IV

Kanto: IV

Verdad parental.


—¡¿Qué narices ha pasado aquí?! ¡¿Qué hacía el Team Rocket?! ¡¿Y cuántas malditas Sombras sois?!

Gary Oak se encontraba cerca de estallar. Su ira había ido aumentando progresivamente a la par que la calma se instalaba en Ciudad Azulona tras el repentino ataque de la conocida banda criminal, el Team Rocket. Estaban rodeados por multitud de patrullas policiacas que no cesaban en su cacofonía, una mezcla entre el ruido de las sirenas y los gritos de los agentes, sumado al sonido de las ambulancias que comenzaban a llegar a la ciudad para asistir a los heridos. Ellos mismos se encontraban cerca de una, y Misty estaba siendo atendida por uno de los médicos, acompañada por Daisy.

Se sentía culpable e inútil por haber abandonado a la líder de gimnasio durante el escándalo que reinaba en Ciudad Azulona. A pesar de saber la fuerza y la destreza de su amiga en el combate, no hubiese permitido que se enfrentase en aquel escenario sola. Cuando había visto a los agentes de policía luchar contra los soldados del Team Rocket no había dudado en acudir en su ayuda, presuponiendo que sus compañeros le seguirían. Pero, cuando se percató del paradero de sus acompañantes, se dio cuenta con pavor que tan solo Elizabeth le acompañaba, vendando a uno de los policías heridos con un rollo de vendaje que traía en su mochila. Y cuando quiso retroceder para buscar a Misty ya era tarde. Vio como dos figuras negras se elevaban en el cielo y, cuando aquella niebla que apareció de improvisto se disipó, pudo apreciar la figura de Misty junto a Tina y a Nico. Estos dos últimos habían relatado brevemente su encuentro con las Sombras, pero Misty no había dicho nada desde que se encontraron. Tan solo había susurrado casi de manera inaudible que se había enfrentado a una de las Sombras en lo alto del edificio, pero no había dado ningún detalle más aparte de ese. No ayudaba a calmar su enfado y su frustración al no saber qué le había sucedido a su amiga, y necesitaba descargarla sobre alguien más.

Aunque, quizás, Tina no fuese la persona más indicada para depositar su cólera y sus nervios.

—No te atrevas a gritarme así —le amenazó Tina con una mirada severa.

—¡Ah, claro! ¡No han sido vuestros amigos los que han atacado la ciudad, ¿verdad?! ¡Para nada!

Gary no pudo evitar poner sus dos manos en su cabeza, y girarse mientras se frotaba el pelo con vehemencia. Trataba de aliviar su desazón de alguna manera. Volvió a mirar a Misty, quien se encontraba sentada en una camilla junto a Elizabeth y Daisy. Miraba hacia el suelo y contestaba a las preguntas del doctor con movimientos de cabeza, sin despegar en ningún momento sus labios. Daisy trataba de conversar con ella mediante sonrisas dulces y palabras amables, pero tampoco conseguía oír la voz de la líder. Elizabeth no probó ningún método y se limitó a sentarse junto a Misty en la camilla, también con la cabeza gacha.

—Señor Gary… —Nico llamó su atención. El muchacho se notaba nervioso y cansado a la vez después de mantener tan dura batalla—. Por favor, tranquilícese. Le aseguro que nosotros sabemos tan poco como usted…

—¡¿Me estás tomando el pelo?! —aquel grito fue tan fuerte que logro captar la atención de Misty y los demás, fijando todos su vista hacia el investigador, quien no se percató de ello—.

—Deja. De. Gritar —Tina pronunció palabra por palabra en un tono amenazante y terriblemente lento, sin llegar a levantar la voz.

—Ah, desde luego, como la policía se entere de quiénes sois en realidad… ¿nerviosos? —Gary se ganó una mirada irascible de Tina. Parecía que iba a saltar de un momento a otro sobre el moreno de lo tensa que se encontraba, manifestándose en sus puños cerrados—. Vaya, teniendo en cuenta lo considerados que son vuestros amigos, me parece extraño que ellos mismos no os hayan delatado.

La fisonomía de Tina cambió al instante. La tensión de su cuerpo se liberó, y su mirada pasó a ser dolida, desviándola rápidamente del campo visual de Gary. No entendía lo que había pasado hace apenas media hora en plena plaza de Ciudad Azulona y se sentía verdaderamente abatida por ello, y no solo por el intenso combate que había mantenido con las Sombras. No sabía absolutamente nada sobre ese ataque, ni por qué sus compañeros se habían enfrentado a ella de esa forma, sin miramientos, sin remordimientos. No conseguía entender por qué su jefe no se comunicaba con ella, por qué le había dejado de lado de esa manera. Era demasiado doloroso, pero no quería que nadie notase su estado de ánimo.

—No entiendes nada —dijo, apretadamente, y se dio la vuelta dispuesta para irse. Necesitaba un poco de aire fresco y silencio, algo que en ese sitio, rodeada de policías y ambulancias, no conseguiría.

Al darse la vuelta se encontró directamente con la mirada turquesa de la líder de gimnasio, fija en ella. La mantuvo durante un momento y, después, desvió la mirada. Sentía rabia al saber que había estado junto a uno de sus compañeros, y la pasividad de la chica al intentar contar lo que aconteció en el inmueble de oficinas no ayudaba a mermar su furia. A paso rápido, desfiló al lado de Misty sin mirarla y, un momento después, se perdió entre los diferentes vehículos que los rodeaban.

Misty suspiró, y volvió a bajar la vista hacia el suelo, apesadumbrada. Sentía tantas emociones en ese mismo momento que podría decir, sin temor a equivocarse, que no sentía nada en específico. Su mente y su pecho bullían en una mezcla de confusión, nervios, enfado, tristeza, agobio… Recreaba una y otra vez la escena que había vivido en lo alto del edificio confluente a la plaza principal de Ciudad Azulona, sin sacar nada en específico. Había intentado salvar a Raynold, y al final este había huido tras ella. Intentó luchar contra la Sombra, sin conseguirlo debido a la inacción del ladrón. Y, cuando se había visto anonadada al mismo tiempo que observaba la caída de uno de los pilares directamente en su dirección, la Sombra evitó el impacto apartándola con delicadeza, manteniéndola junto a sí. Las palabras que había dicho al final de su encuentro se repetían una y otra vez en su cabeza, sin control, como un disco rayado. Había sido una secuencia numérica, y un ultimátum claro y firme: «esto solo es el principio».

¿Qué querría decir con eso? ¿Quién había tras aquella capucha oscura? ¿Y por qué la había salvado?

Aquellas preguntas empezaban a atosigarla, y el constante ruido y griterío a su alrededor no ayudaba a calmar sus nervios y a aclarar su mente.

Cuando había tomado la decisión interna de levantarse finalmente de la camilla e ir a dar un paseo como había hecho Tina, se escuchó un fuerte derrape cerca de donde se encontraban. Levantó la cabeza y pudo observar que otro coche patrulla había hecho presencia en la congestionada plaza, parándose bruscamente tras frenar con virulencia. Un hombre robusto salió torpemente del coche, con más rapidez que la que el cuerpo le permitía, tropezándose con el marco de la puerta nada más pisar suelo. Disimulando su error anterior, el hombre se irguió y se arregló la camisa, de una tonalidad rosa chillón. Llevaba un puro en la boca del que aspiraba frecuentemente, pasándoselo entre la mano y la boca con avidez, con la asiduidad de un tic nervioso. Era el inspector Brand o ,casi, el jefe de policía de Kanto. Misty le había visto alguna vez en televisión hablando sobre las Sombras de Kanto, y la líder de gimnasio había sido una de las más críticas con su gestión económica en el cuerpo policial y, a su vez, con la decisión de la Liga de cederle el cargo. Por ello, su relación no brillaba por la amabilidad y la pleitesía.

Brand se acercó pesadamente a la pelirroja, seguido de dos agentes y una oficial Mara. Se posicionó frente a ella, y Misty no dudó en encarar los ojos saltones y amarillentos del inspector. Su olor corporal, mezcla de tabaco, alcohol y sudor, hizo que la nariz de Misty se arrugase en señal de disgusto.

—¿Misty Waterflower? —preguntó con su voz seca y rasposa, sin quitarse el puro de su boca.

—Sí —respondió sin ánimo Misty.

—Quiero que me cuentes lo que ha pasado aquí. Todo.

En el momento en el que Brand le exigió que le contase todo lo acontecido en la plaza, decidió hacer justo lo contrario. No fue premeditado, ni tan siquiera pensado por un segundo, tan solo su subconsciente se gritaba a voces que no le contase la verdad al inspector.

—El Team Rocket ha atacado la ciudad.

—Eso ya lo sé —respondió bruscamente Brand. Se quitó el puro de la boca y lo apretó en la palma de su mano, aún encendido—. ¿Han estado las Sombras aquí?

—No.

Fue un auto reflejo, un impulso que no supo bien de donde provenía, pero había ascendido desde el torbellino de emociones que se había instalado en su pecho hasta sus labios, saliendo sin su consentimiento. Se quedó muda tras decir esas palabras y selló sus labios rápidamente, pero no se retractó de su contestación. Sus emociones se habían atenuado, y su voz interior suspiraba de alivio.

Todos los presentes se giraron confundidos hacia Misty. Su hermana la miraba, extrañada, al igual que Nico y Gary, quienes se habían acercado tras la llegada del inspector. La única persona que parecía ausente a la conversación era Elizabeth, quien observaba fijamente el suelo mientras sus piernas oscilaban lentamente, ya que no llegaban a tocar el pavimento.

—¿Ah, no? —Brand miró su cigarro—. Eso no es lo que me han dicho, señorita.

