Mis queridos lectores;
Antes que nada, mil disculpas por la demora, en realidad tenía la intención de subir el capítulo en menos tiempo, pero por azares del destino no he podido. Agradezco infinitamente a todos quienes me han dejado un review; mis más sinceros agradecimientos por el tiempo que se han molestado en leer el fict y en escribir un par de palabras de apoyo.
Debo advertir, que este capítulo contiene escenas relativamente fuertes, que a ciertas personas puede que les moleste o desagrade (lemon). Espero haberlo hecho bien, dado que es el primero que escribo, así que no sean malos con la crítica y disfruten.
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Capítulo IV
Cara a Cara
Ronald Weasley miró la soñolienta cara de la mujer en la cama. Estuvo a punto de cambiar de parecer. Sólo a punto.
Tenía un aspecto tan pacífico, tan inocente. Estaba tan hermosa. Era imposible olvidarse de la noche que acababan de pasar, la incandescente pasión compartida con ella. Estiró la mano y le tocó el hombro.
--Luna…--la llamó, en voz baja.
No le respondió. Estaba dormida, cansada por la noche que habían pasado juntos, en la que ninguno de los dos había podido pegar el ojo. Decidido a no ablandarse por su aspecto tan inocente, la volvió a mover, observándola cambiar de postura y quejarse, todavía medio dormida.
--Buenos días. —
Oyó aquellas palabras a la distancia, sin saber de donde procedían. Solo cuando se movió por la cama y sintió las sabanas sobre su cuerpo desnudo, se dio cuenta de donde estaba. Abrió los ojos y se encontró con la mirada del hombre que estaba sentado al borde de la cama, con la mano apoyada en su hombro.
--¿Ronald? –-
¡Claro que era Ronald! ¿Cómo era posible que se hubiera olvidado de su nombre? ¿Cómo podía haberse olvidado del hombre al que le había entregado su corazón? El hombre que el día anterior le había puesto un anillo de oro en su dedo, haciéndola la más dichosa de las mujeres.
Se estiró y se dio media vuelta para mirarlo.
--Buenos días, mi amor—
Se sonrojó un poco al recordar ciertas escenas. Se pasó la lengua por los labios, para saborear los besos que le había dado la noche anterior.
Dirigió su sonrisa, con un tono deliberado de sensualidad, directamente a sus ojos color azul, inclinando la cabeza de forma provocativa, mientras se apartaba los mechones de pelo rubio de su cara en forma de corazón.
--Querido mío—murmuró, saboreando el sonido de cada palabra.
Le dolía todavía el cuerpo un poco. Pero le daba lo mismo, porque el placer que ella había experimentado la noche anterior había sido tan exultante, tan intenso, que no sabía como su cerebro no se había roto en pedazos.
Un placer que deseaba sentir otra vez.
Ella creía que Ron deseaba lo mismo. De hecho, cuando se había quedado dormida, pensó que se iba a despertar en sus brazos, que él la saludaría con besos, excitando su cuerpo, de la misma forma que lo hizo la noche anterior.
Por eso era tan desconcertante encontrárselo sentado al borde de la cama, mirándola de forma apesadumbrada, casi molesta y completamente vestido.
--¿Qué hora es?—le preguntó, con cierta preocupación, recordando los pendientes que tenía que resolver en El Profeta.
--Las siete y media—
--¡Qué temprano! ¿Qué estás haciendo levantado?—
Luna estiró la mano y le acarició la suya, una mano ancha y fuerte, con los dedos grandes, que contrastaba con la blancura de las sabanas de la cama.
--Ven a la cama, anda—le murmuró, con tono seductor.
Ron movió en sentido negativo la cabeza, su mirada se posó en el anillo que ella llevaba en su dedo.
--¿No?—
La incredulidad afiló su voz, dando un tono de incertidumbre a aquella única sílaba. ¿Era aquel el mismo hombre que había sido tan insaciable la noche anterior? ¿Era el mismo Ron que no había parado en toda la noche, hasta caer agotados, sin dejarla un segundo, ni siquiera respirar?
--¿Qué te pasa, cariño?—le preguntó, casi susurrando— ¿Sucedió algo?—
Ron levantó la cabeza y la miró a los ojos. Sus ojos de color azul, como el mar, se clavaron en los perplejos de Luna. Había algo en esa mirada que la hizo preocuparse.
