Disclaimer: Harry Potter no me pertenece.
Se aceptan críticas y comentarios, ya que solo así se puede mejorar. Mil gracias a las personas que siguen leyendo la historia. Espero que disfruten de este capitulo.
Tal vez estaba peor de lo que creía.
Confundiendo el pasado con el presente, haciendo que su futuro pareciera una nube espesa de niebla, incapaz de disolverse para darle claridad a su vida.
Cuando regresa a la realidad, siente los labios calientes, como si la fiebre de su mente se depositara en ellos para recordarle que jamás volvería a besarla. Posa su mano sobre ellos y trata de saborear su esencia.
Dulce, fresca, como si hubiera sido ayer.
Sale de la ducha, perfumado y limpio, con pequeñas gotas escurriéndose por la piel de su espalda y su cabello. Siente humedad en la cara y en el cuello. En las manos y en los labios.
No era su primer beso.
No era la primera vez que besaba a alguien.
Se concentró en elegir una ropa cómoda y sencilla, no estaba de ánimos para salir. Un sweater manga larga, color azul marino y un pantalón.
Pero había algo de lo que estaban completamente seguros.
Nunca un roce de labios se había sentido de esa manera.
Tan extrañadamente nuevo, inesperado e indescriptible.
No vio su reflejo antes de salir del cuarto. No necesitaba ver su imagen, no mientras sus ojos denotaban tanta tristeza y rabia contenida. No mientras en el espejo se viera como un perdedor.
Fue un beso corto, discreto, intenso.
No hubo movimientos aparte de los que hacían sus cabezas unidas por un par de labios.
Labios que le sabían a un cielo que jamás imaginó probar y que eran más dulces que la miel.
Labios ajenos, de una persona que poco a poco se fue metiendo debajo de su piel, debajo de su corazón y su alma. Para dejar de ser su enemiga, para pasar a ser algo más que una simple amiga.
Está lloviendo en Paris.
Está lloviendo porque el otoño es mas frió que nunca este año.
Está lloviendo, y las gotas le recuerdan a las lágrimas que lleva por dentro pero que jamás deja salir.
No tiene hambre, por lo que no se prepara nada para cenar. Desde hace meses que su apetito se esfumó. Solo le queda su adición al café y a la nicotina, que sacian un poco la ansiedad de no poder hacer más nada que dejar el tiempo pasar.
Piensa por un momento en su madre; en lo que ella diría si lo viera en ese patético estado...
-Un Malfoy no puede ser débil, Draco, porque si tus enemigos ven tus debilidades, las usaran para eliminarte.
Se ríe ante la ironía de la situación porque eso es lo que estaba haciendo precisamente, escondiendo sus debilidades como un enorme cobarde para protegerla a ella y a él.
Pero la pregunta era: ¿Quiénes eran sus enemigos?
Todavía no estaba seguro de que lo siguieran persiguiendo por su traición. Bueno, nunca nada es seguro en esta vida. Tal vez todo estaba en su mente. Tal vez ya no existan enemigos que matar más que su falta de confianza y su miedo a amar... Tal vez.
Tal vez debería regresar a Londres. Muchas veces se siente tentado a hacerlo, pero luego se pregunta ¿para qué?
¿Para qué volver?...Si eso solo le haría mas daño.
¿Para que volver?...Si sabe perfectamente que cuando pise su antigua mansión los demonios de su pasado lo atormentaran hasta llevarlo a la locura.
No, definitivamente no.
No después de todo el esfuerzo que había puesto en que nadie lo encontrara.
No se arrepiente de haberla besado, nunca lo haría; pero la verdad es que ese beso cambió las reglas del juego que ellos venían jugando desde que él pronunció ese Hermione en la batalla de Hogwarts.
Va hacia la ventana de su pequeña sala. Intenta enfocar sus pensamientos y sus sentidos en la melodía que producen las gotas al caer, en las hojas caídas de los árboles, en las personas, en las nubes, en la suave brisa, aparentemente inofensiva pero de una temperatura tan fría que te corta las mejillas y te hace temblar hasta los huesos.
Trata de pensar en todo y a la vez en nada. Pero es inútil. Es como si estuviera enfermo, y nada ni nadie pudiera curarlo.
Cada cosa que ve, huele, escucha, siente y saborea le recuerda un momento a su lado. No importa si es bueno o malo, es un momento al lado de ella y eso siempre mejoraba las cosas.
