
Tonks lo vio cruzar la calle y desaparecer al doblar una esquina, así que en cuanto terminó su té y pagó la parte de la cuenta que le tocaba, se apuró a seguirlo. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, Anom Nicté le llamaba demasiado la atención y aquel almuerzo no hizo más que confirmarle que era un hombre misterioso.
Para su buena suerte, no tardó en encontrarlo. Al pasar por la entrada de un callejón de camino a la entrada para visitantes del Ministerio, escuchó su voz.
—¿Sabes en los líos en los que me metería si saben que te vi?
Tonks se ocultó tras un enorme depósito de basura antes de que la vieran. Y es que Anom estaba de pie frente a un hombre de túnica gris que usaba la capucha para cubrir la mayor parte de su rostro. Pero un mechón de enredado cabello castaño que sobresalía por debajo de la capucha y la frase de Anom le dieron a Tonks una idea bastante cercana sobre quién era.
—No vengo a meterte en problemas —aseguró una voz ronca desde el interior de la capucha, con absoluta seriedad —Sólo quiero saber si tú crees lo que dice el periódico.
—¡Claro que no! —Anom hizo un gesto de mano para dar a entender que aquello no era grave —Leí el diario de principio a fin. Y conseguí algunos atrasados. La verdad es que me sorprende que los aurores no hayan encontrado la conexión entre las tres fugas.
—A mí también, pero en eso los ingleses son un poco lentos —musitó el de túnica gris en otro idioma, cosa que molestó a Tonks, porque ella no era muy buena políglota. No obstante, logró comprender la mayor parte de la frase, pues era español, y ese idioma lo había estudiado un poco —Siempre tan metódicos… Deberían seguir un poco su instinto.
—Por eso yo no soy auror —musitó Anom en el mismo idioma —Soy Inefable. Y Abil…
—Hablando de tu hermana —cortó el encapuchado —¿Qué opina sobre esto?
—No ha tenido tiempo de pensarlo bien, tiene mucho qué hacer —informó Anom.
El encapuchado inclinó la cabeza, como asintiendo, y luego inquirió.
—¿Y Acab?
—¿Te refieres a Henry? —Anom vio al otro asentir y suspiró —Él tiene la vaga idea de que si te entregaste, es que no eres del todo culpable. Vaya que el niño salió listo¿no?
—Al menos eso sé de qué lado de la familia lo sacó —apuntó el encapuchado, como si lo que acabara de decir le causara gracia —Muy bien, te agradezco la información. Ahora cuídate y cuida a Abil y a Acab…
—Henry —corrigió Anom —No se enteró de su otro nombre hasta el juicio.
—Como sea —el encapuchado movió la cabeza un poco, como si despejara la mente —Cuídalos. Y no uses eso que tú y yo sabemos, porque te pueden descubrir.
—Sí, claro —desdeñó Anom, sonriendo con ironía —¿Y a dónde vas ahora?
—Tengo trabajo qué hacer —respondió el hombre encapuchado —En Francia.
Acto seguido el de la túnica gris se desapareció y eso le permitió a Anom soltar un suspiro de alivio. Soltó una frase de desesperación.
—¿Porqué todos los Nicté tenemos que ser tan tercos?
Golpeó con la palma de la diestra el muro que tenía enfrente, realmente molesto. Pero al segundo siguiente, giró la cabeza hacia la entrada del callejón.
—Vaya¿porqué siempre tendrá razón? —musitó con aire divertido y se desapareció.
Tonks se enderezó, miró a su alrededor y también se desapareció. Reapareció en el Atrio, junto a la Fuente de la Nueva Era, y de inmediato fue a los ascensores, pero la detuvo una escena bastante peculiar: Abil Nicté Graham estaba ahí, conversando con su gemelo. Y de pronto, Tonks se dio cuenta de que si no fuera por su sexo, serían idénticos.
