Sinopsis: Terco Carnero siendo terco y preocupando a nuestro pobre León.

Nota de la autora: Advertencia por posible angst.

Day 5: Stubborn = Terco/a. Tengo este headcanon de que Aries es una terca bastardita. Incluso aunque es tímida e insegura, es terca como un puto carnero. Y algunas veces Loke sufre las consecuencias.


Day 5: Stubborn


Se aparecieron en el Reino de la Sirvienta en medio de una nube de luz anunciada por los gruñidos de Loke. Aries yacía a penas consciente cargada en sus brazos. Moretones y cortes profundos estaban desparramados por todo su cuerpo, una terrible quemadura cubría la mayoría de su hombro izquierdo y debía tener por lo menos dos o tres costillas fracturadas. Él, por su parte, tenía solamente heridas superficiales y estaba bastante seguro de que no podría volver a utilizar el traje que llevaba puesto, pero sobreviviría. En ese momento en su mente solo cabía espacio para una preocupación: el espíritu que estaba cargando en brazos.

Virgo se apareció casi de inmediato. Salió por la puerta que, él supuso, debía ser de la cocina con una expresión que mezclaba sorpresa, perplejidad y luego, cuando vio la muchacha entre sus brazos, preocupación en el rostro.

-¿Qué fue lo que pasó?-no tardó en preguntar la práctica Sirvienta.

-No tengo tiempo de explicártelo-gruñó. ¿Qué acaso no era obvio?-Necesito ayuda.

La muchacha asintió y sin perder tiempo agregó:

-Hay que ponerla en algún lado.

Su primer instinto fue encontrar una cama, un lugar cómodo donde recostarla.

-¿Dónde están los dormitorios?

-Están todos arriba-respondió ella volteando y encaminándose a un pasillo que conducía más profundo dentro de la casa-Las pondremos en la mesa del comedor.

-¿Qué?-Loke quiso oponerse, pero la urgencia lo apremiaba y cada paso que daba arrancaba un gemido en Aries. Subir las escaleras con ella en este estado no era una opción. Acalló sus gruñidos y siguió a la pelirrosa hasta el comedor.

Virgo removió el mantel de la mesa con la velocidad y precisión que la caracterizaban antes de que él apoyara a Aries con toda la delicadeza con la que pudo maniobrar, pero aun así ella aulló de dolor. El tortuoso sonido desgarró el interior de Loke como ningún enemigo podría haberlo lastimado.

-Está bien, Aries-murmuró, no supo si para calmarla a ella o a sí mismo-Todo estará bien.

-¿Sabes que daños sufrió?-preguntó Virgo mientras que chequeaba cada uno de los cortes y la quemadura.

-La quemadura se la hizo con un ataque eléctrico. Fue una bola de electricidad, ninguno se la vio venir. Yo… no tuve tiempo de bloquearla-la culpa teñía su voz, pero Virgo asintió con la cabeza para que continuara. Ahora no era momento de sentimentalismos-Se fracturó por lo menos dos costillas derechas cuando la tiraron contra una pared. Ella trató de parar el golpe con la mano, por eso estoy bastante seguro de que debe tener fisurado algún hueso en la muñeca.

-Entiendo-dijo Virgo simplemente, sin dejar de trabajar en ningún momento.

Aries emitió un sollozo que lo obligó a bajar la vista. Fue entonces cuando sus ojos absorbieron realmente el estado en el que ella estaba. Su rostro había perdido todo color, sus labios entreabiertos jadeaban gemidos de dolor, y una fina capa de sudor recorría cada centímetro de su piel. Su vestido estaba negro de tierra, totalmente destrozado, reducido a jirones que a duras penas la vestían, y manchas carmines salpicaban la lana que unas horas antes había sido inmaculadamente blanca.

"Sangre," se recordó Loke, "es la sangre de Aries".

La realidad cayó sobre él como un ancla hundiéndolo en las profundidades de un mar de desesperación. Nauseas se adueñaron de su estómago; a penas se dio cuenta de que estaba empezando a hiperventilar. Había demasiada sangre, demasiadas manchas carmines, y por un segundo Loke se sintió paralizado mientras que las manchas carmines no hacían más que crecer, invadir toda su visión, ahogarlo en un líquido espeso que aniquilaba todo tipo de razón y sentido común.