Maldice al viento, a la lluvia, a las hojas y a las personas.
Maldice a su estúpido corazón por ser tan débil y testarudo.
Y por último, la maldice a ella, por haberlo dejado en ese estado.
Voltea la mirada y la fija en las llamas que arden en la chimenea. Tenues pero reconfortables. Y vaga por la estancia perdido en sus memorias, tratando de recordar algo verdaderamente importante que parece estar enfrente de él pero que no puede visualizar.
Recuerda. Recuerda. Recuerda.
Por algún motivo ese frió martes de octubre parece albergar un acontecimiento que no logra rescatar de su mente cansada de tanta melancolía.
¿En donde quedó ese Malfoy?
Altanero. Vivaz. Astuto. Tenaz. Elegante. Petulante. Sangre pura.
Y recuerda, claro que recuerda.
Recuerda porque su sangre es pura. Recuerda porque, aunque hace mucho tiempo que no visita su tumba, todavía huele su perfume en las mañanas de otoño.
Mira el calendario sólo por inercia y se elogia mentalmente de haberse acordado antes de que el sol se escondiera entre las nubes y la noche lo invadiera con una oscuridad densa y macabra.
No han pasado muchas horas desde que abandonó ese pintoresco café en el centro de la cuidad y sabe que si se apresura puede tomar un traslador en la Sede Francesa de la Confederación Internacional de Magos y aparecer en el sexto piso del Ministerio de Magia de Gran Bretaña.
Sabe que debe hacerlo, se lo debe a ella; así que no lo piensa mucho y siente que una fuerza, que no sabia poseía, lo guía a su destino a través de las húmedas calles de París.
Toma el primer traslador a Londres, deja que esa sensación en su ombligo lo embriague y por esos momentos olvida las miles de razones por las cuales no debería regresar a su tierra natal.
No le interesan las miradas de sorpresa y hasta de reproche que le dan algunos de los empleados del Departamento de Transportes Mágicos; se siente por unos momentos como el antiguo Draco. Con la cabeza bien en alto, el cabello bien peinado y la mirada arrogante que destila elegancia y alto estatus social.
Aunque ya no crea nada de eso. Aunque no se sienta especial. Aunque la cabeza le pesa de tantos pensamientos enfermizos, la mantiene en alto porque sabe que nunca podría hacerlo de otra manera.
Y allí esta. Su destino. Hoy, 16 de Octubre.
Han pasado tantos años desde ese 16 de Octubre de 1955.
Ha pasado tanto tiempo desde que la vio por última vez.
Han pasado tantas cosas en su vida, que no recuerda su última conversación con ella.
Pero si de algo está completamente seguro es que la sigue extrañando.
¿Cómo podrá olvidarse de la persona que le dio la vida?
¿Cómo olvidar que, aunque odiara estar de regreso en ese cementerio lleno de recuerdos de Hermione, tenía que venir a traerle flores y limpiar su tumba?
¿Cómo olvidar que aunque nunca fue el más afectuoso de los hijos, cada vez que su madre cumplía años, él le entregaba una carta de felicitación junto con un regalo costoso?
Tenía 18 años cuando Narcisa murió, y ahora a sus 20 seguía recordando sus cabellos cada vez que se mira al espejo. Cada vez que se anuda su corbata. Cada vez que ve las cicatrices de su cuerpo y recuerda la guerra.
No le trajo ningún regalo costoso.
No le escribió ninguna carta de felicitación.
En cambio de todo eso, le trajo sus manos vacías y un discurso que le salió del corazón.
-Lo siento tanto, madre. Siento que no pude salvarte, sie...- por un momento piensa que no puede seguir hablando, que se va a ahogar con su propia saliva y el nudo en su garganta no lo ayuda; pero su cerebro se embota y vomita todas las cosas que siempre quiso pronunciar en voz alta- Lo siento, porque sé que las cosas no salieron como lo planeamos y ahora yo sea tan patético y cobarde. Lo siento tanto. Tanto que me duele pensarte a ti también porque sé que te defraude. Sé que no merezco tener mi apellido. Sé que te mereces un mejor hijo. Un hijo que no huya. Un hijo que tenga las agallas para apartar sus estúpidos sentimientos y que salga adelante aunque por dentro se este muriendo del dolor- y se muere, lentamente y en silencio, pero se muere...
