Holaaaaaaaa q tal vamos? Bien ? Mal? Jeje espero q se bien, espero q esten bien y espero les guste est capi...
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 4
A las doce menos cuarto de la mañana, Rosalie esperaba en la comisaría del distrito veinticinco. No la extrañaba mucho que la hubieran llamado. Los cuatro miembros de la banda que había tiroteado a Dimitri Méndez estaban encerrados en celdas separadas. De ese modo podrían sudar a solas los cargos de asesinato en primer grado, complicidad en asesinato, posesión ilegal de armas, posesión de sustancias prohibidas y los demás cargos que aparecían en la ficha de arresto. Sin la oportunidad de corroborar las historias de sus compañeros.
A las nueve en punto la había llamado el defensor público de Alec Parino. Sería la tercera reunión que mantuvieran. En cada una de las anteriores, se había mantenido firme en su negativa a realizar un trato. El abogado defensor pedía el mundo, y el propio Alec se mostraba agresivo, desagradable y arrogante. Pero en cada ocasión que habían compartido la sala de interrogatorios había notado que Alec sudaba con más profusión.
El instinto le decía que tenía algo que intercambiar, pero que estaba dominado por el miedo.
Por estrategia propia, Rosalie había aceptado la reunión, aunque la había demorado un par de horas. Daba la impresión de que Alec se hallaba listo para ceder, y como lo tenía arrinconado gracias a la posesión del arma del delito y a dos testigos presenciales, más le valía que le ofreciera algo valioso.
Empleó el tiempo de espera mientras lo sacaban de la celda para repasar las notas sobre el caso. Como las podía recitar de memoria, la mente vagó a lo sucedido la noche anterior.
Se preguntó qué clase de hombre era Emmett McCarthy. El tipo que subía a una mujer renuente a su limusina después de cinco minutos de conocerla y luego dejaba el vehículo a disposición de ella durante dos horas y media. Recordó la divertida sorpresa al salir del Palacio de Justicia a la una de la mañana y descubrir la limusina larga y negra con su chófer taciturno y fornido, que la esperaba con paciencia para llevarla a casa.
Por orden del señor McCarthy.
Aunque no lo había visto por ninguna parte, había sentido su presencia durante todo el trayecto desde el centro de la ciudad hasta su apartamento del West End.
«Es un hombre poderoso», pensó en ese momento. «En su aspecto, en su personalidad y en su atractivo masculino». Miró alrededor de la comisaría y trató de imaginar al hombre elegante con su leve aura de hombre duro, enfundado en el esmoquin, trabajando en ese lugar.
La comisaría veinticinco estaba situada en una de las zonas más conflictivas de la ciudad. El lugar en el que, así descubrió cuando quiso saciar su curiosidad, había trabajado el detective Emmett McCarthy durante casi los seis años enteros que perteneció al cuerpo de policía.
Reflexionó que era difícil juntar al hombre seductor y obstinadamente encantador con el linóleo sucio, las duras luces fluorescentes y el olor a sudor y a café frío que se mezclaba con el ambientador con fragancia a pino.
A él le gustaba la música clásica, ya que por los altavoces de la limusina había sonado Mozart. Sin embargo, había permanecido años entre los gritos, las maldiciones y las incesantes llamadas telefónicas de la veinticinco.
Por la información que había leído al acceder a su historial, sabía que había sido un buen policía, a veces temerario, pero que jamás había cruzado la línea. Al menos no que figurara en su ficha, en la que abundaban las menciones honoríficas.
Su compañero y él habían desarticulado una red de prostitución que se cebaba con jóvenes fugadas de sus casas, tenían el reconocimiento de arrestar a tres importantes hombres de negocios que habían dirigido una operación clandestina de juego que castigaba a sus clientes poco afortunados con indecibles torturas, habían capturado a traficantes de droga, insignificantes y destacados, y habían desenmascarado a un policía corrupto que empleaba su placa para extorsionar a los comerciantes de la Pequeña Asia a cambió de protección.
Luego habían trabajado de incógnito para desmontar uno de los carteles de droga más importantes de la Costa Este. Y esa misión había terminado con ellos.
«¿Es eso lo que lo hace tan fascinante?», se preguntó. «Que parezca que el hombre sofisticado y rico sea solo una ilusión debajo de la cual está el policía duro que había sido? ¿O pasados los años de servicio a la ley como una simple aberración, había vuelto a su entorno privilegiado? ¿Quién es el verdadero McCarthy?».
