Capítulo 4. Mi corazón roto.

–¡Tada! –dijo Jou a los demás, mostrando un cuaderno naranja. Se encontraban todos en la sala. –Esto es lo que llamaremos el "Cuaderno Naranja". Podéis escribir cualquier cosa.

–¿Cualquier cosa? –preguntó Sora.

–¿Qué quieres decir con cualquier cosa? –preguntó Yamato.

–Con cualquier cosa quiero decir cualquier cosa: cómo os habéis sentido hoy, los sueños de mañana o las lágrimas de ayer. –contestó Jou mientras se levantaba.

–O sea que,… –dijo Taichi mientras le cogía el cuaderno a Jou. –básicamente donde escribes notas a la gente e intercambias información sobre trabajos, exámenes finales y ese tipo de cosas. –Mientras ellos hablaban, Mimí iba traduciendo como podía al lenguaje de signos.

–Sí, pero podemos compartir más cosas. –dijo Jou.

–¿Qué? –preguntó Sora que se había perdido al final.

–Podemos compartir… –tradujeron Mimí y Yamato a la vez. Al ver que los dos traducían, Mimí dijo: –Adelante.

–Podemos escribir sobre lo que tengamos en lo más profundo de nuestro corazón. –les sorprendió Jou hablando en lengua de signos. Al ver las miradas dijo: –He aprendido un poquito.

–¡Wow! –dijo Yamato sorprendido dándole un pequeño codazo.

–¡Estoy impresionada! –admitió Mimí.

–Entonces ¿vamos a escribir de nuestros pensamientos más profundos? –preguntó Taichi volviendo a sentarse. –Es como un diario conjunto. ¿A nuestra edad?

–Si lo piensas bien, nuestra vida universitaria acabará en unos cuantos meses. Será como un recuerdo. En cualquier caso, sin ser inflexible, este será el libro de garabatos de de la Sociedad Naranja. Lo dejaremos en la repisa de la sala, junto con los otros cuadernos que hay.

–¿La Sociedad Naranja? –preguntó Taichi.

–¿Qué es eso? –preguntó Mimí.

–Se me acaba de ocurrir. Será el nombre de nuestro grupo. –contestó Jou.

–¿Y por qué "Naranja"? –preguntó Yamato.

–Porque representa nuestra agridulce juventud. –contestó Jou soñador mientras Mimí asentía con una sonrisa en la cara.

–¡Yo creo que es genial! –opinó Mimí entusiasmada. –Es una bonita idea. –dijo mirando a Jou.

–¿De verdad lo piensas? –preguntó Jou ilusionado. Al ver a Mimí asentir dijo: –¡Qué feliz me hace que te guste!

–La Sociedad Naranja, ¿eh? –dijo Yamato.


–Tío, eres tan predecible. –dijo Taichi a Jou, que estaba sentado en el césped del campus con Yamato.

–¿Qué? ¿De qué hablas? –preguntó Jou.

–¿Qué es eso de la Sociedad Naranja? Tu verdadero objetivo es Mimí, ¿a qué sí? Piensas que puedes avanzar con ella a través del grupo.

–¿Se ha notado? –admitió Jou. –Pensé que primero tenía que crear un terreno sólido.

–Así que es eso. –dijo Yamato. Entonces, escuchó como algo golpeaba el tronco del árbol en el que estaba apoyado. Cuando se levantó vio venir una piedra lanzada por Sora. Menos mal que Yamato tenía buenos reflejos y se agachó, sino la piedra le habría golpeado en toda la cabeza.

–¡Uf! Ha estado cerca. –dijo Yamato.

–La princesa te llama. –dijo Taichi. Sora cogió su mochila y se dirigió hacia Sora.

–Me pregunto qué hay entre esos dos. –dijo Jou mientras vería a su amigo alejarse.

–Oye, ¿has terminado tu carta de amor? –preguntó Taichi a Jou.

–Oh, sí. ¿Puedes leerla por mí? –dijo Jou mientras buscaba la carta en su mochila. Pero en vez de una carta, parecía una guía telefónica del tocho de folios que sacó.

–No gracias. –rechazó Taichi arrepintiéndose de haberla mencionado.

–Venga. –insistió Jou, que fue persiguiendo a Taichi. Cuando Yamato llegó hasta Sora, que se había sentado en un tronco le preguntó:

–¿Qué pasa?

–No te enfades. Lo que pasa es que estabas muy lejos y tenía que llamarte de alguna manera.

–No estoy enfadado. –dijo Yamato.

–Entonces, sonríe. –le dijo Sora.

–¿Qué? –preguntó él.

–Sonríe para mí. –el chico sonrió, pero Sora no se creyó mucho esa sonrisa: –Pareces tonto.

–¿Para qué me has llamado, para llamarme tonto? –preguntó Yamato sentándose en el tronco de enfrente.

–No deberías decir nada como aquello cuando tienes novia. –dijo Sora.

–¿Como qué? –preguntó Yamato sin saber a qué se refería.

–Cosas como las que me dijiste ayer: "Te salvaré de la oscuridad del silencio". –explicó Sora. –Es demasiado dulce, como en las películas.

–¿Eso crees?¿Tan malo es? –preguntó Yamato.

–Cuando dices algo así tienes que estar dispuesto a renunciar a algo.

–¿Qué quieres decir con "algo"?

–Por ejemplo, a tu novia. –aclaró Sora.

–Pero son cosas diferentes. –argumentó Yamato.

–¿Diferentes?

–Sí.

–Ah, por un momento pensé que yo te gustaba. –dijo Sora. –¿No te gusto?

–Pero es diferente a lo de mi novia. –comenzó a explicar Yamato. –No es que no me gustes. Pero, por casualidad, ¿yo te gusto? –preguntó él. –Quieres seducirme –supuso.

–Sí, en tus sueños. –contestó Sora con ironía. –Puedes descansar tranquilo porque nunca, en toda mi vida me gustarás. –dijo Sora con orgullo y se levantó.

–Ya estamos con la declaración de "nunca me gustarás". –dijo Yamato para sí. Pero Sora le había leído los labios e hizo un gesto frente a sus ojos:

–No era eso. No era eso lo que intentaba decirte. Cuando hablo contigo, mi hilo de pensamiento se pierde.