Toma aire y reanuda su monólogo con la voz quebrada pero con las fuerzas suficientes para continuar- Y sé que todavía no soy ese hijo, pero te juro que algún día cercano lo seré, madre. Te prometo que la próxima vez que te visite no seré el mismo Draco Malfoy que esta parado frente a tu tumba.
Eso fue todo. Ni una palabras mas, ni una menos.
Decidió que se quedaría esa noche en Londres, después de todo era muy tarde para regresar. Y una encrucijada se posó en su mente en ese momento. Regresar a la mansión o dormir en un hotel cualquiera.
Era hasta gracioso porque, siempre que iba al cementerio, regresaba a su mansión, pero era lo que su intuición le estaba guiando, esa misma que lo impulsó a salir de ese terreno imparcial y aislado que representaba para él la patria francesa.
No estaba muy seguro si volver a su recámara era lo mas saludable, tomando en cuenta su inestable estado mental y sus ridículos estados de ánimo, pero allí estaba. Limpiando y ordenando su antigua habitación. Olía a aristocracia, a polvo, a cosas guardadas por mucho tiempo, sí, pero olía a su antiguo yo. A ese que con tanto anhelo quería alcanzar para salir de ese círculo vicioso en el que se había convertido su existencia.
Pero hay algo que lo desconcierta.
Si bien hay mucho polvo en el ambiente, la mansión no se encontraba en las condiciones que él creía iba a estar. Se la imaginaba mugrienta, con los jardines totalmente descontrolados y las escaleras llenas de animalejos y telas de arañas por doquier.
Y en cambio consigue un cuarto que parece haber sido limpiado hace pocas semanas. Un jardín pobremente podado, pero podado al fin y al cabo. Un candelabro con escasas telarañas y una cocina ordenada y con algunas provisiones en las alacenas.
El miedo lo invade por un momento.
El miedo de que alguien estuviera hospedándose en la mansión y estuviera oculto en algún corredor.
-Homenum Revelio
Nada. No hay ningún intruso. No hay ninguna amenaza.
Exhala el aire que no se había dado cuenta tenia contenido en sus pulmones y pone a su cerebro a trabajar. Por supuesto que no hay ningún intruso. Nadie en su sano juicio querría quedarse en una mansión abandonada, propiedad de una familia de ex-mortífagos. Nadie querría venir a su casa a limpiarla ocasionalmente como si quisiera mantenerla en buen estado, como si alguien estuviera esperando que volviera a su hogar.
Nadie.
A no ser que...
Y hay esta de nuevo, esa sensación de esperanza de que ella siga esperándolo con los brazos abiertos como si nada hubiera pasado. Trata de no recordar el beso, trata de no ir al cuarto de sus padres. Pero lo hace y no hay vuelta atrás.
Siempre fue un Slytherin.
Siempre lo fue y nunca le gustó no estar a cargo de una situación.
Verse expuesto ante los demás no estaba nunca dentro de sus planes porque no le gustaba sentirse así...Desnudo.
Y así se sentía.
Desnudo ante una Hermione que lo miraba con ojos dulces, sedientos de curiosidad, con la respiración acelerada y los labios sonrojados. Lo miraba pidiéndole silenciosamente una explicación a sus acciones. Una explicación que no quería dar, porque ni él mismo la podía formular en su cabeza.
¿Quién demonios estaba confabulando ahora mismo en contra de él para ponerlo en esa encrucijada tan surrealista?... De seguro era Merlín, el muy desgraciado.
Casi podía jurar que se estaba riendo de él.
Diciéndole al oído -¿Qué vas a hacer ahora Draco, ahora que la besaste no hay vuelta atrás? ¿O si?
Pasaron los segundos y ninguno de los dos hacia otra cosa aparte de mirarse fijamente a los ojos. Minutos, antes de que alguien hiciera un movimiento aparte del vaivén de sus respectivos pechos al respirar. Hasta que ella habló, como siempre, de primera. Tan valiente, tan Gryffindor.
-No tienes que explicar nada si no quieres Draco, sé que estabas vulnerable y...- Y allí estaba ella, protegiendo su orgullo. Pretendiendo que no había sentido nada en ese beso. Pretendiendo porque él sabia que sí. Lo sabía y ella no lo podía negar por más discursos que dijera.
