¡ATENCIÓN!
Este capi tiene muchos cambios de PoV que están indicados, aunque sólo son de Aoi o Kyosuke. Avisados estáis :*
Kyo PoV
Como era de suponer, con Yuuichi cerca o mis primos no había manera de quedarme solo. Ni tan siquiera cuando el gracioso de Kariya me intentó gastar una inocentada telefónica porque era el día para hacerlas. Los Santos Inocentes. Quizás un día aún más horrendo que San Valentín y el White Day.
Encontré cinco minutos libres y corrí a la habitación en busca de Aoi, pero los Santos Inocentes me lo impidieron usando a Tenma.
-¡Tsurugi, es terrible! –gritó cuando descolgué la llamada.
-A ver qué me dices –respondí al saludo.
-¡Shindou-senpai ha tenido un accidente de esquí!
-¿Dónde? –pregunté tranquilamente.
-¡En la pista de esquí, dónde si no!
-No sé, él iba a pasar la Navidad en casa… Y no creo que sea del tipo de personas que se pone a esquiar por casa, en las escaleras y tal –respondí mientras me sentaba sobre la cama y miraba la bola de la mesita −. ¿Alguna inocentada más creíble?
-Vaya, me has pillado –rió nervioso −. ¿Qué tal te va el día? ¿Has recibido muchas bromas?
-He esquivado todas salvo la de mi hermano –respondí. Y era verdad, Yuuichi me había despertado con una inocentada aprovechando que tenía los sentidos perdidos en los sueños. Di dos golpecitos en la esfera de cristal −. ¿Y tú?
-Kariya se ha encargado de pegar una moneda al suelo y…
-Madre mía… Oye, te dejo que oigo a alguien planeando algo al otro lado de la puerta –mentí. En realidad, me preocupaba no ver cierta personita asomada a ningún sitio a sabiendas del poco tiempo del que disponía.
-Vale. ¡Suerte librándote de todas las bromas! –me deseó antes de colgar.
-Este Tenma… Eh, Aoi, sal antes de que me vaya –llamé, volviendo a dar dos golpecitos al cristal −. Sabes que tu repertorio de inocentadas es limitadísimo, que me lo conozco y que no caigo, ¿no? –pregunté alzando la bola y agitándola un poco −. Venga, Aoi, sal ya –pedí. Pero ella no apareció. Tragué saliva y noté un nudo en la garganta −. ¿Aoi? ¿Estás bien?
Nada. No respondía. Por más que miraba en todas las ventanas y huecos, no la vi escondida por ningún sitio. Volteé sin cuidado alguno aquel mundo, esperando que así decidiese salir asustada, protestando, gritándome, pero que saliese. No lo hizo, ni cuando la nieve acabó de posarse en el cristal. Ni pasados varios minutos.
-Aoi, ahora sí que estoy asustado –confesé −. Por favor, sal y ponle fin a esta broma.
Nada. Ni aun con esas se asomó por ningún rincón. Preocupado, busqué dónde apoyar la bola y separé la base del cristal. Saqué los edificios, dejándolos bocabajo un rato por si Aoi decidía saltar de su escondite al fin, pero no pasó nada. Dejé la bola y volteé con cuidado la base, con una mano por si la personita escondida caía.
-Aoi, sal y llámame "inocente", va –dije nervioso, usando la punta de un portaminas para abrir ventanas, puertas y rebuscar en el interior −. Aoi, maldita sea, sal del armario si es tu nuevo escondite –pedí empezando a desesperar al no encontrarla ni dando golpes con el portaminas.
Silencio. Ninguna risa. Ninguna cabeza asomando de a saber dónde podría haberse metido aquella chiquilla. Ninguna sonrisa divertida y demasiado inocente para enfadarme aunque en esos momentos estuviese a punto de estallar.
Lo dejé todo en el escritorio y me quedé perdido. Todo se desmoronó ante mí. Muy lentamente, demasiado y todo, volví a ajustar la base en su sitio y volteé la bola con la misma lentitud. La nieve y el brillo caía arremolinadamente, pero Aoi no estaba por ninguna parte. Todo en aquella bola era pared gris oscura, nieve blanca y destellos dorados. No había ninguna mancha azul ni vestidos de ningún color asomándose por ningún rincón.
Yuuichi entró en la habitación buscando algo y hablándome; yo no lo escuché. Tenía la vista fija en la bola y la mente paralizada.
-¿Kyosuke? –llamó preocupado −. Más te vale que esto no sea tu inocentada por lo de esta mañana.
-No está…
-¿Quién?
-Aoi –respondí mecánicamente −. Ha desaparecido…
-¿Aoi? ¿Quién es Aoi? –me preguntó.
Parpadeé un par de veces y me volteé a mirarlo. Me mordí la lengua con fuerza y, tras hacer acopio de fuerzas, me controlé para no chillar y explicarle todo a mi hermano con la mayor calma posible. Todo sobre Aoi.
-Y ahora no está –dije al fin, volviendo la vista al orbe y esperando verla asomada, riendo por haberme hecho padecer con su bromita o en plan sentimental por haber presenciado aquella escena de hermanos.
-Entiendo –dijo Yuuichi, mirando también la bola −. ¿Estás seguro que…?
-Por Dios, Yuuichi, ¡no estoy loco! ¡Te juro que había una chica ahí dentro!