–¿Entonces qué es?¿Qué intentas decirme? –preguntó Yamato un poco mosqueado. Entonces, Sora se volvió a sentar.

–Muy bien. Voy a esforzarme al máximo, tal y como me dijiste. No tiene sentido vivir la vida preguntándome constantemente "¿por qué yo?". El violín no ha funcionado, pero encontraré otra cosa. Seguiré mirando hacia adelante… no, es diferente. –entonces se detuvo de signar y empezó a signar otra vez.

–Espera, no hables contigo misma en signos. –dijo Yamato.

–¿No puedo hablar conmigo misma?

–Perdona. –se disculpó Yamato.

–Gracias a ti me siento bastante bien. –dijo Sora retomando la conversación.

–¿Qué? –preguntó él.

–Mis sentimientos. –aclaró ella. –Intentaré encontrar algo.

–Suena bien.

–Creo que he hecho un buen trabajo expresándome desde aquí. –dijo Sora señalándose el corazón.


Maki se encontraba durmiendo en la cama del apartamento de Daigo. Cuando la luz de la ventana le dio en la cara, se incorporó de golpe. Ese día llegaría tarde.

–Lo siento, Daigo. Ayer me dormí con la borrachera. –dijo Maki un poco alterada. Pero entonces se dio cuenta de que Daigo no estaba. Tan sólo había una nota en la mesita de noche.

Tu rostro reflejaba tanta paz mientras dormías que parecías la Bella Durmiente. Así que decidí marcharme sin despertarte. Hay café, está junto al fogón de la cocina. El pan está en el armario de detrás de la tostadora. La llave está en la mesa. Mi corazón siempre estará a tu alcance.

Daigo.

Cuando Maki terminó de leer la nota, supo que tenía que aclarar las cosas.


En la sala, Mimí se encontraba escribiendo en el cuaderno de la Sociedad Naranja. Era la primera página que escribía alguien del grupo.

–¿Qué escribes? –preguntó Taichi sentándose frente a ella.

–Nada. –contestó ella cerrando el cuaderno.

–Así que te gustan esta clase de jueguecitos cursis. –dijo Taichi intentando coger el cuaderno, pero Mimí lo cogió y se lo metió en su bolso. –¿Qué pasa? Deberías continuar escribiendo.

–Ya no. –dijo ella marchándose. Pero el castaño la siguió.

–¡Espera! –pidió Taichi. Ya estaban fuera del edificio. –¡He dicho que esperes! –Mimí se giró.

–¿Qué quieres?

–No pongas esa cara de susto.

–¿Cómo está tu hermana? –preguntó Mimí de repente.

–¿Qué? –preguntó Taichi, que no se esperaba la pregunta.

–Siento haberme presentado de repente en tu casa. –dijo Mimí, mientras Taichi recordaba la escenita de los bóxer.

–Todo está bien. Aunque debo admitir que me sorprendió que fueras.

–Me hubiera gustado probar el sukiyaki de cerdo. –soltó Mimí irónica mientras se marchaba.

–¿Qué quieres decir con eso? ¿Te lo dijo mi hermana? –preguntó él siguiéndola.

–Sí, y podría haber comido yo también. Antes sólo había comido sukiyaki de ternera, así que me preguntaba cómo sabría el de cerdo.

–Cuando dices ternera, ¿te refieres a ternera de Matzuzaka* o ternera de Yonezawa*?

–Ternera de 800 yenes el gramo, el más barato. Pensaba que alguien como tú viviría en un sitio de más nivel y que conducirías un descapotable rojo. Nunca pensé que te vería con la colada. –dijo Mimí.

–Eso sólo son conjeturas tuyas. Soy mucho más pobre de lo que imaginas.

–¿Y cómo quieres que te imagine? –preguntó Mimí, ya que no parecía concordar el lugar donde vivía con el tipo de mujeres que frecuentaba.

–¡Mimí! –escucharon desde la salida del campus. Allí vieron a un chico de gafas y que tenía pinta de ser bastante patoso en un descapotable rojo. –¿Quieres dar una vuelta?

–¡Eso sería genial! –le contestó Mimí desde la distancia.

–¿De verdad? –dijo el chico que ni él mismo se creía que Mimí hubiera aceptado. Se bajó del coche. El chico vestía muy formal y con una ropa que estaría bien para un abuelo.

–Está en el mismo grupo de estudio que yo. –dijo Mimí. –Dice que le gusto.

–¿En serio? –preguntó Taichi. –¿Y qué hay de ti? ¿Te gusta ese chico que parece un brote de soja?

–Más que tú. –contestó Mimí. Entonces lo dejó para montarse en el descapotable rojo.

–¿Quién es ese chico? –dijo el chico del descapotable.

–Un extraño. –contestó Mimí ante la atenta mirada de Taichi.

El descapotable rojo circulaba por la ciudad. No se veían coches tan caros como ese tan a menudo, y menos con un chico como el que lo conducía, ya que parecía un nerd.

–¿Adónde vamos? ¿Te apetece ir a un café? –preguntó el chico.

–Perdona, pero ¿puedes parar más adelante, en el segundo cruce? –pidió Mimí, que no tenía pensamientos de ir a ninguna parte con el chico. Aunque sabía que estaba mal, había utilizado a ese chico para darle celos a Taichi.

–¿Qué? –preguntó incrédulo.

–Es que acabo de recordar que tengo que hacer un recado urgente. –mintió Mimí descaradamente.

–Siempre dices eso, pero empiezo a dudar de que hayas tenido algún recado urgente. –se quejó el chico.

–¡Realmente es muy urgente! –insistió ella.

–Está bien. –dijo el chico dándose por vencido, consciente que nunca tendría oportunidad con una chica como Mimí.


Sora estaba en casa viendo a su madre tocar el piano en un programa grabado de la televisión. Toshiko llevaba un vestido elegante de color azul. Tocaba una melodía tranquila y relajante con los ojos cerrados. Se trataba de "Preludios de Chopin, Op. 28". La mujer se veía con gran concentración y en vez de tocar, parecía que acariciaba las teclas. Toshiko entró en casa con bolsas de la compra y se acercó a su hija. Cuando acabó de tocar y apareció el presentador del programa, Toshiko cogió el mando y apagó la tele.

–¡Lo estaba viendo! –se quejó Sora.

