Disclaimer: Todo le pertenece a S. Meyer. Fanfiction sin ánimos de lucro.

Pairings: EdwardxBella/JacobxBella/AlicexJasper/RosaliexEmmett

Aclaraciones que aparecieron en los Reviews: Charlie y Reneé NO están separados. Emmet es hermano de Bella. Y ella se fue a vivir sola a Forks, en un departamento de la propiedad Swan. Recuerden que es un AU.

Otra aclaración, si se cambian los puntos de vista, será notificado al inicio del capítulo. Ahora si los dejo con el siguiente capítulo. Muchas gracias.


Capítulo IV: Maldito Adonis engreído y dulce.

Eché la llave a la cerradura y abrí la puerta. Entré al vestíbulo y encendí la luz, me di cuenta que no oía pasos detrás de mí, por lo que me di vuelta. Edward se encontraba en el umbral de la puerta y aún no entraba. Sentí mis mejillas arder y colorearse de un intenso rojo. Viviendo sola, y preocupada con el estudio, hacía un tiempo que no ordenaba totalmente mi departamento.

- Lamento el desorden yo… - comencé a balbucear con vergüenza.

- ¿Quién habló de desorden? – preguntó Edward con una ceja arqueada-. Eres casi tan ordenada como yo, me impresionó eso.

- ¿Te impresionas porque una mujer es ordenada? Debería ser yo la sorprendida, mi hermano era un desastre. Y creo recordar haber visitado, al menos una vez, la habitación de Jasper ¡y era un desastre!

Se rió entre dientes y me olvidé como respirar por unos segundos.

- Lo de Jazz es cierto, es tremendamente desastroso – me sonrió y se situó a mi lado-. ¿Y bien?

- ¿Y bien qué? – pregunté con un hilo de voz. Si pudiera oír el latido de mi corazón en este momento, probablemente se estaría riendo demasiado.

- ¿No me prestarás el teléfono para llamar a Jasper y pedirle que venga a por mí?

- ¡No! – chillé y volví a sentir más fuerte el calor en mi cara. Él estaba sonriendo y deslumbrándome-. Digo, ¿qué clase de persona sería si no te diera algo, al menos, para compensar que me trajiste aquí?

Aquello pareció sorprenderle. Lo miré pensar y dudar. ¿Qué rayos había hice?

- De acuerdo, muchas gracias Bella.

Me sonrió y tuve que darme la vuelta si quería mantener mi respiración controlada. Lo conduje hasta la cocina y le indiqué, con un ademán de la mano, que tomara asiento. Me obedeció sin rechistar y fui hacia el refrigerador. Busqué unos momentos las latas de gaseosa, pero el refrigerador estaba casi vacío. Nota mental: En cuanto se valla, ir a comprar refrigerios. Cerré la puerta y me senté frente a el. Le lancé su refresco por el aire, y lo atrapó sin problema alguno.

- ¿En todo eres bueno? – pregunté fastidiada. Me intimidaba que fuera tan bueno en todo.

- Si. ¿Algún problema? - me cuestionó con una ceja alzada y una sonrisa traviesa surcando su perfecto rostro.

- No… Bah, si. – dudé-. Me intimida bastante.

Sin darme cuenta, él estaba a mi lado y con la cabeza a la altura de la mía, mirándome a los ojos.

- ¿Qué más te provoco, aparte de intimidarte? – juraba que estaba como intentando leer lo que pasaba por mi cabeza. Se veía tan concentrado en mis ojos. Ellos siempre me delataban.

- Me deslumbras… - contesté en un murmullo y sonrojada. Lo vi sonreír con la sonrisa que me derrite. Se acercó más a mi rostro.

- Me alegra ello – su aliento chocó contra mi piel. Hasta ese momento no había notado que era muy frío. En sus ojos verdes centellaba algo que no podía descifrar. Volvió a sonreír-. Será mejor que me marche. Tienes demasiados deberes y creo que debes salir a comprar algunas cosas, ¿me equivoco?