La última palabra del inspector se había dirigido hacia ella cargada de un deje intimidatorio, pero consiguió el efecto contrario en Misty. Su personalidad rebelde volvió a ella de manera tan fuerte, tan arrasadora que se asimiló al momento en que plantó cara a sus hermanas y huyó de su casa, jurando que no volvería hasta que fuese la entrenadora de pokémon de tipo agua más fuerte del mundo. Siempre había tenido retazos de rebeldía en sus acciones, sobre todo dirigidos hacia la Liga, pero nunca tan intensos como en ese momento.

—Pues entonces le habrán engañado, o quizás es que usted no escucha bien —desvió la vista, y no pudo evitar sonreír levemente ante la imagen de Brand rojo de ira—, no lo sé.

—Cómo te atreves… —Brand espachurró su habano con fuerza, desprendiendo ceniza y tabaco que discurrían a través de su palma, cayéndose al frío asfalto y apagándose al contacto.

Antes de que Brand pudiese arremeter de nuevo contra ella, volvió a encarar al inspector con firmeza.

—No me atrevo a nada, estoy contándole lo que he visto. Y ahora, si me disculpa, me gustaría descansar. He estado ayudando a expulsar al Team Rocket de aquí, cosa que usted no ha hecho por estar ocupado persiguiendo a unos ladrones que no hacen daño a nadie.

Tras esas últimas palabras, Misty se levantó decididamente de la camilla y, a paso firme y seguro, pasó de largo tras un anonadado Brand e, igual de sorprendidos, la patrulla que le precedía. Saludó con la cabeza a la agente Mara, acompañado de una sonrisa que no dudó de devolver la oficial.

—¿Mist, a dónde vas? —preguntó Daisy, preocupada por el arrebato de desacato mostrado por su hermana pequeña en su estado actual.

—Al Centro Pokémon —contestó la aludida, sin detenerse ni girarse—. Necesito una ducha y descansar.

Tan solo despidiéndose con aquellas huecas palabras, zigzagueó entre los múltiples vehículos estacionados en el centro de la ciudad y abandonó la plaza por una de las calles confluentes, tratando de huir del ruido, del interrogatorio principal y, también, de sus propias emociones.

Caminaba por las calles vacías de Ciudad Azulona sin dejar de observar sus deportivas, que habían perdido la mayor parte de su blancura sustituyéndolo por suciedad, polvo, agua y tierra. No se había percatado de su estado físico hasta ese momento. Avanzaba trabajosamente, intentando ignorar las punzadas que sentía en sus extremidades y en todo su cuerpo en general. Había sido un día largo e intenso, sobre todo durante la noche, y el haber subido más de diez pisos seguidos sin apenas un descanso comenzaba a pasarle factura. Se sentía débil y agotada, y su mente se había despejado parcialmente para vislumbrar una ducha caliente y una cama blandita en el Centro Pokémon.

Vagaba entre calles de diferente iluminación, ensimismada en sus pensamientos sin dejar de mirar sus deportivas. Una sensación de cosquilleo le recorría la zona abdominal y su antebrazo, los mismo sitios donde la Sombra había depositado sus manos con el fin de salvarla. A pesar de que su cansancio no la permitía pensar con tanta rapidez como antes, aquel hormigueo parecía no querer irse de su cuerpo. Se frotó el brazo ligeramente con la intención de detenerlo, pero ahí seguía, y Misty sabía que seguiría mientras siguiese pensando en él y en aquel efímero y cuidadoso contacto.

Millones de preguntas se formulaban en su cabeza de forma pesada, pero una resonaba entre todas ella: ¿Qué pasaba con ella? Era cierto que se había topado con una de las Sombras de Kanto, y esta le había salvado de morir aplastada por una columna de cemento pero, ¿acaso era tan trascendental para que su mente estuviese ofuscada en recrear esa escena una y otra vez? Había conocido a Tina y Nico hacía apenas dos días y, desde luego, no le dio tanta importancia como al presente suceso. ¿Era porque aquella Sombra podía ser el hermano de Elizabeth? Pero tampoco podía darlo por hecho o barajar aquella posibilidad con desenvoltura. Había una posibilidad entre tres que uno de los encapuchados fuese el pariente de su amiga pero, de ser así, le resultaba chocante el hecho de que no fuese a buscar a su hermana. No entendía la actitud de las Sombras, ni tan siquiera sus actos. Les había defendido hace unos días alegando que ellos no hacían daño a nadie y que su única meta era robar, y dos de ellas se plantaron frente suya con clara intención de pelear, tan solo interrumpidos por la intromisión de Tina y Nico. Pero, mientras que esas dos Sombras de la plaza habían mostrado una clara intención de atacarla, la tercera Sombra del edificio la había rescatado…

Misty sacudió la cabeza encarecidamente, tratando de despejar su mente. Todos sus razonamientos acababan contradiciéndose tarde o temprano, dejando a Misty frustrada y extenuada. Tan concentrada estaba en sus propios pensamientos que no se fijó en la alta figura que se cruzó con ella hasta el momento del impacto. Cayó al suelo, y se sujetó la frente mientras se quejaba del dolor del golpe, que había recaído sobre su cabeza.

—Pero, ¿qué…?

—Discúlpeme, señorita.

Levantó la vista, y se encontró súbitamente con el rostro de un joven. Estaba inclinado frente a ella, agachado mientras levantaba sus manos en el aire, dubitativo en ayudarla o no.

—¿Puedo…?

Hizo amán de ayudar a la líder a levantarse, pero Misty desechó sus manos con un golpe despectivo, rechazando la ayuda del joven. Se levantó y observó más atentamente a aquel chico. Vestía de manera extravagante y algo extraña. Su ropa era completamente blanca, desde su chaqueta llena de adornos y ornamentos que parecían hechos de la más pura plata, hasta sus pantalones de seda blancos y las botas del mismo color. Su pelo y su piel tampoco se quedaban atrás, e igualaban aquella blancura de desprendía su atuendo. Pero, entre tanta claridad, sus ojos refulgían sugestivos y atrayentes, captando la atención de quien lo mirase. Eran de un color rojo brillante, semejante al carmín o, yendo a una descripción más lúgubre, se asemejaban al color de la sangre.

Aquellos ojos rubí no dejaban de observar atentamente a Misty y recorrían su figura de arriba abajo, rápida y ávidamente, y comenzaban a perturbar a la líder.

—Perdone, señorita, yo…

—¡Podrías mirar por donde andas! Imbécil.

Y, tras esas palabras, Misty pasó de largo velozmente y giró en la primera esquina que encontró. No frenó su paso hasta pasar tres calles diferentes y cerciorarse de que aquel hombre no la seguía a través de su travesía. Suspiró y volvió a su ritmo normal, aunque aquella sensación de malestar seguía incomodándola. No sabía explicar la razón, pero aquellos ojos carmesíes la inquietaban, al igual que aquel joven con el que se había topado. Pero decidió no darle más importancia, dado que no quería añadir el infortunito encuentro de, posiblemente, un idiota cualquiera a la interminable lista de sus preocupaciones.

Cuando decidió esclarecer su situación actual se llevó una grata sorpresa al encontrarse justo a varios pasos del Centro Pokémon. Cruzó la calle cerciorándose antes de que ningún coche cruzaría por la calzada, y pronto se halló ante el edificio anaranjado, que emitía una sensación de calidez y bienvenida tan solo por la luz que desprendía sus ventanas. Misty no podía indicar la hora exacta, pero estaba convencida de que el toque de queda del Centro Pokémon había pasado hace tiempo. Sin embargo, supuso que con todo el tumulto que había acontecido apenas una hora atrás, muchos pokémon habían resultado heridos en aquella batalla y la enfermera Joy tendría que trabajar toda la noche.

Entró en el edificio lentamente y se detuvo encima del mullido felpudo que le daba la bienvenida, dejándose envolver por aquella calidez y aquel olor característico de cada Centro Pokémon, una mezcla entre medicina y dulces recién hechos. Miró a su alrededor, descubriendo con sorpresa que nadie se hallaba en el hall, ni siquiera agentes de policía con sus heridos compañeros. Avanzó lentamente, sintiéndose algo cohibida de pronto al oír el eco de sus pasos tan claramente. Solía recordar los Centros Pokémon como foco de alegría y compañerismo, mucha gente se conocía en ellos e intercambiaban impresiones y consejos que habían aprendido durante sus viajes. Siempre había vida en ellos pero, sin embargo, en ese momento aquel silencio acongojante sin duda sobrecogía el alma.

Observó un reloj de pared que colgaba en lo alto de la pared posterior al recibidor, donde la enfermera Joy solía atender a toda persona que entraba en el Centro. Marcaba casi las dos de la madrugada, y entendió por completo su penoso estado físico y la soledad reinante en el edificio. Sin embargo, debía encontrar a la enfermera para avisarla de su estancia allí, por lo que decidió buscarla por el inmueble.

—¿Hola? —preguntó, tan solo contestada por su propio eco, que rebotaba entre las desnudas paredes amarillas y el brillante suelo de baldosas. De pronto se sintió tímida y renuente a gritar dentro de aquel edificio que se asemejaba cada vez más a un santuario, pero decidió probar otra vez—. ¿Hay alguien ahí?

De nuevo, su voz volvió a responderla con la misma cuestión. Suspiró, y decidió adentrarse un poco por el Centro, en busca de la desaparecida enfermera Joy. Se había acercado lo suficiente hacia la entrada del comedor, dos puertas batientes con un ojo de buey como ventana en la parte superior de cada una al estilo de los restaurantes tradicionales pero, antes de poder abrirlas, una voz la interrumpió.

—¿Misty?

