dISCLAImer: SS no me pertenece… (snif)

Ha vuelto, capítulo final.

-¿Y tú qué haces acá? – preguntó Shiryu al ver entrar a Shun en la habitación, mucho antes del amanecer.

-No resultaron las cosas – murmuró Shun – Ella lo prefirió a él.

Parecía estar a punto de llorar, como cuando era más joven. Shiryu, que tenía corazón de abuelita, se conmovió.

-Ven acá, Andrómeda. Hiciste lo correcto y te sacrificaste por tu amigo.

Le abrió los brazos y lo acunó unos momentos, fingiendo no darse cuenta de las lágrimas de su amigo.

A esa misma hora, Seiya miraba las estrellas mientras esperaba que unos conejos cayeran en su trampa.

Hilda miraba también las estrellas, pero buscando una inspiración para vengarse del hombre que la había despreciado.

Y Hyoga, que había sentido el perfume de Shun cuando abrazó a Fler, prefirió obviar el tema y confiar, por fin, en ella.

Horas después, Nat caminaba lentamente por el pasillo del palacio, con una bandeja en las manos. Había decidido llevarle el desayuno a su madre, como una forma de reconciliarse con ella por el problema del día anterior. Nat ya anticipaba la reacción de su madre: Sonreiría alegremente, le preguntaría que a qué hora se había levantado, la abrazaría y la dejaría acostarse junto a ella algunos minutos. Una forma perfecta de empezar el día.

Claro que no contaba con que la puerta estaría cerrada con llave. Pensó que se le habría quedado así sin querer y dejando la bandeja en el suelo, sacó una ganzúa que siempre llevaba consigo.

Lo que vio la dejó casi traumada: su madre estaba mirando por la ventana, contemplando el amanecer abrazada al caballero del Cisne. Nat no era ninguna ingenua y le pareció obvio que habían pasado la noche juntos. Los celos le nublaron la mente y arrojó la bandeja al piso.

-¡Mamá! ¿Qué hace él acá? ¿No recuerdas lo mal que te trató ayer?

Ambos se giraron a mirarla con una estúpida sonrisa de felicidad. Nat supo que había perdido.

-No hables así de él… - dijo su madre, mirando con adoración al caballero, que le correspondió de igual manera. Nat decidió que si se besaban, vomitaría - ¿Nos trajiste el desayuno, querida? Oh, se rompió… No importa.

Nat pestañeó. ¿No iba a poner el grito en el cielo por arrojar la bandeja?

-¿Qué tal si vamos los tres al pueblo a tomar desayuno? – propuso el del Cisne, ofreciéndole una mano a la chica – necesitamos hablar los tres, y lo mejor es hacerlo con el estómago lleno.

Nat se alejó de ellos y los miró con desconfianza.

-NO me muevo hasta que me digan qué diablos pasa acá – dijo Nat.

-Es tan terca como tú… - suspiró Fler.

-Yo diría que salió a ti – repuso Hyoga – Natassja, tenemos que hablar…

-Nat. Natassja es nombre de niñita, y yo soy un guerrero. Llámame Nat.

-Natassja es un hermoso nombre – respondió Hyoga – es el nombre de mi madre, de tu abuela…

-Qué ridículo… - empezó a decir Nat, hasta que se dio cuenta de lo que pasaba. La mirada ansiosa de su madre le empezó a perforar el cerebro. Y entonces se hizo la luz en ella: su cabello rubio, sus poderes, su nombre, todo le pertenecía a ese guerrero rubio que estaba junto a su madre. Su padre extranjero.

Agotada, se sentó en el piso, mientras su madre se inclinaba junto a ella.

-Algún día te contaremos exactamente como pasó todo, querida, pero ahora deberíamos dedicarnos a sentirnos felices. Al fin tenemos una familia, Nat. ¿No es maravilloso?

-Siempre tuvimos una familia, mamá. Tú eras mi familia, jamás lo necesitamos a él – murmuró la chica, mirando con rencor al guerrero.

Fler la abrazó.