-No sé, eso suena a…
-¿Por qué, de tener un amigo invisible, lo tendría chica, diminuta y encerrada en una bola con agua? –interrumpió enojado. El nerviosismo por no ver a Aoi y el hecho de que Yuuichi parecía no creerme empezaba a inquietarme y a ponerme irascible.
-No lo sé, Kyosuke. La mente es extraña.
-Ya, claro, extraña. Y por eso la mía no tiene nada mejor que hacer que inventarse una chica pequeñita metida en un mundo de agua y lo que sea que finja ser nieve –señalé.
-Tampoco hace falta ponerse sarcástico ni borde.
-¡Pues créeme, maldita sea! –chillé dando un puñetazo en la mesita −. ¡Precisamente por esto no te lo he contado antes! ¡Porque ahora me siento lo suficiente mayor como para que no sea cosas de críos, un amigo invisible! –volví a golpear la mesita. La bola botó un poco, pero ninguna figurita de cabellos azules salió sobresaltada de ningún sitio −. Tengo amigos, no necesito inventarme nada. Y también amigas, tampoco necesito inventarlas.
-Me gustaría creerte sobre Aoi, de verdad, pero me cuesta mucho. Siempre te he oído hablando solo, y jamás he visto nada en la bola. Ni cuando entraba a tu cuarto a dejarte cosas, que miraba la esfera, he visto nada raro en ella.
-No sé por qué los demás no la veis, pero te aseguro que es real. Dentro de esa bola vive una chica –señalé.
-Está bien, está bien… me lo creo todo.
-No, no te crees nada.
-¡Kyosuke!
-¡Lo dices porque imaginas que, diciendo eso, me pondré a reír acusándote de inocente!
-En parte es cierto –asintió algo avergonzado −. Por favor, no le des más vueltas.
-Lo siento, Yuuichi, pero es imposible. No puedo dejar de pensar en ella –negué −. Es real, y le ha pasado algo, por eso no sale a burlarse de mí por haber logrado gastarme una inocentada.
-Kyosuke…
-Déjame a solas, por favor –pedí sin fuerzas.
Ya no quería discutir más con él. No sabía si el dolor en aumento era por chillarle a él o porque ella no estaba. Yuuichi no dijo nada. Se levantó, me dio un par de palmadas en el hombro y se fue en silencio. Quizás se lo contaría a mi madre. Quizás en unos minutos, entraría ella para decirme que debía madurar y dejar atrás todas esas historias de seres imaginarios. Apreté con fuerza los puños y me dejé caer en la cama, con la cabeza hundida en la almohada. No me importaba qué dijesen.
Era verdad, había dicho la verdad. Aoi era real, no una imaginación. Y nadie, ni el mejor especialista en la materia, me quitaría esa idea de la cabeza.
Aoi PoV
Cuando al final vi el último árbol, tiritaba con fuerza de pies a cabeza y me castañeteaban tanto los dientes que me dolía la mandíbula. Animada por ver la salida, me obligué a avanzar más rápida, aunque el frío fuese más poderoso que yo. Abandoné los árboles y alcé la vista preparada para encontrar la cara de diversión de mi querido amigo, pero lo que vi me dejó petrificada.
-¿Qué…?
Casi sin voz (y no por la sorpresa), alucinando (y no por estar soñando), di varios pasos más observando el pueblecito de casitas grisáceas y, entre ellas, la torre de un campanario demasiado familiar. Mi mente trabajó por sí sola. Corrí aunque mi entumecido cuerpo protestaba, rodeé aquel lugar con dificultad hasta encontrar el ángulo perfecto. Cogí aire frío repetidas veces, agotada por el esfuerzo, y volví a correr hacia las casas. Cada vez estaba más cerca y cada vez me pesaba más el cuerpo, me dolía la cabeza y sentía que en cualquier momento caería.
-Venga, Aoi, unos metros más –me dije.
Mis pies descalzos dejaron el manto blanco de nieve sobre hierbas y pasaron a un suelo más duro y algo resbaladizo. Trastabillé varias veces y caí otras tantas, haciéndome daño. Se me escapó la flor de las manos y me arrastré hacia ella para recuperarla antes de volver a ponerme en pie. Estaba agotada, muerta del cansancio, temblaba y me bamboleaba de un lado a otro directa a la casa. Alcancé la puerta y me apoyé en ella, alcé el puño libre y golpeé una vez. Cuando quise dar una segunda vez, mi cuerpo y mi mente dejaron de cooperar y resbalé. Caí al suelo pegada a la puerta.
Kyo PoV
Seguí tumbado en la cama prácticamente toda la mañana. Y ahí estaba cuando llamaron a la puerta principal de forma rarísima, como si alguien hubiese sido empotrado, hubiese rebotado y acabase resbalando por ella. La abuela abrió y empezó a chillar.
-Lo sabía –murmuré.
Algún graciosillo acababa de gastar la broma del día a mi pobre abuela, la cual estaba chillando para que la salvasen de aquello. Y el jaleo que le siguió era digno de un caos provocado por la inocentada. Hundí de nuevo la cabeza y regresé a mi pesimismo.
-¡Kyosuke! –oí chillar a mi hermano, claramente corriendo por el pasillo.