Se sobresaltó ligeramente al oír formular su nombre. Que ella recordase no había conocido a la enfermera Joy de Ciudad Azulona, y lo que era aún más preocupante es que aquella voz no era ni siquiera femenina. Había sonado grave y algo distorsionada gracias al eco que se formó inmediatamente después, por lo que no pudo reconocer al emisor de esa voz. De nuevo, una sensación de inquietud volvió a sacudirla. Ya había tenido varias sorpresas relacionadas con voces extrañas, y no quería volver a repetir la experiencia.

Sin embargo, cuando vio a su convocador, su mente se despejó al instante, y una sola orden se repetía en su cabeza: "Corre. Corre. Abrázale".

Y eso hizo. Sin tan siquiera esperar a la reacción de la otra persona, corrió rápidamente hacia él y le abrazó con fuerza, ocultando su cabeza tras la bata blanca de doctor que vestía.

—Brock —dijo ahogadamente, aún con la cabeza sepultada en su pecho.

—¡Oh, Misty! —el aludido no pudo hacer otra cosa que abrazar a su amiga, casi hermana, con la misma intensidad con la que lo hacía ella. Permitió que unas lágrimas fluyesen sobre sus mejillas sin vergüenza—. Te he echado tanto de menos… ha sido mucho tiempo…

—Lo sé, lo siento —la voz de Misty también se quebró sin su consentimiento.

Su amigo fue el primero en romper aquel abrazo que sentenciaba su reencuentro, sujetando a la líder de gimnasio por los hombros y alejándola de él mínimamente. Misty miraba hacia el suelo debido al retraimiento que sentía por haber roto a llorar tan fácilmente. Aunque su perspectiva cambió de pronto al notar como una gota de agua salina caía al suelo, una gota que no pertenecía a ella. Levantó la vista y vio que uno de sus mejores amigos, una figura casi fraternal para él se encontraba en el mismo estado que ella, tan solo con la diferencia de que él mantenía una sonrisa enorme que abarcaba casi todo su rostro, de oreja a oreja. Misty no pudo evitar que más lágrimas se acumulasen en sus ojos, y pasó rápidamente el dorso de su mano por su rostro con intención de no permitir que las gotas corriesen libremente por sus mejillas. Intentó sonreír a Brock, sentía que al menos le debía eso. Llevaban más de dos años sin verse y, tras la desaparición del mejor amigo de ambos, su contacto había disminuido tan bruscamente hasta llegar a ser casi nulo. Brock había comenzado sus estudios de medicina tras la noticia de la ausencia de Ash, y no podía dejarlos para ir a buscar a su más cercano amigo, casi un hermano para él, y Misty había sustituido su lugar. Tras recorrer las cuatro regiones del mapa sin resultado alguno y volver apesadumbrada de vuelta al gimnasio, Brock fue a visitarla a su residencia. Estuvieron charlando levemente sobre su viaje y sus inexistentes averiguaciones y descubrimientos, y el exlíder de Ciudad Plateada le comunicó que debía irse a Sinnoh durante una temporada para terminar sus estudios de enfermería pokémon ahí, pero tenía dudas y titubeos. Se sentía culpable por no haber acompañado a su amiga pelirroja en busca de su mejor amigo, de una persona que había estado con él día y sombra, apoyándole y tratándole siempre como a un igual. Misty trató de consolarle e, irónicamente, esta vez tuvo que ser ella quien le dijese que debían seguir con su vida, a pesar de la ausencia de Ash. No recordaba haber formulado frase más dolorosa que esa en toda su vida, pero en el fondo sabía que era lo correcto, al igual que su amigo. Por ello, finalmente, Brock partió hacia Sinnoh, y su contacto se rompió tras ello. Exceptuando alguna visita esporádica de ambas partes, las pocas veces que la líder salía de su gimnasio y el ya oficial enfermero pokémon de su clínica en Ciudad Plateada, su amistad quedó desplazada hacia un segundo plano, pero jamás olvidada.

Estar juntos de nuevo creaba en ellos una sensación de júbilo y nostalgia, tan unidas que era difícil poder diferenciarlas. En ese momento no importaba la distancia, no importaba la separación: para ambos, su amistad había resurgido, pero no de las cenizas, porque nunca se había extinguido.

—¿Qué tal has estado? —preguntó Brock, también al borde de las lágrimas. Ver el semblante del médico hizo que Misty riese ligeramente. Su rostro había adquirido una conformación extraña al intentar retener las lágrimas y, a la vez, mantener aquella sonrisa más grande que su cara.

—Bien, supongo —dijo Misty, y se encogió de hombros—. He salido de mi rutina como líder y he acabado enfrentándome al Team Rocket, no me puedo quejar.

—Lo he oído —dijo Brock, y su expresión cambió súbitamente a una seria. Misty se arrepintió al instante de haber mencionado el suceso que había acontecido hacía, apenas, una hora, ya que había conseguido que aquel ambiente de alegría se esfumase dando paso de nuevo a sus insistentes pensamientos y recuerdos—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? Tienes algunos rasguños.

—No es nada —sonrió hacia su amigo, intentando calmarle.

—Menos mal —finalmente, separó las manos de los hombros de Misty y cruzó los brazos—. Vine aquí en cuanto empezó el ataque. Joy me llamó a mi pokégear muy asustada, y me contó cómo el Team Rocket había aparecido de repente en mitad de la noche y habían empezado a atacar la ciudad sin motivo alguno. Me encontraba en Azafrán ayudando en la remodelación que se ha hecho en su Centro Pokémon, así que me dirigí corriendo hasta aquí. Hemos estado curando a los pokémon heridos desde que comenzó el ataque, estamos ambos exhaustos.

—Vaya… ¿así que no sabéis por qué ha sido? —preguntó Misty.

—No —Brock negó con la cabeza—. Sé que el comité de la Liga estaba reunido en la ciudad, pero… no entiendo la razón del ataque. ¿Querían solo destruir?

—Supongo. Esos despreciables…

—Puede ser, pero… —se sujetó la barbilla con su mano, en un gesto pensativo—, Misty, ¿es cierto que las Sombras de Kanto también han participado en el ataque? Lo van diciendo por ahí, pero no sé si será cierto.

—Bueno… yo…

Misty dudó. Por una parte quería sincerarse completamente con su amigo y conseguir desahogarse, expulsar todo lo que se había acumulado en su pecho que, en cualquier momento, sentía que la haría explotar. Pero, por otro lado, tenía miedo de que Brock no la entendiese, o la juzgase de manera errónea o despectiva por sus emociones y conjeturas.

Pero se decantó por la primera opción. Su amigo siempre había sido un gran oyente y un gran confidente, y en el fondo estaba segura de contar con su ayuda y apoyo.

—Brock, querría… contarte una cosa.

—Claro —la sonrió calmadamente, relajando a la líder en el acto—. Pero, antes, ven a sentarte. Pareces cansada.

—Un poco… —Misty sonrió también con tristeza.

Se dejó guiar por su amigo hasta el salón del Centro Pokémon, donde varios mullidos sillones se disponían alrededor de una sobria mesa redonda. Se sentó en uno de ellos y no pudo evitar dejar caer su espalda contra el esponjoso respaldo, exhalando un suspiro con fuerza. Brock se fue un momento excusándose y, al poco tiempo, volvió sujetando una taza humeante que le tendió a Misty. La aceptó gustosa y, cuando observó el interior y acercó su pequeña blanca nariz al borde, pudo percibir que era una suave infusión. De nuevo, una ligera nostalgia se volvió a apoderar de ella. Brock solía prepararles infusiones de ese estilo cuando no conseguían dormir, o cuando Ash sufría una indigestión, que era más a menudo de lo conveniente.

Tomó un sorbo con precaución, tratando de no quemarse mientras su amigo tomaba asiento a su lado. Cuando Misty tuvo intención de comenzar a todo lo sucedido, y no solo esta noche, sino lo acontecido en los últimos días, sus palabras se vieron interrumpidas por el característico timbre que advertía de la apertura de las puertas del Centro Pokémon.

—¿Misty? —resonó una voz de nuevo en el hall, y la líder pudo reconocer a su hermana mayor como fuente de esa llamada.

—¡Estoy aquí, Dais! —Misty alzó ligeramente la voz, sin llegar a gritar. Según había dicho Brock, la enfermera Joy del Centro Pokémon se encontraba trabajando duramente, y no quería resultar una molestia.

Se oyeron unos pasos tras la respuesta, y la líder pudo adivinar que no solo había venido su hermana, sino que había sido acompañada por otro par más. Y su presunción se cumplió al advertir la presencia de Gary, Daisy, Tracey y Nico en el salón del Centro, expectantes al ver que Misty se encontraba en compañía. Daisy, Tracey y Gary saludaron agradablemente al joven enfermero, quien les devolvió el saludo igual de entusiasmado. Nico se quedó rezagado en un segundo plano mientras los demás mantenían una breve conversación cortés, y Misty no pudo evitar sentir empatía por el chico. Así que, haciéndole señas, logró llamar la atención de Nico y conseguir que se reuniese con ella, ocupando un asiento en el sofá. La líder le sonrió, intentando calmar sus característicos nervios.

—Nico, él es Brock, un doctor pokémon. Es uno de mis mejores amigos.

Nico asintió, observando disimuladamente al susodicho. De pronto, Misty cayó en la cuenta de la ausencia de una persona.

—¿Y Elizabeth? —preguntó, visiblemente preocupada. Había ignorado a su pequeña amiga durante el transcurso de la noche, y comenzó a sentirse culpable por no reparar en su estado. Ella debería estar afectada por todo lo acontecido ya que, al fin y al cabo, una de aquellas Sombras tenía que haber sido su hermano.

—Ha ido a buscar a Tina, señorita Misty —le comunicó Nico—. En unos momentos se reunirán con nosotros.