–Déjalo. Es vergonzoso. –dijo su madre. –No me gustaba el vestido que llevaba.

–Pues te han presentado como "la belleza del piano". –dijo Sora.

–Preferiría que me presentaran como "la prodigio del piano", pero supongo que era pedir demasiado. –dijo Toshiko yendo a la cocina a dejar las bolsas de la compra. –¿No has cenado todavía? He traído algo delicioso del supermercado. –dijo señalando la compra. Una vez preparada la cena, madre e hija se sentaron a comer. Sora llamó la atención de su madre con unos toques en la mesa.

–Siento lo de ayer. –se disculpó Sora, haciendo referencia a la pérdida de control que tuvo la chica. Al ver que su madre dejaba los palillos dijo: –No, no tienes que ser tan formal. Debería hablar claro y hacerme oír. –esto último lo signó más para sí misma que para su madre.

–Te escucho. –dijo su madre.

–Siento lo de ayer. –volvió a disculparse Sora.

–¿Cuando tiraste el pastel? No te preocupes.

–Estaba conmocionada por no poder tocar más el violín. Cuando fui a estudiar al extranjero, fue muy difícil decidirme entre el violín y el piano. Pero al final, puse todo mi corazón en el violín. –explicó Sora mientras su madre asentía con la cabeza.

–Sé a qué te refieres. Elegiste el violín porque pensaste en mí. –Sora negó con el dedo. –Sí, porque ibas a ser mejor pianista que yo.

–No, no tiene nada que ver con eso. Simplemente el violín me gustaba más. –explicó Sora

–Está bien. –dijo su madre.

–Además, estoy pensando en buscar un trabajo.

–Pensaba que querías continuar con una carrera musical. –dijo Toshiko.

–Eso es lo que quería, pero ahora ya no puedo hacer otra cosa. –dijo Sora.

–¿Por qué no te lo tomas con calma y piensas al respecto un poco más? –preguntó Toshiko, con la esperanza de que su hija no abandonara su sueño tan pronto. –No te preocupes por nada. Vas a graduarte. Tengo suficiente dinero como para mantenernos por un par de años.

–Mamá. ¿Soy una carga para ti? –preguntó la pelirroja.

–¿Pero qué dices? –preguntó Toshiko al escuchar eso de su hija. –Si pensara de esa manera te habría dejado ir cuando tu padre y yo nos divorciamos. Además, tú dices carga, pero si lo pienso, me sentiría insegura sin mi "carga". Es como olvidarte del bolso cuando vas a una fiesta. Ahora mismo te sientes insegura, así que yo te ayudaré.

–Gracias. –sonrió Sora con agradecimiento. –Pensaré en ello, pero buscaré trabajo para no depender tanto de ti.

–A cambio, siempre que yo pase por tiempos difíciles, también tendrás que ayudarme.

–Hecho. –dijo Sora sonriendo. La joven volvió a coger los palillos cuando su madre preguntó.

–¿Está bien el chico de ayer?

–Está muy bien. –dijo Sora con entusiasmo. –Pero no más preguntas al respecto. –añadió Sora al ver a su madre que iba a seguir preguntando curiosa. Su madre no pudo hacer más que reír.

–Está bien. Todo a su tiempo.


–¿Qué? –preguntó Yamato a Maki sin poder creérselo.

–Que nos tomemos un descanso. –dijo Maki.

–Un descanso. –repitió Yamato como un autómata.

–Sí, tomar un poco de distancia durante un tiempo.

–Si es por lo del otro día, perdóname. Fui un poco insensible. –dijo Yamato nervioso refiriéndose a la discusión que tuvieron por Sora. –Debes saber que no hay nada entre nosotros.

–¡No es por ella! –dijo Maki de repente. –Perdona. No es eso. Antes de todo eso nuestra relación ya empezaba a tambalearse. Sólo quiero un poco de tiempo para pensar las cosas. ¿Te parece bien?

–Claro. –dijo Yamato sonriéndole comprensivo, pero con gran dolor en su corazón. ¿Qué otra cosa podía hacer?


–¡Eso es horrible! ¡No puede ser bueno! –dijo Jou cuando Yamato les contó cómo estaban las cosas con Maki.

–¿Eso crees? –preguntó el rubio entrando en clase con desgana.

–No hay muchos casos en los que una pareja vuelva después de tomarse un tiempo. –dijo Jou.

–Cierto. –confirmó Taichi.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó el moreno.

–¿A qué te refieres? –preguntó Yamato.

–¿No le preguntaste cuántos metros o cuánto tiempo? –preguntó Jou.

–¿Cómo iba a preguntarle algo así? –preguntó Yamato sin esperar respuesta. –Aunque quería.

–¡Jo, tío!¡Qué duro! –se quejó Jou empatizando con su amigo.

–Cuando se trata de otros, entiendes muy bien las cosas. –dijo Taichi a Jou pasándole un brazo por el hombro.

–De todas formas, últimamente yo también quiero algo de tiempo para pensar. Quizá sea algo bueno. –reflexionó Yamato mientras se sentaba en la mesa y colocaba la mochila junto a él.

–¿Pensar sobre qué? –preguntó Jou.

–Sobre buscar trabajo.

–Pero si casi has conseguido el trabajo en Relojes Alpha. –recordó Jou. –Has alcanzado la última fase de las entrevistas y es una empresa muy conocida.

–Sí, es verdad. –dijo Yamato desanimado.

–¿En qué estás pensando realmente? –preguntó Taichi.

–Cuando aclare las cosas en mi cabeza, ya os lo diré. –dijo Yamato.

–Entonces, ¿puedes echar un vistazo a…? –preguntó Jou buscando algo en su mochila aceleradamente.

–¡Oh! Ya está otra vez. –se quejó Taichi sabiendo lo que buscaba Jou. –Una carta de amor que es más larga que una tesis. –Entonces Taichi, seguido de Yamato se fueron de ahí.

–La he acortado un poco. Aquí tienes. –dijo Jou extendiéndola a la nada, percatándose de que lo habían dejado hablando sólo mientras buscaba en la mochila. Después de la clase, Yamato, Taichi y Jou subieron a una azotea baja del edificio. Taichi y Yamato estaban apoyados en una baranda, mientras que Jou estaba organizándose los folios de la carta.

–Pues yo creo que Sora tiene algo que ver con lo de Maki. –opinó Taichi, que tenía un brick de zumo en la mano.

