La punta del iceberg

Luego de varios días de peleas con Inuyasha debido a su desplante anterior, ambos pudieron "arreglar" las cosas. Él siempre ponía excusas extrañas y decía que tenía que ir a casa de su amigo "anónimo", pero para la azabache daba igual. No pedía, ni necesitaba explicaciones. Inuyasha era solo su amigo y solo se preocupaba por él al igual que se preocuparía por Sango.

Antes de darse cuenta el invierno estaba llegando a su fin, dándole la bienvenida a la cálida y floral primavera.

Las cosas empeoraban y mejoraban con el tiempo, era un tira y afloja constante.
Con Sesshomaru las cosas por fin habían llegado a un punto medio. Ambos se prepusieron mantener ciertos límites. Nada de encuentros planeados, ni escapadas juntos, tampoco besos robados. Una relación profesor-alumna lo más sería posible. No es extraño mencionar que en ciertas ocasiones compartían miradas y risas casuales que nadie más notaba a excepción de ellos dos, pero eran mínimos gestos que los divertían a su manera.

Por otro lado, Inuyasha últimamente actuaba demasiado extraño, a veces se mostraba posesivo o celoso hacia Kagome. Podía llegar a ser gracioso y cariñoso pero cambiaba muy rápido de actitud si algo lo disgustaba, y eso se hacía cada vez más evidente con el correr de las semanas.

En clase…

Todos se encontraban en el salón, contando los minutos para irse a casa. Kagome se veía extremadamente feliz, desde que había llegado al colegio su sonrisa se había vuelto inamovible. La causa de su felicidad, se definía en una palabra…Libertad.

—Bien, ya tocó el timbre. Prometiste decirnos al final del día. —Dijo impaciente Sango al escuchar la campana.

—Espero que sea algo bueno, has estado sonriendo como tonta toda la tarde. —Reprochó el paliplata mientras llevaba un dulce hasta su boca.

—Escuchen con atención… —Dijo sonriendo y provocando cierto suspenso en sus espectadores.— ¡Me voy a mudar! —Gritó finalmente.

Inuyasha estaba tan sorprendido que casi se ahoga con el dulce que tenía en la boca. — ¿¡Mudarte!?

— ¿Te irás al extranjero, Kagome? —Preguntó impactada.

— ¿Irme al extranjero? ¡No! Claro que no. Me mudaré de casa de mi madre.

—Ohh Eso suena mejor. —Respiró aliviada. — Por un segundo pensé que te irías lejos.

—Yo igual. —Agregó Inuyasha, tratando de recobrar el aire perdido.

—Con el dinero que ahorré trabajando en el café, logré alquilar un departamento. Hoy llamaron para decirme que ya está en condiciones para que me mude. —Su sonrisa se expandió aun más.

—Te ayudaré con la mudanza. —Se ofreció el chico sin dudarlo.

—Yo también quiero ayudar, pero tengo clase de ballet por la tarde. Lo siento. —Desanimada.

—Tranquila Sango, te entiendo. Además no son muchas cosas. Con Inuyasha bastará. Será mi mula por un día. —Rió.

—¡Oye! Ángel malagradecido. —Se acercó haciéndole cosquillas.

—¡No por favor! No soporto eso. —Intentó cubrirse con las manos.

—Me detendré cuando te disculpes.

—¡Nunca! —Alcanzó a decir entre risas.

—Bien, entonces seguiré...

Sango solo se limitaba a ver la divertida escena. Parecían dos tontos enamorados. —Lamento interrumpir par de tórtolos, pero ya es hora de que nos vayamos.

—Te salvas por hoy. —Se alejó lentamente.

—Idiota. —Bufó, mientras acomodaba su uniforme.

Sango se despidió de ellos y subió al auto que siempre venía a recogerla. Inuyasha y Kagome emprendieron viaje, juntos hasta la casa de la azabache.

—Oye, ¿No le molesta a tu familia que llegues con un desconocido a casa? A pesar de que nos conocemos hace meses nunca he visto a tu familia.

—Ni la verás. Mi madre se la pasa trabajando y el idiota de mi padrastro consiguió un empleo en una construcción.

—No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que odias a ese tal Naraku.

—Muy observador —Dijo con sarcasmo. —Ese hombre es lo peor de este mundo. No alcanzarían las palabras para describirlo. —Hablar de Naraku la atormentaba.

—Cálmate, ¿sí? —Trató de tranquilizarla, deteniendo su paso.

—Fuiste tú el que sacó el tema, idiota. —Lo golpeó suavemente y se adelantó un par de metros corriendo.

— ¡Mocosa! Eres un Ángel de alas negras ¿Lo sabías? —Gritó.

Kagome volteó atrás para verlo. —Esto es lo que soy, tú lo dijiste…Una rebelde, jugando a ser niña buena. —Rió, mientras el viento jugaba con su largo cabello lacio y tan oscuro como la noche misma.