Movió la cabeza y suspiró. Últimamente había meditado mucho en las ilusiones. Desde la noche aquella en el callejón en que había visto la aterradora realidad de su propia mortalidad y había sido salvada, a pesar de que creía firmemente en que se habría podido salvar a sí misma, por alguien a quien mucha gente consideraba un fantasma.
Pensó que Némesis era real. Lo había visto, oído, incluso la había irritado. No obstante, cuando lo recordaba, le parecía como el humo. Si hubiera alargado la mano para tocarlo, ¿lo habría atravesado?
«Qué tonterías. Voy a tener que dormir más si el exceso de trabajo me provoca estos vuelos de fantasía en pleno día».
Pero, de algún modo, iba a volver a encontrar a ese fantasma.
-Señorita Hale.
-Sí -se levantó y le ofreció la mano al joven defensor público de aspecto inquieto-. Hola otra vez, señor Simmons.
-Sí, bueno... -se subió unas gafas de montura gruesa por el puente de la nariz-. Le agradezco que aceptara esta reunión.
-Corte el rollo -detrás de Simmons, Alec estaba flanqueado por dos agentes uniformados. Tenía una mueca desdeñosa en la cara y las manos esposadas-. Hemos venido a establecer un trato, así que dejemos las florituras.
Con un gesto, Rosalie abrió el camino hacia una pequeña sala de interrogatorios. Dejó el maletín en la mesa y se sentó. Cruzó las manos. Con su severo traje azul marino y blusa blanca, parecía una educada belleza sureña. Pero sus ojos, tan oscuros como el algodón de su traje, ardían mientras observaban a Alec. Había estudiado las fotos de la policía sobre Dimitri y había visto lo que el odio y un arma automática podían hacerle a un cuerpo de dieciséis años.
-Señor Simmons, ¿es usted consciente de que, de los cuatro sospechosos que se enfrentan a condena por el asesinato de Dimitri Méndez, su cliente es el que tiene la papeleta para recibir el máximo castigo?
-¿Pueden quitarme esto? -Alec alzó las manos esposadas.
Rosalie lo miró.
-No.
-Vamos, nena -le lanzó lo que imaginaba que era una mueca sexy-. No me tendrás miedo, ¿verdad?
-¿A usted, señor Alec? -sonrió pero habló con un tono heladamente sarcástico-. En absoluto. Todos los días aplasto a alimañas desagradables. Sin embargo, usted debería temerme a mí. Soy yo quien va a sacarlo de circulación -volvió a mirar a Simmons-. No perdamos otra vez el tiempo. Los tres sabemos qué hay en juego. El señor Alec tiene diecinueve años y será juzgado como un adulto. Aún queda por determinar si los demás serán juzgados como adultos o menores -sacó sus notas, aunque no las necesitaba-. El arma del asesinato fue encontrada en el apartamento del señor Alec, con sus huellas.
-La pusieron allí -insistió Alec-. Nunca en mi vida la había visto.
-Guárdese eso para el juez -sugirió Rosalie-. Dos testigos lo sitúan en el coche que pasó por la Tercera y Market a las doce menos cuarto del dos de junio. Esos mismos testigos han identificado al señor Alec en una rueda de reconocimiento como el hombre que se asomó del coche y le hizo diez disparos a Dimitri Méndez.
Alec comenzó a jurar y a gritar sobre los chivatos, sobre lo que les haría cuando saliera. Sobre lo que le haría a ella. Sin molestarse en alzar la voz, Rosalie continuó con la vista clavada en Simmons.
-Tenemos a su cliente acusado de asesinato en primer grado. Y el estado solicitará la pena de muerte -cruzó las manos sobre sus notas y asintió-. Y ahora, ¿de qué quiere que hablemos?
Simmons se aflojó la corbata. El humo del cigarrillo que fumaba Alec flotaba en su dirección y le irritaba los ojos.
-Mi cliente tiene información que estaría dispuesto a revelarle a la oficina del fiscal del distrito -carraspeó-. A cambio de inmunidad y de la reducción de los cargos que pesan ahora sobre él. De asesinato en primer grado a posesión ilegal de un arma de fuego.
Rosalie enarcó una ceja y dejó que el silencio se prolongara.
-Estoy esperando que concluya el chiste.
-No es una broma, hermana -Alec se inclinó sobre la mesa-. Tengo algo que ofrecer y será mejor que escuche.
Con movimiento deliberado, Rosalie guardó las notas en el maletín y lo cerró.
