CAPITULO 4
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POV MILO
Milo notó cómo el poder que corría a través de sus venas se incrementaba, retroalimentándolo con una violencia desgarradora. El beso con el que obligó a Hyoga a callar consiguió enervarlo hasta un límite casi insoportable, potenciado por la pasión del ruso, que se aferraba a él con la desesperación con la que un náufrago abraza a su tabla. La piel le ardía, el contacto del cuerpo del joven sobre el suyo le generaba una terrible excitación, y aunque el deseo de hacerse uno con él emergió en forma de erección, su mente se centró en las palabras del Cisne y en la vía que éstas le forzaban a tomar: la de demostrarle que lo que padecía era una secuencia de reacciones producidas por las toxinas que navegaban en su torrente sanguíneo y que, cuando el Escorpión paliara su adicción, dejaría de comportarse como una heroína romántica.
Sin separar sus labios de los del otro, y saboreando con ímpetu la boca del guerrero de los Hielos, alzó el brazo derecho y lo tensó, preparándose para atacar. La luz de su aura, rojiza, mutó del bermellón opaco a un dorado mucho más deslumbrante, generando un halo divino alrededor de su persona. Su melena osciló y bailó mecida por los vientos que surcaron el pasillo, producto de la intensidad de su cosmos desatado. Continuó aumentando su velocidad de combate hasta que alcanzó el Séptimo Sentido y, con todos los átomos de su cuerpo vibrando de energía lanzó la Aguja Escarlata, que avanzó como una saeta carmesí hasta impactar en el pecho de Hyoga.
Los ojos del Cisne respondieron al ataque iluminándose, sus azules chisporrotearon ardientes, efecto de la sobredosis del veneno invasor con el que ya transitaba en su sistema circulatorio. Gimió al separarse del griego, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente —del niño que aún era—, y aunque pareció querer pronunciar unas palabras, su garganta permaneció muda. La mano que sostenía uno de los mechones del espartano resbaló paulatinamente por el peto de Milo hasta que cayó sobre las baldosas.
El sonido de ésta chocando contra la piedra puso al Escorpión alerta.
—Hyoga…
La cabeza del soviético basculó hacia un lado, su expresión se antojó sin vida, como los rostros inertes de las cariátides del Erecteón. Milo retiró la falange del cuerpo del joven, y ésta goteó desde el pecho hasta el cuello, lugar donde alojó las yemas, buscando el pulso con una cierta intranquilidad.
Nada.
—¡Hyoga!
Tendió el cuerpo en el suelo cuan largo era y se arrodilló para escuchar el murmullo cardíaco. Sus sentidos le informaban con claridad de la parada cardiorrespiratoria del muchacho, pero Milo no quería creerlo. No estaba dispuesto a pasar por lo mismo otra vez.
"Soy libre"
Le arrancó la camiseta con fuerza, desgarrando el neopreno que se ceñía a él como si fuera una segunda piel. Sus palabras, pronunciadas con la sensualidad de su exótico acento retumbaban en el interior del Escorpión, que cada vez se mostraba más nervioso. Tras cerciorarse de que no respiraba, se preparó para realizarle los primeros auxilios.
"Soy libre"
Milo tomó aire y lo expulsó tratando de mantener el control de la situación, consiguiéndolo con un gran esfuerzo. Selló con su boca la del testarudo caballero y sopló, se separó, aspiró y volvió a soplar, masajeando a continuación el corazón mientras apoyaba todo su peso en la caja torácica.
Si Hyoga no despertaba de esa manera, tendría que tallar una segunda lápida.
Esta idea lo sobrecogió durante un fugaz instante, tiempo que empleó en retroalimentarse con el dolor que le generaba la pérdida del ruso. Sí, le dolía. No era el mismo dolor que sintió cuando vislumbró la silueta de Camus en el suelo, frente a su discípulo, redimiéndose de su imperfección y pagando ésta con su vida. No. Era un dolor igual de agudo, pero más sordo, una opresión en el pecho que avanzaba como alquitrán ardiente hasta el final de su brazo izquierdo, paralizándoselo.
—¡Reacciona, hijo de puta¡Reacciona, joder!
Se encontró gritándole mientras lo zarandeaba en el suelo; los párpados del muchacho continuaban cerrados, sin atisbo de mostrarle sus estupendos iris azulados, tan limpios como el hielo que generaba. El cuerpo comenzaba a enfriarse y a recubrirse de escarcha, y aunque el Escorpión no quería aceptarlo, el lazo parecía haberse roto.
"Soy libre"
—¡No, no eres libre¡No te lo consiento¡No te lo permito!
Las lágrimas brotaron furiosas de los ojos del griego y caían sobre el pecho del otro a medida que Milo realizaba un nuevo masaje cardíaco. Abrió la boca del Cisne y sopló en ella; oprimió el tórax tan fuerte como pudo y volvió a soplar, mientras los sollozos emergían de su garganta, clavándose en ella como las Agujas que utilizaba para someter a sus víctimas.
—Si crees que vas a escaparte de ser el custodio de ese puto templo de los cojones —gruñó, alcanzando el paroxismo más absoluto—¡vas listo, cabrón! —gritó—. Te metes en mi Casa, me haces sentir de nuevo ¿y ahora te vas, dejándome solo¡Ni lo sueñes, hijo de puta! —lo sacudió—. ¡Demuéstrame que lo que has dicho es verdad! —voceó roncamente—. ¡Hazlo, puto cobarde!
Dudó al buscar los puntos estrellados ya que la piel brillaba tan blanca como las paredes de las casas de Mykonos. Si golpeaba en el lugar equivocado, podría infligirle daños irreparables y aunque Hyoga continuaba inerte, Milo no perdía la esperanza de al menos, sacarlo de su estado comatoso.
"No estás muerto. No eres él"
—¡No viviré contigo lo que viví con Camus¡Cabrón¡Hijo de puta, reacciona!
Clavó los dedos en los muslos, las piernas, el abdomen y el pecho. Prosiguió por el cuello hasta llegar a la frente, —justo en mitad de los ojos—, dibujando el mapa donde se localizarían las quince estrellas guardianes de la constelación de Escorpio. Acuario y Cygnus estaban anegadas de veneno, así que para el espartano, esa era la única opción viable.
—¿Me estás oyendo, maricón¡No eres Camus!
Lo vapuleó con una fuerza tal que los miembros del ruso se movieron espasmódicamente. Con el mismo vigor, segó su muñeca y regó con su sangre la boca y cicatrices del joven, pero el resultado continuaba siendo el mismo: como una pátina traslúcida, la escarcha recubría al caballero de los Hielos y se soldaba a su piel, creando la mortaja más perfecta jamás imaginada.
Jadeó al pensar en el tiempo, que avanzaba inexorable. Ya habían pasado más de cuatro minutos y los daños a causa del colapso cardiorrespiratorio debían ser irreparables. Lo que le pareció una buena idea se había tornado en pesadilla, y al observar el resultado de su audacia temió las consecuencias que le acarrearían tal estupidez: el asesinato de un compañero se pagaba con la muerte, la misma que él le había servido en bandeja de plata, liberándole.
"Soy libre… para amarte"
Vencido y humillado, lo tomó en brazos y notó cómo las mejillas se le humedecían de nuevo. Tosió y sollozó, cansado de luchar contra fuerzas que eran incomprensibles para él —redención, amor, fidelidad, Acuario— y hastiado del círculo de dolor en el que caía una y otra vez. Con cuidado, le colocó el cabello y le limpió con pequeños besos la sangre que le había salpicado la cara, arropándolo con delicadeza. Lloró durante unos interminables instantes por el hecho de haber perdido la última oportunidad para sentir, ahora que se había dado cuenta de lo cerca que había estado el Cisne de su corazón. Insultó su miedo, absurdo e irracional, y por último dejó que el dolor se escapara entre sus pobladas pestañas, húmedas a causa de las lágrimas.
Reparó entonces en el símbolo que siempre acompañaba al joven, la cruz cristiana que a veces se asomaba por su armadura, tan curiosa y testaruda como su dueño. La tomó entre los dedos y se la colgó del cuello, símbolo último de la rendición del espartano ante la pasión del ruso. Aspiró aire y suspiró, acercándose a su rostro, preparándose para despedirse de él.