En ese momento, Nico se percató de que Gary estaba señalándole con un gesto recriminatorio, y los presentes siguieron la dirección de su dedo hacia él. No pudo evitar que su cuerpo se tensase automáticamente, y que sus nervios se manifestasen mediante un temblor inevitable en sus extremidades. Intentó tranquilizarse respirando hondo, pero se imaginaba el tema que había acabado dominando la conversación de sus acompañantes. Y hasta él mismo se encontraba incómodo hablando de ello tras el ataque sufrido hace unas horas atrás por sus propios compañeros.

Brock, Tracey, Daisy y Gary acabaron acercándose a ellos, pero tan solo Daisy se sentó junto a su hermana. Los otros tres se quedaron de pie en frente de ellos, mirando inquiridoramente a la Sombra.

—Mist, ¿cómo estás? —preguntó Daisy suavemente, rompiendo con la momentánea tensión que había adquirido el aire tras las duras miradas dirigidas a Nico. Daisy cogió las manos de su hermana y las apretó ligeramente, en un gesto de apoyo.

—Bien. Estoy bien, Dais —Misty sonrió con sinceridad a su hermana mayor, agradeciéndole la preocupación. Aún recordaba cómo la había abrazado Daisy tras su llegada a Ciudad Azulona, casi con desesperación.

—Me alegro, Misty, pero… Queríamos saber qué paso en aquel edificio. Estamos preocupados por ti…

—Lo sé —suspiró Misty—. Pero, antes, explicaré a Brock todo lo que ha pasado.

—Soy todo oídos —sonrió el doctor.

Así, Misty comenzó a explicarle todo con pelos y señales, desde la llamada que recibió su amiga Elizabeth, describiéndola brevemente; hasta su estancia en casa de la señora Ketchum, pasando por el monolito helado que habían encontrado en medio de la carretera, el destrozo en el laboratorio de Gary y, por último, su desafortunado encuentro con las Sombras, con quienes Nico y Tina habían entablado combate. La líder de gimnasio reveló la identidad de los dos muchachos, provocando tan solo que su amigo levantase sus cejas en señal de sorpresa y mirase a Nico pasmado, con una mezcla de asombro y confusión en su rostro. Misty se disponía a explicar por fin lo que aconteció en lo alto del inmueble cuando, de repente, una duda provocada por su discurso la distrajo momentáneamente de su diálogo.

—Por cierto, ¿dónde está Delia y el profesor Oak? —preguntó, extrañada.

—Deben de estar al venir —comentó Gary—. Hablé con mi abuelo y, según parece, la policía los están entreteniendo un poco. Les he dicho que se dirijan hacia aquí en cuanto pueda.

—Nos separamos en el laboratorio de Gary —intervino Tracey—. Ellos se quedaron un poco más en el laboratorio con Dara y después se dirigieron a Pueblo Lavanda para avisar a la policía local de allí. Nosotros solo pasamos por Azafrán y nos dirigimos directamente hacia Azulona.

Daisy asintió, reafirmando las palabras del investigador.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo con su sonido característico. Tracey fue a recibirlos y les guió hasta el salón. Los susodichos anteriormente, Delia y Samuel, se presentaron en la sala. Tina y Elizabeth se encontraban detrás de ellos, y ambas se posicionaron junto al semicírculo formado por los chicos, mientras que la señora Ketchum y el profesor se sentaron en el sofá junto a Daisy.

—Sentimos la tardanza —se excusó el profesor—. Parece que la policía está alterada, aunque no me extraña. Pero ese inspector…

—Brand —completó Misty, con una mueca de disgusto.

El profesor Oak asintió, confirmando la afirmación de Misty. La líder se giró para observar a Delia, quien se había sentado en el sofá sin decir una palabra. Aunque, a diferencia de las situaciones anteriores, esta vez sí se encontraba atenta a la conversación, un paso que, al menos, Misty calificó como aceptable.

—Bueno, ahora que por fin estamos todos —intervino Gary, mirando con reproche a Eli y Tina, quien le devolvió la misma expresión—. ¿Podría ser un gran sacrificio que nos expliquéis que ha pasado aquí con vuestros amiguitos?

—Gary —le reprochó su abuelo, disconforme con el tono de voz utilizado por su nieto.

—No, abuelo —le contestó—. No sabemos nada sobre ellos y tampoco hacen el esfuerzo de decírnoslo, pero ahora, además, sus supuestos compañeros nos han atacado a todos. Quiero una explicación, y la quiero ahora.

Gary se encontraba visiblemente enfadado. Misty le había visto pocas veces tan furioso y, sin duda, prefería a su amigo divertido y bromista antes que al irritado y disgustado. Comenzó a arrepentirse de no haber explicado antes su encuentro con la Sombra, si eso había contribuido al mal estado del investigador.

—De acuerdo —habló Nico con voz queda, suspirando de nuevo—. Explicaremos lo que podamos.

Dirigió su mirada a Tina, quien encogió sus hombros con indiferencia.

—¿Cuántas Sombras sois? —Gary comenzó el interrogatorio con un tono apretado, escupiendo casi las palabras.

—Cinco, contando al jefe —contestó el muchacho.

—Vale, bien. ¿Y por qué razón no nos lo habíais dicho antes?

—Porque no era necesario —se interpuso Tina, secamente.

—¿Ah, no? Claro, no era importante saber que podrían atacarnos, ¿verdad?

—Nosotros no sabíamos eso, señor Gary… —dijo Nico con voz queda, visiblemente afectado.

—Espera un momento, Gary —intervino Brock con un tono apaciguador—. ¿No sabíais que os podían atacar?

—¡Claro que no! —Nico casi se levantó de sofá, simulando la fuerza de sus palabras—. Ellos son nuestros… amigos… y el jefe… él nunca nos haría eso…

—Entonces… ¿ellos están contra vosotros también? —preguntó Tracey de forma pensativa.

—No —Nico negó con la cabeza energéticamente. Parecía que, más que querer refutarlo, intentaba negárselo a sí mismo—. Sé que tiene que haber una razón…

—¿Estáis relacionados con el Team Rocket? —volvió a preguntar Gary, atropelladamente.

Todos se quedaron en silencio un momento. Al final, la pregunta que había estado formulándose toda la noche desde la aparición de las Sombras había tomado forma verbal. Aquel vacio tan solo fue roto por un suspiro, procedente esta vez de Tina. Bajó la cabeza y removió su cabello granate con brío, mientras sus pendientes titilaban de un lado a otro.

—No exactamente —dijo finalmente, finalizando su movimiento y cruzándose de brazos.

—Explícate —le exigió Gary. Tina le dirigió una dura mirada, pero trató de tranquilizarse.

—Nosotros no dependemos del Team Rocket. Al menos, no directamente.

—¿Cómo es eso? —preguntó Samuel, confuso—.

—Verá, profesor Oak… —intervino Nico—. Nosotros solo obedecemos órdenes directas del jefe. Pero, él…

—Él es uno de los comandantes del Team Rocket —le interrumpió Tina bruscamente.

De nuevo, un silencio envolvió la estancia y los rodeó a todos, sin excepción. Pero, a diferencia de hace unos instantes, iba cargado de tensión y gravedad. Misty no pudo evitar tensarse al oír la polémica revelación de Tina. Sin duda, las cosas se iban a complicar aún más, y su mente era un completo caos mientras intentaba ordenar los pocos hechos con los que contaba, sin obtener un resultado coherente.

—Genial. Entonces sois aún más basura de la que pensaba —sentenció Gary duramente, con una mezcla de enfado y repugnancia en su tono de voz.

—Qué sabrás tú —le contestó Tina con su misma dicción.

El joven investigador se disponía a replicar, pero fue interrumpido por una atónita Daisy, quien miraba fijamente a Elizabeth.

—Eli, ¿tu… tu hermano? —preguntó, en un tono bajo y lento.

Todos intercambiaron su vista entre Daisy y Elizabeth. Esta solo se limitó a asentir y agachar la cabeza de forma avergonzada.

—¿Tú también estás relacionada con el Team Rocket? —exclamó Gary, esta vez casi a gritos—. No entiendo por qué no vamos ahora mismo a informar a la policía. Oh, espera, es cierto, Misty los defendió hace nada.

Misty fue el foco de atención ahora, y no puedo evitar que un ligero rubor se instalase en sus mejillas. Aún así, se sentía dolida e irritada por las palabras de Gary, que había salido en su boca con un tono envenenado. Era el momento para aclarar todo ese asunto.

—Los defendí, es cierto —dijo con tesón, irguiéndose—. Una de las Sombra me ayudó ahí arriba. Me salvó, más concretamente.

—¿Qué…? —Tracey había abierto la boca involuntariamente, y observaba a la líder casi sin pestañear.

—Casi se cae una columna encima de mí. Él me cogió y me protegió —un escalofrió recorrió su espalda al recordar ese preciso momento, y la sensación del contacto de la Sombra sobre su cuerpo volvió a estar presente, pero decidió ignorarlo—. Tampoco quiso atacarme… ni siquiera mis pokémon. Fue tan… extraño…

—¿Tus pokémon tampoco, Mist? —preguntó Brock, cruzándose de brazos—. ¿Cómo es posible?

—No lo sé —Misty volvió a dejar caer el peso de su cuerpo, y apretó sus dos manos juntas—. Saqué a Corsola y ataqué a la Sombra, pero su pokémon y ella lo esquivaron. Su pokémon empujó a Corsola, pero no fue un ataque en sí. Después los dos conversaron un momento y… Corsola desistió en su ataque sin que yo se lo ordenase. Incluso llegó a quedarse… ¿tranquilo? No lo sé, Brock, no lo sé. Le he estado dando vueltas a todo esto pero no encuentro nada que tenga sentido.