-Sí lo necesitamos, no sabes cuánto, pero ahora todo va a cambiar, querida Natassja.

-Voy a estar junto a ti todo el tiempo para compensarte por mi ausencia, y me ganaré tu perdón – susurró Hyoga, agachándose junto a la chica pero sin atreverse a tocarla.

-Ya veremos – dijo Nat, levantándose – Estaré en mi habitación. Tengo que pensar. ¿Aún tengo derecho a pensar, verdad? ¿O van a salir con otro secreto?

Salió dando un portazo. Fler se sentó en la cama y se secó el sudor.

-No lo tomó tan mal, ¿verdad? – dijo Hyoga.

-No, no lo tomó tan mal, y eso me preocupa.

-Todo se arreglará – susurró él.

Una hora después, Hyoga dejaba la habitación de Fler tratando de pasar desapercibido. Pero Seiya, que se paseaba buscando ratas, lo pilló.

-¡Ah, picarón! Así que al fin le viste el ojo a la papa – dijo Seiya, abrazándolo con una mano mientras con la otra le quebraba el pescuezo a la rata.

-Más respeto con la madre de mi hija – repuso Hyoga, que estaba ansioso de comentarle a alguien la noticia - ¡Mi hija! ¿Puedes creerlo? Tengo una familia, Seiya…

Seiya puso cara de cachorrito.

-Pensé que nosotros éramos tu familia.

-Sí, pero es distinto. Estoy ansioso por contárselo a los demás. ¡Nos vemos!

Dejó a Seiya en el pasillo, que se quedó pensando. De pronto, sonrió alegremente y corrió para alcanzar a Hyoga mientras chupaba el cerebro de la rata.

Lo alcanzó recién cuando llegaba a la habitación. Shiryu y Shun recién se estaban despertando.

-¡Chicos, tengo noticias! – exclamó, saltando en la cama de Shiryu.

-¿Ya te enteraste de que Nat es tu hija? – preguntó Shun, medio dormido.

Hyoga dejó de saltar y Shiryu miró con reproche a Shun.

-¿No podías dejar que él lo dijera? – lo retó – El pobre venía tan feliz a darnos la noticia y tú, boca floja, le arruinas todo.

-No sé cómo no te diste cuenta antes, Hyoga – dijo Shun – Era demasiado obvio. La pregunta es qué milagro pasó que te hizo saberlo al fin.

Hyoga se sentó en la cama con expresión soñadora.

-Anoche le pedí perdón a Fler. Pasamos la noche juntos, y entonces me lo dijo – Al oír eso, Shun bajó la cabeza, con una sonrisa triste - Y hoy en la mañana se lo contamos a Nat. Lo tomó bastante bien, sólo rompió una bandeja y algo de loza.

-Hay que comunicárselo a Athena – dijo Shiryu, pensativo – Se supone que ella debe supervisar todas las relaciones de los santos, y conocer y aprobar a sus hijos…

-Sí, yo también sabía eso – terció Seiya – Por eso creo que no será necesario que yo vaya a Atenas a ver a Saori. Ella puede venir acá. ¡Podemos reunirnos muy pronto!

No se fijó en las miradas de preocupación que cruzaron Shun, Shiryu y Hyoga.

-Es una estupenda idea. Saori no puede negarse a venir, pues debe conocer a Nat. Y yo me mantengo mucho mejor en esta tierra de Asgard.

-Tiene lógica – murmuró Shun – es como si de mantuviera la carne podrida en el congelador.

Seiya pasó por alto la acotación de Shun.

-Hay que llamar de inmediato a Saori. Debería estar acá lo más pronto posible… ¿estará bien en tres días? Necesitamos consultarlo con Hilda. ¿Puedes hacer eso tú, Shiryu?

-Seiya, no creo que sea muy adecuado – repuso Shiryu.

-Tonterías. Sé que Saori debe estar tan ansiosa como yo de reunirnos, y si no vino es porque no ha encontrado una buena razón. Pero ahora tiene la buena razón. ¿O tengo yo que hacerlo todo? – preguntó, mirando desafiante a Shiryu.