Remugué, me acomodé en la cama, de espaldas a la puerta y esperé. No me apetecía hablarle, no después de quedar como un loco con problemas psicológicos. Y si era para ayudar a la abuela, contaba al menos tres personas más con ella. Tenía de sobras para librarse de los mocosos pesados. La puerta se abrió de golpe.
-Kyosuke, ven.
-No quiero –respondí.
-Por favor, ven. Tienes que ver algo.
Chasqueé la lengua, me volteé molesto y le miré mostrando las pocas ganas de cooperar con él. Estaba a punto de decirle que quería seguir con mi imaginación cuando volvió a hablar.
-Por favor –insistió entrando. Tenía la cara pálida y parecía sorprendido y avergonzado.
-¿Qué pasa? –pregunté incorporándome.
-Acompáñame, por favor.
-¿A dónde?
-A la habitación de la abuela.
-Ya hay bastante gente allí, seguro.
-¡Kyosuke, basta ya! –chilló acercándose hasta la cama −. Lo siento. Siento no haberte creído. Eres mi hermano pequeño y debería saber de sobras cuándo me mientes y cuándo me dices la verdad, pero tu historia era imposible de pillar.
-No quiero hablar de eso –dije volviendo a tumbarme.
-Maldito seas…
Debí haber agotado su paciencia, porque tiró de mí, me puso en pie, tomó mi mano y me arrastró con una fuerza que no conocía en él (y que decidí llamar "chute de adrenalina") hacia la habitación de la abuela. Dentro estaban mi abuela, mi madre y mi tía, las tres alrededor de la cama. Había un bulto metido en ella.
-¿Qué pasa? –pregunté.
-Chicos, no deberíais estar aquí –negó mi madre, acercándose a nosotros y preparada para empujarnos.
-Mamá, deja que se quede –pidió Yuuichi.
-¿Por qué?
Ignoré el debate, apoyado en el marco de la puerta porque temía que Yuuichi me atrapase por el cuello de la camisa si se me ocurría obedecer a mi madre y largarme de vuelta a la habitación. Desde donde estaba, no podía ver quién de todos mis primos debía haber caído víctima de una inocentada y por eso estaba en cama, así que me entretuve mirando los muebles de aquella habitación. Sobre una cómoda, una flor de tamaño natural aunque algo extraña llamó mi atención. Pensé con una sonrisilla que a mi primita realmente le encantaban las flores, haciéndolas de todos los tamaños y regalándoselas a todo el mundo. El ruido de tos interrumpió la charla de mi madre con Yuuichi, quienes se volvieron hacia la cama. Yo también lo hice, no por sobresalto, sino porque había algo en aquel sonido que me resultaba demasiado familiar. Incluso doloroso. Empujé a mi madre, apartándola de la puerta, y me acerqué a la cama, casi empujando a mi abuela.
-¿Aoi? –pregunté casi sin voz. El mismo rostro, algo pálido, con las mejillas sonrojadas y una expresión de estar padeciendo, el mismo cabello azul, cortito hasta sus hombros, pero todo en un tamaño normal, no una miniatura de una bola −. ¡Aoi!
-Kyosuke, apártate –ordenó mi tía, acercándose a mí para, lo más probable, tirar de mí y echarme fuera.
-¡No! –protesté agitándome para que no me cogiese. Pasos y voces se acercaban cada vez más a la habitación, atraídos por los gritos. Me dio igual todo y todos −. Aoi, por favor, despierta. Abre los ojos, por favor… ¡Esta inocentada sí que no me gusta! –protesté.
-Déjala, muchacho –oí decir a la abuela −. La pobrecita estaba ahí fuera, con el frío que hace, descalza y vistiendo un fino camisón.
Actué por necesidad. Aparté las sábanas y confirmé que era el mismo camisón que vestía siempre para dormir. Todas las mujeres de la habitación protestaron al mismo tiempo y dos pares de brazos empezaron a arrastrarme fuera de allí. Pataleé y grité, pero mi padre y mi tío continuaron arrastrándome por el pasillo hasta el comedor. Yuuichi nos seguía, aún pálido.
-Chicos, ¿quién quiere jugar al sillón con Kyo? –preguntó mi padre tirándome al sofá. Mis primos más pequeños se me sentaron encima.
-¡Makoto! ¡Sonoko! ¡Salid de encima! –grité agitándome.
-El que salga de encima, no tendrá chocolate caliente para merendar –informó mi tío.
-¡Chocolate! –gritaron los renacuajos. E hicieron fuerza para no caerse de mí.
-¡Que salgáis! ¡Eso que os ha dicho es una broma! ¡Tendréis chocolate igualmente! –intenté comprarlos incluso con caramelos, pero no se movieron.
-Kyosuke –llamó Yuuichi −. Si prometes quedarte aquí, te libro de ellos.
-¡Hazlo! –rugí.
-Niños, ¿en serio queréis seguir ahí? Yo que había preparado una búsqueda del tesoro…
-¡Tesoro!
-Tomad, la primera pista –dijo tirándoles una pelotita. Se levantaron y salieron corriendo. Estuve a punto de imitarles, pero algo golpeó mi cabeza −. La llevaba ella.
Me quedé mirando la flor que había estado sobre la cómoda de la abuela. Le di varias vueltas, relacionándola con aquella que había metido en el particular mundo de Aoi la noche anterior, antes de salir al monte con la familia.