-Usted es basura, Alec. Nada, nada que pueda ofrecer volverá a sacarlo a las calles. Si cree que puede pasarme por encima en la oficina del fiscal, piénselo mejor.
Simmons se incorporó cuando ella se dirigió hacia la puerta.
-Señorita Hale, por favor, ¿no podemos discutir el asunto?
-Claro -giró y lo miró-. En cuanto me haga una oferta realista.
Alec soltó una obscenidad que hizo que Simmons palideciera y Rosalie lo observara con ojos fríos.
-El estado lo acusará de asesinato en primer grado y solicitará la pena de muerte -expuso con calma-. Créame cuando le digo que me cercioraré de que su cliente sea arrancado de la sociedad como si fuera una sanguijuela.
-Me libraré -le gritó Alec. Tenía los ojos desencajados al levantarse-. Y cuando lo haga, iré por ti, zorra.
-No se librará -lo miró desde el otro lado de la mesa. Sus ojos estaban fríos como el hielo y en ningún momento titubearon-. Soy muy buena en mi trabajo, Alec, el cual consiste en poner a animales rabiosos como usted en jaulas. En su caso, no tendré misericordia. No se librará -repitió-. Y cuando esté sudando en el corredor de la muerte, quiero que piense en mí.
-Asesinato en segundo grado -pidió Simmons con celeridad, y recibió el aullido salvaje de su cliente.
-Vas a venderme, hijo de puta.
Rosalie soslayó a Alec y estudió los ojos nerviosos de Simmons. Percibía que allí había algo.
-Asesinato en primer grado -insistió-, con la petición de cadena perpetua en vez de la pena de muerte... siempre y cuando tenga algo que mantenga mi interés.
-Deje que hable con mi cliente, por favor. Concédanos un minuto.
-Desde luego -dejó al sudoroso defensor público con su desquiciado cliente.
Veinte minutos más tarde, volvía a plantarse ante Alec del otro lado de la mesa llena de marcas. Se lo veía más pálido y sereno mientras apuraba un cigarrillo hasta el filtro.
-Muestre sus cartas, Alec -aconsejó.
-Quiero inmunidad.
-De cualquiera de los cargos que pudieran caerle por la información que me brinde. De acuerdo -ya lo tenía justo donde quería.
-Y protección -comenzó a sudar.
-Si está justificada.
El vaciló y jugueteó con el cigarrillo y el cenicero de plástico. Pero estaba arrinconado y lo sabía. Veinte años. Su abogado le había dicho que probablemente obtendría la libertad condicional en veinte años.
Veinte años en el agujero eran mejor que la silla eléctrica. Cualquier cosa lo era. Y a un tipo listo podía irle bien en el agujero. Y él se consideraba bastante listo.
-He estado haciendo algunas entregas para unos tipos. Tipos importantes. Transportes en camiones desde los muelles hasta una elegante tienda de antigüedades en la ciudad. Pagan bien, muy bien, de modo que sabía que había algo en las cajas aparte de jarrones buenos -incómodo con las esposas, encendió otro cigarrillo con la colilla del que acababa de terminar-. Eso me impulsó a echar un vistazo. Abrí una de las cajas y vi que estaba llena de coca. Jamás había visto tanta nieve. Unos cincuenta kilos. Y era pura.
-¿Cómo lo sabe?
Se humedeció los labios y sonrió.
-Saqué una de las bolsas y me la metí debajo de la camisa. Te lo repito, había suficiente coca para llenar la nariz de todo el estado en los próximos veinte años.
-¿Cómo se llama la tienda?
-Quiero saber si tenemos un trato -volvió a humedecerse los labios.
-Si la información se puede verificar, sí. Si es un engaño, no.
-Timeless. Así se llama. Está en la Séptima. Entregábamos una, quizá dos veces por semana. No sé cuándo llevábamos coca o antigüedades.
-Quiero algunos nombres.
-El tipo con el que trabajaba en los muelles se llamaba Ratón. Simplemente Ratón, es lo único que sé.
-¿Quién lo contrataba?
-Un tipo. Entró en Loredo, el bar del West End donde paran los Demons. Dijo que tenía un trabajo si mi espalda era fuerte y sabía mantener la boca cerrada. De modo que Ray y yo lo aceptamos.
-¿Ray?
-Ray Santiago. Es uno de los nuestros, los Demons.
-¿Qué aspecto tenía el hombre que os contrató?