-Hablaremos con Hilda – dijo Shiryu.

-Bien, debo irme a conseguir cerebros, digo, proteínas, para recuperarme luego – Seiya salió feliz por la ventana de la habitación.

-Buena la hiciste – dijo Hyoga, molesto – Ahora verá a Saori con Ikki y se dará cuenta de todo.

-Más vale ahora que después – se defendió Shiryu – Y además, fue culpa tuya por reconciliarte con Fler. Más vale que te calles y me ayudes a imaginar qué podemos hacer para que no sea tan doloroso el golpe.

-Deberíamos decirle todo ahora – opinó Shun – y que cuando llegue Saori lo sepa todo y no ande rondándola como un zombie enamorado. La va a asustar.

-No tienes corazón – le reprochó Hyoga – El que tú no te hayas enamorado no quiere decir que nadie más lo haga.

Shun suspiró notoriamente y decidió no responder.

-Pero además de conseguir la autorización de Hilda deberías reconciliarte con tu hija - señaló Shiryu, mirando severamente al Cisne. Éste bajó la cabeza.

-No sé qué hacer. Supongo que podemos conectarnos por el lado de la lucha, pero no es el tipo de relación que quiero tener con mi primogénita. Ella parece odiarme…

-No te odia. ¿Cómo va a hacerlo, si no te conoce? – trató de consolarlo Shiryu.

-Sí, sólo piensa cómo te sentías tú con respecto a tu padre cuando eras un niño – repuso malignamente Shun. Hyoga se lo quedó mirando.

-Entonces, me odia – susurró desesperanzado.

Fler habló con Nat y consiguió que, al menos, no mirara con odio a Hyoga. Pero en la cena de esa noche, no logró que le dirigiera la palabra.

Hilda estaba radiante. La idea de que Saori viniera a conocer a Nat le parecía estupenda. Nat era su adoración, y el saber que ahora sería reconocida por la Diosa Athena la llenaba de orgullo. Y además, la llegada de Saori le daba una idea para vengarse de Hyoga sin dañar a Fler ni a Nat.

Lo dañaría mediante Seiya. Todo el dolor que Seiya sintiese sería como una puñalada para Hyoga. También para Shun y Shiryu, pero eso a ella no le importaba. Hyoga era quien debía pagar por su desprecio.

Tan entretenida estaba en sus planes de venganza que autorizó a Pamiana y Pominia para organizar una fiesta de gala en honor a Saori, que llegaría en tres días más.

No había podido negarse esta vez, pues era una invitación formal. Además, tenía mucha curiosidad por conocer a la pequeña Nat. Ya le había comprado doce muñecas.

Después de la cena. Hilda se retiró temprano. Shun y Shiryu se quedaron con las mellizas y Bud a organizar los detalles de la fiesta. Hyoga se fue a pasear con Fler por el jardín, seguidos de cerca por Nat que, cada vez que los veía demasiado cariñosos, se ponía a toser como si se le fueran los pulmones por la boca, hasta que Fler se hartó y la mandó a su habitación.

La chica obedeció mansamente, pero se quedó con la oreja pegada en la puerta para oír cuando su madre y – ugh – su padre entraran en la habitación de Fler.

-Apuesto a que van a dormir juntos – murmuró la chica cuando los sintió llegar. Un chasquido de un beso se oyó claramente y Nat hizo un gesto de desprecio. Pensaba que los enamorados eran los seres más ridículos del planeta.

Había hecho ya su equipaje. Estaba dispuesta a huir. Se había convertido en un estorbo y no estaba dispuesta a tolerarlo. Ya ellos tendrían más hijos y se olvidarían de ella.

Salió despacito por la puerta, pero deseando, en el fondo, que alguien la pillara. Nada pasó. Llegó al jardín y se despidió de las plantas favoritas de su madre, sintiéndose muy desgraciada. Cuando llegó a los linderos del palacio, tuvo hambre y sacó sus provisiones. Hizo una fogata y entonces, mientras se calentaba un guiso, comenzó a soñar despierta.