--Me llamó Harry hace unos veinte minutos. Ha sucedido algo terrible en la Empresa. —
—C☻P—
La noche anterior fue terrible, pero la situación que debía afrontar aquella mañana le resultaba bastante peor; lo sucedido en la inauguración de la galería de arte de Parvati fue la comidilla en todos los diarios londinenses; The Sun se mofaba diciendo que Harry era "la perfecta muestra del hombre iracundo", en periódicos como The Mirror y The Times, hacía alusión al triángulo amoroso que incluía un pelinegro, un rubio y una castaña. Él estaba acostumbrado a que la prensa rosa se dedique a seguirlo, fotografiarlo y a endosarle amoríos por todos lados, pero que la voz haya corrido tan rápido lo asustaba. Revisó sumariamente los diarios matutinos, mientras tomaba un desayuno frugal. Pasó en la oficina casi toda la mañana con Seamus, Ron y Percy, tratando el asunto del robo de la fórmula y el espionaje corporativo del que fueron víctimas, en compañía de sus abogados. Al final todo el asunto se tornó demasiado "legal" para su gusto, se despidió de sus amigos y de los asesores legales y se marchó del lugar. Sabía que, si en realidad quería solucionar el problema que tenía entre manos, solo lo podría hacer en un lugar: en el Consorcio Malfoy.
Conducía con poca precaución; árboles, casas, autos y peatones lo acompañaban en su ensimismamiento, todo parecía tan cercano, a un simple movimiento, pero a la vez era todo tan lejano, como a una inaccesible lontananza.
En su mente aún daban vuelta las escenas de ayer, atormentándolo. Recordó a Hermione gritándole indignada por el escándalo; él sabía que lo que dijo ella no lo sentía, pero es gracioso el pensar cuanto daño pueden hacer un par de palabras. Se descubrió a sí mismo riendo, a la vez que se peinaba los siempre rebeldes cabellos con una mano. ¿Me estaré volviendo loco, pensó por un momento. Soltó el aire de los pulmones, tratando de recuperar el aplomo que se desvanecía. De pronto se descubrió nuevamente riendo, esta vez recordando la primera noche de la llegada de Hermione a Londres, la primera vez en mucho tiempo que volvían a estar solos.
Flashback
Harry se había perdido en la inmensidad de los marrones ojos de Hermione. Hasta ese día, no había tenido el valor de buscarla; una llamada de vez en cuando, una tarjeta para navidad, era toda la comunicación que entre ellos hubo durante aquel tiempo, palabras que a tanta distancia las percibía tan lejanas y sin sentido. Hasta ese día.
Sintió un irrefrenable deseo de volver a acercarse a Hermione, hacerla suya se le antojaba más necesario que el mismo respirar; ella era el soplo de vida que tanto le hacía falta. La amaba. Había sido un tonto hace ocho años.
Ella estaba temerosa, confundida. No necesitaba escapar, necesitaba apoyo, lo necesitaba a él, pero prefirió dejarla escapar. Maldito aquel día, maldito aquel día y maldita la peor decisión de su vida: dejarla ir. Ella estuvo para él siempre. ¡Siempre, por Merlín! Por qué fue tan idiota, lo necesitaba, lo necesitaba desesperadamente y la dejó escapar tan fácil. El dolor le carcomió por dentro, lacerante durante todos estos años, pero ahora ella estaba ahí, frente a él; tan dulce y serena como cuando disfrutaban del esplendor del atardecer en los terrenos de Hogwarts o con paciencia y ternura ayudaba a sus amigos a terminar infranqueables tareas, hasta bien entrada la noche.
Incapaz de soportar durante más tiempo aquella sensación, acercó su cabeza y pasó un dubitativo dedo por sus labios, para luego darle un cálido beso. A Hermione, su respiración le rasgaba los pulmones, que agonizaban por la tensión. Cada respiración le suponía un casi doloroso esfuerzo, lograba sentir la pasión que destilaba Harry por los poros, lograba sentirse viva de nuevo.
Cuando no tuvieron más remedio que separarse para respirar, Harry no dejo de mirarla ni un solo momento.