—Anom, no puedes hacerlo —Abil hablaba en español, el idioma que había usado su hermano en su charla de hacía unos minutos —¿Qué vas a decir en el departamento?
—La verdad no sé —Anom respondió en el mismo idioma y se encogió de hombros —Vamos, Abil, necesito vacaciones. Incluso podríamos ir a los Mundiales de Quidditch. Se lo prometiste a Henry.
—No es lo mismo —Abil frunció el entrecejo —Mira que te conozco, apostaría lo que fuera a que vas a buscarlo. Déjalo resolver sus problemas solo¿sí? Sabe lo que hace.
—La primera cosa buena que has dicho de él en mucho tiempo —señaló Anom.
—No es gracioso —aclaró Abil, al ver a su hermano sonreír —Está bien, haz lo que quieras, pero te advierto que si te metes en problemas, no te ayudo. Y a él, menos.
—¿Te creo? —quiso saber Anom, dando a entender que estaba siendo sarcástico.
—Yo que tú, lo haría —Abil sonrió y agregó —Oye¿con quién te fuiste a almorzar, si se suponía que irías conmigo? Íbamos a hablar de la carta de nuestro tío Mauricio.
Anom se puso un tanto nervioso, giró levemente la cabeza hacia su derecha y con una vaga excusa sobre trabajo atrasado, se escabulló hacia los ascensores. Abil se quedó en su sitio hasta que vio que la aurora Tonks se dirigía hacia ella.
—Buenas tardes —la saludó cortésmente, retomando el inglés para hablar —¿Qué le hizo a mi hermano para que le huya, eh? Normalmente es muy sociable.
Tonks frunció el ceño.
—Dígame usted —pidió con sequedad.
—No sé, por eso le pregunto —Abil se encogió de hombros —Bueno, yo vine a recogerlo para ir a almorzar, pero como ya lo hizo, me voy. Henry quiere conocer la Torre de Londres, así que…
Abil hizo un gesto de mano y se retiró, camino a una de las chimeneas. Tonks, luego de un leve titubeo, tomó una decisión precipitada: tomar un ascensor que bajaba. Llegó al Departamento de Misterios y topándose con un Inefable, le preguntó por Anom Nicté.
—Está en su oficina —le indicó el Inefable con voz seria —Siga por el pasillo, gire a la derecha y en la tercera puerta a la derecha.
Tonks le agradeció el dato y en cinco segundos estuvo ante la puerta indicada. Luego de una repentina duda, llamó.
—Sé quién es, así que pase de una vez —gritó Anom desde el interior.
Tonks abrió la puerta y entró. A comparación con los cubículos del Cuartel de Aurores, las oficinas de los Inefables carecían por completo de ventanas. Solamente se iluminaban con antorchas, lo cual les daba un aspecto por completo tétrico y deprimente. Anom estaba sentado a un pequeño escritorio de madera, revisando papeles.
—Bueno, señorita Tonks¿qué se le ofrece? —preguntó él, sin levantar la vista.
—¿Cómo supo que…?
—No responderé eso, se lo advierto —Anom la cortó de golpe —Siéntese y hablaremos.
Tonks obedeció. Anom hizo a un lado sus papeles.
—Sin rodeos, señorita —exigió él, iniciando la charla, mirándola por fin —Sabemos que me vio en el callejón, pero no sabemos cuánto de la conversación entendió¿correcto?
Tonks no pudo evitar asentir.
—Buen comienzo —reconoció Anom —Deberían estudiar un segundo idioma aquí¿no le parece? Eso les ayudaría. Pero ése no es el punto, sino lo que usted quiere decirme.
—¿Qué va a hacer Acab Nicté a Francia? —preguntó Tonks directamente.
—¡Ah, no sé! —afirmó Anom despreocupadamente —No pude preguntarle. Y aunque lo hubiera hecho, no se lo diría. Se lo contaría a sus superiores y correrían tras él.