-Leo, ¡te necesito conmigo!

Y así como ese aturdido segundo había empezado, se terminó cuando Virgo lo trajo de nuevo a la realidad con su apremiante voz. Parpadeó con fuerza para despejarse, se tragó las náuseas y encaró a Virgo con una nueva determinación en el temple. Aries lo necesitaba.

-¿Cómo puedo ayudar?-preguntó sin dejar lugar a titubeos en su voz.

Virgo lo examinó de arriba abajo, evaluando si el nuevo voluntario sería de verdadera ayuda o si no sería mejor despacharlo a otro cuarto para no tener que lidiar con un enfermo afectado por ataques de pánico.

-Virgo, ¡no hay tiempo!-rugió el León. Como para enfatizar su punto, Aries lanzó un gemido débil pero cargado de dolor.

Virgo suspiró con los ojos cerrados, aceptando la situación. Cuando volvió a abrirlos un aire de autoridad se había asentado sobre ella.

-Voy a necesitar que traigas agua caliente, toallas, agua oxigenada, hilo y agujas, tijeras y mi repertorio de ungüentos. Vas a encontrar todo en el baño de arriba, tercera puerta a la izquierda.

No había terminado de pronunciar la última palabra antes de que Loke hubiera desaparecido, valiéndose de su velocidad felina para no perder ni un segundo. Entró en el baño como un huracán, la urgencia guiaba sus manos a revolverlo todo, lo apremiaba hasta la locura. Por suerte, si había algo que caracterizaba al signo de la Sirvienta era el pulcro orden con el que gobernaba su casa. No tardó en encontrar las toallas, los elementos para costurar y el agua oxigenada estaban en el kit de primeros auxilios bajo la pileta, y el maletín de las cremas en lo alto de la encimera. Bajó corriendo con todo en las manos, dejó las cosas sobre la mesa al lado de Aries y volvió a salir, esta vez en dirección a la cocina. De reojo había llegado a observar que Virgo había despojado de su vestido a la joven y lo había arrojado a un costado. No hacía mucha diferencia. Igualmente, solo quedaban retajos de la prenda.

La suerte volvió a acompañarlo en la cocina. Encontró una cacerola con facilidad, la cargó de agua y, sin molestarse en prender la hornalla, la calentó con mucha más rapidez con el poder de Regulus. Los quejidos y lamentos débiles del cordero que llegaban de la sala continua se metieron en su espalda como un escalofrío, le pusieron la piel de gallina.

Volvió con más cuidado para no volcar el agua, aunque cada sollozo hiciera que sus piernas temblaran, y la depositó junto a las otras herramientas sobre la mesa. Aries yacía completamente desnuda y esta vez la visión tuvo un mayor impacto sobre él, pues sin la esponjosa cubierta de lana sobre ella parecía mucho más pequeña y frágil que antes, y cada herida se lucía en su macabro esplendor. Sintió su estómago volver a revolverse, y un dolor profundo acuciándole el pecho, pero se obligó a mantener la calma. Aries lo necesitaba alerta para poder ayudarla.

-Esterilízate las manos hasta los codos con el jabón especial que hay en el baño de abajo. Voy a necesitar que me ayudes-dijo Virgo sin siquiera levantar la vista, demasiado ocupada con el inicio del tratamiento.

Aunque el orgulloso León no estaba acostumbrado a recibir órdenes, sabía acatar autoridad cuando la situación lo demandaba. Fue al baño donde un enorme espejo le mostró su reflejo, y Loke tuvo la sensación de que una nueva oleada de nauseas estaba a punto de atacarlo. Su camisa y su saco estaban rojas de sangre, sangre que no era suya, sino de la inocente muchacha a la que él no había podido proteger. Se deshizo del saco, de la camisa y la corbata, los dejó tirados a un lado, deseando poder quemarlos para no tener que verlos nunca más. De todos modos estaban inutilizables.

Empujándose hasta la pileta se echó agua fresca a la cara para tranquilizarse y mientras se desinfectaba las manos, el espejo reflejó su rostro demacrado. Había sido una batalla muy difícil. La vida de Lucy había corrido verdadero riesgo de a momentos. Por algún motivo el idiota traga fuego no estaba presente para ayudar. De hecho, no había visto a ningún compañero cerca, pero en el medio de la pelea Loke no había tenido tiempo de preguntarle a Lucy cómo rayos había terminado enfrentándose a un enemigo tan poderoso ella sola. Los había llamado a Aries y a él, la perfecta combinación entre defensa y ataque, pero aun así habían ganado con lo justo, y con un gran sacrificio por parte de la caprina que ahora yacía fatalmente herida en la mesa del comedor.