Imaginaba que se iba muy lejos, a otro reino, donde reconocían sus habilidades como guerrero. Se convertía en el comandante más joven y se enfrentaba a grandes enemigos. Entonces, en una de esas batallas el comandante enemigo la retaría a un duelo y ella se plantaría firmemente frente a él, lanzándole un rayo de hielo, ¡como éste!

Nat se puso de pie y, entusiasmada, comenzó a lanzar pequeños rayos de hielo.

-¿Quién demonios me está atacando? – dijo alguien.

Nat se sobresaltó y trató de mirar, pero el resplandor de la fogata la enceguecía. Una figura esbelta y firme salió de la espesura del bosque. Llevaba una bolsa en la mano.

Su apostura era la de un guerrero. Nat, que aún estaba metida en sus ensoñaciones, sonrió con suficiencia. ¡Era el comandante enemigo!

-Señor, lucharemos con justicia e igualdad para defender el honor de nuestros reinos – dijo la chica.

-¿De qué rayos hablas, amiga? – respondió el otro con voz alegre – Ah, pero si eres la hija de Hyoga. ¿A qué estás jugando, pequeña?

Nat pestañeó y miró con atención al hombre que ya estaba a su lado. Era el hombre más hermoso que había visto. Sus ojos castaños parecían arder, y su desordenado cabello oscuro brillaba alegremente. Su piel era igual a la de las armas de bronce y su boca parecía hecha para besar.

¿Besar? ¿En qué demonios estoy pensando? – se dijo Nat.

-No creo que sea adecuado que juegues acá, puede ser peligroso. ¿Volvamos al palacio?

Nat, atontada, sólo atinó a asentir con la cabeza. Seiya recogió las cosas de la chica y apagó la fogata.

-¿Cómo te llamas, pequeña?

Nat reaccionó a la palabra "pequeña".

-No soy pequeña, tengo trece años. Hay damas que se han casado a los trece años. No soy una niña – se defendió.

Seiya reprimió una sonrisa.

-Tienes razón, no eres pequeña. Y yo tengo, en cierta forma, poco más que tú. Tengo catorce, o quince. Perdí la cuenta. ¿Cómo te llamas, hija de Hyoga?

-Soy Nat. Natassja.

-Es un hermoso nombre. Como el de tu abuela – dijo él, guiñándole un ojo – Yo soy Seiya. ¿Estarás en la fiesta de pasado mañana, Natassja? ¿La que es en honor a Saori?

Cuando él dijo "Saori" le brillaron los ojos y Nat, con un nuevo instinto, supo que ella era su rival. Y la odió desde ese entonces.

-Pues sí que estaré – dijo la chica, tratando de guiñar el ojo de vuelta.

-Pero no estarás así, supongo – dijo él, señalando su traje – Pareces un chico con esa ropa. ¿Podremos verte con un vestido lindo, verdad?

Ella enrojeció y sonrió, tocándose el corto pelo, lamentando que no fuera largo y sedoso como el de las primas de Bud.

-Mira, llegamos a las puertas del palacio. Aquí te dejo, peque… digo, Natassja. Nos vemos en la fiesta.

Le dio un beso en la cara y la chica no atinó a decir nada. Sólo pensó que el leve tufo de carne podrida que el chico expelía era el mejor perfume del mundo.

Hyoga y Fler dormían plácidamente cuando un peso que cayó fuertemente en la cama los despertó sobresaltados.

Era Nat, que los miraba muy seria.

-Hay una fiesta pasado mañana – dijo ella - ¿Por qué yo no tengo un vestido apropiado? – preguntó, mirando alternativamente a su madre y a su padre.

-Nat, a ti no te gustan los vestidos – dijo Fler, medio aturdida aún.

-Te compraré el vestido que quieras – repuso rápidamente Hyoga, ganándose una mirada de aprobación de Nat.

-Y zapatos. Necesito zapatos, y perfume, y maquillaje.

-Lo encargaremos todo por Internet, o puedo traérlelo del extranjero. A Francia, si gustas – ofreció Hyoga, ansioso.