-Pequeño, tirando a nervioso. Bigote grande, un par de dientes de oro. Entró en Loredo con un traje caro, pero a nadie se le ocurrió meterse con él.
Ella tomó notas, asintió y le sonsacó información hasta dejarlo seco.
-De acuerdo, lo comprobaré. Si ha sido honesto conmigo, descubrirá que yo lo seré con usted -se puso de pie y miró a Simmons-. Estaré en contacto.
Al salir de la sala de interrogatorios, la cabeza le palpitaba. Tenía una sensación de confinamiento, que le sucedía siempre que trataba con gente como Alec.
«Por el amor del cielo, tiene diecinueve años», pensó mientras le devolvía la placa de visitante al sargento de la recepción. Apenas era mayor para votar, sin embargo, había matado a otro ser humano sin ningún miramiento. Sabía que no experimentaba remordimiento. Los Demons consideraban esos incidentes como un ritual tribal. Y ella, como representante de la ley, había hecho un trato con él.
Al salir a la tarde calurosa se recordó que el sistema funcionaba de esa manera. Cambiaría a Alec como si se tratara de una ficha de póquer y esperaría conseguir una presa mayor. Al final, Alec pasaría el resto de su juventud y parte de su vida adulta en la cárcel.
Esperaba que la familia de Dimitri Méndez considerara que se había hecho justicia.
-¿Mal día?
Sin dejar de fruncir el ceño, giró, se protegió los ojos del sol y vio a Emmett McCarthy.
-Hola. ¿Qué hace aquí?
-La esperaba.
Ella enarcó una ceja y analizó la respuesta apropiada. Ese día McCarthy llevaba un traje gris, de excelente corte y caro sin ostentación. Aunque la humedad era intensa, su camisa blanca parecía impecable. El nudo de la corbata gris de seda era perfecto.
Daba la impresión de ser precisamente quien era. «Hasta que lo miras a los ojos», concluyó. «Entonces, ves que las mujeres se sienten atraídas por él por un motivo más básico que el dinero y la posición social».
-¿Por qué? -respondió con la única pregunta que parecía adecuada.
-Para invitarla a comer -sonrió.
-Es muy amable, pero...
-No come, ¿verdad?
-Sí, casi a diario -era evidente que se reía de ella-. Pero en este momento estoy trabajando.
-Es usted una dedicada funcionaria pública, ¿verdad, Rosalie?
-Eso me gusta pensar -captó suficiente sarcasmo en su voz para retraerse un poco. Bajó a la calle y alzó el brazo para llamar un taxi-. Fue muy amable al dejarme su limusina anoche -se volvió y lo miró-. Pero no era necesario.
-A menudo hago lo que otros consideran innecesario -le tomó la mano y, con solo una leve presión, le bajó el brazo-. Si no a comer, a cenar.
-Suena más a orden que a invitación -habría apartado la mano, pero parecía infantil entablar una contienda de voluntades en la calle-. A cualquier hora, he de declinar. Esta noche trabajo hasta tarde.
-Mañana, entonces -sonrió con expresión cautivadora-. Una invitación, abogada.
Costaba no sonreírle cuando la miraba con humor y... ¿soledad?... en los ojos.
-Señor McCarthy. Emmett -se corrigió antes de que lo hiciera él-. Los hombres persistentes por lo general me irritan. Y usted no es una excepción. Pero, por algún motivo, creo que me gustaría cenar con usted.
-La recogeré a las siete.
-Perfecto. Le daré mi dirección.
-La tengo.
-Desde luego -la noche anterior el chófer de él la había dejado ante la puerta de su casa-. Si me devuelve la mano, me gustaría parar un taxi.
No cedió de inmediato, sino que bajó la vista a su mano. Era delicada y pequeña, como el resto de ella. Sin embargo, en sus dedos había fuerza. Llevaba las uñas cortas, bien redondeadas y con una capa de esmalte transparente. No lucía anillos ni pulseras, solo un reloj fino y práctico que notó que era exacto hasta el minuto.
Alzó la vista a sus ojos. En ellos vio curiosidad, un poco de impaciencia y, otra vez, cautela. Se obligó a sonreír mientras se preguntaba cómo un simple contacto de manos podía haberlo acelerado de forma tan descarada.
-La veré mañana -la soltó y se apartó.
Ella asintió, sin confiar en su voz. Al subir al taxi, se volvió. Pero él ya no estaba.
jajaja quieren saber q sigue y como va esa cena ? Jajaja yo se q sii
Besos
