De Telecinesia, Análisis y Consecuencias, por el Decano K. L. McGuffin (Science Yearbook):
Por supuesto que hoy todavía existen científicos -lamentablemente, los investigadores de la «Duke University» están en la vanguardia de ellos- que rechazan las aterradoras implicaciones subyacentes en el caso de Sam Puckett. Como la «Flatlands Society», los Rosacruces y los «Corlies» de Arizona, que tienen la certeza de que la bomba atómica no funciona, estos desdichados se pasean ante el rostro de la Lógica con la cabeza metida en la arena. El lector me perdonará esta mezcla de metáforas.
Por supuesto que uno comprende la consternación, las voces que se alzan inquietas, las cartas indignadas y las discusiones en las asambleas científicas. La idea de la telecinesia ha sido un trago amargo para los hombres de ciencia debido a todos esos accesorios de película de horror que la rodean: tableros de espiritismo, médiums, golpes én las mesas y cuerpos astrales, pero la comprensión no perdona la irresponsabilidad científica.
Las consecuencias del caso Puckett suscitan graves y difíciles interrogantes. Un terremoto ha estremecido nuestras ordenadas nociones sobre la manera en que suponemos que el Universo funciona y reacciona. ¿Se puede hacer responsable, incluso a un físico de prestigio como Gerald Luponet, por alegar que todo el asunto era un truco y un fraude, aun frente a las abrumadoras pruebas que presentó la Comisión Puckett? Porque si lo de Sam Puckett es la verdad, entonces, ¿qué pasa con Newton... ?
Sam y su madre estaban sentadas en la sala, escuchando a Tennessee Ernie Ford cantar Let the Lower Lights Be Burning en un fonógrafo «Webcor» (que mamá llamaba «vitrola» o, cuando estaba de muy buen humor, «vitro»). Sam estaba instalada frente a la máquina de coser y accionaba el pedal mientras cosía la manga de un nuevo vestido. Mrs. Puckett, sentada bajo el crucifijo de yeso, hacía un paño de encaje y seguía con el pie el ritmo de la canción, que era una de sus favoritas. Mr. P. P. Bliss, que había escrito ese himno y otros, aparentemente innumerables, era uno de los notables ejemplos de la mano de Dios sobre la Tierra. Había sido marinero y pecador (dos términos que eran sinónimos en el vocabulario de mamá), un blasfemo, uno que se reía en la cara del Todopoderoso. Entonces se había levantado una tremenda tormenta en el mar y el bote había estado a punto de zozobrar y Mr. P. P. Bliss había doblado sus pecadoras rodillas ante una visión del infierno que se abría para recibirlo bajo el lecho del océano y había elevado una plegaria. Mr. P. P. Bliss prometió a Dios que, si lo salvaba, le dedicaría el resto de su vida a P-l. La tormenta, por supuesto, se calmó de inmediato.
La clemencia del Padre brilla.
desde su elevado faro,
pero nos deja el cuidado
de las luces de la orilla...
Todos los himnos de Mr. P. P. Bliss tenían cierto sabor marinero.
El vestido que se estaba haciendo era, en realidad, muy bonito, de un color vino oscuro -lo más cerca del rojo que le permitía su madre-, y las mangas anchas. Trataba de mantener su mente concentrada exclusivamente en la costura, pero, por supuesto, ésta vagaba.
La luz que colgaba del techo era. potente, intensa, amarilla, el polvoriento sofá de felpa estaba por supuesto desierto (Sam no había recibido nunca la visita de un chico), y en la pared del extremo dos figuras parecidas: el Cristo crucificado y, bajo P-l, su madre.
De la escuela había llamado a la lavandería y ella había venido a casa a mediodía. Sam la había observado mientras subía por el sendero,- y su estómago se había contraído.