–Dijo que ella no tenía nada que ver.

–¿Recuerdas lo que dijiste la última vez sobre Sora? –preguntó el castaño. –Que sois como la señorita Sullivan y Helen Keller; y que ella era como un perro al que nadie podía controlar.

–Sí. –recordó el rubio.

–Sin embargo, Sora no es ni Helen Keller ni un perro salvaje. Sois dos veinteañeros.

–Eso suena muy carnal. –dijo Yamato girándose poniéndose con la espalda apoyada en la baranda.

–Yo creo que sería una buena relación. –dijo Taichi girándose también. –Es otro modo de ver las cosas.

–Lo tendré en cuenta. –dijo Yamato, sin que Taichi se lo creyera mucho por cómo le miraba. –De verdad. –le volvió a decir a su amigo. De repente, se oyó un gritó.

–¡Oh, dios mío!¡Noo! –gritó Jou, al que se le habían volado algunos folios de la carta mientras sus amigos se reían.


–¿Qué tal la búsqueda de empleo? –preguntó el profesor Koushiro Izumi a Yamato en su despacho, al que había acudido porque necesitaba hablar con él.

–He vuelto a replantearme mi futuro, profesor.


Mimí se encontraba en la sala con el cuaderno naranja. Pintaba unos dibujos de cinco naranjas. Cada naranja era cada uno de los miembros de la Sociedad Naranja. Una de las naranjas tenía una cara neutra, que es la de Yamato, al lado la naranja Sora, y abajo las otras tres, la de Jou muy sonriente con ojos cerrados y gafas, la cara de enfado de Taichi y la suya propia.

–¡Por fin! –dijo contenta cuando acabo de colorear la cara de enfado de Taichi. Volvió a leer lo que había escrito antes de dibujar las cinco naranjas que formaban el grupo y que componían la primera página del cuaderno.

No creo que la Sociedad Naranja sea una mala idea. Vine del campo a una Universidad de Tokio preguntándome qué sería de mí; preguntándome si conseguiría un buen grupo de amigos. Todos los días iba a clase preguntándome si cuando estuviera en cuarto sería más madura. Han pasado tres años. Honestamente, antes de conocer la respuesta a esas preguntas, me convertí en estudiante de último año. Cuando miro al frente, pienso que no he hecho nada para prepararme, para ser una miembro activa de la sociedad. Cuando miro atrás, no hay ningún recuerdo especial sobre mi vida universitaria. Sólo cuando me he puesto a pensar en esto, me doy cuenta de que sería muy triste si las cosas acabaran de esta manera. Sólo cuando surgió la Sociedad Naranja sentí que podía abrir mi corazón. Pienso en compartir todo tipo de cosas con los demás desde que el destino nos unió a todos de esta manera. Por tanto, he reunido el valor para hacerlo lo mejor que pueda y escribir mi primera entrada en el cuaderno.

Por Mimí Tachikawa.


Taichi cerró el cuaderno tras leer la primera entrada que había escrito Mimí en el cuaderno de la Sociedad Naranja. Se sentó en uno de los canapés que había en la sala, sacó un bolígrafo del estuche y comenzó a escribir.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó alguien, asustando a Taichi, que intentaba ocultar el cuaderno.

–¡Nada! –dijo mientras dejaba el cuaderno en la repisa de la sala, donde solían dejarlo a no ser que algún miembro se lo llevara para escribir. Entonces, se dio cuenta que era un estudiante que se refería a otro que estaba cerca. Con el susto todavía en el cuerpo, salió de la sala.


–He estado pensando en lo que quiero hacer realmente. –dijo Yamato a sus amigos. Estaban en la barra del restaurante cercano al campus tomando unas cervezas y picando algo. Jou estaba en medio de Taichi y Yamato. Taichi, además, fumaba un cigarrillo. –En qué es lo que puedo hacer.

–¡Demasiado tarde! –dijeron Taichi y Jou a coro.

–¿Qué? –preguntó Yamato.

–Así que después de casi cuatro años, cuando por fin encuentras un trabajo, ¿lo tiras todo por la borda? –preguntó Jou.

–Sí, qué desperdicio. –le dio la razón Taichi.

–Entiendo que Jou me diga eso, –dijo Yamato después de dar un trago a su bebida. –pero ¿tú, Taichi? –preguntó Yamato incrédulo, ya que era consciente de que Taichi quería un trabajo especial.

–Pero tú y yo somos diferentes. De alguna manera, tú eres un alumno destacado. Perder un trabajo con una empresa como la de los relojes es una lástima. –argumentó Taichi.

–Estoy de acuerdo. –se unió Jou. –Una lástima.

–¿Qué te ha dicho el profesor Izumi? –preguntó Taichi mientras Yamato se levantaba para sentarse en la mesa que había frente a la barra mientras sus amigos se giraban en el taburete.

–También dice que es una pena. –contestó él, que les daba la espalda.

–¿Cuándo es la última entrevista? –preguntó el moreno.

–Pasado mañana.

–Deberías ir. –le dijo Jou levantándose y yendo hacia Yamato. –Ve, y diles que sí. Después piensa en ello y si no quieres no tienes que coger el trabajo hasta que no firmes el contrato.

–Pero si les digo que sí de palabra, al final acabaré aceptando el trabajo. Tengo ese punto débil. –dijo Yamato, pensando en que él siempre cumplía con su palabra.

–No es un punto débil. –empezó a decir Jou. –Es más…

–Inexplicable. –dijo Taichi, mientras Yamato daba otro trago a su cerveza.


Sora estaba sentada en uno de los canapés de la sala abriendo el cuaderno de la Sociedad Naranja. Después de leer lo que puso Mimí, llegó ésta, que se sentó frente a ella en otro canapé.

–Qué vergüenza. Probablemente sea la única que haya escrito en el cuaderno. –dijo Mimí.

–No. –negó Sora. –Alguien más ha escrito también. –dijo ella pasándole el cuaderno, donde había una entrada mucho más corta.

–"Mirando atrás, cuando entré en la universidad, me preguntaba en qué estaba pensando". –leyó Mimí en voz alta. –Esta es la letra de Yamato. Lo sé porque vi sus apuntes.

–Lo sé. –dijo Sora. Las chicas salieron fuera a tomar el aire y se sentaron en el césped del campus.