Cuando volvió a la improvisada sala de curación, vio que Virgo ya estaba aplicando cremas con olores que perturbaron la nariz del León en el hombro quemado de Aries. El cordero parecía ir y venir de la inconsciencia, deliraba con ojos entrecerrados y las cejas crispadas.

La Sirvienta observó la semi-desnudez con la que había vuelto a aparecer y solo comentó:

-Deberías tratarte esa herida en el hombro. Parece profunda.

-Ya tendré tiempo de hacerlo más tarde-masculló él tomando el agua oxigenada para empezar a desinfectar los cortes.

-Cuidado, va a arderle-advirtió Virgo sin perder concentración en su propio trabajo.

Él se encogió ante la idea de causarle cualquier tipo de dolor, pero sabía que era necesario de lo contrario el daño sería mayor. Un raspón de gran profundidad y extensión cubría el muslo y la rodilla, teñía de sangre y carne la piel que normalmente lucía blanca como la nieve. A Loke le partió el alma ver esa piel siempre suave y delicada destrozada de esa manera. Humedeció un pedazo de algodón en agua oxigenada y empezó a aplicarlo sobre la herida, pero en poco tiempo se dio cuenta de que no estaba surtiendo efecto.

-Virgo, esto no está funcionando-gruñó el frustrado León.

Una rápida mirada fue todo lo que el meticuloso ojo de la Sirvienta necesitó para encontrar el error.

-Estás aplicando muy poca agua oxigenada. Vierte un chorro directamente de la botella.

-¡Pero eso no va a arderle, eso va a quemarle!-protestó Loke abriendo los ojos como platos.

-Va a arderle pero no va a hacerle daño-explicó Virgo sin inmutar la voz-Solo matará la infección. Confía en mí.

Loke quiso volver a protestar pero se detuvo cuando percibió que la muchacha sobre la mesa empezaba a temblar. Elevó la vista hacia su rostro, pero la muchacha aún parecía estar inconsciente. Sin embargo, su cuerpo se estremecía de la cabeza a los pies, sus labios tiritaban sin color, y el sudor sobre su piel se había duplicado.

-Virgo…

-Ya sé-la Sirvienta ya estaba ocupada poniendo una palma sobre la frente de su paciente y revisando su pulso con la otra-Está levantando fiebre. No puedo tomarle la presión pero estoy segura de que está muy baja. La infección está penetrando. Leo-ni-san, hay que actuar ahora o realmente podría contraer una enfermedad. Necesito que te enfríes y me ayudes.

Loke apretó los labios pero agarró la botella de agua oxigenada y, con todo el cuidado del mundo, vertió un poco del contenido sobre el sangrante raspón. Instantáneamente, Aries abrió los ojos, un aullido desgarró sus labios y su cuerpo dio una fuerte sacudida.

-¡Ahhh!

-¡Leo-ni-san, sostenla!

-¡Eso hago!

El León gruñó pues había pocos lugares que pudiera agarrar sin hacerle daño. Virgo había tomado otra botella con desinfectante y se estaba encargando de los cortes de la parte superior. Aries se retorcía y gemía debajo de ellos, las lágrimas que asomaban en sus ojos la prueba de su sufrimiento. Cada grito que ella emitía hacía eco en él, mandándolo a un nuevo nivel de agonía emocional. Sin embargo, Loke observó que el raspón empezaba a burbujear con espuma blanca, señal inequívoca de que la infección estaba muriendo. Hizo de tripas corazón, volvió sordos sus oídos y echó otro chorro de desinfectante sobre la herida, arrancándole otro gemido de la garganta.

-Virgo, ¿no podemos hacer nada para calmar el dolor?-preguntó desesperado.

La apelada apretó los labios con el ceño fruncido, pensativa.

-No tengo anestesia en casa-murmuró después de unos segundos.

Loke sintió que cargaban una mochila de cien kilos en su espalda.

-¿Entonces no hay nada…?