Era una mujer alta y fuerte y siempre llevaba sombrero. Recientemente se le habían comenzado a hinchar las piernas y parecía que sus pies estaban siempre a punto de desbordar sus zapatos. Vestía un abrigo de tela con un cuello de piel también negro. Sus ojos azules se veían aumentados tras sus lentes bifocales sin montura. Acarreaba siempre un enorme bolso en el que guardaba su monedero, su billetera (ambos negros), una gran Biblia (también negra) con su nombre en letras doradas y un montón de panfletos unidos por una tira elástica. Generalmente, los panfletos eran anaranjados y la impresión se veía llena de manchas. Sam sabia vagamente que su madre y su padre habían sido baptistas en un tiempo, pero que había abandonado la Iglesia al convencerse de que los baptistas estaban haciendo la labor del Anticristo.
Desde ese momento, todo el culto se había llevado a cabo en casa. Su madre organizaba servicios religiosos los domingos, los martes y los viernes. Ella los llamaba días santos. Mrs. Puckett era el ministro y Sam los fieles. Las ceremonias duraban entre dos y tres horas.
Su madre había abierto la puerta y penetrado en la casa con expresión impasible. Sam y ella se habían mirado, separadas por las reducidas dimensiones del vestíbulo de entrada, como dos pistoleros antes de un duelo. Fue uno de esos breves momentos que parecen (temor es posible que hubiese temor en los ojos de mamá) mucho más largos cuando se los recuerda.
La madre cerró la puerta tras ella.
-Eres una mujer -dijo en voz baja.
Sam sintió que su rostro se retorcía contraído y no pudo evitarlo:
-¿Por qué no me lo dijiste? -gritó-. ¡Oh, mamá, estaba tan asustada! Y todas las chicas se rieron de mí y me arrojaron cosas y...
Su madre se había estado acercando y en ese momento su mano se alzó ágil y veloz, una mano dura, callosa, llena de músculos. La golpeó en la mandíbula con el dorso y Sam, llorando a gritos, cayó sobre el suelo del vestíbulo.
-Y Dios hizo a Eva de la costilla de Adán -dijo Mrs. Puckett. Sus ojos se veían muy grandes a través de sus gafas, como dos huevos escalfados. Golpeó a Sam con el lado del zapato y ésta dio un grito-. Levántate, mujer, vamos a rezar. Roguemos a Jesús por nuestras almas de mujeres, débiles, perversas y pecadoras.
-Mamá...
Los sollozos eran demasiado violentos y no había lugar para más. La histeria latente se había manifestado en medio de muecas y palabras ininteligibles. No podía ponerse de pie. Sólo conseguía arrastrarse hacia la sala con el cabello colgando sobre la cara mientras profería su llanto estrepitoso y áspero. De vez en cuando, su madre le daba una patada. Así cruzaron la sala en dirección al altar, que se encontraba en una pequeña habitación que había servido .de dormitorio.
-Y Eva fue débil y... dilo, mujer, ¡dilo!
-No, mamá, por favor, ayúdame...
El pie osciló. Sam dio un grito.
-Y Eva fue débil y soltó el cuervo por el mundo -continuó la madre- y el nombre del cuervo era Pecado y el primer pecado fue el trato carnal. Y el Señor castigó a Eva con una maldición y ésa fue la maldición de la sangre. Y Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso y penetraron en el mundo y Eva encontró que su vientre se había hinchado, pues esperaba un hijo.
El pie alcanzó las nalgas de Sam y ésta dio de narices contra el suelo de madera. Ya llegaban al cuarto en que se encontraba el altar. Sobre una mesa cubierta con un paño de seda bordado había una cruz y unas velas blancas a cada lado de ella. Detrás se veían varios cuadros de Cristo con sus apóstoles, de esos que se han pintado por miles. Y hacia la derecha estaba el peor lugar de todos, la cueva del terror, la prisión en la que toda esperanza, toda resistencia a la voluntad de Dios y a la de su mamá- se desvanecía. La puerta del armario empotrado se abría con una mueca burlona. En su interior, bajo una horripilante bombilla azul que permanecía siempre encendida, estaba la versión de Darrault del famoso sermón Pecadores en manos de un Dios airado, de Jonathan Edward.
-Y hubo una segunda maldición, y ésa fue la maldición del parto, y Eva dio a luz a Caín con sangre y sudor.
En ese momento, la madre la arrastró, medio en pie medio a gatas, hasta el altar donde ambas cayeron de rodillas. La mujer agarró con fuerza la muñeca de Sam.