—Cuanto deseaba esto…--dijo Harry, con voz ronca, jadeando como si acabara de correr el maratón— No sabes cuanto te extrañaba, Hermione. —
--Ven conmigo—contestó ella, medio dándole una orden, medio sugiriéndoselo, a la vez que le extendía su mano para guiarle. —Ven, Harry—
Tardaron en llegar al dormitorio más de lo que Hermione había previsto, ya que cada dos pasos, Harry se paraba y la besaba, cada vez de forma más apasionada. A cada beso, la respiración se hacía más entrecortada, haciendo que su cabeza le diera vueltas, incapaz de pensar, incapaz de formar un pensamiento coherente en su cabeza.
Solo podía sentir la excitación que salía de todos los poros de su cuerpo, la reciente necesidad, formando una espiral dentro de ella, el calor de su sangre, los latidos de su corazón, el dolor por la hinchazón de sus pechos, y las palpitaciones del punto más recóndito entre sus piernas.
Cuando llegaron al dormitorio, pareció que había pasado una eternidad. Toda una vida, cuando Harry cerró la puerta y la estrechó entre sus brazos. Metiéndole una mano por debajo del cabello, le agarró la cabeza por la nuca, acercó la suya y la besó en los labios.
Hermione tan sólo pudo pegar su cuerpo contra el de Harry, para sentir su miembro en erección, abandonándose a sus sensaciones. Al fin podía dar rienda suelta a todas sus frustraciones de pasadas relaciones, entregarse al hombre que deseaba, experimentar la fuerza del amor. Lo besó, se restregó, le incitó, abriendo las puertas de la necesidad, consciente de que iba a ser incapaz de cerrarlas.
Con una mano, Harry empezó a desabrocharle la blusa de seda negra, con mucha lentitud.
--Quiero disfrutar cada minuto, cada sonido, cada olor…
Bajó la cabeza y empezó a besar el cuello, inhalando la fragancia de su olor personal. Con la lengua, recorrió su cuello, bajando de poco a poco, hasta llegar a sus pechos, mordisqueándole los pezones.
--¿Quieres más?—preguntó ella, con una sonrisa extasiada.
--¡Más!—repitió Harry, chupándole los pezones.
Hermione se agarró al pelo de él, apretando su cabeza contra ella, incapaz de resistir el placer que él le estaba dando. Cuando le mordió el pezón, casi se queda sin respiración, intensificando su pasión con la habilidad de un experto.
Pero segundos más tardes, incluso aquello le pareció insuficiente. Mientras su atención se concentraba en una parte de ella, había otras zonas sensibles que se volvían impacientes, que exigían el mismo éxtasis voluptuoso.
No pudo permanecer inmóvil más tiempo. Quería sentirlo, tocarle su piel, explorar cada centímetro de su cuerpo, como hace años, y como hace años, sentirlo dentro de ella.
Le quitó de forma atropellada el terno y lo tiró al suelo, haciendo lo mismo con la camisa y su corbata. El tacto de su piel en sus dedos fue como si se prendiese un polvorín. Con dedos temblorosos, comenzó a desabrocharle el cinturón, respirando con satisfacción, cuando al fin lo logró.
--Tranquila—le dijo Harry.
--¿Tranquila?—murmuró Hermione— Te deseo…
Trataba de meter aire en sus pulmones, pero no lo conseguía. Su cuerpo ardía en llamas.
--Si eso es lo que quieres, eso es lo que tendrás—
La agarró en brazos y la puso en la cama. La besó en la boca y disfrutó con su lengua del interior de la misma, hasta conseguir que ella arquease su cuerpo y empezara a restregarse contra él. Con un movimiento, Harry se separó de ella y la miró a los ojos, sus hermosos y marrones ojos
--Te amo. Te amo como antes, como siempre—
Aquellas palabras llenaron de felicidad a Hermione. Se pegó a él aún más y ronroneó como una gata en celo.
Le acarició los músculos de su espalda y sus hombros, subiendo poco a poco hasta la sus rebeldes y oscuros cabellos.
--Igual de rebeldes—murmuró ella. Harry soltó una risita, por el comentario de Hermione. —Si supieras las veces que he soñado con este momento, cuanto había deseado acariciarte todo el cuerpo…
De las palabras pasó a la acción.
--tus hombros, tu espalda…--Mientras Hermione hablaba, iba recorriendo las partes del cuerpo de Harry que mencionaba. Poco a poco bajó hasta la cintura y le metió la mano por debajo de los pantalones y le acarició el trasero.
--¡Ey!—gruñó Harry—. ¡Estás buscándote problemas!—
--¿En serio?—preguntó ella, con gesto burlón—. Eso es precisamente lo que pretendo.