-Lo siento, Kyosuke –miré a mi hermano, que tenía la vista fija en sus zapatillas −. Estaba pensando la mejor forma de pillar a mamá a solas y hablarle cuando la abuela ha comentado que habían llamado a la puerta. Sí que había oído un golpe, pero no lo creí como llamar a la puerta, así que ha abierto ella.
-Y ha empezado a chillar.
-Sí… Estaba ahí, en el suelo, encogida ante la puerta… Por un momento, creí que era cosa tuya, que habías hablado con esa chica y te habías montado la historia para gastarme la inocentada…
-¿Pero? –pregunté al verle callar.
-Pero estaba palidísima, tiene muchísima fiebre y está algo herida. Heridas de verdad. En los pies –dijo sin mirarme. Se me tensaron todos los músculos del cuerpo y tuve que hacer un esfuerzo para no levantarme y correr de nuevo a la habitación −. Eso no es una broma… Y te conozco lo suficiente como para saber que no tienes tan mal gusto –añadió. Yo seguí tenso, sin moverme, con la vista fija en la flor. Yuuichi se dio cuenta, cogió aire y volvió a hablar −. Cuando la cogieron, se le cayó de las manos. La recogí y la comparé con las del regalo de Sonoko. Y he encontrado el hueco en el que debería ir de ser más pequeñita.
-Oh, vaya, no he sido disimulado –dije intentando sonar plano. Yuuichi resopló.
-Lo siento, Kyosuke. Siento haber dudado de ti.
-Da igual. Posiblemente yo hubiese hecho lo mismo. Quién sabe…
Permanecimos en silencio varios minutos, él incapaz de mirarme y yo obligándome a mirar la flor para no levantarme y montar un espectáculo de nuevo por el que se armaría tremendo jaleo. Por un lado, no me importaba parecer desquiciado intentando entrar en aquella habitación. Por el otro, reconocía que lo mejor era no hacer demasiado ruido para que Aoi pudiese descansar tranquila.
Aoi PoV
Sentía como si la cabeza me fuese a estallar en cualquier momento. Una mano me levantó la cabeza y algo se posó en mis labios, vertiendo un líquido en mi boca. No sabía qué hacer, pero tragué cuando oí que me lo ordenaban. Pronto, las voces a mi alrededor fueron alejándose, quedando todo casi en silencio. Correteos y risas eran callados por alguien, pero no era capaz de escuchar con claridad.
Notaba estar sobre algo cálido y suave, no sobre nieve o el suelo. Y el lugar tenía un curioso olor desconocido para mí, una chica cuyos únicos olores habían sido… Habían sido en… Intenté incorporarme, sobresaltada, pero sólo me moví un milímetro. Un inútil milímetro.
El segundo sobresalto tampoco me llevó a superar la distancia de separación. Sentía algo rozándome una mejilla. Quería ver qué era, qué pasaba, pero estaba terriblemente agotada y no podía moverme ni agitarme. Me ponía terriblemente nerviosa. Cogí aire y lo solté lentamente, intentando dejarle claro a mi mente y a mi cuerpo que me daba igual el dolor y el cansancio. Me negaba a permanecer ni un segundo más sin ver a mi alrededor. Con muchísimo más esfuerzo del que esperaba, empecé a mover una mano, decidida a atrapar aquello que hubiese junto a mi cara. Era frustrante la lentitud que llevaba, la parsimonia a al que mi cuerpo prefería ir aun con mi insistencia. Remugué y lo que fuese que había a mi lado se apartó. ¡Maldita sea!
Después de una eternidad, logré tocarme la cara con una mano. ¡Aleluya! Si Kyosuke me viese, posiblemente se reiría de mí, de lo patética que parecía. Porque me lo tenía merecido, por subirme al techo del campanario con lo peligroso que es. Porque desde ahí era de donde me había caído para entumecerme tanto, ¿no?
Intentaba recordar qué burrada me había llevado a esa situación cuando algo cálido rodeó mi mano. Apretaba, pero no hacía daño. Desistiendo en la idea de mover la otra mano, me centré en cerrar los dedos sobre aquello, dispuesta a no dejarlo escapar. Lo estaba consiguiendo cuando un ruido cercano me sobresaltó.
-¿Cómo está? –reconocí esa voz.
-Sigue dormida –¡ésa aún más! ¡Y estaba más cerca!
-Sal a comer.
-No.
-¡No me seas crío!
-No chilles.
-Si sales, dejaré de chillar.
-Chantajista…
Lo que fuese que tuviese atrapado dejó mi mano de nuevo pegada a mi cuerpo y se libró de mí. Quise chillar, sentía mi pulso acelerado de las ganas que tenía de gritarle que volviese, pero no logré hacer ni decir nada.
El silencio lo inundó todo y yo, tozuda, volví a sacar un brazo. Aún pasó mucho hasta que me sobresaltó y alegró sentir otra vez aquel apretón cálido en la mano. Y se me ocurrió una estupidez que esperaba que funcionase: dar una serie de golpecitos, lentísimos pero esperaba que claros. Oí un respingo, un suspiro y la respuesta, casi en un susurro.
-Hola.
Sonreí y me dejé caer al sueño.
Kyo PoV
Me froté los ojos con la manga de la camisa, negándome a que nadie me pillase llorando. ¿Pues no va, me saluda en Morse y se duerme? Oí pasos acercándose y me calmé al comprobar que no había ni rastro de lágrimas o cualquier motivo de burla de las dos personitas que se asomaron a la puerta.