—Si lo que nos dices es cierto, Misty… no lo entiendo. ¿Por qué dos de las Sombras os atacan, y una tercera se niega a entablar batalla contigo e, incluso, te salva? —Tracey se encontraba a punto de desfallecer gracias al caos y el desconcierto reinante en su mente.

—¿Crees que no he pensado en ello, Trace? —dijo Misty, tristemente—. Estoy igual de confusa que tú…

Todos se quedaron en silencio por un minuto, cavilando sobre la revelación de Misty. Gary, de nuevo, fue el indicado para romper aquella afonía.

—Aún así, podrías habérselo dicho a la policía —el tono de voz del investigador parecía más sosegado, pero no había perdido firmeza—. Ellos nos atacaron, por mucho que una haya hecho, y no sabemos con qué intención. Si la policía se entera de que le hemos mentido… Nos acusarán de ser cómplices de esos ladrones.

Súbitamente, Misty recordó el otro presente en la sala durante el encuentro entre la Sombra y ella. Un sudor frío le envolvió la espalda, y se dio cuenta de la razón que portaban las palabras dichas por el investigador.

—Raynold… —susurró para sí, pero audible para los demás.

—¿Cómo dices, Mist? —preguntó Daisy, la más cercana a ella y, por tanto, la que mejor había escuchado a su hermana.

—Él… Raynold, estaba en la sala donde nos encontrábamos la Sombra y yo —Misty tragó con dificultad—. Estaba discutiendo con ella o algo así, y les interrumpí. Después Raynold aprovechó para huir detrás de mí.

—¿Raynold? —preguntó el Profesor Oak, sorprendido—.

—Es uno de los representantes de la Liga, un pez gordo —explicó Gary.

—Sí, sí, le conozco. Pero, ¿él era el objetivo?

—No lo sé —la líder negó con la cabeza—. La Sombra estaba diciéndole algo sobre la conciencia o algo así, y Raynold no paraba de gritar.

—Perdone que le interrumpa, señorita Misty —intervino Nico—, pero… ¿podría decirnos el pokémon que sacó la Sombra en su presencia?

—Un Feraligatr —contestó la pelirroja sin dudar.

Nico desvió su mirada hacia el suelo, y lo observó atentamente durante unos segundos. Tras ello, levantó la vista hacia Misty. Su rostro, que solía reflejar su nerviosismo a la par que sus manos o sus piernas, esta vez se encontraba extrañamente serio, observándola fijamente.

—Señorita Misty —dijo de forma grave—, la persona que encontraste y te salvó… era el jefe de las Sombras, nuestro jefe.

Misty no se sorprendió al oír esas palabras. No sabía explicar la razón, pero una parte de ella se había imaginado a quién escondía la insondable capucha negra. Pero no tuvo tiempo para conjeturar sobre ello porque, inmediatamente después, Nico volvió a interrumpir sus pensamientos, de nuevo con su característico estilo alterado y frenético.

—Por un casual no le diría algo, ¿cierto? —preguntó Nico a borbotones, inclinándose sobre Misty, quien no pudo evitar hacia atrás de la impresión.

—¿Cómo le va a decir algo? —contestó Tina por ella, irritada—. Y encima a ella.

—Bueno, yo… —tras sus casi imperceptibles palabras, la líder de gimnasio sintió todas las miradas de sus compañeros y amigos posadas en ella, expectantes. Respiró hondo y se insufló fuerzas para continuar—. Sí… sí me dijo algo…

Los espectadores se quedaron atónitos, con diferentes expresiones cada uno. Mientras que Tracey, Daisy y Nico la observaban boquiabiertos, Gary, Brock y Tina fruncieron el ceño en señal de desconcierto. El profesor Oak, Delia y Elizabeth tan solo miraban a Misty, sin expresar apenas emociones en sus facciones.

—¡¿Y qué dijo?! —exclamó Nico, casi al borde del sofá y de sus nervios. Mantenía sus ojos muy abiertos y no se atrevía a parpadear por miedo a perderse algún detalle.

—Bueno… no mucho, la verdad. Y no tiene mucho sentido...

—¡Da igual! —gritó de nuevo el muchacho—. ¡El jefe no dice las cosas así como así! ¡¿Qué dijo?!

—Fueron unos números, una secuencia —explicó Misty—. «Tres, dos, cuatro, cinco». También me dijo que… me preparase. Que esto solo era el principio. He estado dándole vueltas toda la noche, pero… no consigo entenderlo.

—¿Y qué crees? —exclamó Tina duramente, casi al borde de la reprimenda y el desprecio, completamente dirigidas hacia la pelirroja—. ¿Qué ibas a entender a nuestro jefe? Niñata…

—¡YA LO ENTIENDO! —vencido por el impulso, Nico se levantó del sofá de un salto y comenzó a celebrar su descubrimiento desconocido, moviendo los brazos de un lado a otro. Se dirigió rápidamente hacia Tina y la cogió de los hombros—. ¡Tina! ¡Ya entiendo todo lo que ha pasado!

—¿Qué…? —Tina no tuvo tiempo de reaccionar cuando Nico volvió de nuevo a su euforia.

Esta vez fue Misty la víctima de su regocijo. Le cogió las manos sin previo aviso y acercó su rostro muy cerca del suyo.

—¡Señorita Misty, muchísimas gracias! —Nico abrazó efusivamente a Misty, y volvió a separarse con velocidad—. Ay, no sé cómo he podido dudar un segundo del jefe. Tengo que pedirle disculpas en cuanto nos veamos…

Nico comenzó a divagar, manteniendo una conversación con sus pensamientos en medio del círculo conformado por sus compañeros, que le miraban extrañados. Elizabeth no pudo evitar sonreír tras la entusiasta muestra que procesaba su amigo en ese momento, mientras que Tina se tapó la cara con una de sus manos, con la intención de evitar ver aquel espectáculo.

—Eh… ¿Nico? —Brock llamó al alegre chico, dirigiéndose a él por primera vez con una expresión entre divertida y seria a la vez—. ¿Podrías explicarlos… bueno, lo que entiendes?

—Oh, oh, sí, lo siento, lo siento mucho —se excusó ante todos, incluyendo unas profundas reverencias—. Veréis, Tina y yo estábamos igual de conmocionados tras el ataque de… bueno, ya sabéis quien. Como dijimos antes, nosotros solo obedecemos órdenes directas de nuestro jefe, así que tuvo que ser él en persona quien comandó el ataque, ¡pero que haya salvado a la señorita Misty y encima le haya hablado solo puede significar algo!

—¿El qué? —preguntó Gary, impaciente.

—Pues, ¡qué nos están encubriendo, claro está!

—¿En… encubriendo? —curioseó Daisy.

—¡Así es! Veréis, al atacarnos, ellos pueden justificar que nosotros somos unos traidores contra las Sombras y el Team Rocket, y nosotros mientras podemos seguir aquí, con vosotros, sin levantar sospechas. ¡Estaba claro que el jefe tenía todo esto preparado!

—¿Estás hablando en serio? —cuestionó Gary, con un gesto escéptico.

—Tiene sentido —comentó Brock, asintiendo ante las palabras del chico.

—Espera —interrumpió Misty, visiblemente desconcertada—. ¿Cómo que encubriros? ¿Es que acaso no deberíais estar aquí?

—Pues… —Nico se rascó la nuca mientras reía nerviosamente—. Fue el jefe quien nos ordenó estar aquí, pero… dudo que el Team Rocket piense lo mismo que él.

Todos los presentes se sumergieron en sus propios pensamientos, analizando la revelación manifestada por las palabras de Nico, y todos coincidían en una conclusión, firme y renuente. Finalmente, fue el profesor Oak quien verbalizó los pensamientos del grupo en voz alta.

—Es decir —comenzó—, las Sombras, es decir, vosotros, ¿estáis sublevándoos contra el Team Rocket?

—Eh, verá, profesor, nosotros…

—No exactamente —continuó Tina ante la inviabilidad de las palabras del chico, que se negaban a salir con coherencia al estar sus pensamientos e ideas igual de alterados—. Como hemos dicho antes, es uno de los comandantes del Team Rocket, y nosotros siempre hemos sido bastante independientes de ellos. Sin embargo, tras este ataque y la explicación de Nicky, creo que la cosa está complicada en el Team Rocket, como nos dijo el jefe antes de llegar al pueblo ese.

—¿Y qué puede ser? —preguntó Nico, esta vez tan solo dirigiéndose a Tina—. Es verdad que cuando nos fuimos las cosas estaban un poco tensas, pero… ¿qué habrá podido pasar?

—Ni idea —Tina se cruzó de brazos y cerró los ojos, pensativa—.

Nadie volvió a emitir una palabra. El ambiente era confuso y cansado debido a los pasados hechos y a las presentes revelaciones por lo que, al final, decidieron conjuntamente retirarse a descansar hasta la mañana siguiente, donde podrían pensar con claridad y poder esclarecer a fondo todo aquel enrevesado asunto, y Misty estuvo de acuerdo al instante. Sentía que desfallecería en cualquier momento y, ya durante la conversación, tuvo una lucha interna con su cerebro para que siguiese toda palabra, y con sus párpados para que no se cerrasen en contra de su voluntad. La infusión servida por Brock había calmado cada uno de sus músculos, y el remolino de emociones y pensamientos se había reducido a tan solo un objetivo: una cama. Brock les ofreció pasar la noche en las habitaciones delegadas del Centro Pokémon, y todos aceptaron agradecidos. En cuanto los primeros comenzaron a subir las escaleras rumbo al piso superior, la estilizada figura de la enfermera Joy hizo acto de presencia en el salón. Vestía un sobrio vestido roja pastel cubierto parcialmente con un delantal blanco y coronada por una cofia blanca, adornada con una cruz azul en el centro.