-Y después de Caín, Eva dio a luz a Abel, pues todavía no se había arrepentido del pecado de trato carnal. Y fue así como el Señor castigó a Eva con una tercera maldición y ésa fue la maldición del homicidio. Caín se alzó y mató a Abel con una roca.. Y, con todo, Eva no se arrepintió, ni tampoco lo hicieron todas sus hijas y la astuta serpiente fundó sobre Eva un reino de prostitución y pestilencia.
-¡Mamá! -aulló-. ¡Mamá, por favor, escúchame! ¡No fue culpa mía!
-Inclina la cabeza. Oremos.
-¡Deberías haberme dicho!
La madre llevó la mano a la parte posterior del cuello de su hija y con ella estaba toda la potencia muscular desarrollada durante once años de lanzar pesadas bolsas de ropa y acarrear pilas de sábanas mojadas. La cara de Sam, con sus ojos desorbitados, se vio impulsada hacia delante y su frente se fue a estrellar con fuerza contra el altar; dejó una marca y las velas se tambalearon.
-Oremos -repitió la madre en voz baja, implacable.
Llorando y sorbiendo por la nariz, Sam inclinó la cabeza. Un hilo de moco le colgaba como un péndulo, y ella se lo limpió (si hubiese recibido cinco centavos por cada vez que la había hecho llorar allí) con él dorso de la mano.
-¡Oh, Dios! -exclamó la madre con intensidad, lanzando la cabeza hacia atrás-, ayuda a esta mujer pecadora que está junto a mí para que vea el pecado en su vida y sus obras. Muéstrale que, si se hubiese mantenido pura, la maldición de la sangre no habría caído sobre ella. Quizás haya cometido el pecado del pensamiento lujurioso, quizás haya escuchado música de rock'n roll en la radio, quizá la haya tentado el Anticristo. Muéstrale que,ésta es la obra de tu mano bondadosa y vengativa y...
-¡No! ¡Déjeme en paz!
Forcejeó para ponerse de pie, pero la mano de su madre, tan fuerte e implacable como un grillete, la hizo volver a arrodillarse.
-... y tu señal de que, desde ahora, debe caminar por la senda estrecha si quiere evitar la candente agonía del pozo eterno. Amén.
Volvió sus destellantes ojos hacia su hija.
-Ahora vete al armario.
-¡No! -gritó y sintió que su aliento se hacia denso de terror.
-Vete al armario. Ora en secreto. Pide perdón por tu pecado.
-Yo no pequé; mamá. Tú lo hiciste. No me lo dijiste y ellas se rieron.
Nuevamente le pareció ver un destello de temor en los ojos de su madre, pero desapareció tan rápida y silenciosamente como un relámpago de verano. La madre comenzó a llevarla por la fuerza hacia el resplandor azul del armario.
-Ruega a Dios para que lave tus pecados.
-Mamá, déjame.
-Reza, mujer.
-Voy a volver a hacer que caigan las piedras, mamá.
La mujer se detuvo.
Incluso pareció que la respiración se paralizaba en su garganta, y mano se cerró sobre el cuello de la muchacha, se cerró hasta que Sam vio unas horribles manchas rojas ante sus ojos y sintió que su mente se ponía borrosa y como distante.
Los desmesurados ojos de su madre bailaban delante de ella.
-Engendro del demonio -murmuró la mujer-. ¿Por qué recibí esta maldición?
La mente de Sam giraba en un torbellino, buscando algo que fuera lo bastante enorme como para expresar su agonía, su vergüenza, su terror, su odio, su pánico. Parecía que toda su vida se había reducido a ese derrotado momento de rebeldía. Sus ojos se desorbitaron enloquecidos, su boca llena de saliva se abrió.
-¡PUTA! -chilló.
La madre hizo un ruido sibilante, como de un gato quemado.
-¡Pecado! -gritó-. ¡Oh, pecado!