–He estado pensando en mi futuro. –dijo Sora. –En qué voy a hacer ahora que ya no puedo seguir con el violín. Podría dedicarme a la pintura, intentarlo con el tenis… –decía Sora en tono de broma.

–Suena bien. –dijo Mimí.

–…o con la cocina.

–No, no te pega. –dijo Mimí. Al ver la cara de Sora dijo. –Era broma. Sigue.

–Podría bailar… Pero, ¿sabes qué? Cualquier cosa que piense o que imagine, él siempre está a mi lado. Siempre junto a mí. Riendo, haciendo pucheros, enfadándose o contando chistes malos.

–¿Yamato? –preguntó Mimí sonriente. Sora sólo asintió con la cabeza. –¿Sabes? Generalmente, la sociedad llama a eso "gustarle alguien".

–Lo sé. –admitió Sora. –Pero no voy a decírselo. Una vez que él se gradúe, nuestros caminos se separarán. Así que, lo que te acabo de decir es un secreto. No se lo digas a nadie. –dijo Sora.

–Tranquila. –dijo Mimí.


Al día siguiente, Mimí se encontraba en la sala de un elegante hotel, vestida con un traje de falda y chaqueta negra y una camisa blanca. En la solapa de la chaqueta llevaba el número 23. Estaba repasando por última vez los apuntes para realizar una entrevista junto con el resto de candidatos.

–¡Los candidatos que tienen del número 21 al 25, por favor, pasad a la sala conjunta! –dijo la mujer que estaba en frente de todos los candidatos, que esperaban su turno pacientemente. Mimí resopló para descargar los nervios y se fue hacia la sala de al lado.


Taichi se encontraba apoyado sobre su brazo en una cama de hotel, tan solo cubierto por las sábanas . Cogió un pendiente que seguramente se le habría caído a su acompañante, la cual ya salía vestida elegantemente del baño de la habitación.

–Lo dejaré aquí. –dijo Meiko Mochizuki.

–¿Qué? –preguntó Taichi distraído.

–Me han pagado en efectivo en el último trabajo, así que ayudaré a pagar. –dijo colocando tres billetes de cinco mil yenes en el escritorio de la habitación, donde también había una sortija y un reloj de pulsera. –¿Ocurre algo?

–Nada. –dijo él sonriendo. –Gracias, te estoy agradecido.

–Perdona que tenga que irme. Tengo prisa. Tengo una tras otra.

–¿Una tras otra? –preguntó él.

–Un alto ejecutivo de la industria del entretenimiento quiere conocerme. –confesó Meiko refiriéndose a la reunión que tendría después.

–¿Vas a acostarte con él? –preguntó Taichi devolviéndole el pendiente que se le había caído a la mujer en la cama.

–Hemos quedado en este hotel, así que dudo que quiera jugar a las cartas. –respondió Meiko con ironía mientras se ponía en pendiente en la oreja.

–¿En serio? Pensaba que los famosos sólo jugaban a las cartas en las habitaciones de los hoteles con sus amigos. –dijo Taichi con ironía.

–El juego de cartas de hoy ha sido muy divertido. –admitió Meiko siguiéndole el juego a Taichi. Después, le dio un beso en los labios. –Nos vemos. –Y se fue dejando solo al castaño, que volvió a caer a la cama.


–Gracias por venir. –decía una de las trabajadoras encargadas del proceso de selección al grupo de Mimí mientras les daban un sobre con papeles. –Si han pasado la entrevista les informaremos para el día 15.

–Gracias. –respondió Mimí bastante contenta por cómo le había ido. Después se fue hacia el ascensor, que estaba repleto de candidatos, pero le llamó la atención la única persona que iba vestida diferente al resto. Se encontró con Taichi. –Iré por la escalera. –decidió Mimí.

–Perdonad, voy a salir. –dijo Taichi cuando ya se cerraban las puertas. Colocó la mano entre las puertas y éstas se volvieron a abrir. El chico logró salir del ascensor y fue tras Mimí. La chica andaba seria y orgullosa por un pasillo y él se acopló detrás. –Te queda muy bien el traje de oficinista.

–Tuve una entrevista. –dijo Mimí de manera cortante.

–Sí, lo he podido intuir. "Siento que puedo abrir mi corazón"; "Pienso en compartir todo tipo de cosas con los demás…" –dijo Taichi diciendo frases que Mimí había escrito en el cuaderno.

–¿Vas a parar? –interrumpió ella bruscamente deteniéndose.

–Verás, después de leer el cuaderno de la Sociedad Naranja, yo…

–¡Te he dicho que pares! –volvió a interrumpir ella.

–Vale, pararé. –accedió él. Una vez que Mimí retomó su camino, Taichi le dijo: –Así que vas en serio con lo de buscar trabajo.

–Sí, y no gracias a ti. –contestó ella fríamente.–¿Tú no vas a buscar? –preguntó Mimí.

–¿Yo? Bueno, quién sabe.

–Tienes valor para acostarte con todo tipo de mujeres pero no para enfrentarte al mundo real. –cuando dijo eso, supo que había metido la pata al notar cómo él se detenía. –Lo siento. –deteniéndose ella también.

–¿Qué pasa? –preguntó Taichi comprensivo.

–Creo que me he pasado. Eso puede que te haya hecho enfadar.

–No estoy enfadado. Es exactamente cómo has dicho –admitió Taichi mientras se dirigía a una baranda que tenía al lado. Cuando se asomó, vio a Meiko del brazo del alto ejecutivo que le nombró. Ambos iban sonrientes. Taichi se puso serio de repente. Meiko alzó la mirada y al verlo le saludó discretamente con la mano. Él le devolvió el saludo y una sonrisa, pero en seguida volvió a ponerse serio. Mimí que también la había visto preguntó sorprendida:

–¿No es esa tu novia?

–Él es un hombre importante dentro de la industria del entretenimiento. Es parte de su trabajo. –dijo resignado mientras se sentaba en unos sillones que habían allí.

–¿Por qué no cortas con ese tipo de relación? –preguntó Mimí curiosa.

–¿Qué relación? –preguntó él sacando un cigarro.

–La relación que tenéis tú y esa chica.