- No, no te equivocas – realmente pareciera que me leyera los pensamientos. Lo vi sacar un celular y marcar un número-. ¡Eh! – lo acusé con un dedo cuando el se levantaba y se iba al otro extremo de la cocina-. Tenías forma de llamar a Jasper. ¿Por qué lo hiciste?

Me sonrió y me guiñó un ojo.

- Eh, Jazz. Necesito que me vengas a buscar a la casa de Bella – esperó para continuar-. Si, todo tranquilo. ¿En diez estás por aquí? – silencio-. Ok está bien. Saludos. – colgó.

- ¿Y bien? – pregunté aún enfadada con él.

- En unos minutos está por aquí – le noté sonreír-. ¿Me acompañarás hacia la puerta?

- ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo te irías sino? – replique con molestia.

- Pues – se puso a mi lado y me habló al oído-. Me quedaría aquí por siempre, contigo.

Inhalé una buena cantidad de aire y me dirigí a la puerta principal, justo al tiempo en que Jasper llegaba. Edward salió y me echó un beso volador. Cuando subió, Jazz me saludó con la mano y desaparecieron a toda velocidad por la esquina. Solo en ese momento me permití exhalar.

- Estúpido Adonis engreído- mascullé.


El resto de los días pasaron sin complicaciones algunas. Y el tan ansiado día viernes llegó. A la salida del Instituto, nos fuimos todos hacia la casa de Alice. Nunca había conducido yo mima hasta allí, por lo general me llevaban, puesto que pensaban que me perdería. Edward continuó con su caballerosidad frente a Alice y Jasper, pero cuando estábamos solos, era un casanovas. Me costó horrores darle la negativa a que él me llevara hasta su casa. El solo hecho de pensar que podríamos estar solos, una vez más, me hacía estremecer de inquietud. El viaje me pareció bastante más largo de lo normal. De vez en cuando, podía ver que los ojos de Edward, mirándome por el espejo retrovisor, desprendían una mirada de frustración. Sabía que odiaba la lentitud. Reí para mi misma y maldije por distraerme. Los chicos habían doblado hacia el interior del bosque y yo casi me había pasado. El camino serpenteaba entre los árboles y ensuciaba todo con barro. Finalmente, pude divisar esa casa de ensueño. La casa de la familia Cullen. Mi segunda familia.

Aparcamos todos en el garaje. Como no, se encontraban allí el Mercedes del padre de Alice y el Porche de ella. Metí las llaves del monovolumen a la mochila del Instituto, y la eché debajo del asiento. Cuando bajé de mi coche, escuché la puerta principal abrirse. Me viré con una sonrisa en la cara. En el porche, se encontraba la madre de Alice, Esme. Era una preciosa mujer, su cara redonda y en forma de corazón irradiaba amor, sus cabellos broncíneos como su hijo estaban sujetados levemente, y sus ojos verdes centellaban de felicidad. Nos sonrió a todos y nos observó con cariño, pero cuando se paró específicamente en mí, su sonrisa se ensanchó. Corrí hacia ella y la abrace. Después de todo, era mi madre aquí en Forks, desde el principio.

- ¡Bella, cuando me alegra verte!

- Lo mismo digo,Esme – contesté sonriendo. Detrás mio se pararon los otros tres.

- También me alegro de verte Jasper.

- Señora, a mí me ve casi todos los días – bromeó Jasper-. Mi hermana se siente, un poco celosa por ello.

- Dile a Rose que puede venir cuando guste, es su casa también – le regañó como una madre-. Los amigos de mis hijos me saludar efusivamente, pero mis hijos no. Debo ser muy mala madre… - fingió tristeza, pero funcionó para sus hijos.

- ¡Hola mamá! – saludaron Alice y Edward al mismo tiempo y besando sus mejillas.

- Así está mejor – rió Esme-. Diganme chicos, ¿viernes de películas en la casa Cullen?

. Sip – contestó Alice danzando al interior de la casa.

Todos la seguimos adentro. Era una habitación espaciosa, con la pared trasera con ventanales inmensos. Estaba pintado todo de blanco, con los pisos en mármol claro. Lo único de color, que resaltaban en esa habitación, eran los muebles, el televisor y un piano de cola. Nunca me había percatado en él, para mí eso no estaba ahí. Esme me pilló observándolo.