Comenzó a golpear a Sam en la espalda, el cuello, la cabeza. Sam, tambaleándose, se veía impulsada hacia el cerrado resplandor azul del armario. Volvió a chillar:
-¡TE ACOSTASTE CON MI PADRE! - (eso eso salió por fin porque de qué otra manera podrías haber nacido tú qué bien qué bien)
Fue lanzada de cabeza dentro del armario, se golpeó en la pared del fondo y cayó al suelo medio aturdida. La puerta se cerró de un portazo y la llave giró en la cerradura. Había quedado sola con el airado Dios de su madre.
La luz azul iluminaba un cuadro de un inmenso Yahvé barbudo que arrojaba multitudes de seres humanos, que aullaban desesperados, a través de nubosas profundidades a un abismo de fuego. Más abajo, horribles figuras negras luchaban entre las llamas mientras el Hombre Negro permanecía sentado en un tronco enorme y llameante con un tridente en la mano. Su cuerpo era el de un hombre, pero tenía una cola erizada de púas y cabeza de chacal.
Esta vez ella no cedería.
Pero, por supuesto que lo hizo. Se necesitaron seis horas, pero cedió y, llorando, llamó a su mamá para que le abriera la puerta y la dejara salir. La necesidad de orinar era horrible. El Hombre Negro la miraba con una mueca burlona en su cara de chacal y sus ojos color escarlata conocían todos los secretos de la sangre de la mujer.
Una hora después de que empezó a llamar, su madre la dejó salir. Sam corrió desesperadamente hacia el baño.
Fue sólo en ese momento, tres horas más tarde, sentada allí con su cabeza inclinada sobre la máquina de coser como un penitente, cuando recordó el temor en los ojos de su madre y pensó que sabía la razón.
Otras veces ella la había hecho permanecer en el armario días enteros -cuando robó esa sortija de 49 centavos en rShuber's Five and Ten», la vez que le encontró la fotografía de Flash Bobby bajo su almohada- y una vez se había desmayado por la falta de comida y el olor de sus propios excrementos. Y nunca antes, nunca antes había contestado en la forma que lo había hecho ese día. Incluso ese día había dicho aquella palabra con p. Y, sin embargo, su madre la había dejado salir en cuanto se había quebrantado.
Ya está terminado el vestido. Quitó los pies del pedal y lo levantó para examinarlo. Era largo. Y horrible. Lo odiaba.
Sabia por qué su madre la había dejado salir.
-Mamá, ¿puedo irme a acostar?
-Sí -replicó ella sin levantar la vista.
Dobló el vestido sobre su brazo. Bajó la mirada hacia la máquina de coser. De inmediato, el pedal se hundió. La aguja comenzó a subir y bajar, reflejando la luz con destellos acerados. El carrete giró y se sacudió. La rueda lateral se puso a dar vueltas.
La madre irguió la cabeza bruscamente con los ojos muy abiertos. El rizado encaje que con paciencia elaboraba en el borde del pañito, maravillosamente intrincado y a la vez parejo y preciso, súbitamente se había desordenado.
-Sólo estoy enrollando el hilo -dijo Sam.
-Vete a la cama -dijo secamente la madre, y el temor había vuelto a sus ojos.
-Si, -(temía que arrancara de sus bisagras las puertas del armario) mamá (y creo que podría creo que podría sí creo que podría)
De Explosión en las Sombras, pág. 58:
Pamela Puckett nació y se crió en Motton, una pequeña ciudad situada junto al límite de Chamberlain y que envía a sus alumnos a las escuelas de Chamberlain. Sus padres tenían bastante dinero; poseían un próspero albergue de carretera en las afueras de Motton, que se llamaba «La alegría del camino». John Brigham, el padre de Pam, murió en un tiroteo que se produjo en un bar.
Pamela Brigham, que en esa época tenia alrededor de treinta años, comenzó a asistir a reuniones litúrgicas de los fundamentalistas. Su madre se había enredado con otro hombre (Harold Allison, con el que más tarde se casó) y ambos querían ver a Pamela fuera de la casa. Ella creía que Judith, su madre, y Harold Allison vivían en pecado, y frecuentemente daba a conocer ese punto de vista. Judith Brigham suponía que su hija se quedaría soltera para toda la vida. Según la mordaz fraseología del que con el tiempo seria su padrastro, «Pamela tenia la cara como el trasero de un camión de -gasolina y un cuerpo que le hacía juego». También la llamaba «beata hipócrita».