—No debiste… darme esperanza —susurró contra su boca—. Debiste… dejarme con mi soledad.
Se tapó la cara con el guantelete, y los sollozos fueron audibles por toda la Casa. Se cortaría un rizo de su melena y lo colocaría sobre la lápida de Hyoga, muestra griega del luto que también había llevado por Camus. Cerraría el Templo de Acuario y fundiría la armadura, para evitar que la diosa decidiera perpetuar la saga de despropósitos con otro desgraciado, y por último, se refugiaría lejos, desaparecería, olvidaría quién era y lo que había vivido, renunciando a todo.
Renunciando a vivir.
Cerró el puño y lo estrelló contra el suelo.
—En el fondo sois los dos iguales —gruñó con una rabia evidente—. Me dejó atrás y tú ahora haces lo mismo, puto necio, tu amor… es una mierd…
No había terminado la frase cuando sintió cómo su armadura comenzaba a congelarse. El cuerpo del muchacho estaba recubierto por el blanco elemento, imitando un sarcófago con la silueta del caballero de los Hielos. No era el ataúd de cristal en el que Camus lo encerró en Libra, sino algo muchísimo más depurado, una figura idéntica a él mismo, un avatar de la misma belleza y fuerza. Atónito, contempló las estrellas de Escorpio brillar rojas, y a su vez las de Acuario iluminar el recinto, en penumbra, con el fuego de las antorchas como única fuente de luminosidad. Tragó saliva al ver cómo los puntos vitales de Cygnus desaparecían por completo hasta quedar solamente tatuados los del Aguador.
El elegido de los dioses.
Tembló de nerviosismo y de excitación, notando cómo su boca se secaba. La mortaja de hielo se cuarteó y Milo tuvo que poner la mano ante sus ojos cuando una explosión de hielo, escarcha, luz y color inundó el pasillo del Templo.
El muchacho tosió y trató de incorporarse ante el sorprendido caballero, que sin darse cuenta ya lo tenía entre sus brazos y lo besaba con devoción.
—Creo que… no era el veneno, Milo —consiguió pronunciar el ruso.
Lo abrazó con fuerza, apresándolo con ferocidad, jadeando ante el contacto del cuerpo ya húmedo y cálido.
POV HYOGASe aferró a Milo como un niño desvalido, y permitió que éste lo portara hasta la cama. Sonrió al sentir el calor que transmitía la piel del espartano, y si antes le parecía hermoso la fragilidad que descubrió en su mirada lo había rendido por completo.
Le amaba con tal intensidad que hasta la fuerza más poderosa palidecía frente a la impetuosidad de sus sentimientos. Era el motor de su vida, el impulso que lo animaba a continuar. Una sola de sus sonrisas podía hacer que Hyoga se estremeciera de placer y deseara convertirse en alguien mejor, en una persona más digna para conquistar el corazón del Escorpión.
Conquistarlo y ser uno con él.
Ser suyo.
—Me has dado un susto de muerte. Creí que…
Hyoga le tomó la mano y se la apretó con dulzura.
—Siempre sobrevivo¿recuerdas? —le regaló una sonrisa al hablarle, lo que hizo que el otro suspirara aliviado.
—Tenemos que comprobar cómo reacciona tu cuerpo —continuó Milo hablando—, si el veneno ha cristalizado y que…
Hyoga lo frenó colocándole los dedos en los labios del otro. Lo miró con tranquilidad y calma y asintió.
—Me siento como si Hypnos me hubiera dado otra paliza —bromeó—. Me duele todo el cuerpo, aunque no lo culpo. Desde que llegué aquí —rió— no he hecho nada más que sangrar, desmayarme, excitarme y congelarme a trozos.
El ruso se tapó púdicamente con la sábana cuando Milo tomó asiento junto a él. Acto seguido, las manos del espartano masajeaban suavemente las sienes de Hyoga, lo que consiguió que el joven sintiera deseos de ronronear de placer. Milo las retiró para situarlas sobre las cicatrices del pecho.
—Cerradas.
El soviético las miró con un cierto temor.
—Quizás tengamos razón los dos. Sólo el tiempo lo demostrará.
Milo se removió en la cama, denotando una cierta inquietud.
—Parece ser que mi cercanía no te afecta tanto como antes —certificó—. Ahora, necesito que me cuentes lo que sucedió en Aleko's Island.
El muchacho trató de aguantar la vergüenza pero el rubor se asomó a sus mejillas, obligándole a desviar la mirada. Pensó en no contestarle pero se vio sin fuerzas para un enfrentamiento y los ojos de Milo sólo destilaban curiosidad y preocupación. Tomó aire y comenzó su relato.
—Terminé allí por error —le explicó—. Estaba paseando por Atenas y al tratar de regresar a mi hotel me perdí, por lo que, harto de dar vueltas, entré a tomar un café en el primer local que vi abierto. Al principio —carraspeó—, no reparé en el lugar, un hombre tocaba el piano y los empleados pulían una estatua de Ganímedes que estaba en mitad de la sala.
—Continúa —apremió el otro.
—Me senté en un taburete, en la barra, un camarero me sirvió y en ese instante varios hombres se acercaron con intención de invitarme a una copa. Me quedé sorprendido, algunos eran realmente atractivos —se excusó—, otros no tanto. Todos parecían desear conocerme, pero a mí, la situación sólo me producía terror. El joven que me atendió me explicó que era un bar de ambiente, y que existía un cuarto oscuro por si yo … ya sabes.
—Más de uno hubiera dado sus brazos y piernas por entrar contigo en ese lugar, estoy seguro —comentó Milo.
—Yo soy fiel a mis convicciones —cortó el joven, con el rostro sonrojado.
Hyoga maldijo su sinceridad, ya que tras la afirmación Milo se quedó completamente callado. Estiró las sábanas y suspiró, tomando aire de nuevo. La cicatriz de su ojo le molestaba, signo inequívoco de su nerviosismo y excitación.
—¿Qué va a suceder ahora? —se atrevió a preguntar.
—Pues que llegará el día 7, nos vestiremos de fantoches, nos haremos muchas fotos, seremos portada en el Vogue y el Cosmopolitan —bromeó—, y ocuparás Acuario como custodio.
Hyoga sonrió hasta que su cara se ensombreció.
—Quiero decir —carraspeó—, entre nosotros.
—No es una buena idea mezclar el trabajo con el placer. Lo hice una par de veces y salió rematadamente mal.
El corazón de Hyoga se encogió al escuchar esas palabras pero supo que no era momento para echarse atrás. Buscando un remanente de arrojo y valentía, se insufló el valor necesario para avanzar en aquel camino tortuoso. Necesitaba averiguar lo máximo posible sobre la vida del Escorpión, y sobre todo, sobre la identidad de sus rivales.
—No soy Camus, y tampoco soy… —dejó la frase en el aire, invitando al otro a terminarla.
—Aioria.
Hyoga elevó las cejas.
—Vaya, no lo sabía —reconoció.
—Desconoces muchas cosas, niño —contestó con ironía el griego.
Tragó saliva entre herido y molesto. Podría ser un niño, inexperto y un profano en las lides sexuales pero su testarudez era proverbial. Ser hermano de Seiya tenía que tener alguna ventaja, así que decidió no retroceder, y tampoco aceptar el fin de una aventura que ni siquiera había comenzado.
—Dame una oportunidad —le suplicó, en un alarde de temeridad o de locura, intentando continuar la conversación.
—Es demasiado precipitado —replicó el otro, levantándose—. Aún lamo mis heridas. Aún le echo de menos.
—Pero Milo —le miró, anhelante—. Yo no pretendo sustituirle y tampoco borrar su recuerdo. Quiero empezar desde cero. ¿Y qué si soy Acuario? —le explicó—. Un caballero más, con un poder más. En el fondo, cuando no llevo la túnica o estoy desmayado, sólo soy Hyoga. El manojo de nervios.
Milo lo observaba con intensidad, en silencio.
—El tonto que te ama desde que te vio en el pasillo —volvió a declararle, inflamándose mientras lo hacía.
—¿Y cómo sabes que es amor y no deseo? —preguntó el espartano desde su posición.
—Porque soy feliz si tú lo eres. Sin satisfacciones corporales. Viéndote sonreír.