- Es de Edward – comenzó-. Cuando se marchó a estudiar a Volterra… - se cortó con los ojos bañados en lágrimas. Me había enterado de lo mucho que lo echaron de menos. Se me encogió a mi también el corazón.

- Cuando me marché – continuó Edward con un tono de sufrimiento y mirando a ningún punto en especial-. Mi madre lo sacó de aquí. Le hacía mal mirarlo – se acercó al piano lo acarició y se sentó en el banquito mirando las teclas-. Cuando Alice supo que volvía, y se lo comentó a ellos, lo volvieron a dejar en su lugar…

De repente Edward se calló la boca, y dejó a sus dedos jugar con las teclas. La melodía que emitía era hermosa, llena de amor, respeto, agradecimiento. Reinaba el silencio, solo nos llenaba la melodía. Escuché a Esme sollozar y la abracé. Tenía su rostro bañado en lágrimas. Alice y Jasper se nos unieron, también conmovidos. La melodía terminó y el silencio cayó en todos nosotros, absortos en nuestros propios sentimientos.

- Desde el día en que Edward se marchó que no escuchaba esta melodía – una voz nos tomó sorprendidos a todos.

Me giré a ver al Dr. Cullen. Ninguno se había percatado en que él había vuelto. Lo conocía demasiado bien, pero igual me asombraba su belleza. Carlise Cullen, de tez pálida, ojos miel, como Alice, y el cabello del mismo color, era el médico de la ciudad desde que llegué. En realidad desde siempre, pero yo recién ahí lo conocí. Era un médico famoso mundialmente, por lo que nadie comprendía que hacía aquí en este pueblito. Supongo que no quería irse de su hogar. Cuando volvió a hablar, me sacó de mis pensamientos.

- Es la canción que le escribió a Esme – besó a su mujer y le sonrió-. Siempre se pone melancólica cuando la escucha.

- Oh, calla, Carlise – le regañó su señora.

- Disculpa por irme, madre – dijo Edward con los ojos brillantes de tristeza. Podía notar que estaba haciendo fuerza para no llorar.

- No hay por qué disculparse – le contestó cariñosa Esme, secándose las lágrimas.

- ¡Es cierto! – intervino Alice, ahora tan feliz como siempre-. ¡Hora de ver películas! – chilló agitando tres DVD's delante de todos nosotros.

Elegimos ver Drácula, de Bram Stoker. Nos sentamos en los sillones que había. Eran dos de un cuerpo y uno de cuatro. Por lo que Carlise y Esme se sentaron en los individuales, y nosotros cuatro en el grande. Irónico, ¿no? Ésta semana había soñado que Edward era un vampiro y quería chuparme la sangre y ahora me encontraba sentada entre él y Alice. Me estremecía en cada parte que hubiera sangre. Y no podía evitar ocultar mi rostro en el hombro de Edward, al que sentía temblar por su risa sofocada. La película terminó y yo suspiré aliviada. No iba a poder aguantar ni siquiera diez minutos más. Cuando Alice nos preguntó cuál sería la siguiente, no dudamos en elegir Batman, el caballero de la noche.

Así pues, entre películas, charlas, risas, y comida. La noche del viernes se pasó volando. Era demasiado tarde como para que Jasper y yo nos volviéramos, así que nos quedamos en la casa.

- Espero que no sea mucha molestia – comenté a Esme avergonzada.

- No es molestia aluna, cariño. A Carlise y a mí nos encanta que la casa esté tan llena – me contestó mientras me hacía entrar al cuarto de invitados.

Era raro, ninguno era de colores oscuros, exceptuando éste, que era de un hermoso azul oscuro. El cobertor de la cama, las sábanas y las cortinas de la habitación estaban en diferentes colores de azules. Todo en perfecto equilibrio.

- ¿Lo ha decorado usted? – no pude evitar preguntarle. Esme rió.

- ¿Cuantas veces te dije que no me trates de usted? Me haces sentir vieja – me asombré por ello y reí con ella-. Y si, lo he decorado y diseñado yo misma.