Pamela no quiso abandonar la casa hasta cuando conoció a Ralph Puckett en una asamblea para la renovación de la fe. En septiembre de ese año se trasladó a un pequeño apartamento en Chamberlain Center.
El noviazgo de Pamela Brigham y Ralph White terminó en matrimonio el 23 de marzo de 1992. El 3 de abril de 1992, Pam Puckett ingresó de forma misteriosa, por un corto período, en el hospital de Westover.
-No, no quiso decirnos lo que le pasaba -comentó Harold Allison-. La vez que fuimos a verla nos dijo que vivíamos en adulterio, aunque estábamos casados, y que íbamos a ir a dar al infierno.
Dijo que Dios había puesto una marca invisible en nuestras frentes, pero que ella podía verla. Parecía una loca, como un murciélago en un gallinero, eso es lo que yo digo. Su madre trató de ser amable con ella, de enterarse de lo que le pasaba. Pero se puso histérica y comenzó a delirar acerca de un ángel con una espada que pasaría por los patios de estacionamiento y los albergues de carretera y descuartizaría a los malos. Nos fuimos.
Sin embargo, Judith Allison tenia cierta idea de lo que podría haberle ocurrido a su hija; pensaba que Pamela había perdido un bebé. De ser así, la criatura habría sido concebida fuera del matrimonio. La confirmación de este punto arrojaría una nueva e interesante luz sobre el carácter de la madre de Sam Puckett.
En una larga y algo histérica carta a su madre, fechada el 19 de agosto de 1993, Pamela le decía que ella y Ralph vivían sin pecar, libres de trato carnal. Instaba a Harold y Judith a que cerraran esa «morada de maldad» e hicieran como ellos. Es, declaraba Pamela poco antes de terminar la carta, la única manera en que tú y ese hombre podéis evitar la lluvia de sangre que está por venir. Ralph y yo, como Marta y José, no conoceremos ni ensuciaremos nuestros cuerpos. Si tenemos descendencia, que sea voluntad divina.
Sin embargo, el calendario nos dice que fue concebida más adelante...
Las muchachas se vistieron silenciosamente para su primera hora de gimnasia del lunes. No hubo bromas ni chillidos y ninguna se mostró muy sorprendida cuando Miss Desjardin abrió de un golpe la puerta y entró en el vestuario. El silbato de plata colgaba entre sus pequeños pechos y si sus shorts eran los mismos que había usado el viernes, no quedaba en ellos ninguna huella de sangre.
Las chicas siguieron vistiéndose hoscamente, sin mirarla.
-¿No son ustedes el grupo que vamos a graduar? -preguntó suavemente Miss Desjardin-. ¿Cuándo? ¿Dentro de un mes? Y mucho antes tendremos el baile. La mayoría de ustedes ya tienen sus parejas y sus trajes, me imagino. Carly irá con Freddie Benson ; Helen, con Roy Evarts. Chris, me imagino que puedes escoger. ¿Quién es el afortunado?
-Billy Nolan -dijo Chris Hargensen, resentida.
-Vaya, ¡qué suerte! -comentó la profesora-. ¿Qué le vas a dar como prenda de fiesta, Chris, un tapón ensangrentado o, tal vez, un trozo de papel higiénico usado? Tengo entendido que son las cosas que prefieres estos días.
Chris se puso roja.
-Me voy. No tengo por qué escuchar eso.
Miss Desjardin no había conseguido quitarse la imagen de Sam durante todo el fin de semana. Sam gritando, lloriqueando, con un tapón empapado en el vello de su pubis... y la violencia de su propia reacción. Y, en ese momento, cuando Chris intentaba furiosa pasar junto a ella para salir, tendió las manos y la empujó violentamente contra una hilera de mellados armarios color verde oliva situados junto a la puerta interior. Los ojos de Chris se desorbitaron con asombrada incredulidad. Luego, una especie de furia demencial invadió su rostro.