Subió la mano hasta la cintura y con ayuda de Harry, pronto le quitó toda la ropa que él llevaba encima.
El deseo se intensificaba con cada segundo. Restregó de forma sinuosa su cuerpo contra el de Harry. Sus pechos contra el vello del de él, sintiendo su estomago contra el suyo. Un poco más bajo, la fuerza ardiente y dura de su masculinidad la rozaba, como si fuera terciopelo, en sus muslos, haciéndola quejarse de deseo, un deseo que no podía reprimir por más tiempo.
Pero Harry tenía más sorpresas en su repertorio, adquiridas con el pasar de los años, y las utilizó con destreza consumada, tocándola, acariciándola, besándola, mordisqueándola. Cuando sus ágiles dedos encontraron la calidez y humedad del centro de su feminidad, Hermione empezó a jadear, retorciendo su cuerpo, incapaz de controlarse.
De pronto sintió su cuerpo en llamas, que irradiaban desde un punto en el centro de su ser, y supo que todos sus pensamientos se concentraban justo en ese punto.
Cada vez que pensaba no iba a ser capaz de soportar por más tiempo, descubría otra variante de placer, algo más intenso parecido a la tortura.
Hasta que Harry se puso encima de ella y la obligó a abrirse de piernas. Durante unos segundos estuvo dudando, sobre todo cuando vio algo en su mirada que la hizo sentirse indefensa. Pero al momento siguiente, cuando él entró en ella de con una fuerza inusitada, se le olvidó por completo.
Hermione perdió la noción del tiempo, del espacio, de su ser. Se dejó llevar. Sus manos se asían a los músculos de los hombros de Harry, su espalda arqueándose por la necesidad de sentir su cuerpo más dentro de ella. Su cuerpo se elevó cada vez más alto, moviéndose en espiral hacia un sol ardiente que pensó, la iba a reducir a cenizas. Pero no le importaba, porque en lo único que pensaba era en sentirse satisfecha.
Cuando su cuerpo sintió la última oleada de calor, oyó su propia voz, ronca y forzada, pronunciando el nombre de Harry en alto. El sonido fue tan salvaje, tan primitivo, que no pudo reconocerlo como propio. A los pocos segundos, se oyó también el grito de Harry, pronunciando su nombre, emitiendo un sonido ronco y salvaje que parecía sacado de los más profundo de su ser.
Fin del Flashback
—C☻P—
El alba sorprendió a Hermione en su cama de hotel, cubierta con sus sabanas de seda, acurrucada entre grandes almohadones blancos. Estaba despierta, pero lo último que quería era abrir los ojos. Tenía una sensación extraña, como si le oprimiesen el pecho, como si una congoja le dificultase la respiración. Se cuestionaba a sí misma, sobre la decisión de volver a Londres. Ella tenía todo en Nueva York; casa, carro, amigos, un trabajo estupendo por el que recibía sumas exorbitantes. No podía quejarse, tenía todo lo que cualquier persona puede desear a los veinticinco años, todo excepto…
Se sintió molesta al recordar la noche anterior, el bochorno, la indignación, las miradas de reproche y censura, el gesto conmocionado de Parvati al ver arruinado su evento; pero más que todo lo anterior, le molestaba la actitud de Harry. Tan posesivo y violento; era como haber visto a un desconocido enfrentarse a Malfoy.
Consideró entonces la ironía de la situación. Malfoy siempre había sido para ella un extraño, un arrogante y presuntuoso muchacho inmaduro. Siempre fastidiando, siempre inquietando; pero ahora era un hombre distinto. Un hombre atento y comprensivo; en todo su tiempo dentro de Hogwarts, jamás creyó que asociaría las palabras atento y comprensivo con la figura del rubio. Se sentía hasta identificada con él, ambos habían cambiado desde su salida del colegio, de tal forma y a tal grado, que ya muy poco quedaba de lo que habían sido.
En cambio, la actitud del nuevo Harry la asustaba. Desde que lo conocía, él se había constituido en una especie de referente, en cuanto al sexo opuesto se refería. Tan noble y entregado a los demás; valiente y decidido, su convicción y aplomo fueron durante mucho tiempo un pilar para ella, un pilar que siempre recordaba con admiración y cariño. Un pilar que veía desquebrajarse con la actitud de él. Una actitud intolerante y despótica.