- Es preciosa…

- Muchas gracias, Bella. Buenas noches.

- Buenas noches, Esme.

Jasper dormiría con Alice en su cuarto, por lo que me encontraba sola. Entré al baño en suite que tenía y me di una ducha caliente y rápida. Cepillé mi cabello y me lavé los dientes. Cuando salí, un camisón de seda me esperaba sobre la cama, con ropa interior y todo.

- Gracias, Alice – comenté en voz baja y juraría que escuché su melodiosa risita duera de la alcoba.

Me cambié y me metí a la cama. Sin esperar mucho, caí en brazos de Morfeo. Volvió a empezar el sueño de la otra vez.

Corría por el bosque tropezando una y mil veces con las ramas del suelo. Tenía las rodillas y las palmas de las manos todas magulladas, y la ropa raída y embarrada. No sabía porque corría, solo tenía esa necesidad dentro de mí, mientras que sentía que mis mejillas se humedecían por las lágrimas. Dejé de correr cuando llegué a un claro redondo, vacío y hermoso. Me senté en un tronco y comencé a sollozar. Sentía miedo. Sin embargo aún no sabía el causante. De repente, una respiración alertó mis sentidos, un escalofrío me recorrió la espina dorsal y pude oler el peligro. Me sentía acechada y temerosa.

En un abrir y cerrar de ojos, estaba al otro lado del claro, con un joven de pelo broncíneo cerca de mi cuello. Él alzó la vista y se encontró con la mía. Ya no eran sus hermosos orbes verdes, eran de un rojo escarlata. El color de la sangre. Debajo de ellos, había unas muy marcadas ojeras. Y su piel era marmórea. Sonrió con suficiencia y dejó notar unos afilados colmillos. Abrí desmesuradamente los ojos cuando se volvió a acercar. Sentí sus dientes perforar mi piel y en ese momento grité hasta que me quedé sin aire. Todo se volvió negro, lo único que pude pronunciar fue su nombre

- Edward…

Abrí los ojos y noté como unos esmeraldas me miraban con preocupación. Escuché un rayo y el ruido de la lluvia y me agité aún más.

- ¡Edw… - iba a gritar pero su palma tapó mi boca.

- Shhh – me silenció-. No grites, Bella. Estas despierta, fue una pesadilla no más.

Comencé a respirar más acompasadamente. Estaba despierta, era cierto. Edward no me estaba cenando. Intenté tranquilizarme, pero la tormenta no ayudaba en nada.

- ¿Qué haces aquí? – pregunté demasiado bajo. Tal vez no pudo oírme. Sólo tal vez.

- Te escuché gritar entre sueños. Tu habitación está enfrente a la mía ¿recuerdas? – asentí con la cabeza avergonzada-. Agradece que nadie más te haya oído. Pudiste haberlos despertados a todos.

- Lo siento – me disculpé rápidamente. Oté que no me observaba con molestia, sino aún con preocupación.

- Volviste a soñar que era un vampiro – no era una pregunta, lo estaba afirmando-. Hay Bella, ¿qué haremos contigo? Ves una película de vampiros y sueñas que todo el mundo quiere comerte – se rió de su propia broma.

- No todo el mundo, solo tú – respondí con molestia.

- ¿Te causo miedo? – preguntó curioso y ¿temeroso?

- No. Solo soñé con eso… Las tormentas no me agradan, siempre me hacen sentir incómoda y tener pesadillas.

- De acuerdo. Pero ahora debes dormir – me regañó bajito.

- ¿Te irás?

- ¿Quieres que me quede? – preguntó atónito.

- Solo hasta que me duerma, por favor – supliqué. En días así necesitaba mucho de Emmett.

- Cuando quieras – contestó.

Apoyé mi cabeza en la almohada y me corrí para que él se recostase a mi lado. Le escuché tararear una melodía, diferente a la de Esme, una más hermosa aún. Me dejé abandonar a los brazos de Morfeo, y juraría que me acariciaba los cabellos. Luego de esa pesadilla, y aún con la melodía de Edward en mis sueños, pude dormir en paz.


Tomates, críticas, rosas. Por el go.