POV MILOLos ojos de Milo contemplaron detenidamente al caballero de los Hielos y su boca se curvó en una sonrisa al escucharlo hablar con la vehemencia tan característica de su signo. Pensándolo con frialdad, Hyoga era una opción interesante a pesar de estar asignado a la Casa del Aguador: No había jurado el voto de celibato, carecía del hermetismo del que hacía gala su maestro y era capaz de sentir.
Sin embargo, al igual que el propio espartano, el Cisne tenía tal embrollo en su mente que lo más cómodo y lógico —vista su experiencia— era tildar de amor todo lo que lo hacía comportarse de forma tan alocada y suicida. Incluso él propio Milo se había visto arrastrado por la situación, llegando al extremo de inocularle más veneno, con riesgo de su propia vida.
Debía tomarse las cosas con calma, ya que un error más podría conducirles al caos más absoluto.
—Dúchate mientras me quito la armadura y te preparo algo de comer. Y esta vez no aceptaré una negativa.
Sin darle tiempo a responder se despojó de la vestidura dorada y luego avanzó hasta llegar a la meseta vitrocerámica; preparó varios sándwiches, descorchó una botella de vino y estuvo buen rato confeccionando con interés la comida, aunque la realidad de sus actos era que quería demorar la vuelta a su cuarto el mayor tiempo posible.
"Me va a dar un infarto"
Apoyó las manos en la encimera durante un instante para aclarar sus pensamientos. La alegría de saber que Hyoga no estaba muerto le hacía comportarse de forma errática y sin orden alguno, y además, estaba el deseo que había empezado a emerger una vez sintió los labios húmedos del otro en los suyos, y el ímpetu de su lengua invadiendo su boca.
"¡Basta, Milo¡Aioria te romperá la cara si te vuelves a enamorar de otro Culo Helado"
Escuchó los pasos del ruso y luego el sonido del agua golpear la mampara de cristal. Fue entonces cuando aprovechó para retornar al dormitorio pero al pasar frente al cuarto de baño se percató de que la puerta estaba entreabierta. Ni siquiera lo pensó: sus ojos se clavaron en la figura que se dibujaba a través del vidrio traslúcido, y mientras el joven permanecía quieto bajo el chorro del agua, el griego sentía cómo la boca se le secaba por completo.
Todas las fibras de su ser se pusieron a gritar como locas, mientras el espartano continuaba su recorrido visual por la anatomía del muchacho. Al contrario que Camus, de melena larga e impenetrable, el cabello de Hyoga permitía que se entreviera el cuerpo delgado y fibroso, no de musculatura marcada como la del marsellés, pero sí definida, como si el Creador se hubiera entretenido en esculpir el rostro del soviético pero hubiera dejado el resto de su persona para el final.
Trató de reaccionar, continuar su camino, mirar a otra parte, pero fue inútil; sabía que Hyoga estaba allí, desnudo, y él, como el depredador que era, necesitaba entrar, aplastarlo bajo su peso, morderlo y hacerlo gritar. Sentir sus arañazos en la piel, los insultos a su ascendencia espartana, su tono francés.
¡Su tono francés!
Dejó la bandeja y se sentó en la cama, agarrándose la cabeza con ambas manos. No era Camus, no aspiraba a ser Camus y jamás lograría ser como Camus. Era, como bien había dicho, su heredero, la evolución última del guerrero perfecto. Un joven de aura quebradiza y poderes tan devastadores como la propia Naturaleza.
—Haré todo lo posible para que mi presencia no sea un problema para ti. Te lo prometo —la voz sacó a Milo de sus pensamientos. Aunque sonaba calmada, la realidad de sus palabras era el preámbulo de una despedida, algo que ambos sabían que tarde o temprano debía suceder.
Alzó el rostro y lo contempló, con el cabello húmedo, las mejillas sonrosadas, las heridas cicatrizadas y los ojos despidiendo tal pasión que el corazón del espartano se sobrecogió.
—Es todo demasiado complicado para desentramarlo ahora, Hyoga —giró la cabeza, huyendo del contacto visual.
—Puedo esperar —musitó el joven.
—No tienes por qué hacerlo.
El ruso se sentó a su lado, acarició el hombro del griego y sonrió.
—Quiero hacerlo.
Milo jadeó; con una cólera incontrolable lo agarró de la muñeca con intención de empujarlo lo más lejos posible pero la sensación de ardor al tocarlo lo obligó a soltarlo inmediatamente, como si hubiera sido sacudido por una corriente de cien mil voltios. Asustado, buscó respuestas en la expresión del muchacho, que se había quedado quieto, avergonzado incluso por la situación. Al verlo tan frágil bajó sus defensas y cuando se asomó a los ojos del ruso, la magia de sus zafiros volvió a atraparlo, corrientes tempestuosas en un falso mar de serenidad. Tosió y buscó algo en lo que centrarse para no perder la perspectiva y lo encontró en las cicatrices del pecho de Hyoga; necesitaba obviar la secuencia de acontecimientos que se estaban desencadenando den su interior: taquicardias, sequedad de boca y un imperceptible temblor.
Lo que vulgarmente se tipificaba como síndrome de abstinencia.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, intentando controlarse.
—Sí —confesó el otro—. Puede parecer una locura pero desde que ejecutaste tu técnica en mí—reconoció—, mi cuerpo está completamente estable.
—Necesito salir a fumar —contestó, levantándose y alejándose de él, consternado.
—¿Por qué? —musito el Cisne— ¿Es que algo va mal¿Puedo ayudarte? —inquirió con intención de seguirle.
Milo lo miró con furia en los ojos. Alzó el dedo y lo hizo detenerse.
—Eres un puto lerdo, Hyoga —le espetó sin control alguno—. No sé cómo tengo que explicarte que una relación entre tú y yo no puede ser. ¡No puede ser, joder! —gritó—. ¿Sabes lo que sucede cuando dos escorpiones se encuentran en la misma cueva¡Se devoran¡Se devoran, maldito imbécil!
—¡Pero yo no soy un escorpión! —replicó el otro, enfrentándose a Milo con el mismo ansia suicida que la primera vez que se vieron.
El espartano lo aferró por el brazo y de un golpe limpio, le segó la muñeca. Sin mediar palabra, ambos comprobaron cómo la herida se cerraba automáticamente. Milo suspiró, vencido, y en sus pupilas se vieron reflejados los esfuerzos por contener su propia lucha interna.
—Lo sabía, por Atenea —gimió.
—Que yo ahora produzca veneno no quiere decir que sea un escorpión —añadió Hyoga, sin dejar de acariciar su muñeca, tan sorprendido como descorazonado—. Soy… una especie de anomalía, un…
—Eres mi puto sucesor. No añadas más.
—Eso siempre y cuando tú quieras que lo sea.
El caballero de Escorpio alzó una ceja y sonrió, atónito.
—Por los cojones de Clearco —exclamó—. ¿Es que no piensas rendirte?
—Dijiste que serías mi maestro putativo. Hasta que reciba la armadura de Acuario, estoy bajo tus emblemas. Y apelo a la hospitalidad griega, Milo.
—¿La hospitalidad griega? —Milo lanzó una amarga carcajada, alucinado con la petición del otro—. Muy bien, sea entonces. Sienta tu palmípedo culo y cierra tu insolente pico —bufó—. Ya que has apelado a la Sagrada Norma, es hora de que honres mi paciencia agradeciéndome lo buen cocinero que soy. Pero hazlo calladito, Hyoga. Come y calla —meneó el dedo ante sus narices, como si hablara con un niño pequeño—. ¿Entendido? Come. Pero con el jodido pico cerrado.
"Porque estoy a punto de reventar"
POV HYOGASe rindió a la evidencia: El estado de Milo era de crispación total, por lo que la opción más inteligente hasta que se calmara era la de guardar silencio. Quería decirle un millón de cosas ahora que su cuerpo había dejado de comportarse como un surtidor de sangre, pero el griego estaba más que harto de sus comentarios y réplicas. Se acomodó en la cama y colocó la bandeja entre los dos, esperando una nueva oportunidad para abordarlo; el bocadillo tenía un aspecto más que sabroso.