-En la despensa en el estante más alto de la alacena hay una botella de Stolichnaya. Tráelo-lo interrumpió la Sirvienta retomando su ritmo sin pausa.

-¿Qué?-Loke apenas podía creer lo que estaba escuchando-¡¿Vamos a emborracharla?!

-¿Prefieres que la cosa sin anestesia?-la tensión empezaba a abrirse paso en el tono de Virgo, poniendo en evidencia su pérdida de paciencia.

Loke cerró la boca con frustración escociendo su garganta. Dudaba de los métodos de Virgo y estaba a punto de volver a protestar cuando sintió una mano empapada de sudor le tomaba la suya con fuerza. Bajó la vista y se encontró con los determinados ojos de Aries clavados en los suyos. La chica parecía haber recuperado completamente el conocimiento y con ello, su terca personalidad había regresado.

-Estoy bien-dijo con tenacidad destilando de entre sus dientes firmemente apretados-Puedo soportarlo.

-Aries, lo que voy a hacer puede llegar a doler mucho. No solo tengo que coserte varios cortes, también tengo que remover la piel chamuscada de la quemadura y eso puede llegar a ser insoportable…-intentó razonar Virgo.

-Estoy bien-repitió enfatizando cada sílaba. ¡Ahora que había recuperado la consciencia, el terco Carnero se negaba rotundamente a perderla! Dirigió la mirada a su improvisada enfermera y habló con seguridad impropia en ella-Comienza a coser.

Loke no pudo soportarlo.

-Aries, no tienes que actuar valiente…

-¡Estoy bien!-repitió por tercera vez aunque su voz tembló con miedo en esa ocasión-Confía en mí. Solo… solo… ¿podrías darme la mano, por favor?

Ante esos ojos de gacela que le imploraban con una mirada de súplica el León se sintió indefenso. Levantó la vista buscando la aprobación de Virgo y cuando esta asintió, tomó la mano de Aries como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta, la chica le devolvió el apretón con la misma fuerza.

Virgo suspiró con la aguja ya preparada en la mano.

-Aquí vamos.


Fue una operación difícil y la noche más larga que Loke podía recordar. Solo coser los cortes tomó más de dos horas, pues había que asegurarse de que estuvieran completamente limpios y cauterizados antes de siquiera pensar en tomar la aguja, y algunos eran más profundos de lo que Virgo en principio había pensado. Aries había resistido estoicamente callada, aunque silenciosas lágrimas la había traicionado escapando de sus ojos cerrados y algún que otro gemido se había dejado oír en su garganta. Después de la primera media hora Loke se dio cuenta de que el apretón que tenía ella sobre su mano aumentaba conforme a que el dolor lo hacía. Llegó a pensar que se la rompería cuando Virgo tuvo que coser un corte particularmente largo, pero aun así no la soltó.

El peor momento fue a la hora de limpiar la quemadura. La pomada que Virgo había aplicado unas horas antes había hecho su trabajo al humectar la zona y bajar la fiebre local, pero aun había que remover la piel quemada para darle paso a la nueva. El proceso fue largo, extenuante y, al faltar cualquier tipo de anestesia, extremadamente doloroso para Aries. Su cuerpo ya no pudo soportar la máscara de dignidad que había portado un rato antes, rompió a llorar a lágrima y moco tendido y su garganta libero toda la tensión acumulada en forma de fuertes sollozos. Loke le besó las lágrimas consoladoramente, asegurándole que todo estaría bien, que era muy valiente y que dentro de poco el dolor terminaría.

En comparación con ese suplicio, vendar las heridas, sujetar las costillas rotas y enyesar la muñeca fisurada fue la calma después de la tormenta. Aries volvió a quedarse dormida en el medio del proceso, pero Loke no le soltó la mano. No le pareció correcto, como si ese pequeño e impuro acto fuera sinónimo de abandonarla.

Incluso cuando Virgo suspiró su último aliento de esfuerzo y se secó el sudor en la frente informando que había terminado y que deberían tratar las heridas que tenía el León, Loke no se separó de ella.


-¡Aries! ¡Vuelve al Reino Celestial! ¡Este enemigo es demasiado fuerte para ti!

El Carnero podía sentir la sangre manando fuera de su cuerpo a través de cada ardiente corte, además de un terrible dolor punzándole las costillas, pero mantuvo la frente en alto. Sabía lo peligroso que era el enemigo, y por eso mismo no podía darse el lujo de refugiarse en el Mundo Celestial.