—Oh, Brock, estás aquí. ¡Hola! Disculpad mi intromisión, pero… vosotros… —la enfermera Joy se quedó mirando fijamente a las dos Sombras—. Perdonad, ¿no seréis vosotros Tina y Nico, verdad?

—Eh… sí —Nico observaba a la enfermera Joy, anonadado—. ¿Cómo nos conoce?

—Veréis —la enfermera Joy rió debido al sorprendido rostro de Nico, que se relajó al oír la melodiosa carcajada de la doctora—, llevo dos días con vuestras mochilas.

—¿Nuestras mochilas? —preguntó Tina.

—Sí —asintió Joy—. Hace dos días vinieron dos amigos vuestros, una chica rubia acompañada de un chico moreno, y me dejaron unas mochilas. Me dijeron que pasaríais por aquí tarde o temprano, y que os la diese si os veía.

Tina y Nico intercambiaron miradas y, tras un momento de deliberación, ambos se sonrieron mutuamente.

—¡Sí! —exclamó Nico, volviendo a su estado de felicidad—. ¡Esto confirma mi teoría! Y, con mi ordenador, ahora voy a poder descifrar la clave del jefe. ¡No la defraudaré, señorita Misty!

Nico salió corriendo a la sala por la que había entrado la enfermera Joy, siendo seguido por ella y por Tina. Misty no reparó en su última frase debido al estado de estupor en el que se encontraba, incluso ignorando el flirteo de Brock hacia la enfermera Joy, quien se veía más bien incómoda. Subió las escaleras con pesar, abrió la primera puerta que encontró y se tiró en la cama sin ni siquiera desvestirse. Ya tendría tiempo para eso… cuando durmiese.

Y, tras ello, Misty calló presa de un profundo sueño muy alegremente recibido.

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Se desperezó mientras bajaba alegremente las escaleras por las que había subido tan solo unas horas atrás, con la diferencia que una agradable y cálida luz solar veraniega alumbraba su camino, y sentía que sus fuerzas se habían renovado por completo. No recordaba la última vez que tuvo un sueño tan profundo pero, sin dudarlo, lo agradeció profundamente. No quedaba apenas ningún vestigio del cansancio y la pesadez que la había embriagado ayer por la noche, y su mente se había despejado por completo mientras el agua tibia fluía a través de su piel. La refrescante ducha, sumado al cambio de vestuario ayudó a que se sintiese tan animada y energética aquella mañana. Su pelo ondulaba al ritmo de sus pasos, desprendiendo una suave fragancia producto al champú que había utilizado, y su ropa deportiva provocaba en ella comodidad y libertad.

Se dirigió directamente a la cocina, guiada por un suculento olor a café y bollos recién hechos, y su alegría aumentó aún más cuando descubrió que sus sospechas eran correctas. Una enorme bandeja de panecillos se alzaba apetitosamente presidiendo la barra del comedor, junto a una cafetera repleta de aquel líquido negro. Misty se sirvió una taza colmada junto a varios pastelitos, aún calientes, junto a una manzana también dispuesta en el menú. Junto a su bandeja, buscó por el amplio restaurante a alguno de sus amigos que estuviesen desayunando, como pretendía hacer ella en nada, pero la cocina estaba completamente desocupada. Cuando decidió sentarse en una de las mesas dispuestas cerca de las ventanas, se fijó en un punto negro situado al final del comedor. Se puso de puntillas para poder vislumbrar mejor su objetivo, y lo reconoció: Era Nico, levemente iluminado por el objeto que tenía delante, suponiendo la líder que era el ordenador mencionado la anterior noche. A pesar de que el sueño comenzó a inundarla conforme avanzaba su conversación, había atendido a cada palabra dicha y las recordaba con claridad.

Se dirigió hacia él y puso su bandeja en la mesa que ocupaba, llamando la atención del chico. Misty sonrió como saludo, aunque su gesto mermó al percatarse del estado del joven. Estaba pálido, quizás acrecentado por la luz mortecina del portátil, y sus ojos estaban coronados por unas marcadas ojeras negruzcas.

—Buenos días, señorita Misty —la saludó Nico con un bostezo.

—Bueno… días —Misty se sentó enfrente de él en los sillones almohadilladlos que rodeaban las mesas por ambos lados, y observó a Nico atentamente—. ¿Nico, estás bien?

—¿Qué…? ¡Oh, sí, no se preocupe! —el rostro de Nico adquirió algo de color al encenderse sus mejillas—. Tan solo estoy algo cansado. He pasado toda la noche trabajando…

—¿En… los números? —preguntó Misty, asombrada.

—Sí —asintió—. Creo que he averiguado lo que significan, pero me gustaría exponerlo cuando estemos todos. Si no es inconveniente para usted, señorita Misty…

—Para nada —hizo un gesto con la mano, restándole importancia, y se dispuso a degustar por fin su desayuno.

Misty y Nico mantuvieron una ligera conversación durante la comida, hablando de cosas banales, intentando evitar el tema del ayer. Sin embargo, en un momento puntual, cuando la pelirroja terminaba de devorar su brillante manzana, Nico sacó aquel tema sin contexto ni tiempo, descolocando un poco a Misty.

—El jefe es una buena persona —dijo quedamente, mirando un punto cualquiera de la mesa—. Puede que no lo parezca, pero… Es la mejor persona que conozco.

Misty dejó su manzana mordida en la mesa, de forma lenta y cuidadosa. No sabía muy bien como contestar a la afirmación del chico. Sus sentimientos volvieron a borbotear en su interior, contradiciéndose nuevamente. Por un lado, su jefe era uno de los comandantes del Team Rocket y, aún desconociendo sus cargos o favores, podía suponer que aquel era uno de los rangos más altos dentro de la organización criminal, y por tanto tenía que estar a la altura. Pero no podía evitar pensar que él era el hermano de Elizabeth y, siendo su pequeña amiga tan justa y gentil como era, su hermano no podía ser la cara contraria. Y la había salvado…

Sus pensamientos e intenciones de contestar a Nico quedaron acallados tras el murmullo que entró en el comedor. Se giró en su asiento y pudo percibir que sus amigos finalmente se dignaban a asistir a la primera comida del día, y así por fin podría conocer el significado oculto que la Sombra le había dedicado. Tras los saludos, abrazos de Brock y las recriminaciones de Daisy por peinarse tan mal, todos acabaron sentados alrededor de la mesa que, súbitamente, se hizo pequeña al acorralarse de tanta gente.

—¿Y bien? —preguntó Gary, bruscamente—. ¿Has averiguado algo?

—Así es —asintió Nico, y abrió su portátil que había cerrado para hablar más educadamente a Misty—. Al principio, cuando empecé a analizar los cuatros números, me descolocaron bastante. Busqué las principales claves y los comparé, pero nada de eso daba resultado. Así que, tras varias horas, llegué a la conclusión de que no había planteado correctamente el problema.

Hizo una pausa para que todos analizasen la poca información obtenida, y estuviesen receptivos para las próximas.

—Por eso —continuó—, cambié por completo mi visión sobre estos números. Si el jefe ha sido tan cauteloso en darlos, significa que debe de ser importante y… privado. Por ello, traté de examinarlos utilizando la clave que solemos utilizar cuando nos disponemos a robar algo.

Gary no pudo evitar hacer una mueca de disgusto ante aquel recordatorio, mientras que Nico giraba su ordenador hacia los demás, mostrando una imagen del mapa de Kanto.

—Os explicaré. El primer dígito del número, tres, se refiere a la ciudad o pueblo de Kanto en el que ejecutaremos la misión, y es el más complicado de sacar. Cambiamos el patrón después de cada robo, por lo que tuve dudas en saber cuál utilizar.

—Por el robo en Ciudad Fucsia, ¿verdad? —observó Tracey, acertadamente.

—Exacto. Tina y yo desconocíamos el patrón que habían utilizado, por lo que no sabía cual utilizar. Finalmente acabé empleando el último que usamos todos juntos. Es un rayo que atraviesa la región, y la tercera ciudad por la que pasa al trazarlo es… —Nico señaló con el dedo sobre el mapa el recorrido del rayo, hasta pararse en un punto—.

—¿Azulona? —preguntó Brock, sorprendido.

—Sí. A mí también me sorprendió al principio, pero… tampoco puedo probar si estoy equivocado o acertado.

—Qué interesante proyecto —intervino Oak, visiblemente asombrado por el método utilizado—. ¿Quién ha diseñado el patrón?

—El jefe —contestó Nico de forma entusiasta, con un ligero brillo en los ojos—. ¿Verdad que es genial? Entre todos lo hemos mejorado, pero él fue el primero en proponerlo.

—Vaya, estoy sorprendido. Sin duda se necesita imaginación para hacerlo.

Nico asintió con vehemencia, reafirmando las palabras del investigador. Misty se inclinó hacia Eli, quien se había sentado junto a ella.

—Tenías razón con lo de que era inteligente —le susurró—, hasta el profesor parece sorprendido.

Elizabeth no pudo más que asentir y sonreír, aliviando a la líder de gimnasio. Había estado preocupada por ella y no habían podido intercambiar palabras desde el suceso, pero Elizabeth parecía más animada esa mañana.

—Bueno, continúo. Como he dicho, me sorprendió que fuese Azulona, pero seguí. El siguiente número era el dos, y se refiere a la calle de la ciudad. A partir de aquí no tiene mucho misterio, tan solo numeramos las calles en un mapa, y la vía no es más que… la plaza de Azulona.

—¿Donde os enfrentasteis a las Sombras? —preguntó Daisy.