Con esas palabras se ganó una sonrisa de la chiquilla. Se sintió triunfador.

-Tengo el pelo demasiado corto – se quejó ella, nuevamente.

-Te compraré una peluca – dijo Hyoga, sin pensar. La chica lo miró con horror.

-Te haré masajes para que crezca un poco – ofreció Fler, esperanzada.

Esta vez ella se ganó la mirada de aprobación.

-Y necesito aprender a bailar – anunció la chica.

-Te compraré un equipo de música. Parlantes, un mp4…

-Te enseñaré a bailar.

-Está bien – dijo Nat, levantándose de la cama – Y también quiero que me llamen Natassja. Nat parece nombre de niño. Y soy una chica. Buenas noches, mamá, buenas noches, papá.

Les lanzó un beso y se fue. Hyoga y Fler se miraron, extrañados.

-Es la adolescencia – decidió Fler después de un rato. Y más tranquilos, volvieron a dormir.

La mañana siguiente, Hyoga se levantó muy temprano y después de conseguir la talla de Natassja, se llevó a Shun a Francia en un jet para conseguir lo que la chica necesitaba. Volvió esa tarde con un cargamento de lo que Shun llamó "una manera materialista de tratar de paliar la ausencia de trece años". La chica pareció apreciarlo, pues recibió todo radiante de alegría.

Había sido un día agitado para ella, entre clases de baile, cocina, piano, y todo lo que una doncella debería saber. Hilda le dijo que era imposible que aprendiera en un día lo que se negó a aprender por diez años, pero de todas formas le enseñó a "caminar con gracia y nobleza".

El chisme del palacio era la súbita transformación de Nat en Natassja. Algunos lo atribuían a un hechizo, otros a un contrahechizo. Otros decían que estaba traumada por conocer sus verdaderos orígenes. Nadie le atinó a la verdad.

Saori llegó al día siguiente, en la mañana, con lentes oscuros y una de las muñecas que le traía a la hija de Hyoga. Ikki venía detrás, cargado con las once muñecas restantes.

Abrazó a Hilda, luego a Fler, y finalmente a la chiquilla, que la miró de arriba abajo comparándose con ella. Decidió que era muy vieja y que no podría ganarle. Recibió la muñeca con rostro inexpresivo y casi fulminó con la mirada a Ikki cuando éste intentó entregarle el resto de los juguetes.

Hilda, que tenía muy bien planeado todo, se llevó aparte a Saori y le dijo que ya sabía lo que había entre ella e Ikki, que lo entendía muy bien y no la juzgaba, pero que no deseaba que sus súbditos se enterasen y por eso la iba a alojar junto con Ikki en una habitación alejada de las demás, cuya única ventana daba a un jardín por el que nadie paseaba. Así que podría gritar todo lo que quisiera y dejar la ventana y la puerta abierta si se le antojaba, pues nadie se daría cuenta de nada de lo que pasara entre ella y su "guardaespaldas".

Le guiñó ostensiblemente un ojo y la fue a dejar a la habitación.

Saori e Ikki se reunieron con los demás para desayunar. Nat se excusó de asistir y se dedicó todo el desayuno a espiar a Saori por una ventana y tratar de copiar sus movimientos. Se arrepintió de no haberle pedido una peluca a Hyoga. Ahora podría imitar la elegante sacudida de Saori para acomodar su abundante cabellera.

Seiya, que se había enterado de la llegada de Saori, engullía cerebros como loco, tratando de parecer totalmente normal para la cena de esa noche. Se extrañó un poco de que Saori no tratara de visitarlo, pero después se convenció a sí mismo de que era porque estaba demasiado nerviosa.

Eso sí, por si acaso, pidió que bajaran la iluminación del salón de fiestas.

Finalmente, llegó la hora de la fiesta. Shun y Shiryu arreglaron a Seiya, aplicándole una buena cantidad de desinfectante para disimular el leve tufillo a carne podrida. Le ordenaron el pelo con gomina y disimularon un par de heridas con maquillaje.