—No si puedo evitarlo —aseguró Tonks, sonriendo sutilmente —Pero para eso, necesito que me aclare porqué cree usted que escapó.
Anom arqueó las cejas, se puso de pie y apoyó las manos en el respaldo de su silla.
—¿Leyó bien lo que le mostré en el restaurante? —inquirió.
—Sí¿y? Eso ya lo había leído. Encontramos un recorte idéntico en…
—… La celda de Drake —completó Anom —Escuché a su jefa, Holmes, diciéndolo en voz baja hace unos días, en el Atrio. También a ella le preocupa y estoy casi seguro que sospecha lo mismo que yo. ¿Ha mandado a alguien al extranjero?
—No en estos días¿porqué?
Anom sonrió con satisfacción.
—Pídale ir a Francia —sugirió —Se lo concederá en cuanto yo le indique qué debe afirmar para que Holmes acepte.
Y en media hora, tanto Anom le dio a conocer un plan brillante a la aurora, como Tonks estuvo de acuerdo al instante inexplicablemente. Ese detalle no pasó desapercibido para Anom, quien detuvo un segundo a la aurora en cuanto se levantó para irse.
—¿Porqué cambió de opinión? —inquirió —Quiero decir, con respecto a creerme.
—No tengo la menor idea —se sinceró Tonks, esbozando una sonrisa nerviosa —Pero quizá con todo esto logre responderle.
Y encogiéndose de hombros, salió de la oficina, dejando a un Anom nervioso que se revolvía el cabello con una mano y sonreía ligeramente.
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Muy bien, lectores (as), aquí tienen de nuevo a la seudo–escritora Bell Potter dándoles lata, esperando que no se estén hartando de los líos que arma. Lo que pasa es que soy escritora frustrada de telenovelas (que por cierto, no me gustan mucho) y me gusta hacer y deshacer¿no se nota?Ahora, vamos a las curiosidades. No sé si vieron las mismas que yo, pero ahí les van.
Les dije que iba a decirles la razón para que Harry no estuviera en el cumple de Hally y lo cumplí. ¡Pero vaya forma de contarlo, dirán algunos! Hice que apareciera brevemente por ahí el padre de Mindy Whitehead (¿se acuerdan? La amiga de Frida y Gina en el colegio) y además, que estuvieran en el mismo escenario Jim Black, Harry y Ron, Tonks y su jefa, Dahlia Holmes. Por cierto¿sabían que el apellido de Dahlia lo agarré de "Sherlok Holmes", ese detective que iba siempre con un tal Watson? Supongo que sí, es un personaje famoso. De su autor, sir Arthur Conan Doyle, tomé el nombre "Conan" para el papá de Henry, puesto que fue un excelente auror. Ya verán más adelante un poco más a Robert Graham, de mí se acuerdan.
Pero bueno, ya me desvié del tema, que era este cuarto capi de "El Torneo de las Tres Partes", así que a concentrarse. Anom Nicté invitó a Tonks a almorzar y verán que al final del capi, como que se quedó muy contento porque la aurora le creyó¿no? Lamento decirlo, pero tanto "La siguiente generación" como este fic los planeé sin haber leído el sexto libro (que a estas alturas, ya gran parte de ustedes sabrán qué dice), por lo que se notan mucho las diferencias. Sobre todo en los capítulos escritos de este fic antes de febrero, que fue cuando salió el sexto libro en español (este capi fue hecho en enero de este año, así que no se extrañen). He tratado de adaptar todo lo que puedo el sexto libro con mi historia, pero no me pidan adaptarla toda, porque a estas alturas no es posible. Así que lo siento por aquellos puritanos que piensan que estoy muy desviada de los libros, pero ni modo. Además es un fanfic¡qué importa eso! Antes de ponerme muy a la defensiva con mis historias, me despido, deseando que les haya gustado el capi. Nos leemos pronto (espero).