-Aries, ¡es en serio! ¡Vete de aquí!

Las protestas de Leo cayeron en oídos testarudamente sordos. El Carnero se negó a rendirse. Lucy estaba en peligro, la única dueña que no la había tratado como una herramienta de usar y tirar, la vida de su amiga corría riesgo. Y ella era la única que podía crear una barrera lo suficientemente fuerte como para protegerla. La rubia yacía gravemente lastimada a su lado, con apenas fuerzas para mantener a los dos espíritus en el mundo humano. No iba a abandonarla. No iba a escapar.

-¡Wool Wall!-gritó mientras de sus manos nacía una enorme barrera de lana. La maga celestial había observado en intercalo entre los dos espíritus y miraba al espíritu más débil preocupada.

-Aries, si esto es demasiado para ti, regresa…

-Lucy, lo…lo siento, déjame protegerte-dijo la pelirrosa con determinación marcando su entrecejo-Confía en mí, por favor.

Su amiga apretó los labios pero asintió, levantándose para pelear junto a ella. Aries sonrió. Lucy peleaba junto a sus espíritus, no se escudaba detrás de ellos.

Justo en ese momento captó un movimiento del enemigo que Leo no llegó a bloquear, y una bola de electricidad que salía disparada en dirección de Lucy. Aries ni siquiera pensó lo que hacía. Sus piernas se movían solas, sus manos generaban lana, y antes de que se diera cuenta estaba escudando a su amiga con su propio cuerpo.

El olor a piel calcinada le llegó antes del dolor. El choque eléctrico le quemó el hombro, calcinándolo, un dolor que solo pudo comparar a golpe que Caelum le había dado en la batalla contra Leo. Todos los nervios de su cuerpo se resintieron, los músculos se contracturaron en ángulos grotescos, sintió que la sacudían de adentro hacia afuera en un espasmo de sufrimiento.

En ese último momento de agonía, recordó voltear levemente los ojos y encontrarse con los de Leo, desesperados, teñidos por la culpa, y empujada por mera fuerza de obstinada voluntad para evitarle el sufrimiento, no gritó.


Aries abrió los ojos en un cuarto oscuro, a penas iluminado por la luz de las estrellas eternas del Cielo Celestial que entraba por la ventana. El cuerpo se le hacía pesado, adolorido y fatigado, y cuando bajó la vista vio que estaba parcialmente momificada, cubierta por las sábanas sobre una amplia cama matrimonial. Reconoció el lugar a donde estaba como el cuarto de huéspedes de Virgo. Borrosos recuerdos se confundían en su mente, la mareaban, los ojos se le cerraban, pero luchó por mantenerse despierta. Se removió incómoda, trató de levantar los brazos, y entonces percibió la mata de cabello anaranjado que descansaba al lado suyo, colgada de su mano.

Leo estaba sentado en una silla al lado de la cama, la cabeza enterrada entre sus brazos apoyados sobre el lecho, sus anteojos dejados de lado en la mesa de noche, sus ojos cerrados en lo que parecía un sueño ligero, tomándole la mano con la fuerza de un hombre que teme perderlo todo. Le tomó un segundo darse cuenta de que llevaba el torso desnudo, todos los músculos de su espalda resaltados en esa posición con el verde tatuaje de Fairy Tail recortándose contra su piel, y el hombro vendado con lo que parecía un corte profundo.

¿Un corte? Ese corte... ¿Cómo se lo había hecho? ¿Y por qué estaba ella totalmente vendada? Se removió incómoda, presa de los vendajes y del agotamiento. ¿Qué había sucedido para que terminaran los dos en esas condiciones? ¿Una batalla...?

Un rayo de luz eléctrica quemándole el hombro la tiró de golpe a la realidad, mientras que todos los recuerdos de la batalla se derrumbaban en su mente. Recordó el miedo, recordó el peligro, recordó su determinación para proteger a su amiga y por último, recordó el dolor. Y, ay amigo, si no había sido un montón de dolor.

Lo sintió de nuevo en carne viva, sus reflejos le urgían moverse, escapar de un peligro inexistente, empezó a hiperventilar sin darse cuenta, hasta que removió la mano con demasiada fuerza y el guardían a su lado abrió los ojos. Se enderezó con velocidad felina que la dejó sin aliento, completamente despierto en menos de un segundo, sus ojos atentos buscando algún signo de dolor en su preciado tesoro.