En ese instante se dio cuenta de su indumentaria, o más bien, de la carencia de ella. Su cosmos se alzó contrarrestando el calor corporal, y una gélida brisa acarició la piel del Cisne, calmando el infierno que sentía en su interior. Cerró los ojos y suspiró, tomó el sándwich entre sus dedos y olisqueó el pan.
—Ya sé, no quieres que hable, pero tiene una pinta estupenda.
Bajó la cabeza y se dispuso a devorar el bocadillo. De un mordisco, detectó el atún y el queso que Milo había puesto entre las tostadas, aderezado todo ello con una gran cantidad de mayonesa. Notó cómo se le escapaba un poco por la comisura de sus labios, que intentó atrapar con la lengua sin éxito.
—Espera, torpe. Ya te limpio yo.
Alzó los ojos al sentir el dedo de Milo dibujar su boca, y sin pensarlo, atrapó la falange y lamió la piel una décima de segundo, inflamándose de puro deseo. Hyoga tragó saliva; había cometido una nueva estupidez y a buen seguro Milo no estaría dispuesto a tolerarle atrevimientos de ese tipo. Intentó controlar su aura pero desistió: la toalla revelaba una ondulación a la altura de su entrepierna.
Aguardó durante unos segundos la explosión de ira, el arranque violento del espartano pero nada sucedió. Contrariamente a lo que Hyoga había previsto, el griego se llevó el dedo a su propia boca y chupó los restos de mayonesa.
Aquella imagen le pareció tan erótica que creyó alcanzar el orgasmo con sólo mirarlo.
Envalentonado por la situación y ansioso por un avance entre ambos, decidió arriesgarse de nuevo. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar.
—Parecemos dos idiotas —decretó.
El guerrero de la Octava Casa degustó otro trozo de bocadillo y lo miró inquisitivo.
—Tú no estás con nadie, y yo tampoco —aprovechó para continuar, ahora que el espartano tenía la boca llena—, pero estás obcecado en decirme lo que es, lo que no es, lo que será y lo que no será. ¡Joder, Milo! —exclamó—. ¡No puede ser todo tan difícil!
Ya estaba más que harto de oír excusas. Lucharía por él, tanto si Milo quería como si no. Estaba más que seguro que el griego jamás había tropezado con alguien más obstinado que él, y si creía que el Maestro del Hielo era testarudo, Hyoga podía darle una nueva dimensión a la palabra.
—Te seré sincero —contestó—. Si continuamos adelante, terminaremos por arrepentirnos. Soy especialista en joder relaciones. Y hablo con conocimiento de causa. Así que —alzó la voz—, déjalo correr¿de acuerdo? Mejor amigos que enemigos, créeme.
Hyoga terminó de comer a duras penas; las palabras del Escorpión se clavaron en su corazón con la misma violencia que sus Agujas lo hicieron en su cuerpo. Tomó aire y sonrió con tristeza.
—Tú serás rápido huyendo pero yo soy el rey de la persistencia. Te amo, me da igual que pienses que es por el veneno o por la influencia de los Hados. Y si tengo que esperarte toda mi vida, lo haré.
Milo dejó los restos de su bocadillo sobre la bandeja y la retiró.
—No te vas a rendir, ya lo he entendido —gruñó el espartano, entre dolido y molesto—. Así que te lo diré claro: eres Acuario, controlas el Hielo, tu cosmos es similar al de tu maestro, al que amé hasta la locura —enfatizó—. ¿Qué ocurriría si, cuando esté contigo, se me escapa el nombre de Camus entre jadeos? —le espetó—. Dime, Hyoga¿qué harías?
El ruso se quedó completamente helado ante la pregunta. El ataque de Milo había sido devastador y no dejaba opción para contraatacar.
—Eres certero haciendo daño —consiguió contestar.
—Es lo que mejor sé hacer.
—Sí, pero recuerda que fue mi fe la que quebrantó la tuya —replicó Hyoga,
—¡No me jodas, tío! —exclamó el Escorpión—. ¡No es una cuestión de fe, sino de pragmatismo, eso que tan bien controla tu signo! —le gritó—. ¿O es que no te das cuenta de cómo está la puta situación¡Tu presencia no hace más que abrir las heridas que durante tanto tiempo he tratado de cerrar! —se señaló el pecho—. ¡Yo también tengo cicatrices sangrantes, sólo que las mías no se ven!
Los ojos del joven se poblaron de lágrimas. Milo no cedía terreno y sus palabras le causaban un dolor más que insoportable, llevándolo a un callejón sin salida. Sin pararse a pensar, se levantó y buscó su ropa con intención de marcharse, pero comprobó que estaba hecha jirones. Apretó los dientes y los puños, reprimiendo las ganas de ponerse a gritar. El espartano, a su espalda, no pronunció palabra alguna.
—¿Me dejas una túnica con la que vestirme? —balbuceó sin mirarlo siquiera.
La mano de Milo apareció a su lado, con la túnica que el ruso había llevado puesta.
—Toma.
La aferró entre los dedos, completamente en silencio.
—Te darás cuenta que esto es lo mejor —la voz del griego sonó triste aunque decidida, algo que hirió más profundamente al Cisne de lo que ya estaba—. Que no te convengo. Que soy dañino para ti.
—En el fondo, jamás pensaste en darme la más mínima oportunidad —Hyoga alzó los brazos y se metió la prenda por la cabeza, dejando que la toalla cayera por su propio peso, importándole muy poco la desnudez de su escuálido cuerpo—. Así que no te sientas culpable. Ya puedes irte a donde los dioses quieran llevarte— señaló la bolsa de viaje junto a la pared—. Mucha suerte, Milo.
—Hyoga, las cosas no son como tú las ves —replicó el otro.
—Lo sé, Milo, yo sólo soy un pobre ignorante —asintió—. Tú eres el de las Verdades Universales, porque para eso, eres el dorado.
Recogió lo que quedaba de su uniforme e ignoró el bufido del otro, puesto que estaba más que ocupado en sujetar sus lágrimas, que atrevidas, rasgaron su rostro en forma de diamantes, mancillándolo. Se pasó la mano por la mejilla y retiró la sangre, acarició su párpado derecho y luego se llevó la mano al cuello, en un acto fetichista de flagelación.
La sorpresa de notar la falta de la cruz lo sacó de su ensimismamiento. Se agachó y la buscó por el suelo, con resultados nulos. Luego, se incorporó y levantó la sábana para ver si estaba en la cama.
Tampoco.
—La tengo yo.
Se quedó tan sorprendido que no pudo pronunciar palabra. Sólo se atrevió a mirarle, completamente atónito.
—Cuando creí que… te había perdido —susurró el caballero de Escorpio—, me la colgué. Espera, te la devolveré.
Hyoga no sabía si ponerse a reír o simplemente cruzarle la cara de un bofetón. Milo confesaba un hecho que daba una nueva perspectiva a la situación; sin embargo, su actitud continuaba siendo arisca, aunque su pragmatismo —y su objetividad— le hicieron comprender que la pose podría deberse al haber cedido terreno frente al propio Cisne.
Dudó en continuar en el templo o marcharse, y se sintió ridículo plantado en mitad del cuarto sin saber muy bien qué hacer. Optó por encogerse de hombros, aferrar con fuerza los restos de su uniforme y avanzar hacia la puerta.
—No hay mejor lugar para ella que tu cuello, ahora que me marcho —su rostro se suavizó, pero el dolor en sus ojos era palpable—. Quédatela, por las molestias —dijo, rebasándolo.
Milo se levantó y volvió a tomarlo del brazo, con intención de detenerlo, pero Hyoga se giró y se enfrentó a él, tan herido como pudiera estarlo el propio espartano.
—¡No voy a recapitular, porque no me das miedo, ni tú, ni tu pasado sanguinolento, ni tus jodidas heridas! —le gritó antes de que el otro pudiera abrir la boca—. ¡Es mi elección amarte¡Si no quieres volver a verme, sólo tienes que evitar pasar por Acuario!
El rostro del griego se descompuso y tiró del otro con fuerza, empujándolo hacia el interior de Escorpio. El ruso cayó sobre la cama a causa de la inercia y cuando tomó consciencia de la situación —y la postura—, Milo ya estaba a horcajadas sobre él. Jadeó y trató de zafarse, pero la posición del Escorpión era la idónea para bloquear los movimientos del guerrero de los Hielos.