-Kyo –llamó el niño −, ¿se pondrá bien la nena?
-Claro que sí, Makoto –respondí.
-¿Seguro? –preguntó su hermana.
-Seguro, Sonoko. Es una chica muy fuerte –les respondí. Ambos continuaron en la puerta.
-¿Nos dejas entrar? –pidieron. Caí en la cuenta que, al ser dos trastos, cada vez que pasaban por ahí eran echados al instante.
-Si me prometéis que no haréis ruido.
-Sí –susurraron ambos, con las manos hacia delante para que viese que no hacían trampas. Asentí y entraron rápidos hacia la cama.
-Tened cuidado –dije cuando empezaron a trepar por ella.
-Hala, tiene la cara roja –señaló Makoto.
-Claro, porque está malita –respondí.
Se quedaron callados, mirando fijamente a Aoi. Me miraron a mí y abrieron las bocas para hablar.
-¿Por qué estaba en la calle sin zapatillas? –empezaron a preguntar.
-Pues…
-¿Es la chica del cuento de la cerillera? –interrumpió Sonoko. Suspiré, no me habían dejado responder la pregunta anterior y ya me veía que tampoco podría negarle ésta. Y así fue.
-¿Se ha perdido?
-¿Por qué va en pijama?
-¿Vende flores?
-¿Le habrá traído Papá Noel regalos de Navidad?
-¿Dónde están sus papás?
-¿Se quedará con nosotros?
-¿Por qué le coges la mano?
-¿Crees que le gustará el chocolate?
-¿Es la Bella Durmiente?
-¿A ella también le gustan las flores?
-¿De dónde vendrá?
-¿Hablará nuestro idioma?
-¿Será de otro planeta?
-¿Se ha puesto malita porque iba descalza?
-¿Por qué Yuuichi tiene cara de fantasma?
-¿No vas a venir a jugar con nosotros?
-¿Ya le han dado las medicinas a la nena?
-¿Cómo has dicho que se llamaba?
-¿Va contigo a clase?
-¿Seré tan alta como ella?
-¿Tú crees que jugaría con nosotros a la búsqueda del tesoro? Porque Yuuichi nos lo ha puesto difícil…
-¿Por qué te ríes, Kyo?
Intentaba por todos los medios no hacerlo, mordiéndome los labios y forzándome a pensar en que Aoi dormía y no debía molestarla. Pero la imaginación de aquellas dos criaturas era demasiada y acabé hundiendo la cara en la almohada, a escasos centímetros de Aoi.
-Kyo, ¿por qué te ríes? –volvieron a preguntar.
-Es que sois divertidos –respondí calmando la risa y cogiendo aire para tranquilizarme.
-No hemos hecho nada…
-Dejadlo, va, aún sois pequeños para entenderlo –ambos iban a gritar, pero fui más rápido y me llevé un dedo a los labios mandando silencio. Ambos se quedaron con las bocas abiertas unos segundos y se llevaron las manos a ellas −. ¿Queréis ser buenos niños? –ambos asintieron −. Id a la cocina, coged un tazón de chocolate, echadle sal y decidle a Yuuichi que me lo traiga porque vosotros no podéis entrar aquí.
-Vale –sonrieron.
Se bajaron de la cama, caminaron de puntillas hasta la puerta y, cuando salieron al pasillo, echaron a correr como locos. Al poco, entró Yuuichi con una taza. Sólo una.
-Los peques dicen que quieren ser buenos niños –dijo ofreciéndomela.
-Estos renacuajos… –sonreí y me la llevé a los labios. Fingí beber y simplemente me limpié el labio con la lengua para asegurar la cantidad de sal que los pequeños habían echado. Demasiada −. Gracias –dije devolviéndosela.
-No hay de qué –respondió. Se quedó callado y yo con la mirada fija en Aoi, cogiendo su mano sin hacer nada más.
-Me siento un inútil –dije. No era del todo cierto, pero de algún modo tenía que lograr mi propósito.
-No eres un inútil.
-Ella ahí fuera, seguro que sufriendo, y yo tirado en la cama con una rabieta –negué.
-Kyosuke, ni tú ni nadie hubiese podido saber ni esperar nunca que precisamente tal día como hoy, a saber cómo, esa diminuta chica que tenías en una bola se ha convertido en una mujercita tamaño natural –dijo. No le miré ni hice nada −. A demás, tenías tus motivos para estar antisocial.
-Aun así, ni tan siquiera me asomé a la ventana a ver qué puñetas habían hecho, porque pensé que era una inocentada.
-Cielos, esto parece ir para largo –susurró tomando asiento a los pies de la cama, al otro lado −. Yo hubiese actuado igual.
-No, tú eres completamente diferente a mí. Tú no actúas patéticamente.
-Madre mía, podrías ser un poco más positivo, ¿no? Tienes a tu chica en carne y huesos y de un tamaño aceptable. Deja de protestar y castigarte por lo que no has hecho –comentó mirando la taza.
A mí se me subieron los colores, pero verle bebiendo me ayudó a actuar mordiéndome el labio para disimularlo. Le dio una especie de espasmo, apostaría que lo que iba a ser el segundo trago regresó a la taza, tosió, se limpió con el borde de la manga y empezó a hacer ascos.
-¿Qué puñetas es esto?