-¿Acaso no podemos besarnos o te lo prohibió tu amigo Weasel?- y allí estaba él. Irónico y ácido. Tratando de darle otro rumbo a el incómodo silencio que invadía a la habitación. Tratando de no pensar en que, aunque lo dijera en broma, sí estaba prohibido besarla.
Su cara ligeramente sonrojada y su tímida sonrisa fueron la mejor respuesta que Hermione pudo darle. Sabía que en estos momentos era demasiado confuso para ambos ponerse a analizar su relación así que trató de pasar a otra cosa rápidamente.
Y allí quedó el asunto.
Pasaron toda la noche arreglando, limpiando, riendo y hablando. Fingiendo que nada había ocurrido. Pretendiendo que nada entre ellos había cambiado.
Pero cambió.
Semanas después el mundo mágico volvió la mirada ante un Draco Malfoy recuperado e ileso, que parecía ser el mismo, pero no lo era...
Retomó su trabajo.
No el de su padre.
El que siempre quiso tener.
Y aunque en el Ministerio de Magia la mayoría de las personas lo miraba con ojos de desprecio, él seguía con la cabeza erguida. Sin remordimientos ni disculpas. No ahora que estaba supuestamente derrotado. Porque no se sentía así. Tenía a Hermione de su lado.
-Señor Malfoy es necesario que revise el tratado que nos acaba de llegar desde la Oficina de Cooperación de Italia, creemos que en la cuarta enmienda no especifican bien sus objetivos y ade...
Su salario no era ni la mitad de lo que hubiera ganado en las empresas de su padre, pero era suyo. Lo había ganado con su sudor y sus excelentes conocimientos en la diplomacia y los idiomas. Y a pesar de no tener los mejores compañeros de trabajo, en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional lo miraban con algo de respeto y menos desprecio que antes.
Todo en su vida iba en mejor camino.
Tal vez ya no tenia a su familia para apoyarlo, ni a sus supuestos amigos, pero jamás en su vida se había sentido tan libre. Tan vivo. Tan... confundido.
¿Por qué cuando todo va bien tu corazón se empeña en destruir tus ilusiones?
¿Qué más le podía pedir a la vida que un trabajo de su agrado y una existencia solitaria?
¿Desde cuando él añoraba tanto que llegaran los fines de semana?
Y nuevamente estaba allí, en ese café a unas cuadras del cementerio, esperando que fueran las seis de la tarde para que ella llegara. Porque los viernes eran de ella. De ella con él y nadie más.
-Siento la tardanza, pero es que mi jefe me envió unos portafolios que debía ordenar y pues, se me hizo tarde.- dijo una Hermione sin aliento y con la cara sonrojada.
-No te creas tan importante, no llevo tanto tiempo esperándote. Soy un Malfoy, recuerdas. No esperamos a la gente, solo somos puntuales.- y acompañó sus palabras con una sonrisa torcida, llena de arrogancia y de elegancia.
-Si claro.-le dijo entornando ligeramente los ojos- ¿Ya ordenaste el café?-
-Expresso doble para mí, mocachino para ti-
-¿Qué pasaría si algún día quiero cambiar?-
-Nunca cambias.
Y nunca lo hacia, no hasta la semana siguiente, en el mismo café, en la misma mesa.
-Draco, no puedo venir el viernes que viene. Va a haber una reunión en la Madriguera por el cumpleaños de Harry y vamos a estar allá todo el fin de semana.
La miró a los ojos. No tenían porque darse explicaciones. Al final, solo eran amigos ¿verdad? Amigos jugando a ser desconocidos ante las demás personas en el Ministerio, ante la comunidad en general. Amigos que pretendían nunca haberse besado, y verse todos los viernes a charlar de sus vidas.
Los viernes eran como una droga para él. Requería de esas tardes para poder lidiar con su soledad. Los viernes eran más que un día para Draco. Eran una necesidad. Necesitaba de esos viernes tanto como el adicto necesita de la nicotina.
El cigarrillo en su boca era como un nuevo dulce que nunca había probado. Extraño. Amargo y dulce a la vez. Pero su sabor no le parecía desagradable y el humo que producía lo mantenía concentrado en algo. Le quitaba la ansiedad.
Porque ese primer viernes sin la compañía de su única amiga fue el primer día que probó esa droga.
La necesitaba tanto como a Hermione. La ayudaba a pasar el tiempo sin pensar en ella. Aunque nunca lo lograba.