Saori, que apenas sí había pensado en Seiya, trataba de obtener de Ikki una mirada de aprobación paseándose frente a él con un collar de diamantes. Pero luego dieron la hora de la cena, y tuvo que vestirse para bajar.

Hyoga y Fler esperaban pacientemente a que Nat estuviera contenta con alguna combinación traje-zapatos-maquillaje. Finalmente, la combinación número uno fue la elegida, después de haber probado veinte. Natassja se miró ansiosamente al espejo y, aunque no reconoció a la chica que estaba reflejada, le agradó mucho.

Hilda se reía sola esperando que los comensales llegaran. Ya tenía decidida su venganza y pronto podría ver el rostro de Hyoga contrayéndose por el dolor de saber el dañño que su actitud causó en el destino de su amigo.

Toda la nobleza del reino estaba invitada a la cena y al baile posterior. Aunque todos iban a ver a Saori, la que se llevó los aplausos fue Nat, por la novedad que significaba verla como chica. Y Seiya, por supuesto, ya que todos deseaban saber qué había sido de ese chico zombie que había aparecido hace unos meses.

Fler había preparado unos platos especiales para Seiya, que no apartaba la vista de Saori, preguntándose por qué el recibimiento de ésta era tan frío, si hace más de diez años que no se veían… decidió preguntarle durante el baile.

Nat, entre tanto, apenas comía vigilando los movimientos de Seiya, y no se percataba de las miradas de admiración y de las burlas de sus compañeros de entrenamiento.

-Disculpa por no haberte sentado junto a Ikki, querida Saori – dijo Hilda en un momento – pero es que temí que no pudiesen aguantar las ganas de meterse mano… digo, ¡qué horror! ¿Qué clase de expresión es esa? Lamento tanto haber dicho eso, querida, espero que me disculpes – dijo de repente Hilda, lo bastante fuerte para que sólo Seiya la pudiera escuchar.

Eso hizo nacer una sospecha en Seiya. Y no le costó darse cuenta de que Ikki y Saori evitaban mirarse.

"Pero eso no significa nada" – trató de convencerse – "ella tampoco me mira a mí".

Shun, mientras jugaba con su plato, contemplaba silenciosamente a Hyoga que reía junto a Fler.

-Esos dos no deberían ser tan obvios, es una vergüenza que se comporten así en público – murmuró Hilda, casi en el oído de Seiya.

-Están enamorados – dijo Seiya, creyendo que se refería a Fler.

-Ella es una diosa y él un simple mortal. ¡Un escándalo! – volvió a murmurar Hilda, mirando de soslayo a Seiya.

Él trató de convencerse de que ella estaba equivocada, pero la duda se abría paso en su mente.

Finalmente llegó la hora del baile. Ignorando a la sonriente Nat, Seiya se acercó a Saori y le pidió bailar con ella.

La diosa aceptó disimulando su nerviosismo. Se sentía medio profanadora de cunas bailando con ese chico de apariencia tan juvenil. Pero siempre tenía la esperanza de que Ikki demostrara aunque fuera un poquito de celos.

-Ha pasado mucho tiempo – dijo él, después de un rato.

-Sí. Y han pasado tantas cosas, Seiya.

-Pues para mí no ha pasado nada, Saori. He vuelto para ser tu guardián, tu esclavo, lo que quieras que yo sea. En mí nada ha cambiado – agregó, mirándola con sus intensos ojitos lagañosos.

Trató de apretarla un poco. Ella se removió, incómoda.

-No es adecuado bailar de esa forma. Mejor vamos afuera, ¿sí?

-¿Te da vergüenza que te vean conmigo? ¿O es que prefieres bailar con Ikki?

-Él no me apretaría. Y deja de gritar, que la gente nos está mirando. Vamos afuera.

Saori se soltó de él, y Seiya se la quedó mirando, dudando si seguirla o no. Entonces, una manito le tocó el hombro.

-¿Podríamos bailar nosotros ahora? – preguntó Nat, con una sonrisa esperanzada.

Era tan alegre e ilusionada la expresión de la chica que Seiya no se sintió con el ánimo de desanimarla, así que aceptó.