Se estiró completamente sobre su cama, el malestar le estaba pasando ya. Abrió los ojos poco a poco, percibiendo como estos se adaptaban a los primeros rayos de sol, que se colocaban por entre las persianas del ventanal en su cuarto. ¿Dónde estaría Harry? ¿Estaría pensando acaso en ella? Cerró los ojos y se abrazó a una de las almohadas, imaginando que era el cuerpo de Harry, imaginando con los ojos cerrados, que él le susurraba al oído lo arrepentido que estaba y que la amaba más que a nada. No sabía por qué, pero no importaba lo que hiciera o dijera Harry, ella no podía estar molesta con él por mucho tiempo.
Se soltó del almohadón, que momentáneamente remplazaba a Harry en su cama, y se asomó a la ventana. La mañana londinense se le antojaba perfecta, tenía una magnífica vista del Támesis y de las antiguas casas sobre la libera.
Aspiró muy hondo. Hasta ella llegó un aroma de pan caliente y calabaza que le abrió el apetito de inmediato. Soltó el aire en sus pulmones y sonrió; decidió que luego de la noche que había pasado y el debacle emocional matutino por el que atravesó, bien podría aprovechar el día, para solucionar un par de asuntos pendientes que aún la molestaban.
—C☻P—
--Pase Señor Potter, el Señor Malfoy le atenderá ahora—dijo una atractiva mujer de rasgos orientales, sentada tras un escritorio, con una sonrisa a la que Harry asintió, mecánicamente.
--Gracias—Se puso de pie, y avanzó a través de un pasillo. El ruido de la madera bajo sus pies, le recordó la vieja alacena bajo la que dormía en casa de sus tíos, una sensación que intensificó el desagradable momento por el que pasaba. Continuó caminando y se perdió a través de dos grandes puertas de madera: la oficina de Draco Malfoy.
Lo primero que notó fue que la oficina de Malfoy era más grande que la de él. Se veía muy ostentosa y recargada. Bustos de mármol, un par de libreros de brillante madera cubría la pared derecha del lugar, bellos cuadros y un peculiar retrato de Narcisa Malfoy adornaban sus muros. Dentro del lugar no era madera lo que pisaban los zapatos de Harry, sino una delicada alfombra con bordados y detalles en dorado y rojo, que al pelinegro se le antojaba bastante conocida y costosa.
Malfoy se incorporó de su enorme asiento, tras el también enorme escritorio de madera que ocupaba y salió con paso desenfadado pero cuidadoso, al encuentro de Harry, quien se encontraba en medio de los dos pilares de mármol blanco, en el centro de la imponente oficina del rubio.
--¿A qué debo tu presencia en mi oficina, Potter?—escupió el rubio, con un gélido tono en su característico arrastre de palabras, mientras observaba fijamente al pelinegro a los ojos.
--Estoy seguro que lo sabes, Malfoy. Existe algo que se llama competencia desleal. ¿Te suena el término?—replicó Harry, con una voz férrea y nada amilanada, acompañada con una mirada fría, como acero. El Slytherin resopló con el comentario e hizo un extraño mohín, mientras jugaba con su perfecta barba de candado.
--Tuviste tu oportunidad, Potter. Y como siempre, fallaste. Ella es demasiada mujer para ti—Draco hizo una momentánea pausa, mirando con desprecio a Harry de pies a cabeza, como lo hizo la noche anterior en la galería—Y aunque Hermione te lo explicó ayer—el tono de Malfoy tenía una inusitada paciencia—no hay nada entre nosotros. Pero eso puede cambiar más pronto de lo que imaginas. —
Harry no supo que clase de poder mágico evitó que la rabia contenida, el deseo de destruir y las ansias de proferir al rubio la mayor cantidad de injurias y daño posible, se apoderasen de él. Respiró muy hondo, primero se encargaría del asunto del robo de la fórmula, luego bien podría molerlo a golpes si se le antojaba.
--Esto no tiene nada que ver con ella. No te hagas el tonto conmigo—espetó Harry, comenzando a perder la paciencia.
--Bueno, sino se trata de ella y no deseas invertir en Consorcio Malfoy—Draco sonrió, a la vez que se cruzaba de brazos— no se de que más pueda tratarse esta conversación, Potter—
--El asunto del robo de nuestra fórmula no va a quedar impune, Malfoy. Te aseguro por lo más sagrado que, te haré pagar hasta el último de tus errores, maldito—barbotó el pelinegro, apuntando con su índice a Draco, en un amenazante gesto.