La siguiente semana la vio. Arreglada y con el cabello recogido. Con ropas serias pero femeninas. Entrando en el mismo ascensor que él.
No había nadie aparte de ellos dos en ese momento, pero era tanta la costumbre que por los primeros segundos se ignoraron completamente, hasta que ella habló. Siempre de primera. Siempre.
-¿Cómo has estado Draco?-
Extrañándote...
-Bien, muy ocupado, pero bien. ¿Y tú? ¿Cómo te fue en la fiesta de Potter?-
-Todo salio a la perfección- pero su voz tembló y supo que había ocurrido algo.
Sin tener tiempo de contestar ni decir algo para indagar en el asunto, el ascensor se abrió para dar paso al patriarca de los Weasley que sin mirar mucho a Draco se posicionó en el medio de ellos y lo saludó con un movimiento de cabeza.
-Buenos días Hermione.- dedicándole una discreta sonrisa- Felicitaciones por cierto.-
-¿Ha ocurrido algo para merecerlas Sr. Arthur?- y pudo ver como su labio inferior temblaba ligeramente.
-Oh, vamos Hermione. No hay razón para que seas tímida.-tomó una ligera pausa y habló en susurros para evitar que él escuchara- Ya Ronald me contó que desde este sábado son novios.-
Pero escuchó.
Y nunca unas palabras lo habían hecho sentir así.
Tan desconcertado. Mareado. Sin aliento.
Dolido.
De repente una voz anunció que habían llegado al cuarto piso: Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Y nunca había odiado tanto a esa molesta transmisión como en ese momento. Así como nunca había odiado tanto a esa castaña que salía del aparato sin mirar atrás.
Era de esperarse ¿cierto?
Eran amigos desde los once años y desde lejos podías ver la tensión entre ese par.
Podías notar las peleas, las palabras, los suspiros y las miradas.
Pero él no se lo esperaba.
No lo quería esperar, porque no quería perderla. ¿Por qué la vida tenia siempre que recordarle que no tenia derecho para ser feliz?
Pero ¿qué era lo que había pensado?
¿Qué anhelaba?
¿Qué deseaba de corazón?
¿Que Hermione no tuviera otra vida que aquella que compartían en los pequeños momentos juntos?
¿Que no tuviera a ningún hombre en su vida aparte de él?
¿Que no se enamorara de nadie y siguieran para siempre como estaban?
Sí, eso era lo que en verdad quería.
Pero era tan absurdo como el decir que ella no era hija de muggles y él un Malfoy.
Así que hizo de su cara una máscara. Una mascara que ocultaba el dolor. Un dolor que le lastimaba el corazón. Un corazón lleno de sentimientos que nadie entendía, ni siquiera él mismo.
Pero de esa forma podía estar a su lado. Podía acompañarla sabiendo que no le pertenecía. Sabiendo que su dueño era alguien mucho mejor que él. Alguien de confianza. De familia. Alguien aceptado por la sociedad y por la madre de ella.
Soportó porque sabía que si se exponía iba a perder más de lo que tenía.
Soportó las charlas, los viernes, las horas y los minutos.
Pretendiendo no sentir ni rabia, ni celos, ni dolor.
Un viernes antes de salir de su trabajo decidió ir al cuarto piso. Solo para asegurarse de que ella todavía estaba allí. Y lo estaba, en su oficina. Con Ron.
-Vamos Hermione, de verdad tengo ganas de ir a cenar contigo hoy.- entusiasmado, tratando de convencer a su novia de algo tan normal como lo era ir a cenar un viernes por la noche.
-Ron, sabes que no puedo- evitando sus ojos. Mintiendo y diciendo la verdad al mismo tiempo.
-Por favor, no creo que, porque faltes un viernes a esas juntas tuyas por la defensa de los elfos, te vayas a morir-
-Ronald, sabes que es muy importante para mí- y lo era. Demasiado tal vez.
-No me moveré hasta que te vayas conmigo- y su cara de perro moribundo no se hizo esperar. Suplicante. Ignorante de la verdadera situación.
La muchacha de ondulados cabellos dudó. Dudó para hacer tiempo y encontrar alguna excusa válida para darle a su novio. Y esa duda la hizo pensar en su relación con Malfoy. Muchas veces había dejado a un lado sus planes para ir con Ron a alguna parte. Pero este último nunca había demandado su tiempo los viernes. Nunca ese día porque sabia que los elfos eran primordiales para ella. Y lo eran, porque elfos era igual a Draco. Y Draco era igual a incógnita.