-¡Hola, Natassja! Luces muy bien. Te ves mucho más linda con vestido que con pantalones.

-Gracias. Tú también te ves muy guapo – respondió ella, sonriendo – NO sé bailar muy bien, pero aprendo rápido.

Ella lo pisó un par de veces y él aguantó estoicamente el dolor, mientras respondía a sus preguntas. En eso, Shun los vio.

-Ah, el amor de juventud – murmuró, y volvió a leer el libro de teología en el que estaba enfrascado.

Dieron las doce y la música paró de repente. Hilda explicó que estaba prohibido por Odín que las fiestas duraran más que el día, así que debían todos volver a sus habitaciones.

Nat se despidió de Seiya, y aunque trató por todos los medios de conseguir un beso en la boca, sólo obtuvo uno en la mejilla.

Hilda se acercó disimuladamente a Seiya, y le dijo:

-Saori habló conmigo, y a pesar de lo maleducado que fuiste con ella, te dará una nueva oportunidad. Anda al jardín del ala oeste, y allí estará ella esperándote. Si no está, su ventana es la única que da a ese jardín. ¡Ánimo, valiente guerrero!

Hilda había mezclado en las bebidas de Saori e Ikki un afrodisíaco, de manera de asegurarse que Seiya los viera en una actitud tal que evidenciara la relación entre ellos. Sonrió malginamente.

Esa noche, en la habitación asignada por Hilda, Saori se acercó a la ventana y la abrió. El jardín estaba desierto, tal como Hilda había prometido.

-La luna llena llama al amor – dijo ella, mirando amorosamente a Ikki. Éste le dio la espalda.

-No es luna llena, es cuarto menguante. Y esa llama a dormir temprano para volar de vuelta a Japón en la madrugada.

-Eres tan poco romántico. Debería elegir a Seiya.

-Adelante, alégrame el día. Llámalo.

-Ya es de noche, bobo – se rió ella, y lo abrazó – No sé por qué, pero no te cambiaría por nada.

Él la abrazó de vuelta.

-Debo estar loco, pero yo tampoco te cambiaría.

Los ruidos que se sintieron a continuación no dejaban lugar a dudas de lo que estaban haciendo esos dos. Y aunque la conciencia le decía que lo mejor era bajar de la pared y dejar de oír, un extraño sentimiento de masoquismo impulsaba a Seiya a continuar allí, escuchando como ellos dos se demostraban su amor.

Cuando ellos terminaron, Seiya se dejó caer pesadamente en el suelo y vomitó. La cabeza le daba vueltas, y no se sorprendió de ver una oreja junto al vómito fresco. La tomó y se la metió a un bolsillo.

Ella ya no era su diosa, él no era su santo, y no tenía una razón para seguir allí.

Tambaleándose se acercó al calabozo que le había servido de habitación los últimos meses. Nat, esa chica tan dulce, lo esperaba en la entrada. Aún llevaba su vestido de fiesta.

-Quise entrar a verte y no estabas. Te traje galletas, o tartaletas, no estoy segura. Yo las hice – dijo la chiquilla, mostrándole una mazamorra poco apetitosa.

Seiya le sonrió sin ganas. Un diente le saltó de la boca y cayó en la mazamorra.

-Será mejor que te vayas a casa, pequeña. No será agradable de ver esto que me está pasando – susurró.

Sentía que se podría rápidamente, que la vida (o sea lo que fuera que le daba energía) se le estaba escapando minuto a minuto.

Nat, al verlo inclinarse con una mueca de dolor, lo sostuvo y lo llevó adentro.

Seiya sentía que se quedaba sin aire en los pulmones. Le costaba hablar, pero alcanzó a susurrarle a la pequeña que llamara a Shun.

Nat lo trajo lo más rápido que pudo. Shun, al ver el estado en que estaba Seiya, quiso que la chica permaneciera afuera, pero ella se negó tajantemente.

-Soy capaz de aguantar lo que sea. Y sé que puedo ayudar – dijo ella.

