Siento mi interior inundarse en pánico, pues, ¿cómo demonios sabe él mi nombre?
Me tiende su mano, sonriente. Me causa escalofríos su sonrisa, es como si la hubiera visto antes miles de veces. Todo en él es extraño, siento como si él formara parte de una vida anterior. Frunzo el ceño, dudando si debo o no aceptar su ayuda.
Al final decido que no es lo correcto, así que con el ceño fruncido me levanto sola y me limpio el trasero con la poca dignidad que me queda. Su sonrisa desaparece y parece sorprendido, con un carraspeo baja su mano y vuelve su expresión relajada.
—Este no es el reencuentro que habría deseado —dice de la nada, mirándome de una manera extraña. Como melancólica. Inesperadamente, siento deseos de llorar. Las lágrimas amenazan con caer de mis ojos, parpadeo tratando de que se vayan lejos y dejen de molestar.
Miro su rostro detenidamente, pensando en que lo he visto anteriormente, en un sueño tal vez. Sus ojos azules, su piel pálida, su cabello azul oscuro y esa extraña marca de estrella. Todo me parece tan familiar. Y me siento relajada, incluso segura. Pero no está bien sentirme de esa manera con alguien que no conozco, así que me armo de valor y emprendo huida hacia mi casa.
Puedo escuchar su voz lejana llamándome por mi nombre, por lo que corro aún más rápido. No me agrada que conozca mi nombre, ni la manera en la que me habla, con tanta naturalidad. Sin embargo, de alguna extraña manera me hace sentir cómoda, como en casa. Y eso es lo que más me molesta, pues no debería sentirme así.
Al dar vuelta en una esquina considero que ya estoy lo suficientemente lejos, así que me detengo y me siento en el piso con la espalda recargada a la pared, tratando de recuperar el aliento, pero nada parece funcionar y comienza a hacerse cada vez más difícil respirar. Empiezo a sentir como si una tormenta se avecinara, la misma sensación que tuve cuando desperté hace tres años sin una idea de qué había sucedido con mi vida. Mi abuelo me llevó al hospital luego de que me calmara, el doctor dijo que había tenido un ataque de ansiedad y me dio unas pastillas, pero sólo fue como apaciguar un fuego sin deshacerse de las cenizas, yo sabía que en cualquier momento volvería a suceder y al parecer ese momento era ahora. Cierro los ojos e intento calmarme, sin embargo me resulta imposible. Mi pecho duele y yo sólo puedo pensar en todas las miles de preguntas que me rondan en la cabeza: "¿Quién es él?", "¿Por qué me conoce?", "¿Qué quiere de mí?" Y la pregunta que he tratado de olvidar durante todo este tiempo, pero es como una espina que no puedo sacar: "¿Qué pasó en esos tres años de mi vida que he olvidado?"
Estoy muy asustada, muy muy muy asustada. Cada vez me es más difícil respirar y realmente empiezo a creer que voy a morir si mi garganta no decide abrirse pronto para que yo pueda respirar. Entonces recuerdo lo que mi abuelo me dijo la primera vez que esto me sucedió mientras me sostenía las manos.
"Estarás bien, esto pasará en unos cuántos minutos y todo volverá a la normalidad. Mientras tanto piensa en algo que te haga feliz, piensa en lo que te hace sonreír todos los días e imagina que ese algo está aquí contigo. Piensa en esa tonta caricatura que veías todos los sábados a las 9 de la mañana, en ese extraño oso de peluche que tienes a un lado, en tu falda favorita y piensa en mí."
Lentamente mi garganta comienza a ceder y soy capaz de respirar, mi corazón deja de latir tan rápido, pero mi pecho aún duele un poco. Ahora con la mente tranquila, pienso en todo lo que acaba de suceder y me golpeo mentalmente por haber huido, si no lo hubiese hecho ahora tal vez sabría algo de mi vida durante el tiempo que no recuerdo, quizás él es alguien a quien conocí durante ese tiempo y yo soy tan idiota que huí como una cobarde.
Me levanto de un salto y corro de vuelta todo el camino que recorrí, quiero encontrar a ese chico de nuevo, quiero preguntarle un montón de cosas. Quiero saber quién es, quiero que me hable de muchas cosas y quiero saberlo todo. Corro lo más rápido que puedo para tratar de llegar a tiempo antes de que se haya ido.
Pero ya es muy tarde, él ya se ha ido y no puedo encontrarlo por ningún lado.
Al regresar a casa la voz de mi abuelo me saluda.
—Te tardaste todo este tiempo ¡y no traes el pan! —me regaña, y mis ojos se humedecen por las lágrimas. Con un sollozo corro y lo abrazo.— ¿Qué sucede, Mikan?
Sucede que estoy cansada de no saber nada, pero no sé qué hacer. Quiero saberlo todo, y no se me ocurre nada para lograrlo. No sé a dónde ir o con quién, y cuando alguien que posiblemente puede ayudarme aparece salgo corriendo como estúpida. Sucede que sigo muy confundida y ya no quiero estarlo, quiero ser más fuerte y valiente.
Pero no puedo decírselo, él cree que estoy bien y no me siento capaz de preocuparle con mis problemas tontos. Así que sólo lloro y lloro, porque lo había guardado durante tanto tiempo que ya no podía más. Y al terminar de llorar, me siento liberada y tranquila.