-Inocente –canturreé con una débil risa para no molestar a Aoi. Seguía teniendo el rostro acalorado, pero cuando Yuuichi me miró no lo relacionó con nada que no hubiese sido aguantar las ganas de reír antes de tiempo.
-Tsurugi Kyosuke… Tú, maldito mocoso… Debí habérmelo olido…
-¿Creías que por haber aparecido Aoi ibas a quedar impune? No, no, ningún año te libras de mí –negué.
-Y yo que creía que aquellos dos renacuajos hacían algo bien por primera vez…
-Y lo han hecho. Me han traído lo que les pedí: a mi queridísimo hermano con una taza de chocolate con sal. Agradéceme que no les dijese poner pimienta.
-Mi adorable hermano y sus bromas… Me voy a beber algo decente –dijo levantándose y acercándose para revolverme el pelo antes de marchar.
Aoi PoV
Mi mente decidió regresar del limbo. Aún sin moverme, me llegaban ruidos y olores. Seguía tumbada, abrigada, y ya no estaba tan cansada aunque sí me sentía débil. Poco a poco, conseguí abrir los ojos y pude ver la cama en la que me encontraba. No era, ni por asomo la mía. Tampoco estaba en mi habitación ni en ninguna que conociese. Nada allí me era conocido ni me pertenecía. Con mucho esfuerzo, logré sentarme y dejé los brazos fuera de las sábanas. Incorporada aún pude ver más cosas, entre ellas la ventana por la que se filtraba una luz muy tenue.
El pomo de la puerta me sobresaltó al moverse, dando paso a una mujer mayor que, con aquella poca luz, no acababa de ver del todo claro aunque me resultaba vaguísimamente familiar. Pero lo que me llamó la atención fue que no era una giganta, ¡sino de mi altura! Quizás un pelín más bajita o más alta, no estaba segura, pero ¡como yo!
-¡Oh, te has despertado! –era una exclamación en toda regla, pero sonó flojísima −. ¿Cómo te encuentras?
-Bien –dije, oyendo mi voz ronca y mucho más débil que su susurro. No estaba segura si era por no haber hablado en mucho tiempo o qué.
-Todos duermen aún, pero tú puedes desayunar ya –dijo dando media vuelta −. No te muevas de la cama.
La puerta se cerró y yo me quedé a cuadros. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Cómo que "todos duermen"? ¿Qué "todos"? ¿Dónde está Kyosuke? ¿Y mi cuarto? ¿Dónde diablos estoy yo? Cuando la puerta volvió a abrirse, entró la anciana con dificultad porque cargaba con una bandeja.
-Menuda vieja chocha estoy hecha… Mira que cerrar la puerta… No, no te muevas –me dijo rápidamente cuando pretendía ir a ayudarla −. Toma. Todo un día en cama se nota y necesitas recuperar fuerzas.
Pasé la mirada de ella a la bandeja. De no ser porque alguna vez Kyosuke había comido en la habitación justamente lo que en ese preciso momento tenía yo delante, hubiese hecho el mayor ridículo de la historia. Estaba a punto de decirle a esa buena mujer que yo jamás había comido nada porque no lo había necesitado cuando mi estómago se puso a rugir y se impuso al pensamiento, ordenándome coger aquello, llevármelo a la boca, masticar y tragar. Y a mi mente y la lógica con la que había estado viviendo todos esos años que se vayan a paseo bien lejos. Yo tenía hambre.
-Come tranquila, que nadie te lo va a quitar –me dijo con una sonrisa la mujer.
Asentí pero era imposible no parecer un animalillo muerto de hambre porque eso era yo en ese instante. La mujer me acarició el cabello y me quedé quieta sorprendida. Cuando mi mundo estuvo roto, Kyosuke alguna vez pasó un dedo por mi cabeza, aunque más era una sacudida que una caricia, y lo entendía porque era dificilísimo acariciar algo tan pequeño. Cuando quería hacerlo yo, él comentaba que sentía más un hormigueo, un cosquilleo, algo que de haber seguido por más cuerpo le habría dado repelús.
-Tenías hambre, ¿eh?
-Sí –respondí.
Sentí la boca seca y miré el vaso de la bandeja. Se lo había visto hacer a Kyosuke muchas veces, estaba segura que no sería tan difícil. Dejé la comida, estiré ambas manos, cogí el vaso, me lo llevé a los labios… Y me empapé.
-Ay, vaya, aún estás algo patosilla.
-Lo siento –susurré avergonzada.
-Tranquila, es normal. No controlas bien –dijo usando una servilleta para secarme – tú come tranquila, que voy a buscarte una cosita.
Otra vez, la mujer se fue en silencio y me dejó sobre la cama con la bandeja con comida. Seguí llevándome pedacitos de pan a la boca, notando el estómago cada vez más calmado. Lo único que aún chillaba por ser nuevo y curioso para mí era que estaba sucia.
-Ya estoy aquí –anunció regresando. En un brazo cargaba con prendas de ropa y en la otra, un objeto que muy raramente había visto usar a mi amigo para beber −. Prueba con esto a ver qué tal.
Haciendo uso de los recuerdos y mentalizada para ir poco a poco, volví a coger el vaso, ahora con la pajita, y bebí sin mancharme.
-Un pajarito me ha dicho que te llamas Aoi. ¿Es eso cierto?