–Esa mujer y yo nos parecemos. –dijo Taichi tras darle una calada al cigarro. –Para conseguir lo que queremos no dudamos en utilizar cualquier método. Utilizaré a las mujeres para conseguir dinero y fama. Es sólo un modo de hacer las cosas. ¿Acaso no has visto mi casa? Somos pobres. Y mi hermana tiene la pierna mal. Tengo que conseguir todo por mis propios medios. Soy diferente de Jou o Yamato. ¿Tienes tiempo? –preguntó tras una pausa.

–¿Qué? –preguntó, todavía sin palabras por lo que le había confesado.

–Lo digo porque todavía no te has marchado. –dijo Taichi levantándose. –¿Qué me dices? ¿Quieres acostarte conmigo? Después de todo, esto es un hotel.

–No voy a acostarme contigo. –dijo Mimí.

–Vale. –dijo Taichi marchándose.

–Todavía no. –añadió Mimí mientras que Taichi se paraba en seco al escuchar eso. Pensaba que escucharía su negativa, tal y como así fue, pero jamás habría esperado esa matización. –Cuando realmente te quiera y tú me quieras a mí…me acostaré contigo.

–¿Va a pasar algo así? –preguntó él escéptico.

–No te pareces a ella. No eres como esa mujer. Porque las cosas a las que aspiras no son ni el dinero ni la fama. –dijo Mimí, sorprendiendo a Taichi, que no se esperaba que lo leyera tan bien, aunque nunca lo reconocería ante ella.

–¿Entonces a qué ? –preguntó Taichi comenzando a alzar la voz. –Dímelo. ¿A qué aspiro? –preguntó acercándose a Mimí. –No me digas algo como al "amor". ¿Vas a decírmelo o no?

–¡No lo sé! –contestó ella molesta. –Pero las cosas que haces y dices son una fachada. Realmente eres buena persona pero actúas de manera fría adrede. Tienes miedo de que vean lo buena persona que hay en ti, ¿verdad? Creo que tienes miedo de ver la parte de ti que intenta salir de esa fachada. Perdona. –se disculpó tras una pausa. –Olvídalo.

Esta vez, Mimí sí que se fue, dejando a Taichi bastante tocado. Esa chica había conseguido leer como un libro abierto lo que él se esforzaba por ocultar.

–¿Cómo voy a olvidarlo? –se preguntó para sí.


Yamato se encontraba en el despacho de una clínica de rehabilitación. Mientras esperaba, miraba por una cristalera a los pacientes realizar sus ejercicios junto con sus terapeutas.

–Siento haberte hecho esperar. –dijo un señor con una bata blanca entrando con una carpeta. –Por favor, siéntese. –dijo sentándose él mismo en su mesa. –El profesor Koushiro Izumi me ha hablado de usted. Eres Yamato Ishida ¿verdad? –dijo mirando los papeles.

–Sí, señor. –A pesar de estar en una entrevista de trabajo, Yamato vestía como cualquier otro día: unos vaqueros, una camiseta y una camisa abierta.

–En principio comenzarás con un salario bastante bajo y a media jornada. ¿Le parece bien? –informó el jefe.

–Sí, gracias. –aceptó Yamato haciendo una reverencia con la cabeza. Después de la entrevista, Yamato se dirigió a la universidad. Mientras iba sumido en sus pensamientos, cayeron algunas cosas al suelo, pero Yamato no se percató hasta que le cayó una chaqueta en la cabeza desde arriba. Entonces miró y allí estaba Sora, en uno de las pequeñas terrazas del edificio.

–No te daba, así que he tenido que tirarte todo tipo de cosas. –dijo Sora. Después fue a su encuentro mientras Yamato recogía un estuche y una libretita pequeña.

–Aquí tienes. –dijo él. –Así que cuando caigan cosas del cielo significa que me estás llamando.

–Me han dicho que vas a rechazar el trabajo en la empresa de relojes, ¿por qué? –dijo Sora después de guardarse sus cosas en el bolso y colgárselo como una bandolera. Antes de contestar, salieron del campus y se fueron a un parque cercano con un mirador de la ciudad donde se sentaron en unos bancos. La bicicleta roja de Sora también estaba allí.

–Pensé en ello e intenté recordar qué pretendía hacer cuando entré en la universidad. Como por ejemplo, el por qué elegí asistencia y psicología social. Quería hacer un trabajo que englobara el cuidado de la gente y la ayuda en su rehabilitación. Pero la realidad es rígida y te oprime. Sin embargo, al verte, al ver cómo intentas dar lo mejor de ti, pensé que quizás yo también podría intentar dar lo mejor de mí mismo. Por eso ahora tengo que tomar la decisión apropiada. No es que sienta que quiera o pueda salvar a la gente, tan sólo quiero ser capaz de ayudarles. Quizás sólo llegue a ser la baranda en la que apoyarse o sus ruedines, como cuando aprendes a montar en bicicleta. Creo que puedo aspirar a eso. Pero con el tiempo, quizás esas personas puedan quitarse sus ruedines y ser capaces de montar en bici por sí mismos. Puede que se olviden de mí, pero incluso así, para mí está bien si les puedo ayudar. –explicó Yamato mientras Sora le miraba con ternura. –Es raro, ¿verdad? –comentó él sonriendo. –Cuando estoy contigo no hago más que decir cosas raras. –Después Yamato se levantó y se dirigió a la baranda del mirador y se puso a mirar el horizonte. Sora también se levantó y fue hacia él.

–Yo creo que se te dará bien. –comentó Sora. –Porque fuiste tú quien me dio el valor. Has sido más que unos ruedines o que una baranda. Acabo de decirte algo muy bueno. ¿Lo comprendes? –preguntó Sora sin estar segura de que hubiera entendido lo que estaba gesticulando. –¿Entiendes lo que estoy diciendo?

–Gracias. –dijo él con una sonrisa y haciéndole una señal de que había entendido perfectamente.

–Te estaré animando, así que ve a por ello. –le animó Sora también con una sonrisa en la cara.


–Entonces, ¿no cambiarás de opinión? –preguntó el profesor Izumi en su despacho.

–No. –le dijo Yamato, que ni siquiera se había sentado.

–Ya veo. ¿Quieres que hable con Relojes Alpha por ti? –se ofreció Koushiro.

–No, ya lo haré yo mismo. –rechazó él. No le parecía justo que el profesor lo hiciera después de todas las molestias que se había tomado en ayudarlo con sus entrevistas.