—¿Cuántas veces has llorado desde que estás aquí? —Masculló con sus ojos centelleando de ira—. ¿Diez¿Veinte veces? —Sonrió con maldad—. ¿Quieres perpetuar ese sufrimiento en tu pecho¿Sustituir la adicción al veneno por la adicción al dolor?
—¡Eso son excusas! —escupió Hyoga sin amilanarse—. ¡Excusas que tú mismo te inventas! —le replicó, mientras se removía bajo su cuerpo—. ¡Te preparas para encajar un abandono que no ocurrirá!
—¡Eres peor que tu maestro! —gritó Milo—. ¡No tienes mesura en tus manipulaciones!
—¡Yo al menos lucho por lo que amo! —bramó Hyoga—. ¡Es algo que no se puede decir de ti!
Las manos de Milo se alojaron alrededor del cuello del heredero de Acuario, en un acto tan salvaje como sorpresivo. Hyoga tosió al sentir la opresión alrededor de su traquea, mientras sus lágrimas continuaban surcando las mejillas, alcanzando la piel del espartano, del Asesino, que mantenía la postura, la crispación en su semblante y la respiración agitada, ejemplo vivo de lo mucho que le había afectado las palabras del joven.
El cosmos de Hyoga se alzó súbito y los cristales de hielo empezaron a refrigerar la sangre y los tejidos del muchacho. Cuando Milo sintió el frío que emanaba de la piel del guerrero sonrió de medio lado, soltó su presa y tiró con fuerza de su túnica, rasgando la tela.
—Sí. Eres peor que él. Mucho peor.
Hyoga abrió los ojos con fuerza al sentir el beso posesivo y egoísta del caballero custodio, y aunque su mente gritaba horrorizada, sus manos no hicieron otra cosa que empujar al guerrero al principio para terminar alojadas en la espalda del espartano, amasando con viveza la perfecta musculatura de éste. El griego desnudó el cuerpo del Cisne con un apasionamiento desbordado, le separó las piernas y se colocó entre ellas, inmovilizándolo con su propio peso. Sin dejar de tocarlo, se despojó de su propia casaca y ésta cayó a los pies de la cama, que chirriaba de una forma armónica, acompañando al furor de los amantes.
—Mi…
—¡Ni follando puedes estar callado!
Quiso pedirle perdón por interrumpir, por comprender que a pesar de sentir su sangre a punto de evaporarse, no era esa la manera con la que había imaginado su entrega, su primera vez. Sí, lo amaba hasta la extenuación pero, aunque su cuerpo reaccionaba al contacto, él necesitaba demostrarle que no era sólo sexo, sino una comunión más allá del intercambio de fluidos, una unión mística que certificara las palabras que le nacían en el alma para morir en la boca, la misma que respondía a los mordiscos de Milo con idéntica intensidad.
"Te amo, te amo¡Te amo!"
Gimió al sentir los arañazos de Milo en sus muslos, el agarre de sus dedos alrededor de su miembro endurecido; se aferró aún más a él, sintiendo la cruz clavándose en su pecho, mientras el otro dilataba sus paredes anales con una brusquedad tal que lo hicieron quejarse de dolor. No pensaba detenerlo, porque ya habían sobrepasado el punto de retorno. Sin embargo, no pudo refrenar las lágrimas al ver que todos sus sueños románticos se quedaban en eso, en sueños, y que lo que tanto había deseado, estaba a punto de llegar de una forma tan mundana que le daba escalofríos.
Milo se detuvo, jadeó con fuerza y se apoyó en sus manos, tratando de recobrar el aliento y la cordura. Su labio inferior tembló, su cuerpo pareció encogerse y por último carraspeó mientras sus ojos se enrojecían y se volvían sospechosamente brillantes.
—No… conozco otra manera.
Hyoga tosió, sobrepasado por la situación. Su erección era visible entre los muslos del caballero de Escorpio, y él también estaba en una situación similar. El griego descabalgó del cuerpo del joven y se sentó en la cama, tapándose la cara con las manos.
POV MILOHabía estado a punto de cometer una barbaridad. Llevado por la rabia y el sufrimiento, revivía los encuentros con Camus, las peleas y el ansia de venganza en el cuerpo del francés, su obsesión por doblegarlo, por hacerlo suyo. Tiritó hasta que rompió a llorar, sin importarle la presencia de Hyoga, que tosía y suspiraba en silencio, como si no deseara molestarle. Se secó las lágrimas y se sintió completamente aturdido, tan desubicado que hasta su propia casa le resultó desconocida.
—Sólo puedo ofrecerte esto. No era lo que esperabas¿verdad?
El rostro del joven no mostró miedo o ira. Al contrario, aunque reflejaba una profunda tristeza le regaló una tímida sonrisa, sin imaginarse siquiera lo hermoso que era para el espartano. Milo se tumbó, miró al techo y guardó silencio, dejando que su pecho comenzara a calmarse. Llegados a aquel punto, se establecía un nuevo hito en su relación, otro despropósito más en su historial de despropósitos con la Casa Circular.
—Yo no esperaba nada —se aclaró el muchacho la voz—. Estaba dispuesto a tomar lo que tú quisieras darme.
El griego giró la cabeza y lo escudriñó. La cruz resbaló por su pecho hasta caer entre ambos, lo que hizo que los dos se fijaran en ella, distrayéndolos de la conversación inicial.
—Quédatela, por favor.
—Era de tu madre.
—Es una costumbre legarla a la persona a la que amas. Pensaba regalártela, de todas maneras.
Milo tembló. ¡Continuaba por el mismo camino suicida¿Acaso era idiota¿Loco¿Inconsciente? Se pasó la mano por la frente, retirando el sudor. No era de extrañar que los hubieran vencido en la Batalla de las Doce Casas. Sólo por la necedad que exhibía, merecía un premio.
—¿Qué habría pasado si no me llego a detener?
Hyoga suspiró.
—Que habrías tomado lo que es tuyo.
—¡Por los huevos de Jenofonte, Hyoga! —Milo se incorporó en la cama, quedándose de rodillas—. ¡Estuve a punto de violarte!
El soviético apoyó sus codos en el colchón, elevó la espalda primero y luego juntó las piernas, las flexionó y se sentó sobre ellas, quedando a la altura del otro.
—Dentro de dos días seré un caballero dorado, con tu mismo rango, con tu misma velocidad de combate —enumeró—. No tendré experiencia sexual, pero en batalla he asesinado a los propios dioses, Milo. Así que no exageres. No fue para tanto.
—¿Te habrías defendido? —preguntó el griego, intentando hacerle entender que aquella no era la manera idónea para asentar las bases de una relación.
Hyoga no contestó.
—Me lo imaginaba —gruñó—. Aún así —buscó en el cajón una cajetilla de tabaco, sin resultado positivo—, es una abominación —finalizó el Escorpión.
El ruso volvió a tumbarse, flexionó las piernas y las separó, mostrando su anatomía de adolescente sin el pudor que había exhibido en los días anteriores. Milo lo miró de reojo sorprendido ante aquel nuevo hito en la escala hacia lo absurdo, y cuando iba a incorporarse para continuar su búsqueda de cigarrillos, notó la mano del joven en su muslo, calidez y ternura impresas en cada movimiento.
El espartano cerró los ojos. Su erección palpitaba y Hyoga eran tan persistente que no entendía una negativa. Se giró y le llevó la mano a la entrepierna, que demandaba atenciones inmediatas. Apoyó el codo en el colchón y se quedó de medio lado, con los ojos tan brillantes como las gemas con las que compartía color.
—Busquemos el punto intermedio —susurró el Cisne, acariciándolo con lentitud.
—No hay punto intermedio —contestó—. Sólo un camino. Sólo un final.
Los gritos del cuerpo del heredero de Acuario —su posición, la temperatura que emanaba, la respiración acelerada— eran signos que Milo comprendía a la perfección. Se incorporó y se situó entre las piernas del otro, aferró con fuerza una de sus nalgas y lo obligó a abrazarlo con energía, como si temiera caerse al suelo. Su espalda se curvó y onduló como si fuera una serpiente, apoyando su peso sobre el pene del otro, estimulándolo mientras bebía de su boca con ímpetu y ansias renovadas. Si en realidad era sexo lo que Hyoga buscaba en él, Milo le mostraría un compendio de posturas que lo impedirían sentarse una buena temporada. ¡Sí, eso haría! Follarían hasta la extenuación, Hyoga se marcharía a Acuario y Milo se quedaría en la cómoda penumbra de su Casa, como había ocurrido desde que tenía diecisiete años.