-Sí –respondí, aunque aquel comentario sobre pajaritos hablando me sonaba rarísimo. Me hice una nota mental para preguntar a Kyosuke cuando lo viese.
-Te he traído un pijama limpio, Aoi –dijo extendiendo las prendas y yo las miro confusa −. Seguro que te irá grande, pero es del único en la casa que te podrían servir.
Con cuidado, apartó todo, me destapó y me quitó el camisón. Sentí algo de frío y me encogí. Riendo, pasó una toalla algo húmeda por el cuerpo, donde me había caído la bebida, y me puso, con bastante paciencia y esfuerzo, el pantalón y la camisa que traía consigo.
-Te quedan enormes –rió suavemente. Alcé los brazos, con las manos perdidas en las mangas, pero todo indicaba que era lo que me tocaba −. Va, túmbate de nuevo y vuelve a dormir si quieres, que es muy temprano. ¿Necesitas alguna cosa?
-Kyo…
-Sigue dormido. Aún es muy temprano –negó arropándome −. Descansa, aún no te encuentras bien.
No me di ni cuenta de que había vuelto a dormirme. Cuando abrí los ojos, entraba más luz por la ventana. Dos cabecitas oscuras y dos pares de ojos plateados se asomaron de pronto.
-Ha despertado –susurró el niño.
-Sí –susurró la niña.
-¿Se lo decimos a mamá?
-No, que nos echará –negó la niña −. Hola.
-Hola –saludé mecánicamente.
-¿Eres la chica del cuento de la cerillera?
-¿El qué?
-Pues no, no lo es –negó el chico.
-¿Te has perdido?
-No lo sé –respondí aún mecánicamente. Mi mente se negaba a cooperar perdida en aquellos ojos cargados de curiosidad.
-¿Por qué ibas descalza?
-Estaba dormida, no necesito zapatos para dormir –respondí.
-¿Dormías en la puerta?
-No, en mi cama –negué.
-¿Dónde está tu cama?
-En mi casa.
-¿Y tu casa?
-No lo sé –dije, intentando recordar dónde había quedado aquella casita.
-¿Eres la Bella Durmiente?
-No, tonto, a la Bella Durmiente la despierta el príncipe con un beso y ella ha despertado sola –respondió la niña.
-Ah, es verdad…
-¿Por qué llevas el pijama de Kyo?
-¿Le conocéis? –pregunté sin ser aún capaz de aclarar dónde había visto antes aquellas dos cabezas.
-Sí, es nuestro primo –asintieron sonrientes.
-Ah, sí…
-¿Eres amiga de Kyo?
-¿Vas a su clase?
-¿Vives aquí cerca?
-¿Tus papás saben que estás aquí?
-No, Sonoko, no lo saben –negó el niño −. ¿No ves que nadie ha venido a verla?
-A lo mejor viven lejos. Seguro que aún no les han llegado las noticias de que está malita, Makoto.
-Pero ella vino en pijama. Y ya sabes qué dice mamá, que no se puede salir a la calle en pijama.
-¿Dónde está Kyosuke? –pregunté interrumpiéndoles.
Ambos se miraron, se apartaron, susurraron y volvieron a mirarme con sonrisas antes de bajar del todo de la cama y correr hacia la puerta. Desde donde estaba, pude oír las protestas y la riña que les echaban por corretear y gritar llamando a su primo. Y acto seguido, las protestas y las riñas pasaron a la persona que apareció en la puerta.
-Aoi…
Entre la sorpresa y la alegría, no fui capaz de decir nada. Aprovechó ese tiempo para acercarse, hundir una rodilla en la cama junto a mí y abrazarme. Empecé a llorar mientras alzaba lentamente los brazos para rodearle.
-Menos mal que estás bien… Menos mal…
-Kyo… –logré pronunciar casi en un susurro, pegada a su hombro −. ¿Dónde estoy?
-En mi mundo. Fuera de la bola –respondió.
Cogí aire sorprendida. Eso era lo que echaba en falta, la cúpula transparente que separaba el cielo de mí. Lloré aún más fuerte, hundiendo más el rostro en su hombro hasta que escuché voces.
-¡Kyo, malo! ¡Estás haciendo llorar a Aoi! –chillaron de pronto los pequeños. Kyosuke siguió abrazándome, dándoles la espalda −. ¡Mamá! ¡Kyo ha hecho llorar a Aoi!
-¿Que Aoi está despierta? –Yuuichi apareció resbalando en mi borroso campo visual −. Oh, vaya… Niños, ¿qué os parece ir a jugar un rato con la nieve? Esta noche ha nevado lo suficiente para hacer un gran muñeco de nieve.
-¡Muñeco de nieve! ¡Muñeco de nieve!
Los dos críos desaparecieron veloces; Yuuichi se quedó varios segundos más antes de despedirse con la mano. Logré calmar el llanto.
-Kyo… –llamé sin soltarle −. ¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué soy grande? ¿En serio Yuuichi puede verme? ¿Y aquella mujer mayor? Nunca me habías dicho que hay pajaritos que hablan. ¿En serio esto es tu mundo? ¿Cómo sabes que no es el mío? Contéstame, anda…
Le di varios golpecitos que sonaron más fuertes que cuando le golpeaba siendo diminuta, y se puso a reír. Todo él temblaba con la risa y no me soltaba.
-No tiene gracia, Kyosuke.