–De acuerdo.

–Muchas gracias, profesor. –agradeció Yamato con una reverencia con la cabeza.


Sora se encontraba en una tienda de instrumentos musicales con Mimí para ver si eso hacía a la pelirroja inclinarse por algún instrumento. Sora pasó por los pasillos haciendo caso omiso a unos violines que había en unas vitrinas de la sección de cuerda y se fue directa a los instrumentos de percusión. Allí se quedó mirando unos platillos, tocándolos con el dedo índice y haciéndolos sonar de manera suave.

–¿Platillos? –pregunto Mimí.

–He pensado que los instrumentos de percusión quizá no sean tan malos. –contestó Sora recordando la alternativa que le propuso Yamato. Después tocó unas congas, sonriendo a Mimí. Un rato después, las chicas fueron a un restaurante. –No creo que Taichi sea mala persona. –dijo Sora cuando le contó lo que había ocurrido con él.

–¿De verdad?

–Es odioso contigo porque te tiene en su cabeza. –explicó Sora su teoría.

–¿Eso crees? Parece tener a muchas mujeres a sus pies. Se burla de mí porque soy más sencilla y no tengo cualidades que me hagan sobresalir. Repetía en voz alta las cosas que escribí en el cuaderno de la Sociedad Naranja, palabra por palabra. Me cabreó muchísimo. –dijo Mimí.

–¿Recordaba las frases que escribiste en el cuaderno? Quizás las leyera repetidamente hasta aprendérselas. Si no, no habría podido repetir palabra por palabra. –dijo Sora sonriendo y viendo a Mimí, que no lo había caído en la cuenta de eso. –Tonta.

–No, no puede ser eso. –dijo Mimí negando esa posibilidad. –Simplemente se divierte a mi costa. Olvídalo y come. –dijo Mimí, pero Sora estaba con una sonrisa en la cara. Su amiga no quería reconocer que tenía razón.


Yamato estaba en su diminuto apartamento. Se sentó en la cama y llamó con su teléfono móvil a Relojes Alpha.

–¿Hola? –dijo Yamato cuando le cogieron el teléfono. –¿Es el departamento de personal de Relojes Alpha? Me llamo Yamato Ishida y estoy en el último curso de la Universidad Meisei Gakuen. Quería disculparme. Llamaba para informarle que me retiro del proceso de selección y de mi entrevista de hoy.


Toshiko se encontraba ensayando con el piano en casa. Sora entró a alimentar un pajarito llamado Piyomon que tenía en una bonita jaula con pie situada en el salón. Cuando terminó, fue hacia su madre, que seguía concentrada en su interpretación. Cuando acabó, Sora le hizo palmas mientras su madre sonreía.

–La Polonesa de Chopin. –dijo Sora.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó su madre sorprendida, ya que hasta donde ella sabía, su hija no podía oír.

–Por las vibraciones del aire. También por el movimiento de tus hombros. Y, no lo sé, lo siento de alguna manera. En mi cabeza puedo escuchar tu alegre Polonesa. –explicó Sora.

–¿Alegre? –preguntó Toshiko.

–Sí. –dijo ella. –No es ni muy fuerte ni demasiado dulce. Es alegre.

Toshiko estaba sorprendida de las palabras de su hija. Sin duda su hija tenía un don para la música. Se levantó y le dijo:

–Inténtalo tú. Los platillos también están bien, pero el piano es un instrumento de cuerda percutida. Toca de manera desenfadada y ligera. –dijo su madre una vez que Sora se sentó al piano. Primero tocó una nota aguda y después se puso a tocar "Flohwalzer" sonriendo juguetona. Su madre dijo: –Oh, siempre tan traviesa. Pero una gran interpretación. –Después de la broma, su madre se fue a hacer té y Sora empezó a tocar la Polonesa. Cuando su madre la escuchó, se quedó anonadada por lo que estaba oyendo.


–Que mueva sus piernas de un lado a otro. –le indicó el supervisor de Yamato en la clínica de rehabilitación sobre una paciente bastante mayor que estaba en una camilla con una pelota debajo de las rodillas. Yamato llevaba la típica camiseta de pijama blanca de hospital que le identificaba como trabajador de la clínica.

–Hoy estaré con usted. –le dijo Yamato a la paciente. –Ahora le moveré las piernas de un lado a otro sobre la pelota.

–Muy bien. Gracias. –dijo la paciente. Un rato después, se encontraba con otro paciente que intentaba caminar en las paralelas.

–Coloque sus manos más adelante. Sí, así. Oh, ¿está bien? –preguntó el rubio ante un momento de debilidad y agarrando al paciente que iba a caerse. Un rato después, se encontraba agachado a la altura de una niña en silla de ruedas, enseñándole cómo debía lanzar unos aros para encestarlos en unos palos. –Así. Inténtalo tú. ¡Oh, ha entrado! –dijo Yamato con entusiasmo cuando la niña lanzó. –¡Buen trabajo! Esto se te da muy bien. –elogió Yamato chocando los cinco con la niña, la cual se puso muy contenta. –Inténtalo otra vez. –Después de su primer día, salió de la clínica de rehabilitación bastante cansado pero contento por cómo le habían ido las cosas.

–¡Yamato! –escuchó que una voz femenina le llamaba. El chico se detuvo y giró a su derecha, de donde venía la voz. Se quedó un poco parado al ver a Maki y después se dirigió a ella.

–¿Ocurre algo? –preguntó él. Al verla se sintió aliviado pero al verla tan seria, él también se puso serio. Intuía que lo que le tenía que decir no sería nada bueno.

–El Profesor Izumi me dijo que estarías aquí. –dijo ella. Ambos se fueron a tomar algo a una cafetería para hablar tranquilamente. –El profesor me ha dicho que has rechazado la oferta en la empresa de relojes. ¿Qué pretendes? –preguntó Maki curiosa.

–Ahora mismo trabajo a tiempo parcial en este centro de rehabilitación. –explicó Yamato.

–Sí, eso también me lo ha dicho. No sabía nada de eso hasta que el profesor me lo dijo. –dijo Maki recriminándole que no le hubiera dicho nada.

–Fuiste tú la que dijo que debíamos distanciarnos y tomarnos un tiempo. –se defendió él.