"Como cuando tenía diecisiete años"
El hecho de recordar la primera vez con el francés lo hizo abrir los ojos, presa de una gran conmoción. Su espalda sólo registraba las caricias apasionadas del joven, y sus oídos se deleitaban con los jadeos entrecortados, muestras del amor que el muchacho sentía por él. No había insultos, tampoco palabras relacionadas con la posesión, sumisión o la violación del voto de celibato. No había arañazos, empujones, tampoco maldiciones en francés. No había melena oscura regada por la cama.
Hyoga se detuvo y lo observó con preocupación evidente; sus ojos azules reflejaban todo lo que le había confesado desde su llegada a Escorpio, por lo que Milo se sintió descubierto, más desnudo de lo que ya estaba.
—Puedo curar tu dolor.
El espartano pestañeó, su pecho lanzó un estertor de muerte al reprimir el jadeo sin conseguirlo.
—Lo sabes.
Alzó la cabeza y atrapó los labios del griego, que con rabia buscaba colar los dedos entre las nalgas del otro. El muchacho gimió al sentir los mordiscos en los pezones, y los movimientos de su cuerpo indicaron al caballero de Escorpio lo mucho que lo deseaba. Había perdido la capacidad de discernir entre el bien y el mal, sólo existía Hyoga y la necesidad de terminar con aquella tortura.
—Hazlo con… esto.
Cuando las turquesas del Escorpión se encontraron con un poco de escarcha en la palma de la mano de Hyoga se tensó. ¡Quería lubricarse con hielo¿Esas eran las enseñanzas del célibe? Sus cejas bailaron como si fueran olas en pleno temporal. Poco faltaba para que, haciendo gala de su control sobre el Cero Absoluto, le suplicara que lo penetrara con un trozo de cristal.
—Es mi elemento —gimió el muchacho—. Y quisiera que…
El corazón de Milo comenzó a saltar como un potro desbocado. Su mano se negaba a tocar los cristales helados, y aunque hizo un gran esfuerzo por estirar el brazo, este se había quedado bloqueado; un dolor muy intenso paralizó el hombro del dorado, que temblaba perceptiblemente. Se separó del otro, tratando de controlar su estado emocional, pero no fue capaz. Hyoga alzó su mano para acariciar la piel del griego, pero sólo se encontró con el distanciamiento del guerrero de la Octava Casa.
—No puedo.
—¿A... qué te refieres? —preguntó el otro, con la voz quebrándose a cada sílaba—. Milo, por favor, no… no… —le imploró.
El custodio de la Octava Morada se levantó, poniendo tierra entre él y el caballero del Cisne. Agarró la ropa con desesperación, evitando la mirada acuosa del muchacho, las lágrimas que a buen seguro surcarían de nuevo sus mejillas. Sin mediar palabra, avanzó hacia el pasillo, elevó los brazos y dejó que la túnica tapara su cuerpo, para finalmente atrapar unas sandalias y desaparecer, dejando a Hyoga tirado en la cama.
No estaba preparado para curar su dolor porque no sabía vivir sin él.
Y eso era lo que realmente le asustaba.
POV HYOGALos segundos pasaron incesantes, y mientras el sol continuaba su camino imaginario por el cielo, Hyoga se sumía en una profunda oscuridad. Su vista se nubló y sus ojos se llenaron de lágrimas; apretó los dientes y los puños intentando controlarse, pero un sollozo escapó insolente de su boca dando rienda suelta a una marejada de dolor incontrolado.
Milo lo había rechazado una vez más.
Se incorporó pero un vahído lo obligó a recapitular y descansar unos minutos más sobre la almohada. Tosió, deduciendo que tanta sobreexcitación le había alterado el ritmo y la presión cardiaca, aunque no era para menos: la proeza del pasillo le estaba pasando factura y lo último que deseaba era que Milo se encontrara su cuerpo inerte cuando volviera, donde quisieran los dioses que estuviese.
—Y yo… ¿yo soy el cobarde?
Arrojó los cristales de escarcha al suelo, como si le estuvieran calcinando la piel. La visión del hielo en su mano había sido la gota última que colmó el vaso de la paciencia de Escorpión. Podía haber continuado con su papel de víctima sumisa, doncella virginal y temerosa del vigor masculino, pero a pesar de su inexperiencia, Hyoga era un hombre, un guerrero, el Hielo era su elemento y estaba forjado en él, le daba su fuerza y su singularidad, le hacía ser lo que era. Camus podría haberle enseñado un sinfín de técnicas de combate y la capacidad de lanzar ataques que desafiaban las leyes de la física tal y como la conocía el ser humano, pero no le había legado el Hielo. Era algo innato en Hyoga y nadie se lo iba a arrebatar.
Ni siquiera Milo.
Más calmado, buscó una túnica en el armario del otro tratando de permanecer el mínimo tiempo posible en aquel Templo en el que no era bienvenido. Encontró unos pantalones que se probó y de los que se adueñó a pesar de no ser de su talla, y por último se puso una casaca de entrenamiento para ocultar la erección que aún se mantenía dispuesta a ahondar en cualquier oquedad que se presentara ante ella.
Cuando terminó de cubrirse, jadeó. No era capaz de ahogar la orquesta de gritos que campaban por su cabeza. Milo merecía que explosionara su cosmos y lo dejara todo congelado. Sería un buen regalo, una guinda idónea para adornar el pastel de la inexistente relación que mantenían y que, a partir de aquel momento, se haría incluso más difícil. Así, podría adorar a Acuario, insultar a Acuario, odiar a Acuario y morir por Acuario, porque Milo no estaba interesado en las personas vivas, sino en los recuerdos macabros atesorados en vidas anteriores, malgastando la que los dioses le habían concedido. Quizás debía enviarle el tótem dorado y desearle felices sueños con él. Que se lo follara, se lo comiera o…
Las lágrimas le nublaban la visión, y los sollozos eran tan audibles que cualquiera podría descubrirle y arrestarlo por allanamiento de Templo ajeno.
Tomó aire, buscó los jirones de su uniforme y los hizo un nudo, dispuesto a salir de allí para no volver. ¿a quién estaba engañando? Milo se había clavado tan adentro que era imposible expulsarlo, estaba tan envenenado que ni cien mil antídotos lo curarían del amor que sentía por el espartano. Así que, haciendo gala de su exquisita educación siberiana, sacó sábanas limpias del armario y se dispuso a arreglar la cama. Podía ser calificado de pragmático, de frío o quizás de insensible, pero necesitaba tapar las evidencias de lo que había ocurrido sobre aquel colchón. Su concentración no alcanzó los dos minutos: Las arrugó en un ataque de ira, tirándolas al suelo y pateándolas, hasta terminar agarrándose a las patas del somier, hecho un ovillo y tosiendo como un tuberculoso.
Si continuaba por aquel camino terminaría autodestruyéndose, así que lo mejor para Milo sería que él dejara la Casa, se metiera en Acuario y no saliera jamás de allí, y lo mejor para él sería olvidarlo, aunque tenía más que asumido que era una tarea imposible.
Allí le había besado, había tenido el cuerpo de Milo sobre el de él. Había sentido el sabor de la pasión y de la sangre, había conseguido saber a qué huele la vida.
Algo que no volvería a repetirse.
—Jamás.
Con una gran aflicción salió de Escorpio sin mirar atrás. Sabía que si lo hacía esperaría a Milo para suplicarle una oportunidad, y hasta el mismo Hyoga sabía que no podía humillarse ni caer más bajo. Si Milo no quería saber nada de él, no cabía otra opción. Así que avanzó por los templos vacíos hasta enfrentar el pasillo de Acuario —el lugar donde estaba destinado a morir—, y la máscara inerme de Ganímedes lo encaró con su belleza diabólica. A su lado, Cygnus lo escoltaba con las alas abiertas, su divino pico alzado hacia el cielo, el lugar que le correspondía por derecho. Desde la época mitológica había surcado el firmamento con sus alas abiertas, e incluso el rey de los dioses se había metamorfoseado en uno para seducir a Leda, la reina de Esparta.
