ANASTASIA PV
Doy un pequeño sorbo a mi taza de café. Al sentir el líquido, cierro los ojos, y lo saboreo. Extrañaba tanto mi café favorito.
Es sábado por la noche y yo en casa. Mi compañero es un buen libro, y estoy recostada en mi cama y la música de fondo, Chopin #9.
Y así terminamos un día pesado.
—Define pesado, Anastasia. —solté un suspiro—Gilipollas…—a pesar que este sábado solo por ocasión especial del jefe Grey a última hora pidió varias carpetas con los reportes de finanzas de los últimos seis meses. Sé que está furioso por que seré la sustituta de Ross, pero como me dijo ella misma, hay que respirar y contar hasta diez.
Así que lo hice. Después de que me regresará con Andrea las carpetas y diciendo que no las necesitaba de última hora. Respiré antes de que mi cabeza estallara de la frustración. Andrea solo negó divertida.
Había puesto una condición a Ross: Trabajar desde mi oficina. Eso era lo mejor. Estábamos a cinco pisos de distancia. Era rarísima la vez y lo digo que desde que entré como directora de finanzas, que Grey no se paraba en ese piso. Siempre siguiendo la jerarquía. Ya tenía dos años en la empresa, y solo por el momento me quedaba por las excelentes prestaciones y los bonos que daban. Hasta la misma Ross lo dijo.
Intenté relajarme y pasé a la siguiente página de mi libro. Me distraje mirando hacía la ventana que tenía a mi lado. Las cortinas blancas ondeaban a causa del aire que empezó a entrar. Me levanté a cerrarla, pero decidí sentarme a leer en la terraza, busqué mi móvil y lo llevé conmigo.
Media hora después, el sonido de mi móvil me hizo retirar mi mirada de mi emocionante libro.
Era Mía Grey.
Sonreí al ver su rostro sacando la lengua mientras estábamos tomando una selfie. Deslicé mi dedo para contestar la llamada.
—¡Anastasia Steele! ¿Por qué no has avisado que regresaste de Hong Kong?—grita efusiva del otro lado de la línea, pero segundos después suelta la típica risa contagiosa.
—Lo siento, tu hermanito me tuvo entretenida hoy en la tarde en la empresa, quedé algo agotada con sus encargos y otros pendientes que había dejado antes de irme, suma el Jet lag que me cargo.
—¡Vale, vale, estás perdonada! ¡Pero eso necesita una ronda de chupitos!—sonrío. Pero niego inmediatamente. El correo que había enviado Grey antes de retirarme de la empresa, unas letras mayúsculas casi me pican los ojos: NO FRATERNIZAR CON MI HERMANA MÍA. Pero luego me acuerdo que me gritó en el pasillo delante de todos, y se me pasó. ¡Qué le den! Es mi vida privada, ¿Quién se cree para decirme con quien o no salir?
—¿En una hora?—pregunto mientras recojo mis cosas para entrar a la habitación.
—Estoy en el lobby, así que te doy veinte minutos—dice entre risas.
—Dama diez y te veo—colgamos.
Entro a mi armario a toda prisa, tomo la maleta de mi viaje que aún no ha sido desempacada. Tomo los pantalones negros ajustados, una blusa con escote V gris, y mis zapatillas aguja en color negro, mis favoritas. Tomo mi melena castaña y me la ato en una coleta alta desbaratada, repaso mi maquillaje, tomo mi chaqueta de cuero, las llaves junto con el móvil y la cartera miniatura. Entro al elevador minuto después, y muy en el fondo escucho la advertencia de Christian.
—Creo que Mía Grey es ya una adulta, solo tenemos dos años de diferencia de edad. Somos adultas, que le den.
Al abrirse las puertas del elevador se abalanza con los brazos abiertos una Mía sonriente y feliz.
—¡Te he extrañado! ¡No te vuelvas a marchar con los orientales!—le regreso el abrazo y el beso en la mejilla. Salimos con nuestros brazos entrelazados y entre risas.
El guardaespaldas de Mía me saluda discretamente. Y cuando me subo a la parte trasera del Audi, le hago señas con una sonrisa pícara. Está hecho con las manos de todos los dioses griegos.
Y entonces a Mía es imposible callarla.