—Sí, justo ahí, pero no acaba. El tercer número marca el edificio donde tenemos que robar, y el cuatro no es nada más y nada menos que el centro comercial. Y, si esto os resulta extraño, lo que viene ahora…

—El número cinco —murmuró Misty, recodando a la perfección la voz de la Sombra.

—Sí, señorita Misty. El cuarto número hace referencia al piso del edificio donde se encuentra nuestro objetivo. Busqué un plano del centro comercial y, bueno… hay cinco plantas superiores y dos inferiores, pero el quinto piso tan solo es un espacio para descansar y donde se juega la lotería pokémon… por eso lo descarté enseguida. No creía que el jefe quisiese que nos dirigiésemos allí, así que volví a comenzar el patrón desde el principio, pero acabé de nuevo en el mismo sitio. Así que se me ocurrió intentar otra cosa. Llamé a un amigo nuestro, informático, y me pasó uno de los planos de construcción de centro comercial de hace algunos años —Nico tecleó en el ordenador durante un momento, y la imagen del mapa se sustituyó por una fotografía. Mostraba, como había explicado, unos planos bastante antiguos y desgastados, pero aún perfectamente legibles—. Si os dais cuenta, este plano no tiene dos plantas bajas, como indica el que está en su página web, sino que hay cinco almacenes subterráneos. Cinco, justo cinco.

—Es decir… —intervino Elizabeth por primera vez, pensativa—. Quiere que… ¿nos vayamos allí? ¿Y qué puede haber ahí?

—Si le soy sincero, no lo sé, Eli —Nico suspiró—. Pero, cuando averigüé esto, tuve la sensación de que es justo ahí donde el jefe quiere que vayamos. Tiene que haber algo, algo importante.

—Pero, Nico —exclamó Eli—, el centro comercial está cerrado hoy por el ataque de ayer.

—Es cierto —asintió Brock con vehemencia—, nos lo ha dicho mi querida Joy, sí, sí.

Misty miró a su amigo, y pudo comprobar que su moreno rostro se había tornado carmesí, mientras sus ojos rasgados brillaban hacia el horizonte. Suspiró y rió quietamente. Había cosas que nunca cambiarían.

—Eso no es un problema —sentenció Tina, captando la atención de todos.

—¿No? —preguntó Tracey.

—¿Has olvidado quiénes somos? No creo que colarnos en un centro comercial sea muy complicado.

—Ah, no —dijeron Daisy y Tracey a la vez, negando con los brazos extendidos—, no contéis conmigo.

—Yo soy un poco mayor para esas cosas —dijo el profesor pero, sin embargo, no juzgó las palabras de Tina. No parecía desagradarle del todo las palabras de la Sombra, al contrario que a su nieto, quien mostraba un profundo ceño fruncido.

—¿Tú qué piensas, Misty?

Las palabras de Brock lograron sobresaltarla mínimamente. Estaba concentrada observando el plano del centro comercial, preguntándose por qué no aparecían en los planos mostrados al público. Así que, antes de inmiscuirse en una aventura de un nuevo matiz desconocido para ella –entrar a robar no es una cosa que hiciese habitualmente-, decidió aclarar todo lo posible el asunto y los detalles que lo rodeaban.

—Yo… —intentó contestar a la pregunta de su amigo, pero no se encontraba absolutamente segura de la respuesta que debería dar—. Antes que nada, me gustaría saber algo. ¿Por qué no aparecen esos dos pisos en los planos nuevos?

—Ah, ¿no lo he dicho? Discúlpeme, señorita Misty —se excusó Nico—. Verá, esos dos pisos no aparecen en los planos porque son solo almacenes. Allí guardan mercancía, por lo que no es importante para el público.

—¿Y qué hay ahí?

—Como ya he dicho, no tengo idea. Pero, estando el Team Rocket ayer aquí… tengo la sensación de que puede ser algo relacionado con ellos, aunque no puedo garantizar nada.

Misty asintió, entendiendo las palabras del muchacho. La explicación de Nico tenía mucho sentido, y consiguió despejar alguna de sus más ancladas dudas. Por lo que decidió, finalmente, poner en conocimiento su veredicto.

—Iré con vosotros —dijo, firmemente.

—¿Vas a ir a robar con ellos? —Gary no tardó un segundo en refutar las palabras de la pelirroja, visiblemente molesto—. Esto es nuevo, Misty.

—Lo siento, Gary, pero… necesito saber que hay allí.

—¡¿Por qué?! —gritó—. ¡¿Qué te interesa lo que pueda haber ahí?! ¡Y si es sobre el Team Rocket, mucho men…

—Él me lo dijo —le cortó Gary, mirándole con determinación—. La Sombra… su jefe fue el que me dijo los números. Quiero saber que hay allí, y quiero averiguar si tiene algo que ver conmigo.

Gary pareció calmarse tras las palabras de Misty. Cruzó los brazos y mantuvo un momento la cabeza gacha, meditabundo.

—Iré contigo —dijo descruzando los brazos, sin llegar a mirar a la líder.

—Yo también —Brock sonrió, y sujetó el hombro de su amiga, apoyándola en su decisión. Misty no pudo hacer otra cosa que mirar a su amigo y dedicarle una sonrisa agradecida.

—Y yo —expresó Eli tras Brock.

—Nosotros nos quedaremos aquí y ayudaremos a la enfermera Joy en todo lo que podamos —enunció el profesor Oak, obteniendo el asentimiento de los demás.

—Será mejor que vaya a despedirme de mi amad- ¡Ay!

Antes de que Brock realizase su clara intención de salir corriendo hacia la enfermería del Centro Pokémon, Misty le retuvo sujetándo fuertemente su oreja, mientras el doctor pokémon no podía hacer otra cosa que revolverse en manos de la pelirroja. Mientras que la mayoría admiraban el gracioso espectáculo con una sonrisa, Tina, Nico y Eli miraban estupefactos a la líder.

—No os preocupéis, es normal —les intentó tranquilizar Tracey, aunque lo único que provocó fue que aquellos ojos atónitos se centrasen en él.

—Vamos, romeo, es hora de que nos vayamos.

Y así, jalando de la oreja de Brock mientras que gritaba, los demás siguieron a Misty fuera del Centro.

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Caminaban con normalidad, hablando de cosas banales mientras se dirigían disimuladamente hacia la plaza de la ciudad. Misty y Brock ocupaban casi toda la acera, aunque no circulaban muchos transeúntes para que pudiesen resultar un estorbo. La ciudad estaba más bien tranquila, y solo hacían notar su presencia los agentes de policía que pululaban por las calles, saludándolos amablemente cada vez que se cruzaban con ellos. A Misty le tranquilizó bastante el estado amigable de los oficiales. Aún seguía algo preocupada por su obstinada defensa a las Sombras de Kanto sin haberse percatado del otro espectador que pudo observar su encuentro con el encapuchado. Desconocía el paradero de Raynold pero, haciendo gala de su reputación, habría salido corriendo a los pies de Brand en cuanto se enterase de que se encontraba en la ciudad.

Y, como una cruel broma de su no muy grata suerte, Brand apareció en medio de la plaza en cuanto Misty y Brock entraron en ella. Para llegar al inmueble tenían que pasar por su campo visual, y la pelirroja no pudo evitar quedarse rígida al percatarse de su presencia. Pero, gracias a un apretón de manos de su amigo, pudo seguir adelante. Siguieron caminando casualmente, pero no podía evitar que un ligero temblor asomase por sus manos. No tenía miedo del inspector, pero conocía su obsesión por las Sombras y no quería que Brand pudiese presionarla para sacar información, o incluso que tomase acciones legales contra ella. O, antes que ella, contra su gimnasio. Esperó que los demás, quienes se habían dividido en grupos diferentes para llegar al centro comercial, no se hubiesen topado con él también.

Cuando llevaban medio trayecto recorrido y la esperanza había crecido hasta el punto de creer que conseguirían cruzar pasando inadvertidos, Brand levantó súbitamente su grotesca cabeza y fijó sus ojos amarillentos en Misty, quien no pudo evitar inmovilizarse tras aquella mirada. El inspector ignoró a los dos agentes que se encontraban hablando con él y se dirigió a paso firme hacia ellos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Brock dio un paso adelante.

—Buenos días —saludó Brock.

Tan solo recibió un gruñido por parte de Brand, y centró toda su atención en la pelirroja allí presente. Y ella, de nuevo con otra subida de rebeldía, encaró al inspector con la barbilla alta.

—Señorita Waterflower.

—Inspector.

Ambos se miraron mutuamente, y comenzaron un duelo de miradas.

—He estado hablando con el señor Raynold —dijo, y Misty perdió la batalla. No pudo evitar que sus pupilas vacilasen por un momento, temblando ante las palabras del inspector—. Y… quiere agradecerle el esfuerzo que hizo por protegerle. Se encuentra indispuesto y me pidió en persona que le felicitase, como si fuese un estúpido Pidgey mensajero.

Pero la líder ignoró el reclamo de Brand, y solo pudo mirar fijamente al inspector mientras analizaba la información, aún incompleta, que deseaba completar.

—¿Qué…? —fue lo único que pudo articular.

—Raynold nos contó lo que había pasado en lo alto del edificio ese —explicó—. Al parecer le salvaste de uno de esos inútiles del Team Rocket, ¿no es así?

—Sí, así es —contestó Brock en su lugar, y Misty acompañó su afirmación con un ligero asentimiento.

—Bien —contestó Brand, satisfecho—. Aún así, estoy seguro de que estuvieron las Sombras por aquí. Puedo oler su pestilente olor. Nos vemos luego, niñatos.