La reina… de Esparta.
No pudo soportar la mirada vacía de Ganímedes así como tampoco la vibración que emitía el metal. El Cisne lo reconocía como su portador, y se había movido unos centímetros a causa del nudo cósmico que Hyoga sentía en su interior. Agradeció la preocupación del sucedáneo de animal, que se mostraba más cálido que el Escorpión, quizás porque estaba destinado a ser guerrero y no hombre.
Cerró los ojos y de un fuerte golpe, las piezas de la armadura de Acuario se dispersaron por todo el pasillo. La tiara rodó, y Hyoga, completamente desbordado, lanzó golpes de ken que se clavaron en la pared, virotes elaborados con su corazón completamente negro.
Se tapó la cara con las manos y terminó arrodillado en el suelo, permitiéndose jadear de la impresión anterior, exudando el dolor en forma de lágrimas. Durante unos instantes miró a la puerta, deseando que Milo apareciese por ella y lo recogiera, pero no lo hizo. Así que se quedó allí, quieto, rodeado de piezas doradas y vomitando su dolor hasta que por fin el sueño le rindió y se quedó ovillado en el suelo, como lo había estado una vez, acunado por los brazos de la Muerte.
No se había dado cuenta de ello pero estaba tumbado en el mismo lugar donde había muerto una vez. Frente a él, Cygnus parecía haber perdido su brillo y Hyoga, con los ojos enrojecidos, sacó fuerzas de flaqueza para levantarse y abandonar el lugar.
No quería permanecer ni un minuto más allí. Cuándo fuera custodio, moriría lentamente en Acuario, igual que su maestro y el maestro de su maestro. Continuaría la tradición, juraría los votos de castidad, el de silencio y el de humildad pero elegiría a qué dios consagrarse.
Y este sería un dios mortal.
Un dios… espartano.
POV MILOLos dedos de Milo arrugaron la tela de la túnica al la altura de su corazón, que latía enloquecido, mientras se escondía entre las rocas que rodeaban el perímetro de Escorpio. Su erección era más que considerable, y a punto estuvo de terminar dentro de Hyoga, con las funestas consecuencias de un acto que no sabía si era de amor, de desesperación o de venganza.
Se ajustó las sandalias y trató de relajarse, maldiciendo a dioses y a hombres por haberse dejado el tabaco en el templo. Si volvía, podría encontrarse con el Cisne y hacerlo significaría rematar lo que había empezado. Así que se agazapó esperando a que el otro tomara su camino definitivo y se quedara en Acuario hasta el fin de los tiempos.
Las manos temblaron al recordar la escarcha que Hyoga había generado para lubricarse. ¡Y decía que no tenía experiencia! Milo jadeó al llevarse esas mismas manos a su virilidad en un acto reflejo, fruto de la intensidad con la que el ruso había correspondido a sus acometidas.
Apretó y soltó, acarició y por último, se descargó relajando su cuerpo, pero su mente no dejaba de reproducir los gemidos del muchacho, su voz enronquecida, el azul de sus ojos invitándolo a caer en ellos. Sintió asco de sí mismo; se veía como un cobarde, alguien que no se permitía amar por el simple hecho de no saber encajar un abandono.
Alguien que no merecía llamarse espartano.
"Mi fe ha quebrantado la tuya"
Tenía razón. No sólo había roto su fe, sino que en el proceso se había llevado por delante todos los muros que Milo había levantado para protegerse, para estar a salvo.
Para continuar muriendo.
Las piedras de Escorpio vibraron cuándo Hyoga abandonó la Casa, y Milo dudó en volver o quedarse allí escondido. La situación era tan ridícula que cuando sintió le reverberación del Templo situado tres casas más abajo, no lo pensó. Se encaminaría hacia el recinto del León Estelar y una vez allí, se olvidaría del puto ruso de los cojones.
Aioria sabía cómo apagar su dolor con placenteras artes.
Observó su indumentaria y se encogió de hombros. Llevaba manchas de semen en el bajo de la túnica —¡en algún sitio tenía que limpiarse!— por lo que empleó sus fuerzas en tratar de camuflar su malestar. Acicaló su melena, tomó aire y se adentró en la oscuridad del pasillo de la Quinta Casa.
—¿Felino?
—¡Entra, Milo! —se oyó la voz masculina desde el interior—. Estoy duchándome, ahora mismo salgo.
Milo se aventuró a cruzar el Templo y penetrar en el dormitorio del León. Allí lo encontró peinándose la rebelde pelambrera y únicamente cubierto por una diminuta toalla, con su piel más morena de lo habitual. El desorden que lo rodeaba era la pura imagen del caos.
—¿Cuándo has llegado? —preguntó tras sortear la bolsa de viaje, que yacía abierta en el suelo.
Aioria se secó lentamente, sin dar importancia al hecho de su carencia de ropa. Milo se dedicó a observarlo mientras la toalla recorría los recovecos ocultos del León, notando cómo sus mejillas —y otras partes de su cuerpo— se incendiaban de deseo.
—Tomé el ferry de las dos. Tengo un hambre de lobo —contestó.
Sus tripas gruñeron —certificando lo dicho—, lo que hizo sonreír a ambos guerreros. Tras ajustar las cintas de su uniforme, el ateniense se acercó a su amigo y abrió los brazos, invitándolo a refugiarse entre ellos.
—¿No me das la bienvenida? —le reprochó—. Las Parcas te condenen a sufrir impotencia eterna, espartano cabrón.
Milo lo abrazó con fuerza, agarrándose a su espalda y fundiéndose con él. Aioria le acarició la melena y aspiró su aroma, se separó y lo miró a los ojos. El griego rehuyó el contacto visual.
—Huelo tu preocupación —musitó el León—. ¿Ha pasado algo durante mi ausencia?
El estómago de Milo se encogió de repente. No podía contestarle con evasivas; si Hyoga era obstinado, Aioria era curioso, así que decidió utilizar una estratagema que, como mínimo, le daría tiempo para diseñar un plan más consistente. Sonrió de medio lado, pegó su cadera a la del caballero de Leo y se rozó contra él, en un alarde de temeridad absoluta. Como cabía esperar, los ojos del León Estelar chisporrotearon y se iluminaron, ladeó la cabeza y se retiró unos centímetros, dispuesto a hacerse de rogar.
—Estoy esperando… una contestación —susurró en su oreja mientras bajaba su mano y acariciaba la túnica del Escorpión, justamente en la zona del bajo vientre.
Milo suspiró al comprobar que su ardid surtía efecto.
—Tendrás que venir a buscarla, Felino.
Aioria era el hombre más deseable que conocía, comprendía los placeres carnales tan bien como él siempre lo había considerado su mejor amigo. Sin embargo, su amistad no era impedimento para que ambos disfrutaran provocándose, con la clara intención de terminar su enfrentamiento entre jadeos y mordiscos, inflamados de ansia y excitación.
Y el sexo con él era sexo sin complicaciones, sin reproches. Sin Acuario.
El custodio de la Quinta Casa aferró a Milo de la cintura, acarició sus glúteos y olisqueó la melena del espartano —ambos sabían que eso enervaba a Milo—, jugueteando con la punta de sus cabellos.
—¿Y me contarás por qué estás tan nervioso? —le lamió el cuello. Olía a violetas, como un campo en primavera—. ¿O tendré que usar métodos más expeditivos?
—Es una larga historia —Milo tiró del cuerpo del dorado, atrayéndolo hacia sí—. Y no tengo ganas de hablar —jadeó contra sus labios— en este instante.
Aioria lo agarró por las nalgas y lo apretó contra la pared, ronroneando de deseo. Milo suspiró, buscó su boca y mordió sus labios, dispuesto a entregarse a la pasión del León sin dudarlo. Los dedos del caballero dorado recorrieron su cuerpo ávidos y curiosos —felinos como su dueño—, y el espartano gimió al sentir la virilidad de su amigo chocar contra la suya.
Lo besó durante un instante interminable hasta que algo hizo detenerse al guerrero de los ojos verdes.