-Despertaste-murmuró Leo. No había sido una pregunta, sino una simple afirmación cargada de alivio. Aries se quedó atónita ante la rapidez del cambio en la postura del muchacho, pero parpadeó después de unos segundos, exhalando aliento que no sabía que estaba conteniendo. Leo tenía pesadas ojeras bajo sus enfermamente despiertos ojos. Parecía un hombre que no había dormido en días, con culpa y preocupación carcomiendo sus neuronas, negándole el descanso. Aries sintió su corazón romperse.

-Sí-susurró con la vista baja. Se sentía culpable por haber preocupado a Leo de esa manera-Leo, yo… lo siento.

-¿Qué?-preguntó el muchacho desconcertado-¿Lo sientes? ¿Pero, por qué?

-Yo… hice que te preocuparas. Lo... ¡Lo siento mucho!-chilló cerrando los ojos con un fuerte rubor en las mejillas.

Loke abrió los ojos con sorpresa ante lo que sus oídos escuchaban. Después de unos segundos suspiró y restregó una mano por su cara.

-Aries, no eres tú la que se tiene que disculpar. Fui yo quien no pudo protegerte. Debí tener más cuidado, estar más atento a los movimientos del enemigo. Saliste herida porque no fui capaz de bloquear ese ataque. Lo siento.

Loke podía ver la secuencia de la batalla repitiéndose tras sus párpados cerrados, como un casete roto condenándolo a rememorar una y otra vez cada uno de los errores que había cometido para llevarlos a esta situación. Aries había sufrido por su culpa, estaba postrada en esa cama con heridas extremadamente graves por su culpa, porque no había sido lo suficientemente fuerte como para protegerla. La frustración se apiló detrás de sus ojos, en un arranque de impotencia sintió ganas de llorar.

Aries vio el remolino de sentimientos que se arremolinaban caóticamente dentro de Leo y amenazaban con escapar por sus ojos. Sabiendo lo humillante que sería para el orgulloso León caer ante una debilidad así, reunió la fuerza que pudo para sentarse, tragándose los gemidos de dolor que aquejaban su garganta, y extendió una mano para confortar la cabeza de Leo, mientras que apretaba la otra que aún seguía entrelazada a la de él.

-No es tu culpa, Leo. Fue un accidente de batalla, pasa todo el tiempo. Somos espíritus celestiales, estamos acostumbrados a estas cosas. Además, no es como si muriéramos por algo así...

-Pero sentimos dolor-susurró Leo con amargura antes de centrar toda la fuerza de su mirada sobre ella-Te hice sufrir demasiado.

Aries abrió la boca para negarlo pero no pudo. Nunca había sido buena mintiendo, y mentirle a Leo sería la peor falta de respeto hacia él. Solo empeoraría la situación. Así que cerró la boca y miró con tristeza a sus manos unidas. Loke bajó la mirada como el hombre condenado a vivir bajo la culpa de sus actos que era. Sentía su garganta ácida con tristeza mal reprimida.

-Yo quise quedarme-la escuchó susurrar después de lo que pareció una eternidad en voz tímidamente baja.

La frase disparó su vista hacia arriba, boquiabierto, antes de que sus cejas se crisparan con rabia y sus dientes se cerraran en frustración.

-¿Por qué lo hiciste?-preguntó con tono elevado que la sobresaltó. Aries pareció no entender la pregunta porque se quedó quieta, mirándolo con ojos de presa ante el imponente León-¿Por qué te quedaste? ¡Te grité que te fueras! ¡El enemigo era demasiado fuerte para ti!

Ella se quedó callada ante el exabrupto. Nunca había visto a Leo así, no sabía cómo reaccionar.

-¿Y bien?-el León jadeaba frustración y rabia, sus ojos salvajes aún podían ver el ataque de luz chocando contra el frágil marco del cuerpo de Aries.

Un fuerte rubor se esparció por las mejillas de la joven, y lágrimas amenazaron con escapar de sus ojos, pero apretó la mandíbula con determinación. El cordero se dispuso a enfrentar al gran león.

-¡No me fui porque Lucy necesitaba mi ayuda!-exclamó con un deje agudo en su voz-¡Ningún otro espíritu puede crear barreras defensivas como yo! ¡No iba a irme!