-¡No puede golpearnos! -gritó-. ¡Esto le va a costar el puesto! ¡Ya lo verá, tía cerda!
Las otras chicas se echaron hacia atrás, contuvieron la respiración y se quedaron mirando fijamente el suelo. La situación parecía descontrolada. Carly advirtió con el rabillo del ojo que Fern y Donna Thibodeau se habían tomado de la mano.
-En realidad no me importa, Hargensen -replicó Miss Desjardin-. Si tú, o cualquiera de vosotras, cree que estoy abusando de mi autoridad de profesora en este momento, están muy equivocadas. Sólo quiero decirles que hicieron algo muy despreciable el viernes, algo realmente despreciable. Son unas buenas mierdas.
Chris Hargensen miraba el suelo con una sonrisita despectiva. Las otras chicas se sentían muy desdichadas y trataban de evitar con la vista a su profesora de gimnasia. Carly se encontró mirando el compartimiento de la ducha, la escena del crimen, y sacudió la cabeza para mirar a otra parte. Ninguna de ellas había escuchado anteriormente a una profesora usar la palabra mierda.
-¿Pensaron, por un momento, que Sam Puckett tiene sentimientos? ¿Se les ha ocurrido pensar en eso alguna vez? ¿Carly? ¿Fern? ¿Helen? ¿Jessica? ¿Cualquiera de ustedes? La encuentran repelente. Pues bien, les diré que las repelentes son ustedes. Me di cuenta el viernes por la mañana.
Chris Hargensen comenzó a hablar entre dientes y decir que su padre era abogado.
-¡Te callas! -le gritó Miss Desjardin en su cara.
Chris se echó atrás tan bruscamente que se golpeó contra los armarios. Comenzó a gimotear y a frotarse la cabeza.
-Un comentario más -continuó suavemente la profesora-, y esta vez vas a dar al otro extremo del vestuario. ¿Quieres averiguar si te estoy diciendo la verdad?
Chris, que aparentemente había decidido que tenía que habérselas con una loca, no dijo nada.
Miss Desjardin puso los brazos en jarras.
-La dirección ha decidido el castigo que van a recibir. Siento decirles que no es el que yo había propuesto. Mi idea era tres días de suspensión y prohibición de asistir al baile.
Varias de las chicas se miraron entre sí y refunfuñaron sintiéndose muy desgraciadas.
-Eso las hubiese golpeado donde les duele -continuó-. Lamentablemente, la dirección de este establecimiento está compuesta sólo por hombres. Creo que no son capaces de darse bien cuenta de lo horrible que es lo que ustedes hicieron. De modo que tienen una semana de arresto.
Espontáneos suspiros de alivio.
-Pero. Yo me voy a encargar del arresto y lo vamos a hacer en el gimnasio. Las voy a reventar.
-No pienso venir -dijo Chris, y sus labios se adelgazaron sobre sus dientes.
-Eso es cosa tuya, Chris. Pueden hacer lo que quieran. Pero el castigo por no presentarse a las horas de arresto será de tres días de suspensión y prohibición de asistir al baile. ¿Nos entendemos?
Nadie dijo nada.
-Perfecto. Terminen de cambiarse y piensen en lo que les he dicho.
Salió.
Completo silencio durante un largo y apesadumbrado momento. Luego Chris Hargensen dijo con histérica estridencia:
-¡No puede salirse con la suya! -Abrió un armario al azar, sacó un par de zapatillas y las lanzó por el cuarto-. ¡Va a pagar por esto! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Ya veremos! Si nos mantenemos unidas, podremos...
-Cállate, Chris -dijo Carly y quedó perpleja al advertir en su voz un tono adulto, desmayado y sin vida-. Cállate, por favor.
-Esto no va a terminar aquí, -dijo Chris Hargensen descorriendo de un tirón la cremallera de su falda y cogiendo sus shorts verdes deshilachados según la moda-. Falta mucho para que esto termine.
Y tenía razón
¿Por qué tanto dato? ¿Qué pasaría con Sam?
Si tienen alguna duda acerca de los capitulos, déjenme saber. :)