La suave brisa, el cabello bailando entre su pequeña figura. Esa imagen lo dejaba a su merced. Cada segundo que pasaba con Kagome... Estaba harto de jugar al amiguito, quería más, necesitaba más. Se estaba volviendo un hombre codicioso y lo sabía. — ¡No me dejes atrás! —Corrió hasta alcanzarla y la levantó entre sus brazos.

— ¿Ocurre algo? —Interrogó, al notar que Inuyasha no dejaba de verla fijamente.

—Kagome yo… —Hubiese querido seguir hablando pero fue interrumpido.

— ¿¡Higurashi Kagome, que significa esto!? —Gritó la mujer con semblante serio desde la puerta de la casa.

— ¡Mamá! —No entendía porque ella estaba allí, su madre siempre trabajaba a esta hora. — Bájame, Inu. —Le susurró y acto seguido sus pies ya estaban otra vez en el suelo.

— ¡¿No me digas que lo estás haciendo otra vez?! Pensé que ya habías dejado esos horribles hábitos tuyos, eres una desvergonzada. He fallado como madre.

—¡Cállate! No sabes de lo que hablas. —Contradijo frustrada.

La situación no ameritaba que él hablara, pero no le pareció bien quedarse callado. —Mi nombre es Inuyasha, soy compañero de Kagome. —Se presentó intentado calmar las cosas.

—Lo siento, pero no tengo intenciones de conocerte muchacho. Vete por favor, mi hija y yo tenemos mucho de qué hablar. —Sentenció furiosa.

— ¡¿Ahora quieres hablar?! Te desapareces todo el día y luego vienes a hacerme planteos y reclamos. ¿Cómo te haces llamar "madre" actuando así?

Naomi la abofeteó. —Más respeto conmigo, y entra a la casa, tienes mucho que explicar. Todas tus cosas están empacadas en cajas. ¿Qué te traes ahora, Kagome?

—¡Oiga vieja, no se atreva a golpear a Kagome! —Salió en defensa de la muchacha. Ya estaba demasiado enojado.

—Olvídalo Inuyasha, no tiene caso. —Miró a su madre. — ¿No te diste cuenta aun? —Frotando su mejilla que ahora se encontraba toda roja. —Me voy de esta maldita casa.

— ¡Entra! ¡Ahora! —Repitió furiosa, la mujer.

—¡Ahora si me va a escuchar…! —Estaba dispuesto a batir en guerra con esta mujer, pero Kagome lo detuvo.

—Será mejor que te vayas, Inuyasha. Esto es algo que mi madre y yo debemos resolver.

—Pero…

—Por favor. —Suplicó. —Gracias por haber venido hasta aquí.

—Llámame luego, ¿de acuerdo?

—Descuida estaré bien. —Sonrió falsamente, para tranquilizarlo.

—Cuídate.

— ¡Ya entra a la casa! —Insistió por última vez, su paciencia se agotaba.

—Adiós. —Se despidió con un abrazo que pareció el último de su vida y entró a la casa.

¿Qué diablos acaba de suceder? Se preguntó a sí mismo. Ni él lo entendía. ¿Por qué esa mujer había reaccionado así? ¿Y qué malos hábitos podría tener Kagome, para alterarla de esa manera? Si quería saberlo tendría que esperar hasta que la azabache estuviera dispuesta a hablar.

Al día siguiente…

—Kagome no vino al colegio y tampoco contesta las llamadas. Temo que algo malo haya sucedido, luego de lo que me contaste. —Dijo una preocupada Sango.

—Esa viaja está loca. Mira que para tratar así a su hija.

—Nunca conocí a la madre de Kagome. Ella me decía que trabajaba mucho.

—Esa loca dijo cosas extrañas ayer.

—Sabes, Kagome y yo somos amigas hace poco más de un año, pero ella me dijo que antes de eso, hizo cosas de las que no se enorgullece. Nunca dijo nada más al respecto pero no creía que fuera tan serio. Debió ser muy duro para ella cargar con todo eso sola.

—Esa idiota debería confiar más en nosotros. Somos sus amigos.

—Pero así es ella. —Dijo resignada y frustrada a la vez.

Esa tarde luego del colegio, ambos fueron a la casa de la Kagome. Pero su padrastro les dijo que ella se había ido de la casa a media noche y que un auto había llegado para buscarla. Con sus cosas en mano se fue sin decir palabra.

La discusión con su madre había sido tan fuerte que ya no podían seguir conviviendo.
Ni Sango, ni Inuyasha se habían preparado para oír eso, aunque suponían que si su amiga se había ido a algún lugar era a su nuevo apartamento. ¿La mala noticia? Ninguno sabía la nueva dirección y ella seguía sin responder el celular.

— ¿Y si vamos al café? De seguro está trabajando allí.

—Esa es una gran idea. Pero… ¿No tienes clase de canto en una hora?