–Sí, pero ¿por qué has renunciado a Relojes Alpha? –preguntó ella. –Estabas prácticamente decidido a entrar. ¿No me quieres?

–¿Qué? –preguntó Yamato sin saber qué tenía que ver el trabajo con el amor.

–¿No estoy en tu vida? –continuó Maki.

–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Yamato con duda. –¿Te refieres a un proyecto de vida juntos?

–Sí. –afirmó ella.

–Honestamente, no puedo prometerte un futuro en este momento de mi vida. Perdona. –dijo al ver la cara de Maki. –Sé que has estado pensando en todo esto y yo no he hecho más que evitar el tema. Sin embargo, te quiero y me gustaría que las cosas siguieran entre nosotros. He estado esperando tu llamada y quería llamarte, pero no sabía si era lo apropiado. Por eso, cuando has venido a verme, me he sentido aliviado.

–No te confundas. –le cortó Maki. –Sólo quería saber cómo te iba con lo del trabajo. Te llevaré, he traído el coche. –dijo Maki. Yamato se había quedado frío. Cuando se montaron en el coche y se pusieron el cinturón, Yamato vio un encendedor en el suelo del copiloto, después miró a Maki serio y se pusieron en marcha.

–De repente dijiste cosas como darnos espacio y tiempo. ¿Te gusta alguien? –preguntó él con el mechero en mente.

–¿Por qué lo dices? –preguntó ella con las manos en el volante.

–Es una corazonada. –dijo Yamato mirando el mechero, que seguía en el mismo lugar.

–Hay una persona por la que estoy empezando a sentir cosas. –admitió Maki.

–¿Sales con él? –preguntó Yamato.

–No. –negó Maki. –Aunque me quedé en su casa la otra noche.

–Entiendo. –dijo Yamato triste. –¿Te importa parar en el siguiente semáforo?

–El siguiente semáforo probablemente esté en verde. –dijo ella.

–¡No me importa que esté verde o rojo, sólo para el coche! –dijo Yamato enfadándose. Con el semáforo en verde, Maki detuvo el coche para que el chico se bajara.

–¡Espera! –pidió Maki. Por suerte no tenían ningún coche detrás. Yamato se quedó de pie de espaldas a ella con la puerta del coche todavía abierta. –¿Es esto el final?

–¡¿No me lo has contado porque querías cortar?! –entonces un coche apareció por detrás, le tocó el claxon y le dio las luces largas. –Te llamaré. –dijo Yamato cerrando la puerta y marchándose. Por algún motivo, Yamato se resistía a que eso fuera al final. Por eso le había dicho que la llamaría. Pero en ese momento se encontraba demasiado decepcionado y enfadado para arreglar nada. Yamato caminaba triste por las calles de Tokio. Aunque no era tarde, ya había oscurecido. Parecía que iba sin rumbo fijo. Sin saber cómo, llegó a la sala de la facultad y cogió el cuaderno de la Sociedad Naranja, se sentó en un canapé y se puso hojear la libreta.

He empezado a tocar el piano porque es un instrumento de cuerda percutida. Tal y como pensaba, la música parece el único camino para mí. No he podido tocar los platillos porque siempre acabo recordando el famoso mono de juguete tocándolos.

No hacía falta ser muy listo para saber que quien escribió eso fue Sora. Tras lo que escribió, Sora había dibujado al mono con los platillos bien sonriente. Lo que escribió y dibujó Sora sacó una pequeña sonrisa a Yamato. Sacó un bolígrafo y empezó a dibujarle pelo al mono, con el mismo peinado de Sora y, sacando una flecha, escribió "Sora". Después, Yamato caminaba por el edificio de la facultad, que estaba ya casi vacío y con muy poca luz. De repente escuchó un piano. Alguien tocaba la Polonesa de Chopin. Se dirigió hacia el aula de donde procedía el sonido con la esperanza de que fuera la pelirroja, pero al abrir la puerta, se dio cuenta de que no era ella. Sin nada que hacer allí, Yamato decidió volver a casa. De nuevo, caminaba serio y triste por las calles de Tokio recordando la conversación que tuvo con Maki en el coche. Cuando llegó a un paso de peatones, paró, esperando a que el semáforo se pusiera en verde, al igual que el resto de ciudadanos, ajenos a la tristeza que sentía. De repente escuchó un timbre de bicicleta, se giró y vio a Sora, que tocaba el timbre avisando a los peatones que llevaran cuidado a su paso.

–Sora. –dijo Yamato para sí mismo. Entonces empezó a correr para alcanzarla. La chica se había parado un momento para colocarse mejor el bolso. –¡Sora! –gritó Yamato, pero entonces recordó que ella no podía oír. Sin pensarlo, sacó el móvil de su bolsillo y lo lanzó, tocando en la rueda delantera. Al sentir algo en la rueda, Sora se detuvo, extrañada de ver un teléfono móvil. Después, buscó con la mirada y vio a Yamato allí parado, mientras los coches pasaban por la carretera ajenos a lo que había sucedido.


Notas de autora: Hola a todos. Aquí os traigo el cuarto capítulo. Sora vuelve a tener ilusión con la música después de la decepción con el violín. A ver qué tal le va ahora con el piano, aunque me encanta que haya considerado tocar los platillos, pero como ella misma dice, le recordaba demasiado al mono de los platillos. Yamato también está intentando darle un giro a su carrera, a ver qué tal le va, aunque en lo amoroso el pobre lo está pasando fatal. Su relación con Maki está en la cuerda floja. ¿Lograrán solucionarlo? Y bueno, otros que se pasan la vida discutiendo son Mimí y Taichi. Mientras tanto, Jou sigue centrado en su carta. Fueran las que fueran sus intenciones con el cuaderno, lo cierto es que es una gran idea.

Como habréis podido comprobar a estas alturas, siempre intento dejar la pieza de música que tocan los personajes. De ese modo las podéis buscar y escucharlas y la historia quedará más ambientada.

En este capítulo vuelvo otra vez con dos nuevas referencias japonesas.

*Matzuzaka: es una raza de terneros que sólo se crían en la prefactura de Mie famosos por su sabor suave.

*Yonezawa: es una raza de terneros más barata.

Gracias a las personas que siguen la historia. Espero leer sus comentarios. Nos leemos en el siguiente capítulo.