-Lo siento. Hacía tiempo que no oía tu voz…
-¿Y por eso te ríes? No es gracioso –negué volviendo un poco la cabeza −. Va, responde, lo necesito.
-Sí, todo el mundo te ve. Aquella mujer es mi abuela. Sí, es mi mundo porque tengo el tuyo junto a mi cama. Sobre los pajaritos, no sé qué quieres decir; los que hablan son los loros y yo no los llamaría "pajaritos". Y a cómo es que estás aquí, así de grande, no lo sé, pero me alegro.
-Ah… Vaya… ¿En serio? ¿No lo sabes?
-No estoy del todo seguro –dijo apartándose un poco. Apoyó la frente sobre la mía con los ojos cerrados y permaneció así unos segundos.
-Entonces sí lo sabes –dije mirándole. Aún no abría los ojos.
-Yo lo quise, pero creí que era un imposible –dijo abriendo al fin los ojos y mirándome fijamente −. Creo que te lo puedo decir ya. ¿Recuerdas que tengo un secreto? –asentí −. Era esto. Quería que estuvieras conmigo, así. Pero era algo muy difícil por no decir imposible.
-Pero estoy aquí –dije.
-Lo sé. Y no tengo respuestas a cómo ha pasado –dijo moviendo un poco la cabeza negativamente.
-Yo también quería estar contigo –dije cuando dejó de moverse −. Se lo pedí a la estrella antes de irme a dormir.
-¿Tú también lo…? –se quedó a medias.
-¿Qué?
-Nada –dijo cerrando los ojos y quedándose quieto. Entrecerré los míos; me gustaban muchísimo sus ojos y cuando los cerraba al hablar… No podía esperar a volver a verlos abiertos.
-Kyo, ahora me lo dices.
-No –negó sonriendo −. Mejor te devuelvo un par de cosas que no he podido hacer nunca –dijo.
Kyo PoV
Cuando los dos renacuajos llegaron corriendo al comedor diciendo que Aoi me llamaba, batí el tiempo récord en velocidad y lo que sonaba tras de mí no eran aplausos. Todo el tiempo dormida había luchado por no cogerla en brazos, estorbando su sueño. Por ello no dudé en lanzarme a abrazarla, a sentir que era totalmente real, que estaba ahí, que no era un espejismo. Oírla hablar fue… Imposible describir el alivio que sentí por ello. Le respondí, le dije dónde estaba aunque era incapaz de decirle muchas palabras seguidas. La sentí llorar sobre mi hombro, y a los dos enanos regañándome. Por suerte, Yuuichi se los llevó. Cuando se calmó, la dejé hablar, no hice ningún ruido. Dejé que sonara su voz hasta que me dio golpecitos reclamando respuestas.
Si ya tenía el corazón acelerado porque estaba despierta, aquello parecía a punto de desbordar cuando me comentó que pidió un deseo, prácticamente el mismo que yo había pedido hacía dos noches… Aunque en aquel momento, ni por todo el oro del mundo hubiese creído que funcionaría. Cerré los ojos y me tranquilicé.
-Kyo, ahora me lo dices.
-No –negué con una sonrisa. No tenía ganas de esperar más, temiendo de pronto que aquello solo fuese un milagro con cronómetro hacia cero −. Mejor te devuelvo un par de cosas que no he podido hacer nunca.
Subí una de las manos de su espalda a su nuca, sin abrir los ojos en ningún momento, y la besé. Hacía meses que maldecía el estúpido cristal y la estúpida realidad de que ella era diminuta. Sin cristal y con ella tan solo unos centímetros más bajita no iba a desperdiciar la oportunidad. Se sorprendió, se quedó rígida unos segundos antes de responder vacilante.
-¡Kyo! Ayúdanos con el muñeco de… ¡MAKOTO, MIRA! –oí chillar a Sonoko. Me separé de Aoi y volteé hacia la canija.
-Pedidle ayuda a Yuuichi, yo me quedo con Aoi –dije cuando Makoto se asomó con el gorro completamente hundido en la cabeza.
-¿Qué pasa? ¿Por qué chillas?
-¡Te lo has perdido! –siguió señalando Sonoko con una ilusión desmesurada. Sólo una cosa en el mundo podría quitársela de golpe y alejarla de la puerta.
-A correr los dos o me bebo vuestro chocolate –señalé. No tardaron en desaparecer.
Volví otra vez la vista a Aoi. Estaba más sonrojada y tenía la boca entreabierta. Llevé una mano a su rostro y aparté un mechón de pelo. Otra vez me apoyé en su frente.
-El año que viene te dejo tener cumpleaños –dije frotando la punta de la nariz con la suya −. Y te daré cuantos regalos pidas.
Sus mejillas aún se encendieron más mientras sus azules ojos brillaban con toda una mezcla de emociones, ninguna negativa. Volví a besarla, esta vez sin pillarla desprevenida, separándome sólo cuando le faltó el aire.
-Te dejo descansar –dije apartándome un poco.
-¡No! –exclamó cogiéndome de los brazos −. Quédate…
-Está bien –asentí levantándome para poder tumbarla y arroparla.
-Aquí –pidió tirando de mí, intentando tumbarme. Suspiré para calmar las pulsaciones y la hice moverse antes de entrar en la cama.
-¿Así? –pregunté. Asintió y se acurrucó, cogida a mi camisa −. Descansa.