—¿Desde cuándo llevas símbolos cristianos? —le espetó.
Milo maldijo su descuido, el haberse puesto la cruz en un alarde de romanticismo absurdo y el no habérsela quitado antes de entrar en Leo.
—Desde hoy mismo. ¿Qué importancia tiene? —trató de disimular.
—No me jodas —replicó el otro—. Si fuera cualquier otra cosa, no hubiera reparado en ella siquiera, pero esta es la cruz de Hyoga. Y apuesto a que tu nerviosismo tiene que ver con ese puto Culo Helado.
El rostro de Milo se descompuso. Se zafó del abrazo y buscó espacio entre ambos —una tendencia habitual que mostraba cuando se sentía acorralado—, carraspeó y renegó del propio Destino por no haber puesto un cigarro en su camino. La estrategia del cortejo ya había perdido toda utilidad; Aioria lo miraba furioso y un león irritado significaba la espalda llena de arañazos.
—Hyoga ha sido convocado —le confesó—. Está en Escorpio —le informó sin mirarlo a los ojos.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó—. ¿Me calientas la polla con la intención de ocultarme que tienes al discípulo en tu Casa? —manoteó indignado—. ¿Acaso crees que soy un pelele al que puedas manipular? —le increpó a gritos—. ¡Te estoy hablando, joder¡Haz el puto favor de darte la vuelta y mirarme a la cara!
Lo alcanzó y lo obligó a volverse, encontrándose con las turquesas de Milo chispeando, las emociones deseando escapársele por la ventana del alma.
—¡No quiero discutir contigo, Aioria! —gimió el Escorpión—. ¡Cuando me di cuenta lo tenía instalado en mi Casa y ya sabes lo vehementes que son!
—Sí —ironizó el caballero de los ojos verdes—. Me imagino cómo protestaste, "Oh, Hyoga, no puedes quedarte aquí, o terminaré metiéndotela por todas partes" —engoló la voz, imitándole—. Eres lo más fácil del Zodíaco —lo empujó contra la pared.
El caballero de Escorpio encaró al dorado y se quedó quieto y desafiante frente a él. Aioria le enseñó sus blancos respondiéndole al desafío con la fogosidad que lo caracterizaba.
—¡Y encima, tonto del culo! —afirmó el ateniense.
Milo alzó el puño y cargó su brazo hacia atrás, herido por las palabras del otro. El guerrero de la Quinta Casa no dudó; se colocó en posición de defensa y bloqueó el ataque del otro, sin dejar de mirarlo.
—Estoy cansado de entrevistas, de reuniones y del viaje. No dormí nada la noche anterior —masculló entre dientes—, y lo último que me apetece es terminar a ostias contigo.
—¿Te has tirado a muchos jovencitos en Mykonos? —trató de cambiar de tema.
El ateniense bufó de incredulidad.
—¡Pues sí¿Satisfecho? —masculló—. Reconozco que tienes un arsenal de recursos para distraer mi atención pero esta vez¡has fallado!
—¡Sólo preguntaba, no busques motivos donde no los hay! —se defendió.
—Lo que más me jode, Milo, es que no tengas los cojones de reconocer que has intentado seducirme para ocultar algo como eso —le reprochó, entre molesto y dolido—. ¡No sólo eres un mal amigo! —lo señaló con el dedo—. ¡Eres un maldito desagradecido!
Milo apretó los puños, buscando convencerle de lo erróneo de sus premisas. Aioria tenía razón, deseaba terminar en la cama con él porque necesitaba olvidar a Hyoga pero todo se había embrollado de tal manera que lo único que deseaba era desaparecer.
—No estás siendo justo conmigo —jadeó—. ¡Los odias porque no los entiendes, maldito descerebrado!
—¿Yo, descerebrado? —se señaló con el dedo—. ¡Mira quién me lo dice! Primero te tiras al maestro y ahora vas por el mismo camino con su discípulo —rugió—.. ¡Bonita manera la tuya de entender a otra persona¡Pasándotela por la polla! —le recriminó con la voz enronquecida—. ¿Tengo que recordarte quién te recogía hecho un mar de lágrimas ante el tótem de esa puta casa de vestales?
—¡Vino a pedirme una cura! —contestó con indignación.
—¡Pero qué cara más dura tienes! —rió con amargura, tratando de controlarse—. ¡Una cura, menuda excusa más estúpida para bajarte el pantalón y clavarle tu otro Antares! —le señaló la entrepierna.
Ambos hombres jadeaban a causa de la rabia que la conversación les hacía sentir. Milo recapituló, era hora de sincerarse con la única persona que había estado a su lado en los peores momentos.
Se lo debía.
—Reconozco que sí, que por un momento estuve a punto de —su tono varió, desde la ira más absoluta a la desolación más palpable— llegar al final, pero no lo hice —miró al suelo—. No fui capaz de terminar.
—Porque se pondría a llorar, como si lo viera, el divinito de los cojones —rezongó el León.
—Me fui antes de… cometer otro error más —finalizó Milo.
Se quedó callado, con los puños apretados y respirando aceleradamente. Cuando se encontró con la mirada del ateniense —confundida, sorprendida, siempre cálida—, con sus relucientes ojos verdes, sintió cómo las fuerzas le abandonaban. Se arrojó a los poderosos brazos y se escondió entre ellos, mientras el caballero de Leo mezclaba sus dedos con la melena de Milo, lujuriosa y suave, exponente de su virilidad y de su ascendencia.
—Me… negué a sus pretensiones pero es tan… persistente —jadeó, agarrándose a su espalda—, tan… vehemente que yo… que yo…
—Está bien, no te preocupes, Milo —musitó—. Ya me lo contarás más tarde.
Milo buscó la boca del custodio de la Quinta Casa y la atrapó con sus labios, hundiendo la lengua con violencia, deseoso de borrar la angustia y la intranquilidad que Hyoga le había producido. Aioria contestó con la habitual pasión, lo acarició y besó durante un largo instante, para luego separarse y mirarlo, cubierto su rostro por el velo de la tristeza.
—Sabes que te quiero más que a nada en el mundo¿verdad? —le acarició le mejilla, demostrando una ternura que sólo emergía en los momentos más caóticos.
El rostro del espartano estaba descompuesto, sus turquesas despedían un miedo casi irracional, respuesta automática a lo acontecido durante los dos últimos días.
—Estoy más que jodido, Felino. Y no sé qué cojones voy a hacer.
—¿Te apetece ver amanecer en la playa? —le preguntó. Lo que menos necesitaba Milo era un revolcón, a pesar de las señales, de los intentos de meterse en la cama del otro—. Podemos bañarnos en pelota. Ya no hace frío.
El caballero de Escorpio se quedó unos segundos callado, sonrió y agradeció la idea.
—Eres… increíble —musitó.
—Lo sé —se rascó la cabeza y mostró su perfecta y blanca dentadura—. Anda. Quita esa cara de funeral y salgamos de aquí. El aire está asquerosamente viciado.
Milo asintió y lo tomó de la mano.
—Y te dejaré que me comas la polla. ¿A que soy buen amigo?
Milo alzó las cejas y terminó por lanzar una gran carcajada. Aioria era capaz de ironizar en los peores momentos, de sacarlo de sus casillas y de hacerlo reír, todo en un instante. Era, posiblemente, lo mejor que le había pasado en su vida pero, por azares del destino, no lo amaba como Aioria necesitaba ser amado.
—¿Y por qué no me la comes tú a mí? —preguntó, empujándolo—. ¿De veras crees que soy pasivo¡Tengo sangre espartana, ateniense de los cojones! —le pasó un brazo por el hombro—. ¡Dame un par de minutos y verás lo que es un ariete bien armado!
—¿Meter¿Meter tú a mí¡Por detrás, ni el ruidito de la mar, colega!
Las risas de Aioria despejaron los malos recuerdos de la mente de Milo mientras se escabullían por los pasadizos subterráneos. Al salir al exterior, volvió la cabeza y miró hacia su Templo, notando cómo el corazón se le encogía. Sí, había puesto tierra por el medio entre ambos pero volverían a encontrarse.
Y cuando lo hicieran, ni el propio Milo podía alcanzar a imaginar qué llegaría a suceder.
Sólo dos días, y lo averiguarían.
Ambos.