-No lo sé. De verdad preferiría cenar contigo mañana- y trató de persuadir al atractivo pelirrojo con su mejor sonrisa. Sin éxito alguno.
-¿Que puede ser mas importante...- acercándose lentamente- que pasar tiempo juntos, Hermione?- acercó su rostro y la besó.
La curiosidad mató al gato.
Lo mató e hizo añicos a su corazón.
Lo hizo papilla y la tiró a los perros.
Retiró su cabeza del pequeño hueco de la puerta y algo mareado se fue a su oficina de nuevo. Cogió un pequeño pergamino y escribió lo más legible que sus manos temblorosas le permitieron.
El ruido de alguien tocando la puerta de su despacho hizo que se separara del prolongado beso y rápidamente tomó el memorándum que le entregó una de sus compañeras de trabajo. El pequeño avión de papel no tenía iniciales ni remitente alguno, pero ella sabia perfectamente quien la había escrito.
–"No puedo ir hoy al café. Tengo un compromiso urgente. Tus viernes ahora son libres"-
Tres líneas.
No más de quince palabras.
Solución a su dilema ¿o no?
Pudo ir a cenar con Ronald. Él alegre. Ella pensativa.
Se dirigió a la mansión y fumó dos cajas de cigarrillos en una sola hora.
Se dio un baño con agua fría y se vistió con su ropa más cómoda.
Se sentó en la cama y cerró los ojos sin pensar en nada.
Pero la imagen de ese beso lo atormentaba. Se hundía en su corazón con una aguja caliente y se cosía lentamente en la superficie. Hilos de dolor y celos la tejían al pasar de las horas. Inmóvil, tratando de no actuar ni decir nada irracional.
El lunes se volvió a repetir la escena de la semana anterior. Ascensor desierto. Ignorándose los primeros segundos. Solamente que esta semana no habló ella de primera, sino él.
-¿Lo amas?- sabia que no debía empezar por allí, pero no encontró más palabras.
-¿A quien te refieres?- todavía desconcertaba por sus palabras en la nota.
-Ronald Weasley- tratando de decir el nombre sin una gota de asco, fracasando en el intento.
Lo miró, como aquella vez en la que se besaron, intranquila, queriendo buscar en los ojos de Draco alguna pista que le ayudara a encontrar una guía de cómo responder. Pero no encontró nada, porque la barrera que tenía puesta en su mirada era más gruesa que los muros de Hogwarts.
-¿A qué viene la pregunta?
-Solo quería saberlo o ¿debería darlo por sentado?
-No es eso, es solo que nunca hablamos de mi relación con él.
-¿Acaso no podemos?- acorralándola, cerrándola en un círculo sin fin.
-Claro que podemos, es sólo que me extraña tu actitud. ¿Por qué me dijiste en la nota que no nos viéramos más los viernes?- ansiosa por saber su respuesta, como cuando él no tenia mas cigarrillos.
-No me cambies la conversación. Antes de hacer una pregunta debes contestar la anterior. Si no me respondes yo tampoco te respondo- y sus grises ojos la taladraban como nunca antes lo habían hecho.
Tragó, incomoda. ¿Por qué quería saber si lo amaba? ¿Era eso algo relevante en su amistad? Claro que lo amaba o sino ¿por qué seria su novia? Ron era cómodo. Familiar. Gracioso. Terco. Dulce. Respetuoso. Confiable. Fácil.
Y Draco era difícil.
-Claro que lo quiero, ¿qué clase de pregunta es esa?
-No te pregunté si lo querías, Hermione. Te pregunté si lo amabas- acercándose sólo unos pasos hacia la castaña para quedar enfrente de su cara.
Su aliento olía a menta, combinada casi de manera imperceptible, con un toque de nicotina. Y la embriagaba, haciendo que la tarea de responder a su pregunta se le hiciera más difícil.
-Lo amo- seco, tratando de no pensar en el aroma de su interlocutor. En sus ojos. En sus labios.
-Bien por ti, Granger. Esa el la razón por la cual no podemos vernos los viernes.- escupiendo su dolor en la forma de el apellido de ella. Saliendo del ascensor como alma que lleva el diablo.