--¿Qué te pasa? ¡Tranquilo, Potter!—espetó el rubio, con un ademán que lo invitaba a tranquilizarse—Tus amenazas y advertencias me tienen sin cuidado. Además, no se de que tontería me estás hablando—
Harry trató de meter aire en sus pulmones, mantener una discusión relativamente civilizada con Malfoy, se le hacía casi tan terrible como una maldición imperdonable.
--Escucha bien…--Harry hizo una pausa necesarísima, para contener toda la ira que le provocaba el rubio—esto que has hecho no…—Harry no logró concluir su amenaza, ya que la voz de la secretaria de Malfoy lo interrumpió.
--Señor Malfoy, la señorita Hermione Granger por la dos—la voz de la mujer oriental fue para Harry, como una fría terrible ponzoña, clavándose en lo más profundo de su ser. ¡Hermione llamándolo a Malfoy! ¡Mi Hermione llamándolo al bastardo de Malfoy! ¡¿Qué rayos estaba sucediendo! Por un instante a Harry le pareció, que la habitación le daba vueltas, vueltas que eran rápidas y terribles, lacerantes y angustiosas. Fue la voz de Malfoy la que lo sacó de su ensimismamiento; se sintió entonces como un globo al que poco a poco se le escapa el aire.
--Gracias, Sayuri. ¿Me permites un momento, querido Potter?—Draco ensancho su sonrisa, una sensación de éxtasis consumado lo embargó, al ver el semblante derrotado de el pelinegro. La llamada de Hermione era más que oportuna. Tomó asiento tras su escritorio, presionó un botón y le sonrió a Harry, con el único fin de exacerbarlo.
--Buenos días, preciosa. Dime ¿Qué puedo hacer por ti esta mañana?—
--Qué tal, Draco. Verás, yo… quería disculparme por lo que sucedió ayer. Lo último que deseaba era que…-- Hermione detuvo su comentario, seguramente no supo explicar con claridad, lo acontecido la noche anterior.
--No te preocupes. No tuviste la culpa de nada—
--Gracias, Draco— Harry seguía de pie, en medio de los dos pilares de mármol. La conversación entre la castaña y el rubio lo molestaba sobremanera, no concebía la idea de esta amistad entre ellos. ¡Amistad! ¡Por Merlín! ¡Ellos no podían ser amigos, ellos no podían ser nada!
--Entonces, me llamaste para…--
--Ah, sí. Te llamé porque necesito hablar contigo de algo muy importante. Tal vez podamos comer algo o tomarnos un café.
--Me encantaría salir contigo, Hermione—susurró Draco, esperando impacientar a Harry.
--¿Mañana a las dos, en El Arbolito te parece bien?—
--¿El Arbolito? Perfecto, Hermione, perfecto—contestó el rubio, arrastrando las palabras, a la vez que sonreía y observaba a Harry, que a diferencia de momentos antes, ahora parecía impasible y sereno.
--Hasta mañana, entonces. —
--Hasta mañana, Hermione. —
Draco se inclinó hacia delante, colocando los codos sobre su escritorio y entrelazando las manos, mientras que Harry se acercaba hacia él, con paso resuelto y decidido.
--Comete un solo error, uno solo y ya verás. Estaré detrás de ti en todo momento—Harry sonrió. Una gélida mueca que logró amilanar al rubio—Te voy a hacer pagar cada uno de tus errores, Malfoy. Te veré caer, maldito, o dejo de llamarme Harry James Potter. —susurró Harry, con un desprecio y odio renovado, levantando su dedo en una nueva amenaza. Por su mente cruzaba una sola y única idea: Acabar con Malfoy. Y sin darle oportunidad al rubio a replicar, se dio media vuelta y dando grandes zancadas salió de la oficina, azotando la puerta.
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Nuevamente agradezco los reviews, en especial a Chocolatito19 y a FrancisCatri, millón gracias por el apoyo. Les prometo que el siguiente capítulo lo subiré en menos tiempo.
Sigan dejándome reviews, que como siempre digo, es un aliciente que me motiva a escribir un siguiente capítulo con más acción, romance, desengaños y peleas por el amor de una hermosa castaña…
Pilas…
Eduardo Monar
Abogado de profesión
Escritor y farrero por vocación