Seiya tomó la mano de Shun. Éste se estremeció ante el tacto viscoso del Pegaso, pero no se apartó.

-Aire… - gimió Seiya.

Nat ubicó el respirador artificial, lo acercó y ubicó la mascarilla en la boca de Seiya.

-Vi a Saori con tu hermano, y sé que ya no tengo misión en este mundo. Por eso me voy, Shun. Nadie me necesita.

Shun le apretó la mano y sintió como los huesos se deshacían.

-No digas tonterías, Seiya. Déjame llamar a Shiryu, él sabrá qué hacer para…

-No hay nada que hacer, Shun – dijo Seiya -. No les dije nada, pero volví porque le gané a la Muerte una partida de dados. Le dije que tenía una misión, el verdadero amor… y ella me dijo que si lo perdía, entonces volvería a su reino. Ya no tengo el amor de Saori, Shun. La Muerte me está reclamando.

-Entonces llamemos a Shiryu, para que se despida de ti, y…

-No quiero que Shiryu me vea de esta forma. Ni Hyoga. Tú eres más realista, sabías a lo que venías. Me di cuenta cuando te vi con esa máscara ridícula, parecías perro pequinés.

Shun sonrió entre las lágrimas. Nat, que había permanecido algo apartada, se acercó entonces a Seiya.

-Dile a la Muerte que sí encontraste al verdadero amor. Yo te amo, Seiya.

Él sonrió con dulzura.

-Me conociste hace dos días, pequeña. ¿Cómo puedes estar enamorada?

-El tiempo pasa rápido y hay que aprovecharlo. Y yo sé que estoy enamorada – dijo la chica, filosóficamente.

Seiya pensó unos instantes.

-Quizás si lo hubiera pensado antes, pequeña. Pero ya es demasiado tarde. Se me acaban las fuerzas.

-NO seas tonto, puedes revivir, ya lo hiciste una vez – dijo la chica, enojada, apretando el pecho de Seiya, que cedió ante su contacto.

Los pulmones de Seiya quedaron aplastados y ya no pudo hablar. Shun aparto a la chica.

-¡Seiya, prométeme que volverás! ¡Juega de nuevo con la Muerte! ¡Puedes regresar! ¿Verdad que lo harás?

Seiya sólo pudo sonreír tristemente mientras su cuerpo se deshacía a una velocidad asombrosa. Después de unos minutos, sólo quedó de él una masa humeante de color indefinido.

Nat hundió el rostro en el hombro de Shun mientras sollozaba inconsolable.

FIN

Epílogo

Shun depositó los restos de Seiya en el bosque, bajo un árbol. Nat lo acompañó. Juntos susurraron una oración, cada uno a un dios distinto, pero esperaban que igual sirviera.

Les explicaron a los demás que se había evaporado como el rocío en la mañana. No quisieron que sufrieran con la verdad. Nadie se extrañó demasiado, porque esperaban que algo así pasara. Después de todo, no era normal que un muerto volviera a la vida.

Saori no lamentó demasiado la desaparición de Seiya. Incluso tuvo que reprimir una demostración de alivio. Pero tuvo el buen tino de donar dinero a varios orfanatos en memoria del desaparecido Seiya.

Nat anduvo melancólica durante toda una semana. Pero después, al viajar con sus padres a España, encontró un libro que enseñaba a comunicarse con los muertos, y se animó con la idea de volver a encontrarse con Seiya algún día.

Hilda no tuvo la venganza que deseaba, porque Hyoga no se veía más triste que Shun, Seiya o Fler; pero como ya se le había olvidado la razón de su furia, decidió graciosamente dejarlo en paz.

Shun meditó mucho sobre el significado de la vida, de la muerte y del amor. Seiya había vencido a La Muerte gracias a l amor. Y él, mientras, había pasado gran parte de su vida evitándolo.

Quizás era hora de enfrentarse a sus demonios.

Nota de la autora: Gracias por leer y por los reviews! Y disculpen la tremenda, eterna, enorme demora, es que la musa estaba yaoizada y no se me ocurría nada.

Nos vemos!