Y, así, Brand dio media vuelta y volvió al lugar que había ocupado con anterioridad, dejando a una pasmada Misty detrás suya. Aún no conseguía entender las palabras del inspector. ¿Raynold había encubierto a las Sombras? Recordaba perfectamente sus gritos, demandando que la Sombra se alejase de él. Tuvo que verlo perfectamente. Entonces, ¿por qué ha mentido a la policía sobre alguien que le atacó directamente y que, quizás, si no hubiese sido por ella, no habría podido encubrirlos?

Estuvo repitiendo las palabras de Brand en su cabeza mientras continuaban su, ahora ya tranquila, caminata. Cada vez todo parecía tomar menos sentido, tanto fuera como dentro de ella. De un día para otro, estaba inmiscuida directamente –porque así lo sentía- en el mundo de las Sombras pero, a la vez, estaba lejos de entender cómo funcionaba aquel mundo. Y el exterior no ayudaba a entenderlo.

Los cinco chicos se encontraros en la parte trasera del centro comercial, en una gran explanada cementada donde solían descargar los camiones para reponer los suministros a vender en los mostradores. Cuando se reunieron, Tina se dispuso a abrir la puerta, pero con pesar se dieron cuenta de que estaba cerrada. Sin embargo, Nico les tranquilizó mientras rebuscaba en su reciente adquirida mochila, sacando unas ganzúas de ella. Con gran precisión, logró abrir sin problema la cerradura y entraron todos en el edificio. Las luces estaban apagadas, por lo que no se podía percibir gran cosa, aparte de una negra oscuridad. Tina solucionó eso sacando una linterna de su mochila. Se fijaron en que se encontraban en una especie de cuarto, algo sucio, donde guardaban multitud de objetos: desde cajas apiladas, hasta objetos rotos, fregonas y escobas. Salieron de ello y se encontraron en la entrada del centro comercial, también sumido en la penumbra.

—Esperad un momento —les detuvo Gary antes de que avanzasen más hacia el centro de la planta baja—. Las alarmas.

—No se preocupe por eso, señor Gary —Nico sonrió—. Le he pedido a nuestro informático que las desactive.

—¿Informático?

—Así es. Se llama Vincent, aunque le llamamos Vin. Él es quien nos ayuda en nuestros robos. Desactiva alarmas, sabotea cámaras, apaga generadores… cosas así.

—Nicky —le llamó Tina—. No sé si es conveniente decir así nuestros métodos.

—Uy, perdón —Nico se llevó una mano a la nuca y rió, avergonzado.

Siguieron avanzando en una dirección concreta, hacia el ascensor. A pesar de no haber ninguna señal de que la electricidad corriese a través del edificio, las puertas del ascensor sí se abrieron tras su llamada pulsando el botón. Dentro todos, Nico sacó un destornillador de su bolsillo y desencajó una placa metálica situada al lado del panel de botones que permitía escoger la planta deseada. Aparecieron tres nuevos botones, con los números menos tres, cuatro y cinco. Pulsó el último y el ascensor, tras un pequeño temblor, cerró sus puertas y bajaron a través de la oscuridad hacia las zonas más recónditas del centro comercial.

El viaje fue algo pesado. Tras cesar el movimiento del ascensor, y sonar el característico sonido de llegada, las puertas se abrieron. Tina alumbró la sala y se encontraron, con sorpresa, de lleno con una gran puerta metálica. Era una sala pequeña donde la puerta del ascensor y aquel extraño portón confrontaban, ocupando casi todo el espacio. Nico y Tina tantearon la puerta por ambos lados, iluminados tan solo por la tibia luz del foco.

—Es gruesa —dictaminó Tina, cruzándose de brazos.

—Sí… —coincidió Nico—. Pero, ¿qué hace una cosa como esta aquí abajo?

—¿La caja fuerte? —preguntó Misty, observando aquel protón.

—Lo dudo —contestó Tina—. Es demasiado grande.

—Chicos, mirad esto.

Elizabeth se encontraba acuclillada junto al marco de la puerta. Le pidió prestada la linterna a Tina, e iluminó la zona que observaba. Era un pequeño panel electrónico por debajo de una pantalla, también de reducido tamaño.

—¿Una puerta electrónica? —preguntó Brock.

—Al parecer.

—Menos mal, estaba preocupándome. Esta es mi especialidad, dejadme espacio.

Nico se subió las mangas de su camiseta, a pesar de ser de manga corta, y se acuclilló junto al panel. Trasteó un poco con él y, asintiendo, volvió a erguirse, sacando una pokéball de su bolsillo.

—¡Adelante, Porygon2! —exclamó.

Ante su llamada, un pequeño pokémon con similitud a un patito apareció en medio de la reducida sala. Su pico, al igual que la parte posterior de su zona abdominal, sus patas y su cola era de color azul chillón, mientras que el resto de su cuerpo era de la misma intensidad, tan solo cambiando a rosa. El pokémon se acercó a Nico y empezó a acariciarle con su cabeza, a lo que el muchacho correspondió alegremente.

—Yo también te he echado de menos. Pero, ahora, necesito un favor —ambos, pokémon y entrenador, se pusieron serios. Porygon2 asintió ante el reclamo de su dueño—. Necesito que te cueles en el sistema electrónico de este monitor y nos abras la puerta. ¿Podrás hacerlo?

El pokémon pato asintió y, tras posicionarse en frente del panel luminoso, cargó contra él y desapareció en el instante en que su pico tocó el monitor.

—¿Vin no podía abrirlo? —preguntó Tina, dirigiéndose solo a Nico.

—No creo —dijo él, aún serio—. No está conectado al sistema electrónico del centro comercial. Sea lo que sea que haya allí, debe ser importante si está tan bien protegido.

A medida que pasaba el tiempo, la curiosidad iba reinando en la sala, a la espera de que Porygon2 lograse mostrar lo que aquel gran portón metálico guardaba tan celosamente. Sonó un chasquido, luego otro, y así sucesivamente hasta que la puerta comenzó a moverse, chirriando estrepitosamente. Misty se tapó los oídos, al igual que Eli, y se preocupó por si aquel escándalo pudiese llegar hasta la superficie.

Finalmente la puerta quedó completamente abierta, y Porygon2 se materializó de nuevo en la sala. Tras muchas felicitaciones por parte de Nico y Elizabeth, y un cálido abrazo de ambos, su entrenador retiró a su pokémon, y el grupo entró cautelosamente en la sala. Expectantes a la luz, Tina iluminó la sala que había quedado descubierta, pasando el destello a través de ella, alumbrando cajas enmohecidas y llenas de polvo. Movió la linterna a través de la sala varias veces, pero nada parecía ser relevante. El aire estaba cargado de humedad y vacio, siendo bastante desagradable para el olfato.

Cuando Tina decidió darse por vencida y afirmar que se habían equivocado, algo resonó en la sala, a través del pesado aire, hasta sus oídos. Una tos. Tina apuntó rápidamente su linterna hacia el foco del sonido, revelando una figura. Una figura humana, una persona que Tina reconoció enseguida. Él… él era…

—¡Padre!

Sin previo aviso, Elizabeth salió corriendo hacia la extraña figura con una velocidad anormal, casi desesperada. Se inclinó rápidamente hacia la figura, sujetándole por la cintura y los hombros. Su cabeza, que antes había estado apoyada en una de las putrefactas cajas, se ladeó hasta apoyarse en el hombro de la niña, y su rostro estuvo expuesto de manera clara hacia todos.

Brock soltó un respingo, Nico y Misty se quedaron mudos, y Gary no pudo más que soltar todo el aire que contenía de golpe.

—Giovanni… —es lo único que pudo articular.

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¿Es ella?

Así es.

Parece bastante normal.

Y lo es. No es más que una simple líder de gimnasio.

La fotografía de Misty se exponía claramente en todas las enormes pantallas que rodeaban la oscura sala, tan solo iluminada por la luz que emitían los monitores. Dos siluetas podían apreciarse en frente de la pantalla principal, observando con interés la fotografía de la líder de gimnasio de Ciudad Celeste.

Pues acabemos con ella ya, no costará mucho.

Aquella voz rió de forma funesta, casi cruel.

Paciencia, Benum. No vamos a eliminarla. Ella vale más que eso —la segunda voz hizo una ligera pausa—. ¿No crees que es bella? A pesar de tanta simplicidad… sus ojos son bonitos, aún más en persona.

Es vulgar como ella misma —una tercera voz femenina hizo acto de oírse.

Lo importante es que cumpla con su papel.

¿Crees que es buena idea? —torció la voz femenina—. Te guste o no, él es un comandante, como nosotros. No es alguien con quien debamos jugar tan fácilmente.

¿Eso crees? Querida Anguis, yo soy el creador del juego, y yo impongo las reglas a mi gusto. Este juego está ganado desde que moví el primer peón.

Lo que tú digas, Mathieu.

Pronto lo verás. Prepárate, Misty Waterflower, tú serás la brillante reina de mi tablero, la perdición del alfíl.

Y unos ojos carmesíes destellaron en la oscuridad, sin dejar de mirar la inocente fotografía de Misty Waterflower.

Continuará.


Disclaimer: Pokémon no me pertenece, es en su totalidad de Nintendo y Game Freak.

¡Siento haber tardado tanto! Realmente este capítulo estaba casi completo la semana pasada, pero estos días han sido horribles y no he tenido tiempo para poder acabarlo. Pero bueno, como se suele decir, ¡mejor tarde que nunca!

Me gustaría agradecer de todo corazón los reviews recibidos. Me encanta leeros, y con cada palabra me impulsáis para continuar escribiendo. ¡Ah, y antes de que se me olvide! Querría aclarar que contesto todos los reviews por MP pero, si preferís que lo haga aquí al final de cada capítulo, solo tenéis que decírmelo.

¡Muchas gracias, y espero que nos volvamos a leer pronto!