—Al diablo las clases. —Indignada. —Mi amiga está primero.

—Kagome no querría que te metieras en problemas por ella. Mejor ve a tus clases, yo iré al café.

—Pero…

—Sin protestar, Sango. Descuida la encontraré, confía en mí. —Salió corriendo.

—Envíale mis saludos. —Gritó, mientras lo veía alejarse.

En el café...

Cuando llegó se asomó por la ventana del negocio para intentar verla. Y si… efectivamente Kagome estaba allí. Pero no era la única, su hermano estaba junto a ella.
El odio le recorrió el cuerpo, ¿Por qué Sesshomaru estaba en ese lugar? A él nunca le habían atraído este tipo de cosas.
No tenía intenciones de ocasionar un escándalo, pero le enfureció la bella sonrisa que Kagome le regalaba a otro hombre que no era él.
Entró dispuesto a todo. Ignoró por completo a la muchacha que lo recibió y fue directo hasta donde se encontraban la pareja hablando.

Antes de que pudiera llegar a ellos, un cliente empujó a Kagome, haciendo que perdiera el equilibrio. Inuyasha apuró el paso y logró atraparla entre sus brazos antes de que llegara al suelo.

— ¡¿Estás bien?! —Preguntaron los dos hermanos al mismo tiempo).

— ¡¿Inuyasha qué haces aquí?! —Dijo ruborizada. —Sí, estoy bien, gracias. —Le pidió al platinado que la bajara. —No te preocupes Sessh. Por un segundo pensé que vería el suelo. —Bromeó mientras acomodaba su uniforme y la peluca que llevaba ese día.

Ignoró la presencia de su hermano mayor y se concentró en Kagome. —No fuiste al colegio hoy, tampoco contestas el teléfono. Pensamos que algo había sucedido, y cuando fuimos a tu casa…

— ¡¿Qué hicieron qué?! No debieron ir hasta allá. —Respondió indiferente. —Es mi culpa, debí decirles antes.

—No te preocupes, por lo menos estás bien.

Una mujer robusta y entrada en años se acercó a ellos. Era la jefa de la azabache. —Kagome… ¿Por qué no le invitas algo a nuestro cliente? Después de todo te salvó. —Sonrió la anciana.

—Sí, Jefa… digo Kaede…—Se autocorrigió.

—Deja de decirme así niña. Ay dios, dios cuando aprenderán estas chicas. —Se fue a la cocina mientras refunfuñaba.

—Creo que la hice enojar. —Rió. —Siéntate donde gustes, Inuyasha.

—Supongo que aquí estará bien, junto a mi hermano. ¿O acaso te molesta, "Sessh"?

—Claro que no. —Sonrió con sorna. En realidad si le disgustaba, pero ¿Qué más podría decir? — Pero que sorpresa verte aquí, Inuyasha.

—Lo mismo digo. —Sonrió con falsedad.

—Ohh, pero a diferencia de ti, yo siempre vengo al café.

—Es cierto, Sessh es un cliente habitual. —Acotó la azabache.

— ¿Desde cuándo?

—No lo sé con exactitud, no llevo registro. —Aclaró lo obvio. Luego tomó el pedido de ambos y se fue a la cocina.

— ¿Celoso? —Dijo una vez solos en la mesa.

— ¿De ti? Ya quisieras…

Horas más tarde...

Ninguno de los hermanos se había movido de su lugar, era como una competencia, y el que se fuera primero perdería.

—Chicos ya estamos por cerrar. —Dijo apenada al ver que eran los últimos que quedaban en el lugar.

Al final ambos tuvieron que salir el asunto quedó en un "empate" por así decirlo, sin embargo no se movieron de la entrada sino hasta que la azabache salió.

—Ohh, ¿Aún siguen aquí? —Sorprendida.

—Sí, pero Inuyasha y yo ya nos vamos. —Dijo empujando al otro. —Solo queríamos despedirnos.

—En realidad… —Se zafó del agarre. —Yo acompañaré a Kagome hasta su casa. No está bien que andes caminando tu sola a esta hora.

—No hace falta. Tomaré el autobús.

—En ese caso yo podría llevarte. —Sugirió el mayor de los Taisho.

— ¡No! Sesshomaru estoy seguro de que tienes muchas cosas que hacer, además no estaría bien visto que un profesor ser pasee por ahí con su alumna. Puedes irte.

Tanto Sesshomaru como Kagome compartieron una mirada de culpa. —En realidad no, y no sería un problema. Tú eres mi hermano e irías con nosotros.

—Está bien Sessh no te molestes, iré con Inuyasha. La noche está linda para caminar.

—Si eso quieres. —Se despidió de ambos y se marchó en su auto, no sin antes golpear "cariñosamente" a su hermano en el hombro).

Inuyasha estaba feliz, de cierto modo sentía que esta batalla él la había ganado.

Continuará