-¡Sabías que la situación era más de lo que podías manejar! ¡Lucy podría haber llamado a cualquier otro espíritu, o podríamos haber manejado la situación de otra manera!

-No... ¡No iba a irme! ¡No iba a escapar!-tartamudeó con toda la entereza que pudo juntar-Y por más de que me grites ahora... no me arrepiento de la forma en la que actué.

Loke se quedó con la contestación en la lengua. Cerró la boca para no decir algo hiriente y trató de calmar sus nervios. La tensión en sus hombros seguía siendo una molestia constante, pero trató de que no se reflejara en su rostro. Aries lo miraba con fiereza envuelta en timidez en sus ojos, con pequeñas lágrimas decorando sus pestañas pero sin dejar que ni una sola se escapara. Él suspiró cansado.

-¿Por qué eres tan testaruda?

Ella se tragó un nudo en la garganta antes de contestar:

-Pe... perdón, pero esta es quien soy-una extraña mezcla de inseguridad y determinación se mezclaban en su voz, filtrándose a través de sus palabras.

Leo la observó dislocado, con perplejidad, enojo y una pizca de orgullo luchando por obtener control en su rostro. Luego de unos segundos volteó la cabeza hacia el costado con una risa ácida en sus labios.

-Supongo que lo eres-murmuró, más para sí mismo que para ella.

Aries se mantuvo callada pero no bajó la mirada, firme en su convicción. Sabía que Leo siempre antepondría el bienestar de ella antes que el propio, pero no iba a dejar de ser como era para complacerlo. Él tendría que lidiar con sus mambos protectores por su cuenta.

Loke tenía el ceño fruncido en una lucha consigo mismo. Sus instintos le urgían proteger a la mujer que estaba a su lado. Pero sabía que no podía controlarla, no quería hacerlo. La admiraba, admiraba esa testaruda firmeza con la que mantenía su dignidad estoicamente erguida e intacta. Pero igual, el dejarla desprotegida simplemente no le parecía correcto…

-¿Confías en mí?

La pregunta lo sacó de sus cavilaciones y lo hizo levantar la vista de nuevo hacia el sincero rostro que le devolvió una transparente mirada.

-¿Qué?

-¿Confías en mí?-repitió ella con más seguridad.

Loke no pronunció palabra, sin saber muy bien hacia dónde quería llegar ella con esa pregunta. Finalmente contestó:

-Claro, Aries. Con mi vida.

-Pues entonces tendrás que confiar en las decisiones que tomo-dijo como si fuera la verdad más obvia que podría anunciarse. Y en cierto modo, lo era.

Silencio se asentó en el cuarto oscuro, solo iluminado por la luz de la estrellas celestiales que se colaba entre las cortinas. Los gatunos ojos verdes de Leo estaban clavados en ella, pero el Carnero hizo firme frente a su mirada. Si iban a competir por quien era más testarudo, ella ganaría por goleada. Fue él quien bajó la mirada y sonrió con aceptación.

-Tienes razón-suspiró al fin-Aunque no me guste.

Ella exhaló aliviada. Sabía que tendrían más discusiones sobre este tema, pero pacificar el problema por el momento era una buena forma de encontrar paz. Abrió los ojos para encontrar los de él mirándola entre melancólico y preocupado. Sonrió comprensiva.

-Vamos, no... no te hagas más mala sangre-tiró de su mano suavemente para atraerlo hacia ella-Acuéstate conmigo.

Loke no pudo decir que no a esa petición, y sinceramente no tenía ganas de hacerlo. Estaba cansado y estresado, lo único que quería era tener a la mujer que amaba segura entre sus brazos. Se acostó a su lado y ella le hizo espacio felizmente en la cama antes de recostar la cabeza en su pecho y cerrar con felicidad los ojos. Él la envolvió con sus brazos y enterró la nariz en el rosado cabello.

-Solo... prométeme que tendrás cuidado-susurró con voz compungida, teñida de preocupación.

Ella sonrió. Podía darle eso al menos. Ambos habían experimentado lo que era perderse el uno al otro, entendía su preocupación.

-Lo prometo-le dijo contra sus labios antes de sellarlos con un beso de buenas noches y caer en el tan esperado descanso que ambos merecían.