Desde que estaba en Seattle hace casi tres años, ella y Ross son las únicas amigas que había hecho. No era tan sociable, ni buena haciendo amistades. Mía se había apegado demasiado a mí desde hace dos años en una noche de copas, y desde entonces hemos salido y de vez en cuando con Ross.
«Pero eso no lo sabe su hermanito Christian»
Mía según dice que tiene amenazado a Ryan con pasar información de nosotras, y menos a Taylor, el jefe de seguridad de Christian. Aunque mi estadía en Hong Kong y a pesar de las horas de diferencia Mía tenía el detalle de saludar ya sea en videoconferencias, por Skype, WhatsApp desde el bar donde nos reuníamos, o desde su cama llorando por el tipo odioso que la ignora, ese sería Ethan Kavanagh.
—…Y estaba la mejor amiga de mi madre, la odiosa Elena Lincoln. Hecha un mar de llanto, demasiado melodramática para mi gusto, Christian salió hecho una total furia, no entiendo por qué le siguen prestando dinero a esa mujer, ¿Qué no le basta ser socia de Christian?
—Puede que esté pasando por una crisis existencial…—comenté distraída. Unos minutos después llegamos a nuestro bar, y la plática cambia de rumbo.
CUATRO HORAS DESPUÉS
Creo que ésta noche se nos ha salido de las manos, hemos bebido cuatro charolas completas de caballos de tequilas. La música fue la culpable. Nos hizo sentir tan relajadas, que nos daba tanta sed, y Mía no paraba de gritar: « ¡Ponme otra charola con todos los caballitos que quepan en ella!» Y después de ello ha propuesto que veamos el amanecer, y he aceptado. Mía apenas puede sostenerse, no hemos parado de reír, me ha dolido tanto mi estómago que hace que casi caiga de mi silla. Mía es la onda. Nunca me canso de escucharla, y de ver sus gestos al contar alguna anécdota. Y se ha unido una a su repertorio: Se ha dado de bruces en el baño a causa de sus zapatillas de aguja de casi un kilómetro de altura, y lo primero que hizo fue reír por minutos cuando me veía intentando ayudarla a levantarla del suelo, luego otros minutos comenzó a llorar por Ethan.
Seguíamos en la barra, y Alfred, el bartender solo negaba divertido al vernos reír.
—D-Deberías de hablarle…—le suelto con mi lengua un podo trabada por el alcohol mientras me tomo a pecho otro caballito de tequila, y luego mordía el limón con sal. Ella niega repetidamente, toma otro caballito hasta el tope de tequila y se lo toma lanzando su melena rubia hacía atrás.
—No, no, y no… Tengo que…hacerme la dificiiiiiiiiiiilllllllll—remarcó mucho las últimas palabras que me causó risa—…Tuve que-que investigarlo, ya sabes, soy Mía Grey…—pongo la palma de mi mano sobre su boca bruscamente.
—¿I-I-Investigarlo? ¿Eres el FBI? ¿CIA? ¡Míaaaaa! Sé espontánea, disfruta lo que venga…—Mía intenta morder mi palma pero la quito antes.
Sus ojos se abren como platos.
—¡Oh Dios mío! ¡Ya parezco a mi hermano C-C-Christian!—se cubre su rostro con ambas manos y comienza a reír.
Y cuando se descubre nos da un ataque de risa.
El guardaespaldas de Mía se acerca a nosotros. Tomo su corbata y la acaricio.
—R-R-Ryan, bonita corbata—le guiño el ojo divertida, el apenas puede hacer un gesto casi divertido con sus labios. Él se inclina un poco en medio de las dos para hablar.
—Creo que deberíamos marcharnos en este momento, señorita Grey, y me refiero: AHORA—lanza una mirada con los ojos un poco más abiertos de lo normal como si quisiera que nos diéramos cuenta de algo. Mía se gira hacía nuestras espaldas, y puedo ver como palidece. Sus ojos casi se salen de su lugar y su mano se va a mi mano bruscamente apretando.
—¿Qué pasa?—arrugo mi entrecejo.
—C-C-C-Christian—dice con su lengua casi dormida—me vuelvo hacía donde está mirado, y efectivamente:
Es Christian Grey.
